Sb 13, 1-9
El comienzo de la
sabiduría es tratar de adquirirla; con todo lo que poseas, adquiere la
inteligencia. Apréciala al máximo, y ella te encumbrará; te glorificará, si tú
la abrazas. Pondrá en tu cabeza una diadema de gracia, te obsequiará una corona
de gloria.
Prov 4, 7-9
Nos
adentramos en la Tercera parte del Libro de la Sabiduría, caps. 10 al 19 cuya
temática consiste en ver como la sabiduría entra en el Χρόνος [Chrónos]
“cronos”, “tiempo”, “la entidad abstracta” y se desenvuelve en la historia. La Sabiduría
no se ha quedado lejana y recluida en su Palacio, como un tiranuelo temeroso de
ser linchado por sus súbditos; la Sabiduría -siguiendo la rica imagen de Papa
Francisco- ha querido “oler a oveja” y ha venido a mezclarse con nosotros. No
hay en Ella ningún sentido de acaparamiento, desconoce rotundamente la idea de “monopolio”;
Ella se derrama generosa, se entrega a toda mano que la ansíe, quiere que todos
la posean, quiere anidar en cada corazón, su naturaleza se puede definir con la
palabra δωρεά [d
Nos
encontramos, aquí, con la categoría de la “necedad”, pero ¿qué es ser “necio”?
A veces, se le da el significado de “inquieto” o de “travieso”. Los amantes del
relativismo -que también en la lingüística quieren intervenir- proponen que
cada cual use las palabras según su acomodo, y que sea ese uso lo que las llene
de significado. Bueno, con todo respeto, nos hallamos ante un caso de
“democraterismo”, el que quiera usar el compás para trazar rectas, si se le
acomoda, que bien pueda. Pero, caemos en la cuenta que eso va reduciendo la
eficacia comunicativa del lenguaje, porque si cada cual llama lo que quiera con
la palabra que primero le afloren en su lengua, rápidamente lo que quería
proponer el emisor, será divergente de lo que llega a comprender el receptor.
Es una ruta fija para desembocar en un Babel.
Así
que una gotita de “arqueología lingüística” cabe, para tratar de entender
cuando se dice necio, o cuando se lee en le Escritura este vocablo, qué era lo
que se quería comunicar: Necio proviene del latín, de nescius, que significa que “no sabe”, lo que
por lo general nombramos con otra palabra, pero esa de etimología griega:
“ignorante”. Y, en el caso que nos ocupa, es ignorancia de Dios. La necedad es
la más grave negación de la Sabiduría. Es, la hermana mayor de la idolatría.
La
idolatría puede revestirse con tres ropajes diversos:
i.
Adoración de los astros y de la physis
ii.
Culto rendido a los ídolos que
el hombre se hace, se erige
iii.
Totemismo y culto a los
animales.
En
realidad, los capítulos 13-15 están dedicados a examinar la idolatría, sus
disfraces y sus consecuencias.
¿En
qué radica la “ignorancia de Dios”? Pues, la que menciona el Libro de la
Sabiduría en esta perícopa, es adorar criaturas, que nos parecen “grandiosas”
como son -seguimos aquí el elenco enumerado en Sb 13, 1-9: el fuego, el viento,
el aire ligero, la bóveda estrellada, el agua impetuosa y los luceros del cielo
y los tenían por “elementos primordiales”, para ellos era el ἀρχή [arjé].
Trata
el hagiógrafo de encontrarles disculpa, y dice que puede disculpárseles porque
“están buscándolo y tratando de hallarlo”, y, quizás solo fue una inocente
confusión en medio de esa sed de Encuentro. Descubrieron en esas criaturas, el
reflejo de su Creador y descubrieron que al “hacerlas” Dios les había
trasmitido algo de su Grandeza: a ese elemento que ellos reflejan, lo llamaron
un “algo” análogo, que contenían, y, he allí el motivo de equivocarse.
Empero,
vuelve a reflexionarlo el hagiógrafo y le descubre una debilidad a su argumento
de defensa: porque si fueron tan “pilas” de organizar caminos “lógicos”, e
instrumentales que sirvieran de “prótesis a sus sentidos para agudizarlos, y
lograron sistematizar disciplinas “científicas” para cumplir esta búsqueda,
quiere decir que sus inteligencias son lo bastante vastas para haber logrado
-antes de quedarse atrapadas en el nivel “físico”- haberlo superado, y haber
visto en todas esas “maravillas” al Señor, al Artífice.
Avanzaron
hipnotizados por la “necedad” de la búsqueda y no superaron la analogía
como grandeza y hermosura, para hallarlo allí donde ya estaba lo Divino. ¡Sí!,
había que partir de los bienes visibles, pero no para estancarse ahí, sino para
“descubrir al Artífice expresado en sus obras”. Se atoraron en su “necedad”, pasaron
derecho a descubrir otras cosas, pero no vieron lo que estaban buscando y
esperando hallar.
“Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias y te alabo, porque has ocultado todo esto a los sabios y entendidos y se lo has revelado a los sencillos”. (Mt 11,25).
Sal
19(18), 2-3. 4-5b
Salmo
hímnico. Todas las obras de Dios nos hablan de su Perfección y de su
Generosidad para con su criatura. No solo armonizó las cosas y los fenómenos,
sino que dispuso para que nuestra convivencia fuera armónica, llena de
entendimiento mutuo y fijo las condiciones para ir juntos, para avanzar por la
vida sin rupturas con el prójimo -antes bien- con comprensión, con fraternidad.
Las creaturas que tanto nos asombran y nos llenan de admiración cuando
descubrimos su maravillosa armonía, se corresponde con nuestra convivencia,
reglada para que podamos alcanzar un entendimiento supremo de los unos con los
otros. Si lográramos ajustarnos a las “leyes” que Dios nos dio para vivir
sinodalmente, descubriríamos cuán felices podemos llegar a ser, reír,
alegrarnos juntos, pasar ratos esplendidos: Sin embargo, nuestra preferencia va
por la línea de la desconfianza mutua. Interponemos fantasmas entre nosotros
que nos amargan, nos alejan, envenenan nuestras relaciones hasta conseguir
alejarnos.
Este salmo ensambla las dos realidades. No es una conferencia de las leyes “físicas” por un lado y en otra sala de otro bloque del campus, una conferencia totalmente distinta sobre las leyes humanas, las del trato y las relaciones interpersonales. Los códigos sociales no pueden reducirse a ecuaciones, pero tiene la exactitud misma que tienen las leyes de la física. Mientras la una se descifra-calculadora en mano- la otra se entiende y se explica si colocamos el corazón en modo “ternura” y empezamos a “meter” los datos. Es un lenguaje que hemos procurado olvidar completamente, pero, que a toda la tierra llega, y a nadie se le oculta: Por ejemplo, cuando hablamos de paz, todos los corazones se emocionan y todos empiezan a latir con la misma frecuencia. Y hay una alegría que llamaríamos “mística” que nos embarga totalmente y estamos dispuestos a rendirnos a ella.
Pero
a la hora de articular palabra, no nos atrevemos a declararnos a favor de tanta
paz y preferimos sospechar que detrás de ella se agazapara algún monstruo. Y, entonces preferimos mostrarnos en contra y
reaccionar azuzados por la desconfianza y la sospecha.
“El
Cielo proclama la Gloria de nuestro Dios”, pero nuestras bocas no se atreven,
hay una mezcla de susto, vergüenza y desconfianza. Son tantos años de “dudar”,
que no podemos dar el brazo a torcer.
Lc
17, 26-37
Ante la espera del
Reinado de Dios, Jesús resalta, más que el tiempo y lo que ha de suceder, la
actitud del creyente.
Papa Francisco
A
los que tiene corazón de “discípulos” se les puede decir que el Reino va a
iluminar de un extremo al otro del firmamento y que todos lo podrán ver. En
cambio, a los que temen la llegada de ese reinado, que temen que se les va a
dañar el “negocio”, para ellos el Reino es -más bien-, como una bandada de
chulos que amenazan abalanzarse sobre el cadáver. Según el enfoque, dependiendo
de la perspectiva, para los unos es claridad, mientras para los otros son
“buitres” que se ciernen, y van a comérseles la “carroñita” que habituaban
usufructuar.
Pero
¡aquí no se cocinan engaños! A cada quien se le dice la verdad. A los
discípulos se les dice que será una Luz de un lado al otro del Firmamento y que
no se le ocultará a nadie; se les dice que no habrá que tomar cursos
especializados, ni usar aparatos de alta tecnología para identifica que el
Reino ha llegado. A los opositores se les dirá que ya viene una bandada de
rapaces y que la rapiña los afectará.
Y,
no es que unos (los buenos) vivan en Paris y -en cambio- los malos vivan en
Somocistán. No, ellos están mezclados, entreverados, el uno al lado del otro,
muchas veces habitando la misma casa. El mismo barrio, la misma parroquia. “los
fariseos preguntan cuándo va a llegar el Reino de Dios. Una pregunta análoga le
hacen también los discípulos. Ellos esperan un reino parecido al de los
poderosos de la tierra y no se dan cuenta de que el reino ya está en medio de ellos
con Jesús” (Vincenzo Paglia)
Tomemos como referencia a Noé, como lo hace Jesús: Hay una gran diferencia, mientras la gente, comía, bebía, jugaba, se emborrachaba, compraban y vendían. ¿Qué hizo Noé? Se dedicó a lo que Dios le indicó. Hizo el Arca, la adecuó, llamó a los animales y los hizo entrar ordenadamente. ¿Ahí está la diferencia! Los unos viven indiferentes, totalmente de espaldas a Dios. Esto es lo que quiere decir que “estarán dos juntos: a uno se lo llevaran y al otro lo dejaran”. Unos tienen que ir a enterrar al papá, otros acaban de comprar una finca, otros compraron un embarque de maquinaria o de mercancías y no pueden ponerse a “pendejear”, tiene su jerarquía muy clara, su escala de valores está impresa en las oficinas de sus “asesores bursátiles” y saben a lo que hay que dedicarse. Los otros son “tonticos”, viven ahí, ore que ore, dedicados al culto, a toda hora pensando en Dios. ¡Seguro nadie les ha avisado que hay que “avisparse”!
Ojo,
que el que esté en el piso alto, no baje a la caja de caudales a empacar los
fajos y los lingotes. Al que esté en el campo, no se entre en la edificación
para ir por sus “cosas”. Por irse a manipular el cadáver, podrán
-accidentalmente- ser heridos y caer en las garras de los buitres.
“Elegir
a Jesús y su Evangelio significa seguir luchando contra todas las
manifestaciones del mal. Si los hombres y mujeres viven presos de su
egocentrismo, comiendo y bebiendo y rechazando el anuncio del Evangelio, se arruinarán:
esto suscita guerras y violencias que en nuestro tiempo siguen destruyendo la vida
de la tierra”. (Vincenzo Paglia)
«Esta es una oportunidad para revisar nuestra propia vida y preguntarnos si tenemos todo en regla ante el Señor. Si estamos preparados para dar cuenta de nuestra vida en el momento que se nos presente la hora de nuestro encuentro con Él, pues no sabemos cuándo será y llegado el momento, no tendremos tiempo ya de arrepentirnos; solo valdrá haber llevado una vida intachable según el querer de Dios». (Papa Francisco)






No hay comentarios:
Publicar un comentario