domingo, 31 de diciembre de 2023

FAMILIA ES DONACIÓN

 


Sir 3, 2-6. 12-14; Sal 127, 1-2. 3. 4-5; Col 3, 12-21; Lc 2, 22-40

 

 

En la fiesta de la Sagrada Familia, contemplamos el misterio del Hijo de Dios que vino al mundo rodeado del afecto de María y de José. Invito a las familias cristianas a mirar con confianza el hogar de Nazaret, cuyo ejemplo de vida y comunión nos alienta a afrontar las preocupaciones y necesidades domésticas con profundo amor y recíproca comprensión.

Benedicto XVI

 

«Ante las familias, y en medio de ellas, debe volver a resonar siempre el primer anuncio, que es “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”, y “debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora”. Es el anuncio principal, “ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra”… Nuestra enseñanza sobre el matrimonio y la familia no puede dejar de inspirarse y de transfigurarse a la luz de este anuncio de amor y de ternura, para no convertirse en una mera defensa de una doctrina fría y sin vida. Porque tampoco el misterio de la familia cristiana puede entenderse plenamente si no es a la luz del infinito amor del Padre, que se manifestó en Cristo, que se entregó hasta el fin y vive entre nosotros. Por eso, quiero contemplar a Cristo vivo presente en tantas historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu sobre todas las familias del mundo.»[1]


 

«Doy gracias a Dios porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino. A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante “collage” formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños. Las realidades que nos preocupan son desafíos. No caigamos en la trampa de desgastarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de despertar una creatividad misionera. En todas las situaciones, “la Iglesia siente la necesidad de decir una palabra de verdad y de esperanza... Los grandes valores del matrimonio y de la familia cristiana corresponden a la búsqueda que impregna la existencia humana”. Si constatamos muchas dificultades, ellas son —como dijeron los Obispos de Colombia— un llamado a “liberar en nosotros las energías de la esperanza traduciéndolas en sueños proféticos, acciones transformadoras e imaginación de la caridad”.»[2]

 

«El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia. Son incontables los análisis que se han hecho sobre el matrimonio y la familia, sobre sus dificultades y desafíos actuales. Es sano prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia”, a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia”»[3]



«La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en la adoración de los Magos; en la fuga a Egipto, en la que Jesús participa en el dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado; en la religiosa espera de Zacarías y en la alegría que acompaña el nacimiento de Juan el Bautista, en la promesa cumplida para Simeón y Ana en el templo, en la admiración de los doctores de la ley escuchando la sabiduría de Jesús adolescente. Y luego, penetrar en los treinta largos años donde Jesús se ganaba el pan trabajando con sus manos, susurrando la oración y la tradición creyente de su pueblo y educándose en la fe de sus padres, hasta hacerla fructificar en el misterio del Reino. Este es el misterio de la Navidad y el secreto de Nazaret, lleno de perfume la familia. Es el misterio que tanto fascinó a Francisco de Asís, a Teresa del Niño Jesús y a Carlos de Foucault, del cual beben también las familias cristianas para renovar su esperanza y su alegría.»[4]

 

La perícopa que se toma como Evangelio de esta Solemnidad es el episodio que conocemos como “La Presentación del Niño Jesús en el Templo”. A este respecto, nos llamaba la atención Benedicto XVI: «… quiere decir: este niño… ha sido entregado personalmente a Dios, en el templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como “presentar”, significa también “ofrecer”, referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio… Simeón,… después de las muestras de alegría por el niño, anuncia una especie de profecía de la cruz (cf. Lc 2,34c)… Al siervo de Dios le corresponde la gran misión de ser el portador de la Luz de Dios para el mundo. Pero esta misión se cumple precisamente en la oscuridad de la cruz».[5]

 

La palabra παραστῆσαι del verbo παρίστημι contiene el prefijo para que significa cerca” o “muy cerca de” e, hístēmi  que proviene de *sta -raíz indoeuropea- que significa “estar en pie”. Observemos la tremenda proximidad entre presentación-presentar y el sustantivo “presente” que significa “regalo”, “obsequio”, “ofrenda”; llegando al núcleo de la afirmación de Benedicto XVI que nos propone la traducción “ofrecer”, “entregar”. El Papa Emerito comentaba que al llevar un niño al templo se reconocía, que -si era el primogénito- este quedaba reservado (consagrado) para Dios, pero se pagaba un “rescate” -«El precio del rescate era de cinco siclos y se podía pagar en todo el país a cualquier sacerdote.»[6]- para retirarlo de la pertenencia. Sin embargo, en este relato no hubo rescate, o sea que, el Niño quedó consagrado-reservado a Dios. Así el Adviento nos presagiaba la “llegada” de alguien que se iba a hacer presente. La presentación –en cambio- nos habla de Alguien  que se hace presente y se reconoce “presente” de Dios. ¿Cómo quitárselo a Dios si es Su Hijo? «Aquí, en el lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre.»[7]

 

«Es un momento sencillo pero rico de profecía: el encuentro entre dos jóvenes esposos llenos de alegría y de fe por las gracias del Señor; y dos ancianos también ellos llenos de alegría y de fe por la acción del Espíritu. ¿Quién hace que se encuentren? Jesús. Jesús hace que se encuentren: los jóvenes y los ancianos. Jesús es quien acerca a las generaciones. Es la fuente de ese amor que une a las familias y a las personas, venciendo toda desconfianza, todo aislamiento, toda distancia. Esto nos hace pensar también en los abuelos: ¡cuán importante es su presencia, la presencia de los abuelos! ¡Cuán precioso es su papel en las familias y en la sociedad! La buena relación entre los jóvenes y los ancianos es decisivo para el camino de la comunidad civil y eclesial.»[8]

 

«…es el Señor quien desea realmente que la humanidad entera llegue a formar una gran familia: la familia de Dios.»[9] Para esta fecha hay una definición de Iglesia, referida y comparada con lo que es familia, como organismo que nos gusta repasar: «la Iglesia como comunidad no es una organización, la Iglesia es un organismo vivo. Una organización busca intereses, una organización consiste en que, las personas se juntan para buscar entre todas, colaborándose, un interés. Y ese interés está muchas veces fuera de la asociación misma… Eso se llama una organización. En cambio un organismo busca personas, busca fabricar las personas, en otras palabras, un organismo edifica personas. Lo que más se parece a la Iglesia es la familia. La familia es un espacio (padre, madre, hijos) en donde todos están interesados en la edificación de las personas, la educación de las personas, la transformación de las personas. O sea, una familia no es una empresa, es una fábrica de seres humanos.»[10]

 


Se han multiplicado las necesidades y los dolores de la humanidad, abriéndonos así la puerta para derrochar generosidad y hacernos entrega fraternal. Algunas personas –hasta con desesperanza- entrevén la escasa munificencia que generó el tsunami viral; al principio, cuando reconocimos nuestra fragilidad y nuestra impotencia, floreció la esperanza de los corazones de piedra que se harían, por fin, corazones de carne. Últimamente ha resurgido la incredulidad. Esto no es así, es cierto que muchos se han criado en un contexto de acumulación y acaparamiento, y el único lenguaje que parecen conocer es el de “todo para mí y los demás que me envidien”, nosotros creemos testimoniar signos esperanzadores y ver cada vez un mayor número de personas solidarias, magnánimas: «…la Sagrada Familia nos alienta a ofrecer calor humano en esas situaciones familiares en las que, por diversos motivos, falta la paz, falta la armonía y falta el perdón. Que no disminuya nuestra solidaridad concreta especialmente en relación con las familias que están viviendo situaciones más difíciles por las enfermedades, la falta de trabajo, las discriminaciones, la necesidad de emigrar... Y aquí nos detenemos un poco y en silencio rezamos por todas esas familias en dificultad, tanto dificultades por enfermedad, falta de trabajo, discriminación, necesidad de emigrar, como dificultades para comprenderse e incluso de desunión. En silencio rezamos por todas esas familias... (Dios te salve María...). Encomendamos a María, Reina y madre de la familia, a todas las familias del mundo, a fin de que puedan vivir en la fe, en la concordia, en la ayuda mutua, y por esto invoco sobre ellas la maternal protección de quien fue madre e hija de su Hijo.»[11]

 



[1] Papa Francisco. LA ALEGRÍA DEL AMOR. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL. Publicación de la Diócesis de Engativá 2016  ## 58 y 59 pp. 51-52

[2] Ibid. #57. p. 50

[3] Ibid. #31 p. 25

[4] Ibid. #65 p. 55

[5] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. LA INFANCIA DE JESÚS. Ed. Planeta. Bogotá-Colombia 2012. p. 89. 92

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] Papa Francisco.  FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET. Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 28 de diciembre de 2014.

[9] Câmara, Helder. ELEVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal terræ. Santander (España). 1985 p. 30

[10] Baena, Gustavo. LA VIDA SACRAMENTAL. Ed. Colegio Berchmans Cali-Colombia 1998 p. 16

[11] Papa Francisco.  Loc. Cit.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Sábado de la Octava de Navidad


 

1Jn 2, 12-17

El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios

St 4, 4

 

En esta perícopa nos encontramos con una disyuntiva absoluta: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se entregará a uno y despreciará al otro” (Mt 6, 24). Pero, hay que hacer una correcta exegesis de este enunciado. Con altísima frecuencia, nuestra lógica funciona con una inercia pendular, si no es esto, entonces vámonos al lado totalmente opuesto. Si no podemos amar al mundo, entonces, lógico, odiémoslo.

 

Con sólo detenernos un instante, vemos que esta lógica es completamente ilógica: Dios habría creado una realidad inútil, y engañosa, y a nosotros, su muy amado pueblo, nos habría puesto allí a “perder el tiempo”. En frecuentes oportunidades insistimos en nuestra metáfora de “los campos de entrenamiento”, y comparamos nuestra estancia en la tierra, como una bendecida oportunidad de entrenarnos en la fe. Ese entrenamiento no es una praxis egocéntrica que sólo atiende a la propia salvación. Es -por el contrario- un campo de entrenamiento donde practicamos apoyando a los demás, auxiliándonos unos a otros, trabajando en comunión por la salvación de todos; ahí, introducimos un ejemplo límite, nuestra oración por los difuntos, acción que no se realiza por el bien personal del orante, sino por el bien de “otro”. Nuestra fe y nuestro trabajo en los campos de entrenamiento se basan sobre los principios de respeto a la diferencia, sinodalidad, fraternidad, amor-ágape, caridad mutua y cuidado reciproco. Eso le da mucho sentido tanto a la Creación como a nuestra vida en ese contexto.

 

Tendríamos que distinguir por lo menos cuatro acepciones en las que San Juan usa la palabra “mundo” en sus Escritos:

1)    La creación, en cuanto universo

2)    El mundo como “marco histórico.

3)    La humanidad, el conjunto de todos los hombres.

4)    El sistema de las realidades contrarias a Dios: esta sería la “mundanidad”.

 

No tenemos que rechazar y deplorar la Creación, tenemos que oponernos rotundamente a las semillas del Malo, que él ha sembrado como piedras de tropiezo en nuestra vida.

 

El núcleo esencial de la perícopa está el verso 15, donde se lee: “No amen al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”.

 

En la “mundanidad” podemos desenmascarar a lo menos tres ἐπιθυμίας [epitimias] “concupiscencias”:

·         La concupiscencia de la carne: que consistiría en el afán de complacer todos los apetitos propios, pasando por encima -si fuere necesario- de la Ley de Dios. Egoísmo neto.

·         La concupiscencia de los ojos: El deseo de poseer, y acumular, la manía insaciable de “todo y de una”.

·         La jactancia de las riquezas. Que toman como unidad de medida y parámetro la imagen de las propias limitaciones y las condicionan como modelos donde yo soy el “patrón”, el “molde”, y todos los demás deben configurarse con él.

 

Son las facetas perversas hacia las realidades de la Creación: ¡no que la Creación sea mala! ¡Tampoco que nos importe un bledo la vida aquí en la tierra! Sino que, toda la importancia de pasar por aquí, sea un potenciar los dones y carismas recibidos de las Manos del Creador, a la Mayor Gloria de Dios.

 

Sal 96(95), 7-8a. 8b-9. 10

Que su pueblo todo tenga el corazón invadido de Amor libremente aceptado

Salmo del Reino: Si la creación es deleznable, ¿para que querría Dios llegar a ser Rey de semejante realidad? ¿Para qué se habría propuesto “regresar”? Todo el Proyecto salvífico no sería más que “bobada” de Dios. Ahora, decimos con insistencia que nos Ama Infinitamente, ¿por qué querría el mismísimo Dios ser el Enamorado de este plano de una realidad inconsistente?

 

En cambio, las Bodas del Cordero son una fiesta Universal. La Misión que tenemos como Iglesia es la convocatoria a esa Fiesta Matrimonial verdaderamente católica, porque no es una fiesta sectaria, no es una celebración discriminatoria, en ella no hay una bancada para VIPs. ¿Cuál es el sentido de esta fiesta? Rendir a Dios Gloria.

 

Repitámoslo para afianzar en nuestro ser la consciencia de nuestro deber ser: anunciar las maravillas del Señor a todos los pueblos. A todas las familias de los pueblos. Loado sea su Santo Nombre.

 

¡En el Atrio Sagrado, en el Umbral del Templo Universal, postrémonos! Digamos ¡El Señor es el Rey de todo el Orbe! Él ha fijado y definido su eje, y sobre ese eje girará por los Siglos de los siglos.

 

Al examinar el salmo integro, encontramos en él tres sesiones:

1.    Convocatoria para la proclamación.

2.    Cita para que todos se reúnan para alabar a Dios Padre: El Creador.

3.    Llamado para que los otros seres que conforman la naturaleza no se queden atrás en la alabanza.

 

No hay que comprometerse con cierta religión, todas las criaturas tienen acceso al reconocimiento del Poder-Misericordia, pero desde el principio, -y en eso llevamos la delantera- abanderamos a los que descubrían que Él es la Razón y el Fin de Todo: “Que se alegra el Cielo y Goce la Tierra”. Ya desde ayer, estamos entonando este mismo Salmo.

 

Lc 2, 36-40



Nazaret es el misterio que redime la condición creatural de la insignificancia de su limitación.

Continuamos la escena de la Presentación en el Templo: hoy corresponde el turno a la Profetiza Ana, esta Ana, era hija de Fanuel (“Rostro de Dios”) y de la tribu de Aser (que significa “de buena fortuna”). Mujer de ochenta y cuatro años. Ana prefigura la imagen de las consagradas: Dedicada totalmente a la Oración, Huésped de Yahvé, ejercitante frecuente del ayuno. Su lenguaje daba voz a los que aguardaban con fidelidad y perseverancia la Llegada del Redentor.

 

Varias conclusiones se derivan de esta perícopa:

a)    Para construir una fuerte relación con Dios no tenemos que poseer cierto status, no hay barreras de riqueza, educación, clase social, estirpe, linaje o alcurnia.

b)    Para crecer y acrecer nuestra cercanía al Señor, una línea de contacto, una conexión de tú a Tú, es la oración.

c)    Ya lo hemos dicho, no hay lugares exclusivos o preferenciales para el Encuentro con Dios, El Señor puede hacerse el Encontradizo en el lugar menos imaginable.

d)    Si uno se ha Encontrado con Dios, no es algo que se acapara, que se guarda para sí, que se corre a esconder en la caja de caudales; por el contrario, es algo que se quiere hacer accesible, hacer llegar, compartir, participar a los demás, comunicar. El que lo encuentra corre a darlo, sabe que cuanto más lo dé, más lo tendrá y también sobre-entiende que cuanto más procure acapararlo, más se le escurrirá entre los dedos y se le evaporará.

 

Se dice que bajó con ellos a Nazaret, “retoño”, “vástago”. Allí Jesús, ese retoño -nos dice Silvano Fausti- «…aprendió a ser abrazado y besado, amamantado y amado, a tocar y hablar, a jugar y caminar y trabajar, a compartir los minutos, las horas, las noches y los días, las fiestas, las estaciones, los años, las expectativas, las fatigas y el amor del hombre. En el silencio, en el trabajo, en la obediencia a la palabra, en comunión con María, José y sus parientes, Dios aprendió del hombre todas las cosas del hombre. El misterio de Jesús en Nazaret es el gran misterio de la asunción total de nuestra vida de parte de Dios: nos ha desposado en todo, haciéndose una carne única con cada una de nuestras situaciones concretas».


 

¿Cómo es, en suma, la historia de vida de Jesús? En este fragmento bíblico se explica con tres verbos: Crecía, se fortalecía y se llenaba de sabiduría. Crecer -es apenas lógico, está en el programa biológico- pero lo demás nos describe un itinerario sobre-natural, una ruta de espiritualidad: Se hacía fuerte y se llenaba de sabiduría de una manera muy particular: Porque χάρις Θεοῦ ἦν ἐπαὐτό [charis Teon en ep auto] “la Gracia de Dios es en Él”. El que ellos veían, como un hombre. “Es totalmente habitado por la Presencia-Poder de Dios”: es Dios-y-hombre.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Viernes de la Octava de Navidad

 


1Jn 2, 3-11

Para los judíos las Tablas de la Ley son un hito material de la relación entre Dios y el Hombre y, de alguna manera, Ellas simbolizaban la Presencia de Dios en medio de su Pueblo. Es difícil percibir en la distancia temporal lo que significaban Las Tablas en el Arca, pero quizá, el episodio de Jos 6, 2-5 nos deje avistar su significado en el contexto de la fe:

 

«Pero el Señor dijo a Josué: “¡He entregado en tus manos a Jericó y a su rey con sus guerreros! Tú y tus soldados marcharán una vez alrededor de la ciudad; así lo harán durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompetas y marcharán frente al arca. El séptimo día ustedes marcharán siete veces alrededor de la ciudad, mientras los sacerdotes tocarán las trompetas. Cuando todos escuchen el toque de trompeta, todo el ejército lanzará el grito de guerra a voz en cuello. Entonces las murallas de la ciudad se desplomarán y cada uno la asaltará sin impedimento».

 


Meditando y dándole vueltas a su perdida tenemos que incluirla entre los designios de Dios, porque -y eso nosotros lo comprendemos ahora muy bien- no se trata de un abandono de parte de Dios, de su pueblo elegido, porque Dios es Fiel, por los siglos; en cambio, podemos suponer que la identificación de la Divinidad con las tablas sobrepasó la sana relación de la fe, para volverse un fetichismo, una cosificación. Era indispensable que la fe madurara en la dirección de entenderla como una relación “Personal” y prevenir que se quedara en una “cosificación”. El arca “se perdió” para evitar la reificación que se estaba dando.

 

Hoy, la amenaza reaparece, cuando los Mandamientos son una retahíla a memorizar, o cuando haber pasado la vista por Ex 34,10-28; Ex 20, 2-17 o Dt 5, 6-21 ya daba cumplimiento a tenerle fidelidad a los Mandamientos. Pero cuando se nos pide “guardar” los mandamientos, el punto va mucho más allá de hacerlos pasar por nuestra cabeza, efectivamente el llamado va más allá de lo meramente intelectual y nos compromete: No se trata de sabérselos, se trata de vivirlos, de ponerlos en acción, en práctica: “Quien dice “yo lo conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él” (1Jn 2, 4).

 

El otro núcleo-eje está en 1Jn 2, 9-10: Quien dice que está en la Luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en ls Luz y no tropieza”.

 


Esto ha empalmado las dos ruedas dentadas haciendo de ellas un verdadero engranaje. Se ha puesto en estrecha dependencia el 2conocimiento” del amor-ágape. Podemo entonces inferir dos corolarios

         i.        Para entrar en Comunión con Dios necesitamos una sincera ruptura con el oecado.

       ii.        Amar a los hermanos es conocer a Dios.

Es el verbo γινώσκω [ginosco] “conocer”, “reconocer”, “percibir”, que en esta Carta joánica aparece 25 veces. El gnosticismo ha procurado a toda costa desviar su significado, restringirlo a lo puramente “intelectual”.

 

Frente a estas interpretaciones podríamos identificar por lo menos dos riesgos:

1)    Pensar que los presbíteros y los monjes que dedican su vida a ser “huéspedes de YHWH” tienen prioritariamente un margen de conocimiento que excede a todos los demás en intensidad, en cantidad de tiempo, en términos de frecuencia. Po eso, detentan su monopolio.

2)    Reducir a Dios a una figura de “asistencia” que Lo lee como el “genio de la lámpara” que, bastará frotarla y complacerá todos los deseos.

 

Y es Dios quien se nos da, quien nos sale al encuentro, quizás en el callejón menos esperado y en el lugar más contradictorio, puede siempre resultar que allí dónde no esperábamos encontrarlo, sea precisamente el lugar donde Él nos espera para primerearnos.

 

Podemos, sin embargo, empecinarnos, tercamente insistir en nuestro extravío, y tomar la opción b. Podemos amarlo porque está mandado o, podemos amarlo porque intuimos la profunda felicidad que dimana de cifrarlo todo en Él.

 

Sal 96(95), 1-2a. 2b-3. 5b-6

Alégrese el Cielo y goce la tierra: Este es un salmo del Reino. Puede ser cómodo decir y reiterar que Jesús es el héroe de los súper-héroes, repetir que Él dividió la historia en un antes y un después, que de nadie se sigue celebrando el cumpleaños después de muerto como se hace con Jesús; y después, ¿qué?

 

¿De verdad basta la proclamación? ¿La sola tarea que nos compete es la de gritar “Jesús, Jesús, Jesús, como si se tratara de la guerra de los hinchas? Tal vez nos gustaría ensayar como metodología religiosa la de las barras bravas, y abollar cráneos para hacer que Él triunfe…

 

El salmo nos repite que se trata de “Un cantico Nuevo”. No dice el salmo que retemos al mundo coreando su santísimo Nombre, lo que se propone es “religar” la tierra con el Cielo bendiciendo su Nombre. No se trata de convencerlos, se trata de caminar en fraternidad, de respeto a la diferencia…

 

¿En que consiste “bendecir su Nombre”? En vivir a la manera de Jesús, en poner en práctica su enseñanza, en tratar de tener sus mismos sentimientos de Misericordia, en llenarnos cada huella digital y cada circunvolución cerebral de Su amor. Guardar sus Enseñanzas, eso es lo que significa “bendecir su Nombre”.

 

¿Cómo se bendice el Santo Nombre de Dios? Guardando las Mandamientos, pero no porque nos gusta la legalidad de los leguleyos, sino porque el Amor nos lleva a restañar el abismo que se ha desatado entre Cielo y tierra. Con esa práctica de fraternidad, de sinodalidad es que “religamos” lo que quebró el pecado.

 

Solo trabajando arduamente en la fidelidad de la Ley de Dios y en nuestra coherencia con ella, edificaremos el reino y estaremos proclamando sus maravillas a todas las naciones de la tierra.

 

Solo sí en nuestro pecho florece el Amor que Él nos ha enseñado, un amor de verdadera sinodalidad, entonces se verá que su Templo es toda la tierra, porque su Amor llenará toda la realidad, ya no habrá Templo, porque el Templo será toda la tierra. ¡Honor y Majestad preceden al Señor! Lo que hace ese honor, la verdadera Honra de Dios es que su pueblo todo tenga el corazón invadido de Amor libremente aceptado.  

 

Lc 2, 22-35

Simeón le dice a María que “una espada te traspasará el alma”

Lc 2, 34

 



La sagrada Familia era una familia judía devota y fiel, así que para ellos el cumplimiento de las prescripciones de la Ley era sagrado. La perícopa de hoy está centrada en un ritual de doble significado y dimensión:

1)    De una parte, está la presentación del Niño Jesús en el Templo, y de la otra,

2)    La Purificación de María Santísima

 

La impureza que conducía a los días de purificación, se explican porque el derramamiento de sangre durante el parto, hacía necesario un proceso de “limpieza”, de “descontaminación” que demoraba tanto como la vigencia de la impureza -40 días (Lv 12, 2-8)- por haber estado en contacto con la sangre. Sin embargo, nosotros entendemos que si Jesús pasó -como solemos explicarlo- como un “Rayo de Luz” a través de un Cristal, la necesidad de que la Virgen se atuviera a este ritual se hace innecesaria. Pese a esto, San Lucas, nos quiere señalar cómo toda la familia se atiene a las prescripciones legales, y así lo hizo Jesús durante toda la vida, como señalando que su condición humana no era de apariencia o simulada, sino completa, con todas sus implicaciones.

 

El Niño, le pertenecía por antonomasia a Dios, y se podía rescatar, pagando a un miembro de la tribu sacerdotal una “ofrenda” de 5 shekels (ciclos). No hay ninguna mención del pago del rescate, lo que ha llevado a pensar que, el Niño, siguió siendo propiedad de YHWH. Su consagración -por ser primogénito- se mantuvo.

 

Viene ahora la mención de dos personajes -representantes de los anawin- se trata de שִׁמְעוֹן [Shimon] Simeón, “Dios ha escuchado” y חנה [Janah] Ana, “favorecida”; figuras de la ancianidad y la viudez, que ya se ha dicho, estaban entre los más vulnerables de aquella sociedad. Por qué es importante que sean de los vulnerables, porque siempre son los “pequeños” los que más anhelan la Llegada de Dios-Libertador; otros, los poderosos, se afanan que no llegue y lo mandan matar, los paupérrimos quieres su pronta llegada, ellos saben que cuando venga su reinado se extinguirá su penuria.

 

Es de suma importancia cómo San Lucas siempre pone de realce que es la obra del Espíritu Santo la que los mueve, El que pone en sus labios los anuncios, El que va dirigiendo el nacimiento del Nuevo Pueblo de Dios y El que articula los pasos decisivos para que se dé la Iglesia como continuadora de la Misión de construcción del Reino.

 

Pero -como lo hemos resaltado- ¡Dios no nos envía al paraíso del arequipe! No nos envuelve en empaque melifluo, nos hace ver que la ruta tiene reveces, y tiene asperezas, que los rigores no se exceptúan, sino que están allí y nos obligan a sacar a relucir nuestra talla. Nos obligan a sacar nuestras fuerzas a resplandecer, pero también, cuando parecemos vencidos, nos inyecta un complemento adecuado al tamaño del reto.

 

La exegesis global de la Palabra que se proclama hoy, se podría condensar y concentrar en una cita lucana del capítulo 11: “Benditos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la ponen por obra”. El tema de hoy ha sido, no quedarse en la capa exterior, y conformarse con los muy luminosos anuncios que inundan la ciudad y abarrotan la contaminación visual, hay que ir más allá y hacer de las “Enseñanzas” que Dios nos da, un verdadero “estilo de vida”. Hay que vivir crísticamente.

jueves, 28 de diciembre de 2023

LOS SANTOS INOCENTES – Mártires

 


1Jn 1,5 -2,2

 

 

“…la lucha contra el pecado puede ser conducida sólo dentro de una real comunidad de hermanos y hermanas que se descubren solidarios en el pecado, y lo que los une es la certeza de la remisión de los pecados a través de la sangre del Hijo derramada por todos”.

Enzo Bianchi

 

Muchas veces, hasta el reflector más potente deja áreas de penumbra y áreas de oscuridad. La luminosidad de Jesús no es así, en Él no hay el más mínimo asomo de oscuridad, todo en Él es Esplendor. En un mundo de mezclas, de adulteraciones, de misturas, nos cuesta captar y reconocer que algo sea neto. Él es diáfano. La diafanidad significa “revelación”, retirar cualquier penumbra, suprimir hasta el más leve residuo de tiniebla.

 

Inmediatamente nos vemos llevados a una introspección: ¿estamos siguiéndolo? o ¿tenemos noticia de Él y sin embargo vivimos al revés? Mejor dicho, ¿qué clase de cristianos somos?

 

Viene un elemento definitivo sobre el “conocimiento” de Jesús. El conocimiento connota e implica entrar y permanecer en comunión con los hermanos en la fe. La comunión es un profundo cariño, un amor ágape, que no tiene ninguna “tiniebla” de rechazo por las diferencias, que reconoce plenamente al otro como “hermano”, sin exigirle “uniformidad”. La comunión se da en la procura de tener los mismos sentimientos de “Jesucristo”, pero eso no es algo que se logra de golpe y porrazo. La comunión se da precisamente en el acompañamiento reciproco y en el apoyo mutuo para avanzar en ese propósito.

 

Lo que se plantea es la cuestión de la unidad entre “teoría” y “práctica”. Ayer veíamos esa especie de esquizofrenia, de la herejía cerintiana, lo que contaba era la teoría, y la práctica moral, nada tenía que ver, se difuminaba la ortopraxis para resumirlo todo en una ortodoxia. ¿En qué consiste la orto-práctica? en saber que solos no podemos, pero que, abandonados en sus Manos, pronto vemos que para Dios no hay imposibles.

 

Hay que resaltar que no se trata de una Luz que tengo, la meto en una cajita y a esta cajita en la caja fuerte y ¡ya! De lo que se trata es, de una constante de vida, de un estilo de vivir crísticamente, de un esfuerzo perseverante y de una perseverancia de toda la vida. No de todo el bien que hago, sino del testimonio que compartimos haciéndonos comunidad, trabajando sin desfallecer en la sinodalidad. ¡Respetando las cada-unadas! Vivir en la Luz es construir unidad.

 

Sin embargo, cualquiera que haya intentado practicar la sinodalidad, en el más breve plazo se habrá dado de narices con las aristas y sinuosidades que conlleva la fraternidad. Fraternidad dice del trato entre hermanos, y si uno lo piensa descubre que entre hermanos es donde -muchas veces- se dan las divergencias más contradictorias. ¿Esas discordancias, esas contraposiciones hacen que mi hermano deje de serlo? ¡No!

 

Los parientes tienen que saber sobreponerse a los reveces y desacuerdos que se presenten y sacar adelante la fraternidad por encima de los filos y los picos, de los bordes afilados y las puntas cortantes e hirientes. Y eso incluye admitir que nosotros mismos también somos irritantes, urticantes.

 

La terapia sacramental contra nuestras facetas que producen urticaria e impiden que armonicemos es el sacramento de la Conversión. Este sacramento es el que nos ayuda a ir limando nuestras propias asperezas, ir atacando nuestro carácter de “piedra de tropiezo”, porque nosotros somos muchas veces los que aportamos la piedra de escándalo, en el proceso de hacernos comunidad.

 

Παράκλητον ἔχομεν πρὸς τὸν Πατέρα Ἰησοῦν Χριστὸν δίκαιον·

 

Ante el Padre tenemos una “víctima de propiciación”: Jesucristo es el δίκαιον [dikaion] esto es, “el Justo”, “el Aprobado por el Padre”, “El Justo a los ojos de Dios” Él es el Παράκλητον [Parakletón] “el que aboga”. “El defensor”.

 

Sal 124(123), 2-3. 4-5. 7b-8

Este poema está constituido por tres imágenes

a)    La bestia salvaje

b)    Las aguas torrentosas

c)    Una trampa puesta por un cazador

Son tres amenazas, a cuál más peligrosa, para la presunta víctima -en este caso es el salmista. ¿Quién es el Protector? El salmo lo dice: “Nuestro Auxilio es el Nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

Cada estrofa se ocupa de una de las amenazas. Es maravillosa la claridad de consciencia que tiene el Salmista para comprender que ante las acechanzas del peligro si Dios no hubiera estado ahí, siempre Cuidador, Protector, Proveedor, Redentor listo a pagar la “fianza”. Nos habríamos estrellado contra el suelo como un pajarillo sin alas o, al que le han cortado las plumitas.

 

Es un salmo gradual, el orante ha salvado la vida cuando ya estaba entre las fauces de la fiera, ha sido un verdadero Milagro, y sube el Templo a dar gracias. La alabanza que trae entre los labios es de reconocimiento. Si el Señor no hubiera actuado con su Poderoso Brazo, no habríamos sobrevivido para contarlo.

 

¡Es más, quizás si nos mataron, pero Dios-Omnipotente nos resucitó! ¡Como el enfermo desahuciado, pero cuando la medicina había agotado todos los recursos, el mal se esfumó! Ya habíamos puesto las paticas en la trampa, cuando vino nuestro Redentor y trabó el mecanismo. Nos salvamos por la Intervención Divina

 

Mt 2, 13-18



Herodes se pone en la tradición del Faraón que mandó matar a los hijos de Israel cuando le pareció que el crecimiento demográfico de los Israelitas en Egipto amenazaba su cultura y su sociedad (Cfr. Ex 1, 15-20). Ante la amenaza de Herodes el Grande, a la “Sagrada Familia” les queda el único recurso de la huida, y, acatando al Ángel emprenden la expatriación hacia Egipto. Puede sonar muy maniqueo, y hasta pueril, pero lo que vemos ahora es un retrato que condensa la historia del pueblo elegido. El malo persigue a los buenos. El malo ve como se amenaza a los buenos. El malo siempre sabe aun cuando lo niegue, que la Victoria -al final del día-será para los buenos, así que, aunque solo sea por alargar el partido otros cinco minutos- opta por la más desgraciada alternativa.

 

Con mucha frecuencia pensamos en los rigores de nacer en el pesebre de Belén y con bastante frecuencia observamos la sanguinaria crueldad de la crucifixión; en cambio, poco reflexionamos en el desplazamiento.

 

Dios le ha pedido a su pueblo que sea misericordioso con los forasteros, es muy interesante la legislación que les dio el Señor pidiéndoles que “Cuando un extranjero resida contigo en tu tierra, no lo molestarás. Él será para ustedes como uno de sus compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor, su Dios.  (Lv 19, 33-34). Como se ve, esta Ley va contra la xenofobia.

 

Los “Reyes Magos” eran extranjeros que vinieron a Adorar el que será el Salvador, y, sin mediar ningún episodio, acto seguido, el Ángel del Señor se aparece -en sueños- a José y le ordena huir, porque la hoz de Herodes si cierne sobre su vida: era un asunto de Vida o Muerte: El Salvador, recién nacido, tiene urgente necesidad de que su padre-adoptivo lo ponga a salvo en el destierro.

 

Jesús de raza judía- tiene para su generación la profecía de una catástrofe que los diezmará: la Shoah. Sólo quien haya probado el triste sabor de la expatriación entiende qué significa abandonarlo todo y emprender la huida a tierra foránea, donde se pierde a los parientes, los amigos, las propiedades -así sean ellas muy reducidas, el terruño, los alimentos y verse abocados a “mendigar”. El pueblo judío, desde siempre castigado con el signo de la “persecución”, desarrolló el esquema de enseñar a sus hijos un oficio, con el que pudieran ganarse la vida allí donde llegaran.

 

Raquel (verdadera esposa de Jacob, aquella que él desea y ama más, y la madre de José y Benjamín) sufre y se revuelca en su tumba, al ver esta nueva deportación que repite la que testimonió -cuando fueron llevados a Babilonia, el llanto de Raquel se oyó en Ramá -cuando Israel fue destruida por los babilonios, los cautivos fueron reunidos en Ramá antes de llevarlos a Babilonia. (Cfr. Jeremías 40,1).

 

Ναζωραῖος [nadzoraios] “Nazareno”, según San Mateo los profetas habían declarado previamente que así sería llamado. Isaías nos entregó la asonancia que le es propia: vástago, renuevo, retoño, preservador del peligro.

 

Una hermenéutica sólida y equilibrada evitará a toda costa la ambigüedad de creerse Luz, somos más bien como la luna, no somos la Luz, pero la Bondad de Dios puede aprovechar nuestra existencia para reflejarse en nosotros y darnos la oportunidad de ser su testimonio. Allí donde lleguemos, en tierra propia o extraña, se verá que Él está con nosotros porque es Dios-Fiel, el Emmanuel.

 

Nazaret como gentilicio significa persona discreta, de bajo perfil, pero de bondad desmedida, llena de compasión. Ajena a cualquier ostentación.

 

Los múltiples Herodes que registra la historia no se conmueven lo más mínimo ante la muerte de las muchedumbres, a muchos de ellos les parece un simple cortar por lo sano de la excesiva fertilidad de los pueblos: “Herodes se enfureció terriblemente y mando matar a todos los niños de Belén y de todo su territorio, de dos años para abajo …” (Cfr. Mt 2, 16bcde)