sábado, 25 de febrero de 2023

RUTA DE CONVERSIÓN

 

Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11

 

La Cuaresma no es el momento de derramar moralismos inútiles sobre la gente, sino de reconocer que nuestras miserables cenizas son amadas por Dios

Papa Francisco

 

Entramos en Cuaresma, se trata de abordar la ruta de la Conversión, o sea, se trata de corregir el derrotero y optar por el seguimiento fiel, por el discipulado aceptado con obediencia, con la docilidad del hijo que escucha el pedido que le hace el Padre.  Es muy frecuente que nos reclamemos cristianos católicos hasta llegar a esta frontera: el desierto. Estamos afirmando que hay un cristianismo cómodo, que asume la fe como un talismán, simplemente como una defensa “mágica” contra todo aquello que nos pudiera “des-confortar”. ¡Sí! Así es, como reza el adagio popular, “unas son de cal, otras son de arena”, para indicar que nunca se podrá aislar la existencia aspirando a que todo en ella sea “color de rosa”; que no nos pase desapercibido que también está el “desierto” con sus tintes ora arenosos, ora rojo oxidado, ora terroso-resecos; y en él encontraremos un Masá, un Meribá, y allí, está la “tentación”, el “retar a Dios”: La Cuaresma nos lleva –es el Espíritu quien nos conduce hasta allí- para que revisemos en el fondo de nuestro corazón dónde están las fuerzas, el empuje, la fortaleza que nos permita acoger, con la dulzura de María, el pedido que nos va presentando Dios, y que va mudando, a cada paso de la vida, según su Santa Voluntad, según lo requiera la Economía Salvífica. 

 


El Árbol de la Vida

La libertad es gozo y tormento al mismo tiempo. A cada rato tengo que escoger…entre el polvo de las estrellas y el lodo de la tierra.

Averardo Dini

 

Disyuntiva, dilema, alternativa, dualidad, opción, elección, todas estas palabras nos ponen en contacto con una misma realidad humana, tan humana que no estamos exentos de afrontarla y que no podemos evadir. No hace mucho que leíamos (VI Domingo Ordinario, ciclo A) en el Libro del Sirácida 15, 15-20, (12 de febrero), como Dios nos pone en frente de “el agua y el fuego” y un versículo anterior afirma que Dios, en el principio, cuando creó al hombre, lo hizo sujeto a su propio albedrío, que le dio libertad de tomar sus decisiones, (cfr. Sir 15, 14). Inclusive, cuando pretendemos no decidir, no elegir, estamos eligiendo “no elegir”, “no optar” esa también es una decisión, y la tomamos nosotros muchas veces por nuestra falta de firmeza para optar o por la negligencia de esforzarnos en dilucidar por qué lado debemos irnos, esta pereza es a veces la pereza de informarnos, de ilustrar nuestra conciencia para saber decidir.

 

Es en el juego de las opciones donde el ser humano se juega todo. «Las cenizas recuerdan dos caminos: el camino de nuestra existencia, del polvo a la vida. Y el camino opuesto, que va de la vida al polvo»[1] El hecho de tener libertad para decidir y no decidir simplemente por pulsiones, por instinto, está a la raíz de nuestra definición como humanos, hace de nosotros seres éticos, con responsabilidad; responsabilidad por nuestros actos, pero también por nuestras omisiones, responsabilidad por nuestro propio ser y por nuestras relaciones interpersonales. Responsabilidad social y responsabilidad ecológica. Responsabilidad ante nosotros mismos, ante nuestra comunidad de “prójimos” y responsabilidad ante Dios, aun cuando pretendamos ignorarlo, aun cuando lo negamos. «El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: animal dotado de razón, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha sometido todo» (Tertuliano, Adversus Marcionem, 2, 4, 5). Así vamos avanzando por el camino de nuestra existencia: decidiendo.

 

Al avanzar por el camino de la vida, a cada paso encontramos alguna bifurcación, ¿cómo decidimos por cuál tomar? ¿Acaso tomamos la decisión a la “loca” o a la “ciega”? No, si ese fuera el caso no seríamos verdaderamente libres, seríamos absolutamente esclavos de nuestra ignorancia y esclavos de las consecuencias de nuestras acciones. Al contrario, Dios nos creó y acto seguido –al ponernos en un contexto, porque dice el relato bíblico que nos creó afuera y luego nos puso en el huerto del Edén que Él había plantado con toda clase de árboles hermosos y apetecibles (cfr. Gn 2, 8-9)- nos señaló lo que podíamos hacer y nos llevaba al bien, nos daba vida y también nos prohibió aquello que nos dañaba, que nos mataba. Este “mapa” para saber en cada bifurcación del camino por donde nos conviene optar estaba condensado en la regla maestra: “Sólo del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios ‘no coman de él, ni lo toquen siquiera, bajo pena de muerte” (Gn 3, 3). O sea que desde el primer momento nos faculto para saber discernir y así poder tomar opciones a ciencia y conciencia. Momento oportuno para visitar el catecismo de la Iglesia Católica y leer el numeral 1950: «La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas».

 

Ejercitarnos optando y optando bien nos fortalece, nos hace más sólidos, nos acrisola. De la misma manera que optar por la senda alternativa nos debilita, nos hace cada vez mejoras víctimas del error; como cuando decimos que una mentira lleva a otra mentira, así cada desviación, no sólo la mentira sino todo “pecado” nos inclina a pecar más, digamos que, en la medida en que practicamos el pecado nos vamos convirtiendo en especialistas de la pecaminosidad, nos vamos pervirtiendo.

 


Así, podemos decir que  Dios estampó en nosotros un mapa de las sendas por las que debemos ir y aquellas que nos dañaran para que fuéramos verdaderamente libres al optar. Volvamos al Catecismo de la Iglesia Católica para recordar unas deliciosas palabras de León XIII a este respecto: «La ley natural [...] está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y prohíbe pecar. Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos» (León XIII, Carta Enc. Libertas praestantissimum).

 

Dios se solidariza plenamente con el hombre

La vida de la Gracia, es decir la vida donde decidimos aceptar la Ley de Dios –no perdamos de vista ni por un instante que al decir Ley de Dios estamos refiriéndonos a una ley amable, a la vía de la felicidad verdadera, aun cuando no sea la ruta aparentemente más cómoda, si es la ruta más feliz- es un derrotero trazado con Amor, con Amor Paternal. De esta misma manera, es Dios, en la Persona del Espíritu Santo –como lo dijimos arriba- quien nos conduce al desierto y nos pone en la vía de la tentación.

 

Esto puede sonar infinitamente absurdo. ¡Cómo puede un Padre amoroso, un Dios Bueno ponernos en la ruta de la “amenaza”! Y ponemos signos de admiración y no de interrogación porque esto nos deja completamente atónitos. También, cuando éramos niños, nos dejaba atónitos que papá o mamá nos llevaran al Colegio o al jardín Infantil y nos dejaran allí “abandonados”; o que nos llevaran al médico, donde una persona muy “cruel” nos inyectaba – ¡uy! ¡las jeringas!, esos terribles aparatos de torturas infantiles que arrancaba de nosotros los más atronadores gritos-; o, tener la impiedad de llevarnos al odontólogo, esas también eran para nosotros conductas infinitamente absurdas. Y, sin embargo, “el Espíritu conduce a Jesús al desierto ¡para que sea tentado por el Diablo!”, pero ¿qué es esto? ¿Es este el Dios que Jesús llama Padre?

 


Nuestra sorpresa es equiparable a la que nos producen otros dos apartes bíblicos: Abrahán llevando a su hijo para sacrificarlo, e imaginarlo alzar el cuchillo sobre Isaac; o, Dios Padre entregando a su Hijo, el Tres veces Santo, a una muerte de cruz… Es cierto, nuestro entendimiento se muestra impotente ante los amorosísimos designios de Dios.  ¿Cómo podría nuestra pobre mente alcanzar la Infinita sabiduría del Señor?

 

Revisando la perícopa de este Primer Domingo de Cuaresma, ciclo A, en su contexto, nos encontramos que está inserta en el Evangelio según San Mateo, inmediatamente después del Bautismo de Jesús; Dios acaba de abrir las puertas del Cielo para manifestar de Propia Voz su paternidad respecto de Jesús, acaba de reconocerlo como Hijo suyo y, acto seguido, ¡purrumpum, tome!, ¡las tentaciones! Ese es el contexto de esta perícopa. Cuando leímos la perícopa del bautismo nos encontramos con otro inexplicable: ¿Para qué se hace bautizar Jesús si Él no es un pecador? Él no tiene de qué arrepentirse, no necesita conversión y sin embargo se bautiza. Tratando de penetrar este “misterio” nos dimos de frente con una categoría de la Misericordia Divina: La solidaridad. Él se hace bautizar para solidarizarse con nosotros.

 

Cuando leíamos a los clásicos, y llegábamos a esas páginas homéricas donde los héroes Odiséicos iban a la guerra y sus “generales” combatían al lado y hombro a hombro con los soldados rasos, vislumbramos con sorpresa esa solidaridad que los llevaba a exponer su propio pecho en primera fila de combate. También, en el mundo laboral, admiramos esos “ingenieros” que se embarran junto a sus obreros y se ponen las botas de trabajo y no se emperezan de estar codo a codo con su brigada de trabajo. De manera simétrica, nos decepcionan los que sólo trabajan desde su escritorio, tanto como nos desalientan los sacerdotes que predican y no aplican y no viven el espíritu de sus propias homilías; fue así como nació el proverbio popular de “el cura que predica, pero no aplica” "Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mt 23, 2-4). Visto esto, podemos empezar a aproximarnos a este concepto de solidaridad: Porque Dios se hizo verdaderamente hombre: «No se puede afirmar que la tentación de Jesús tenga un sentido moralizante: algo así como “Jesús no fue tentado, sino que hizo como si hubiera sido tentado para dar ejemplo al hombre; en esta forma la persona y la obra de Jesús serían una apariencia, una comedia, Jesús no habría sido un hombre verdadero. Equivaldría a imponer al evangelio un preconcepto sobre la forma como es y debe actuar y presentarse Jesús, una imagen preconcebida de lo que debe ser el Hijo de Dios. Es no correr el riesgo de que Dios se acerque al hombre hasta la identidad total con él y hasta el amor que, porque respeta y acepta la contradicción que padece la creatura, se compromete totalmente en el amor y se solidariza en la ambigüedad de lo humano para salvarlo desde lo interior del hombre.»[2]

 

Así que Jesús, el Dios-humanado, en virtud de su infinita Bondad, se abaja, se pone la camiseta y la suda, no la suda aparencialmente, la suda de verdad-verdad; se pone las botas con sus obreros y se embarra, no se embarra de “mentiritas” sino que se pone hombro a hombro y codo a codo, a nuestro lado y de nuestra parte. No se disfraza de hombre, sino que ¡se hace hombre! Para rescatarnos ofrece todo, lo entrega todo, se presenta Él para estar de rehén en vez de nosotros y, ¡paga con su Preciosísima Sangre todas nuestras culpas!


 

De esta forma, si Él no hubiera sido tentado, sería un hombre de mentiras. ¡Dios no se habría humanado! Esta es la sustancia esencial del concepto de solidaridad cuando se refiere a Dios respecto al hombre, que Él se hizo en todo igual al hombre, excepto en el pecado, y esa es la única excepción. Y en eso estriba el Plan Salvífico de Dios para redimirnos. El meollo de la salvación es la Divina Solidaridad con nosotros, con nuestra fragilidad, con nuestra debilidad, con nuestra imperfección.

 

Acrisolados

El cristiano no se arrastra bajo el peso de la ley; corre libremente impulsado por el amor.

Florentino Ulibarri

 

La tentación es un proceso que nos purifica, nos fortalece, nos robustece. Nos hacemos fuertes rechazando la tentación. Podríamos resumirlo diciendo de forma muy breve: La tentación en sí misma no es mala, lo malo de la tentación está en ceder a ella.

 

Observemos en primer término que el Malo, al tentar a Jesús, entra en un verdadero tenis Escriturístico con Él. También él hace gala de conocer la Sagrada Escritura y de conocerla muy bien. ¡Caray! Entonces no basta con conocer la Escritura, ni siquiera basta con conocerla perfectamente y declamarla al pie de la letra. Así es. Porque está escrito: “… la letra mata,  más el espíritu vivifica.” (2Cor 3, 6c).

 


Así, el Malo usa de la Palabra torciendo su espíritu, desvirtuándola, insertando en ella sus embustes. Notemos que cuando engaña a Eva le dice que Dios prohibió, y eso es verdad, que comieran algún fruto de algún árbol, lo cual también es verdad, pero la falsedad que él introduce consiste en decir que “no coman de ningún” (Gn 3, 1b) Eva es consciente que está mintiendo y lo corrige precisando que sólo les prohibió un árbol, el que está en medio del huerto. ¡De la espléndida variedad a disposición, la limitación se reduce al límite mínimo! (Gn 3, 3).

 

Después de la tentación Jesús estará listo para iniciar su vida pública, habrá salido airoso de la prueba, no se ha dejado engañar con la apetitosa hermosura del “fruto” ofrecido, viene a magnifica colación unas palabras de Papa Francisco: “… la necesidad de no dejarse dominar por las cosas que tienen apariencia: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los demás o del éxito, sino de lo que tenemos dentro”.[3]

 


«En las tres tentaciones se presenta, de un modo orgánico el pecado de Adán, que es el mismo de Israel, de la Iglesia y de cada uno de nosotros: robar lo que ha sido regalado. Dios es don: la posesión representa el anti-dios, principio de des-creación, origen de todos los males… Los ídolos del tener, el poder y del aparecer son la estructura misma del mundo: su “nulidad nulificante”, a la cual Dios responde respectivamente con el dar y servir con amor y humildad. Jesús realizó la opción del Hijo: la solidaridad con los hermanos. Ahora existe un choque entre dos caminos de salvación: el suyo, que lleva a unirse a los otros y el diabólico, que lleva a distinguirse de ellos mediante la riqueza, el honor y la arrogancia. El camino de Dios, que es amor y es compartir, es opuesto al de Santanas, que es egoísmo y división. Es una oposición interna que atraviesa el corazón de cada hombre.»[4]

 


Roguemos –con el salmo penitencial por excelencia- al Espíritu Santo para que frente a cada tentación su Luz nos ilumine permitiéndonos distinguir su oferta de aquella del Enemigo; e imploremos también la asistencia de su fortaleza para que sepamos optar y mantenernos. Sabemos que seremos tentados, no tres sino miles de veces; pero no con pesimismo sino con la alegría de los redimidos, enfrentemos el combate, sabiendo que saldremos airosos apoyados en Aquel que llevó su solidaridad con nosotros hasta identificarse con la debilidad humana en todo menos en el pecado:

 

Oh Dios,

crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu Santo Espíritu.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.[5]

 



[1] Papa Francisco. HOMILIA EN LA SANTA MISA, CON EL RITO DE LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS. Iglesia de San Anselmo en el Monte Aventino de Roma, 2020

[2] Zea, Virgilio s.j. JESÚS, EL HIJO DE DIOS. Ed. USTA Facultad de filosofía de la Universidad Santo Tomás de Aquino.  Bogotá- Colombia 1989 pp. 57-58.

[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Basílica de Santa Sabina Miércoles 5 de marzo de 2014.

[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2da re-impresión 2011 pp. 49-50

[5] Sal 51(50), 12-14.17.

sábado, 18 de febrero de 2023

SANTIDAD BASADA SOBRE LA FRATERNIDAD

 


Lv 19, 1-2.17-18; Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13; 1Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48

 

«Las dos tablas del decálogo se revisan con el corazón nuevo del Hijo… sois sal de la tierra y luz del mundo precisamente porque vivís con los otros como hermanos, que conocen al Padre común»

Silvano Fausti

 

«Con el Sermón de la Montaña delante, estamos en presencia de la Carta Magna del Reino mesiánico.»[1] Nos hallamos ante una “ascesis”. Jesús nos lleva hacia la cima, ¿cuál es? ¡Una propuesta de perfección!: «… el Reino es la justicia de Dios, mucho más exigente que la justicia que practican los seres humanos. Sólo la perfección de la justicia puede traer libertad y vida para todos[2]

 


San Mateo quiere mostrarnos en Jesús a un segundo Moisés; ellos son los grandes legisladores, que comunican la Ley que el Mismo Dios promulga: «Así como Moisés, desde el Sinaí, había dado a su pueblo el gran código para encaminarse hacia Dios, así también Cristo desde otro monte proclama otra ley, pero una ley más perfecta. En el sermón de la montaña, Cristo establece los preceptos que rigen las principales situaciones del hombre. Mateo nos presenta, con su compilación de varios aspectos de la doctrina de Cristo el espíritu que anima a los que quieren entrar en el reino de Dios, el perfeccionamiento de las leyes y prácticas del judaísmo…».[3]

 

Jesús examina seis “mandamientos” enunciados por la vía negativa:

También sabéis que se dijo a los antiguos”. Los presenta con la fórmula: “Habéis oído que se dijo…”, o, de manera similar: “Sabéis que se dijo…”; “También se dijo…”, nuevamente, por dos veces, “Sabéis que se dijo…”. De estos seis vimos cuatro el Domingo anterior, VI Domingo Ordinario (A); este Domingo VII Domingo Ordinario (A), trabajamos los dos finales.

 

1)    No mataras

2)    No cometerás adulterio

3)    Todo el que repudia a su mujer, que le dé el acta de divorcio.

4)    No juraras en falso

5)    Ojo por ojo y diente por diente.

6)    Amaras a tu prójimo y odiaras a tu enemigo.

 

Esta es la Ley formulada de manera imperfecta; Jesús nos introducirá en la Ley Perfecta con la fórmula “Pero yo os digo”. «Verdaderamente el sermón nos coloca ante bellísimos y también arduos ideales que quizá nunca alcanzaremos. Pero son posibles, y son a la vez un estímulo para posteriores esfuerzos y una ocasión de examinar lo ya alcanzado. A pesar de todo, la presencia de Dios nos preserva del desaliento.»[4]

 


«La ley no es nueva, sino antigua. Pero el modo de cumplirla es nuevo: ninguno nunca la ha propuesto ni observado de este modo, que es el del Hijo. En efecto, el principio de su justicia es el amor al Padre.»[5] «En la Antigua Alianza el tono es más bien negativo y amenazador: “No harás esto y aquello. Mientras que en la Nueva Alianza es positivo y alentador: Bienaventurado el que hace esto y esto… Cristo se preocupó por reanimar la ley,… yendo hasta el fondo mismo, hasta la esencia; y la esencia es el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo».[6]

 

Este amor a uno mismo que está en la esencia genética del amor al prójimo, nos conduce hacia una nueva relación que moldea las relaciones interpersonales  poniéndolas siempre a todas en clave de fraternidad. Pero el amor al prójimo no puede brotar de la nada, como algún espécimen de “generación espontanea”. Por el contrario, el amor al prójimo tiene un precedente germinal en el auto-amor: Debemos y necesitamos visualizarnos y hacer consciencia de “ser templos”, “Templos vivos” de donde brotan los manantiales salutíferos, que a todo le imprime vida, y una vida rebosante (Cfr. Ez 47, 2-5).

 

El tema del culto aparece aquí vibrante en toda su maravillosa diafanidad. O mejor, en toda su prodigiosa teofanidad! El culto no consiste en edificios magníficos (que también son honor y Gloria al Señor), sino en un corazón orante, humilde y contrito por su condición de pecador, que lucha por vivir coherentemente la Voluntad del Señor. El culto es conciencia cabal de ser Templos del Espíritu Santo, y conservarnos “puros” para –pese a sólo ser vasijas de barro- alcanzar la sacralidad de Templo. La trascendencia del Templo radica en ser un espacio puesto aparte y especialmente propicio para comunicarnos con Dios. Nuestra corporeidad hace de nosotros una construcción de “barro” en la que Dios habla y el hombre escucha. Así nos lo explica la 1Cor 3, 17c: “porque el tiempo de Dios es santo”. Esa santidad se nos reclama perentoriamente porque de otra manera uno se autodestruye como Templo y se hace reo de destrucción.

 


Pero ¿cómo nos hacemos Templo?, y más aún, ¿cómo llegamos de vasijas de barro a ser Templos del Espíritu Santo? Esto es porque –como ya lo hemos enfatizado- somos hijos en el Hijo. Allí, en ese mismo instante, se da la “transformación” dejamos de ser para llegar a ser; y, por pura gratuidad, por pura Gracia. En el texto del Evangelio de San Mateo que constituye la Liturgia de la Palabra de este Domingo, está presente la palabra “Padre”, por dos veces, para indicar y explicitar la relación entre Dios y nosotros.

 

Nuestra condición de hijos de Dios nos vocaciona a una manera especial de relacionarnos con el “prójimo”. Somos –cuando llegamos a la esencia misma de nuestro ser- portadores de un Amor que recibimos por Gracia; hemos sido graciosamente consagrados Templos en el Amor del Padre. Y, por lo tanto, llamados a guardar coherencia velando por nuestra relación de hermanos; «Quien no considera al otro como hermano, ha sacrificado la propia vida como hijo y la arroja al basurero.»[7]

 


No consiste en que cada uno por separado sea Templo. En la perícopa de la 1ª Carta a los Corintios dice que “ustedes son el templo de Dios… ustedes son ese templo”. No pasemos por encima de este “dato”. La “santidad” de templo, esa perfección mandada en la nueva ley viene a nosotros como “comunidad” y vive en la fraternidad que sepamos entretejer con todos los “hermanos”.



[1] Moratiel Villa, Félix J. LA BIBLIA EL LIBRO DE LOS LIBROS. LA PALABRA DE DIOS AL ALCANCE DE TODOS. Ediciones 29. Collección inicio. Barcelona-España 2000. p. 118.

[2] Storniolo, Ivo. CÒMO LEER EL EVANGELIO DE MATEO. EL CAMINO DE LA JUSTICIA. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1999. p.63

[3] Fannon, Patrick. LOS CUATRO EVANGELIOS. BREVE INTRODUCCIÓN A SU ESTRUCTURA Y MENSAJE. Ed. Herder. Barcelona-España. 1970. pp. 89-90

[4] Ibid.

[5] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia. 2011. p. 83.

[6] Moratiel Villa, Félix J. Op. Cit. pp. 129-130

[7] Fausti, Silvano. Op. Cit. p. 85

sábado, 11 de febrero de 2023

UNA BÚSQUEDA DE TODO CORAZÓN

 


Eclo 15, 16-21; Sal 11-8, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34; 1Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37

 

Jesús es el primero que vive el amor. Su justicia no es la de los escribas ni la de los fariseos: es la “excesiva” del Hijo, igual a la del Padre, que hace entrar en el reino.

Silvano Fausti

 

Continuamos este Domingo inmersos en el Sermón de la Montaña. La página central en la vida de Moisés es aquella que nos relata la recepción de las Tablas de la Ley de Manos de Dios, en Quien radica por antonomasia la autoridad legislativa, Dueño como lo es del Árbol del Bien y del Mal, cuya Ciencia, Él mismo, se reservó para Sí (Cfr. Gn 2, 11-12). Se examinarán -este domingo- tres mandamientos: no matar, no cometer adulterio, y no jurar en falso; pero el tema general-global es no pensar que Jesús vino a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud (Mt 5, 17).


 

En el Sermón de la Montaña Jesús también “escala” para entregarnos la Nueva Ley, es el Moisés de la Nueva Alianza, pero Mayor, porque es el Hijo de Dios. Vamos a hacer, junto con Él, este ejercicio de montañismo, para llegar a la Cima, en el verso 48 de este Quinto Capítulo del Evangelio según San Mateo, (lo leeremos el próximo Domingo): “Por su parte, sean ustedes perfectos, como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo” (Mt 5, 48).

 

La Nueva Ley es el Corazón de la Nueva Alianza, del Pueblo Nuevo conformado por Hombres Nuevos. No consiste en la revocatoria de la Primera Ley, la Mosaíca; sino “en llevarla a su plenitud” (Mt 5, 17). “En verdad les digo: mientras dure el cielo y la tierra, no pasará una letra o una coma de la Ley hasta que todo se realice” (Mt 5, 18). Y la Ley debe ser, no sólo cumplida, además, enseñada, trasmitida; y esta doble prescripción constituirá la “grandeza” del creyente en el Reino (Cfr. Mt 5, 19) «… el valor de una persona, su fineza y magnanimidad, es “hacer y enseñar” lo que el amor dicta.»[1]. «El Sermón de la Montaña lo pide todo, cuando pide que creamos en un Dios capaz de trasformar la vida, de hacer nacer un hombre nuevo en el seno de nuestro universo.»[2]

 


¿Cómo operaría esta plenificación? ¿cómo podemos participar en ella? Contrastemos la vía prohibitiva y la vía exhortativa. En la primera, vamos a un “paseo” donde –en ciertos puntos y en ciertos momentos- nos proponemos realizar cierta actividad; pero encontramos unas vallas, que avisan que tal “actividad” no nos conviene. La vía exhortativa, por el contrario, es la recomendación para que, durante todo el “paseo” estemos siempre alertas para disfrutar el paisaje, los alimentos, las flores, los aromas y tener siempre todos los sentidos dispuestos para sumergirnos y embriagarnos con su “gozo”. Esta vía positiva para la formulación de la nueva Ley nos mantiene siempre alertas, siempre comprometidos con la construcción del Reino; siempre descentrados de nuestros egoísmos: abiertos en todo momento al servicio, a la solidaridad, al perdón, a la coherencia de vida, a esa unidad y armonía entre nuestra moral cristiana y nuestra forma de conducirnos. Atentos en todo momento a las necesidades de nuestro prójimo, con especial desvelo por quienes más lo necesitan, empeñándonos -particularmente- por los más débiles y desprotegidos.

 

¡No basta amar, es preciso que el Amor sea en el Santo Nombre de Dios! En la Nueva Alianza no se trata, de momentos puntuales, o de momentos críticos, donde tomamos decisiones; sino, de todo el tiempo. Recalcamos que es una Ley que corre por nuestras venas y compromete cada inhalación de aire y cada latido del corazón, porque en cada uno de ellos se Alaba al Señor, porque todo cuanto hacemos –desde el acto más devoto, hasta el gesto más mínimo y corriente- estarán saturados de la Presencia de Dios-en-nosotros. «En el corazón de cada acción, la intención religiosa. En el corazón de toda acción religiosa, el amor. En el corazón de todo acto de amor, lo absoluto»[3] No sólo la oración, no sólo los momentos piadosos, sino cada instante de nuestra existencia, así cantemos o barramos, así lloremos o silbemos, así cuando hablamos y cuando callamos, en todo estará nuestro corazón puesto en el Señor nuestro Dios; sólo así en Dios viviremos, nos moveremos y existiremos (Cfr. Hch 17, 28a) haciendo de nuestra fe, nuestro hábitat y de nuestra consciencia de Dios, nuestro sentido.

 


«Las exigencias del Sermón de la Montaña son absolutas y carecen prácticamente de límites.  El que adopta el principio de dar una hora de tiempo al que le pide la mitad, de privarse de lo necesario para dárselo a quien le pide lo superfluo, eso comprueba rápidamente que ya no se pertenece a sí mismo y que está a punto de hacerse devorar… Eso es lo que tiene de absoluto el Sermón de la Montaña: no está hecho de rigor y de intransigencia, de una observancia que mantener a toda costa, sino de una llamada que arrastra cada vez más lejos…»[4]

 

«La norma de nuestro obrar es llegar a ser como el Padre (v. 48). Has de ser lo que eres: eres hijo, obra como el Hijo, como el Padre que ama a todos. El Sermón de la montaña revisa, bajo esta luz, nuestras relaciones con los hermanos (vv. 21-48).»[5]


 

No vayamos a perder de vista que, en esta fecha, la Iglesia celebra la Trigésima Primera Jornada Mundial del Enfermo, con el lema: “Cuida de él” e incorporemos este gesto de fraternidad para integrarlo al brillo que Jesús nos pide que irradiemos como testimonio de glorificación al Padre Celestial, que seamos «… hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común»[6].

 

 



[1] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2011. p. 79

[2] Guillet, Jacques. s.j. JÉSUS DEVANT SA VIE ET SA MORT. Aubler Paris-France. 1971 p. 101

[3] Leon Dufour, Xavier. s.j. L’EVANGILE SELON SAINT MATTHIEU. p. 92.

[4] Guillet. Jacques. s.j. Loc Cit.

[5] Fausti, Silvano. Op. Cit. p. 83

[6] Papa Francisco. MENSAJE PARA LA XXXI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2023. Citando el No. 67 de la Fratelli Tutti.

sábado, 4 de febrero de 2023

COMO LUZ DE LA AURORA: DISCÍPULOS MISIONEROS Y ENTUSIASTAS

 


Is 58, 7-10; Sal 112(111), 4. 5. 6-7. 8a-9 (R.: 4a); 1Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16

 

Señor,

Ayúdame a no esconderme,

a seguir alumbrando los cruces de la vida

para que sea siempre más seguro el andar

de todos mis hermanos y de cada hermana mía. Amén.

Averardo Dini

 

No somos la luz, pero podemos alumbrar con la Luz de Cristo

Nuestra responsabilidad consiste en conservar la luz, mantener la oscuridad bajo control -para irla derrotando gradualmente-, lo que implica “contagiar la luz”, pasarla de mano en mano, cuanto más se distribuya y se amplíe el círculo de los que la han recibido, mayor será la garantía de que la luz nunca se acabe, de que el desenlace sea Luminoso. Llevemos un poco más allá la analogía: cuando se prenden dos, tres, o cuatro velas, la luminosidad que se genera es mucho más del doble, del triple y del cuádruple. Frente a un siglo de tiniebla, se requieren muchas manos que se acerquen a Jesús y recojan Su Luz, con su propia vela, y la lleven allende todas las fronteras. De quien son las manos que recogen la Luz, ¡son las manos de los Discípulos-Misioneros!


 

¿Qué significa “Cuerpo Místico de Cristo”? Es cuando todos unimos nuestras manos para “Ser Él”, que entre todos derrotamos la oscuridad. El aporte de cada uno es valioso en esta guerra entre la Luz y las Tinieblas. Jesús no tiene manos, y depende de nuestras manos para servir, acariciar, atender, construir el Reino.

 

El sacramento de la alegría

«Algunas personas no se entregan a la misión, pues creen que nada puede cambiar y entonces para ellos es inútil esforzarse. Piensan así: «¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?». Con esa actitud se vuelve imposible ser misioneros… El Evangelio nos relata que cuando los primeros discípulos salieron a predicar, «el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra» (Mc 16,20)…


 

Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable… Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo.

 

… Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descontento crónico, por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de reconocimientos, aplausos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrección. Así, el Evangelio, que es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas.

 


La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!


 

Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos, pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria.

 

… Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!»[1]


 

«Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a rondarle la cabeza, solía apostarse a la puerta de las iglesias para ver los rostros de los que de ella salían. Pensaba: Si ahí se encuentran con Dios, si ahí asisten verdaderamente a la muerte y resurrección de alguien querido, saldrán con rostros trémulos o ardientes, luminosos o encendidos. Y terminaba comentando: "Bajan del Calvario y hablan del tiempo entre bostezos."»[2]

 

Esta anécdota de Julien Green nos hace todavía más conscientes de nuestra enorme responsabilidad, que podemos alejar a muchos, que podemos enfriar a los que ya estaban calentándose, a los que estaban a punto de “convertirse”, ¡qué terrible!, ¡qué perdida! Que alguien que estaba a punto de llegar, se devuelva, se arrepienta, se vuelva a enfriar. ¡Que llevemos siempre su Luz entre nuestras manos, es más, que nuestras propias manos se incendien y sean teas luminarias! (A la mayor Gloria de Dios).

 


No nacimos para ser sal insípida, sólo útil para botar a la basura. No nacimos para vivir debajo de una olla, de un balde, de un celemín. Nacimos, a la vida de la fe, para ser difusores de la Buena Nueva, de esa noticia feliz que nos invade hasta el último poro de esperanza, de optimismo, de confianza en el Amigo-que-nunca-falla.



[1] Papa Francisco. EVANGELII GAUDIUM, 24/11/2013. Entresacados ##275-280

[2] Martín descalzo, José Luis. RAZONES PARA LA ALEGRÍA (CUADERNO DE APUNTES II). Sociedad de Educación Atenas. Madrid-España  2ª ed. Julio 1985. pp. 205-208