sábado, 27 de febrero de 2021

CONTEMPLAR SU ROSTRO GLORIOSO

 

Gn  22,1-2. 9-13.15-18; Sal 115. 10 y 15. 16-17. 18-19; Rom 8, 31b-34; Mc 9, 2-10


 

La “transfiguración” no es tanto un acontecimiento temporal en la vida del Hijo del Hombre –es su estado permanente- sino un momento especial en la vida de los discípulos. Sus ojos se abran a las conexiones invisibles de Jesús hombre con el mundo espiritual.

Michael Casey

 

…la actividad “pre-pascual” de Jesús estaba ya basada en el hecho pascual de la resurrección que había de venir. La Pascua, que constituye el acontecimiento fundamental de la vida de Jesús, determina el sentido y la autoridad, no sólo de todo cuanto vino después de ella, sino también de todo cuanto la precedió.

 

Carlos Vallés, sj.

 

Isaac fue, en el primer momento, en el momento de la promesa, algo así como una broma, un chiste de improbabilidad, algo que no podía suceder a una mujer ya menopaúsica. La respuesta a este “chiste” fue la risa, esa risa dio razón de ser al nombre Isaac: “dijo Sara: Dios me ha hecho reír; cualquiera que sepa que he tenido un hijo, se reirá conmigo”. (Gn 21, 6). A esa risa se contrapone el fin más doloroso y triste, seguramente anegado en lágrimas: Morir sacrificado, víctima propiciatoria para demostrar obediencia a Dios. Cumplimiento de sus designios. ¡Abrahán nunca pensó escatimarle su hijo al señor que se lo había reclamado!

 

En esta página bíblica, suponemos siempre –dándolo por sobreentendido- que Dios nunca habría permitido la consumación del sacrificio. Dios-Omnisciente conociendo como conocía el corazón de Abrahán, ya sabía que le sería obediente, entonces, ya desde antes, encargó al Ángel detener la mano filicida, y ya desde entonces, trabó los cuernos del carnero en la maleza para garantizar un reemplazo a la víctima protegida y salvada.

 

Esta obediencia da como fruto que Dios ofrezca Alianza a  la humanidad, en la persona de Abrahán: “Yo te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Tus descendientes conquistaran las ciudades enemigas, en tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste a mis palabras” (Gn 22, 17). No podemos pasar adelante sin rememorar que Isaac simboliza la unión de tribus hebreas e idumeas y, en ese sentido es figura veterotestamentaria de Cristo y de la Iglesia, lo cual no es poca cosa ya que prefigura y sirve como boceto a la Misericordia que luego se nos dará a conocer en El Salvador. Sobre el marco espacial de este relato veterotestamentario, también tenemos algo que añadir: Este episodio de la puesta a prueba de la fe de Abrahán ocurrió en el Monte Moriá.

 


Los montes –en general- por su altura, aluden a la cercanía con Dios. Vamos a trasladarnos ahora a otro Monte Bíblico: el Tabor. Antes de llegar al Tabor, debemos recordar que el Tabor hace referencia a otro par de Montes: al Carmelo y al Monte Sinaí. Recordemos que el Carmelo se erguía prácticamente como un farallón defensivo, a la vez muralla y barrera. El Monte Carmelo fue el sitio donde el profeta Elías compitió con los falsos profetas de Baal, recibiendo el apoyo y la “confirmación” del Señor que “devoró” con su Fuego el sacrificio, mientras los falsos profetas quedaron ridiculizados y fueron degollados, su sangre tiñó el Cisón. El Horeb o Monte Sinaí es el Monte del Decálogo, porque no basta sacar al pueblo de la esclavitud si no se le daba una nueva fundamentación, una estructura legal sobre la que construir nuevas relaciones de libertad y fraternidad. Hay que subrayar esta dinámica, el hombre para ser verdaderamente libre tiene que ser delimitado por la Ley, así que la Ley que a muchos les parece talanquera, es en realidad la “línea del horizonte” por donde sale el sol radiante de la verdadera libertad. De cualquier otra manera, el hombre es esclavo de su no saber qué hacer, ni por donde ir.

 

El episodio del Tabor ocurre en “el sexto día”, lo que nos dice que Dios está creando con la Transfiguración una Nueva Humanidad, porque el Sexto Día fue el día en el que Dios creó al hombre. En esta transfiguración nos hallamos ante una superación: ya no se precisa a Elías y Moisés, porque aquí hay uno que es más que Salomón y Jonás y todo el Antiguo Testamento; pero no sólo es superación, en esta dialéctica también se enuncia la continuidad: porque es el mismo YHWH.

 


La Voz pronuncia una sentencia que llama y apunta hacia otra referencia: el bautismo de Jesús. También allí la Voz declara que Jesús es “su Hijo amado”. También aquí se dan cita toda una serie de elementos teofánicos, donde quizás los más destacados sean el resplandor incomparable de las vestiduras y la Nube, sinónimo del Misterio Divino. Este misterio se revela pero no se agota, no se puede traspasar exhaustivamente. Se nos da pero no lo podemos concluir. ¡Es dato y don a la vez que es imponderable!

 

¿Por qué la referencia bautismal? Porque el sacramento del bautismo es el que nos hace nacer para la Vida Nueva de esa Nueva Humanidad a la cual Jesús da principio, así lo entendieron los primeros cristianos y así quedó formulado en estas catequesis. El evangelio de Marcos está dividido en dos grandes partes, en la primera Jesús elige y llama a los suyos, con ellos va a engendrar la Nueva Comunidad, encargada del discipulado y el anuncio; pero, a partir de 8, 27 se puede dar inicio a la construcción del Reino, como una semilla puesta en tierra para que germine y que en cualquier momento brotará, (la Semilla ya está allí, puesta en tierra, y –sin que nosotros sepamos cómo o cuándo, ella de pronto retoñará). Este tiempo que la liturgia denomina Cuaresmal es –por consiguiente- un tiempo eminentemente bautismal. El bautismo sella la adopción como hijos de Dios, lo que significa la redención que se nos otorga Sacramentalmente por Gracia de la Obediencia de El-Que-Es-Hijo-en propiedad.

 

En los otros Evangelios contamos con un capítulo resurreccional: Mt 28, Lc 24, Jn 20-21 No así en el Evangelio de San Marcos, en él no se relatan estos episodios. Sin embargo, este texto del Evangelio que leemos en este Segundo Domingo de Cuaresma, reviste ese carácter post-pascual pese a estar colocado aquí, en el capítulo 9, antes de la pasión. Jesús es revelado por el Padre, por medio de la Transfiguración, como glorioso, justo ahora, después de la primera predicción de su pasión 8, 31-37 y antes de la segunda predicción 9, 31-32. Así, pues, debe entenderse la Transfiguración como una pre-visión consoladora para afrontar las tinieblas que sobrevendrán, los duros momentos y amargos tragos que ampollaran la vida de los discípulos.

 

Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre, Alfa y Omega, Señor del tiempo y de la historia, que vive en la eternidad –aun cuando visitó el Cronos- existía desde el Principio y perdura a la Derecha del Padre: «El teólogo de Múnich Wolfhart Pannenberg ha acuñado un concepto técnico para referirse a este hecho: el “derecho proléptico” de Jesús. En un intento de ‘suavizar’ o de hacer más inteligible la expresión, Bruce Vawter la ha traducido como “retroactividad resurreccional”. ¡No se sabe cuál es peor…! Pero la importancia del tema justifica el neologismo. “Proléptico” proviene del griego “pro” (“de antemano”) y “lambano” (“coger” o “tomar”). Es decir, algo “tomado de antemano”, algo que va a venir después, que todavía no es realidad, pero respecto de lo cual, y en la seguridad y la confianza de que ha de venir, se pueden ya tomar medidas y adoptar actitudes. Y en la misma línea va lo de “retroactividad resurreccional”, que significa que la resurrección, cuando todavía no ha tenido lugar, puede actuar en la mente de los que ya saben que va a venir y están seguros de ella, en este caso Jesús.»[1]

 


Nos fascina otro enfoque que se da a este fenómeno de la Transfiguración: Según algunos teólogos, Jesús en todo momento estaba Transfigurado, pero no somos capaces de darnos cuenta. Hay –sin embargo- esos momentos-cúspide, que muchos llaman “del encuentro”, cuando vemos su Rostro Resplandeciente y sus ropas limpísimas, y caemos en la cuenta que en Él se resumen Todas-las-Escrituras y, entonces, toca con la Yema de sus Dedos nuestro corazón y nos trasforma, y nos gana para Sí, y nos dona dadivosamente su Fuerza en nuestra vida. Es este Jesús, Dios humanado, el que ha tomado partido por nosotros, anda a nuestro lado, está –como lo dice la Carta a los Romanos- a nuestro favor, murió, resucitó y está a la Derecha de Dios para interceder por nosotros. (Cfr. Rm 8, 34). Caminante a nuestro lado: «En el camino por un Mundo Nuevo, camino que cada vez se amplía más, crece la esperanza y se confirma la certeza de que el gran Proyecto de Dios, en vista de la “manifestación de sus hijos”, no es un simple sueño sino una posibilidad que se proyecta en el futuro, dentro de los horizontes de la historia.»[2]

 

¿Qué implicaría esto para nosotros? Por una parte, se retoma la idea de la “vigilancia”: Si Jesús está siempre Transfigurado, debemos estar vigilantes, adorantes, contemplativos, alertas todo el tiempo, tratando de penetrar y sobreponernos a la fragilidad de nuestros sentidos. Vigilantes para ver hacía lo alto del Tabor, porque nos pasa como los Caminantes de Emaús, Él va a nuestra vera, pero lo obligamos a decir que somos duros para entender y tardos para caer en la cuenta de lo que nos previnieron los profetas. Tratar –inclusive- de descubrirlo antes de que Él parta el Pan, y, ya mismo, rogarle que se quede, que no parta, que entre y se quede con nosotros. Y, en segundo lugar, a resguardar nuestras promesas bautismales, aplicándonos a mantener la pureza de ese baño en las aguas del Espíritu que nos regenera, dedicándonos al seguimiento, al discipulado misional que Él mismo nos ha encargado cuando su Dulce Voz pronunció el “Sígueme”.



[1] González Vallés, Carlos. CRECÍA EN SABIDURÍA… Ed. Sal Terrae Santander-España 3ª ed. 1995. p. 102

[2] Mesters, Carlos. CARTA A  LOS ROMANOS. Ed. San Pablo 4ta ed. Santafé de Bogotá, 1999 p. 55

sábado, 20 de febrero de 2021

VIGILANTES EN EL SERVICIO

 


Gn 9, 8-15; Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9; 1Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15

 

 

Reconciliarme con la Creación, con la humanidad y con la naturaleza y por tanto vivir en coherencia con mis Hermanas y Hermanos sufrientes, dolientes. Vivir en armonía ecológica con la naturaleza, desde el compartir, más que desde el consumir, desde el trabajo por una realidad sostenible y solidaria…

José Luis Graus.

 

… pululan por todas partes pequeños diosecillos que convierten de hecho la sociedad en politeísta. Donde no está Dios surgen inmediatamente los ídolos. La sociedad que rechaza a Dios, dobla su rodilla ante las personas, las cosas, las conveniencias, el dinero.

Gustavo Gutiérrez

 

La Primera Lectura nos pone en contacto con el tema de la Alianza. La Alianza es el nombre de la relación que se establece entre reyes, entre pueblos, y también, nos sirve de nombre para la relación que se establece entre cónyuges. A nosotros nos asombra que se hable de una Alianza eterna porque detestamos –por pereza moral- el compromiso. Nuestra cultura nos ha impuesto la fascinación por lo pasajero, por lo provisional. Más, si hacemos una lectura crítica de nuestra realidad, salta con emergencia el urgente afán de establecer lo duradero, lo que no se quiebra, lo que se sobrepone a las dificultades y las remonta y va más allá. En el sustrato de esta temática encontramos la bina obediencia-fidelidad. Así como la Santa Cruz (signo por excelencia de nuestra fe) tiene dos piezas, la vertical y la horizontal, así también la Alianza posee la misma bidimensionalidad: En su verticalidad- la ligazón entre Dios y el hombre y –en su horizontalidad- la fraternidad como eje vital, como exigencia moral, como praxis de la fe que no puede resolverse en simple intimismo y vivencia recóndita.; pero tampoco en hedonismo momentáneo, mucho menos en fugacidad instantánea. Nuestros propios sentidos son impotentes para afrontar y captar la instantaneidad; para llegar al fondo necesitamos degustar pausadamente, ir conociendo al otro, ir reconociendo y detectando las diferencias, ir demoliendo las barreras que nos separan. La Alianza es –sobremanera- procesualidad. Inclusive, para asimilar lo que veremos más allá de este peregrinar por la vida natural, se requerirá una Vida Eterna, para contemplar y adorar Su Divina Majestad.

 


Esta Alianza no se limita a una convivencia fraterna entre los humanos, como muy explícitamente lo dice la perícopa, se extiende a “los animales que los acompañaron, aves ganados y fieras… Alianza perpetua que yo establezco con ustedes y con todo ser viviente que esté con ustedes”. Es el correlato bíblico que llevó a San Francisco a hablar de todas las criaturas como sus hermanos –como lo dice Rubén Darío en su poema- “los hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos”.

 

San Pedro en la Segunda Lectura se refiere a esta vía de la Alianza que es el Sacramento del Bautismo –cabe anotar que este Sacramento guarda estrechísima relación con las Tentaciones; y su relato en el Evangelio según San Marcos, está colocado inmediatamente antes. En este Primer Domingo de Cuaresma, leemos una definición maravillosa, en la que muchas veces no hemos ni reparado ni penetrado, allí se nos dice que: “…no es una purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la Resurrección de Jesucristo, el cual fue al Cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición Ángeles,  Potestades y Poderes”. (1P 3,22.) Donde se refiere a este puente que Jesús ha tendido, salvando el enorme hiato de nuestra culpa. Nosotros, por la Caída, no hemos perdido la semejanza con Dios -con la que fuimos creados- hemos fallado en nuestra parte de la Alianza, pero Dios no la quebranta, sino que Él mismo la ha enmendado proporcionándonos un Redentor, y lavando la Falta con su Preciosísima Sangre.

 

En la perícopa del Evangelio encontramos junto con las criaturas terrenas las criaturas espirituales: el Tentador y los ángeles. He oído que la divisa inscripta en el blasón del Maligno reza: “No serviré”. ¡Los ángeles, en cambio, “le servían”!

 


En el Salmo recordamos que “El Señor es recto y bondadoso, indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos”. Aquí, en la liturgia de este I Domingo de Cuaresma, el Señor nos muestra el camino para ejercitar la hermandad, para poder aplicar la armonía entre todos los seres vivientes: El servicio. Esa es la actividad en la que nos dan ejemplo las criaturas angélicas, servir al Señor, serle fiel y obedientes: “El lobo morará con el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito; el becerro, el leoncillo y el animal doméstico andarán juntos, y un niño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas, y el león, como el buey, comerá paja. El niño de pecho jugará junto a la cueva de la cobra, y el niño destetado extenderá su mano en la hura de la víbora.” (Is 11, 6-8)

 

El Evangelio de San Marcos (después de hacer mención del Precursor) empieza revelando la identidad de Jesús en su bautismo en el Jordán, cuando se oye la Voz que lo identifica como Hijo, el Predilecto. Inmediatamente, a instancias del Espíritu, va al desierto, y vive su prueba. Pero esta prueba es más que eso, es el resumen del programa de Jesús para construir el Reino. Se trata de llevar a Galilea –valga decir, a todos los pueblos, no en exclusividad a los judíos- el anuncio del Reinado de Dios, que es la consigna kerigmática que se nos propuso con la imposición de la ceniza: μετανοεῖτε καὶ πιστεύετε ἐν τῷ εὐαγγελίῳ arrepiéntanse y crean en el Evangelio.”

 

Muchas armonías hemos conquistado, pero el egoísmo-codicia ha impedido que el proceso de construcción del Reinado de Dios avance de manera más expedita. La conversión, que consiste en arrepentimiento  y fe (creer) es la precondición, después podremos avanzar firmemente en la praxis del servicio con caridad, desinteresadamente y con ese sentido oblativo que nos enseñó Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

 

Jesús está allí –en representación de la humanidad- tendiendo un puente entre los animales feroces y la propuesta celestial del servicio. Él pacifica la relación deshecha  por la falta adámica y reconstituye la situación edénica  עדן (de delicia), que es el sueño que perseguimos: recobrar el Paraíso Perdido. Ningún esfuerzo es demasiado para levantarnos de la Caída.

 


«Las tentaciones son las diferentes crisis, en las que nos debatimos: la desesperación y la desconfianza., las seducciones y los atractivos, que pueden llevar a una pérdida de la fe, de la esperanza y del amor. Pero crisis también es una situación de decisión. Por consiguiente, puede llevar también a tomar mayor conciencia, libertad y responsabilidad: a purificar y a dilatar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor».[1]

 

¿Cuál es la amenaza que se cierne en la tentación? Vivir de espaldas al Dios que nos ama! ¡Arrogarnos con prepotencia la autosuficiencia para salvarnos! ¡Imaginar que las fieras se pacificaran sin el concurso de lo espiritual! –en fin- ¡pensar que Dios sobra! En cambio, Jesús, ¿qué es lo que anuncia? No su propio reinado, sino el Reinado de Dios. Observamos con fascinación que ese es el eje de su existencia. La tentación pretendía doblegar su humildad, pero Él sólo vive para la causa de su Padre, Él vive para Servir. «Desde afuera, la vida de Jesús parecería haber sido como un barco siguiendo su curso en medio de la corriente. La realidad interior, insinuada por este relato, fue más enérgica: una batalla constante para mantener estable el timón contra corrientes opuestas, con mucha vigilancia y grandes afanes para evitar encallar… La tentación durante toda la vida de Jesús fue permitir que la misión del Padre se volviera inactiva, no hacer nada, ahorrarse a sí mismo la dificultad, asumir la vida sin problemas. ¡Qué pecado por omisión habría sido!»[2]

 


«Nadie debe poner el pretexto, cuando caiga, que la tentación fue más fuerte que él, ya que desde Cristo en adelante, quienes se dejan guiar por el Espíritu salen siempre victoriosos.»[3] “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”. Si no captamos este Milagro Redentor, entonces, no habremos comprendido la Grandeza del Amor de Dios que desde el Principio estaba decidido a perdonar. Por esa desconfianza, precisamente, es que nos cuesta tanto dejarnos Amar. Pero precisamente por la clara y vigilante consciencia de Jesús, en el infinito Amor del Padre, es que Él pudo y nos Salvó. ¡Gloria a Dios!



[1] Beck, T. Benedetti, U. Brambillesca, G. Clerici, F. Fausti, S. UNA COMUNIDAD LEE EL EVENGELIO DE MARCOS. Ed. San Pablo. Bogotá Colombia. 2009. p.37

[2] Casey, Michael. PLENAMENTE HUMANO PLENAMENTE DIVINO. UNA CRISTOLOGÍA INTERACTIVA. Ed. San Pablo. Bogotá Colombia 2007. P. 61

[3] Álvarez Valdés, Ariel. ¿QUÉ SABEMOS DE LA BIBLIA? Ed. Centro Carismático “Minuto de Dios” Bogotá Colombia. p. 116

sábado, 13 de febrero de 2021

MARGINACIÓN Y RECONCILIACIÓN

 



Lev 13, 1-2. 44-46; Sal 31, 1-2. 5. 11; 1Cor 10, 3 1 -11, 1; Mc 1, 40-45

 

¡Y cómo no iba a querer curarlo Jesús, si vino para eso: para sanar! Lo dejó más limpio que bebé entalcado y perfumado. Las llagas y el dolor se convirtieron en salud y alegría.

Héctor Muñoz

 

Una de las más comunes estrategias para descargarnos de la responsabilidad es la cacería de culpables, la búsqueda de “chivo expiatorio”, encontrar a alguien que “cargue con el pato”. En la Primera Lectura encontramos un procedimiento para fabricar la marginación. Al chivo expiatorio, sobre el que los culpables ponían la mano en la cabeza para transferirle la culpa y luego era condenado a la extradición, por lo general en el desierto, donde las fieras daban buena cuenta. En el camino de la Redención humana hallamos la urgencia de la reintegración y la reconciliación para enfrentar este fenómeno de exclusión y marginalidad. «La reconciliación debe estar particularmente atenta a los que más fácilmente son descuidados, marginados, abandonados. He aquí entonces el compromiso contra las diversas formas de marginación, desde las que acompañan desde siempre la vida del hombre hasta las que son características de nuestras sociedades. Ayudar a todos los hombres a comunicarse entre sí, a encontrar o reencontrar un lugar en la sociedad, es una tarea urgente del cristiano.»[1]

 

Ya en el Génesis Adán le transfiere la responsabilidad a Eva: “La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto y yo lo comí” (Gn 3, 12b). Así a través de toda la historia hasta nuestros días. Se apela con suma frecuencia a este expediente. Con frecuencia la primera pregunta que viene a la mente es esa: ¿A quién le puedo echar la culpa? Y luego ¡que sea castigado, eso sí ¿quién le manda?! Al castigo, fuera del desprecio, se añade el aislamiento, la exclusión, el rechazo, -y como lo hemos dicho antes- el destierro. Y es que el aislamiento y la soledad nos debilitan, nos demuelen, nos sumen en la indefensión. Hoy leemos: “… traerá la ropa descosida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: ‘¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro! Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá sólo, fuera del campamento”. Lev 13, 46. Muchos dirán, ‘suma prudencia’ se entiende como una precaución contra una enfermedad tan terrible en una sociedad pre-científica’ donde no se conocían los antibióticos y donde no se podía distinguir si era o no la enfermedad de Hansen o sólo era salpullido, eczema, tiña o sarna. De inmediato viene la pregunta: Jesús ¿cómo actúo y cómo nos enseñó a actuar? Jesús se compadeció de él (los eruditos nos informan que en el texto antiguo dice que ‘se llenó de ira’ ¿por qué se enojó Jesús hasta tal límite? «Contra quién estaba airado Jesús: contra una sociedad que, en vez de dar vida y salud a las personas, conduce a la marginación»[2]

 


Ahí está la gran diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. Jesús no rechaza, no excluye, no aísla. Por el contrario, lo toca y sana (aun cuando ese contacto haga que  Él -a los ojos fariseos- quede impuro y tenga que quedarse en lo sucesivo en las afueras, sin poder entrar en la ciudad); y –para que supere la marginación- le hace cumplir todo el protocolo, para que quede legalmente” reincorporado a la comunidad. Dado que los administradores de esa “reglamentación” eran los sacerdotes (estamos leyendo precisamente del Levítico) y sólo ellos podían levantar la proscripción, lo manda que se presente ante ellos para que puedan constatar que ahora está “limpio” a la vez que para que pague la multa y pueda obtener -por así decirlo- el ‘certificado de sanidad’.

 

Así mirando las páginas de la historia nos topamos con una sucesión ininterrumpida de marginaciones, contra pueblos enteros –en muchas ocasiones- también contra razas enteras, a los que se acusaban de ser la causa de tal o cual problema; también a Jonás lo arrojaron al mar para que la ballena se lo tragara por ser el “culpable” de la tormenta terrible que los amenazaba de naufragio. En el Éxodo leemos la orden de matar a todos los niños varones, hijos de las Israelitas, y en la infancia de Jesús, una de sus páginas nos habla de la sentencia de Herodes contra los “Inocentes”. La mujer ‘adultera’ iba a ser apedreada pero del hombre que participó en el adulterio, no se da noticia de castigo alguno, a ese –tan responsable o más que ella, salió impune, el “chivo expiatorio” era “sólo ella”.

 

Jesús es un revolucionario, (no que anduviera con fusil y granadas cambiando el mundo con violencia) sino que tiene una línea radicalmente distinta: Él va por la vía totalmente contraria: Él recupera, reinserta, sana y re-incorpora. Él nos enseña no a despreciar sino a perdonar, es más a entender al otro hasta el límite de justificarlo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lc 23, 34. Y San Esteban el primer mártir aprendió la lección, así leemos en Hechos de los Apóstoles: Κύριε, μὴ στήσῃς αὐτοῖς ταύτην τὴν ἁμαρτίαν. “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”. (Hch 7, 60c).

 

Así, sin ninguna necesidad de abundar en citas, he aquí la enseñanza de hoy, que no es la del rechazo y la culpabilización, sino la del perdón –y lo que es más importante- del desvelo por rescatar, por redimir, por restituir al seno de la comunidad al que aparentemente está “perdido”. La lección de hoy se dirige a modelar nuestro corazón y nuestras acciones según el patrón del Divino Corazón de Jesús, que tiene corazón de Buen Pastor y no ha venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. cfr. Jn 12, 47. «Nuestra sociedad necesita hombres de paz y de dialogo. Hay que volver a crear el consenso sobre algunos valores irrenunciables: la dignidad del hombre, de su vida, de su libertad, de sus relaciones familiares, de su trabajo. Para que las afirmaciones de principio sean cada vez más evidentes y eficaces y no sean predicaciones inútiles, es necesario que estos valores se vivan efectivamente, sean defendidos, y cultivados por medio de un serio compromiso moral, una búsqueda del verdadero bien del hombre, una renuncia a toda forma de egoísmo y de instrumentalización de los demás. Es necesario que estos valores nacidos en la conciencia y en la vida ética de cada uno, se conviertan en mentalidad común, costumbre social, ley civil. Y como esta obra de reconciliación se refiere a la victoria sobre los egoísmos y sobre las instrumentalizaciones, se ve la conexión con el Evangelio9 cristiano que anuncia la victoria real y eficaz del perdón de Dios sobre el pecado del hombre. »[3]  «Se requiere una obra de educación que hay que hacer en las familias y en las comunidades. Las instituciones cristianas que hacen una experiencia significativa de compromiso laical debería ofrecer a las familias y a las parroquias lugares, instrumentos, itinerarios estimulantes para educar a los jóvenes a formas de compromiso laical cada vez más proporcionadas a las inmensas necesidades de la sociedad actual y cada vez más capaces de encauzar las maravillosas energías de generosidad, de espíritu misionero y de voluntariado presentes en los jóvenes.»[4]

 


Pero hasta ahí, sólo hemos atendido una cara de la moneda. Aún tenemos que ver el otro lado del asunto: La Reconciliación Sacramental: Para ello vamos a referirnos al hecho que el Card. Carlo María Martini llamaba coloquio Penitencial.

 

«Qué entiendo por coloquio penitencial? Entiendo un dialogo hecho con una persona que me representa la Iglesia, concretamente un sacerdote, con el cual trato de vivir el momento de la reconciliación de un modo que sea más amplio que el de la confesión breve, que enumera simplemente las faltas.

 


Voy a tratar de describir cómo se hace… Si se puede, es mejor empezar el coloquio con la lectura de una página bíblica, por ejemplo con un Salmo. Sigue un triple momento que sintéticamente llamo Confessio laudis, confessio vitae y confessio fidei.  Confessio laudis es comunicar este coloquio penitencial contestando a la pregunta: desde la última confesión, ¿cuáles son las cosas por las que tengo que agradecer más a Dios? ¿Aquellas cosas que me hacen sentir a Dios más cerca, en las que he palpado su ayuda, su presencia? Hacer emerger estas cosas, comenzar con esta expresión de agradecimiento, de alabanza, que pone nuestra vida en el cuadro justo.

 

Después sigue la confessio vitae. Evidentemente encuentro muy justo lo que se enseñaba en la práctica de la confesión, es decir, confesarse según los diez mandamientos o según otro esquema, pero para esta confessio vitae yo sugeriría –para los que tengan más posibilidad de tiempo- esta pregunta: a partir de la última confesión ¿qué es lo que Dios no quisiera que hubiera sucedido? ¿Qué es lo que me pesa? Por tanto, más que preocuparme por una lista de pecados –que se puede también hacer cuando hay cosas muy graves y precisas, porque emergen por sí mismas- se trata de ver las situaciones que hemos vivido y que nos pesan, que quisiéramos no hubieran pasado y que precisamente por esto las ponemos delante de Dios para que se nos quiten de encima, para quedar purificados.

 


Así realmente nos hacemos resaltar, tal como somos. ¿Qué quisiera que no hubiera sucedido? ¿Qué es lo que me pesa particularmente delante de Dios? ¿Qué quisiera que Dios me quitara de encima? Así es más fácil hacer emerger realmente a la persona con sus situaciones siempre mudables, con su realidad de pecado a menudo no documentable. En fin, la confessiio fidei que es la preparación inmediata para recibir su perdón. Es la proclamación delante de Dios: Señor, conozco mi debilidad, pero sé que Tú eres fuerte. Creo en tu potencia sobre mi vida, creo en tu capacidad de salvarme así como soy ahora. Te confío mi pecaminosidad, arriesgando todo, la pongo en tus manos y ya no tengo más miedo.

 

Es decir, hay que tratar de vivir la experiencia de confianza, de alegría, como el momento en el que Dios entra en nuestra vida y nos da la Buena Noticia: “Vete en paz”, me he encargado Yo de tus pecados, de tu pecaminosidad, de tu peso, de tu fatiga, de tu poca fe, de tus sufrimientos interiores, de tus cruces. Los he cargado Yo para que tu quedes libre de todo.»[5]

 


Así, nuestro discipulado se hace Reconciliación de una manera doble: “recuperando” a otros, a los excluidos; y, sanando en mí mismo las lepras que me alejan y me incomunican. Abro pues mi vida para que sea el Señor quien me sature de su poder vivificante y me haga discípulo-misionero que pregona bien alto y divulga los hechos que Jesucristo obra en mí.



[1] Carlos, Martini. Card. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1995. p. 399

[2] Balancin, Euclides M. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE MARCOS ¿QUIÉN ES JESÚS? Ed. San Pablo Bogotá. D.C. – Colombia 2002. p. 38

[3] Carlos, Martini. Card. Op. Cit. pp. 398-399

[4] Ibid. p. 400

[5] Ibid. pp. 431-432

sábado, 6 de febrero de 2021

DARSE A SÍ MISMO PARA SER FELIZ

 



Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6;  1Cor 9, 16-19. 22-23; Mc 1, 29-39

 

El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión.

Papa Francisco

 

Los cínicos buscan la oscuridad allí donde van. Siempre señalan los peligros que acechan, los motivos impuros y los motivos ocultos. Llaman a la confianza ingenuidad; a la atención, romanticismo, y al perdón sentimentalismo. Sonríen con desprecio ante el entusiasmo, ridiculizan el fervor espiritual y desprecian el comportamiento carismático… Pero al despreciar la alegría de Dios, su oscuridad provoca más oscuridad.

Henri J.M. Nouwen

 

Podemos vivir sumidos y empecinados en el pesimismo,

de hecho, al Malo parece complacerle que nos desesperemos.

Muchos adquirimos a lo largo de la vida el horrible hábito de verla negra,

siempre negra y cada vez más oscura.

Miles de circunstancias pueden subsumirnos en los miasmas de la pesadumbre

y, aún peor, podemos terminar por habituarnos a la angustia.

Qué sarcasmo, ¡si no estamos afligidos no estamos contentos!

 

Efectivamente, toda una cultura está inspirada en el pesimismo, hay personas que se habitúan a pensar así, y no se lo pueden quitar de encima. Job, aquí, es paradigma de esa actitud, no está contento ni de día ni de noche. De día porfía en su contemplación del lado negativo, y de noche –no cierra los ojos, no duerme- por pasarla desesperanzado. El sólo entiende su vida como una larga jornada de trabajo forzado tras la cual habrá nada. Esta Lectura del Libro de Job sólo se refiere al desaliento y a la futilidad de la vida.


 

Empieza esta liturgia de la palabra del V Domingo Ordinario del ciclo B, con un fragmento de esa noveleta que data de hace 26 siglos. Job vive sumido en su tristeza y nos expresa su desesperación «En sus palabras no hay confianza ni ofrenda, sino sólo resignación. El Dios de Job es un Dios sin amor. Un Dios Todopoderoso, pero no “todo amor”, con el cual el diálogo es imposible, un Dios culpable, pero no acusable (cf. 42, 11). Concibiendo a Dios a su manera, no atreviéndose a cuestionar sus convicciones, Job tiene una reacción demasiado pasiva para ser verdadera.»[1] Esta obra está organizada con un prólogo y un epilogo en prosa, mientras el resto de la obra son de alta poética, de ricas y frecuentes imágenes. En los capítulos 3 al 27 discurre  con tres “sabios” amigos y allí se discute el motivo de la desgracia de Job que pasa de tenerlo todo a perderlo todo. Estos alegatos sobre la justicia divina y en procura de “racionalizar” el infortunio de Job se organizan en tres ciclos para un total de 18 discusiones. En la perícopa de hoy alcanzamos un pináculo de pesimismo existencialista: “Me acuesto y la noche se me hace interminable; me canso de dar vueltas hasta el alba, y pienso: ¿Cuándo me levantaré?... Mis días se acercan a su fin, sin esperanza, con la rapidez de una lanzadera de telar. (Job 7; 4.6). ¡Es el colmo de la oscura desesperanza!

 

«Job acepta lo que considera como un mal, porque no quiere y no sabe ver el don al que Dios lo invita: la ofrenda de su ser. “En todo esto no pecó Job”, dice el autor en dos ocasiones… pero, ¿la meta de la vida debe ser no pecar? ¡Los muebles, las piedras, y las plantas tampoco pecan!»[2]

 

Ese es el retrato de Job bajo su circunstancia nefasta,

es cierto que la está pasando mal, es cierto que le han llovido aflicciones por doquiera,

es cierto que el Ángel Acusador lo tiene a prueba

pero eso no es pretexto para

caer en el desasosiego.

Pero él se refocila, se revuelca, se retuerce en su tristeza.

En vez de alzar la cabeza, la clava y se auto-entierra.

En vez de apuntar hacia la cima, él se zambulle en la tumba.

Se desmoraliza porque por el momento –solo confía en sus propias energías.

Es el pesimismo de la naturaleza humana caída.

       ¡Glosa de nuestra situación de pecadores!

 

El Salmista –por su parte- está más elevado en su ascesis,

Sabe que no está solo

                                   muchísimo menos se considera abandonado

él sabe que cuenta con su Go-El

      que pagará el rescate

                                                     sabe bien que el Señor sana los corazones destrozados.

Busca en la música –porque ella es buena- alabanza armoniosa.

Sabe que atravesando la densa niebla, al salir al otro lado, estará Jerusalén reconstruida

y

las tribus –otrora en diáspora- mañana otra vez reagrupadas.

Con renovadora esperanza descubre que Dios  hunde en el polvo a los malvados,

pero en cambio,

                           sostiene a los humildes.

 

El Salmo en esta oportunidad es parte de una acción de gracias por medio de un himno. Los salmos hímnicos, son alabanzas, no alaban la bondad de Dios en general sino que toman alguna bondad de Dios en particular. En este Salmo 147(146) se cantan dos cosas: la naturaleza con su abundancia y maravilla, y, por otra parte, la bondad de Dios con quienes más lo necesitan: los deportados, los heridos, los necesitados, los humildes. Por eso Él es Digno de alabanza.

 

En la Segunda lectura, la liturgia nos muestra alguien más arriba en la escalera ascética,

¡se trata de San Pablo!

                                     Él encuentra sentido a su existencia

                                                                                                Porque ha recibido una Misión.

Misión tan noble, que su paga es efectuarla.

 

No Cumple la Misión para recibir otra cosa que anhela, la cumple porque cumplirla

ya es meta, también premio y paga.

Reo sería de la muerte eterna –que es la Sinrazón- si no anunciara.

Luego ser proclamador de la Noticia Feliz del Evangelio

                                                                                           Derrota por entero

El sinsabor de ver pasar los días en la infinita monotonía del sinsentido.

 

Avancemos ahora, al grado más alto, el de nuestro Paradigma:

Pongamos en elenco, una tras otra, las acciones del Maestro:

 

(La Voz que anima nos llamará –siempre- a la cumbre de las águilas).

Sale de la Sinagoga, (donde fue a escuchar a su Padre),

Y va (no solo, sino junto a Santiago y Juan) a casa de Simón y Andrés,

Encuentra a la suegra de Simón víctima de la fiebre

                                                                                    ¡Él la sana!

Le da la mano y la levanta, le re-incorpora,

La asocia a la unidad de los que obran según la Voluntad de Dios:

SERVIR.

Ahí está la palabra gorda y resonante de este Domingo: SERVIR [διακονέω].

 

Quien sirve a su prójimo está libre de desdicha,

Llena el vacío,

                        Encuentra razones de vivir,

                                                                    Escucha a Dios

                                                                                              Se dedica a alabarlo.

En seguida, el desierto es derrotado, invadido ahora de jardines floridos, paradisiacos.

Poblados ahora de voces celestiales que cantan la alabanza del Señor,

deja de ser desierto ahora es habitado, antes era sinónimo de muerte ahora es VIDA,

con mayúscula.

 

El Domingo anterior tuvimos oportunidad de ver la autoridad de Jesús en acción, su autoridad no es auto-propaganda, no se trata de un hombre que hace populismo, que reparte alimentos para que voten por él, no es la autoridad que manda por el placer de mandar, por gozar las ebriedades del poder. Al contrario, su ejercicio, su praxis lo conduce a ser despreciado, a ser perseguido, a verse amenazado, a convertirse en reo de muerte. Él no manda por “mangonear”, evade a toda costa su prestigio como fuente de dominio, Él no quiere “apoderarse” de la gente, los quiere libres para creer, libres para seguirle, libres para asumir la misión. Vista la situación de que “todos te buscan” Mc 1, 37b, como le dijeron Simón y sus compañeros; él tiene otra opción: “Vayámonos a otra parte –les dice- a los pueblos vecinos para que allí también predique; pues para eso he salido” Mc 1, 38. Para permanecer libre liberando, para no caer en la tentación.

 


Jesús había curado a la suegra de Pedro Mc 1, 30-31, ella se pone a servirles «El servicio no es el modo típico del seguimiento femenino, como lo pretenden algunos: ¡es el verdadero seguimiento para todos!»[3] La ha curado de la fiebre πυρέσσουσα, aquí queremos destacar que fiebre es todo tipo de obsesión, excitación, ardor, entusiasmo muy intenso por algo o por alguien, es exaltación. Curar a la suegra de Simón «… no es la apología del poder de Cristo, sino el misterio de su encuentro con una anciana enferma, que para San Agustín es el símbolo de toda la humanidad en la fiebre que la atormenta.»[4] «… el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.»[5]

 

¿Se detuvo ahí Jesús? No, por el contrario

Sanó a muchos, aquella misma tarde le llevaron “todos” los enfermos y endemoniados,

Y el evangelio dice que los sano a “todos”, los sanados fueron multitud [πολύς].

A los demonios los sometía al silencio.

 

Esto no era cosa de un día, y al día siguiente, día de asueto…;

por el contrario,

                          Madruga muchísimo, cuando aún no clarea,

en un lugar apartado, otra vez dialoga con su Padre.

Fueron los discípulos a notificarle que todos lo buscaban,

                                                                                              y Él,

aprovecha para ampliar el círculo de acción de servicio:

                                                                                         a las aldeas cercanas.

 

Según el relato no ha hablado nada, ha predicado, sólo con sus “hechos”,

Y San Marcos insiste, que la propuesta es ir a las aldeas cercanas

“para predicar también allí”. Es decir, para seguir sanando

y reduciendo los demonios al silencio.

 

No cesa de predicar: recorre toda la Galilea. ¡Tierra de humildes!

¡Y sirve por doquiera!

 El Hijo de Dios libera y sana para que podamos servir

Y sirviendo lograr felicidad.  

 


Veamos la imagen del servicio que Papa Francisco rescata de San José, en la Patris Corde, #7:

« La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción. Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración.»[6]

 

¿Cómo hace Jesús para trasformar la perspectiva desesperada de Job en la óptica luminosa de Jesucristo, que nos ha heredado también a sus discípulos, a nosotros? «La praxis… Necesita una carga de esperanza indomable: de lo contrario se cede frente a los obstáculos y se cae en la desesperación… ¿De dónde saca la luz, la esperanza y la fuerza para la acción el cristiano? En el dialogo con Dios y por lo tanto en la oración.»[7] Encontramos esa respuesta en el verso 35 del primer capítulo de San Marcos: “De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”.

 

«La oración de Jesús debió ser un silencio o una escucha de Dios, un dialogo a veces dramático con Él –como Jacob que lucha toda la noche con Dios, para arrancarle la bendición (cf. Gn 32, 23-33)… La oración es una lucha con Dios (cf. Gn 18, 16-33) en la cual Dios pierde y se nos entrega: “¡Has luchado con Dios… y has vencido!”, dice el ángel a Jacob, que de allí se llama Israel, y es la raíz del nuevo pueblo. Y éste exclama: “He visto a Dios cara a cara, y tengo la vida salva” (Gn 32, 29.31)»[8]

 

Esta oración nos conduce a la firme convicción del servicio como ruta, para poder decir como San Pablo en la perícopa de la Segunda Lectura de este Domingo: “… es que se me ha confiado una misión. Entonces,… me he convertido en esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar, también yo, de sus bienes.” 1Cor 9, 17c.19b. 22-23.

 


Proponemos como conclusión de nuestra reflexión el numeral 77 de la Fratelli tutti:

«Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos… sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído; aunque muchas veces nos veamos inmersos y condenados a repetir la lógica de los violentos, de los que sólo se ambicionan a sí mismos, difusores de la confusión y la mentira. Que otros sigan pensando en la política o en la economía para sus juegos de poder. Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien.»[9]

 

 

 

 

 



[1] Dumoulin, Pierre. JOB, UN SUFRIMIENTO FECUNDO Ed. San Pablo Bogotá D. C. –Colombia 2001. p.26

[2] Ibidem.

[3] Beck, T. Benedetti, U. Brambillasca, G. Clerici, F. Fausti,S. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MARCOS. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2009. P. 61.

[4] Ibid. p. 64

[5] Papa Francisco. EVANGELII GAUDIUM. SOBRE EL ANUNCIO DEL EVANGELIO EN EL MUNDO ACTUAL. 24 DE Noviembre de 2013. Roma. #88

[6] Papa Francisco. PATRIS CORDE. Roma, San Juan de Letrán, 8 de diciembre 2020.

[7] Beck, T. Benedetti, U. Brambillasca, G. Clerici, F. Fausti,S. Op. Cit. p. 67.

[8] Ibidem.

[9] Papa Francisco. FRATELLI TUTTI. SOBRE LA AMISTAD Y LA FRATERNIDAD SOCIAL. Asís, 3 de octubre de 2020.