sábado, 30 de octubre de 2021

PATERNIDAD - FRATERNIDAD

 


Deut 6, 2-6; Sal 18(17), 1-3.46.50(2b-4.47.51); Heb 7, 23-28; Mc 12, 28-34

 

Concédenos correr sin tropiezo hacia los bienes que nos prometes.

De la Oración Colecta para este Domingo XXXI

 

Además, Jesús nos ha mostrado de un modo concreto y humano en qué consiste el amor: en el servicio fiel a los hermanos hasta la muerte, consiste en hacer a los otros lo que quieres que los otros te hagan a ti. (Cf. Mt 7,12)

T Beck, U Benedetti etal.

 

El Amor-Agapé, que estamos llamados a empeñarnos en construir y fortalecer para construir el Reino, para decir con sinceridad lo de “Venga a nosotros tu Reino”.

 

Saber que todos prójimos y lejanos, amigos y adversarios, pobres y ricos, altos y bajitos, todos somos hermanos, eso se llama conciencia de la gran fraternidad que hay entre todos los seres humanos. ¿Y cuál es la fuente de tal hermandad? ¿De dónde sacamos esa idea tan extraña? ¿Se trata de algún capricho católico, para acabar de enrollar la pita? ¡no hay tal! Es apenas lógico que, si llamamos Padre Nuestro a Dios, nosotros -todas las criaturas- seamos todos hermanos; y, debería estar en nuestros propósitos, en nuestro plan de vida, aprender a tratarnos como tales. Se nos ha ocurrido pensar con cierta frecuencia que hemos sido llamados a poblar la tierra, porque la tierra es el gran campo de entrenamiento donde aprendemos a socializar para llegar a la vida plenificada, aquella que -a falta de otra denominación más clara- llamamos la vida Celestial. Por eso es tan rotundamente importante cómo vivimos y en qué ponemos nuestro interés, para poder ser promovidos a las Elevaciones Espirituales.

 


Nos encontramos en la liturgia de este Domingo un salmo de Acción de Gracias, el Salmo 18(17) de la liturgia, ¿cómo agradecerle a Dios tantas y tantas bondades de Su Parte? Se insertaban esa clase de salmos en un contexto cultual definido y su estructura dimana del rito para el cual eran compuestos. Los estudiosos datan este salmo del post-exilio. De sus 51 versos sólo tomamos para la liturgia de hoy cinco. ¿Por qué se ha elegido este salmo para hoy? Nos parece que se puede atribuir esta elección a una de las primeras frases que se leen en la misa de hoy: Te amo YHWH, Tú eres mi fuerza Sal 18(17), 1(2b). Es un salmo que inicia expresando el Amor que el hombre le debe a Dios por su protección, por su socorro en horas de urgencia, por ser Padre proveedor. En este caso -lo dice el salmista- por ser Dios protector y Dios liberador, porque al momento de invocarlo el acude y lo libra del enemigo. En la estructura de estas Acciones de Gracia, al llegar al Altar se convoca al pueblo a sumarse al agradecimiento, luego se narra el peligro que amenazaba y que dio pie a invocar el Santo Nombre de Dios, entonces viene la interjección que pide auxilio y en brevísimas palabras se dice que Dios contestó la súplica. Finalmente, otra vez en el altar de la Ofrenda, se llama a alabar, bendecir y dar gracias. Tres acciones que configuran el culto, que son la esencia de la liturgia, donde el culto es ofrecido por el Propio Jesucristo.

 

Con una mirada global, pasemos ahora a ubicar el corazón de las Lecturas de este Domingo. Si quisiéramos elegir una palabra-brújula que nos orientara en las Lecturas de este Trigésimo Primer Domingo Ordinario del ciclo B, propondríamos la palabra Shemá que se traduce como “Escucha”; pero la palabra hebrea denota obediencia, acatamiento, puesta en práctica. Enfatizamos este sentido de observancia que se anida y trasciende la simple escucha. En el texto de Deuteronomio 6, 6 leemos además “Graba en tu corazón las palabras que te entrego hoy”, lo que nos conduce directamente al comentario que hacía Papa Francisco para introducir la temática de los Mandamientos: «Al inicio del capítulo 20 del libro del Éxodo leemos —y esto es importante—: “Pronunció Dios todas estas palabras” (v. 1). Parece una apertura como otra, pero nada es banal en la Biblia. El texto no dice: “Dios pronunció estos mandamientos” sino “estas palabras”. La tradición hebrea llamará siempre al Decálogo «las diez Palabras». Y el término «decálogo» quiere decir precisamente esto. Y también tienen forma de ley, son objetivamente mandamientos. ¿Por qué, por tanto, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término “diez palabras”? ¿Por qué? ¿Y no dice “diez mandamientos”?

 


¿Qué diferencia hay entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo. Dios Padre crea por medio de su PALABRA, y su Hijo es la Palabra hecha carne. El amor se nutre de palabras, y lo mismo la educación o la colaboración. Dos personas que no se aman, no consiguen comunicar. Cuando uno habla a nuestro corazón, nuestra soledad termina. Recibe una palabra, se da la comunicación y los mandamientos son palabras de Dios: Dios se comunica en estas diez Palabras, y espera nuestra respuesta. Otra cosa es recibir una orden, otra cosa es percibir que alguno trata de hablar con nosotros. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad…»[1]

 

Bajo el título “Jesucristo, el amor de Dios encarnado” en los numerales 12–15 encontramos en la Encíclica Dios es Amor de Benedicto XVI, sólidas claves que nos permiten mejor acceder a las Lecturas de este Domingo: Intentemos compilar algunas citas entresacadas de estos numerales para procurar obtener un ángulo optimo de perspectiva: «La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios… Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar… “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor… Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena… La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega… lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre.

 


… la “mística” del Sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”, dice san Pablo (1 Co 10, 17). La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán…. el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros… fe, culto y ethos se compenetran recíprocamente como una sola realidad, que se configura en el encuentro con el agapé de Dios. Así, la contraposición usual entre culto y ética simplemente desaparece. En el “culto” mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros… el “ mandamiento” del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser “mandado” porque antes es dado.»[2] Demos otro paso, afirmemos sintetizando que «para alcanzar la vida no es necesario observar una montaña de leyes y tradiciones, tener grandes estudios y ciencia, sino amar a Dios y al prójimo (12, 28-34).»[3]

 

Sin embargo debemos mirar aún otra perspectiva profundizadora, porque en la vida coexisten los que nos caen bien con los que nos caen menos bien y hasta con aquellos que definitivamente nos caen mal, y allí en ese contexto de vida somos llamados a la consciencia de que: «Hay muchos retratos –disfraces- con que Jesús se nos presenta cuando menos lo pensamos. El retrato de Jesús resucitado simboliza a las personas que os caen bien; nos sentimos a gusto a su lado; no tenemos dificultad en amarlos. Otro retrato es el de Jesús crucificado: maloliente, escupido, amoratado. Simboliza a las personas que nos caen mal, que  nos estorban en la vida, que son piedras de tropiezo en nuestro camino; son los pobres que siempre acuden a molestar; son los viciosos y tarados, que nos causan repulsión. También ellos son Jesús con un disfraz desagradable.»[4] y, a renglón seguido, leamos de la carta a los Filipenses 3, 8b-9: « …todo lo considero al presente como peso muerto, en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí, y todo lo considero como basura mientras trato de ganar a Cristo. Y quiero encontrarme en Él, no teniendo ya esa rectitud que pretende la Ley, sino aquella que es fruto de la fe en Cristo, quiero decir, la reordenación que Dios regala a los creyentes.»

 


«… es sano recordar frecuentemente que existe una jerarquía de virtudes, que nos invita a buscar lo esencial. El primado lo tienen las virtudes teologales, que tienen a Dios como objeto y motivo. Y en el centro está la caridad. San Pablo dice que lo que cuenta de verdad es “la fe que actúa por el amor” (Ga 5,6). Estamos llamados a cuidar atentamente la caridad: “El que ama ha cumplido el resto de la ley […] por eso la plenitud de la ley es el amor” (Rm 13,8.10). “Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Ga 5,14).

 


Dicho con otras palabras: en medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones, Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros, el del Padre y el del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos más. Nos entrega dos rostros, o mejor, uno solo, el de Dios que se refleja en muchos. Porque en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. En efecto, el Señor, al final de los tiempos, plasmará su obra de arte con el desecho de esta humanidad vulnerable. Pues, “¿qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin duda, dos: El Señor y el prójimo. Estas dos riquezas no desaparecen”»[5]

 

«Dios es amor (1Jn 4, 8.16)… y nos llama a amarnos los unos a los otros… Y 2Dios es amor2 no quiere ser ante todo una definición, sino la afirmación de que nosotros podemos hacer experiencia de Él como amor, siempre… Dios es amor en sí mismo y ha hecho visible este ser amor a través de su Hijo Jesús, que mostró a Dios a través del amor vivido por Él hasta el extremo… ágape… traduce el sustantivo hebreo ahavà, que denota el amor exclusivo, celoso; al mismo tiempo encierra en sí también el valor del hebreo chesed, el amor fiel y sólido que desciende de Dios sobre los hombres… El ágape siempre se refiere a Dios, que es la fuente del amor;…»[6]

 


«… en todo el contexto de la Primera carta de Juan apenas citada, el amor a Dios es exigido explícitamente. Lo que se subraya es la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo…. El versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios… Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama... Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero... El amor crece a través del amor. El amor es “divino” porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos” (cf. 1 Co 15, 28).»[7]

 

 

 



[1] Papa Francisco AUDIENCIA GENERAL Plaza de San Pedro Miércoles, 20 de junio de 2018.

[2] Benedicto XVI DEUS CARITAS EST Ed. San Pablo 4ta ed. Bogotá – Colombia 2015. pp. 25-28

[3] Balancin, Euclides M. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE MARCOS. Ed. San Pablo Bogotá, D.C. – Colombia 2002. p. 154

[4] Estrada, Hugo. PARA MÍ ¿QUIÉN ES JESÚS. Editorial Salesiana Guatemala 1998 pp. 129-130

[5] Papa Francisco GAUDETE ET EXSULTATE Ed. Paulinas. Bogotá D.C. – Colombia 2018 pp. 42 -43

[6] Bianchi, Enzo. EL AMOR VENCE A LA MUERTE. Ed. San Pablo. Bogotá – Colombia 2013. Pp154-157

[7] Benedicto XVI Op. Cit. pp. 29-32

sábado, 23 de octubre de 2021

DESENCADENAR EL CORAZÓN PARA LIBRARNOS DE LA CEGUERA

 


Jer 31, 7-9; Sal 125, 1-6; Heb 5,1-6; Mc 10, 46-52

 

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.

J. A. Pagola

 

¿Cómo podremos caminar en sinodalidad? ¿Qué podemos hacer para que al recobrar la “vista” podamos seguir al Señor sin trabas? Una de las posesiones más engorrosas es una ideología. Tomemos el siguiente caso: interpretar “ideología” por discurso político-propagandista. Pero muchas veces una ideología no es más que un estereotipo, un conjunto de “rótulos” que se superponen para no ver. Una ideología en realidad está entretejida a punta de prejuicios; no se ve nada por la cantidad de rótulos que se han pegado, uno sobre otro, hasta formar un abigarrado collage que tapa todo. A veces, las posesiones nuestras son sólo amasijos de rótulos, slogans comerciales, encolados con fábulas de cine y televisión. El riesgo está en que nosotros -muy de buena fe- los repetimos y nos parapetamos en ellos, hasta no ver y no dejar que otros vean.

 


Muchas posesiones pueden ser un lastre que nos impida ser discípulos y se frustra así nuestra vocación. Seguir al Señor, por el contrario, está condicionado porque nuestras pertenencias -pocas o muchas- puedan ponerse al servicio de los pobres. Esto fue lo que le paso a la persona que se arrodilló ante Jesús en el Evangelio del vigésimo octavo Domingo ordinario de este ciclo B. Esa obediencia a los Mandamientos se vio empañada, sin embargo, por el lastre de la posesión. No se comprometió, ¡desertó!

 

En el Domingo -pasado- el vigésimo noveno,  los “discípulos”, los que “ya” se habían decidido al seguimiento están  totalmente ciegos, no pueden “ver”, o sea, no se pueden dar cuenta de a quien están siguiendo, porque no van en pos de los valores que Jesús representa, sino de otros intereses egoístas, ocupar ciertos “puestos de poder” al lado del Mesías, perfectamente podemos asumir el discipulado pero no ir tras Jesús, sino tras de otros intereses, tras una fantasmagoría surgida de una falsa concepción del Salvador. No caminar tras el Señor, siguiendo sus pasos; sino, caminar tras una ideología con tintes “cristianos”.

 

Cuando Bartimeo, este Domingo trigésimo, llama a Jesús υἱὲ Δαυίδ Ἰησοῦ, ἐλέησον με, “Hijo de David ten compasión de mí”. (Mc 10, 47c), nos es lícito pensar que pese a su ceguera “física”, había oído hablar de Jesús y le habrían dicho que era el Mesías puesto que al llamarlo “Hijo de David” le está llamando Mesías; valga decir que Bartimeo había sido informado que por los caminos de Judea andaba el Descendiente de David, el Mesías que aguardaba el pueblo judío, el que restablecería el esplendor que había tenido la nación en los tiempos de David.

 


¿En qué radica la diferencia? Pues en que Bartimeo no tiene nada, mejor dicho, sólo tiene su manto-cobija, esa es toda su posesión, y en ese tener mínimo –que prácticamente equivalente a tener nada- radica una profunda libertad que conduce a la disponibilidad. Nada le pesa, nada es rémora para su avance, va totalmente “ligero de equipaje”. Va buscando al Señor, clama -de viva voz- ¡lo invoca!, pide su ayuda, quiere que sea Él quien lo fortalezca (Cfr. Antífona de Entrada de este Domingo XXX Ordinario del ciclo B). De este Timeo, podemos decir que “busca siempre el rostro de Dios”. Ya Jesús había ordenado a sus discípulos no andar con equipajes que entorpecieran su libertad para ir y venir, ni siquiera les autoriza llevar un manto de repuesto; como lo hemos dicho antes, el requisito es “la ligereza del equipaje”, sacudirse todo aquello que pueda impedir andar con desprendimiento, darse, entregarse generosamente.

 

Bartimeo no poseía ni siquiera un nombre, lo recordamos como el hijo de Timeo, lo que no es un nombre “propio”, sino un nombrar a alguien nombrándolo por referencia a su papá. Se podría aseverar que no era persona “importante” puesto que de haberlo sido se le habría conocido por nombre propio. Así de ligero es el equipaje de “Bartimeo”. Por eso, no le cuesta nada abandonar el manto: ὁ δὲ ἀποβαλὼν τὸ ἱμάτιον αὐτοῦ ἀναπηδήσας ἦλθεν πρὸς τὸν Ἰησοῦν.  Arrojó el manto, se puso de pie y se acercó a Jesús. (Mc 10, 50).

 

Veamos la otra diferencia garrafal: Bartimeo no está anclado a la referencia que le han dado de Jesús, le han dicho que es el Hijo de David, pero esta “noticia” no bloquea su apertura. Ante la pregunta de Jesús: τί σοι θέλεις ποιήσω  ¿Qué quieres que te haga? (Mc 10, 51b), Bartimeo no pide ser agrandado en títulos u honores, no pide cargos preferenciales, no pide prerrogativas para dominar a otros ni riquezas para someter a alguien. Pide lo esencial, lo fundamental, lo más necesario. ¿Qué puede ser lo más necesario para un ciego? ῥαββουνί, ἵνα ἀναβλέψω. Maestro, que pueda ver (Mc 10, 51d). Esa petición implica, además de llegar a tener la capacidad física de ver, tener la claridad intelectual para “ver”, para darse cuenta de la realidad, para penetrar y trasmontar las apariencias y “ver” sin autoengaños, para ir a la Verdad, la que muchas veces queda oculta a una mirada superficial o prejuiciosa.

 


Por eso enfatizábamos que Bartimeo no se ata al prejuicio que le han dado sobre Jesús. En otra curación milagrosa de Jesús, el Divino Maestro ordena, Éfeta. En el caso de Bartimeo esta etapa de la curación ya está superada, Bartimeo ya está “abierto”, disponible para aceptar la Verdad en su vida. Los propios discípulos sufren de “cerrazón”, no aciertan a entender a su Maestro, andan con Él sin entenderlo cabalmente, Él les dice y les enseña algo y ellos lo tergiversan. El mismísimo Pedro, ante el anuncio de la pasión del Señor, cree tener derecho a regañarle tratando de “corregirle” la visión a Jesús. Esa ceguera que solemos sufrir conduce a uno de los regaños más duros del Maestro a uno de sus discípulos: “Vade retro Satána”, y luego, “piensas como los hombres y no según Dios”. (Mt 16, 23b.d).

 

En cambio, Bartimeo, no piensa como los hombres, por decirlo de alguna manera podríamos decir que “suspende el juicio” en espera de ser instruido: Ese es el verdadero discipulado. El que no se hace a una imagen y se aferra a ella, sino que se mantiene abierto a la “Revelación” dispuesto y abierto a oír y ver. Así al conocer a alguien no se puede prejuzgar o pretender mantenernos en cierta imagen recibida, preconcebida, sino “abrir los sensores” para un conocer directo y no de oídas.

 

Queremos poner de relieve que también a sus discípulos -regresemos al “Evangelio del Domingo pasado- les pregunta: “¿Qué quieren que haga por ustedes?” Τί θέλετε με ποιήσω ὑμῖν. La diferencia radica en saber pedir, saber lo que necesitamos, una de las situaciones más delicadas se desprende de no saber lo que queremos, muchas veces -porque lo hemos pedido- recibimos precisamente lo menos conveniente. Por eso, en la Oración Colecta, también nosotros vamos a clamar y suplicar a Dios Todopoderoso y Eterno, que aumente en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, y, para que merezcamos conseguir lo que promete, le rogamos nos concede amar lo que nos manda. En el verdadero discipulado, habremos aprendido a pedir, precisamente la fuerza y la fidelidad para recorrer los caminos que Dios nos ofrece como sendero de Salvación y no los caprichosos vericuetos que la mundanidad nos pinta como ideal.

 

ὕπαγε, ἡ πίστις σου σέσωκεν σε. καὶ εὐθὺς ἀνεβλέψεν καὶ ἠκολούθει αὐτῷ ἐν τῇ ὁδῷ. “Ve, tu fe te ha salvado… Al instante recobró la vista y lo seguía por el camino.” Mc 10, 52b-d. Bartimeo no posee nada, ni prejuicios; por eso alcanza la Gracia y la bendición de ser el último discípulo que Jesús gana antes de entrar en Jerusalén, allí tendrá lugar el episodio conclusivo de su vida mortal. Si Bartimeo hubiera sido un “rico”, se habría aferrado pertinazmente a la “noticia” que tenía de Jesús; habría porfiado en su idea preconcebida. Esta clase de ricos son los “teóricos” que se agarran a su “teoría” como un bebé se agarra a su frazada. El discípulo debe ser “libre” para poder ver “lo que es” y no sus ideologías. Para que al recibir la “visión”, lo primero que se encuentren nuestros ojos sea su Rostro.

 


Al disponernos a dilucidar cómo caminar juntos, como avanzar hombro a hombro, con sentido fraternal, oremos con Papa Francisco:

 

Ven, Espíritu Santo.

Tú que suscitas lenguas nuevas

y pones en los labios palabras de vida,

líbranos de convertirnos en una Iglesia de museo,

hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro.

 

Ven en medio nuestro,

para que en la experiencia sinodal

no nos dejemos abrumar por el desencanto,

no diluyamos la profecía,

no terminemos por reducirlo todo

a discusiones estériles.

 

Ven, Espíritu de amor,

dispón nuestros corazones a la escucha.

Ven, Espíritu de santidad,

renueva al santo Pueblo de Dios.

Ven, Espíritu creador,

renueva la faz de la tierra.

 

Amen.

 

sábado, 16 de octubre de 2021

SOMOS INSTRUMENTOS DE CREACIÓN

  

Is 53, 10-11; Sal 32, 4-5. 18-19. 20


y 22; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

 

Recordad que es Cristo quien obra a través de nosotros; nosotros somos meros instrumentos para el servicio. No se trata de cuanto hacemos sino de cuánto amor ponemos en lo que hacemos.

 

Afiche en la Casa-Madre de las Misionera de la Caridad

 

Si las exigencias evangélicas llevan a la libertad del amor, y a la pobreza del olvido de sí, es porque la persona que las propone es Él mismo un libre y un pobre olvidado de sí.

 

Segundo Galilea. 

 

¿Dónde nos hemos quedado la semana pasada? El XXVIII Domingo dejamos en una cita: «El desprendimiento ante el prestigio, ante la crítica, ante las diversas formas de “poder” y de “hacer carrera” son formas de pobreza a las que Dios llama al cristiano –y especialmente al apóstol- en las diversas etapas del itinerario de su misión. El “pobre”, en definitiva, no se opone tanto al que “tiene” ciertas cosas sino al suficiente, al orgulloso, al que ha puesto su centro de interés fuera de los valores del Reino.»[1] Ah, sí. Este XXIX Domingo se trata de ver que al discipulado no le alcanza –para nada- la “pobreza” si tras de ella se esconde la ambición, la arrogancia, la opresión, el dominio, el “arribismo”, el despotismo, las “jefaturas”. Para hacerse, de verdad discípulo, uno se tiene que hacer צַדִּיק (es la palabra que hemos traducido por “justo”), uno tiene que hacerse “anawin” que es el pobre de espíritu, el que se libera de todas estas codicias y prepotencias. ¡Ese si es el bienaventurado! ¡Ese sí alcanza el discipulado!

 


En el Domingo anterior tomamos el Evangelio de Marcos, los versos 17-30; este Domingo la liturgia nos lleva a la perícopa de Marcos, capítulo 10, versos 35 a 45; esto quiere decir que hemos saltado los versos 31-34. ¿De qué se trataban? Era el tercer anuncio de la Pasión y Muerte del Señor. Es importante tenerlo en cuenta, e inclusive, tomarlo como referencia. Jesús acaba de darles clave e hito del seguimiento. Jesús les ratifica, por “tercera” vez, en qué consiste el mesianismo, con esa perícopa que hemos exceptuado, Jesús quiso borrarles la falsa concepción triunfalista que se tenía sobre el Mesías como un “Rey” a la manera de los reyes de la tierra; “el rey” David les había dado una imagen que habían idealizado y magnificado para llenar la palabra Mesías con un “significado”, con cierto “contenido”. Con la perícopa que no se leyó (porque ya se leyó -en este ciclo b-uno de los anuncios de la Pasión), Jesús quiso enfatizar que en vez de Rey-Caudillo, Mesías significaba “siervo-que-lo-da-todo-hasta-la-propia-vida”.

 

La Primera Lectura que nos propone la liturgia, viene del Deutero-Isaías donde están «los cuatro cánticos del Siervo de Dios… esta parte fue escrita por un discípulo de Isaías. Él vivía junto al pueblo, en el cautiverio de Babilonia, alrededor del año 560 antes de Cristo, mucho después de la muerte del profeta Isaías….Mucha gente se pregunta: ¿Quién es el Siervo? ¿Es el pueblo? ¿Es Jesucristo? ¿Somos nosotros? ¿Es alguno de los profetas? ¿En quién estaba pensando Isaías Junior cuando escribió los cuatro cánticos? La respuesta más probable es la siguiente: La idea del Siervo la sacó Isaías Junior de la vida del profeta Jeremías, el gran Sufriente, que nunca bajó la cabeza delante de sus opresores y que hizo tanto por mantener en el pueblo la esperanza. Isaías Junior vio en él un ideal para el pueblo sufriente del cautiverio y se inspiró en él para hacer los cuatro cánticos. Pero al hacer los cánticos, la preocupación mayor de Isaías Junior… no era escribir la vida de Jesús, sino presentar al pueblo del cautiverio un modelo que lo ayudara a descubrir en la figura del Siervo, su misión como pueblo de Dios. ¡Por tanto, para Isaías Junior, el Siervo de Dios es el pueblo del cautiverio! Más tarde, Jesús se inspiró en los cuatro cánticos del Siervo para realizar su misión aquí en la tierra. Por eso, el Siervo, es también Jesús.»[2] En efecto, no es ni el pueblo de Dios, ni tampoco, solamente Jesús, porque «Cristo nos representa a todos, pero no nos sustituye”[3]

 


Tratemos de entender esta dualidad, que –en realidad- no lo es: «Primero había sólo la tierra, tierra de sufrimiento. Después apareció la semilla, semilla de resistencia. De la semilla nació un tallito verde de la esperanza, esperanza de liberación. De aquel hilito verde del tamaño del césped, surgió la espiga que se fue llenando en la paciencia del tiempo, tiempo de lucha y espera. Sólo después de todo esto, bien al final del crecimiento, apareció el fruto maduro que, hasta hoy, alimenta el pueblo y lo ilumina en su caminar. Y el fruto es este: El Siervo es Jesús, pero es también el pueblo este pueblo sufriente, que imita a Jesucristo resistiendo contra el dolor.»[4] Esto es lo que nos subraya y nos recuerda la Segunda Lectura, que Jesús se ha puesto a la cabeza de los Anawin, haciéndose en todo igual, pero con una significativa excepción, que lo perfecciona y hace de Él, el prototipo del Hombre Nuevo: πεπειρασμένον δὲ κατὰ πάντα καθ’ ὁμοιότητα χωρὶς ἁμαρτίας “probado en todo; igual que nosotros, excepto en el pecado”.(Hb 4, 15b)

 

Ser prototipo en este caso significa también que Él es nuestro paradigma: «“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.” (Mc 8, 35)…Esa frase la debió haber dicho Jesús probablemente, pocos días antes de su propia muerte. Y es una autointerpretación de Él mismo, es decir, cómo entendió Él mismo su propia vida. Jesús como que está diciendo: el ser humano al venir al mundo no tiene sino una alternativa. O venir al mundo a recoger cosas o personas o a sí mismo y una vez que retiene todo eso, se encierra en sí mismo. Entonces Jesús dice: El que vino al mundo a eso, no vino a nada. Perdió la venida. Pero el que venga a este mundo a pensar más en el otro que en sí mismo, a ser útil al otro, ese es el que gana la vida y eso es lo que vale la pena en un ser humano. O sea, tenemos una alternativa, o venir a darnos, o venir a rechuparnos sobre nosotros mismos. Lo segundo es la frustración del ser humano, lo primero es la razón de vivir. ¿Por qué somos así? Se ve que el ser humano es creado para que le ayude a Dios a crear a su hermano. Cada ser humano es un instrumento de creación para el otro. Por eso, ¿cómo hace uno para trasformar al otro? Así como Dios me crea dándome su divinidad, no la puedo retener, sino que debo darla dándome a los otros… Ustedes dirán, entonces cómo hago yo para participarle la divinidad al otro. En qué forma. Hay una manera de hacer eso. La divinidad se participa envolviéndola en un papelito que se llama servicio… en el cuerpo del Señor que es la comunidad, cada una de las personas presta servicios. El niño, la niña, el mongólico, el ancianito, todas las personas están dando divinidad. ¿Cómo? Prestando servicios. O sea, los carismas son servicios en los cuales envolvemos la divinidad que le damos al otro.»[5] En el texto marquiano se contraponen dos maneras de obrar. De una parte están los que tiranizan, los que oprimen. Están, de este mismo lado, los arrogantes, los prepotentes, los déspotas, los que humillan, los que gozan con el dolor ajeno, los que sacan partido y ganancia de los débiles. Aquí viene la frase de Jesús que nos invita a la Conversión: “No debe ser así entre ustedes. Al contrario” nosotros lo que debemos es actuar como siervos, entregados al servicio como consigna de la vida cristiana; a la fraternidad, a la caridad, al tierno amor “ágape”, a la solidaridad.

 

Queremos proponer una parábola que tiene que ver –no tanto con el desprendimiento de las ansias de poder- sino con el desprendimiento en general, donde se nos recalca que no basta ser pobre, porque hay pobres “amarrados”, hay pobres acaparadores, que desde la pobreza “retienen” sus “ídolos” idolatrizando la “autoridad”, los títulos académicos, los puestos y cargos laborales. Esta parábola se titula: “Dar de Corazón”[6]

 

«Hubo una vez un limosnero que estaba tendido al lado de la calle. Vio a lo lejos venir al rey con su corona y capa. Pensó, "Le voy a pedir, y de seguro me dará bastante". Y cuando el rey pasó cerca, le dijo: "Su majestad, ¿me podría por favor regalar una moneda?" Aunque en su interior pensaba que el rey le iba a dar mucho más. El rey le miró y le dijo: - " ¿Por qué no me das algo tú? ¿Acaso no soy yo tu rey?"

 
El mendigo no sabía que responder a la pregunta y dijo: "Pero su majestad, ¡yo no tengo nada!". El rey respondió: "Algo debes de tener. ¡Busca!". Entre su asombro y enojo el mendigo buscó entre sus cosas y supo que tenía una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darle, así que en medio de su enojo tomó 5 granos de arroz y se los dio al rey. Complacido el rey dijo: "¡Ves como sí tenías!" Y le dio 5 monedas de oro, una por cada grano de arroz. El mendigo dijo entonces: "Su majestad, creo que acá tengo otras cosas", pero el rey no hizo caso y dijo: "Solamente de lo que me has dado de corazón, te puedo yo dar".

 
Es fácil en esta historia reconocer como el rey representa a Dios, y el mendigo a nosotros. Notemos que este aún en su pobreza es egoísta. Ocasionalmente, Dios nos pide que le demos algo para así demostrarle que Él es el más importante. Unas veces nos pide ser humildes, otras ser sinceros o no ser mentirosos. Nos negamos a darle a Dios lo que nos pide, pues creemos que no recibiremos nada a cambio, sin pensar en que Dios devuelve el ciento por uno.

 
No sé qué te pida Dios en este momento. ¿Confianza?, ¿sencillez?, ¿humildad?, ¿abandono en su voluntad? No lo sé. Solamente sé, que por lo que le des, te devolverá mucho más, y recuerda no darle solamente unos pocos granos dale todo lo que tengas, pues sinceramente, VALE LA PENA.»

 

Llegados a este momento, degustemos y saboreemos la Oración Colecta: “Dios Todopoderoso y Eterno, haz que nosotros siempre dirijamos a Ti devotamente nuestra voluntad y te sirvamos con sincero corazón”. Lo esencial de esta Oración reposa en dos soportes: devotamente y con sincero corazón. ¿Cómo es, en qué consiste dirigir “devotamente nuestra voluntad”? Devotamente significa con un profundo respeto y admiración causada por los méritos de Dios. ¿Sí reconocemos esos méritos de Dios? ¿Nuestra relación con Dios reposa en la admiración y el reconocimiento de la grandeza de la Presencia de Dios en nuestra Vida? ¿Somos conscientes que nos ha salvado? ¿Sentimos su Amor que vela por nosotros a cada instante? Y, la otra palabra, la “sinceridad”; ¿qué es eso? ¿pedimos por pedir, o… sabemos lo que estamos pidiendo? La sinceridad es la ausencia de fingimiento, es una forma de honestidad, sin doblez, no hay disfraz, no hay astucia, nada de hipocresía; nuestro ruego es que al servirle a Dios sea con un corazón totalmente puro, sin segundo interés, sin buscar recompensa… es servirle porque nos hace felices elegirlo como Dios y Señor nuestro y todo lo demás vale nada y solamente Él, vale Todo.

 


Para seguirlo honestamente hay que seguirlo por Amor, el tipo de Amor que los griegos llamaban ágape, que se caracteriza por no esperar retribución. Amor-Divino, es lo que estamos implorando, que Dios nos infunda en el pecho Amar como Él ama.



[1] Galilea, Segundo. EL SEGUIMIENTO DE CRISTO Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. p. 98

[2] Mesters, Carlos O.C.D. LA MISIÓN DEL PUEBLO QUE SUFRE. LOS CÁNTICOS DEL SIERVO DE DIOS EN EL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS. Ed. Vicaría Sur de Quito, EDICAY- Iglesia de Cuenca, Centro Bíblico “Verbo Divino”. Quito – Ecuador 1993. p.13

[3] Beck, T. Benedeti, U. et al. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MARCOS. Ed San Pablo Bogotá 1ª re-imp. 2009  p. 418

[4] Mesters, Carlos O.C.D. Op. Cit. p. 15

[5] Baena, Gustavo. S.J. LA VIDA SACRAMENTAL. Col Berchmans Santiago de Cali- Colombia 1998. pp. 21-24

[6] Agudelo C., Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU. Ed. Paulinas 3are-imp. Bogotá –Colombia 2005  p. 43.


 

 

 


sábado, 9 de octubre de 2021

LA SABIDURÍA ES SER FIEL DISCÍPULO

 


Sab 7, 7-11; Sal 90(89), 12-13. 14-15. 16-17; Hb 4, 12-13; Mc. 10, 17-30

 

Una sociedad nueva debe estar formada sobre la ausencia de todo egoísmo y de toda egolatría. Nuestro camino será una larga marcha de fraternidad.

Grafitti en la Sorbona

 

El dinero en sí mismo considerado, nos parece algo indiferente, neutro. Con él se puede hacer el bien y el mal. Y, sin embargo, el dinero puede cambiarnos. Nosotros creemos poseerlo y, con mucha facilidad, es él el que nos posee.

Dom Helder Câmara

 

Podemos desechar de nuestra vida el egoísmo, podemos salir de nuestro enclaustramiento si aceptamos el llamado que Dios nos hace. Parece que hemos salido a buscarle, pero poco a poco caemos en la cuenta que es al revés, es Él quien nos busca, Quien nos llama, Quien tiene para cada uno de nosotros una propuesta, es Él quien ha dibujado un proyecto mágico, una historia personal luminosa. Y, sin embargo, ¡ay de nosotros! que hemos sido enceguecidos por un mundo que se empecina testarudamente en mantenernos acorralados y aislados en el rincón oscuro, procurando convencerte-convencerme-convencernos que no hay mejor lugar para estar, que estar en la oscuridad. Allí está el Perverso, siempre tejiendo su espejismo, recubriendo con tinte brillante su estiércol.

 

Venimos de la coherencia en el amor. Hasta allí nos llevó el Evangelio del XXVII Domingo Ordinario, ciclo B. Contra el peligro de vivir un amor idealizado y abstracto, Jesús nos pone cara a cara con su ejercicio cotidiano. ¿Dónde ejercemos el amor a diario? En el hogar, con nuestro cónyuge, nuestros hijos y toda nuestra parentela. Allí nos jugamos todos los días nuestras lindas teorías, nuestra doctrina se hace carne y se planta frente a nosotros como un reto. ¡Verdaderamente nos somete a prueba!

 

Cuando hacemos cuentas y observamos que la gran mayoría de nosotros los “creyentes” vivimos en el contexto hogareño, junto con nuestra pareja, y que en algún momento le hemos apostado todo al matrimonio; comprendemos porque Jesús nos brindó la enseñanza de la coherencia conyugal. Tenemos que ser Cristo para el otro, para ayudarnos recíprocamente a encontrar las vías de la salvación.

 


Hoy subimos el siguiente peldaño. Descubrimos que todo el amor que construimos al interior de nuestro hogar familiar cobra sentido y se hace sabiduría cuando germina y cosecha abundante en riqueza verdadera. Estamos en el momento previo al tercer anuncio de la pasión y muerte (Mc 10, 32-34). La vida del cristiano, la vivencia del discipulado, significa la vida en comunidad; no está solamente el cónyuge, sino que esta vida en contexto social nos remite al marco de vivir la relación con nuestro prójimo. Basta alzar los ojos y lo primero que vemos es al otro, signo y presencia del Otro. Nuestro tema vital es la convivencia y la relación con nuestro prójimo.

 

Unamos nuestra voz a la voz del Salmista y clamemos:

“llénanos de tu amor por la mañana

 y júbilo será la vida toda,

alégranos ahora por los días

y los años de males y congojas

cuando vimos pasar la adversidad.” Sal 90(89), 14-15.

 

«Para ser cristiano no basta conocer bien ni la ley, ni la teología, ni la espiritualidad ni cosas semejantes…Debe oponerse necesariamente a las estructuras de una sociedad que se fundamente en la posesión y la tenencia; y debe tratar de realizar una comunidad basada en la entrega y en ser discípulos del Señor… Plantea una relación diferente entre los hombres basada en el amor, en el servicio, en la libertad, en la alegría y en la vida.»[1]

 

Vemos como primer movimiento y primer condicionante el respeto a los Mandamientos, enfatizados en lo que se refiere al prójimo. Jesús no nombra ningún Mandamiento de los que se refieren a Dios, nombra los que se refieren a los “hermanos”, a los que viven con nosotros, a los que pueden esperar algo de nuestra parte. Jesús no le menciona –como respuesta al que se ha puesto de rodillas ante Él- ningún precepto cultual, ningún rito. Esto no desmiente lo que Jesús enseñará sobre el Mandamiento más importante Mc 12, 28b-34, que se nos recuerda el Domingo XXXI del ciclo B, donde señalará que el Mandamiento que vale más que todos los “holocaustos y sacrificios” es el amar a Dios con todas nuestras fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo. Estas dos enseñanzas debemos compendiarlas en una sola y las entendemos como que lo esencial es amar a Dios, pero no abstractamente, ni con ritos y actos piadosos, sino ejerciendo concretamente ese amor en la práctica de amar al prójimo.


 

En la perícopa del Evangelio de este Domingo, Jesús no le pide preces, ni víctimas propiciatorias inmoladas en sacrificio; le menciona seis Mandamientos dirigidos a modular nuestras relaciones con “los otros”: no matar, no cometer adulterio, no robar, no jurar en falso, no defraudar y, además, honrar a los padres. El primer requisito nada dice de oraciones, ni visitas al Templo, ni procesiones, ni peregrinaciones, ni portar tal o cual medallita (siempre que decimos esto añadimos: “nada de esto está mal, por el contrario, está supremamente bien; son por así decirlo aditamentos de la fe, pero no son en sí, el ejercicio del amor a Dios y del discipulado de Jesús”). Así Jesús pone todo en orden, el verdadero discipulado consiste en hacer vida el amor que decimos tenerle a Dios, amando al prójimo.

 

Pero, ¿cómo amar a Dios si tenemos nuestro corazón puesto en nuestras propiedades? ¿Cómo sabernos y recordarnos puestos en sus Divinas Manos si todo lo tenemos resuelto, si todo lo podemos “comprar”, si nuestra confianza reposa en nuestras pertenencias? «… el pobre es aquel que, en la inseguridad debida al rechazo profético de los ídolos de este mundo y de la seguridad que da la posesión y la acumulación de los bienes, confía totalmente en Dios.»[2] La riqueza es el enemigo del amor a Dios, esa es la denuncia que hoy nos presenta Jesús en la perícopa del Evangelio marqueano; «el hombre, aunque no quiera admitirlo de alguna manera, sirve siempre y adora a alguien, o mejor, alguna cosa: ¡es esencialmente fetichista! En otras palabras, tiene siempre algo que absorbe toda su existencia como “interés”»[3]; la riqueza es un fetiche que nos aleja del discipulado y nos lleva de narices al fetichismo de la propiedad. «El dinero es el dios de nuestra sociedad. Su único valor es el producto; y el valor de los valores es el producto de los productos, el dinero. Entonces la nuestra no es una sociedad atea, como a menudo se dice. Es una sociedad idólatra, que adora el tener… una sociedad basada en el egoísmo, en la explotación y en el dominio, en el ansia y en la destrucción.»[4] La riqueza, según nos lo muestra el Evangelio, nos encarcela, nos priva del “Tesoro” verdadero, y esa separación conduce a στυγνάζω la pena, al pesar, a la aflicción y λυπούμενος la tristeza (una tristeza muy intensa, impregnada de un profundo dolor, una verdadera “depresión”), -los pesares que se adueñaron del hombre que se arrodilló ante el Maestro-Bueno a preguntarle- porque en el fondo, entendió que estaba fuera de las fronteras de su avaricia liberarse: para disfrutar la verdadera libertad, la que conduce hacia la verdadera bienaventuranza. «… al hombre precisamente a causa del apego a los bienes materiales, le es prácticamente imposible captar las nuevas posibilidades de vida que Dios le ofrece en el encuentro con Jesús»[5]. «El cristiano, que ve cómo se concreta en la riqueza el poder y la sed de dominio, descubre en la pobreza la condición indispensable para seguir al hombre en su camino de servicio y de amor.»[6] Vamos llegando a la gran conclusión: «Si no se toma en serio, a nivel personal y también institucional, el llamamiento de Jesús: “Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, luego ven y sígueme”, uno no puede absolutamente decir que es cristiano.»[7] «Si nos atenemos a este pasaje, “la pobreza” es esencial para seguir a Cristo.»[8] Todo esto explica por qué la pobreza es uno de los votos que hacen los consagrados: pobreza – castidad- obediencia.

 


Sin embargo, no es exclusiva para ellos, este Evangelio nos llama a construir nuestra propia definición de pobreza, adaptada a nuestra vida laical, pero siempre buscando poder seguir con fidelidad a Quien es nuestro verdadero Tesoro: «La pobreza evangélica tiene que ser adoradora, ser nuevamente descubierta en una relación directa con Dios y, por ende, ser liberación de todo cuanto media entre Dios y los hombres; entre hombre y hombre; entre hombre y bienes; de todo cuanto engendra inseguridad.»[9] «El desprendimiento ante el prestigio, ante la crítica, ante las diversas formas de “poder” y de “hacer carrera” son formas de pobreza a las que Dios llama al cristiano –y especialmente al apóstol- en las diversas etapas del itinerario de su misión. El “pobre”, en definitiva, no se opone tanto al que “tiene” ciertas cosas sino al suficiente, al orgulloso, al que ha puesto su centro de interés fuera de los valores del Reino.»[10] Lo fundamental está en entender que el eje de nuestra existencia no es alguna idolatría, sino la libertad de los hijos de Dios que nos permita ser fieles constructores de su Reino, haciendo realidad el ejercicio de nuestros carismas -plenificando nuestro ser-, puestos al servicio de la que San Agustín llamó La Ciudad de Dios.

 

 



[1] Beck, T. Benedeti, U. et al. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MARCOS. Ed San Pablo Bogotá 1ª re-imp. 2009  p. 399

[2] Ibidem

[3] Ibid p. 393

[4] Ibid p. 398. 399

[5] Ibid p. 388

[6] Ibid p. 393

[7] Ibid p. 395

[8] Ibid p. 399

[9] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN Ed. Carlos Lohlé Bs. As. –Argentina 1970 p. 157

[10] Galilea, Segundo. EL SEGUIMIENTO DE CRISTO Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. p. 98