Dn 6, 12-28
Lo
primero que se nos viene al pensamiento decir es que Daniel -el absoluto
protagonista del fragmento- no representa a una persona. Estamos ante un caso
prosopopéyico, donde un hombre representa a un pueblo entero. Esto es clave a
la hora de adentrarse en la perícopa.
Miremos
unas pautas decodificadoras que atraviesan la estructura de este texto:
i.
La salvación,
ii.
La lucha entre las fuerzas contrarias
iii.
El triunfo sobre el mal y la muerte
iv.
Su derrota, que es la Resurrección.
v.
En conjunto, es un simbolismo de la Protección Divina
vi.
La fidelidad, como respuesta del hombre a Dios, que
capacita para resistir toda adversidad.
Obsérvese
que “los hombres” (los antagonistas de Daniel) lo están acechando. Se juntan
para buscarle el “quiebre” a Daniel, y en su acechanza lo encuentran en
oración, elevada a su Dios. Como siempre sucede en estas situaciones, consultan
todas las leyes en procura de algo que llevara a Daniel a la catástrofe para
subirlo al cadalso y revisan todos los decretos, repasan minuciosos todos los
códigos y por fin encuentran la cita condenatoria: Sacan a relucir un decreto
de prohibición de hacer cualquier oración que no fuera dirigida al Rey. Y, por
ahí se metieron.
Quepa
destacar que en los anexos Deuterocanónicos -donde se nos presenta otra versión
de esta situación-, no van con tanta amabilidad, sino que amenazan al rey de
muerte si no les entrega a Daniel (Dan dc, 14, 29). Fue así como al Rey no le
quedó de otra que entregarles a Daniel y ellos lo descolgaron con sogas a un
foso. Le dijo el rey a Daniel: “Que te salve tu Dios al que veneras
fielmente!”. Trajeron una piedra y taparon la boca del foso, ¿nos recuerda
algo? ¿Nos evoca alguna similitud neotestamentaria? Y el rey selló la salida
para que no pudiera nadie venir a socorrerlo, (en el Nuevo Testamento pondrá
guardias a vigilar el sepulcro, como le exigieron los sumos sacerdotes y los
fariseos, a Pilato, que asegurara la tumba) (cfr. Mt 27, 62 – 28, 20).
En
la versión deuterocanónica, Dios envía al foso al profeta Habacuc con una
copiosa merienda para que Daniel no tuviera que guardar ayuno ni pasar hambre,
mientras pernoctaba con su felina compañía, que eran nada menos que feroces leones.
Pero
el rey llevaba en su corazón el remordimiento de consciencia y paso la noche en
vela y a la mañana siguiente -muy a primera hora- fue corriendo, y le preguntó
a Daniel si su Dios lo había salvado. Y tuvo por respuesta -la voz de Daniel- que
le dijo que Dios había enviado a sus Ángeles para mantener cerradas las fauces
de los leones.
Cabe
inferir que el tal rey debió reconocer en su fuero interno que no estaba
enfrentándose contra cualquier chanza, sino contra una Divinidad verdaderamente
Portentosa y Justa, defensora fiel de sus adeptos. Hizo sacar a Daniel del foso
y mando a traer a sus detractores y ordeno que los arrojaran junto con sus
esposas y su progenie al mismo foso; y, los leones,
en
un santiamén, los volvieron desayuno de sus tragaderos.
A
raíz de esto el rey emite un nuevo decreto para que, en toda su área de
gobierno, se respetara el Santo Nombre del Dios que honraba Daniel, en tal
decreto se refiere a Dios como “Dios vivo, que permanece siempre, y cuyo
imperio dura hasta el fin. Dios que salva y libra, hace prodigios y signos en
el Cielo y en la tierra”.
Sal Dn 3, 68a.
69a. 70a. 71a. 72a. 73a. 74a.
Este
que estamos usando a manera de salmo, es otra adición deuterocanónica, se trata
de un himno, que entonan los tres jóvenes -Sadrac, Mesac y Abed-negó- que
fueron sometidos a la tortura del horno, y que como refinamiento de crueldad
era alimentado con petróleo, brea, estopa y trapos para que el fuego alcanzara
su mayor ferocidad. Siempre, a la hora de la tortura, el tirano segrega toda la
hiel de su ser donde rebosa la maldad.
Ahora
bien, El himno, tiene una estructura lírica, y cada estrofa es un dístico. Pero
el Liturgo sólo toma el primer verso de cada dístico para organizar el texto
que proclamamos hoy. De esa manera se alinean las bendiciones que el salmista
eleva al Señor. Cobrando mayor intensidad el aroma hímnico de la perícopa.
Dentro
del Libro Deutero-canónico el himno ocupa los versos 51-90 del capítulo 3; se
convoca a toda criatura del universo a cantar las alabanzas del Kyrios (Señor).
Reconocemos tres adiciones
1ª
vv. 24-45 → Oración penitente
reconociéndose pueblo pecador
2ª
vv. 46-50 → Breve narración
3ª
vv. 51-90 → Canto de alabanza al Señor.
El
poema de hoy proviene de los versos 68-74, solo la parte a de cada uno,
insistimos. Se nota que el fragmento proviene del sector 51-90, por tanto, es
redundante decir que se trata de una alabanza.
¿Cómo
se habían ganado estos tres jóvenes el lujo de un horno tan “abrigado”? Negándose
a adorar la estatua de oro que se había mandado a hacer Nabucodonosor. Se
requiere tener los pantalones muy en su sitio para hablar abiertamente y sin
ocultar su fe, cuando se está amenazado de muerte; para expresa nuestra
relación personal con la verdad, a pesar del peligro que se corre. Tener la
llamarada rozándoles la piel y afianzarse en la libertad de los hijos de Dios.
Prodigiosamente
no son quemados por las llamas y sobreviven a la experiencia ilesos. El rey
contempla en el horno a una cuarta figura (un ángel o espíritu divino) y espantado
se acerca a la puerta del horno de fuego y les dice a los tres que salgan.
Después de que los tres jóvenes salen del horno, Nabucodonosor decretó que
cualquiera que dijere blasfemia contra el Dios de los judíos sea descuartizado
y su casa convertida en muladar por cuanto no hay ningún dios que pueda salvar
como Este.
Quisiéramos
resaltar el paralelismo con la Primera Lectura que también cierra con el
reconocimiento de la soberanía del Dios de Israel, puesta en labios del
emperador babilónico (vv. 91-100).
El
alma de toda la narración es la confianza como soporte de un pueblo perseguido,
marginado y dolorido a causa de la firmeza en su Credo. La persecución y el
padecimiento se agudizó, precisamente en la época de la resistencia macabea.
La
Paz que Dios nos propone no es:
a) Paz para nosotros y
muerte y desangramiento en todos los demás lugares.
b) No es la Paz de los
camposantos, donde todo es silencio porque los muertos no pueden hablar.
c) Tampoco es un
armisticio, un cese al fuego por una temporada, mientras pasan las ferias y
fiestas.
d) Ni un eufemismo que
le sirva de disfraz a los violentos.
Lc 21, 20-28
Hoy tenemos la
oportunidad, al ir terminando el año, de rememorar cómo fue nuestro encuentro
con Cristo, cómo fue ese primer amor cuando Él nos sedujo y nos llamó por
nuestro nombre.
Papa Francisco
Para
poder adentrarnos en la perícopa de hoy sin errar su comprensión es importante
entender que no está hablando de lo que le sucedió o lo que habría de sucederle
a la ciudad de Jerusalén, sino a lo que estamos viviendo nosotros: un ambiente
de profanación y una responsabilidad de reivindicación, de retomar los valores
cristianos, vivificarlos y dinamizarlos en y con nuestra existencia, para
actualizar un estilo de vida cristiano con parresia.
En
el verso Lc 21,20 se habla de la ἐρήμωσις [eremosis] “desolación”, “ruina”,
“devastación”, “profanación”, “volver yermo”; lo que nos trae a la memoria la
“abominación de la desolación”: ¿En qué consistió la ἐρήμωσις
cometida por Antíoco IV Epífanes? En que hizo profanar el Templo de Jerusalén
al colocar allí una estatua de Zeus en el altar de los holocaustos. Fue
precisamente esto lo que gatillo la revuelta de los Macabeos.
Encontramos
en el verso Lc 21,22 le palabra ἐκδικήσεως [ekdikeseos] “reivindicación”. Con el prefijo eks,
hacia afuera; y el lexema dike “justicia”, “juez”, “reclamar un derecho”,
“protestar un valor”, “proclamar un valor fundamental”, “exponer con parresia los
estándares”: Lo que estaba escrito se volverá la realidad imperante. Lo que se
había anunciado entrará en vigor. Y, así, lo que muchos daban por utópico,
encontrará espacio en la materialidad. Este es un elemento esencial de la
escatología, el cumplimiento, por fin, de lo que se había señalado en las
promesas.
Esta
perícopa que leemos hoy se ha denominado el Gran apocalipsis de Lucas”.
En él encontramos los siguientes elementos:
I.
Angustia por el estruendo de los elementos, guerra y
revoluciones
II.
La dispersión judía,
III.
Enumeración de las señales, que anuncian la llegada del
“fin”
a. terremotos
b. hambre
c. epidemias
d. cosas espantosas
e. grandes señales en
el cielo: en el sol, la luna y las estrellas
f. Persecuciones que
se cernirán sobre los discípulos
g. Martirologio
(oportunidad de dar testimonio)
h. Los familiares
cercanos serán los que los entreguen
IV.
La manifestación triunfal de Cristo, acorde a la profecía
de Daniel sobre el Hijo del hombre (cfr. Dn 7,13), que aparecerá en Parusía
sobre una Nube, nimbado de Poder y Gloria.
“Su
venida pasada determina nuestra fe; la futura, nuestra esperanza; la presente,
nuestra caridad”. (Silvano Fausti) Todo lo cual no apunta al cierre de la
historia sino al advenimiento de una Nueva Era, que trae consigo la llegada (adventus) definitivo del Reino, que ya está en
medio de nosotros desde la Venida de Jesús, que “acampó entre nosotros” (Cfr.
Jn 1, 14).
La
idea no es disolvernos en un charco de nostalgia rememorando la fase del “enamoramiento”,
y relamiéndonos el gustillo del “primer amor”, sino dar pasos para vivir la
experiencia de la resurrección del amor, con mayor hondura y redoblada entrega:
«También es la oportunidad para … Dejar nuestros miedos, pero también nuestras
seguridades, dejar nuestras comodidades y también nuestras angustias, dejar de
hacer nuestra voluntad para adherirnos a la suya». (Papa Francisco)





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