miércoles, 26 de noviembre de 2025

Jueves de la Trigésimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


Dn 6, 12-28

Lo primero que se nos viene al pensamiento decir es que Daniel -el absoluto protagonista del fragmento- no representa a una persona. Estamos ante un caso prosopopéyico, donde un hombre representa a un pueblo entero. Esto es clave a la hora de adentrarse en la perícopa.

 

Miremos unas pautas decodificadoras que atraviesan la estructura de este texto:

      i.        La salvación,

     ii.        La lucha entre las fuerzas contrarias

    iii.        El triunfo sobre el mal y la muerte

   iv.        Su derrota, que es la Resurrección.

     v.        En conjunto, es un simbolismo de la Protección Divina

   vi.        La fidelidad, como respuesta del hombre a Dios, que capacita para resistir toda adversidad.

 

Obsérvese que “los hombres” (los antagonistas de Daniel) lo están acechando. Se juntan para buscarle el “quiebre” a Daniel, y en su acechanza lo encuentran en oración, elevada a su Dios. Como siempre sucede en estas situaciones, consultan todas las leyes en procura de algo que llevara a Daniel a la catástrofe para subirlo al cadalso y revisan todos los decretos, repasan minuciosos todos los códigos y por fin encuentran la cita condenatoria: Sacan a relucir un decreto de prohibición de hacer cualquier oración que no fuera dirigida al Rey. Y, por ahí se metieron.

 

Quepa destacar que en los anexos Deuterocanónicos -donde se nos presenta otra versión de esta situación-, no van con tanta amabilidad, sino que amenazan al rey de muerte si no les entrega a Daniel (Dan dc, 14, 29). Fue así como al Rey no le quedó de otra que entregarles a Daniel y ellos lo descolgaron con sogas a un foso. Le dijo el rey a Daniel: “Que te salve tu Dios al que veneras fielmente!”. Trajeron una piedra y taparon la boca del foso, ¿nos recuerda algo? ¿Nos evoca alguna similitud neotestamentaria? Y el rey selló la salida para que no pudiera nadie venir a socorrerlo, (en el Nuevo Testamento pondrá guardias a vigilar el sepulcro, como le exigieron los sumos sacerdotes y los fariseos, a Pilato, que asegurara la tumba) (cfr. Mt 27, 62 – 28, 20).

 

En la versión deuterocanónica, Dios envía al foso al profeta Habacuc con una copiosa merienda para que Daniel no tuviera que guardar ayuno ni pasar hambre, mientras pernoctaba con su felina compañía, que eran nada menos que feroces leones.

 

Pero el rey llevaba en su corazón el remordimiento de consciencia y paso la noche en vela y a la mañana siguiente -muy a primera hora- fue corriendo, y le preguntó a Daniel si su Dios lo había salvado. Y tuvo por respuesta -la voz de Daniel- que le dijo que Dios había enviado a sus Ángeles para mantener cerradas las fauces de los leones.

 

Cabe inferir que el tal rey debió reconocer en su fuero interno que no estaba enfrentándose contra cualquier chanza, sino contra una Divinidad verdaderamente Portentosa y Justa, defensora fiel de sus adeptos. Hizo sacar a Daniel del foso y mando a traer a sus detractores y ordeno que los arrojaran junto con sus esposas y su progenie al mismo foso; y, los leones,

en un santiamén, los volvieron desayuno de sus tragaderos.

 


A raíz de esto el rey emite un nuevo decreto para que, en toda su área de gobierno, se respetara el Santo Nombre del Dios que honraba Daniel, en tal decreto se refiere a Dios como “Dios vivo, que permanece siempre, y cuyo imperio dura hasta el fin. Dios que salva y libra, hace prodigios y signos en el Cielo y en la tierra”. 

 

Sal Dn 3, 68a. 69a. 70a. 71a. 72a. 73a. 74a.

Este que estamos usando a manera de salmo, es otra adición deuterocanónica, se trata de un himno, que entonan los tres jóvenes -Sadrac, Mesac y Abed-negó- que fueron sometidos a la tortura del horno, y que como refinamiento de crueldad era alimentado con petróleo, brea, estopa y trapos para que el fuego alcanzara su mayor ferocidad. Siempre, a la hora de la tortura, el tirano segrega toda la hiel de su ser donde rebosa la maldad.

 

Ahora bien, El himno, tiene una estructura lírica, y cada estrofa es un dístico. Pero el Liturgo sólo toma el primer verso de cada dístico para organizar el texto que proclamamos hoy. De esa manera se alinean las bendiciones que el salmista eleva al Señor. Cobrando mayor intensidad el aroma hímnico de la perícopa.

 

Dentro del Libro Deutero-canónico el himno ocupa los versos 51-90 del capítulo 3; se convoca a toda criatura del universo a cantar las alabanzas del Kyrios (Señor).


Reconocemos tres adiciones

1ª vv. 24-45    → Oración penitente reconociéndose pueblo pecador

2ª vv. 46-50    → Breve narración

3ª vv. 51-90    → Canto de alabanza al Señor.

 

El poema de hoy proviene de los versos 68-74, solo la parte a de cada uno, insistimos. Se nota que el fragmento proviene del sector 51-90, por tanto, es redundante decir que se trata de una alabanza.

 

¿Cómo se habían ganado estos tres jóvenes el lujo de un horno tan “abrigado”? Negándose a adorar la estatua de oro que se había mandado a hacer Nabucodonosor. Se requiere tener los pantalones muy en su sitio para hablar abiertamente y sin ocultar su fe, cuando se está amenazado de muerte; para expresa nuestra relación personal con la verdad, a pesar del peligro que se corre. Tener la llamarada rozándoles la piel y afianzarse en la libertad de los hijos de Dios.

 

Prodigiosamente no son quemados por las llamas y sobreviven a la experiencia ilesos. El rey contempla en el horno a una cuarta figura (un ángel o espíritu divino) y espantado se acerca a la puerta del horno de fuego y les dice a los tres que salgan. Después de que los tres jóvenes salen del horno, Nabucodonosor decretó que cualquiera que dijere blasfemia contra el Dios de los judíos sea descuartizado y su casa convertida en muladar por cuanto no hay ningún dios que pueda salvar como Este.

 

Quisiéramos resaltar el paralelismo con la Primera Lectura que también cierra con el reconocimiento de la soberanía del Dios de Israel, puesta en labios del emperador babilónico (vv. 91-100).

 

El alma de toda la narración es la confianza como soporte de un pueblo perseguido, marginado y dolorido a causa de la firmeza en su Credo. La persecución y el padecimiento se agudizó, precisamente en la época de la resistencia macabea.

 

La Paz que Dios nos propone no es:

a)    Paz para nosotros y muerte y desangramiento en todos los demás lugares.

b)    No es la Paz de los camposantos, donde todo es silencio porque los muertos no pueden hablar.

c)    Tampoco es un armisticio, un cese al fuego por una temporada, mientras pasan las ferias y fiestas.

d)    Ni un eufemismo que le sirva de disfraz a los violentos.

 

Lc 21, 20-28

Hoy tenemos la oportunidad, al ir terminando el año, de rememorar cómo fue nuestro encuentro con Cristo, cómo fue ese primer amor cuando Él nos sedujo y nos llamó por nuestro nombre.

Papa Francisco

Para poder adentrarnos en la perícopa de hoy sin errar su comprensión es importante entender que no está hablando de lo que le sucedió o lo que habría de sucederle a la ciudad de Jerusalén, sino a lo que estamos viviendo nosotros: un ambiente de profanación y una responsabilidad de reivindicación, de retomar los valores cristianos, vivificarlos y dinamizarlos en y con nuestra existencia, para actualizar un estilo de vida cristiano con parresia.


  

En el verso Lc 21,20 se habla de la ἐρήμωσις [eremosis] “desolación”, “ruina”, “devastación”, “profanación”, “volver yermo”; lo que nos trae a la memoria la “abominación de la desolación”: ¿En qué consistió la ἐρήμωσις cometida por Antíoco IV Epífanes? En que hizo profanar el Templo de Jerusalén al colocar allí una estatua de Zeus en el altar de los holocaustos. Fue precisamente esto lo que gatillo la revuelta de los Macabeos.

 

Encontramos en el verso Lc 21,22 le palabra ἐκδικήσεως [ekdikeseos] “reivindicación”. Con el prefijo eks, hacia afuera; y el lexema dike “justicia”, “juez”, “reclamar un derecho”, “protestar un valor”, “proclamar un valor fundamental”, “exponer con parresia los estándares”: Lo que estaba escrito se volverá la realidad imperante. Lo que se había anunciado entrará en vigor. Y, así, lo que muchos daban por utópico, encontrará espacio en la materialidad. Este es un elemento esencial de la escatología, el cumplimiento, por fin, de lo que se había señalado en las promesas.

 

Esta perícopa que leemos hoy se ha denominado el Gran apocalipsis de Lucas”. En él encontramos los siguientes elementos:

      I.        Angustia por el estruendo de los elementos, guerra y revoluciones

    II.        La dispersión judía,

   III.        Enumeración de las señales, que anuncian la llegada del “fin”

a.    terremotos

b.    hambre

c.     epidemias

d.    cosas espantosas

e.    grandes señales en el cielo: en el sol, la luna y las estrellas

f.      Persecuciones que se cernirán sobre los discípulos

g.    Martirologio (oportunidad de dar testimonio)

h.    Los familiares cercanos serán los que los entreguen

  IV.        La manifestación triunfal de Cristo, acorde a la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre (cfr. Dn 7,13), que aparecerá en Parusía sobre una Nube, nimbado de Poder y Gloria.

 

“Su venida pasada determina nuestra fe; la futura, nuestra esperanza; la presente, nuestra caridad”. (Silvano Fausti) Todo lo cual no apunta al cierre de la historia sino al advenimiento de una Nueva Era, que trae consigo la llegada (adventus) definitivo del Reino, que ya está en medio de nosotros desde la Venida de Jesús, que “acampó entre nosotros” (Cfr. Jn 1, 14).


 

La idea no es disolvernos en un charco de nostalgia rememorando la fase del “enamoramiento”, y relamiéndonos el gustillo del “primer amor”, sino dar pasos para vivir la experiencia de la resurrección del amor, con mayor hondura y redoblada entrega: «También es la oportunidad para … Dejar nuestros miedos, pero también nuestras seguridades, dejar nuestras comodidades y también nuestras angustias, dejar de hacer nuestra voluntad para adherirnos a la suya». (Papa Francisco)

No hay comentarios:

Publicar un comentario