sábado, 25 de noviembre de 2017

INMERSIÓN TOTAL



Tu propio crecimiento no puede tener lugar sin el crecimiento de los demás. Eres parte de un cuerpo. Cuando cambias, el cuerpo todo cambia. Es muy importante para ti seguir profundamente conectado con la gran comunidad a la cual perteneces.
Henri Nouwen

Los discípulos son reconocibles como el Señor que salva, solamente si son semejantes a Él. De lo contrario no son corderos sino lobos (Mt 10, 16).
Silvano Fausti

El Cardenal Martini nos invitaba a adentrarnos en el Evangelio de este Domingo de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, «haciendo primero una oración al Señor: Te pedimos Señor, que comprendamos estas palabras, que no nos defendamos de ellas, que nos abramos a todo el cambio que exigen en nuestra vida. Te pedimos que las reconozcamos por experiencia; que no solamente las meditemos, sino que vivamos de estas palabras. Tú, Señor, que envías el Espíritu y que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.»[1] y, no encontramos un mejor pórtico para ingresar a esta celebración que concluye el Año de Gracia Litúrgico 2017, porque nos amenaza el riesgo de quedarnos en lo meramente meditativo sin que pasemos a dar carne y vida a toda la implicación sustantiva que nos comunica. Concluye sabiamente esta plegaria, invocando al Espíritu y pidiendo al Señor nos  lo envíe, ya que ese envío y la autoridad, que se requiere, nace del Rey y es Él y sólo Él quien puede ordenarlo. Será, por otra parte el Espíritu, el Único que puede infundir esa apertura y docilidad necesaria para que podamos –no solamente oírlas- sino experimentarlas, sin rechazarlas con fría dureza del corazón, interponiéndoles pretextos.


El Cardenal Martini ve en esta perícopa tomada del capítulo 25, versos 31-46 el fundamento. Y es que San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios, no veía toda la Revelación como una llanura, sino que en ella reconoce unos puntos cruciales que hay que saber jerarquizar, porque, en esas cumbres se halla el Principio y Fundamento. «”Principio”, en sentido lógico, significa la verdadera premisa de que parte una ciencia que propiamente no es deducible ni demostrable; de ella se derivan las otras verdades… es también “fundamental”, es decir, algo que se supone en toda construcción, que está en el fondo y que está implícita en el resto de la reflexión.»[2] Y, hoy, llegamos a uno de esos “Tabores”, donde detrás del rostro de Jesús se pueden descubrir las facciones de otros patriarcas y profetas; y, además, se reconoce la blancura nívea y resplandeciente sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, “tanto que ningún batanero en la tierra los puede hacer tan blancos”(Mc 9,3). Nuestro imaginario nos lleva a concebir el atuendo real como ropa de colores, pero esta blancura refulgente, se refiere aquí precisamente a la ropa de Nuestro Dios-Rey. Se hace entrega -para nosotros- de un sólido fundamento. La perícopa de este Domingo servirá de pivote a toda la escatología: «Nuestro destino eterno se juega en la capacidad de ver y amar al Señor en los últimos.»[3]


Volvamos con el Cardenal Martini: «En los ejercicios tenemos un hecho fundamental, primordial: fuimos creados por Dios, todo es para Él; nosotros somos para Él y tenemos que llegar a Él. Sigue una propuesta de vida, una elección: es decir, debemos hacernos indiferentes, hasta desear y buscar solamente lo que nos lleva a este fin…. ésta meditación se refiere a la actividad, a lo que hay que hacer… La página de Mateo,… se encuentra sólo en su Evangelio, no tiene comparación con los otros Sinópticos… Ciertamente es un pasaje importante de Mateo, pero también muy difícil y muy discutido. Es una página en la que Mateo acumula los títulos cristológicos: aquí se habla del Hijo del hombre, del Rey, del Pastor, del Señor, del Juez.»[4] «El texto es simple, gráfico y profundo. Jesús es presentado como el “Hijo del hombre”, uno de los títulos predilectos de Mateo. Es una imagen de Jesús glorificado, acompañado de ángeles, sentado en su trono de gloria, ejerciendo su función de juez… Es necesario recalcar que el acento no está colocado en la justicia basada en el principio de retribución (el bueno recibe cosas buenas y el malo cosas malas); sino en la misericordia, en la justicia solidaria, en el amor concretizado y vivido en los más pobres y necesitados. Es un juicio que no viene de afuera, sino de las actitudes internas más profundas. El hombre adquiere la plenitud no por los discursos…, ni por la realización de grandezas extraordinarias; sino por la praxis ordinaria donde el ser humano sea tratado como tal.»[5] Pero, los ejercicios ignacianos no nos piden hacernos indiferentes ante nuestros hermanos, sino –por el contrario- hacernos indiferentes a todo aquello que nos distraiga del otro que –como queremos afirmarlo- es precisamente la transparencia del Otro.


Decía el Padre Henri Nowen: “La compasión pide que vayamos donde duela, que ingresemos a los lugares del dolor, que compartamos quebranto, miedo, confusión y angustia. La compasión nos desafía a gritar con los que están en la miseria, a llorar con los que están solos, a llorar con los que lloran. La compasión requiere que seamos débiles con los débiles, vulnerables con los vulnerables e impotentes con los impotentes. Compasión significa inmersión total en la condición de ser humano”. Y el Padre Alberto Hurtado. “Hay que dar hasta que duela… No descanses mientras haya un dolor que mitigar… Yo sostengo que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz. Y como Cristo debemos amarlo y ampararlo. Debemos tratarlo como a un hermano, como a un ser humano, como somos nosotros” «No se necesitan títulos universitarios ni grandes riquezas o poderes. Se trata de tener un corazón solidario, abierto a compartir o a vivir nuestra dignidad de seres humanos, de hijos de Dios. Seremos juzgados no tanto por lo que creamos teórica, filosófica y teológicamente, sino por el amor, la compasión, la justicia solidaria. En saber colocar en el centro al ser humano.»[6]


¿Dónde hemos de ir a buscar “la condición del ser humano” que no se quede en una ideologización, en una abstracción?; ¿dónde hallaremos el modelo del hombre, su concreta tipificación? «…si Cristo es nuestro único modelo, cada hombre debe coincidir con Él y en distintas etapas del desarrollo de su historia ser un poco salvador y mesías. Como Cristo: rey, profeta y sacerdote. Como un rey, tiene que tomar posesión de los bienes. Como profeta, debe descubrir la forma de utilizarlos. Y, como sacerdote, tiene que usarlos para una santificación. Es decir, para “santificar a los hombres en la unidad” y hacer de los bienes instrumentos de comunicación y de unidad. Teilhard diría “supercentrarlos” para que sean un medio de unificación y no de alienación»[7]


Por eso, leer la perícopa del Evangelio nos remite a poner primero el eje-vital de comprensión: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente”—le respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.(Mt 22, 37-39). Retomemos la idea de la jerarquización, del discernimiento: ¿Qué es lo primero y qué es lo segundo? ¿Qué es lo más importante?


¿Qué es entonces lo problemático y polémico de esta perícopa? Los que quieren desconectar y/o amputar uno de los dos mandamientos. Miremos de esos riesgos los que mencionaba Martini:

·         Uno de los abusos típicos… es el de querer derivar de esta página una especie de teología del ateísmo. Se dice: estos no han conocido a Dios, pero han hecho el bien; por tanto, no es necesario conocer a Dios, son suficientes las obras. Así se tiene una teología del ateísmo que me parece totalmente contraria al sentido de todo el Evangelio de Mateo.
·         … es una página de la que se podía abusar en el sentido de un total desprecio por el hombre, porque parecería decir: lo importante es hacer algo por Cristo, el hombre es solamente un medio para hacer algo por Cristo; por consiguiente, de esta página se podría sacar un docetismo a la inversa, es decir, lo que importa es la relación con Cristo, el prójimo es solamente un medio, una transparencia… nos saldríamos totalmente del camino, porque el Evangelio tiene un respeto fundamental por la persona humana, que no es sólo una “plataforma” para ir a Dios, sino que en sí mismo es un ser digno de ser servido y amado.


·         Si tomáramos esta página con un criterio de interpretación analítica moderna, se crearían muchas otras dificultades. Por ejemplo, una dificultad que desconcierta, sobre todo para una mentalidad acostumbrada al pensamiento paulino, es que aquí se habla sólo de obras. Parece que basta sólo hacer obras, mientras Pablo nos dice que lo que cuenta es la fe, las obras no valen nada, porque el hombre no es capaz de hacer obras buenas.
·         El trozo tampoco quiere ser un catálogo completo de todas las obras sujetas a juicio, como si fueran solamente las obras de misericordia corporales, dejando todas las otras páginas de Mateo que recomiendan la misericordia, el perdón, la oración en el silencio y en el escondimiento. Sería equivocado sacar de este trozo una especie de catálogo exclusivo de cosas por hacer para salvarse, que en fin de cuentas serían sólo los actos de misericordia corporal.[8]

Este trozo es fundamento y es principio porque da dos zancadas infinitas: De lo teológico llega a lo escatológico y de lo escatológico a lo ético: «La ética se basa en la escatología. El hombre es tal porque obra razonablemente, por un fin que se desea… El fin del hombre es llegar a ser como Dios. El error de Adán no es querer llegar a ser como Él (Gn 3, 5), sino el no saber quién es Él. Se llega a ser como Dios amando porque Él es amor… el juicio final, como todo el discurso escatológico, nos remite del futuro al presente.»[9] Las obras que muchas veces llamamos “buenas” no lo son en sí mismas porque se hicieron por la fama y la apariencia, o por cosechar votos, o por lograr una exención de impuestos. Las obras alcanzaran el estatus de buenas obras cuando se hagan por entera gratuidad, por acogida al hermano, porque en el otro me duele Dios. Estas obras son valiosas porque se hacen conforme al amor de Dios, a su mayor Gloria.


«Los poderes de este mundo han desvalorizado al ser humano. Se gastan millones en la carrera armamentista; se derrochan millones en investigaciones científicas y espaciales (que no es nada malo en sí): sin embargo, millones de niños y otros seres humanos se mueren de hambre o carecen de vestido. Los sistemas sociales, políticos y económicos son injustos: mientras unos pocos tienen casi todo, la mayoría necesita lo mínimo. Millones de seres humanos se ven sometidos y obligados a emigrar en busca de mejores niveles de vida. Situación que les acarrea persecución, marginación, desprecio y hasta muerte. Faltan muchos hospitales que puedan atender digna y humanamente a tantos enfermos; las instituciones religiosas, estatales y organizaciones no gubernamentales no alcanzan a ofrecer su generosidad frente a todos los niños desnutridos, de la calle, abandonados, discapacitados, ante tanto joven esclavo de la droga, del alcohol, de la violencia; ante tanto anciano marginado porque es viejo. No solamente falta el pan, también la oportunidad de saber, de capacitarse. No nos alcanzaría el papel para escribir cuanto falta para construir el reino.»[10]


«¡Cada uno de los otros es siempre el Otro! … porque el mismo Señor se hizo nuestro prójimo y está siempre con nosotros (28,20) bajo la señal del hijo del hombre (24, 30), la del crucificado que tiene el rostro de todos los pobres de la tierra. Él está siempre con nosotros, presente entre todos los crucificados, sacramento de salvación para el mundo. El amor que tenemos al otro es amor a Dios: me realizo como hijo si vivo como hermano.»[11]



[1] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996. p.24
[2] Martini, Carlo María. PONER ORDEN EN LA PROPIA VIDA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. pp. 21-22
[3] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2da re-imp. 2011 p. 558
[4] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996. p.25-26
[5] Chigua, Milton Jordán. PINCELADAS BÍBLICAS DEL EVANGELIO. Ed. San Pablo. Bogotá – Colombia 2009. p 118.
[6] Ibid p. 119
[7] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN. Ediciones Carlos Lohlé Bs.As.-Argentina 1970 p. 190
[8] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996. p.27-29
[9] Fausti, Silvano. Op.Cit. p.556
[10] Chigua, Milton Jordán. Op. Cit. pp. 119-120
[11] Fausti, Silvano. Op.Cit. p.555-556

sábado, 18 de noviembre de 2017

CONTRA POBREZA, DILIGENCIA




Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.
Papa Francisco

… no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras
1 Jn 3,18



Este Domingo, como previmos en el anterior, forma -junto con el XXXII y el Domingo próximo, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo- una unidad escatológica. Los tres Domingos toman su perícopa evangélica del Capitulo 25º del Evangelio según San Mateo. Hablábamos –en ese sentido- de un retablo, mejor aún sería decir de un tríptico; ahora, en el Domingo XXXIII (A), preferimos hablar de una galaxia escatológica. Para esta vez, tomaremos de toda la galaxia sólo tres estrellas: la primera de la perícopa del Libro de los  Proverbios, se trata de la palabra חַ֭יִל (Prov 31, 10) “de carácter”, “fuerte”, “hacendosa”, “virtuosa”, “diligente”; la segunda y tercera estrellas están en la perícopa del Evangelio, se trata de la palabra Πονηρὲ que podríamos traducir como “inactivo por enfermedad”, como “invalido”, y, por eso, “negligente”; la tercera es ὀκνηρέ “perezoso”, “holgazán”, “atrasado”, “vacilante” (también podría tomarse por “alegre” pero eso va en otra vertiente denotativa). La galaxia tiene un “horizonte de eventos” (no hacia un hoyo oscuro, sino hacia un Foco de Luz Radiante) que es el versículo 20 del capítulo 31 del Libro de los Proverbios: “Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre”, que da el sentido a este Domingo, sentido que ha hecho expreso Papa Francisco, consagrándolo como fecha de la Jornada Mundial de los pobres, y es que la diligencia y la laboriosidad están enfocadas y han de volcarse hacia esa Misericordia que atiende a los pobres y se empeña en su redención porque verdaderamente la construcción del Reino está conectada y fundamentada en la remoción de todo aquello que des-dignifica al hombre, todo lo que impide su realización en plenitud, ya que “la Gloria de Dios consiste en que el hombre viva”, esa es la interpretación que damos a esta célebre frase de San Ireneo, que entendemos como moción y exhortación a vencer toda la cultura de la muerte y florecer rotundamente hacia una cultura de la vida. ¡Vida en Jesús! Dice Papa Francisco: «… quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados»[1]. Que se oferta a todos, sean o no cristianos. A nosotros se nos demanda y se impone responder, porque ¡fue a nosotros a quienes fueron entregados los talentos! que significa –como lo hemos visto- tener siempre listas las lámparas y tanqueadas las alcuzas; y, para los no creyentes, la propuesta es dejarse alcanzar por esa Luz y reconocer que liberta al hombre, que desata sus manos y sus pies para que pueda avanzar,  y se pueda levantar -la pobreza hace inválido a quien la padece, le niega realizarse, lo postra- y caminar hacia esferas Divinas, que de otro modo resultan inalcanzables. La oferta es erradicar toda alienación para que cada ser humano tenga la posibilidad de vivir en plenitud, una vida pleromizada, que es el tipo de vida que se propone y ha de vivirse bajo la Soberanía de Dios.


Volvamos sobre la palabra חַ֭יִל si la entendemos como “diligencia” significa el que ama, el que tiende con ardor hacia algo, el que profesa celo por algo o alguien. Si vamos hasta la fuente etimológica encontramos las raíces dis- separar y legere recoger, elegir, cosechar, leer; que, al ensamblarlo dará “hacer las cosas con premura y pasión”. En cambio, si la traducimos como “ser hacendoso” tendremos por significado tener hacienda o ayudar a adquirirla; y ¿qué es “hacienda”? una propiedad inmueble. Por lo general usamos la expresión “hacendoso” para referirnos al cuidado esmerado al ejecutar las tareas domésticas, pero su verdadero significado –en el origen- se refiere a cosechar “cribando” para garantizar que lo recogido tenga la más alta calidad, y sea todo bueno. Cuando se dice “tener o adquirir hacienda”, no vayamos a empobrecer también el concepto de “hacienda”, que no corresponde exclusivamente a los bienes materiales, porque hay pobreza de cultura, de principios y valores, de consuelo y amistad, de cercanía y comprensión, de disciplina y método, de acogida y solidaridad. La Iglesia nos ayuda a descubrir otros focos de pobreza y des-dignificación si estudiamos detenidamente y masticando una a una las Obras de Misericordia, en particular si detallamos lo que implican las obras de Misericordia espirituales que muchas veces quedan como cara oculta de la moneda (dejando sólo visible las obras de Misericordia Corporales como el lado espectacular de la moneda) y que sin embargo no son menos apremiantes y menos dolorosas.


Los antónimos están mencionados en el Evangelio: negligente y haragán. El haragán es el que no quiere trabajar. El negligente es el que no-legere. Arriba dijimos que legere significa recoger, elegir, cosechar, entonces neg-ligente es el que “no recoge la cosecha, o si la recoge no selecciona, sino que echa, revueltos, los frutos buenos con los de baja calidad”; usamos esa voz para designar al que no actúa, al indiferente, al que carece de amor por lo que hace y por quienes lo hace -o lo debiera hacer- ya que el amor es también diligente, y, si verdaderamente amo a mi prójimo, ¿podré ser negligente? «Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro.»[2]




Siempre está presente el riesgo de construir una fe “aislante”, fe de sólo oratorio, encerrada en una tipo de piedad solipsista que ignora al prójimo, que se reduce a una burbuja de indiferencia, fe que deshumaniza endureciendo el corazón, dirigiéndonos –constante- hacia un despeñadero de crueldad, llevándonos al vicio de inhumanidad, de  ser indolentes ante el padecimiento y hacia la ferocidad de ver bañarse en sangre o sufrimiento nuestro entorno, viendo sin pestañear las necesidades y penurias que otros atraviesan, pensando que se trata de una realidad distante o de una historia extraterrestre, tan remota, que seguramente sea pura ficción. « Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades,… »[3] No podemos incurrir en el pretexto de la lejanía ni en el de la incompetencia, achacando que eso no nos corresponde, que no nos compete. Cabe aquí retomar enfáticos la sentencia de Terencio “Soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno” Y, no exclusivamente por filantropía, sino porque el interés preocupado por el otro es Mandamiento Divino y núcleo de nuestra fe. ¿A dónde se ha relegado –en esa “fe” a nuestros semejantes, ocultando al otro tras la imagen del Otro-y-yo que no es más que un ídolo egocéntrico? 

Semejante ocultamiento es el ocultamiento del “Talento” entregado y recibido. La fe del negligente, del haragán está dibujada con las palabras de denuncia que consigna San Mateo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo". Este haragán le puso a Dios una máscara de exigencia inhumana sólo para ocultar su apatía y la resignación y negar el compromiso que había adquirido ante el don benévolo de haber recibido “un talento” o sea –aunque aparentemente poco- algo así como 34 kilos de oro, ¿era poco? Tengamos presente que Dios nos da ἑκάστῳ κατὰ τὴν ἰδίαν δύναμιν a cada uno según nuestras capacidades (Cfr. Mt 25, 15). «Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados… Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.»[4]













[1] Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de los Pobres

[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid.

sábado, 11 de noviembre de 2017

FRATERNIDAD: LA VOCACIÓN ORIGINARIA

Sab 6, 12-16; Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8; 1Tes 4, 13-18; 25, Mt 25,1-13


¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas!
Mt 23, 37c

Y, si no cambio mi manera de pensar y de querer
¿con qué cara me presentaré
a tu juicio final, Señor?
Averardo Dini

El tema de la fraternidad como vocación originaria no se abandona en la sustancia del texto escatológico del capítulo 25 del Evangelio según San Mateo. En el Domingo XXV del ciclo A, entramos en lo definitivo del Reino, trabajar por la justicia para así construirlo. A partir de allí ya estábamos en el Quinto Libro del evangelio Mateano, que abarca los capítulos 19 a 25. Mateo que nos ha mostrado a Jesús como el Nuevo Moisés pasa a mostrárnoslo como el Juez del final de los tiempos. A partir de este Domingo XXXII accedemos al núcleo escatológico – a lo cual dedicaremos estos últimos tres Domingos de este año litúrgico- dicho núcleo gira en torno al Juicio Final, la conclusión de los tiempos, que para nosotros es el de “la Segunda Venida”, la Parusía: “Pues Él Mismo, el  Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel  y al son de la trompeta divina, descenderá del Cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aun vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos para siempre con el Señor.”(1Tes 4, 16-17)


En primer término, este Domingo, examinaremos la parábola de las 10 vírgenes. El próximo Domingo miraremos otra parábola, la de los talentos; y, finalmente, en la celebración de Cristo Rey, -festividad que se celebra en el Domingo XXXIV de cada ciclo- veremos “el Juicio de la Naciones”. Con lo que cerraremos ese retablo escatológico.

Γρηγορέω es el verbo pivote: ¡Velad! ¡Permaneced vigilantes! ¡Estad despiertos! ¡Sed responsables! ¡Sed prudentes! Se trata de no ser necio, tonto, sino de ser sabio, prudente, previsor. Miremos el cuadro referente a las bodas como se desarrollaban en los tiempos de Jesús: La Chica comprometida, es decir, la que detentaba la promesa matrimonial y que por eso conocemos como la “prometida”, aguardaba la llegada del Novio junto con sus amigas, había mucho de suspenso en lo referente al momento preciso en que iba a llegar el Novio a recogerla, había un “alrededor de”, -más o menos un año después del “compromiso”- pero no un conocimiento preciso del instante de irrupción. En el momento dado, se presentaba “el Encuentro” y, era entonces que verdaderamente iniciaba la fiesta. Al iniciar, se cerraba la puerta, ya no se podía acceder, el ingreso posterior estaba vetado. Sin embargo, si por alguna situación excepcional, alguna de las “amigas” llegaba tarde, el novio le podía abrir y –una vez reconocida- era admitida. Las “linternas” de aceite resultaban imprescindibles pues otro muchacho, al amparo de la oscuridad bien podría hacerse pasar por el verdadero prometido, en eso consistía la sabiduría de llevar lámparas para alumbrarse y, la prudencia, en tener alcuzas con aceite de reserva, puesto que este se agotaba conforme progresaba el tiempo y avanzaba la oscuridad. Solo la necedad podría explicar que se descuidara el aprovisionarse del combustible, algo así como –hoy día- no llevar la power-bank a sabiendas de no tener donde conectar el celular para recarga (máxime cuando el celular tiene incorporada “la linterna”).


Es fundamental tener presente para qué necesitaremos la “Luz”: para dar inicio a γάμος la “fiesta de bodas”. No entramos a una asamblea, no a una conferencia, la invitación no es para ir a un gimnasio eterno, ni para asistir a un juzgado celestial a presenciar juicios, ni siquiera la invitación se relaciona con el cuidado eterno de un jardín; seamos conscientes que nuestra invitación, nuestro propósito a largo término, consiste en el gozo pleno de asistir a las Bodas-del-Mesías. Haciendo alusión al que vio pasar el Bautista, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29) solemos hablar de “las Bodas del Cordero” al enlazar con la visión en el Apocalipsis en el capítulo séptimo, página Bíblica que se conecta y complementa perfectamente con este capítulo vigésimo quinto del Evangelio Mateano, que estamos considerando.

Vamos con el “pero”. La cuestión de estar vigilantes, de velar continuamente se puede enfocar de dos maneras diversas. En un enfoque -muy tradicional- el asunto de la vigilancia -que más bien deberíamos denominar la “fidelidad”- tiene como objetivo de fondo la Salvación, permanecemos atentos para salvarnos. Sin embargo, nos parece que tal vez no sea este el enfoque más “salvífico”, el más saludable. ¿Eso por qué? Porque pone en el centro el egoísmo y pierde de vista lo “relacional”. ¡Si!, precisamente el eje que se nos reveló el Domingo previo, cuando considerábamos Mt 23, 1-12. Decíamos que el reflector tenía que dar un giro de 180º -aparece entonces este otro rumbo- para enfocar las relaciones con Dios, con los otros y con la naturaleza. Siendo así, el énfasis no consiste en “salvarme”, consiste en el goce eterno que vamos a compartir, que queremos que nuestros “hermanos” disfruten también. Claro es que, esa “vigilancia” no recae en nadie distinto de nosotros mismos, porque nadie –aparte de cada uno- es responsable de desear para nuestro “semejante” el poder compartir del disfrute inextinguible.


¿Cómo es esto? Entonces, porque las vírgenes φρόνιμος “sensatas” (prudentes, sabias) no les compartieron su aceite a las μωραὶ necias? Precisamente porque nadie, aparte de uno mismo, puede asumir sus propias responsabilidades; nadie puede velar en reemplazo de su hermano; esa es una decisión muy personal. Puedo ofrecerte, inclusive mostrarte cual es el camino, inclusive puedo caminarlo a tu lado, apadrinarte en el cuidado para que no lo yerres, para que lo recorras con acierto; lo que no puedo, es recorrerlo por ti, esa parte, es competencia personal. La palabra φρόνιμος tiene como prefijo φρήν que se refiere al fuero más personal, en una gráfica serían las “inmediaciones del corazón”, este prefijo habla de la individualidad, de aquella zona interior donde se regulan nuestras acciones, nuestro comportamiento, algo así como la “consciencia”. Volvamos a la cuestión de por qué no compartieron el aceite, lo que a primera vista puede sonar mezquino: es que puedo asesorarte explicándote quien es el Novio, ayudándote a describir sus facciones para que lo identifiques con precisión, puedo ayudarte a vestirte y a peinarte para que estés listo a Su Llegada; lo que no puedo es, amarlo por ti, estar en vez de ti.


Entonces, recapitulemos: Nadie puede “vivir alerta” sino cada uno; pero, al catequizar, soy responsable de advertirte que cuando Dios te llamó para dignificarte con su Amor, surgió una responsabilidad que nace espontáneamente de la conciencia de ser amado, de “responderle” a Dios. Ser amado, pues, implica ser responsable. Frente al amor se puede decir “lo acepto” o, por muy triste que suene, “lo rechazo”; lo que no se puede es “hacerse el loco”. Pues Dios te amó hasta el extremo, no por Su Propio Interés, sino por Pura Generosidad (la que, a falta de otra claridad, llamamos Misericordia, porque es la facultad de ponerse en los “zapatos del otro”, y sentir como propio el dolor que lo azuza y desearle y trabajar para que su remedio sea el Bien) y frente a esa donación voluntaria no podemos pasar desapercibidos.


Formar en nosotros esa misma voluntad de ser generosos, de interesarnos por “el aceite” de nuestros hermanos, por advertirles que lo van a requerir, por obsequiarles “alcuzas”, por lograr que las lleven cerca de su corazón y no se separen de ellas para que no los vaya a coger la hora de las tinieblas sin la “Luz” a mano; es la respuesta dadivosa que se espera de cada uno. Y –así como Dios- no por egoísmo, sino por magnanimidad, preocuparnos –no por la propia salvación- sino por el “anuncio” a los otros de todo ese Amor esplendido que se irradia y alcanza a “una multitud enorme, la cual nadie podía contar, de toda nación, raza, tribu y lengua, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de estolas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a una sola voz, diciendo: La victoria a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap 7, 9-10). Nuestra misión, nuestra responsabilidad es mostrar que esa “Sabiduría” ese velar en favor de los otros, nos sale al paso, nos aborda benigna en los caminos (Cfr. Sab. 6, 16). Precisamente en el Libro de la Sabiduría, en esta misma perícopa, se presenta la vigilancia, en el verso 15, como “prudencia consumada”. «… me parece que la palabra salvación como la estamos entendiendo por regla general consiste en que uno se muere y se va para el Cielo. Entonces se dice que se salvó. Yo no estoy negando eso, pero la salvación acontece aquí antes de morirnos. Algo más, ni siquiera la Iglesia es un instrumento para que yo me salve, sino un instrumento para que yo salve al otro antes de que yo me muera… Uno salva en la medida en que participa lo divino que uno posee al otro.»[1]


También el salmo 63(62), salmo del Huésped de Dios, nos lo presenta como el “mantenerse despierto” sedientos de Dios. Desde el enfoque de este Salmo, Jesús mismo nos conduce al “santuario de la conciencia” donde el Templo verdadero está en ese núcleo de la personalidad, en el fuero interno, en la periferia del corazón. Aunque a eso aludirá más tarde, en el capítulo 16, verso 61, del mismo Mateo: “Puedo destruir el ναός Templo de Dios y reconstruirlo en tres días”. Ναός es “la morada de Dios”, el “Santuario”, esa parte del Templo donde la presencia de Dios mora, desde la perspectiva en la que Jesús habla, se refería al φρήν, que comentamos arriba. Desde la cual aceptamos o rechazamos el Amor donado: «sed en el cuerpo y en el alma. Sed de tu Presencia, de tu Visión, de tu Amor. Sed de ti. Sed de las aguas de la vida, que son las únicas que pueden traer el descanso de mi alma reseca… resplandor en la noche y melodía en el silencio. Te deseo y te amo. En Ti espero y en Ti descanso. Aumenta mi sed, Señor, para que yo intensifique mi búsqueda de la fuentes de la Vida.»[2] Esa es la sed que debe regular nuestras acciones y orientar nuestro corazón al optar nuestros comportamientos. Fraternidad, generosa solidaridad, buenas intenciones y buenos deseos para los otros, deseos de hacerles llegar y hacerles accesibles los dones que Dios nos ofrece, voluntad de compartir el regalo sin igual que nuestra fe nos da. ¿Habría justicia en escatimarlo sólo para ti, o para unos cuantos? Jesús lo ha querido para todos “los pollitos”. ¡Este regalo está destinado a una multitud enorme, incontable! Ayúdale al Cordero a juntarla.




[1] Baena, Gustavo. s.j. LA VIDA SACRAMENTAL. Ed. Colegio Berchmans. Santiago de Cali-Colombia 1998 p. 20.
[2] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SASLMOS. Ed. Sal Terrae. Santander-España 8va ed. 1993. p. 118

sábado, 4 de noviembre de 2017

SEMEJANTES, SIERVOS, HERMANOS E HIJOS


Ml 1, 14b-2, 2b. 8-10; Sal 130, 1-3; 1Tes 2, 7b-9. 13; Mt 23, 1-12

Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.
2Co 12 ,9

Predica el evangelio en todo momento, y cuando sea necesario, utiliza las palabras.
San Francisco de Asís

… damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes.
1Tes 2, 13

Nuestro ser, nuestra existencia y la conciencia de esa existencia siempre va a beber en la fuente de lo relacional. Podríamos afirmar que el ser humano es –por excelencia- un ser relacional. Por eso, es esencial el reconocimiento del entramado social en que nos movemos –porque es nuestro contexto- para poder descifrar nuestra identidad y ganar sentido sobre nuestra mismidad. Nuestro contexto como seres humanos es la relacionalidad. Inmediatamente acude al pensamiento la clasificación de los entes con los que nos relacionamos que solemos circunscribir en tres categorías: los trascendentes, los semejantes,  los naturales. Esta no constituye verdaderamente una clasificación puesto que no son clases mutuamente excluyentes y –tras bambalinas- afirma que lo trascendental no es natural, que nuestros semejantes tampoco lo son y que lo semejante y lo natural no son trascendentes; implicación tácita que tendría que ser vista con ojo crítico.

En muchas ocasiones se apela a otro expediente clasificatorio y se enlistan las relaciones según sean de carácter parental, gubernamental, espiritual, jurídico, comercial, profesional o disrelacional. Podemos empezar, entonces, a distribuir en los respectivos  elencos las relaciones que vamos  examinando: rabí, padre, diacono,  rey, sacerdote, legislador, escriba, arcángel, hermano, senador, vecino, fariseo, traidor, vencedor, exégeta, enemigo, amanuense, levita, comandante, abuela, publicano, exarca, apóstol, carpintero, madre, ley, víctima, dictador, estafador, ...

El más alto riesgo en este ejercicio -comprensivo e indispensable para situarnos en nuestra realidad existencial- consiste en pretender agotar con el rótulo al “ente” examinado y este error evidentemente se conecta con dos factores a tomar en cuenta: el análisis diacrónico, valga decir que el mismo “ente” puede asumir sucesivamente diversas funciones relacionales, es el caso de la misma persona que en momentos diversos es abuelo, juez, cliente y pasado mañana es elegido alcalde; por otra parte, -como se evidenció en el ejemplo anterior, no se significa que “la persona” en cuestión, haya dejado de ser lo uno para llegar a ser lo otro, sin que la misma persona puede enlistarse simultanea o sucesivamente en diversas categorías relacionales.

Examínese también el asunto de la cosificación de las relaciones interpersonales que se da cuando la persona deja de tomarse como tal y se restringe su comprensión a sólo la función que en tal caso está siendo percibida porque ni el camarero, ni el presidente ni la azafata son única y exclusivamente lo que estas palabras encierran, sino –y eso debemos tenerlo siempre en cuenta- llevan tras de sí una historia personal y exceden ampliamente los límites que los “estereotipos” implican.

Este Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, del ciclo A,  nos invita a mirar con atención y llevando en giro el reflector, sobre las relaciones interpersonales, y, muy particularmente, a ciertas categorías trascendentes y de mediación con lo trascendente, que interesan con especial realce, a la comprensión de los fenómenos de la fe. Partimos de relaciones “terrenales” para poder hablar de las relaciones “trascendentes” y, se aplican a Dios, categorías humanas para vislumbrar con Quién y cómo relacionarnos, para tratar de entrever cómo tratar y cómo somos tratados por el Otro.

La Primera Lectura es un llamado a la fraternidad, a la fidelidad, porque estamos unidos como familia en Alianza y no honramos la Alianza con Dios si en vez de ser fieles somos traidores. Ya Malaquías (Mi Mensajero; mensajero es una importantísima designación relacional, es uno de esos encargos de “transmisión” de lo trascendente a lo inmanente), nos trae en la Primera Lectura la revelación de Dios sobre su relación  “gubernamental” con nosotros. Ahora que decimos gubernamental, cabe retomar el origen de la palabra gobierno, que no es para nada político, ni estatal, sino más bien náutico, porque se refería a “pilotar una nave”. Dios afirma que es Rey (Melek) מֶ֨לֶךְ, y –aquí otra vez vale retornar  sobre la quintaesencia de este “término relacional” que proviene de una voz indoeuropea reg- de la que brota la voz latina rex, y que alude a “ir en línea recta” (esta misma raíz está en la palabra “regla” que nos viene del latín regula); si hilvanamos estas dos etimologías podemos descubrir en la palabra rey el significado del marino que lleva su embarcación rectamente. Aquí rectamente ya no significa “en línea recta” sino dentro del “derecho”, o sea, que la conduce –salvando escollos y evadiendo tempestades- a puerto firme. Dios se nos da a conocer, se revela como Prudente y Sabio Guía que sabe para dónde y cómo llevarnos a salvo; sabe –además- corregir el timón, cuando el curso va errado o cuando, al torcerlo, nos dirigimos al abismo. Y precisamente el reclamo que les hace Dios a los levitas es el “haberse desviado del camino recto” (Ml 2, 8a); porque אֵֽינְכֶם֙ שֹׁמְרִ֣ים אֶת־דְּרָכַ֔י no han permanecido en Su Senda (Derek דְּרָכַ֔י también se traduce “línea”, “camino”)(Ml 2, 9b); e, inmediatamente, los recrimina por su “parcialidad al enseñar la ley”. (Ml 2, 9c).

Acto seguido, aparecen dos nuevas designaciones-relacionales: אָב Padre y  Creador. Este último proviene del verbo בָּרָא (que en otras lenguas arábigas además de significar dar forma a algo o a alguien, también significa la escritura con estilete), verbo que estrictamente, en lengua hebrea, está reservado a Dios, Único-Verdadero-Creador, (que nosotros de manera abusiva, hacemos extensible a los artistas, por ejemplo) que significa “escogencia”, en el sentido de “destinar para”… valga parafrasear explicando que Dios crea para que la criatura  cumpla una “misión”, no crea para distraerse (porque Dios no se aburre), no crea para ensoberbecerse (‘porque Dios no es víctima de la arrogancia, ni de la Vanidad), no crea para exhibir maestría (porque Dios no necesita competir o superar) y, lo hace todo perfecto (no por altanería) sino porque de Manos Perfectísimas, ¿cómo podría brotar algo distinto? Otros objetarán ¿cómo es posible que seamos tan frágiles si hemos sido hechos perfectos? Y, allí es donde se imponen los límites de nuestra naturaleza humana que nos impiden una comprensión trascendente. Para nuestra mente es inalcanzable que la fragilidad que nos hizo víctimas sea precisamente el argumento invencible de nuestra perfección. Demos un primer argumento, sólo como primer anticipo y como provocación para que en nuestras reflexiones exploremos la Bondad Ineluctable de un Dios tan Grande y tan Omnipotente que envió a su Hijo a nacer en un pesebre en un oscuro y olvidado rincón del planeta, en Belén, de dónde –ya lo sabemos- se prejuzgaba que nada bueno podía provenir de allí. El abrebocas que queremos insinuar consiste en que esa fragilidad que parece imperfección, es precisamente el requisito inevitable para llegar al Amor, al amor Ágape, a ser capaces de Misericordia; o sea, para poder alcanzar la perfección del Amor a la manera Divina, para podernos cristificar requeríamos podernos abajar a la manera del Perfecto-Adán; se requiere kénosis para hacernos parte del Cuerpo Místico de Cristo, y eso es imposible si nuestro corazón es pétreo, la única manera de lograr un corazón blando y dulce, manso y tierno era precisamente lo que nos parece tan negativo y débil: la fragilidad. Ya San Pablo nos enseñaba que: “Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2Co 12,9b-10).

Miremos la instrucción que nos prodiga el Salmo de este Domingo para ascender esta Senda (se trata de un salmo de subida, o sea para entonar mientras se subían las etapas desde al punto de partida, hasta la llegada a Jerusalén y hasta el momento de abandonar nuevamente Jerusalén hacía el lugar de partida; pero esta “subida” no es sólo la peregrinación al templo, es también y se relaciona con la ruta ascética que es la Senda del Señor, la línea recta hacia el perfeccionamiento cristificador):
a)    Señor, mi corazón no es  ambicioso,
b)    ni mis ojos altaneros
c)    no pretendo grandezas que superan mi capacidad
d)    acallo y modero mis  deseos, como un niño en brazos de su  madre Sal 130, 1

La Segunda Lectura, tomada de Tesalonicenses, señala otras pautas kenóticas:
a)    portarnos con delicadeza como una madre que cuida con cariño de sus hijos (nuevamente, como en el salmo, se presenta esta idea de ser tan “infantiles” como bebés en brazos maternos)
b)    tener a nuestros prójimos en tanto que no sólo se lleve el anuncio de una  doctrina sino que queremos entregar nuestro ser integro; y eso, movidos por amor, no por ningún otro interés
c)    y, último, pero no menos, evitar serle gravoso a alguien

Este decurso de la perfección-imperfeta, que sólo es aparencialmente imperfeta, nos suena paradojal. Y, sin embargo, la instrucción que nos trae Jesús para este Domingo toca su cúspide en el Santo Evangelio, con esa frase digna de ser gravada, con letras de oro, en el núcleo mismo de nuestro corazón: ὁ δὲ μείζων ὑμῶν ἔσται ὑμῶν διάκονος. El primero entre vosotros será vuestro servidor. Aquí ya se nos dice cuál es la categoría cumbre en la escala relacional: ser “diacono” que queda exactamente traducido como “sirviente”.

Lo mejor, la cumbre de la escala de valores en materia relacional no es la gerencia, ni la presidencia, ni mucho menos la jefatura; el primero y el mayor es el sirviente. Y ¿cuáles son las virtudes que adornan al sirviente?

a)    Ante todo, no es un tema de palabras, sino de hechos, hemos de juzgar por los hechos, no por los discursos; hemos de predicar sólo como último recurso, con palabras, y siempre que podamos con hechos.
b)    El punto no está en ser escribas (o sea eruditos o exégetas), ni fariseos, que son separatistas aferrados a la letra de la ley
c)    El tema no es llevar cajitas con frases de la Sagrada Escritura, o blandir esas frases, o esgrimir estampitas de Santos, medallas y rosarios; tampoco en volver los sacramentales objetos de bisutería, alargando las “orlas del manto".
d)    No buscar los primeros puestos, y mucho menos atesorar reverencias
e)    No hacerse llamar maestro, porque no hay sino un Maestro, y ese es Jesucristo.
f)     No hacerse llamar Padre, porque el Único Padre es Dios-Padre
g)    En fin, no buscar ser enaltecido
h)    Y, el sustrato estructural de lo humano-relacional, que consiste en el reconocimiento del axioma: “Todos vosotros sois hermanos”.

El más alto rango posible es ser hermano fiel. «Contemplar al Señor es, al mismo tiempo, fascinante y tremendo: fascinante, porque Él nos atrae hacia sí y arrebata nuestro corazón hacia lo alto, llevándolo a su altura, donde experimentamos la paz, la belleza de su amor; y tremendo, porque pone de manifiesto nuestra debilidad, nuestra inadecuación, la dificultad de vencer al Maligno, que insidia nuestra vida, la espina clavada también en nuestra carne.»[1]




[1] BENEDICTO XVI. AUDIENCIA GENERAL. 13 de junio de 2012