miércoles, 31 de enero de 2024

Miércoles de la Cuarta Semana del Tiempo Ordinario

 


2S 24, 2.9-17

Cuando David encontró en Jerusalén una cohorte organizada con sus respectivas burocracias, además de un sistema de recaudo de impuestos con sus postas de recaudo estratégicamente dispuestas y con todo el equipo de funcionarios necesarios, encontró también cronistas que tenían por tarea elaborar las noticas y adecuarlas según el gobernante de turno y encontró quienes contaran su historia como se debía. Los episodios de Saúl y David se contaron entonces de una manera optimizada, y se pusieron como apéndices de esta segundo Libro de Samuel, ocupando el lugar de los capítulos 21-24 como hoy en día los leemos. Este añadido es considerablemente diferente tanto en estilo -lo formal-, como en su contenido. Por ejemplo, la hazaña de matar a Goliat, es atribuida aquí a Eljanán (2S 21, 19).

 

La estructuración es como sigue: Un paralelo del gobierno de Saúl contrapuesto al de David. Son seis textos independientes muy inteligentemente dispuestos: El primero (cap. 21, primera parte: 21, 1-14) muestra las “fallas de Saúl” y el último (cap. 24, 1-25) “las fallas de David”, y todo el daño causado por ambos y comparable en su perversidad. El capítulo 21, en su segunda parte 21, 15-22 y 23 en su segunda parte (23, 8-39), muestra al ejercito de los “bravos” de David, enfrentando muy valerosamente a los filisteos, pero a un David de fragilidades, de debilidad, de dependencia de otros; los capítulos 22, 1-51 y, 23, 1-7 en su primera parte, nos dejan ver la reflexión que hace David sobre su propia historia, es una mirada reflexiva a su autobiografía, y descubre que fue Dios quien veló por él y lo rescató siempre. Como un retoño de esta reflexión descubre el significado de la Fidelidad de Yahwé: Y, resplandece cómo un Sol de Esperanza el Mesías, la Promesa del Gobernante Perfecto.

 

Es importante que la Plegaria de Ana que abre el libro de Samuel, reverbera como el embrión que palpita en aquel Cántico, y que brota ahora como imagen teleológica en el esjatón Mesiánico de estos poemas Davídicos. 

 

Hoy concluimos nuestro cursillo sobre los Libros de Samuel. Pasaremos -a partir de mañana 1º de febrero- a hacer un nuevo cursillo -en 7 lecciones- sobre el Primer Libro de los Reyes. Sólo estudiaremos 1R 1-11, que es la parte que se ocupa de Salomón.

 

Miremos la perícopa de hoy, que quiere darnos el resumen final de la vida de David. Uno tras otro se acumularon los “pecados” de David. Cada vez más su conducta “erra el blanco” y hace precisamente aquello que ofende, que desagrada a Dios. Pero sólo, a posteriori- advierte el daño que causa su desacierto. La conversión de David es completamente superficial, le dice a Dios que reconoce su “necedad”, y luego, casi de inmediato, incurre en otra o en la misma falta. Parece que su error con Betsabé y Urías dejó -de manera permanente- averiado su sistema de navegación. De allá para acá sólo acumula desaciertos.

 

Quiere esto decir que ¿antes de aquel episodio, él siempre acertaba? Como entonces explicaríamos su alineación con los filisteos -enemigos tan principales de Israel- a quienes sirvió como mercenario, y sus hurtos con la guerrilla que implementó y lideró, acompañada de masacres, y para que los filisteos no se dieran cuenta de que aprovechándose de la amistad que la brindaron se enriqueció zaqueando a los poblados de sus compatriotas, diezmando a todo el mundo para que no sobrevivieran testigos oculares. Hasta que, por no terminar como enemigos, lo desterraron de su territorio.

 

Lo que se puede concluir es que hubo un propósito apologista por parte de la forma de historiar la vida de David, que ha venido ocultando ciertas facetas y mostrando otras, a la vez que minimizando la gravedad y las consecuencias de su realidad para mostrarnos un “ídolo”, mientras que Dios, en su Escritura, le dio al hagiógrafo todos los datos para que no quedara oculta la “verdad”.

 

El profeta Gad le plantea las tres posibilidades que Dios le da a escoger, y el escoge una peste. Estaban en el periodo de la siega del trigo y vino la peste y murieron 77.000 hombres…

 

En medio de semejante “catástrofe” tiene David una palabra, quizás la única valiosa y honorable, le dijo el ángel encargado de ir descargando el contagio: “Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre”.

 

Sal 32(31), 1b-2. 5.6.7

Este es un salmo de Acción de Gracias y la Iglesia le ha dado una aplicación Penitencial; esto se debe a que el salmo entrecruza y los entreteje, los dos ejes:

a)    Marca pautas para hacer una buena conversión

b)    Agradece que los pecados sean perdonados.

 

Su forma es la de una bienaventuranza: אַשְׁרֵ֥י [asher] “Dichoso”. «Dichoso el que es absuelto de sus culpas y le ha sido sepultado su pecado». Y todavía refuerza la bienaventuranza repitiendo: «Bienaventurado aquel a quien el Señor no tiene ya de qué acusarlo».

 

El versículo responsorial implora esa absolución: «Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado». Algo bien notorio a través de todo el Salmo es la escucha que el orante presta a la voz de su consciencia; para nosotros que hemos logrado ensordecer la consciencia hasta silenciarla y dotarla de un corazón pétreo: No hay peor desvarío que hacer pasar los pecados por acciones innocuas, es mentirse a sí mismo para condenarse a la perdición.

 

En cambio, en cierta parte del Salmo -que no se proclama hoy- dice hermosamente, como estableciendo un compromiso de Dios con el hombre que en Él confía, aquí el hagiógrafo es consciente de su error, de sus desvíos de la Ley, de haber cesado en la escucha de Dios y sus Leyes incurriendo en el pecado: «… al que confía en el Señor la Misericordia lo rodea» y esa escucha a lo que le habla dios por su consciencia, lo lleva a sentirse responsable, arrepentido y a suplicarle a Dios que lo perdone.

 

¿Qué es lo que debemos hacer? Cuando sentimos que el agua nos da al cuello el “fiel” ha de suplicar, la crecida no lo ahogará.

 

Tres regalos le hace Dios, a quien en Él confía:

1) Le da refugio,

2) le permite esquivar los peligros y

3) le hace audibles los Canticos de Liberación.

 

El pecado es la fractura de la Alianza, el penitente alcanza su restauración. Sin embargo, la historia de David nos muestra algo de suma importancia para nuestra formación moral: Dios no castiga, pero el ser humano es un excelente cultivador de “rencores”. No hay que confundir castigo con rencor. Hay al menos dos diferencias vitales, esenciales:

·         El castigo se merece

·         El rencor puede ser gratuito.

 

Hay un principio teológico esencial, “Dios no castiga”, pero el hombre puede desatar sus justas o muy injustas “torturas” porque nuestra fragilidad está herida a consecuencia del Pecado.

 

Leyendo atentamente la Escritura descubrimos que Dios está -como el bien lo ha dicho, lento a la cólera y pronto al perdón. El ser humano, en cambio, fragua sus odios por su envidia, egoísmo, celos, codicia, anhelos de dominación, de sometimiento, por su arrogancia.

 

Mc 6, 1-6

No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

 



Sus parientes lo trataban de estar “fuera de sí”, su familia más cercana, fueron a rescatarlo para ¿…someterlo a tratamiento?, ¿para recluirlo? para que, no los hiciera pasar vergüenzas; ayer no más, se burlaban de Él porque creían que confundía un muerto con alguien “durmiendo”. Hoy serán aquellos que lo conocían, desde muy pequeño, que habían compartido con Él desde su tierna infancia, los que son presa de la incredulidad. ¿Cómo puede ese “tipo” que es un simple hijo de τέκτων [tektón] “artesano” al que su papá le ha enseñado el oficio, y por tanto, Él mismo es un simple “artesano, “carpintero”, de dónde acá toda esa “sabiduría”?

 

Observemos cómo es la mente de refractaria: Ellos mismos, por sus propios ojos y demás sentidos han presenciado y les ha llegado la noticia de su “autoridad”, de su “poder”, y, sin embargo, “no lo pueden creer”. ¿Cómo puede ser que un vecino, simple y sencillo, que lo hemos visto jugar con los otros chicos, y crecer al lado de nuestros propios hijos y antes nuestros propios ojos, ¡ser el Mesías!

 

Llegamos pues al final de esta parte del Evangelio Marqueano, cerramos esta sección que se refiere -no sólo a los milagros, como la llamamos muchas veces, “sección de los milagros”, sino, sobre todo, a la reflexión en torno a le fe, donde la hay abundante, habrá descomunales milagros, donde escasea -como aquí en su propia patria- sólo un par de curaciones, y no más.

 

Jesús se admiraba hasta qué punto llegaba la incredulidad de sus paisanos. Allí donde se podría esperar la mayor fe.

 

Nos pasa también a nosotros, se está leyendo la Escritura, y pensamos que esa historieta ya le hemos oído varias veces, y preferimos hacer algo “más importante”, y, no ponemos a mirar el teléfono móvil, convencidos que allí encontraremos algo más interesante, o más gracioso.

 

O con el Sacratísimo Cuerpo, Sangre Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, ah, un pedacito de galleta allá metido entre vidrios, en cambio, aquí a mi lado- está el vecino de al lado en mi conjunto residencial, y podemos acordar que vamos a decir en la próxima Asamblea Comunal que ya pronto tendrá lugar.

 

O, en la Eucaristía, creo en Dios, con todas mis fuerzas, pero me entró una llamada de un amigo y nos vamos a poner de acuerdo para ir al partido de fútbol.

 

Nuestra fe se cotidianiza de tal manera que Dios siempre podrá esperar, al fin de cuentas, Él es Eterno. No es que nos falte fe, es que la hemos dejado en casa, y como es tan valiosa, entre la caja fuerte.

 

Se imaginan cómo estará sorprendido Jesús con nuestra indiferencia hacia Él. Todo porque somos sus “más cercanos” y con tanta proximidad se nos ha vuelto imposible verlo, reconocerlo, aceptarlo. Se puede sin exagerar mucho, que hay más respeto par el carpintero del barrio.

martes, 30 de enero de 2024

Martes de la Cuarta Semana del Tiempo Ordinario

 


2S 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31-19,3

¡Hijo mío, Absalón, hijo mío!

“En David se entremezclan el bastón y la honda, el arpa y la lanza, el cetro y las sandalias, el canto y el llanto, el triunfo y el desprecio, todo ello aceptado y asumido ante Dios”

José Luis Caravias sj.

 

¿Cómo se manifestó la violencia y la muerte como consecuencias de las faltas de David, recayendo sobre su propio linaje? David se vio abocado a la rebeldía de las tribus, la más importante encontró su expresión en Absalón que se hizo a la corona en Hebrón, la antigua capital, y quien alcanzó a reinar, por un momento, en Jerusalén.

 

Cuando iban a enfrentarlo se cuenta que David pretendía ir con ellos, pero sus capitanes le dijeron que sería gravísimo que él llegara a caer en el fragor del combate y el daño sería irreparable, peor que si caían sus capitanes. Los dejó ir y se quedó, pero antes de partir les recomendó que velaran por la vida del rebelde Absalón.

 

Ya sabemos que Absalón -quien iba cabalgando un mulo- se le enredó el cabello y en esta trabazón de cabello y ramaje encontró Absalón, agazapada, la asesina muerte.

 

Según la usanza de aquellos pueblos iba Absalón cabalgando a lomo de Mulo, como su cabellera era larga, al pasar por debajo de una encina, se quedó enredado, como lo dice explícitamente la Lectura, el mulo siguió de largo y Absalón -un muchacho guapísimo y de una cabellera especialmente abundante, según nos los informa la Biblia- quedó allí, colgado, expuesto y vulnerable. Se lo notificaron a Joab, y Joab, que era uno de los capitanes de David (el primero en entrar a Jebús -Jerusalén- cuando la iban a tomar, y el que se encargó de poner a Urías en el frente de combate para que muriera); pasándose por la faja la recomendación de David - lo traspasó con tres jabalinas- luego le enterraron lapidándolo. ¡Matado y rematado! Esto inaugura, en Israel, una tradición -usual en otros pueblos- del cainismo con el propósito de adueñarse, conservar o perpetuarse en el Trono. Leyendo de corrido la biografía de Joab, chorrea sangre, que entrapa las manos del lector bíblico. Estos “capitanes” son frecuentes en la historia y volotean, como moscas, alrededor del poderoso, son excrecencias del “poder”. Tristemente se adhiere el pecado al poder por estas ramas que atrapan por el cabello a sus víctimas.

 

¡Un cusita y Ahimaas (el hijo del Sacerdote Zadoc), salieron en volandas -como el atleta de Maratón- a llevar el mensaje a David!  Esperaban que David se alegrara, pero todo el tiempo aguarda por buenas noticias y cuando sabe la realidad del final de su hijo, despedazado por la luctuosa reseña se echa a llorar. Decía que preferiría haber muerto él, que no su hijo.

 

En el capítulo 20, (que no está en nuestro programa de estudios), hay otra rebelión importante: se trata de Seba, de la línea benjaminita, su slogan rezaba así: “No tenemos nada que ver con David, ni repartimos herencia con el hijo de Jesé. ¡Cada uno a sus tiendas Israel! Lo que reaparecerá con vigor en el Capítulo 10 del Segundo Libro de las Crónicas. Cuando Roboam llegue al Trono.

 

Sal 86(85), 1b-2. 3-4. 5-6

Este es un Salmo de súplica. Salmo del que se sabe pecador y busca el amparo del Misericordioso.

 

Pero también, como opinan muchos, es también un himno que alaba al Señor y clama por la Fidelidad de Dios.

 

El que alaba es un Fiel, pero es también un desamparado, un marginal, un pobre infeliz. Quien es víctima de otros que se ocupan de oprimirlo. La solicitud que le eleva al Cielo es que lo saque de esa opresión, que lo libere. Si llega esta liberación el corazón del fiel se alegrará. Por eso él ora. ¿Qué se entiende en este caso por “oración”: ¡Elevar el Alma!

 

La fidelidad del orante se manifiesta en reconocer a Dios en su Bondad, en su Clemencia, en su Escucha, en la atención que prodiga al suplicante. Al oferente de la oración: el que ofrece la plegaria orante.

 

En el versículo responsorial hay un antropomorfismo: se compara a Dios con un ser humano, que tiene que dirigir sus orejas hacia el foco originario de la voz que le habla, para alcanzar a oír lo qué le dice.

 

Mc 5, 21-43



Jesús abandona la región “pagana” de la Decápolis y regresa a territorio judío, quedándose en la zona aledaña al lago.

 

Esta perícopa está narrada como un sándwich -que técnicamente llamamos en literatura una “inclusión”- el pan, luego la lonja de carne y queso, para cerrar con la otra taja de pan:

 

1º Llega Jairo, cabeza de la comunidad sinagogal, a rogarle que vaya a imponerle las manos para que alcance la salud. Así que Jesús se fue con Jairo, curiosamente este es un nombre de origen griego (significa “alegría”, “gozo”, “al que Dios ilumina”) este cargo de “jefatura sinagogal” no implicaba poder, era una especie de acolito mayor, con funciones de “maestro de ceremonia” con ninguna responsabilidad administrativa.

 

2º Hace su aparición la “hemorroisa” que llevaba, ya, doce años con ese problema sin que los médicos le “dieran con el chiste” y había gastado en esos tratamientos toda su “fortuna”, consiguiendo, tan solo, empeorar.  

 

Se le acercó por detrás, para que nadie se diera cuenta y lo tocó -recordemos que aquello implicaba quedar “impuro”. Y ella logró instantáneamente el prodigio.

 

Lo curioso es que el poder sanador que emana Jesús no sale sin que Él lo note. Y pregunta quien obtuvo “a la chita callando” un milagro. Jesús deshace todas aquellas patrañas de “impureza” la tranquiliza y le muestra la gratuidad del favor recibido: Ella no le ha robado nada, Él solo quería mostrar que no se apegaba a todas eso mitos de “impureza”, establecidos sólo para mantener apresado el poder y favor de Dios que no rechaza a quienes lo necesitan, sino que se les hace el Encontradizo, y llega allí donde Lo están buscando, donde claman por Él.

 

3º.   Ya es demasiado tarde, la hija de Jairo ha muerto, se demoraron mucho en llegar. Jesús le dice a Jairo que derrote el temor -ese temor que es dolor cuando la muerte grita su campeonato- y lo derrote con un poder dado por Dios al ser humano: le Fe.

 

Para Jesús, la muerte no es sino un sueño, un dormir que puede ser despertado con el despertador adecuado: El poder de Dios.

 

Una de las frecuentes reacciones del incrédulo es la burla. En estos últimos días encontrábamos que muchos querían neutralizarlo, impedir que actuara con su Ilimitado Poder, tratándolo de loco. Al loco y al que nos hace reír -el payaso- se le ignora, se le desautoriza, se le arrincona con el desprecio de la risa.

 

Sólo a sus discípulos más cercanos, los más formados, los más fiables que pueden testimoniar este “milagro”, Una Resurrección, toma por compañía a Pedro, Santiago y Juan a quienes se sumaron los más directos interesados: su papá y su mamá, ellos cinco vieron y oyeron que le dijo en arameo: “Talitha qumi”. Y, de inmediato, despertó y se levantó. Era una jovencita de sólo 12 años.

 

Sólo hay que hacer dos cosas más, a saber:

a)    Guardar el secreto Mesiánico

b)    Darle de comer a la niña, porque no era un fantasma, ni una aparición, era un ser vivo que necesita comer. La inapetencia es signo de que la muerte va ganando, y lo contrario, también es cierto, si comía era porque no sólo estaba un poco viva, sino que, en realidad estaba ¡recontra-viva!

 

Marcos nos muestra que este relato en forma de inclusión tiene por columna vertebral la fe. Nos está enseñando que el poder humano que hace eficaz el poder Divino es la Fe. Lo primero que se roba la muerte es la Fe.

lunes, 29 de enero de 2024

Lunes de la Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


 

2S 15, 13-14. 30; 16, 5-13a

La profecía-parábola de Natán marca el principio de la decadencia davídica, desde ese momento encontramos un David apesadumbrado, que cae en una pasividad apática, su retrato se vuelve trágico. Betsabé le dio a David cuatro hijos, entre ellos Absalón, que se convertiría en el azote de su propio padre. Eso es lo que nos trae la perícopa de hoy. En este personaje se aplica el proverbio popular “no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”.

 

Por la pretensión de Absalón de obtener la sucesión al trono -este será el tema de los primeros dos versículos de esta perícopa de hoy, tomados del capítulo 15-, a David le tocó huir de Jerusalén, atemorizado que su hijo lo atacara y perecieran todos los seguidores de David y él mismo.

 

Interceptó su paso este personaje que representaba el pasado de David y el reinado de Saúl, que es el protagonista de nuestra perícopa es el benjaminita, שִׁמְעִ֖י [Semei] “Yahwe escucha”; de la casa de Saúl, que lo oímos llamar a David usurpador y acusarlo del magnicidio de su antecesor, maldiciéndolo (lo llama Belial, nombre de un demonio, algunos traducen este nombre como “el de las ganancias mal-habidas”) y apedreándolo, que sólo se libraba porque iba escoltado y protegido -al lado y lado- por su escolta militar. Y le decía, además, que la sangre de Saúl estaba siendo vengada por mano de Absalón y que así, David estaba aprisionado en las consecuencias de la manera como llegó al Trono. Lo bautiza “sanguinario”.

 

Uno de los corifeos de David (Abisai, pide permiso para castigar con la muerte a Semei, a quien llama “perro muerto” una de las peores ofensas en este idioma y en este cuadro cultural, pero David no dejó que lo tocaran porque entendía que la voz de Semei era alguna orden que el propio Dios le había encomendado pronunciar. Decía David que no era de extrañar que uno de la tribu de Benjamín lo increpara sí su propio hijo iba buscando quitarle la vida. Le quedaba la esperanza que Dios viéndolo humillado se compadeciera y cambiara su racha de declive.

 

Vamos a añadir algo del desenlace de Semei que, si lo ignoramos, no podremos apreciar realmente quién era David, es importante conocerlo porque Dios quiso informarlo y lo hizo consignar en las Escrituras: Anotaremos que Semei, luego le salió al encuentro y le pidió perdón. Sin embargo, cuando David llegaba ya a su hora de bajar al Sheol, comisionó a Salomón que le cobrara la afrenta. Salomón lo hizo construir una casa para que la tuviera como casa-por-cárcel, con la sentencia adjunta de que en caso de abandonar la casa se le cobraría con pena de muerte, lo hizo jurar que no saldría de ella. Esto ocurrió tres años después, cuando se le escaparon unos sirvientes y al ir a buscarlos, le aplicaron la cláusula mortal por manos de Benayas. (1R 2, 36-46) Se lee allí que esto consolidó el reinado de Salomón.

 

Sal 3, 2-3. 4-5. 6-8a

Este es un salmo oracular. Se dice que fue compuesto por David cuando huía de אַבְשָׁלֽוֹם Absalón se traduciría “padre de paz”.

 

Es un salmo para tiempos de angustia, cuando lo hombres no persiguen y nos apesadumbran con sus ataques. En esos trances cunado uno piensa “Dios ya no me protege”. Pero a pesar del oscuro panorama, la confianza no declina, porque la tenemos puesta en el Señor. Aun cuando ejércitos acampen en nuestra contra.

En el versículo responsorial le rogamos que despierte, se incorpore y nos muestre su Salvación.

 

Todos los días de la vida nos desafían, no sabemos los riesgos que nos emboscaran a nuestro paso, y, sin embargo, todos los días nos levantamos atenidos a la Protección Divina y nos dormimos al cobijo de su Fidelidad amorosa. Nunca sabemos a cabalidad que sobrevendrá, pero contamos siempre son Él, porque no reniega de sus hijos a pesar de serle infieles.

 

Aun cuando los enemigos sean incontables, Él no deja de ser nuestro Escudo y nuestro clamor le llega a su Morada en el Monte Santo: En Sion.

 

El levanta nuestra cabeza para que no vivamos como en derrota, sino conscientes que la Victoria es del Señor.

 

Mc 5, 1-20



Jesús ha dejado la orilla donde el judaísmo predomina y va a “la otra orilla”, a otra periferia existencial, la del paganismo. Llega a la Decápolis. Ellos viven como en un cementerio, porque viven entre dioses muertos y no tiene consigo al Rey-y-Señor de la Vida. Se ratifica que está entre los paganos gerasenos (Gerasa era una ciudad rica), porque de otra manera no criarían cerdos, que para los judíos es el animal “impuro” por definición, vive en el lodazal y le gusta revolcarse en él. Parece que los demonios están a sus anchas entre los paganos, (¿los romanos?) seguramente porque allí nada lo detiene y ni las cadenas los pueden contener. Este poseído era como un jabalí salvaje, que nada detenía, ni siquiera los grilletes. Además de su conducta autodestructiva, se hería contra las piedras.

 

Lo curiosos es que su fiero comportamiento es inmediatamente reducido ante Jesús, frente al cual se postra.

 

Estos paganos no eran ni uno ni dos, los demonios se difunden en su ambiente y se multiplican como una legión. Una legión era de soldados -entre 4000 y 6000- de la infantería y unos pocos de la caballería. Dice que se llama legión porque son “muchos”, ese es uno de los matices del paganismo, sus idolatrías no se deben a que tengan razón, tampoco a que sea lo que ellos dicen lo más acertado, el daño que pueden hacer lo hacen refugiados en el argumento de que son mayoría, de que son la abrumadora ¡masa! Lo alienante de su ideología es que son una gran cantidad, sus ideas se imponen por su número, no por su fuerza interna, no por su verdad. Y, repetimos, estaban muy cómodos allí, y uno de los motivos de odio contra Jesús era que temían ser expulsados de allí por Él. Así que ahora, cuando Jesús hace su aparición en su territorio, “le ruegan”, (vaya manera de rogarle, seguro con amenazas, con infiltrados en sus filas para ver que decía que pudieran usar contra él, con -eso sí- la malsana curiosidad de verlo).

 

Nunca lograron liberarse de su paganismo, al contrario, quisieron refugiarse en los “cerdos”, que con su “bestialidad” se despeñaron acantilado abajo, donde se ahogaron en sus miasmas (tal como pasó con los paganos egipcios que perseguían a los Israelitas que iban en Éxodo). Los endemoniados siempre se sumergen y se ahogan en sus hedores.

 

Hubo quienes se liberaron, esos desconcertaban a los otros, no salían de su asombro viéndolos tranquilos, socializados, restituidos a la comunidad, vestidos, en sano juicio.

 

Una alternativa que parece lógica es la de llevarse a los que sanaba, con Él. Habérselo llevado consigo habría sido una inutilidad, como preparar una deliciosa torta para dejarla decorando la mesa. Pero Jesús era consciente de cuánto bien podían hacer, brindando su testimonio de conversión y demostrándoles que se podía sanar, que había liberación, que su esclavitud demoniaca se podía dejar atrás para empezar una vida nueva. Así que lo envía a misionar entre los suyos. Su misión era mostrar el Rostro Misericordioso de Dios, tarea que él cumplió, por toda la tierra pagana, que aquí está simbolizada por la Decápolis. 

domingo, 28 de enero de 2024

NO DIVIDIDO SINO UNIFICADO

 


Dt 18,15-20; Sal 94, 1.2.6-7.8-9; 1Cor 7,32-35; Mc 1,21-28

 

La obediencia no debe sacrificar o cercenar otros valores legítimos coherentes con él. Si la obediencia es verdaderamente un valor supone que no va a violar la libertad, la responsabilidad y la iniciativa.

Segundo Galilea.

 

A veces hacemos de la obediencia un ídolo, pero sólo para servirle al Malo en su campaña de alienación. A veces ensalzamos la humillación como parte de un proceso de ascesis, pero sólo porque así podemos someter al hermano a la dominación. ¿A cuál dominación? A la de nuestro amado dogmatismo, la dominación de nuestra propia hegemonía. Mucho hablamos del cristo-centrismo cuando el trabajo de zapa es en aras del egocentrismo. Es un rotulo mal pegado sobre el otro, para disimular.


 

La propuesta del reino no se basa en la obediencia por la obediencia sino en la obediencia a la voluntad de Dios. Y no hay que pasar la carta del egoísmo por debajo de la mesa.  Cuando hablamos de la dignificación del hombre consiste en abarcar todas las dimensiones, no se puede dignificar la parte si no se dignifica el todo, porque el hombre no es a pedazos, no es -como proponían los platónicos, una dualidad de cuerpo y alma- la lucha de Jesús es contra todo poder alienante.

 

Basta recordar que Jesús luchaba contra los 600 o más mandamientos farisaicos porque eso era fraccionar al hombre en tantas piezas como facetas multiplicaba la Ley.  El Diablo siempre engaña dividiendo, al dividir parece que multiplicara, y sí, multiplica los pedazos: Nos multi-fracciona. De ahí dimana su poder opresivo, de rompernos un cien mil partes. Jesús -por el contrario- unifica, para Él hay un solo Mandamiento, el del Amor. El Amor nos hace uno, el amor es clave para la sinodalidad. Quien ama está muy cerca de ser hermano de todos sus hermanos

 

Según nos informa Moisés en la Primera Lectura, Dios suscitará un profeta. O sea que, la autoridad del profeta proviene de Dios, es Él mismo Quien lo elige, Quien lo instruye, Quien pone las palabras en su boca, Quien impide la tergiversación, de tal manera que el profeta no puede pronunciar en Nombre del Señor nada que Él no le haya mandado. El profeta no se elige a sí mismo ni es elegido por el pueblo. La cadena potestativa va de Dios al profeta y del profeta al pueblo. El pueblo está subordinado a la voz del profeta porque el profeta le está totalmente subordinado a Él. Es Dios quien reviste de autoridad al profeta. Dios que es origen y fuente de toda autoridad, dota de autoridad a su profeta: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi Nombre, yo le pediré cuentas.” (Dt 18, 19).

 


El que viene en Nombre del Señor es llamado. Al llamado hay que escucharle. La escucha implica obediencia; esa obediencia está mandada por Dios, ha sido Dios Quien lo ha investido de la autoridad. Por lo tanto, hay una tensión-dinámica entre autoridad y obediencia. El subordinado se debe a la autoridad porque es Dios quien le participa su potestad. Y aquel que ha sido llamado a detentar la autoridad debe ser dócil, aún más, debe decir y obrar en total conformidad con lo que le comunique Quien lo ha dotado de ese ascendiente. Ascendiente que es mando y soberanía. El profeta para cumplir su misión y acceder a la docilidad requerida para el llamado, tendrá que alcanzar una clase de “equilibrio” que llamaremos madurez. La madurez articula libertad y obediencia.

 


No se escapa al Saber Divino que existirán los desobedientes y por eso señala anticipadamente el castigo para ellos. El Señor sabe que habrá quienes no acaten la autoridad. El Salmo 94 precisamente toca el tema de Masá y Meribá, que simbolizan la geografía espiritual de la desconfianza y la altanería frente a Dios. Oremos el Salmo con Carlos Vallés diciendo: «Hazme dócil. Señor. Hazme entender, hazme aceptar, hazme creer. Hazme ver que la manera de llegar a tu descanso es confiar en Ti, fiarme en todo de Ti, poner mi vida entera en Tus Manos con despreocupación y alegría. Entonces podré vivir sin ansiedad y morir tranquilo en tus brazos para entrar en tu paz para siempre.»[1]

 


Nos sorprende que Marcos, en su Evangelio, nos dice que Jesús enseñaba, pero no dice qué enseñanzas daba. Por ejemplo, en este Domingo IV Ordinario del ciclo B, nos dice que “enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”, y pasa directamente a narrar el milagro de la expulsión del espíritu inmundo. Tendríamos que entender que su enseñanza no era una cátedra doctrinal de preceptos, no era una enseñanza de tipo discursivo sino que debemos captar la enseñanza en la actuación milagrosa, en las acciones de Jesús. «Cuál es la acción del espíritu malo…Poseer al hombre y hablar a través de él. Es decir: no dejarlo actuar libremente; lo toma por entero, haciendo que no piense ni actúe por sí mismo… el espíritu malo aliena al hombre al no permitirle que sea libre y consciente de sus actos.»[2] ¿Qué es lo que vemos hacer a Jesús? ¿Cuál es la acción de Jesús? Lo vemos hacer uso de su autoridad. Al espíritu inmundo no le cabe más que obedecer y salir de su víctima. El endemoniado ha sido liberado. La Autoridad máxima lo ha exorcizado. Autoridad tiene por raíz augere que significa hacer crecer, fomentar, hacer progresar, promover. Liberar, es ejercicio de autoridad, «la práctica concreta de liberación, hace que el hombre adquiera conciencia y libertad de hablar por sí mismo»[3].

 


En el verso 27 se confirma que esa es la enseñanza, que esa es la doctrina que Jesús enseña: Que Jesús tiene la autoridad suficiente para gobernar los espíritus inmundos y a estos les toca respetarlo y obedecerle. El Evangelio de San Marcos en este punto (Cap. 1, v. 27b) nos hace caer en la cuenta que esta es una Nueva Doctrina, (una Buena Nueva) la de un Hombre que Dios ha revestido de autoridad para dominar “hasta a los espíritus inmundos”. La enseñanza está en percibir al hombre de una manera distinta, amado por Dios, de Quien recibe autoridad, Quien lo dota de facultades y potestades para que el otro se libere, para que podamos ayudar, para que el otro crezca (y también uno mismo).

 


La Segunda Lectura toca el tema de la autoridad y la obediencia respecto de los consagrados -puestos aparte para poder vivir constantemente y sin distracciones (de forma digna y asidua) en presencia del Señor 1Cor 7, 35b- y se refiere –indirectamente- al celibato puesto que, quien está casado está dividido entre su dedicación al servicio del Señor y las atenciones y cuidados a su cónyuge.

 


«La persona madura, libre, conoce sus posibilidades y sus  límites. Es realista consigo misma, vive en la verdad, sabe qué puede hacer y qué no puede hacer… Es signo de madurez y libertad, igualmente, la capacidad de renunciar a valores incompatibles con la vocación personal. Estamos renunciando permanentemente a valores incompatibles. Uno se comprometió, por ejemplo, al celibato en un momento de su vida. Pero esto implica renunciar al matrimonio, que es un valor. Hacer esto lucidamente, consciente, sin volver atrás, es un signo de madurez y libertad. El inmaduro, en cambio, quiere tener todos los valores al mismo tiempo.»[4] Tiene un pie en una barca, y el otro, en otra. ¡Está dividido! ¿Quién lo dividió?


 

Podemos derivar de estas Lecturas de este Domingo una hermenéutica valiosa, la que responde a la pregunta ¿Cómo identificar la autoridad que Dios ha instituido? Porque es autoridad positiva, hace que te asumas con total responsabilidad en todas tus acciones, te impulsa, te hace crecer, es como el viento que sopla en tu velamen, hace que tu barca avance. Te acerca a Dios, promueve las semillas del Reino que germinan en ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Vallés. Carlos sj. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS Ed. Sal Terrae Santander-España 1989 p. 183

[2] Balancin, Euclides M. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE MARCOS ¿QUIÉN ES JESÚS? Ed. San Pablo Bogotá-Colombia. 2002. p. 32

[3] Ibíd. p. 33.

[4] Galilea, Segundo. EL SEGUIMIENTO DE CRISTO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 99

 

sábado, 27 de enero de 2024

Sábado de la Tercera Semana del Tiempo Ordinario

 


2S 12, 1-7a. 10-17

Es increíble cómo podemos silenciar a Dios y amordazarlo. Dios nos habla siempre, con la que llamamos “la voz de la consciencia”, y nosotros nos hacemos “los de la oreja mocha”, la consciencia nos señala: “estuvo mal lo que hiciste” y nosotros, nos afanamos en introducir algún distractor para echarle tierra al asunto; o, improvisamos algún pretexto, por ejemplo, David pudo haberle replicado a la Voz de su Consciencia: “Guerra es guerra, Urías murió en cumplimiento de su deber, para eso lo teníamos, para que luchara por defender a tu pueblo elegido. Un muerto más un muerto menos, no le hace” O quizás desde su perspectiva le pareció buen pretexto decir: “Un derecho que asiste al rey es tomar todas y cuantas mujeres le quepan en el pico. Simplemente hice uso de mis atribuciones reales”.

 

Si David se hacía el loco a la “Voz de la consciencia”, Dios le conectó un parlante atronador, para que no escapara a Su Reclamo: El parlante era marca “Profeta”: Dios envió a Natán.

 

Tan pronto Betsabé tuvo el bebé, el profeta Natán viene y confronta a David por haber sobrepuesto su egoísmo al respeto de la grey que Dios le había asignado para su pastoreo. Ya hemos señalado que no era un asunto entre David y Betsabé (este nombre significa para los hititas, “hija de la abundancia”, se suele visualizar que las hijas de los ricos son caprichosas, volubles, inconstantes y antojadizas… ¿habrá algo de cierto? …), entró en el círculo del daño -lógicamente Urías-, quizás él no bajó a su casa y no visitó el lecho conyugal porque alguien le informó por dónde iba el agua al molino, esos chismes corren como reguero de pólvora, así que la patraña ensanchaba su campo de acción, ¡qué pésimo ejemplo para todo el pueblo que se percatara de la conducta de su tan “honorable” gobernante! ¿hemos visto como la deshonestidad de los gobernantes cunde en la deshonestidad de los gobernados? Es esto lo que denominamos “carácter pandémico del pecado”.

 

Natán le cuenta una parábola. Ya hemos visto que las parábolas, entre otras propiedades que tiene está la de hacer que uno se reconozca en ellas. Que uno, más fácilmente caiga en la cuenta que el tema se aplica a uno mismo, la parábola nos abre a la auto-implicación. Quizás esto sucede así porque cuando uno oye la denuncia como referida a otro malhechor el atropello se vuelve más evidente, y la injusticia se hace tan incontestable como el reguero de sangre que debió quedar en el lugar de muerte de Urías. David se escandalizó por el delito del personaje de la parábola, y Natán, ahí si le manifestó que ese malandrín no era otro que el rey-David.

 

El profeta, -hablando proféticamente- le anuncia su castigo: la violencia y la muerte se abatirían sobre su familia, tres de sus hijos, Amnón -el primogénito, Absalón y Adonías caerían víctimas de muertes trágicas. El recién nacido moriría indefectiblemente. Las mujeres de David le pagarían con la moneda de la infidelidad conyugal, como lo había hecho Betsabé con Urías. Y esto se haría de público conocimiento.

 

Inicia entonces una secuencia penitencial por parte de David que el profeta había constreñido a reconocerse culpable: Ayunaba y dormía en el suelo, aun cuando los ancianos cortesanos procuraban arrancarlo del suelo y hacerlo comer.

 

¡Todo cuanto ayunara no desharía el entuerto cometido! ¡Urías seguiría clamando Justicia al Cielo!

 

Sal 51(50), 12-13. 14-15. 16-17

Continuamos con el salmo que vimos ayer, es una súplica. Y podríamos -si lo miramos en su totalidad- una obra en cuatro movimientos:

      I.        Pasado

    II.        Presente que confía en el perdón

   III.        Capacidad para re-crear, para re-construir

  IV.        Futuro

 

Una vez David ha reconocido su culpa ve el origen de sus faltas en su pasado, en el hecho de haberlo modelado de materia deleznable, ¿qué más habría podido salir de él? Hoy, la perícopa se refiere a los movimientos tres y cuatro.

 

Empieza con el verbo בָּרָא [bará] “crear”, pero también puede significar, “elegir”, “escoger”, y también “modelar recortando pedazos”, “esculpir retirando, a golpe de cincel, lo indeseable”. Solemos decir al trabajar este verbo que es una palabra restringida a Dios que es el Único que crea.

 

Esta re-creación se pide que sea hecho insuflándole un וְר֥וּחַ נָ֝כֹ֗ון “espíritu puro”, es como pedirle a Dios que le retira todo lo imperfecto y negativo que tiene y que lo conduce a obrar el mal; pero esto entraña que, el penitente confíe, acepte que el Poder Divino alcanza para llegar a perdonar el grave desvío que se ha cometido: “la trasgresión”.

 

También implica que haya algún afecto, una compasión suficiente que mueva a Dios a otorgarle ese favor.

 

Al enfocar el futuro que prevé David, después de la renovación que Dios le regale, vendrá una misión de gratitud que aloja dos acciones: enseñar y cantar. Enseñarle a los que andan equivocados, como él lo estuvo, la senda correcta, lo que de verdad se debe hacer; y reconocer que Dios, es Más-que-Justo, Alabarlo porque Él es el Justo, aludiendo a su צְדָקָה [tsedakah] “Justicia”.

 

Todo esto pasará si Dios le concede ese milagro de re-creación. Por eso el versículo responsorial reitera: Oh Dios, crea en mi un corazón puro”, retomando la idea de la primera parte de la perícopa de hoy.

 

Mc 4, 35-41



¿Qué es mejor? ¿Ser anunciadores de calamidades o visualizadores del Reino cumplido?

 

Del bloque de las “controversias”, pasamos al bloque de las parábolas, y de este, vamos ahora sobre un bloque de milagros, tenemos aquí una agrupación de cuatro milagros. El de hoy es el de la Tormenta Calmada.

 

Esta parte del evangelio marqueano, continúa tratando de definir la identidad de Jesús: ¿Quién es este hombre tan especial que hasta las fuerzas naturales y los elementos se le doblegan?

 

En el Antiguo Testamento ya estaba esta definición de Dios como el que gobierna la naturaleza, y en particular, el mar le obedece. El mar simboliza el poder diabólico.

 

Se disponen a pasar al otro lado, van con el Nuevo Moisés que los abandera para pasar el Mar Rojo. Pasar al otro lado es “crear al Pueblo de Nuevo”, hacerlo otro, por fin idéntico a sí mismo. Esto es lo que está haciendo Jesús: cumpliéndole a David lo que le pidió: “Crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Queremos cuanto antes llegar al desenlace, queremos saltaros los esfuerzos, las vicisitudes, las tormentas, no tener que poner en juego la firmeza de nuestra fe.

 

Sobre el mar revuelto y el viento desobediente y anárquico, se mueve la Barca-Iglesia. Nos habla de “otras barcas que lo acompañaban” porque la iglesia está subdividida en “comunidades” parroquiales, arciprestales, diocesanas, arquidiocesanas, una verdadera comunidad de comunidades.

 

En medio de esta situación tan apurada ¿Qué está haciendo Jesús? Esa es la pregunta regular, continua que nos hacemos, sobre todo cuando el oleaje se encrespa: ¿Maestro, no te importa que perezcamos?

 

¡Mientras Jesús está dormido!

 

Observemos detalladamente la secuencia:

a)    Se puso en pie

b)    Increpó el viento y lo silenció

c)    Les preguntó por qué sucumbían reaccionando con temor.

d)    Los confronta respecto a su fe.

 

Ante la tempestad no tenemos que desesperarnos sino preguntarnos: ¿tenemos fe? ¿de verdad, en serio? Y, ¿qué tanta? La fe consiste en ver la Presencia de Jesús, reconocer su Poder, verlo actuar en la historia que trascurre -no en el pasado- sino en el hoy por hoy, ver que el Reino actúa, y descubrir en el suelo desnudo la cosecha que germina bajo la superficie y ser capaces de visualizar el campo totalmente cubierto por la cosecha. ¿Es que vamos solos? ¿Estamos abandonados? ¿Será nuestra fe la que está dormida?