sábado, 29 de febrero de 2020

HACER LA VOLUNTAD DEL PADRE



Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11

El cristiano no se arrastra bajo el peso de la ley; corre libremente impulsado por el amor.
Florentino Ulibarri

La libertad es gozo y tormento al mismo tiempo. A cada rato tengo que escoger…entre el polvo de las estrellas y el lodo de la tierra.
Averardo Dini

La Cuaresma no es el momento de derramar moralismos inútiles sobre la gente, sino de reconocer que nuestras miserables cenizas son amadas por Dios
Papa Francisco

Entramos en Cuaresma, se trata de abordar la ruta de la Conversión, o sea, se trata de corregir el derrotero y optar por el seguimiento fiel, por el discipulado aceptado con obediencia, con la docilidad del hijo que escucha el pedido que le hace el Padre.  Es muy frecuente que nos reclamemos cristianos católicos hasta llegar a esta frontera: el desierto. Estamos afirmando que hay un cristianismo cómodo, que asume la fe como un talismán, simplemente como una defensa “mágica” contra todo aquello que nos pudiera “des-confortar”. ¡Sí! Así es, como reza el adagio popular, “unas son de cal, otras son de arena”, para indicar que nunca se podrá aislar la existencia aspirando a que todo en ella sea “color de rosa”; que no nos pase desapercibido que también está el “desierto” con sus tintes ora arenosos, ora rojo oxidado, ora terroso-resecos; y en él encontraremos un Masá, un Meribá, y allí, está la “tentación”, el “retar a Dios”: La Cuaresma nos lleva –es el Espíritu quien nos conduce hasta allí- para que revisemos en el fondo de nuestro corazón dónde están las fuerzas, el empuje, la fortaleza que nos permita acoger, con la dulzura de María, el pedido que nos va presentando Dios, y que va mudando, a cada paso de la vida, según su Santa Voluntad, según lo requiera la Economía Salvífica. 

El Árbol de la Vida
Disyuntiva, dilema, alternativa, dualidad, opción, elección, todas estas palabras nos ponen en contacto con una misma realidad humana, tan humana que no estamos exentos de afrontarla y que no podemos evadir. No hace mucho que leíamos (VI Domingo Ordinario, ciclo A) en el Libro del Sirácida 15, 15-20, (16 de febrero),  como Dios nos pone frente  “el agua y el fuego” y un versículo anterior afirma que Dios, en el principio, cuando creó al hombre, lo hizo sujeto a su propio albedrío, que le dio libertad de tomar sus decisiones, (cfr. Sir 15, 14). Inclusive, cuando pretendemos no decidir, no elegir, estamos eligiendo “no elegir”, “no optar” esa también es una decisión, y la tomamos nosotros muchas veces por nuestra falta de firmeza para optar o por la negligencia de esforzarnos en dilucidar por qué lado debemos irnos, esta pereza es a veces la pereza de informarnos, de ilustrar nuestra conciencia para saber decidir.


Es en el juego de las opciones donde el ser humano se juega todo. «Las cenizas recuerdan dos caminos: el camino de nuestra existencia, del polvo a la vida. Y el camino opuesto, que va de la vida al polvo»[1] El hecho de tener libertad para decidir y no decidir simplemente por pulsiones, por instinto, está a la raíz de nuestra definición como humanos, hace de nosotros seres éticos, con responsabilidad; responsabilidad por nuestros actos, pero también por nuestras omisiones, responsabilidad por nuestro propio ser y por nuestras relaciones interpersonales. Responsabilidad social y responsabilidad ecológica. Responsabilidad ante nosotros mismos, ante nuestra comunidad de “prójimos” y responsabilidad ante Dios, aun cuando pretendamos ignorarlo, aun cuando lo negamos. «El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: animal dotado de razón, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha sometido todo» (Tertuliano, Adversus Marcionem, 2, 4, 5). Así vamos avanzando por el camino de nuestra existencia: decidiendo.


Al avanzar por el camino de la vida, a cada paso encontramos alguna bifurcación, ¿cómo decidimos por cuál tomar? ¿Acaso tomamos la decisión a la “loca” o a la “ciega”? No, si ese fuera el caso no seríamos verdaderamente libres, seríamos absolutamente esclavos de nuestra ignorancia y esclavos de las consecuencias de nuestras acciones. Al contrario, Dios nos creó y acto seguido –al ponernos en un contexto, porque dice el relato bíblico que nos creó afuera y luego nos puso en el huerto del Edén que Él había plantado con toda clase de árboles hermosos y apetecibles (cfr. Gn 2, 8-9)- nos señaló lo que podíamos hacer y nos llevaba al bien, nos daba vida y también nos prohibió aquello que nos dañaba, que nos mataba. Este “mapa” para saber en cada bifurcación del camino por donde nos conviene optar estaba condensado en la regla maestra: “Sólo del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios ‘no coman de él, ni lo toquen siquiera, bajo pena de muerte” (Gn 3, 3). O sea que desde el primer momento nos faculto para saber discernir y así poder tomar opciones a ciencia y conciencia. Momento oportuno para visitar el catecismo de la Iglesia Católica y leer el numeral 1950: «La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas».

Ejercitarnos optando y optando bien nos fortalece, nos hace más sólidos, nos acrisola. De la misma manera que optar por la senda alternativa nos debilita, nos hace cada vez mejoras víctimas del error; como cuando decimos que una mentira lleva a otra mentira, así cada desviación, no sólo la mentira sino todo “pecado” nos inclina a pecar más, digamos que, en la medida en que practicamos el pecado nos vamos convirtiendo en especialistas de la pecaminosidad, nos vamos pervirtiendo.

Así, podemos decir que  Dios estampó en nosotros un mapa de las sendas por las que debemos ir y aquellas que nos dañaran para que fuéramos verdaderamente libres al optar. Volvamos al Catecismo de la Iglesia Católica para recordar unas deliciosas palabras de León XIII a este respecto: «La ley natural [...] está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y prohíbe pecar. Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos» (León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum).

Dios se solidariza plenamente con el hombre

La vida de la Gracia, es decir la vida donde decidimos aceptar la Ley de Dios –no perdamos de vista ni por un instante que al decir Ley de Dios estamos refiriéndonos a una ley amable, a la vía de la felicidad verdadera, aun cuando no sea la ruta aparentemente más cómoda, si es la ruta más feliz- es un derrotero trazado con Amor, con Amor Paternal. De esta misma manera, es Dios, en la Persona del Espíritu Santo –como lo dijimos arriba- quien nos conduce al desierto y nos pone en la vía de la tentación.


Esto puede sonar infinitamente absurdo. ¡Cómo puede un Padre amoroso, un Dios Bueno ponernos en la ruta de la “amenaza”! Y ponemos signos de admiración y no de interrogación porque esto nos deja completamente atónitos. También, cuando éramos niños, nos dejaba atónitos que papá o mamá nos llevaran al Colegio o al jardín Infantil y nos dejaran allí “abandonados”; o que nos llevaran al médico, donde una persona muy “cruel” nos inyectaba – ¡uy! Las jeringas, ese terrible aparato de torturas infantiles que arrancaba de nosotros los más atronadores gritos- o, tener la impiedad de llevarnos al odontólogo, esas también eran para nosotros conductas infinitamente absurdas. Y, sin embargo, “el Espíritu conduce a Jesús al desierto ¡para que sea tentado por el Diablo!”, pero ¿qué es esto? ¿Es este el Dios que Jesús llama Padre?

Nuestra sorpresa es equiparable a la que nos producen otros dos apartes bíblicos: Abrahán llevando a su hijo para sacrificarlo, e imaginarlo alzar el cuchillo sobre Isaac; y, Dios Padre entregando a su Hijo, el Tres veces Santo, a una muerte de cruz… Es cierto, nuestro entendimiento se muestra impotente ante los amorosísimos  designios de Dios.  ¿Cómo podría nuestra pobre mente alcanzar la Infinita sabiduría del Señor?

Revisando la perícopa de este Primer Domingo de Cuaresma, ciclo A, en su contexto, nos encontramos que está inserta en el Evangelio según San Mateo, inmediatamente después del Bautismo de Jesús; Dios acaba de abrir las puertas del Cielo para manifestar de Propia Voz su paternidad respecto de Jesús, acaba de reconocerlo como Hijo suyo y, acto seguido, ¡purrumpun!, tome, las tentaciones. Ese es el contexto de esta perícopa. Cuando leímos la perícopa del bautismo nos encontramos con otro inexplicable: ¿Para qué se hace bautizar Jesús si Él no es un pecador? Él no tiene de qué arrepentirse, no necesita conversión y sin embargo se bautiza. Tratando de penetrar este “misterio” nos dimos de frente con una categoría de la Misericordia Divina: La solidaridad. Él se hace bautizar para solidarizarse con nosotros.

Cuando leíamos a los clásicos, y llegábamos a esas páginas homéricas donde los héroes Odiséicos iban a la guerra y sus “generales” combatían al lado y hombro a hombro con los soldados rasos, vislumbramos con sorpresa esa solidaridad que los llevaba a exponer su propio pecho en primera fila de combate. También, en el mundo laboral, admiramos esos “ingenieros” que se embarran junto a sus obreros y se ponen las botas de trabajo y no se emperezan de estar coco a codo con su brigada de trabajo. De manera simétrica, nos decepcionan los que sólo trabajan desde su escritorio, tanto como nos desalientan los sacerdotes que predican y no aplican y no viven el espíritu de sus propias homilías; fue así como nació el proverbio popular del “cura predica pero no aplica” "Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.(Mt 23, 2-4). Visto esto, podemos empezar a aproximarnos a este concepto de solidaridad: Porque Dios se hizo verdaderamente hombre: «No se puede afirmar que la tentación de Jesús tenga un sentido moralizante: algo así como “Jesús no fue tentado, sino que hizo como si hubiera sido tentado para dar ejemplo al hombre; en esta forma la persona y la obra de Jesús serían una apariencia, una comedia, Jesús no habría sido un hombre verdadero. Equivaldría a imponer al evangelio un preconcepto sobre la forma como es y debe actuar y presentarse Jesús, una imagen preconcebida de lo que debe ser el Hijo de Dios. Es no correr el riesgo de que Dios se acerque al hombre hasta la identidad total con él y hasta el amor que, porque respeta y acepta la contradicción que padece la creatura, se compromete totalmente en el amor y se solidariza en la ambigüedad de lo humano para salvarlo desde lo interior del hombre.»[2]


Así que Jesús, el Dios-humanado, en virtud de su infinita Bondad, se abaja, se pone la camiseta y la suda, no la suda aparencialmente, la suda de verdad-verdad; se pone las botas con sus obreros y se embarra, no se embarra de “mentiritas” sino que se pone hombro a hombro y codo a codo, a nuestro lado y de nuestra parte. No se disfraza de hombre, sino que se hace hombre. Para rescatarnos ofrece todo, lo entrega todo, se presenta Él para estar de rehén en vez de nosotros y, ¡paga con su Preciosísima Sangre todas nuestras culpas!


De esta forma, si Él no hubiera sido tentado, sería un hombre de mentiras. ¡Dios no se habría humanado! Esta es la sustancia esencial del concepto de solidaridad cuando se refiere a Dios respecto al hombre, que Él se hizo en todo igual al hombre, excepto en el pecado, y esa es la única excepción. Y en eso estriba el Plan Salvífico de Dios para redimirnos. El meollo de la salvación es la Divina Solidaridad con nosotros, con nuestra fragilidad, con nuestra debilidad, con nuestra imperfección.

Acrisolados
La tentación es un proceso que nos purifica, nos fortalece, nos robustece. Nos hacemos fuertes rechazando la tentación. Podríamos resumirlo diciendo de forma muy breve: La tentación en sí misma no es mala, lo malo de la tentación está en ceder a ella.

Observemos en primer término que el Malo, al tentar a Jesús, entra en un verdadero tenis escrituristico con Él. También él hace gala de conocer la Sagrada Escritura y de conocerla muy bien. ¡Caray! Entonces no basta con conocer la Escritura, ni siquiera basta con conocerla perfectamente y declamarla al pie de la letra. Así es. Porque está escrito: “… la letra mata,  más el espíritu vivifica.” (2Cor 3, 6c).

Así, el Malo usa de la Palabra torciendo su espíritu, desvirtuándola, insertando en ella sus embustes. Notemos que cuando engaña a Eva le dice que Dios prohibió, y eso es verdad, que comieran algún fruto de algún árbol, lo cual también es verdad, pero la falsedad que él introduce consiste en decir que “no coman de ningún” (Gn 3, 1b) Eva es consciente que está mintiendo y lo corrige precisando que sólo les prohibió un árbol, el que está en medio del huerto. ¡De la espléndida variedad a disposición, la limitación se reduce al límite mínimo!(Gn 3, 3).

Después de la tentación Jesús estará listo para iniciar su vida pública, habrá salido airoso de la prueba, no se ha dejado engañar con la apetitosa hermosura del “fruto” ofrecido, viene a magnifica colación unas palabras que Papa Francisco pronuncio en su homilía del Miércoles de Ceniza : “… la necesidad de no dejarse dominar por las cosas que tienen apariencia: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los demás o del éxito, sino de lo que tenemos dentro”.[3]


«En las tres tentaciones se presenta, de un modo orgánico el pecado de Adán, que es el mismo de Israel, de la Iglesia y de cada uno de nosotros: robar lo que ha sido regalado. Dios es don: la posesión representa el antidios, principio de des-creación, origen de todos los males… Los ídolos del tener, el poder y del aparecer son la estructura misma del mundo: su “nulidad nulificante”, a la cual Dios responde respectivamente con el dar y servir con amor y humildad. Jesús realizó la opción del Hijo: la solidaridad con los hermanos. Ahora existe un choque entre dos caminos de salvación: el suyo, que lleva a unirse a los otros y el diabólico, que lleva a distinguirse de ellos mediante la riqueza, el honor y la arrogancia. El camino de Dios, que es amor y es compartir, es opuesto al de Santanas, que es egoísmo y división. Es una oposición interna que atraviesa el corazón de cada hombre.»[4]

Roguemos –con el salmo penitencial por excelencia- al Espíritu Santo para que frente a cada tentación su Luz nos ilumine permitiéndonos distinguir su oferta de aquella del Enemigo; e imploremos también la asistencia de su fortaleza para que sepamos optar y mantenernos. Sabemos que seremos tentados, no tres sino miles de veces; pero no con pesimismo sino con la alegría de los redimidos, enfrentemos el combate, sabiendo que saldremos airosos apoyados en Aquel que llevó su solidaridad con nosotros hasta identificarse con la debilidad humana en todo menos en el pecado:



Oh Dios,
crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu Santo Espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.[5]



[1] Papa Franciso. HOMILIA EN LA SANTA MISA, CON EL RITO DE LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS. Iglesia de San Anselmo en el Monte Aventino de Roma, 2020
[2] Zea, Virgilio s.j. JESÚS, EL HIJO DE DIOS. Ed. USTA Facultad de filosofía de la Universidad Santo Tomás de Aquino.  Bogotá- Colombia 1989 pp. 57-58.
[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Basílica de Santa Sabina Miércoles 5 de marzo de 2014.
[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2da re-impresión 2011 pp. 49-50
[5] Sal 51(50), 12-14.17.

sábado, 22 de febrero de 2020

קָדוֹשׁ /qadosh/: SANTO



Lev 19, 1-2, 17-18; Sal 103(102),1-4, 8, 10, 12-13; 1Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48

No basta con ser creyente, hay que ser creíble.
Pedro Casaldáliga

…la ética “natural” es por naturaleza “sobrenatural”: la naturaleza del hombre es ser como Dios.
Silvano Fausti

… van a buscar lejos las formas de hacerse “prójimo”,
Cuando estas se encuentran a las puertas de la propia casa.
Carlo Ma. Martini

¡La ternura de Dios-Padre es la maravilla de querernos sus hijos! Nos da nuestra vida no para que en ella, en algunos momentos o bajo cierto rol nos asemejemos a Él, sino que su Beneplácito está en que cada latido de nuestro corazón sea eco y reverberación de los latidos de su corazón Misericordioso. Hay un salto ontológico aparentemente enorme entre las Bienaventuranzas según San Mateo y la versión lucana. San Mateo nos pide ser perfectos, en cambio, San Lucas nos llama a ser Misericordiosos. El salmo que nos ofrece la liturgia para este Domingo nos habla de un elemento constitutivo esencial del amor, del amor misericordioso: el perdón. Es un Salmo de Acción de gracias, donde se da gracias porque Dios es un Dios compasivo, que no se ensaña con nuestras faltas, sino que siempre es prodigo en clemencia. Nada hay más ajeno al corazón de Dios que la ley del talión, muy a pesar de que generaciones de generaciones fueron educadas en una fe del dios vengativo, retaliativo y cruel; y que esa imagen subyace en la conciencia de muchos de los creyentes. En cambio, tengamos presente el verdadero rostro de Dios:

«El, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura,
Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor;
no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.
tan lejos como está el oriente del ocaso aleja él de nosotros nuestras rebeldías».

Para entender esta “identificación” entre la santidad y la misericordia conviene mirar los ## 81 y 82 de la Gaudete et Exsultate, donde Papa Francisco nos enseña:

«Dar y perdonar es intentar reproducir en nuestras vidas un pequeño reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente. Por tal razón, en el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «sed perfectos» (Mt 5,48) sino «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará» (6,36-38). Y luego Lucas agrega algo que no deberíamos ignorar: «Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (6, 38). La medida que usemos para comprender y perdonar se aplicará a nosotros para perdonarnos. La medida que apliquemos para dar, se nos aplicará en el cielo para recompensarnos. No nos conviene olvidarlo.

Jesús no dice: «Felices los que planean venganza», sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen «setenta veces siete» (Mt 18,22). Es necesario pensar que todos nosotros somos un ejército de perdonados. Todos nosotros hemos sido mirados con compasión divina. Si nos acercamos sinceramente al Señor y afinamos el oído, posiblemente escucharemos algunas veces este reproche: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” (Mt 18,33).

Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.»

«Es muy frecuente que tengamos nuestra propia idea acerca de los que entran, los que salen o los que encienden velas y que, bajo el pretexto de caridad, pensemos: “¡señor, Señor! ¿Cómo se atreve esa mujer a venir a tu casa, con todas las cosas que cuentan de ella? Y esa madre ¿qué hace aquí tanto tiempo? ¡Mejor haría en quedarse en su casa  y ocuparse de sus hijos!”

Estamos en la Iglesia y juzgamos sin parar. Y, sin embargo, no tenemos derecho a juzgar a nadie. Ni siquiera el Padre juzga, sino que ha dejado el juicio a su Hijo, Cristo. Además, para juzgar a alguien habría que estar dentro de él, tal vez incluso desde antes de su nacimiento… Es imposible juzgar.»[1]

Con este Séptimo Domingo del ciclo A, llegamos al término de la primera parte del Tiempo Ordinario en este año de Gracia 2020; este miércoles que llaga tendremos el Miércoles de Ceniza y el próximo Domingo –por esa misma Gracia- estaremos viviendo el Primer Domingo de Cuaresma.

Desde el IV Domingo Ordinario nos hemos venido adentrando en el Sermón del Monte, según la versión mateana -como corresponde en el ciclo A : en primer término tuvimos las Bienaventuranzas y, en seguida, un examen comparativo entre la Torá -la Ley Judía- y la profundización y plenificación que propone el Divino Maestro.  Así es como Jesús “sube” al Monte, yendo delante de nosotros, conduciendo a su pueblo, abanderando con su Enseñanza, y allí toma asiento –acción que figura su magisterio autorizado-, tomando asiento para enseñar y esclarecer nuestra relación con Dios: la Alianza.

«Las Bienaventuranzas han sido consideradas con frecuencia como la antítesis neotestamentaria del Decálogo, como la ética superior de los cristianos, por así decirlo, frente a los mandamientos del Antiguo Testamento. Esta interpretación confunde por completo el sentido de las palabras de Jesús. Jesús ha dado siempre por descontada la validez del Decálogo (cf. P.ej. Mc 10, 19; Lc 16, 17); en el Sermón de la Montaña se recogen y profundizan los Mandamiento de la segunda tabla de la Ley, pero nos son abolidos. (cf. Mt 5, 21-48); esto estaría en total contradicción con la afirmación fundamental que inicia esta enseñanza sobre el Decálogo: “No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasaran el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley” (Mt 5,17s)... Jesús no piensa abolir el Decálogo, sino que, por el contrario, lo refuerza.»[2]

En los ## 63-64 de la Gaudete et Exsultate, Papa Francisco nos explicita: «Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: “¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?”, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas…. La palabra “feliz” o “bienaventurado”, pasa a ser sinónimo de “santo”, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha.»

Así hemos llegado al meollo de la Liturgia de este Domingo VII Ordinario (A), que encontramos en el Evangelio, en el verso Mt 5, 48: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. La palabra medular es τέλειος, “perfecto”, que nos dice cómo es el Padre Celestial: ¡Perfecto!; Perfecto es aquel quien ha alcanzado la integridad de los rasgos del que le pertenece a Dios. Esa pertenencia está expresada con un principio de transitividad en la 1Cor 3, 23 2: “Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios”. La perfección, léase “santidad” consiste en reconocer que nuestro Dueño es el Señor, que a Él pertenecemos y que nuestro programa de maduración, de ascenso a la Montaña, consiste en ir puliendo los rasgos del cristiano, configurándonos con Cristo. Perfección es en griego lo que en hebreo es קָדוֹשׁ (qadosh) lo que nosotros traducimos “Santo”.

Dice el Papa Emérito que «… las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo… El discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida está inmersa en la comunión con Él: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Las Bienaventuranzas son la trasposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Pero son válidas para los discípulos porque primero se han hecho realidad en Cristo como prototipo… las Bienaventuranzas son señales que indican el camino también a la Iglesia que debe reconocer en ellas su modelo; orientaciones para el seguimiento que afectan a cada fiel, si bien de modo diferente, según las diversas vocaciones.»[3]

Ese mismo τέλειος está consignado en el Levítico, donde leemos: “sean santos, porque Yo su Dios soy Santo” (Lev 19, 2). Dando un pequeño salto al verso 18, nos señalará el peldaño maestro para ascender en esa vía: “Dice el Señor YHWH: Amaras a tu prójimo como a ti mismo”(Lev 19, 18).

En el VI Domingo Ordinario (A) –es decir, el Domingo pasado- tuvimos la profundización del
·         No matarás
·         No cometerás adulterio
·         Dar acta de divorcio a la mujer repudiada, y
·         No jurar en falso

En este VII Domingo, el Evangelio se ocupa de
·         La ley del Talión
·         Y, la universalización del amor al prójimo, más allá de las fronteras raciales y religiosas.

La Segunda Lectura nos viene a recordar una faceta de nuestra santidad: Somos Templos, hemos sido consagrados bautismalmente para que Dios nos habite, ¡el templo de Dios que somos es Santo! esta convergencia de Amor-santidad-perfección nos configura como existencias para la trasparencia:

Transparencia, he ahí el trasfondo existencial de la “perfección”, de la “santidad”. Se nos han entregado todos los instrumentos indispensables para tejer esa “trasparencia”. Lo contrario de trasparencia es opacidad, la opacidad del cristiano produce “escandalo”: «¿Qué es escandalizar? Es borrar la imagen de Dios para que no crean en Él… Si nosotros fuéramos hijos de Dios y lo diéramos a entender, haríamos creíble a Dios mismo… si nosotros somos trasparencia de Dios, somos la palabra de Dios caminando en dos pies… los cristianos en la Iglesia son sacramento porque trasparentan a Cristo haciendo lo que hizo Jesús. ¿Qué es un cristiano? Un sacramento de Jesucristo, o sea un Jesucristo que en pleno siglo XXI camina en dos pies por las calles: estamos lejos, ¿no?...»[4]

«… ¡somos tan tremendamente opacos…! Lo más frecuente es que ocultemos al Señor, haciendo nosotros de pantalla. El ideal sería que fuésemos transparentes, translucidos. El día en que, al mirarnos, nuestros hermanos no vieran ya nuestro pobre rostro, nuestra pobre persona, sino a Cristo, el Señor… ¡ah, sería perfecto…!»[5]

A renglón seguido conviene decir aquí lo que Papa Francisco en el # 28 de la Gaudete et Excultate: « Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora. El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo.».

Queremos concluir, con la Gaudete et Exsultate, esta vez citando el #32: «No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad.» y, en el #34: «No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos».




[1] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander.1985 p.72-73
[2] Benedicto XVI. JESÚS DE NAZARET. 1ª PARTE Ed. Planeta. Bogotá – Colombia 2007 p. 97-98
[3] Ibid pp. 101. 102
[4] Baena, Gustavo. sj. LA VIDA SACRAMENTAL. Copia estenográfica de una conferencia dada en el Col. Berchmans. Santiago de Cali-Colombia 1998. pp. 14-15.
[5] Câmara, Helder. Op. Cit. p.73

sábado, 15 de febrero de 2020

CONVOCADOS A LA PLENITUD



Eclo 15, 16-21; Sal 11-8, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34; 1Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37

Jesús es el primero que vive el amor. Su justicia no es la de los escribas ni la de los fariseos: es la “excesiva” del Hijo, igual a la del Padre, que hace entrar en el reino.
Silvano Fausti

Es preciso el más del amor y de la utopía
para volver posible lo imposible
y empezar a volar,
dejando de arrastrarse por el suelo…
Quieres vernos…
guiados no por el metro o la balanza,
sino por un amor sin medida
que todo lo excusa, todo lo soporta,
todo lo perdona,…
Averardo Dini


La primera Lectura nos deja ver una fabulosa aproximación al mapa del país de la Libertad: “A ninguno ha ordenado que sea malo, ni ha dado permiso a nadie para pecar.” Y, sin embargo, como está dicho en esta Lectura, pone frente a nosotros las dos opciones, somos libres de escoger, no sólo de escoger la opción que podamos preferir, sino también nos deja claro que la elección tendrá consecuencias, porque el fuego quema, mientras el agua refresca; el fuego daña, el agua (bueno, también puede llegar a dañar si se usa con criterio destructivo), pero el fuego “quema”, “calcina”, “carboniza”; el agua no; podemos hasta bañarnos en ella o beberla y más bien nos beneficia. Los dos están allí, frente a nosotros, está en nuestra mano optar, y la Lectura así lo afirma. Agua y fuego son elementos de comparación, son imágenes que se refieren a la fidelidad o la infidelidad frente a los Mandamientos, frente a la Ley de Dios.

Dios nos entregó los Mandamientos como una especie de “señal caminera-flecha de dirección” pero la Ley con relación a la Libertad es tan sólo como una suerte de esqueleto que da soporte y estructura; sin embargo, la Ley misma tiende a desecar, a fosilizar, a esclerotizar. A la Ley dura y fría hay que ponerle músculos, tejidos, cartílagos, tendones, piel.

Dios no habría podido “esperar” nada de nosotros si no nos hubiera dado una “pista” sobre sus “expectativas”. Por eso, nos indicó: “Puedes comer del fruto de todos los árboles del huerto, menos del árbol del bien y del mal. No comas del fruto de ese árbol porque si lo comes, ciertamente morirás” Gn 2, 16b-17. Transcribamos aquí una parrafada de la Veritatis Splendor # 35: “Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer «de cualquier árbol del jardín». Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación. Dios, el único que es Bueno, conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en los Mandamientos. La ley de Dios, pues, no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y promueve.”

Y añadiremos un fragmento del numeral 41: “Algunos hablan justamente de teonomía, o de teonomía participada, porque la libre obediencia del hombre a la ley de Dios implica efectivamente que la razón y la voluntad humana participan de la sabiduría y de la providencia de Dios. Al prohibir al hombre que coma «del árbol de la ciencia del bien y del mal», Dios afirma que el hombre no tiene originariamente este «conocimiento», sino que participa de él solamente mediante la luz de la razón natural y de la revelación divina, que le manifiestan las exigencias y las llamadas de la sabiduría eterna. Por tanto, la ley debe considerarse como una expresión de la sabiduría divina. Sometiéndose a ella, la libertad se somete a la verdad de la creación. Por esto conviene reconocer en la libertad de la persona humana la imagen y cercanía de Dios, que está «presente en todos» (cf. Ef 4, 6); asimismo, conviene proclamar la majestad del Dios del universo y venerar la santidad de la ley de Dios infinitamente trascendente. Deus semper maior.

Ni estamos a ciegas, ni andamos perdidos
La libertad es como el juego axial de una bisagra, que a su vez depende de las hojas, el pasador y la articulación (o gozne); estos tres últimos son la Ley. De tal manera, el conjunto de las Lecturas de este Sexto Domingo Ordinario del ciclo A, integran un conjunto articular cuyo eje pivota en la dialéctica libertad-ley.

A ello nos conduce el Salmo Responsorial. Se trata de un Salmo de Suplica. Es el más largo de toda la colección de Salmos que nos trae la Biblia. Cada estrofa está orientada y modelada sobre una de las 22 letras del alefato (alfabeto hebreo). Entonces estamos hablando de un Salmo de 22 estrofas; son en total 176 versos puesto que las estrofas están organizadas en octetos. Constantemente alude a la Ley de Dios.

¿Cómo podemos interpretar el hecho de que sea el Salmo más largo y que gire todo él en torno a la idea de la “Ley”? como mínimo podemos pensar que la Ley es algo muy, pero muy importante para nuestra fe.

Si estuviera perdido en lo más denso de un bosque, brújula y mapa serían mis herramientas más útiles, recurso para mi salvación, para encontrarme, para des-perderme. Esa es la Ley para quien busca y se procura los senderos de la justicia, para quien se afana por caminar los Caminos del Señor, para todo aquel que quiere que su voluntad transite por las misma vía que la Voluntad del Señor.

Sin Ley seríamos esclavos de la incertidumbre, sin saber dónde estamos, ni para dónde vamos. Como el extraviado es esclavo de su pérdida sin mapa y sin brújula. ¿Cuál es la Voluntad de Dios?, ¿Qué es lo que Dios quiere para mí? Y la respuesta está escrita en la Ley. Hay una hermosa y a cuán más de romántica referencia que compara el Amor de una pareja con la Ley. Lejos de ser esclavitud es dicha su cumplimiento. ¿Qué quiere la amada que no sea motivo de dicha podérselo cumplir? ¡Pida el ser amado y yo seré feliz accediendo a su pedido! Así, punto por punto, camina la Ley de Dios respecto de nuestra Obediencia, ¡Dicha sin igual, dicha sin par, poder consagrar cada latido de mi corazón a complacer a mi Señor!

El Malo te susurrará que le desobedezcas, pero tu Ángel te besará con su dulzura ¡Sé obediente! Para que en cada segundo de nuestra existencia toda nuestra piel, todos nuestros sentidos, todas nuestras acciones y cada poro declaren: Hágase, Señor, tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo. Porque el Cielo no es un lugar, es cualquier lugar y todos los lugares donde quien reina es Su Santa Voluntad y no la nuestra, frágil y caprichosa, volátil y veleidosa, capaz de desvió, de traición, de falla, débil por su “caída” que la hizo endeble, falible, factible de engaño, hecha confundible por su fallo. «El hombre, después del pecado, por impericia y engaño, considera que el bien es un mal y que el mal es un bien»[1]

Pero Jesús mismo, desde el Altar de la Cruz (nos lo confirma la Segunda Lectura), por las vías sacramentales nos ha entregado, nos legó la Luz; en nuestro fondo está el Faro. Nuestra tarea consiste en dejar que el Faro resplandezca; como lo dijimos el Domingo anterior glosando el Evangelio, que la pongamos sobre la repisa para que su esplendor nos alumbre y alcance a otros (y no debajo del celemín).

«Así como Moisés, desde el Sinaí, había dado a su pueblo el gran código para encaminarse hacia Dios, así también Cristo, desde otro monte proclama otra ley, pero una ley más perfecta. En el Sermón de la Montaña, Cristo establece los preceptos que rigen las principales situaciones del hombre. Mateo nos presenta, con su compilación de varios aspectos de la doctrina de Cristo el espíritu que anima a los que quieren entrar en el reino de Dios, el perfeccionamiento de las leyes y prácticas del judaísmo en cuatro puntos principales, el desprendimiento de las riquezas y consiguiente liberación de sus ataduras, que amenazan arrastrarnos hacia abajo; las relaciones con nuestros prójimos que sirven de seguro contraste en nuestras relaciones con Dios; finalmente, la llamada del Reino y nuestra respuesta,…». [2]

Leyes que modulan el amor
Continuamos este Domingo inmersos en el Sermón de la Montaña. La página central en la vida de Moisés es aquella que nos relata la recepción de las Tablas de la Ley de Manos de Dios, en Quien radica por antonomasia la autoridad legislativa, Dueño como lo es del Árbol del Bien y del Mal, cuya Ciencia, Él mismo, se reservó para Sí (Cfr. Gn 2, 11-12). Estas leyes, que, insistimos, las “grava en piedra” Dios, las recibe Moisés para entregárnoslas; Dios nos habla por medio de su Profeta (esto define la función-misión del Profeta, “hablar en lugar de”).

Jesús saca las Tablas del Tabernáculo y nos les vuelve a leer: No matar, no al adulterio, no al divorcio, no a los falsos juramentos; en el fondo, sirviéndole de piso a todo esto se erige glorioso el trasfondo: amar a los hermanos, a todos, a los que nos contradicen, a los que nos insultan, a los que se arrogan el poder y nos atropellan; es lo único que nos interesa a quienes buscamos con tesón y fidelidad el discipulado, la comprensión, el perdón, la fraternidad, el servicio, la construcción del reino, un Reino de Justicia y Paz. La escalera no es la altura, la ley no es el amor, pero la una permite allegarse a la verdadera.

«Debería haber quedado claro que el “Sermón de la montaña” es la nueva Torá que Jesús trae. Moisés solo había podido traer su Torá sumiéndose en la oscuridad de Dios en la montaña; también para la Torá de Jesús se requiere previamente la inmersión en la comunión con el Padre, la elevación intima de su vida, que se continúa en el descenso en la comunión de vida y sufrimiento con los hombres.»[3] «No existe otro modo de evangelizar si no es asumiendo la sabiduría de la cruz. Si el agente de pastoral no se orienta hacia Jesús crucificado, crea una caricatura de comunidad. ..él mismo es infiel, pues se hace señor y no servidor… impulsa en la comunidad la competencia de los fuertes en perjuicio de los débiles.»[4]

En el Sermón de la Montaña Jesús también “escala” para luego entregarnos la Nueva Ley, Jesús es el Moisés de la Nueva Alianza, pero Mayor, porque es el Hijo. Nosotros haremos, junto con Él, este ejercicio de montañismo, iniciándolo en este Sexto Domingo Ordinario (en verdad, ya lo iniciamos cuando se nos mostraron las Bienaventuranzas), para llegar a la Cima, a su Cumbre, al Pináculo, que es el verso 48 de este Quinto Capítulo de San Mateo, que leeremos el próximo Domingo: “Por su parte, sean ustedes perfectos, como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo” (Mt 5, 48).

La Nueva Ley es el Corazón de la Nueva Alianza, del Pueblo Nuevo conformado por Hombres Nuevos. Que no consiste en una revocatoria de la Ley Primera, la Mosaíca; sino “en llevarla a su plenitud” (Mt 5, 17). Esto se debe tomar muy en cuenta y muy en serio, no se ha dado ninguna abolición, no estamos en presencia de una derogatoria: ¡ojo y oído atentos!: “En verdad les digo: mientras dure el cielo y la tierra, no pasará una letra o una coma de la Ley hasta que todo se realice”. (Mt 5, 18). Y la Ley debe ser, no sólo cumplida, sino además  enseñada; y esta doble prescripción constituirá la “grandeza” del creyente en el Reino (Cfr. Mt 5, 19) «… el valor de una persona, su fineza y magnanimidad, es “hacer y enseñar” lo que el amor dicta.»[5]. «El Sermón de la Montaña lo pide todo, cuando pide que creamos en un Dios capaz de trasformar la vida, de hacer nacer un hombre nuevo en el seno de nuestro universo.»[6] Fe es –con todos los reveces de la historia-, estar seguros que el Reino sin saber, cuando un hombre ha echado semilla en la tierra, y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. (Cf. Mc 4, 26-29) ¡Es la semilla del Reino, la semilla del Amor!

¿Cómo operaría esta plenificación? O, mejor aún, ¿cómo podemos participar en ella? Dirijamos nuestra atención a la diferencia entre la vía prohibitiva y la vía exhortativa. La vía prohibitiva es como un “paseo” donde –en ciertos puntos y en ciertos momentos- encontramos unas vallas, donde se nos propone, realizar cierta actividad; pero en esos momentos, dirigimos nuestra atención al código prohibitivo y recordamos que tal “actividad” no nos conviene. La vía exhortativa, por el contrario, es la recomendación para que, durante todo el “paseo” estemos siempre alertas para disfrutar el paisaje, los alimentos, las flores, los aromas y tener siempre todos los sentidos dispuestos para sumergirnos y embriagarnos con su “gozo”. Esta vía positiva para la formulación de la nueva Ley nos mantiene siempre alertas, siempre comprometidos con la construcción del Reino; siempre descentrados de nuestros egoísmos: abiertos en todo momento al servicio, a la solidaridad, al perdón, a la coherencia de vida, a esa unidad y armonía entre nuestra moral cristiana y nuestra forma de conducirnos. Atentos en todo momento a las necesidades de nuestro prójimo, con especial desvelo por quienes más lo necesitan, por los más débiles y desprotegidos.

No se trata, pues, en la Nueva Alianza de momentos puntuales, o de momentos críticos, donde tomamos decisiones; sino, de todo el tiempo. Nos gusta decir que es una Ley que corre por nuestras venas y compromete cada inhalación de aire y cada latido del corazón. Y en cada latido del corazón se da una Alabanza al Señor, porque todo cuanto hacemos –desde el acto más devoto, hasta el gesto más mínimo y corriente- estará saturado de la Presencia de Dios-en-nosotros. «En el corazón de cada acción, la intención religiosa. En el corazón de toda acción religiosa, el amor. En el corazón de todo acto de amor, lo absoluto»[7] No sólo la oración, no sólo los momentos piadosos, sino cada instante de nuestra existencia, así cantemos o barramos, así lloremos o silbemos, así cuando hablamos y cuando callamos, en todo estará nuestro corazón puesto en el Señor nuestro Dios; sólo así  en Dios viviremos, nos moveremos y existiremos (Cfr. Hech 17, 28a) haciendo de nuestra fe, nuestro hábitat y de nuestra consciencia de Dios, nuestro sentido. No basta amar, es preciso que el Amor sea en el Santo Nombre de Dios.

«Las exigencias del Sermón de la Montaña son absolutas y carecen prácticamente de límites.  El que adopta el principio de dar una hora de tiempo al que le pide la mitad, de privarse de lo necesario para dárselo a quien le pide lo superfluo, ese comprueba rápidamente que ya no se pertenece a sí mismo y que está a punto de hacerse devorar… Eso es lo que tiene de absoluto el Sermón de la Montaña: no está hecho de rigor y de intransigencia, de una observancia que mantener a toda costa, sino de una llamada que arrastra cada vez más lejos…»[8]

«La norma de nuestro obrar es llegar a ser como el Padre {v. 48}. Has de ser lo que eres: eres hijo, obra como el Hijo, como el Padre que ama a todos. El Sermón de la montaña revisa, bajo esta luz, nuestras relaciones con los hermanos (vv. 21-48).»[9]

Mateo, al redactar su Evangelio, quiso poner en boca de Jesús cinco discursos para asimilarlo con Moisés para que podemos ver en Él al Nuevo Moisés, el Moisés del Nuevo Testamento, comisionado por el Padre para establecer la Nueva Alianza. Por otra parte, en los capítulos 5 al 9 este Evangelio nos presenta el tema de la llegada del Reino de Dios. Nosotros estamos llegando ahora a la perícopa del capítulo 5, del versículo 17 al 48 (de la cual leemos hasta el verso 37 en este VI Domingo Ordinario, ciclo A), donde se nos muestra la rectitud y la fidelidad de las relaciones interpersonales según la Voluntad de Dios en el contexto de la llegada del Reino de Dios. «La mayor parte del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5, 17-7,27) está dedicada al mismo tema: tras una introducción programática, que son las Bienaventuranzas, nos presenta, por así decirlo, la Torá del Mesías… No se trata de abolir, sino de llevar a cumplimiento, y este cumplimiento exige algo más, y no algo menos de justicia,… se pone el acento en la máxima fidelidad, en la continuidad inquebrantable, al seguir leyendo, llama la atención que Jesús presenta la relación de la Torá de Moisés y la Torá del Mesías mediante una serie de antítesis: a los antiguos se les ha dicho, pero yo os digo,…»[10]

«La Iglesia es una sociedad de hombres que necesita leyes. Aunque la principal ley es la del espíritu, no todo puede quedar a la libre decisión de cada uno, ni a la improvisación en un momento determinado. El criterio personal sólo es válido cuando va informado por el verdadero amor, pero el amor necesita un andamiaje previo antes de llegar a la perfección. Cuando ha llegado a su perfección, ya no es necesaria la ley. Porque si el amor es verdadero, nadie hará nada ofensivo a Dios ni perjudicial al prójimo. La perfección del amor impulsa más allá de lo ordenado por la ley.»[11]
                                                                                                                                                                                                                                                                                       
                                                                                                                                            





[1] Fausti Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2da reimpresión 2011. p. 77
[2] Fannon, Patrick. LOS CUATRO EVANGELIOS. Ed. Herder Barcelona-España 1970 pp. 89-90
[3] Benedicto XVI. JESÚS DE NAZARET. 1ª PARTE Ed. Planeta. Bogotá – Colombia 2007 p. 95
[4] Bortolini, José. CÓMO LEER LA 1ª CARTA A LOS CORINTIOS. SUPERACIÓN DE LOS CONFLICTOS EN LA COMUNIDAD. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1996pp 25-26
[5] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2011. p. 79
[6] Guillet, Jacques. s.j. JÉSUS DEVANT SA VIE ET SA MORT. Aubler Paris-France. 1971 p. 101
[7] Leon Dufour, Xavier. s.j. L’EVANGILE SELON SAINT MATTHIEU. p. 92.
[8] Guillet. Jacques. s.j. Loc Cit.
[9] Fausti, Silvano. Op. Cit. p. 83
[10] Benedicto XVI. Op. Cit. p. 130-132
[11] Gutiérrez, Guillermo. PALABRAS PARA EL CAMINO. Ed. Verbo Divino Estella –Navarra 1987