Mal 3,19-20a; Sal 97,5-6.7-9a.9bc; 2Tes 3,7-12; Lucas 21,5-19
“Aplaudan los ríos,
aclamen los montes al Señor que llega para regir la tierra”
Sal 98(97), 8-9a.
«El
Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin
gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su
realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene
cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es
privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus
manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por
treinta monedas.
Verdaderamente
el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí
—nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la
redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su Reino no es
el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y
restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió
nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la
traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. Ha
dicho Papa Francisco.
El Señor es Rey del Universo
El
Salmo nos anuncia que Dios, Nuestro Señor, da a conocer su Victoria. ¿Cómo? Él
mismo le ordena a sus fieles, de todos los lugares de la tierra, hasta los
mismos confines, la triple tarea: Sal 98 (97), 4c-6
i)
Aclamar al Señor, al Rey y Señor
ii)
Gritar, vitorear
iii)
Tocar, hacer sonar los instrumentos
·
La citara
·
Los clarines
·
La trompetas
Se
trata de armar una algazara (del Ar. ḡazārah, abundante, o sea, un abundante
estruendo de voces) “griterío”; se trata de hacer sonar el Sofar (o Chofar),
como en el Yom Teruah, o sea, Día del llamado porque el Mesías ya llega.
Si, este Domingo 33o es un Domingo pre-Jesucristo-Rey-del-Universo, celebramos preparatoriamente la Segunda Venida, no porque ya vaya a llegar sino porque con absoluta seguridad -como que está Escrito- sucederá. En este mismísimo sentido es un pre-Adviento. Dicho en otras palabras, al llegar a este Domingo estamos llegando al final del Año Litúrgico, estamos, pues, ad portas de un Año Nuevo Litúrgico y eso es lo que celebramos con todas las connotaciones e implicaciones de esa llegada que nos habla de esas otras Llegadas: el Señor que vino, que viene, que vendrá.
Veamos:
El Yom Teruah también denominado Rosh HaShaná evoca con su Teruáh (clamor del
Sofar, o sea, grito de la Trompeta) que Nuestro Dios y Padre creó el Universo;
pero no solamente, sino que además, nos dio la Ley en el Monte Sinaí
(recordemos que los Emperadores enviaban sus pregoneros que antes de leer los
decretos imperiales llamaban a congregar la población y recababan la atención
por medio del sonido de las trompetas, aproximadamente equivalente al heraldo
medieval); este salmo leído en esta liturgia, es un Salmo del Reino: ¡Yahweh
reina! (nuestra comprensión de la Divinidad echa mano a analogías con los Reyes
de la Tierra); no queda ahí el significado del Sofar que resuena, porque
también nos advierte que si hemos pecado debemos arrepentirnos, da inicio su
sonido a un periodo de Diez Días penitenciales (el Sofar clama nueve veces).
El Shofar está hecho de Cuerno de Carnero y evoca también el Cuerno que sonó en el Sacrificio de Isaac cuando detuvo la mano de Abrahán para que la víctima fuera reemplazada. Alude a la voz de los Profetas que nos advierten y nos previenen de desviarnos, la voz de las trompetas nos reclama fidelidad, nos pone en guardia, nos advierte –como lo hizo Jesús en repetidas ocasiones, que debemos estar “despiertos”, “velar” para cuando el Novio llegue. Pero, en vista de la llegada del Novio, revestirnos de humildad (“no somos más que siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”), reconocer que somos frágiles, que nuestra vida es “breve”, que en cualquier momento podemos ser llamados a “calificar servicios”; y, en este sentido, también alude a la resurrección de los muertos y la Vida del Mundo Futuro. O sea que la voz del Sofar es, de un modo litúrgico, una “Profesión de fe”. En esa dirección añadimos que las trompetas que estamos llamados a tocar somos nosotros mismos puesto que todo aquel que cree y ama al Señor es un Sofar viviente.
Dios es Justo
“Su
Diestra, su Santo Brazo la ha dado la Victoria.” Nos dice el Salmo en el verso
inicial 98(97), 1c. ¿De qué Victoria se habla en resumidas cuentas? Su Victoria
consiste en implantar la Justicia, una Justicia Divina, preclara, recta: “regirá
el orbe con justicia y los pueblos con rectitud” Sal 98(97), 9bc.
A
este tema se refiere la Primera Lectura, del Profeta Malaquías, señala que el
Señor llega para castigar a los perversos con Mano Férrea los quemará como se
quema la paja; y a los que le son fieles (para los que la Sagrada Escritura
acuñó la expresión “los que le teman”; expresión que en nuestra cultura suena
chocante porque nosotros los “valentones” “envalentonados” no le tememos a nada
ni a nadie), a los que lo adoran los premiará.
Y no es que sea un Dios vengativo o rencoroso, todo lo contrario, es un Dios que es Infinitamente Misericordioso, pero su Misericordia para ser Infinita tiene que ser Justa (lo cual no es óbice para la Infinitud de su Misericordia), y –aunque nosotros no sabemos cómo hará para ser Justo y a la vez Infinitamente Misericordioso- lo importante no es que podamos entender el cómo sino que lo que cuenta es que sabemos que los dos atributos le pertenecen al Señor sin que el uno excluya al otro o sin que se entren a limitar recíprocamente. Otro asunto vital consiste en saber que, si Dios nos lo revela en la Sagrada Escritura, a pesar de lo raro que pudiera sonar (y así sonará absurdo) ni una sola letra, ni un punto de la i faltará a su cumplimiento, precisamente porque es Palabra de Dios.
Trabajar: nuestra misión
Una
de las claves de Papa Francisco es su feliz y acertadísima cualidad de auto
resumirse en frases, frases impactantes, frases, cuestionantes, frases,
inolvidables, frases afortunadas porque compendian e iluminan el evangelio en
un momento histórico en el que toda una cultura se arroja y le arroja toneladas
de tierra o de estiércol, afanada en sepultarla en el más recóndito olvido.
Quisiéramos
tocar sólo tres de sus frases exitosas que nos resuenan en la mente como glosas
a la Segunda Lectura de este Domingo 33o, que proviene de la Segunda Carta a
los tesalonicenses. Vamos a verlas:
1) “El trabajo unge de
dignidad a una persona”. El que no quiera trabajar que no coma y San Pablo que
no era de los que hablaban por hablar, vivió dando el ejemplo y él mismo
trabajaba (en un trabajo manual, el que había aprendido de su papá, porque
entre los judíos era imperioso el aprendizaje de un oficio; contrario a la
cultura del imperio de turno que consideraba degradante ejercer un oficio
manual) él hacía carpas, tiendas de campaña, y cumplido su trabajo dedicaba el
tiempo a la predicación del Evangelio.
2) “Cristo nos guía a
salir cada vez de nosotros mismos para entregarnos y servir a los demás”. Es lo
que hizo San Pablo, no vivía a expensas de la comunidad, no se convertía en una
carga para ellos, venía a servirles y, aunque hubiera tenido derecho a pedirles
su alimento, no quería resultarles gravoso. Cristo lo llenó del impulso para
salir de sí y darse a raudales como el mismo Jesús lo hizo que no les quedaba
ni un instante de descanso.
3) "El consumismo
nos impulsa a desechar. Pero la comida que se tira a la basura es el alimento
que se roba al pobre, al que pasa hambre". Esta tercera frase no requiere
comentario. Está en el espíritu Paulino, está en la médula de nuestra fe, es
norte del cristiano. Y es denuncia, denuncia de esa sociedad que arriba
afirmamos nos quiere conculcar el evangelio.
En vez de desechar, San Pablo nos suplica y nos ordena, que nos pongamos a trabajar. ¿A trabajar en qué? En nuestra misión, ser misioneros, “cada cristiano es misionero en la medida en que da testimonio del amor de Dios. ¡Sean misioneros de la ternura de Dios!”
Misioneros de la ternura =
Misioneros del perdón
«Jesús,
acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando
simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que
con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser
recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el
paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros.
Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su
memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las
ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada
uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a
comenzar, levantarse de nuevo.
Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, …, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.[1]
Templos vivos
Nuestra
espiritualidad puede admirar sin idolatrar la belleza de nuestras catedrales,
de nuestros santuarios, de nuestros templos, de los detalles con los que están
adornadas, engalanadas, que son una pálida insinuación de la Vida Celestial;
pero no podemos idolatrar esas obras arquitectónicas, ni hacer depender nuestra
fe de esos Templos.
El Templo somos cada uno de nosotros, y el Sancta Sanctorum, el Sagrario de cada uno es su conciencia y ese es el Templo que será destruido y reconstruido al Tercer Día (el Día de la Salvación). Y somos templo no en nuestra individualidad unipersonal sino en nuestra personalidad corporativa de hermanos solidarios, todos Uno en Jesucristo (prometemos no cansarnos de repetirlo): Cuerpo Místico de Cristo.
Que
seremos traicionados, inclusive por nuestros más cercanos, que seremos
perseguidos, atacados, ridiculizados; incluso por aquellos que se hacen pasar
por hermanos en la fe, entre los cuales hay muchos lobos con piel de oveja
(esto no nos debe detener para confiar y creer, porque hay lobos, las ovejas no
pueden andar divididas), caminemos con firmeza, porque de nuestra firmeza
depende que ganemos la Vida, la Vida verdadera. Sea la oportunidad para sacar a
relucir otra de las frases acuñadas por Papa Francisco que nos señala frente al
relativismo dominante el Norte-Inamovible: “Él es el Señor del Tiempo, nosotros
somos los señores del momento, vayamos a lo eterno del tiempo, no a lo pasajero
del momento”.
«Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho Rey de los siglos, Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro Rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza. Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar.»[2]








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