domingo, 23 de noviembre de 2025

Lunes de la Trigésimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


Dan 1, 1-6.8-20

Podemos partir -con bastante confianza- de la hipótesis con la que vienen trabajando las investigaciones recientes que se basan sobre la idea que, este libro se escribió entre los años 167 al 164 a.C. y que está escrito básicamente en dos lenguas, hebreo y arameo. Sin embargo, hay apartes que fueron escritos en griego, y que significarían adiciones posteriores, las que tratamos como deuterocanónicas.

 

En cuanto al género, es cierto que una parte es bastante histórica: que sería la constituida por los capítulos 1-6. Y, una parte profética, de visiones y sueños que abarcaría los reinados de Baltasar, Darío y Ciro, son los capítulos 7-12. Por esta articulación entre lo histórico y lo profético, por su lenguaje y su estilo, tachonado de visiones y sueños, nos lleva decir que, el Libro de Daniel queda mejor encuadrado en el marco de la apocalíptica que en el de la “profética”. Luego viene la adición en griego formada por los capítulos 13 y 14. Ha de decirse que, inserto en la parte histórica, está el capítulo 3, que también fue escrito en griego donde se cuenta lo sucedido a los jóvenes que fueron pasados al horno por no obedecer una obligada y forzosa aceptación y culto a los ídolos y divinidades que los gentiles adoraban, que es lo mismo que decir, por la fidelidad a sus costumbres y creencias, fueron sentenciados a morir.

 

Nos da pie para decir que el Libro de Daniel tiene un mensaje de resistencia y fidelidad, a la vez que una fórmula de supervivencia para un pueblo que se vio condenado a la deportación y a vivir en contextos diferentes a los de su fe y su cultura. diciéndoles que se puede seguir y mantener la fidelidad a Dios sabiéndose adaptar, pero sin nunca olvidar que su deber es el de la fidelidad a la Alianza expresada en el cumplimiento de la Torah.

 

Cuando iniciamos la inmersión en el Libro de Daniel, la impresión que uno se lleva es que se trata de un Libro Histórico. Empieza contándonos sobre Nabucodonosor y cómo este rey babilonio robo el ajuar del Templo que luego se lo ofrendó a sus deidades juntándolo con otras expoliaciones que él aportó a los depósitos de su templo pagano.

 

El relato nos muestra que, según el estilo de gobierno de este rey, comisionó a Aspenaz, el jefe de los Eunucos, para seleccionar -de entre los hierosolimitanos exiliados- los jóvenes, de sangre real más bellos en su apariencia física, inteligentes y cultos y los dedicó al estudio de su cultura, y en especial de su lengua; estos cursos se extendieron por tres años como una preparación para pasar al servicio directo del rey.

 

Se nos cuenta que entre estos privilegiados estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías. A quienes Aspenaz re-bautizó con nombres caldeos: Belsasar, Sidrac, Mesac y Abed-Nego. Este cambio de nombres nos dice de un esfuerzo por des-culturar a estos judíos y trasplantarlos a la gentilidad, lo que incluía, recibir su alimento, directamente de las cocinas reales, teniendo que comer lo mismo que el rey y bebiendo del mismo vino; el conjunto de estas acciones encadenadas los llevó a su nombramiento como ministros de Nabucodonosor. No sólo se podía sobrevivir, sino llegar a ocupar puestos de relieve, sabiendo cómo mantener su coherencia con su Ley.


Vemos que no fue sencillo que Aspenaz, así, de buenas a primeras, les aceptara respetar su dieta Kosher, pero lo aceptó, si demostraban que eso no les iba a menguar su salud, enflaqueciendo y mermando su complexión. Como ellos siguieron rozagantes, les admitió que su dieta fuera sólo de legumbres.

Sal Dan 3, 52a y c. 53a. 54a.  55a. 56a

El Salmo se toma del capítulo 3, que, como se dijo arriba, se refiere a la tortura de los jóvenes que se negaron a adorar una estatua, que el rey había ordenado que, al sonar una señal de trompetas, se reverenciara, les habían impuesto que debían rendir una adoración idolátrica. Algunos caldeos fueron a delatarlos con el Rey, y, como consecuencia, los condenaron a ser pasados al fuego del horno, y el horno fue encendido con siete veces más fuerza que lo usual, sin embrago, un ángel del Señor, se encargaba de soplar con un aliento refrescante que ahuyentaba el fuego y los envolvía en su protección. Hemos de narrar que las llamas se alzaban veinticuatro metros y medio por encima del horno y súbitamente se abalanzaron sobre la leña y la estopa y consumieron a los torturadores.

 


El salmo se ha organizado con fragmentos del cantico de los jóvenes que alababan a Dios por este prodigio de protección obrado en su favor, tomando sólo la parte a. La parte be, es siempre el estribillo de glorificación, que nosotros repetimos como verso responsorial: ¡A ti gloria y alabanza por los siglos! Para Dios toda la Gloria, para Él, Su Muy Real Majestad.

 

Lc 21, 1-4

Esa mujer le ha dado todo a Dios, no se ha reservado nada. Su gesto, en efecto, no nace de un afán de protagonismo, sino exclusivamente del amor a su Dios.

Vincenzo Paglia

En el capítulo 22 de San Lucas se empieza el relato de la Pasión, muerte y resurrección que abarcaran hasta el capítulo 24. Esta semana nos concentraremos en el capítulo 21. El sábado pasado leímos la polémica con los saduceos sobre la Resurrección. Después, ya empieza un análisis sobre el Templo, su significado, dentro del culto y el sostenimiento del culto por parte de los fieles. Igual que hoy entre nosotros, costear el culto es parte de nuestro ejercicio de fe, somos nosotros los llamados a financiar todo lo necesario para el templo y para las celebraciones litúrgicas.


La primera observación, todavía contenida en el capítulo 20 es sobre la costumbre de los “letrados” de pasearse exhibiendo sus trajes y ubicándose en los lugares especiales, así como procurando sonsacar la mejor rebanada de las billeteras de las viudas y logrando que les donaran sus herencias.

 

Hoy pasa a hacer ver que hay quienes dan con ostentación y arrogancia, por sus jugosos donativos, mientras otros, con gran penuria sólo pueden ofrendar las moneditas más pequeñas, las de 50 pesos, y Jesús se concentra y admira, invitándonos a compartir su valoración, hacia los que aportan lo que tienen, porque no tienen más. En una sociedad donde viudez es lo mismo que decir pobreza, dar las dos últimas moneditas era quedar en la absoluta inopia, se tenía que leer como un gesto de abandono total en manos de Dios. Ella se “desprendió”, y aquí podríamos usar la palabra con la que alude Pablo para referirse a Jesús, ἐταπείνωσεν [etapeinosen] “anonadó”, “se vació por entero”, “lo entregó todo aferrándose a nada”, y que “Él, todo lo soltó, todo lo dio, y no se aferró a su Riqueza-Divina” sino que se desprendió totalmente de todo, hasta no quedarse para sí, ni con una gota de su propia Sangre.

 

No se puede dejar de anotar que:

a) no se puede pedir que todos den sus últimas dos moneditas, porque Dios no quiere que pasemos necesidades, pero -en último término Él se hará cargo- y

b) que tampoco es desdeñable cuando una persona de amplios recursos, sabe sacar de sus expensas para proveer a los más necesitados.

 

Quizás lo muy negativo sea la manera rimbombante de dar, que tienen algunos ricos, que no dan por amor al prójimo y Gloria de Dios, sino para salir en las fotos y aparecer en el noticiario, en el curso de ejercer sus “obras de beneficencia”, y, que de ninguna manera se acuerdan del Otro, ni piensan en el otro.

 

El espíritu de la perícopa está atravesado por una idea eje que leemos en el Libro del Éxodo sobre el maná: “… ni le sobró al que había recogido mucho, ni le faltó al que había recogido poco. Cada uno había recogido la cantidad que necesitaba para comer” (Ex 16, 18bcd).

 

Es importante coordinar la enseñanza de hoy con aquel apunte explicativo que nos da San Pablo en 2Cor 8, 13: “No se trata de que ustedes sufran necesidades para que otros vivan en la abundancia, sino de lograr la ἰσότητος [isotetos] “igualdad”, así se ha traducido, pero significa “semejanza”, “proporcionalidad”, o sea, que las diferencias no sean tan abismales. También puede traducirse “ajustado a la ley”, “según lo estipula el derecho”.

 


«El elogio de Jesús deja en claro cuál es la verdadera actitud religiosa. Dios no quiere lo que sobra, lo superfluo, sea en el sentido que fuere. Quiere una respuesta total de la persona, que englobe toda su vida. En otras palabras, Dios no quiere quedarse encerrado en un rincón de nuestra vida, recibiendo lo sobrante». (Ivo Storniolo)

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