Rm 14, 7-12
Creados y llamados a asumir la responsabilidad
El
fragmento que leemos hoy pertenece -también a la parte exhortativa. De una perícopa
que remite a ciertas normas para el caso de opiniones diversas (14, 1-23)
motivadas por la diversidad de puntos de vista derivados de la diversidad de
origen y de cultura. Girando en torno a cuestiones sobre alimentos y sobre fechas
con cierto valor religioso.
El
eje radica en el concepto de pertenencia al Señor: “ya vivamos, ya muramos,
somos del Señor”. ¿Cómo encaja esto con la temática de fechas y alimentos
prohibidos? Lo establece la Carta en el verso previo, el 14,6: “El que guarda
cierto día para honrar al Señor, lo guarda. Y el que come de todo para honrar
al Señor lo come, y da gracias a Dios; y el que no come ciertas cosas, para
honrar al Señor deja de comerlas, y también da gracias a Dios”.
Nos
hallamos ante un himno que exalta la tolerancia y la aceptación de los otros.
San Pablo nos convoca a ser pacientes con las debilidades de cada cual y no
estar buscando una uniformidad exagerada, ni proponiendo querellas alentadas
por una escrupulosidad exacerbada. Siempre hallaremos quien se muestra
particularmente quisquilloso para defender un determinado punto de vista o
alguna muy idiosincrática manera de proceder. Siendo, sin embargo, cosas de
menor cuantía o solo formalismos acostumbrados.
Es
exorbitantemente sencillo hablar del Amor a Dios como un puro concepto, como un
“instante” piadoso en la vida. La cuestión álgida consiste en pasar del plano “abstracto”,
al plano concreto del Amor al prójimo. Se puede condensar la idea en la
fórmula: Haz que tu Amor sea concreto amando a Dios en tus hermanos, en todo
prójimo. Y ¿cuál sería la meta? Vivenciar continuamente el Amor a Dios, viviéndolo
en toda persona que tengamos cerca. No se trata de instantes, se trata de una
constante de vida, de una donación ininterrumpida.
La
meta es ver en cada persona que tratamos, el Rostro de Dios. A veces será un
rostro de dicha, de gozo, de fraternal compañerismo. A veces, será un rostro
dolorido de Crucificado. A veces, el dolor nos puede tocar a través de esa persona.
Inclusive, podremos -en algunas oportunidades, tocar la Presencia de Jesús flagelado,
coronado de espinas, cargando la cruz, caído por su debilidad y dolorido ante
tanta sevicia. Quizás alguna vez, podremos suavizar los estigmas y aliviar con
ternura tanto padecimiento.
Esto
invita, llama, -aún más si se quiere podemos decir- reclama, exige, descentrarse.
Lo que quiere decir, salir del ego, desacomodarse del egocentrismo, de ese
solipsismo de “yo estoy bien, lo demás no importa”.
El
motivante central que plantea aquí Romanos dice: “ninguno de nosotros vive para
sí mismo y ninguno muere para sí mismo”. El sentido profundo de la vida está en
descentrarse y llegar a ese divino nivel de solidaridad fraterna en que
lleguemos a vivir y morir por el Señor.
Eso
nos lleva en alas de ángeles a esa plenitud de conciencia de pertenecerle al
Señor, tanto en la vida -donde dejamos sentadas las premisas de lo que será
nuestro destino- y para la muerte, puesto que morimos para entregarnos
completamente y ratificar que lo designamos Dueño y Señor nuestro: “Tu Rostro
buscaré Señor, No me escondas Tu Rostro, no te escondas de mí”(Sal 27(26), 8bc,
9a)
Para
apoyar y enfocar mejor y con toda precisión este descentramiento, este
fragmento de Romanos nos propone dos cuestionamientos
·
¿por qué juzgas a tu hermano?
·
¿Por qué desprecias a tu hermano?
Si
alguien pudiera exceptuarse de llegar al Altísimo Tribunal Celestial, podría
-con algún tipo de autoridad- juzgar a su hermano.
Si
alguien pudiera mantenerse en pie ante el Altísimo, aquel podría despreciar a
su hermano. Pero no hay rodilla que llegado el momento no se flexione y rinda
honores al Señor. Y no habrá lengua que pueda descansar en la cárcel de su
boca, sino rendirse y deshacerse en alabanzas, y loores a Dios.
En
síntesis, ¡todos tendremos que calificar servicios! λόγον δώσει τῷ Θεῷ [logón dosei to Teo] “dar cuentas a Dios”.
Sal
27(26), 1bcde. 4. 13-14
… puedo aspirar a mucho
más, porque Tú me lo dices, y me llamas y me invitas. Y yo lo quiero con toda
mi alma. Quiero ver Tu Rostro. Tengo ciencia, pero quiero experiencia; conozco
tu Palabra, pero ahora quiero ver Tu Rostro. Hasta hora tenía sobre Ti
referencias de segunda mano; ahora aspiro al contacto directo.
Carlos González Vallés
s.j.
Salmo
del Huésped de Yahweh. En este salmo Israel está personificado en la persona de
un Rey. Y la petición central que encontramos en el ensamble que se proclama
hoy, alude precisamente al requerimiento de ser admitido en asilo bajo el techo
del Templo, que aquí se menciona como “Casa del Señor”.
Esta
solicitud que eleva el salmo la entendemos como una forma de consagración. El
salmista no quiere vivir por ahí, no quiere dedicarse a cosas “mundanas”,
quiere vivir una vida de consagración y entrega y estar permanentemente bajo la
mirada del Señor.
Qué sentido tiene esta consagración, llenarse la vista con el rostro de Dios. Ese pedido es un anhelo de no mirar en otra dirección, sino tener la mirada clavada en la faz de יְהוָה֮ [Yahweh].
«Este es el deseo de mi
vida que recoge y resume todos mis deseos: ver tu Rostro. Palabras atrevidas
que yo no habría pretendido pronunciar si no me las hubieras dado Tú mismo. En
otros tiempos, nadie podía ver tu Rostro y permanecer con vida. Ahora Tú quitas
el velo y descubres Tu Presencia. Y una vez que sé eso, ¿qué otra cosa puedo
hacer el resto de mis días, sino buscar ese rostro y desear Esa Presencia? Ese
es mi único deseo, el blanco de todas mis acciones, el objeto de mis plegarias
y esfuerzos y el mismo sentido de mi vida.» (Carlos G. Vallés s.j.)
La última estrofa se basa
sobre la esperanza. Sólo el corazón descubre la certeza anidada en la
esperanza. Al cerebro le es absurda la esperanza. Es, para él, una categoría
impenetrable. Pero el corazón cuando conoce al Amigo, sabe que puede fiarse por
entero en Él y no lo defraudará.
Lc
15, 1-10
Sean por todas partes,
portadores de la palabra de vida, en nuestros barrios, donde haya personas.
Tenemos una oveja y nos faltan 99, salgamos a buscarlas.
Papa Francisco
La
visión previa de Dios era la de un Rey, encerrado en su vitrina, repartiendo
bendiciones y asignando desahucios al Infierno. La vitrina era muy importante,
porque permitía que todos los peticionarios que se acercaran, no pudieran transgredir
la estricta distancia que imponía tan alta Majestad.
Jesús,
por otra parte, subvierte la distancia. Rompe cualquier distanciamiento
respecto de
los
publicanos y los pecadores. Él, parece ignorar el prejuicio farisaico según el cual,
el contacto con el pecador nos mancha. Y, lo que hace es radicalmente otra
cosa: Su actitud parece decir, el perdón que te concedo es tan serio, tan denso
y total, tan puro y tan Celestial que has quedado más limpio que Adán- recién-creado.
Esta
conducta -que tanto escandaliza a fariseos y escribas- es clara y rotundamente
explicada con la parábola: Si el Pastor pierde una oveja, va y la busca; y el
hallarla, se alegra de tal manera que no se detiene a regañarla y no la castiga
con indiferencia y mutismo; absolutamente, al contrario: ¡se alegra tanto que
la alza, y la acomoda en sus hombros para hacerle sentir que su Padre-y-Pastor
está Feliz de tenerla a Salvo!
Valga
recordar aquí, el desenlace de aquella otra parábola (15, 11-32), y retomar las
palabras del Padre para aquilatar el por qué la alegría no puede celebrarse conservando
distanciamientos egoístas: “Pero había que celebrar esto con un banquete y
alegrarnos, porque tu hermano, que estaba perdido, ha vuelto a la vida, se
había perdido y lo hemos encontrado.
¡Sólo
el Padre sabe lo que vale su hijo en su corazón! ¡Solo el Padre sabe el tamaño
de la dicha que lo inunda al rescatar a su hijo secuestrado y distante!
La palabra en griego es ἐγγίζοντες [engizontes] “atraer hacía sí”, “acercar”,
“aproximarlos a sus mejillas”; el verbo ἐγγίζω [egizo] habla de “la
más extremada cercanía”, algo así como “abrirse el pecho para injertarlo en
directo contacto con el propio corazón”.
No
podemos dejar desapercibido que el Pastor reúne a todos los vecinos para
compartir con ellos la dicha de la “recuperación”. Y les explica, que los que
están en casa constantemente no pueden llegar a producir una dicha, como la que
produce el que se ha ido, y es tanta su distancia, que es como si hubiera
muerto. Se reduce de tal manera la esperanza de volverlo a ver que, el corazón
se desangra por el distanciamiento.
A este respecto Papa Francisco
recomendaba que el Pastor llegara a oler a oveja. Cierto es que el olor de
oveja es cero-glamuroso; pero también es cierto que, el olor de oveja implica
la actitud paternal del pastor que ha alzado su oveja y, como al bebé que
habiendo aprendido a caminar se cansa y reclama de su papá (de Abba), ser
llevado en brazos, el Señor se complace en untarse de la fragancia de sus
ovejitas. ¡El que alza y lleva alzado es el que gana la fragancia de esa loción
que -claro está- fariseos y escribas, preferían suplantar por olor a esencias
finamente perfumadas!
Aún hay otra parábola para significar
hasta qué punto toda “oveja”, es valiosa para su Pastor. Esta vez la analogía
se establece con los ahorros de una mujer. De las diez monedas ¡de plata! -en
efecto, el texto griego habla de δραχμὰς [drachmas] “dracmas”,
que entre los atenienses consistían en 4,3 g de plata- que ella ha atesorado en
su vida; se le ἀπόλλυμι
[apolumi] se traduce por “pierde”,
sin embargo, el sentido es más fuerte, “se la arrancan”, “se la extirpan” como
si fuera un riñón, u otro órgano, que le hubieran robado, la palabra anida un
sufijo que alude a la “destrucción”, como si el órgano hurtado lo hubieran
arrojado al fuego destruyéndolo íntegramente sin que quedara rastro de él.
En
la primera parábola la imagen remite al Pastor, en el caso de esta mujer,
parece figurar, el amor maternal de Dios. Es interesante que tuviera “diez” dracmas,
porque ese era el número mínimo para convalidar la liturgia sinagogal. Nosotros
reducimos la existencia al origen gestacional en el vientre de mamá, hermoso poema
lleno de gratitud por la mujer que germinó en su seno nuestra vida; no obstante,
hay otra gestación que se lleva a cabo en el seno de la comunidad que nos gesta
en el útero sacramental de la fe. La teología se ha referido, un número plural
de veces, a Dios Padre-Madre. Y al remitirnos a la Pila Bautismal la
mencionamos como útero donde somos concebidos los cristianos.
Observamos que la mujer en cuestión no se
resigna a la perdida, no se conforma con “bueno, se me perdió, qué le vamos a
hacer, sólo tengo nueve”. ¡No, ese no es el caso! La mujer despliega toda su
diligencia:
·
Enciende una lámpara
·
Barre toda la casa
·
Busca cuidadosamente
·
Hasta que la
encuentra.
¡En ningún momento desiste! ¡Así es Dios
Padre-Madre!
Pensemos en una familia con varios hijos, una de esas familias numerosas, que se reúnen -por ejemplo- para celebrarle el cumpleaños a mamá; y mamá, con uno solo que le falte, no estará tranquila, así sea el “bala perdida”, o “el rebelde de la casa”. Se le aflige totalmente la fiesta y el ponqué le sabe amargo. ¡Así es el corazón de Dios cuando uno solo de sus hijos le hace falta!





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