miércoles, 5 de noviembre de 2025

Jueves de la Trigésimo Primera Semana del Tiempo Ordinario


Rm 14, 7-12

Creados y llamados a asumir la responsabilidad

El fragmento que leemos hoy pertenece -también a la parte exhortativa. De una perícopa que remite a ciertas normas para el caso de opiniones diversas (14, 1-23) motivadas por la diversidad de puntos de vista derivados de la diversidad de origen y de cultura. Girando en torno a cuestiones sobre alimentos y sobre fechas con cierto valor religioso.

 

El eje radica en el concepto de pertenencia al Señor: “ya vivamos, ya muramos, somos del Señor”. ¿Cómo encaja esto con la temática de fechas y alimentos prohibidos? Lo establece la Carta en el verso previo, el 14,6: “El que guarda cierto día para honrar al Señor, lo guarda. Y el que come de todo para honrar al Señor lo come, y da gracias a Dios; y el que no come ciertas cosas, para honrar al Señor deja de comerlas, y también da gracias a Dios”.

 

Nos hallamos ante un himno que exalta la tolerancia y la aceptación de los otros. San Pablo nos convoca a ser pacientes con las debilidades de cada cual y no estar buscando una uniformidad exagerada, ni proponiendo querellas alentadas por una escrupulosidad exacerbada. Siempre hallaremos quien se muestra particularmente quisquilloso para defender un determinado punto de vista o alguna muy idiosincrática manera de proceder. Siendo, sin embargo, cosas de menor cuantía o solo formalismos acostumbrados.

 

Es exorbitantemente sencillo hablar del Amor a Dios como un puro concepto, como un “instante” piadoso en la vida. La cuestión álgida consiste en pasar del plano “abstracto”, al plano concreto del Amor al prójimo. Se puede condensar la idea en la fórmula: Haz que tu Amor sea concreto amando a Dios en tus hermanos, en todo prójimo. Y ¿cuál sería la meta? Vivenciar continuamente el Amor a Dios, viviéndolo en toda persona que tengamos cerca. No se trata de instantes, se trata de una constante de vida, de una donación ininterrumpida.

 

La meta es ver en cada persona que tratamos, el Rostro de Dios. A veces será un rostro de dicha, de gozo, de fraternal compañerismo. A veces, será un rostro dolorido de Crucificado. A veces, el dolor nos puede tocar a través de esa persona. Inclusive, podremos -en algunas oportunidades, tocar la Presencia de Jesús flagelado, coronado de espinas, cargando la cruz, caído por su debilidad y dolorido ante tanta sevicia. Quizás alguna vez, podremos suavizar los estigmas y aliviar con ternura tanto padecimiento.

 

Esto invita, llama, -aún más si se quiere podemos decir- reclama, exige, descentrarse. Lo que quiere decir, salir del ego, desacomodarse del egocentrismo, de ese solipsismo de “yo estoy bien, lo demás no importa”.

 

El motivante central que plantea aquí Romanos dice: “ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo”. El sentido profundo de la vida está en descentrarse y llegar a ese divino nivel de solidaridad fraterna en que lleguemos a vivir y morir por el Señor.

 

Eso nos lleva en alas de ángeles a esa plenitud de conciencia de pertenecerle al Señor, tanto en la vida -donde dejamos sentadas las premisas de lo que será nuestro destino- y para la muerte, puesto que morimos para entregarnos completamente y ratificar que lo designamos Dueño y Señor nuestro: “Tu Rostro buscaré Señor, No me escondas Tu Rostro, no te escondas de mí”(Sal 27(26), 8bc, 9a)


 

Para apoyar y enfocar mejor y con toda precisión este descentramiento, este fragmento de Romanos nos propone dos cuestionamientos

·         ¿por qué juzgas a tu hermano?

·         ¿Por qué desprecias a tu hermano?

 

Si alguien pudiera exceptuarse de llegar al Altísimo Tribunal Celestial, podría -con algún tipo de autoridad- juzgar a su hermano.

 

Si alguien pudiera mantenerse en pie ante el Altísimo, aquel podría despreciar a su hermano. Pero no hay rodilla que llegado el momento no se flexione y rinda honores al Señor. Y no habrá lengua que pueda descansar en la cárcel de su boca, sino rendirse y deshacerse en alabanzas, y loores a Dios.

 

En síntesis, ¡todos tendremos que calificar servicios! λόγον δώσει τῷ Θεῷ [logón dosei to Teo] “dar cuentas a Dios”.

 

Sal 27(26), 1bcde. 4. 13-14

… puedo aspirar a mucho más, porque Tú me lo dices, y me llamas y me invitas. Y yo lo quiero con toda mi alma. Quiero ver Tu Rostro. Tengo ciencia, pero quiero experiencia; conozco tu Palabra, pero ahora quiero ver Tu Rostro. Hasta hora tenía sobre Ti referencias de segunda mano; ahora aspiro al contacto directo.

Carlos González Vallés s.j.

Salmo del Huésped de Yahweh. En este salmo Israel está personificado en la persona de un Rey. Y la petición central que encontramos en el ensamble que se proclama hoy, alude precisamente al requerimiento de ser admitido en asilo bajo el techo del Templo, que aquí se menciona como “Casa del Señor”.

 

Esta solicitud que eleva el salmo la entendemos como una forma de consagración. El salmista no quiere vivir por ahí, no quiere dedicarse a cosas “mundanas”, quiere vivir una vida de consagración y entrega y estar permanentemente bajo la mirada del Señor.


 Qué sentido tiene esta consagración, llenarse la vista con el rostro de Dios. Ese pedido es un anhelo de no mirar en otra dirección, sino tener la mirada clavada en la faz de יְהוָה֮ [Yahweh].

 

«Este es el deseo de mi vida que recoge y resume todos mis deseos: ver tu Rostro. Palabras atrevidas que yo no habría pretendido pronunciar si no me las hubieras dado Tú mismo. En otros tiempos, nadie podía ver tu Rostro y permanecer con vida. Ahora Tú quitas el velo y descubres Tu Presencia. Y una vez que sé eso, ¿qué otra cosa puedo hacer el resto de mis días, sino buscar ese rostro y desear Esa Presencia? Ese es mi único deseo, el blanco de todas mis acciones, el objeto de mis plegarias y esfuerzos y el mismo sentido de mi vida.» (Carlos G. Vallés s.j.)

 

La última estrofa se basa sobre la esperanza. Sólo el corazón descubre la certeza anidada en la esperanza. Al cerebro le es absurda la esperanza. Es, para él, una categoría impenetrable. Pero el corazón cuando conoce al Amigo, sabe que puede fiarse por entero en Él y no lo defraudará.

 

Lc 15, 1-10

Sean por todas partes, portadores de la palabra de vida, en nuestros barrios, donde haya personas. Tenemos una oveja y nos faltan 99, salgamos a buscarlas.

Papa Francisco

La visión previa de Dios era la de un Rey, encerrado en su vitrina, repartiendo bendiciones y asignando desahucios al Infierno. La vitrina era muy importante, porque permitía que todos los peticionarios que se acercaran, no pudieran transgredir la estricta distancia que imponía tan alta Majestad.


 

Jesús, por otra parte, subvierte la distancia. Rompe cualquier distanciamiento respecto de

los publicanos y los pecadores. Él, parece ignorar el prejuicio farisaico según el cual, el contacto con el pecador nos mancha. Y, lo que hace es radicalmente otra cosa: Su actitud parece decir, el perdón que te concedo es tan serio, tan denso y total, tan puro y tan Celestial que has quedado más limpio que Adán- recién-creado.

 

Esta conducta -que tanto escandaliza a fariseos y escribas- es clara y rotundamente explicada con la parábola: Si el Pastor pierde una oveja, va y la busca; y el hallarla, se alegra de tal manera que no se detiene a regañarla y no la castiga con indiferencia y mutismo; absolutamente, al contrario: ¡se alegra tanto que la alza, y la acomoda en sus hombros para hacerle sentir que su Padre-y-Pastor está Feliz de tenerla a Salvo!

 

Valga recordar aquí, el desenlace de aquella otra parábola (15, 11-32), y retomar las palabras del Padre para aquilatar el por qué la alegría no puede celebrarse conservando distanciamientos egoístas: “Pero había que celebrar esto con un banquete y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba perdido, ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado.

 

¡Sólo el Padre sabe lo que vale su hijo en su corazón! ¡Solo el Padre sabe el tamaño de la dicha que lo inunda al rescatar a su hijo secuestrado y distante!

 

La palabra en griego es ἐγγίζοντες [engizontes] “atraer hacía sí”, “acercar”, “aproximarlos a sus mejillas”; el verbo ἐγγίζω [egizo] habla de “la más extremada cercanía”, algo así como “abrirse el pecho para injertarlo en directo contacto con el propio corazón”.

 

No podemos dejar desapercibido que el Pastor reúne a todos los vecinos para compartir con ellos la dicha de la “recuperación”. Y les explica, que los que están en casa constantemente no pueden llegar a producir una dicha, como la que produce el que se ha ido, y es tanta su distancia, que es como si hubiera muerto. Se reduce de tal manera la esperanza de volverlo a ver que, el corazón se desangra por el distanciamiento.

 

A este respecto Papa Francisco recomendaba que el Pastor llegara a oler a oveja. Cierto es que el olor de oveja es cero-glamuroso; pero también es cierto que, el olor de oveja implica la actitud paternal del pastor que ha alzado su oveja y, como al bebé que habiendo aprendido a caminar se cansa y reclama de su papá (de Abba), ser llevado en brazos, el Señor se complace en untarse de la fragancia de sus ovejitas. ¡El que alza y lleva alzado es el que gana la fragancia de esa loción que -claro está- fariseos y escribas, preferían suplantar por olor a esencias finamente perfumadas!

 

Aún hay otra parábola para significar hasta qué punto toda “oveja”, es valiosa para su Pastor. Esta vez la analogía se establece con los ahorros de una mujer. De las diez monedas ¡de plata! -en efecto, el texto griego habla de δραχμὰς [drachmas] “dracmas”, que entre los atenienses consistían en 4,3 g de plata- que ella ha atesorado en su vida; se le ἀπόλλυμι [apolumi] se traduce por “pierde”, sin embargo, el sentido es más fuerte, “se la arrancan”, “se la extirpan” como si fuera un riñón, u otro órgano, que le hubieran robado, la palabra anida un sufijo que alude a la “destrucción”, como si el órgano hurtado lo hubieran arrojado al fuego destruyéndolo íntegramente sin que quedara rastro de él.

 

En la primera parábola la imagen remite al Pastor, en el caso de esta mujer, parece figurar, el amor maternal de Dios. Es interesante que tuviera “diez” dracmas, porque ese era el número mínimo para convalidar la liturgia sinagogal. Nosotros reducimos la existencia al origen gestacional en el vientre de mamá, hermoso poema lleno de gratitud por la mujer que germinó en su seno nuestra vida; no obstante, hay otra gestación que se lleva a cabo en el seno de la comunidad que nos gesta en el útero sacramental de la fe. La teología se ha referido, un número plural de veces, a Dios Padre-Madre. Y al remitirnos a la Pila Bautismal la mencionamos como útero donde somos concebidos los cristianos.

 

Observamos que la mujer en cuestión no se resigna a la perdida, no se conforma con “bueno, se me perdió, qué le vamos a hacer, sólo tengo nueve”. ¡No, ese no es el caso! La mujer despliega toda su diligencia:

·         Enciende una lámpara

·         Barre toda la casa

·         Busca cuidadosamente

·         Hasta que la encuentra.

 

¡En ningún momento desiste! ¡Así es Dios Padre-Madre!


Pensemos en una familia con varios hijos, una de esas familias numerosas, que se reúnen -por ejemplo- para celebrarle el cumpleaños a mamá; y mamá, con uno solo que le falte, no estará tranquila, así sea el “bala perdida”, o “el rebelde de la casa”. Se le aflige totalmente la fiesta y el ponqué le sabe amargo. ¡Así es el corazón de Dios cuando uno solo de sus hijos le hace falta!

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