sábado, 27 de julio de 2019

VENGA A NOSOTROS TU REINO



Gn 18, 20-32; Sal 138(137), 1-2a. 2bc-3. 6-7ab. 7c-8; Col 2, 12-24; Lc 11, 1-13

La pedagogía del Padre nos hace pasar de las necesidades que tenemos a la necesidad que  somos… Cuando ya no nos busquemos a nosotros en Él, lo encontraremos a Él en nosotros.
Silvano Fausti

Una necesidad vital aparentemente innecesaria
Proponemos una definición de la oración para abordar una aproximación a la “Oración del Señor”, que nos sirva de mapa general, pero también de acicate: «La oración es un permanente y fascinante mundo de averiguación, donde Dios se deja ‘investigar’ en su Hijo; donde el Hijo se deja investigar en su humanidad; donde el hombre aprende las pautas dinámicas para reproducir el estilo y la fuerza de relación que Jesús tenía con su Padre.»[1] Una de las principales ventajas que vemos en enunciado es que descarta aquella visión según la cual la oración consistiría en «recitar un texto como una fórmula… esta plegaria viene a ser dicha de una manera mecánica, sin una vinculación suficiente con la vida misma.»[2] La oración es un caminar en el ansia de Dios, en un profundísimo deseo de acercarnos, de permitirle entrar en nuestra vida, pero dadas las imposibilidades para acercarnos a Él directamente, lo hacemos acercándonos a la amistad con quien nos ha dicho que si lo vemos a Él vemos al Padre (Jn 14, 9); aquí está condensado el cómo pero ¿para qué? Para entender esa relación paternal-filial y, entonces, hacernos hijos: ¡Sí!, es un esfuerzo hacia nuestra filiación, un trabajar para conformar nuestra vida con Jesús, para transparentarlo; lo cual no se alcanza por la repetición de fórmulas, ni por medio de la recitación de plegarias. Es decir, ¡no se logra por medio de conductas rituales, sino por la inserción en un dinamismo vital!, la construcción de Su Reino de Paz, justicia y Amor.

La oración tiene todo que ver con los diversos planos de la vida:
Con las búsquedas más profundas de la persona
Con las necesidades básicas de la vida
Con la definición de la identidad personal
Con la calidad de las relaciones interpersonales
Con la capacidad para ejercer la reconciliación
Con la visión de la vida
Con la justicia[3]

Sin embargo, «Hay quien descuida la oración y hay quien no cree en ella: pero el motivo a veces es el mismo. Se cree que es ineficaz o que no sirve. El presunto silencio de Dios respecto de nuestras expectativas lleva a menudo a una especie de resentimiento interior, que termina en la duda o en el desafío: “Si Dios no me escucha, no existe”. ¿Es posible que Dios no escuche o tal vez dé una respuesta distinta de la esperada? La opinión más difundida es que la oración no es útil, no sirve para resolver los problemas de la vida  ni las necesidades de la existencia. En la graduación de las cosas inútiles, la oración ocupa el primer puesto. Se dice que ella aparta de la vida, que crea espacios ilusorios; al máximo, no perjudica cuando no se tiene nada que hacer. Son otros los verbos que hacen percibir a las personas de nuestro tiempo la impresión de hacer cosas útiles: realizar, construir, poseer, alcanzar. El orar no tiene nada que ver con esta lógica… La eficacia de la oración constituye una “desproporción”: la respuesta de Dios siempre es más grande que nuestras peticiones, que nuestras expectativas. Aunque, a veces, “misteriosamente” diversa.»[4]

Oración de intercesión
«Vienen a la mente toda clase de objeciones: ¿Por qué deberíamos pedir a Dios algo que sabe necesitamos?... Jesús parece dar de lado a todas estas objeciones y anunciar una ley misteriosa del mundo de la oración: que Dios, por propia voluntad, ha colocado su poder, en cierto sentido, en manos de la persona que intercede, de manera que, mientras la persona no interceda, su poder queda maniatado.


Ese es el gran atractivo de la oración de intercesión: que cuando la practicas adquieres un tremendo sentido del poder enorme que encierra. Y, una vez que hayas sentido ese poder, no cesaras de orar. Al final del mundo comprenderemos en qué medida han sido configurados los destinos de las personas y de las naciones no tanto en virtud de los acontecimientos externos provocados por personas con poder y por acontecimientos que parecían inevitables, sino por el silencioso, callado, irresistible poder de la oración de personas a las que el mundo jamás conocerá.

Teilhard de Chardin habla en El Medio Divino de una religiosa que ora en la capilla perdida en un lugar desierto; cuando lo hace, todas las fuerzas del universo parecen organizarse en consonancia con los deseos de aquella figurilla que ora y el eje del mundo parece atravesar aquella capilla desierta.»[5]

Dice Jacques Loew que «Orar es aceptar la noche de la fe, la de las contradicciones y los sufrimientos. ¡Cuidado con mandar todo a paseo demasiado pronto! Como dice San Juan de la Cruz: “Muchos no adelantan; habiendo emprendido el camino de la virtud, y queriendo Nuestro Señor ponerlos en esta noche oscura, para llevarlos por ella a la unión divina, no pasan adelante porque se detienen en las tinieblas.”… Abraham,… en su intercesión por Sodoma También aquí es Dios quien toma la iniciativa. Es el que plantea la cuestión: “¿He de encubrir yo a Abraham lo que he de hacer?” Le expone la situación, y es Él, Dios, el que va a suscitar la intercesión de Abraham. Dios le dice: El clamor de Sodoma y Gomorra ha crecido mucho, y su pecado se ha agravado en extremo.” Cuánto hay que señalar aquí. Ante todo, el corazón de Abraham humilde y osado al mismo tiempo. El pecado de Sodoma le lleva a la oración de intercesión…”Yo, que soy polvo y ceniza”…Pero el conocimiento de nuestra miseria le permite toda su osadía para hablar con Dios.»[6]

Queremos compartir una página de Nikos Kazantzaki, de su Carta al Greco, en ella Kazantzaki recrea y re-escribe el episodio de regateo entre Abrahán y Dios; en ella, igualmente, Abraham y Lot llevan su osadía hasta límites irreverentes. En la perícopa que ocupa el lugar de la Primera Lectura Abrahán intercede por las ciudades de Sodoma y Gomorra cuya corrupción e inmoralidad les valió la sentencia de destrucción. Tal era la depravación en estas ciudades, que se hicieron proverbiales como tipos de inmoralidad, de abuso de los árboles del conocimiento y la vida. Pero miremos como la replanteó y hasta dónde la llevó Kazantzaki:

«Apresuré el paso, gané la orilla venenosa del Mar Muerto, entré en el desierto. Mi mirada sobreexcitada, estremecida, se detenía en las aguas muertas, como si procurara distinguir en el fondo las antiguas ciudades sumergidas. Y mientras miraba, un relámpago amarillo atravesó mi mente y vi: Un pie todo poderoso y colérico había pasado por allí, había aplastado las dos ciudades, Sodoma y Gomorra, y las había sepultado. Mi corazón se oprimió: un pie todopoderoso aplastará un día nuestras Sodomas y nuestras Gomorras y este mundo que ríe, se divierte y olvida a Dios, se convertirá a su vez en un Mar Muerto. Así, a cada tanto, el pie de Dios pasa y aplasta las ciudades demasiado satisfechas, demasiado inteligentes.

Me asusté. Me parece que Sodoma y Gomorra es el mundo de hoy, poco antes de que Dios pase sobre él. Creo oír ya su paso terrible que se acerca.

Me detuve sobre una duna baja, permanecí largo rato contemplando las aguas malditas; me esforzaba en extraer de su seno pegajoso las ciudades pecadoras, tan llenas de encanto. Para que resplandezcan aún un instante al sol, para que tenga el tiempo de verlas, para que mis parpados se agiten una vez más y luego que las ciudades desaparezcan.

Sodoma y Gomorra estaban echadas a la orilla del río como dos rameras, y se abrazaban; los hombres copulaban con los hombres, las mujeres con las mujeres, los hombres con yeguas y las mujeres con toros. Comían, comían con exceso los frutos del Árbol de la Vida. Comían, comían con exceso los frutos del Árbol del Conocimiento. Habían roto sus imágenes sagradas y habían visto que no eran más que madera y piedra; habían roto las ideas y habían visto que sólo estaban llenas de viento. Se habían acercado mucho a Dios y se habían dicho “Este Dios es hijo del Temor y no padre del Temor” y así le habían perdido miedo. Habían escrito con gruesas letras amarillas en las cuatro puertas fortificadas de su ciudad: AQUÍ NO HAY DIOS. Dios, ¿qué quiere decir esta palabra? No hay rienda para nuestros instintos, no hay recompensa para el bien ni castigo para el mal, no hay virtud ni pudor, ni justicia; somos lobos y lobas en celo.

Dios se enojó, llamó a Abraham: “¡Abraham!” “Ordena, Señor” “Abraham, toma tus ovejas, tus camellos, tus perros, tus esclavos, hombres y mujeres, tu mujer, tu hijo y vete. Vete, he tomado mi decisión.” “He tomado mi decisión, Señor, quiere decir en tu boca: ¡Quiero matar!” “Su corazón tiene demasiada alegría, su mente es demasiado vigorosa, su vientre está demasiado lleno, ¡ya no los soporto! Levantan casas de piedra y hierro, como si fueran inmortales; construyen hornos, encienden fuegos, funden metales. Yo había expandido una lepra sobre el rostro de la tierra, el desierto, porque así lo quería. Y los hombres de aquí abajo, en Sodoma y en Gomorra, riegan abonan, trasforman el desierto en un jardín… El agua, el hierro, las piedras, el fuego, elementos inmortales, se han convertido en sus esclavos. Ya no los tolero. Han comido del Árbol del Conocimiento, han cogido sus manzanos, ¡morirán!” “¿Todos, Señor?” “Todos, ¿no soy todopoderoso?” “No, Tú no eres todopoderoso, Señor, porque eres justo. Tú no puedes cometer injusticias, ni infamias, ni cosas absurdas.” “Qué podéis saber vosotros sobre lo justo o lo injusto, sobre el honor o la infamia, sobre lo razonable o lo absurdo, vosotros, gusanos de tierra, alimentados de tierra, que os convertiréis en tierra? Mi voluntad es un abismo. Si pudierais mirarla de frente, se apoderaría de vosotros el terror” “Tú eres el amo de la tierra y del cielo, Tú tienes en la misma mano la vida y la muerte y eliges; y yo soy un gusano de la tierra; estoy hecho de tierra y agua, pero Tú has soplado sobre mí, y de la tierra y el agua ha surgido un alma, así que hablaré. Hay millares de almas que comen, beben, ríen y se divierten en Sodoma y en Gomorra; hay allí millares de mentes que se han hinchado como serpientes, que lanzan su veneno hacia el cielo y silban. Pero si entre ellos hay cuarenta justos, ¿los quemaras?” “¡quiero nombres! ¿Quiénes son esos cuarenta?” “Si hay veinte, ¿veinte justos Señor?” “¡Quiero nombres! Cuento con los dedos” “Si hay diez, ¿diez justos, Señor? ¿Si hay cinco?” “¡Abraham, cierra esa boca impúdica!” “Piedad, Señor, Tú no eres solamente justo, también eres bueno. Maldición sí solamente fueras todopoderoso, maldición, si sólo fueras justo; el mundo estaría perdido! Pero Tú eres también bueno, Señor, y por eso el edificio del mundo puede todavía sostenerse en el aire.” “¡No te arrodilles, no extiendas las manos para abrazarme las rodillas, yo no tengo rodillas! ¡No empieces a lamentarte para enternecer mi corazón; yo no tengo corazón! Soy un bloque de granito negro, ninguna mano puede grabar sobre mí; he tomado mi decisión: voy a quemar a Sodoma y Gomorra.” “No te apresures, Señor; ¿por qué te apresuras cuando se trata de matar? ¡He encontrado!” “Qué has encontrado?, gusano de tierra, arañando la tierra?” “Un justo.” “Quién es?” “El hijo de mi hermano Harán, Lot.”

Inmóvil sobre la duna, sentía crujir mis sienes. Oía en mí la voz de Dios y la voz del hombre que luchaban. Un instante me pareció que el aire se hacía más compacto y que ante mí se erguía Lot, salvaje, descalzo, con una barba caudalosa y una llama en la frente. No el Lot del Antiguo Testamento, sino un Lot mío, rebelde, que no obedeciera a Dios, que no huyera para salvarse, sino que se apiadara de la graciosa ciudad y se arrojara, voluntariamente, al fuego, para ser quemado y perderse con ella.

¡Dile –gritaba él a Abraham- que no me voy! ¡Dile que yo soy Sodoma y Gomorra, que no me voy! ¿No dice Él que soy libre? ¿No dice jactanciosamente que Él me ha creado libre? Pues bien, entonces hago lo que quiero y no me voy.

-Yo me lavo y vuelvo a lavarme las manos, rebelde, y me voy.
-¡Buen viaje viejo virtuoso, buen viaje cordero de Dios! Y dile a tu amo: ¡El viejo Lot te saluda! Y dile también que no es justo. No es justo y no es bueno; ¡es todopoderoso, sólo todopoderoso, y nada más!»[7]

El propio Kazantzaki se escandalizaba de sí mismo espantado del texto que había escrito, añadió: «Como si saliera de una lucha desesperada, tomé aliento y miré detrás de mí. Me asusté: ¿cómo tal rebelde pudo salir de mis entrañas? ¿Dónde se escondía, en el fondo de mí mismo, detrás de Dios, esa alma salvaje e insumisa?»[8]

«… algunas personas cuando alcanzan un profundo sentido de unión con Dios, se ven empujadas por él a interceder por otros. Al principio sienten preocupaciones pensando que puede tratarse de distracciones: hasta que comprenden que fueron llevados a este estado de unión profunda con Dios precisamente para interceder por sus semejantes y para que esta intercesión, lejos de distraerles, les introduzca con mayor profundidad en la unión con Dios… Cuanto más prodigues los tesoros de Cristo sobre otros, más inundada se sentirá tu propia vida y tu corazón con ellos. Al interceder por los otros, estás enriqueciéndote a ti mismo.»[9]

Queremos destacar por quién está orando y abogando Abraham. No se trata de “peras en dulce” sino de terribles pecadores cuyas acciones eran –como lo dice Kazantzaki- «…Habían escrito con gruesas letras amarillas en las cuatro puertas fortificadas de su ciudad: AQUÍ NO HAY DIOS…». Y pese a su abominación, Abraham los defiende, casi con las mismas letras con las que Jesús nos justificaba desde el Madero al que lo teníamos claveteado, y donde tercamente seguimos remachándolo, “Perdónalos Señor porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 33c)


«Abraham no se atrevió a ir más lejos. Hubiera debido continuar aún más. No se atrevió a bajar hasta uno… Jeremías lo afirma: “Un solo justo habría bastado.”… si halláis un varón, uno solo, que obre según justicia, que guarde fidelidad, y la perdonaré, declara Yavé”… si hubiera bajado hasta uno, no hubiera encontrado a nadie, porque en último término, lo que se necesitaba era un único intercesor: Jesús.»[10]

Sólo dice Abbá quien verdaderamente es hijo
En fin, no es una retahíla para fortalecer la buena memoria. Su recitación no se puede visualizar o asociar con la idea de un “conjuro”. La oración del Señor se debe concebir –mucho mejor- como un proyecto de vida. Es todo un programa para meditar y poner en práctica, para corregir todos los días y mejorar de forma tal que mañana lo implementemos mejor. «Oración que no cambia la vida no es oración. Oración que se queda en mero sentimiento o idea, será otra cosa, pero no oración cristiana. La oración cristiana tiende siempre a la conversión del orante. Y convertirse en cristiano es ir asumiendo en la propia vida el estilo de vida de Jesús. Cada vez más mansos, cada vez más humildes. Cada vez más comprensivos. Cada vez más misericordiosos, puros, alegres, pacíficos, comunitarios, trabajadores por la justicia, pobres de corazón.»[11]






[1] Caballero, Nicolás, CMF PARA FORMAR ORANTES LA ORACIÓN ESENCIA DE UN PROYECTO FORMATIVO I Publicaciones Claretianas. 2da Edición Madrid España 1994 p. 12
[2] Myre, André ABBÁ: LA ORACIÓN DE LOS DISCÍPULOS DE JESÚS. En AA,.VV. LA BIBLIZA EN ORACIÓN Ed San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia p. 85
[3] EL DISCIPULADO EN EL EVANGELIO DE LUCAS DESDE LA ORACIÓN Conferencia Episcopal de Colombia Sección de Pastoral Bíblica . Septiembre de 2006 p. 54.
[4] Masseroni, Enrico. ENSEÑANOS A ORAR. UN CAMINO A LA ESCUELA DEL EVANGELIO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia 1998 pp. 89-90
[5] De Mello, Anthony, s.j. SADHANA UN CAMINO DE ORACIÓN Sal Terrae Santander-España 1979 pp. 137-138
[6] Loew, Jacques EN LA ESCUELA DE LOS GRANDES ORANTES. Narcea S.A. de Ediciones Madrid España. 1977 pp. 24-25
[7] Kazantzaki, Nikos OBRAS SELECTAS T. III Ed. Planeta Barcelona- España 1968 p.301
[8] Ibid.
[9] De Mello, Anthony, s.j. Op. Cit. p. 141
[10] Loew, Jacques Op. Cit. p.26
[11] Mazariegos, Emilio. LA AVENTURA APASIONANTE DE ORAR. Ed. San Pablo Bogotá – Colombia 3ª reimpresión 2004 p. 157

domingo, 21 de julio de 2019

ALGUNOS HOSPEDARON ÁNGELES


Gn 18, 1-10; Sal 15(14), 2-3ab. 3cd-4ab. 5; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42

Lo que Dios ama es contemplarse en Él, no el intento de sofocarlo para agradarle.
Silvano Fausti



Más sobre el mandamiento del amor
Este episodio del evangelio, que nos ocupa hoy, está puesto -en San Lucas- exactamente a continuación de la parábola del Buen Samaritano. La invitación, para iniciar nuestra reflexión-contemplación para este XVI Domingo Ordinario del ciclo C, consiste en mirar una vez más la enumeración de acciones del “Samaritano” en la parábola con la que nos motivó Jesús en la liturgia del Domingo pasado:

a)    Lo vio y se compadeció
b)    Se le acercó
c)    Curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó
d)    Lo puso en el mismo animal que él montaba y lo condujo a un hostal
e)    Se encargó de cuidarlo
f)     Pagó con dos monedas los cuidados que el hostelero le prodigara
g)    Contrajo el compromiso de pagar los adicionales que fueran necesarios.


Queremos subrayar que esta hospitalidad que mostró el Samaritano no se extendía mientras se lo quitaba de la vista, no lo hizo por apaciguar el dolor que él presenciaba, no quería apaciguar su conciencia, sino que se extendió –previsivamente- con sincera y profunda preocupación por el otro, digámoslo así, hasta cuando fuera necesario, mientras su convalecencia durara.

Ahora, hagamos una nueva enumeración de acciones “hospitalarias”, se trata esta vez de Abraham –en la Primera Lectura de este domingo XVI Ordinario del ciclo C- que, estando en las montañas de Judá, “acoge” a tres hombres que –se habían allegado hasta su tienda:

a)    Levantó la vista y vio
b)    Se levantó rápidamente a recibirlos
c)    Los saludó con inclinación de cabeza hasta el suelo
d)    Les rogó que no pasaran de largo
e)    Les ofreció agua para lavarse y refrescarse los pies
f)     Les brindó la sombra protectora de los árboles
g)    Pidió a Sara amasar 20 kilos de harina para hacerles pan
h)    Les hizo asar un becerro
i)     Les brindo, como entrada, cuajada y leche
j)   Estuvo allí parado, atento a lo que se les pudiera ofrecer. No se trata de un cuidar mientras tanto, como si nuestra vida estuviera dividida en capítulos o en párrafos donde ya pasó esto y ahora punto a parte, es un compromiso que se extiende, que se prolonga, que dura; digámoslo de la siguiente manera, una vez se empieza a actuar “projimamente” ya la “projimidad” no se extingue, no es un “por ahora”, sino un vínculo que se ha establecido (queremos comentar que la palabra “establecido” significa que se ha hecho “estable”); este vínculo es de hermandad, de fraternidad pero no sólo con nuestros hermanos de carne y sangre, tampoco se limita a los cercanos en raza o en grupo social, sino con todo aquel que pueda esperar o necesitar algo de nosotros, claro, pues somos hermanos porque todos somos hijos del mismo Padre Celestial y hermanos en Cristo Jesús Nuestro Señor.

Ahora, no es necesario pasar a una definición abstracta de la hospitalidad, veamos los ejemplos bíblicos y extraigamos de ellos las consecuencias para nuestra vida. La Palabra de Dios está allí, no para convertirla en definiciones sino para traducirla en vivencias. Extrapolemos todas las conclusiones. Podríamos –para facilitar su comprensión- resumirlo diciendo que cada situación o cada vez que alguien (sin importar de quien se trate) se cruza en nuestra vida, en nuestro camino, es otro prójimo que nos regala Dios. Y, recíprocamente, cada vez que tenemos un nuevo prójimo, o nos hacemos conscientes  que esa “persona” es un prójimo, no es que nosotros “le demos” el cuidado o la atención que él necesita; es Dios mismo quien nos ha dado una oportunidad de cumplir con su mandamiento de Amor. Las acciones con las que traducimos el amor en realidad conforman la hospitalidad, diremos –pues- que la hospitalidad es verbo, no sustantivo.

La hospitalidad se ejercita con el “peregrino”, con el “forastero”, y entre los pueblos del oriente medio esta práctica era proverbial y hasta indispensable para la sobrevivencia,. Cruzar el desierto hacía necesario al transeúnte que se encontraba con los escasos habitantes, que estos últimos los recibieran les prodigaran agua, alimento y cobijo. Repetimos que nació de una necesidad acuciante dentro de este contexto. Podríamos decir que Dios se valió de este lenguaje de la naturaleza agreste, para enseñarles y luego difundir –precisamente por medio de nosotros- esta enseñanza.

Salmo de peregrinación
La fe del pueblo judío del pueblo elegido (y en general de los pueblos del medio oriente), se mostraba -entre otras cosas- en la peregrinación a los centros de culto, estas peregrinaciones son, para ellos, un precepto. También nosotros hemos aprendido a rendir culto a través de este tipo de acciones. Solemos “peregrinar” a nuestros centros de culto, especialmente allí donde Dios nos ha manifestado su bondad con algún prodigio; se trata de lugares donde Dios sigue comunicando y prodigando su Misericordia, algo así como la geopolítica de la fe, ventanas por donde la Bondad Divina se cuela desde su dimensión hasta la nuestra. En esos puntos se cultiva y se manifiesta la “fe popular”.

Esta fe –recordemos que Dios ha preferido dirigirse a “sus pequeños” para confundir a los que se creen sabios- es una fe plena de “intuiciones”, sin ribetes, encajes ni florituras teológico-filosóficas. No podemos ni debemos combatirla, muy por el contrario, entender su fuerza como expresión de un diálogo muy personal entre Dios y su pueblo. Pero tampoco podemos cruzarnos de brazos y permitir que el “Malo” se agazape en sus sofisticados disfraces y medre allí. Aun cuando es un ángel “caído”, es un ángel y cuenta con recursos de sofisticación inimaginable. ¡Estemos alerta!


El pueblo Israelita peregrinaba al Templo de Jerusalén, anualmente; y ¿qué hacían ellos? Pues en los atrios del templo se prodigaba una “catequesis” sencilla y resumida antes de ingresar en él; nosotros diríamos como una especie de ejercicio filtrónico-depurativo, para prevenir las desviaciones en la fe: recordemos entre las obras de caridad “enseñar al que no sabe” y “corregir al que yerra” (no se puede pasar de largo sin recordar que esto se debe practicar con caridad, no con arrogancia y soberbia de sabelotodo). Así nacieron por lo menos 4 salmos que vacunaban contra escorias paganas que salpicaban la fe monoteísta en YHWH; entre ellos está el de la liturgia de este Domingo XVI, el Salmo 15(14) que nos contesta “quién puede hospedarse en la Tienda del Señor y quién es digno de morar en su Monte Santo”.

De esta manera, descubrimos (o recordamos) otra forma de hospitalidad, otra expresión de la caridad cristiana: “enseñar al que no sabe” y “corregir al que yerra”. Esto es tanto más importante cuanto se trata de asuntos de fe, donde el “Malo” guisa sus caldos, donde el paganismo, la superstición y un sincretismos deformantes lo enturbian todo. Cultivar la fe es también depurarla de ese tipo de escorias. La hospitalidad no es sólo dar posada al peregrino.


No podemos pasar sin enfatizar que la “fe popular” encierra esa fuerza y esa verdad que proviene de Dios mismo, aun cuando muchas veces se manifieste sin toda la pureza ritual de la “liturgia” oficial-ortodoxa. Y ¡Cuidado! Porque muchas veces la fe de los “cultos”, de los “intelectuales”, tiende a hacerse una fe de eso, de ritos, pero una fe fría, de “sacrificios y holocaustos” que no agradan al Señor. Existe el peligro de Caín y Abel para todos nosotros que podemos ver que Dios se complace en el culto sencillo de la gente del común, de la gente del pueblo; y, en cambio, nuestro “docto” sacrificio no sea agradable a Él, no sea incienso agradable a su Presencia.

Acoger nuestra misión de evangelizadores
Continuamos en la Carta a los Colosenses que iniciamos el Domingo anterior, la perícopa que nos ocupa esta vez es 1, 24-28. San Pablo (o su seudoepigrafista) está practicando esa hospitalidad a la que se refiere el Salmo, la depuración filtrónica de la fe, la evangelización. Se trata de la hospitalidad a la misión que hemos recibido cuando fuimos llamados y regalados con la fe, porque Dios se nos quiso revelar y, al hacerlo así, nos eligió como pueblo suyo. En la epístola se nos indica  no evangelizar a medias puesto que la misión que él ha recibido de Dios es anunciar un Mensaje Completo y en eso no para mientes en usar toda estrategia, en apoyarse en toda didáctica, en echar mano a todo recurso. ¿Cuándo estará completa la misión? Cuando los evangelizados alcancen una “madurez en su vida cristiana” es decir, cuando ya no sean blanco fácil de las deformaciones de la fe a las que nos referimos en el apartado anterior, donde el “Malo” hace buenas migas. Es pues hospitalidad en la fe.


Hay otras formas de hospitalidad en la fe que sólo vamos a mencionar:

a) El Ministerio de la Acogida en el Templo, con dulce acogida especialmente para los “visitantes” pero no menos tierno y dulce con los “asiduos”.
b)  La preocupación por aquellos hermanos en la fe que vemos alejarse paulatinamente
c) La sincera y cálida fraternidad que mostramos en el saludo de paz como signo de Comunión previo a la Comunión.
d) El Ministerio de la Eucaristía para nuestros hermanos enfermos que no pueden venir a la mesa Eucarística en el Templo
e) El diálogo fraterno procurando el acercamiento y la llegada (o retorno) de los hermanos cristianos no católicos.
f) La hospitalidad eucarística, en los casos en los que la ley canónica lo permite. En este asunto el celo apostólico ocupa el lugar preeminente sobre los intereses ecuménicos que en su afán por una Iglesia-Una, desembocan en soluciones facilistas que no construyen Comunión sino que por alcanzar un ideal, debilitan la posibilidad de llegar a la tan anhelada unidad.
g) La construcción de pequeñas comunidades donde el ejercicio de esta hospitalidad no tenga rostro anónimo.

Jesús hospedado en casa de sus amigos
Ya lo hemos mencionado en otra parte: es falsa la dualidad entre Marta y María, porque ambas, tanto la vida activa como la vida contemplativa son absolutamente necesarias para una práctica de fe sincera y consecuente. Leída, con cuidado y atención, la perícopa del Evangelio según San Lucas pertinente a esta fecha litúrgica,  es obvio que Jesús no desprecia ninguna de las dos mujeres, para Él ambas actitudes son valiosas. Pero, señala un “norte” a la fe consecuente: ¡No afanarnos febrilmente en el activismo!


Para que el encuentro y la presencia de Jesús puedan llegar a ser fructíferos, se necesita sacar todos los momentos necesarios para escucharlo. Se necesita estar ahí, con los cinco sentidos acogiéndolo. Se trata de la Hospitalidad Espiritual.  Jesús pasa por nuestra vida pero podemos decir, bienvenido Señor, pasamos la hoja y vamos a otra cosa. Luego, Jesús pasó, pero no se pudo quedar, nos parece semejante a la situación del vendedor puerta a puerta a quien la abrimos, lo saludamos y le decimos no gracias, y la puerta se vuelve a cerrar. Cuando “damos la vuelta a la página” y pasamos a otra cosa, Jesús se ve obligado a seguir de largo, sabemos que Él “no entra a la fuerza”: lo triste es que Él no prosigue a la siguiente puerta sino que se queda ahí, afuera, como un pordiosero, aguardando si más tarde, quizás, lo invitemos a entrar. Permanece allí en nuestro umbral a ver cuándo querremos darle hospitalidad.


Este Domingo de la Hospitalidad la liturgia ha pasado revista a sus varias formas, que más que un techo y un “plato de sopa”, consiste en una actitud abierta del corazón que descubre una necesidad, cuida, vela y protege. La hospitalidad hecha acogida no se puede reducir a servir aguas-aromáticas calentitas a los ancianos y enfermos que viene a “misa”. Ese servicio es hermoso, pero la hospitalidad que la fe, la Iglesia y Jesús (quien está a la raíz de la fe y la Iglesia) esperan de nosotros. Esta hospitalidad nos reclama ir más allá hasta una metanoia, hasta una trasformación de nuestro modo de ver y de realizar la acogida. «María toma la iniciativa de romper con… esquemas culturales. Y recibe la felicitación de Jesús por haber elegido la parte que no le será quitada. En una sociedad que sigue siendo machista a pesar de tantos avances de la mujer, María –y la palabra de Jesús- nos confirman que hay una alternativa superadora. Que no necesariamente los esquemas culturales deben mantenerse, ya que sencillamente no siempre estos esquemas se identifican con la propuesta de Dios para nuestra historia manifestada en su palabra. La palabra de Dios es el criterio; y no es la afirmación de viejos esquemas lo que manifiesta la fidelidad al proyecto de Dios. María, la discípula, la que se atreve a dar un salto insólito en su tiempo, nos invita a buscar poner en acto la Palabra, para que nuestro mundo presente se asemeje un poco más al mundo que Jesús quiere y nos dejemos iluminar por su ejemplo para buscar con todos nuestros hermanas y hermanos “la parte que no nos será quitada”.»[1]





[1] de la Serna, Eduardo (Pbro.). MARÍA DE BETANIA. En la Revista IGLESIA SINFRONTERAS. Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús # 358 Septiembre de 2012 p. 15

sábado, 13 de julio de 2019

PUNTO OMEGA



Deut 30, 10-14; Sal 69(68), 14.17.30-31.33-34.36ab.37; Col 1,15-20; Lc 10,25-37



… no existe más sacramento de Dios que Cristo”
San Agustín, Epíst. 187, 34.

A quien ame apasionadamente a Jesús oculto en las fuerzas que originan el progreso de la Tierra, la Tierra, levantándole maternalmente en sus brazos gigantes, le hará ver el rostro de Dios.
Pierre Teilhard de Chardin


En estos cuatro Domingos, empezando hoy –XV Domingo Ordinario del ciclo C-, hasta el XVIII Domingo Ordinario (4 de  Agosto de 2019), vamos a tomar la Segunda Lectura de la Carta a los Colosenses. En Colosas, península de anatolia, sobre el río Lico, cerca de Laodicea, en la ruta de Éfeso, había surgido una forma de fe, una doctrina, con una angelología que identificaba a Jesús como un Ángel más de la múltiple jerarquía angelical, ordenada en principados, potestades y dominaciones; estipulando una serie de fiestas y una tabla de comidas y de alimentos y bebidas impuras, con celebraciones especiales de luna llena, y prescripciones sobre la circuncisión; todo esto relacionado por medio de la superstición y la gnosis, aun cuando apoyado sobre basamento bíblico, con un denso toque de sincretismo. Si leemos detenidamente la perícopa de este Domingo, lo que se propone es desmantelar esa tergiversación:

1.    Cristo es la imagen del Dios Invisible
2.    Primogénito de todo lo creado
3.    Dios ha creado en Él todas las cosas: todo lo que existe en el cielo y en la tierra, lo visible y lo invisible,
4.    Sean tronos, dominaciones, principados o potestades,
5.    Todo lo ha creado Dios por Cristo y para Cristo.
6.    Cristo existía antes que hubiera cosa alguna,
7.    Y todo tiene en Él su consistencia.
8.    Él es también la Cabeza, del cuerpo que es la Iglesia;
9.    En Él comienza todo; Él es primogénito de los que han de resucitar,
10.  Teniendo así la primacía de todas las cosas.
11.  Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
12.  Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Nos gustaría, en este punto, hacer un homenaje a Teilhard de Chardin quien intuyó profundas implicaciones lógico-teológicas, teleológicas y escatológicas que él llamó, el Punto Omega; poniendo por título a este himno “Cómo es Jesucristo Alfa y Omega de la Creación entera”, y es que Jesucristo no es solamente el Principio de todo sino que Él lo atrae todo hacia Sí, para esperarlo –al final de los tiempos- Redimiendo así, no sólo al ser humano, sino a toda criatura. Él es incuestionablemente, la Piedra Angular, desechada por los arquitectos, pero que ha venido a constituirse –por Voluntad de Dios Padre- en el sustento y razón de ser de toda edificación, material, intelectual y espiritual.


«El Cristo, hic et nunc, ocupa para nosotros, en posición y en función, el lugar del Punto Omega». Para convencernos de ello nos basta considerar los datos más tradicionales del cristianismo y las declaraciones más auténticas de la Sagrada Escritura, concernientes a la dignidad y a la función de Cristo. Todo consiste en Él; todo está unificado por Él; todo adquiere en Él su perfección, no sólo en el orden de la Gracia, sino también en el orden de la naturaleza… toda la historia está orientada hacia la edificación y la unificación de toda la humanidad en una comunión sobrenatural, de la que Cristo constituye la cabeza y nosotros los miembros. El cristianismo es esencialmente de estructura escatológica. Orienta nuestras miradas hacia el futuro, hacia la realización del Reino de Dios. La visión escatológica del cristianismo es la de una unión sobrenatural y definitiva, edificada y mantenida por un centro personal, el Cristo histórico, cuyo regreso es esperado al fin de los tiempos.[1]

Hay algo vital en la perícopa de Colosenses, se trata del verso 20, donde se nos revela el medio del que se valió Dios para reconciliar conSigo toda la Creación, ¿cuál es? La Sangre derramada en la Cruz. Tengamos muy presente cómo y por qué ascendió Jesús al Monte Calvario con una Cruz a cuestas, el salmo lo corrobora, porque ¡nos ama!, porque ¡su Fidelidad es eterna! Pero si esas parecen pocas razones, aun se nos dan –en el Salmo- otras dos: Porque el Señor escucha a los oprimidos, no desprecia a los cautivos.


En el verso 28 Jesús concluye la respuesta  a la primera pregunta del Doctor de la Ley diciéndole “¡Haz esto y vivirás!” Jesús no vino a abolir la Ley Mosaica, sino a llevarla a su perfección. Cfr. Mt 5,17.


Dios, en la Persona de su Hijo, se hizo “buen Samaritano”; nosotros, como lo reconocemos en el Salmo- somos los “medio-muertos” (versículo 30, que no se incluye hoy), (por causa de la golpiza que nos dio el pecado, para robarnos el tesoro de la Gracia), Jesús El Buen-Samaritano, nos pone en su cabalgadura, haciéndonos curaciones para lo más urgente y llevándonos donde el posadero y pagando, posteriormente, todo lo que se adeude por habernos atendido-sanado. Por eso, el herido del salmo le ruega al Samaritano: ¡Que tu Poder salvador, oh Dios, me proteja.


Siempre hemos de concluir preguntándonos: ¿y, todo esto, qué tiene que ver conmigo? La respuesta es contundente, tajante, humana, humanizante, humanitaria: Está en la conclusión de la perícopa del Evangelio: “Pues vete y haz tú lo mismo”. Actuar con corazón de prójimo consiste en asumir el hacer-de-Dios obrando con Su mismo talante, si Él pasó haciendo el bien, ¿qué hemos de hacer nosotros? Pues la Primera Lectura nos dice que: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma.” Y, ¿qué es lo que está escrito en el código de esta ley? se puede leer en el Evangelio, “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”, esta última parte –la del prójimo- ya la leemos en Levítico 19, 18. Este Mandamiento está en la boca, listo a pronunciarse, pero está también, lo que es más importante, en el corazón, para que nos sea fácil guardarlo y no protestar que vive bajo nuestra ignorancia, y que nadie nos lo ha manifestado. No hay que subir al Cielo para irlo a traer, ni hay que cruzar los mares para poderlo importar. Está allí, ¡con solo extender la mano a nuestro propio pecho! Este Mandamiento de Amor como toda palabra que sale de la Boca de Dios, tiene su actualización, que tal vez podría pronunciarse con clave de “dar un paso más”, en el pentagrama de la profundización del compromiso cristiano: «Estoy convencido, sin embargo, de que, hoy día, el buen samaritano, no se limitaría a cuidar de las víctimas de los bandidos y a subirlos, no ya en su cabalgadura, sino en su coche. Hoy, el buen samaritano se ocuparía de las víctimas, cada vez más numerosas, de la injusticia. Estaría ahí -lo está de hecho- para luchar pacífica pero valerosamente contra las estructuras de injusticia que oprimen a los hombres. Porque no basta con socorrer a las víctimas de la desdicha, sino que hay que atacar las raíces mismas de esa desdicha, que es inaceptable.»[2]


El Padre Alberto Camargo nos propone cinco directrices generativas para vivir la Samaritanidad, a saber.
1.    Toda persona tiene algo de bondad en su corazón
2.    También los samaritanos son hijos de Dios
3.    Ser misericordiosos no es sólo del pueblo samaritanos, también los judíos viven la samaritanidad.
4.    La Iglesia está llamada a ser samaritana
5.    Nuestra espiritualidad tiene que ser samaritana

El vector que anima la cristificación total es el ejercicio de esta caridad con todo prójimo. Hagamos nuestra esa parte de la Oración a Cristo siempre mayor, de Teilhard de Chardin: «Jesús, en forma de un “pequeñín” en brazos de su Madre –según la gran Ley de Nacimiento-, te estableciste en mi alma de niño. Y he aquí que, repitiendo y prolongando en mí el circulo de tu crecimiento a través de la Iglesia, he aquí que tu humanidad palestinense ha ido extendiéndose poco a poco, por todas partes, como un arco iris innumerable, por el que tu presencia, sin destruir nada, penetraba, sobreanimándola, cualquier otra presencia a mi alrededor…»[3], para que logremos ver en todo prójimo, en cada hermano, el Divino Rostro que escogió y acepto, enamorado, el camino de la Cruz, el ejercicio de la compasión -«es la característica fundamental de Dios: sus entrañas maternas se mueven de conmoción a la vista del hombre, que es su hijo, al que no puede dejar de amar»[4], de la Misericordia a la cual nos llama y nos invita a participar convocándonos a la construcción del Reino, un reino de valores perdurables: Fraternidad, Paz y Amor.










[1] Wilders. N. M. TEILHARD DE CHARDIN Ed. Fontanella S.A. Barcelona-España 1963 p. 140
[2] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander-España 1985 p. 130
[3] Cuénot, Claude. TEILHARD DE CHARDIN. Ed. Nueva Colección Labor Barcelona-España 1966 p. 59
[4] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE LUCAS. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 3ª ed. 2014 p. 392