1Mac
2, 15-29
El estopín se prendió
en una pequeña ciudad del interior llamado Modín. El representante del rey
estaba allí, exigiendo que los campesinos honrasen culto a un dios griego.
Muchos por miedo obedecían.
Euclides Martins
Balancin
Comienza la resistencia
No
se puede pasar del terreno religioso al político insospechadamente. Es más,
cuando este paso se produce, siempre hay fuerzas e intereses en todos los
bandos que se irritan y reaccionan. La unidad en la fe puede sostener alianzas
y pactos para trabajar juntos, pero tan pronto se da el salto al plano político
se suscitan tiranteces y alguien se siente maltratado en sus propios callos.
Este
episodio al que se refiere la perícopa de hoy -tomado del segundo bloque de
este Libro conformado por todo el capítulo 2, versos 1-70-; desarrolla el tema
de מַתִּתְיָהוּ [Mattatyah]
“Matatías” (este nombre significa “regalo de Yah”), que era un Kohen -sacerdote
descendiente de Aarón; tiene por
escenario Modín, donde vivía Matatías, que era de la casta sacerdotal, -
fuera de los límites de Judea-
allí llegaron los funcionarios de Antíoco IV que se ocupaban del cumplimiento
del edicto de paso al culto Romano que obligaba a los judíos a apostatar.
Como
era persona importante y ejercía liderazgo en la comunidad, le pidieron que
diera el ejemplo, y fuera de los primeros en pasar a presentar su víctima
sacrificial. ¿Cuál fue su reacción? Les dijo: “Yo y mis hijos y mis parientes
viviremos según la Alianza de nuestros padres”, y concluyó su breve alocución
diciendo que “no se desviarían ni a derecha ni a izquierda”.
Como
tratando de desmentirlo con acciones, algún “regalado traidor” se adelantó a
presentar su ofrenda y Matatías, poseído de ira santa, degolló al apostata
sobre el Altar de los Sacrificios; y, acto seguido, mató al funcionario real.
“Un
sacerdote llamado Matatías al ver a un judío adorando el ídolo, se enfureció y
mató al judío y al representante del rey. Huyó inmediatamente hacia las
montañas con su familia”. (Euclides Martins Balancin)
Así
nació un movimiento de resistencia contra los gobernantes Seleucidas, Matatías
con su parentela lo abandonaron todo y se fueron al “monte”. Este movimiento de
resistencia por parte de Matatías, repercutió en muchos, que decidieron irse a
la zona desértica donde pudieran seguir adelante con su culto y su fe, y
pudieran vivir acordes con la justicia y el derecho que los llamaba a vivir
santamente.
Matatías
“… tenía cinco hijos: Juan llamado Gaddi; Simón llamado Tasi, Judas apellidado
Macabeo; Eleazar, apellidado Avarán, y Jonathan, apellidado Apfús. En poco
tiempo, un buen grupo de valientes se unió a esa familia. Con la muerte de
Matatías, su hijo Judas asumió el liderazgo. El apellido de él era Macabeo, que
significa martillo. Algunos dicen que era por causa de la forma alargada de su
cabeza; otros afirman que tal apellido le fue dado porque él fue el martillo
contra el dominador”. (Euclides Martins Balancin) Se trata del origen del
linaje Asmoneo.
חשמונאים
[hasmonaim] “Asmoneos” dinastía que gobernó Judea después de los Macabeos,
estableciendo el Reino Asmoneo entre los años 140 a.C. y 37 a.C. Sucedieron a
los Macabeos en la lucha contra la influencia helenística del Imperio seleucida,
aseguraron la independencia de Judea y restauraron el templo, pero su gobierno
degeneró en intrigas políticas que eventualmente condujeron a su caída ante los
romanos. La fuente principal sobre el Reino Asmoneo es el historiador judeo-romano
Flavio Josefo, en su Guerras de los judíos I.
Sal
50(49), 1b-2. 5-6. 14-15
Este
es un Salmo de renovación de la Alianza. Sigue la estructura de los antiguos
tratados de Alianza, cuyo estereotipo se ha hallado en numerosos documentos
-como es el caso del tratado de Qadesh suscrito entre el faraón egipcio Ramsés
II y el rey hitita Hattusili III, todo permite pensar que data del 1259 a.C.-
que llevaba a un desenlace de paz para estos contendientes.
Ahora
bien, ¿qué hace este salmo aquí? Una renovación de la Alianza, ¿qué tiene que ver?
Es que tiende un puente con el Evangelio, nos permite interpretar el llanto de
Jesús, que Él con sus lágrimas, está sellando una Nueva Alianza, una Alianza
que supera la conversión, la reconciliación, y llega a la mismísima Redención.
Muchas
veces la fe se nos va quedando cautiva en la materialidad, de las imágenes de
santos, de las veladoras, de las pulseras y los denarios, y no logra alcanzar
el corazón y conectar el Alma. De verdad que lo que enseña este salmo sobre el
culto “interior”, sobre la espiritualidad, es el Camino que nos dejará conocer
la Salvación que proviene de Dios. Aquí, lo que el salmo nos exhibe es a
Jesucristo suscribiendo la Renovación de la Alianza y firmándola con sus
lágrimas.
Para
esta renovación de la Alianza se lanza una convocatoria que parte de Sion, y
llega hasta los confines de la tierra, y convoca en todas las direcciones: el
universo de las gentes vuelve su mirada viendo hacia el-que-levantaron.
¿Quién
se ocupará de Juzgar?, ¿Quién se sentará en el Trono de Gloria a impartir la
verdadera Justicia? ¡Será el Señor, el Rey de la Gloria en persona quien
juzgará!
¡Sólo
tendremos que darle Gloria! ¿Cómo lo glorificaremos? Con el culto que es Fuente
y Culmen de la fe: ¡Eucaristizando nuestra vida entera!
Lc
19, 41-44
Somos
el Cuerpo Místico, desde aquel Monte de la Crucifixión, somos convocados para
ser discípulos-misioneros y llevar el anuncio de la Revelación-Salvífica a
todas las naciones de la tierra, sin discriminación, sin sectarismos. Es una
convocatoria a la Paz. Triste es tener que evidenciarlo: “Pero ahora está
escondido a tus ojos”.
El lunes lo vimos, nuestros ojos -que creen ver muy bien- en realidad, están enceguecidos; nuestra condición es más nefanda que la condición de los que sufren de “invidencia”. La única manera de sanar la vista es reconocer su afectación e iniciar un tratamiento de “sanación”. No esperamos curarnos si primero no aceptamos que frente a nosotros pasan tantos y tantos hechos de la “espiritualidad” que nosotros ignoramos y a los que no damos ninguna importancia. Hay que reconocer la enfermedad para, enseguida, tratarse.
Vamos
a dar un pequeño salto para hablar de la profecía que contiene esta perícopa,
que nos dice qué sucederá en Jerusalén, en algún futuro, quizá próximo, quizás
ahora mismo, aunque parezca una re-edición de calamidades ya sufridas.:
a) Los enemigos la
rodearan de trincheras
b) Será sitiada
c) Le irán cerrando el
cerco, paulatinamente, por todas partes
d) La arrasarán, sin
dejar antes que los niños puedan ponerse a salvo.
e) Y, no quedará ni
una huella que permita recordarla.
¿Por
qué toda esta destrucción? Porque apretaban duro los ojos para no ver, para no
darse cuenta, para no reconocer que Dios con su Amor había venido a Visitarlos.
Entonces,
¿todo esto es el castigo? No, las lágrimas de Jesús desmienten esa torpe
concepción: ¡Dios no castiga! ¡Dios sufre y busca a toda costa la Salvación!
Aumenta los plazos y levanta excusas ante el Padre, y siempre conserva la fe en
que reaccionaremos.
Hay en las inmediaciones de Jerusalén un pozo de aguas venenosas y ellos sus habitantes- muy a pesar de las voces preventivas del Salvador, se empeñaron en ir a surtirse en esas fuentes, ¿qué más podía hacer para detenerlos? hizo todo cuanto pudo, hasta se entregó en sus manos. Así que -digámoslo de nuevo- no hay nada de castigo, ni nada parecido, ellos se empecinaron en irse risco abajo y despeñarse.





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