sábado, 27 de junio de 2020

DE CÓMO SE CONSTRUYE EL REINO



2R 4, 8-11. 14-16a; Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19; Ro 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42

Los cristianos deben pues encontrarse siempre del “otro lado” del mundo, aquel elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino humildes; no vendedores de humo, sino subyugados a la verdad; no impostores, sino honestos.
Papa Francisco

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte.
Es duro rehuir la impostura. Hemos sido atrapados en sus redes. Allí donde se nos ofrece seguridad lo que encontramos es la zozobra. Los héroes-salvadores que rondan y abundan son precisamente los que toman a su cargo fomentar el desasosiego. Si buscamos –a diestra y siniestra- nos hallamos sitiados por los paladines de la intranquilidad. Y –con frecuencia- nos hacemos cajas de resonancia para atizar la angustia. En ese contexto se vive la aspereza de la persecución: conminados a ser altavoces de las tinieblas, constreñidos para repetir la proximidad de la hecatombe.

Y, sin embargo, nos negamos rotundamente a ser “vendedores de humo”. Y, no es porque dudemos de la Justicia, sino –precisamente- porque estamos seguros de ella. No creemos que Dios se hace el de la “vista gorda”, pero reiteramos que su Justicia es Misericordiosa y que sus Promesas, su Alianza no se deshace en vacío. El bautizado está destinado a “cantar eternamente las Misericordias del Señor”: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu Rostro. Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro Rey”

«Tu poder es nuestra garantía. Tu fortaleza es nuestra seguridad. Nos gloriamos que seas nuestro Dios. Nos alegramos de tu poder, y nos encanta repetir las historias de tus maravillas. Tu historia es nuestra historia, y tu espíritu nuestra vida… Tú eres nuestro Dios, y nosotros somos tu pueblo… Nosotros podremos fallarte, pero Tú no nos fallaras nunca.»[1]

El futuro está asegurado
Siempre interesa a la mejor comprensión de la Palabra de Dios, atender a los aspectos estructurales, cómo está organizado el Mensaje, como están entretejidos los diversos estambres; todo esto que parece alambicado, no es –para nada- un afán por volver complejo lo que Dios en su bondad nos entrega con suma sencillez, sino una responsable preocupación por captar las profundas resonancias que transmite esa Bondad-Generosa. Se vuelve indispensable acercarse, siempre a “pie enjuto”, porque la Tierra que se pisa es Tierra Sagrada. Urge, pues, un esmero por contextualizar, por profundizar, por alcanzar una más cabal inteligencia de tan magnífico don.

En el Evangelio de San Mateo, el que leemos este año del ciclo A, en el capítulo 10º, revela a Jesús que nos brinda ser partícipes de su misión. Él se busca unos “colaboradores” que serán oficiosos continuadores de su acción, en esa medida, se harán miembros del Cuerpo Místico y se volverán co-corporeos con Él. Allí aprendemos que «los discípulos deben esperarse dolores y persecuciones, siguiendo la suerte de su Maestro (10, 16-25); pero no deben tener miedo: el Espíritu hablará en ellos (10, 19-20) y el Padre los custodiará (10, 24-31); ellos sólo tienen que preocuparse por ser fieles pública y valientemente a las exigencias radicales del Evangelio y a la cruz de Jesús (10, 32-39).»[2]

El Evangelio del 12º Domingo Ordinario dijimos que se extraía de una “cebollita”, y dijimos también que su segunda capa se formaba, por arriba, con los versos 10, 5-15 con las instrucciones para ir a sembrar paz, advirtiéndoles que sólo algunos la recibirían; y, por la parte de abajo, dijimos que se encontraba esa enigmática consigna en torno a la paz que sembramos: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada”. Mencionamos que esta parte de abajo, de la segunda capa, la formaban los versículos finales  del capítulo 10, 34-42. No especificamos más. Pero, la perícopa de este Domingo 13º Ordinario está tomada de esta segunda capa, y eso nos precisa entrar en mayor detalle.


Efectivamente, esta segunda capa en su parte inferior podría dividirse en dos subcapas: 10, 34-37 y 10, 38-42, ese sí, el final del capítulo. La primera sub-capa –lo dijimos entonces- habla de la paz cristiana, que tiene una faceta de lucha, una faceta combativa, que apela a la espada, y Jesús no se amedranta para reconocerla. Esta es una característica fuerte del mensaje cristiano, no oculta su realidad profunda, no se queda en melifluos  contentillos. «Cuando, en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos en misión, no los ilusiona con quimeras de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios implica siempre una oposición. Y usa incluso una expresión extrema: “Serán odiados –odiados– por todos a causa de mi Nombre” Mt 10,22. Los cristianos aman, pero no siempre son amados. Desde el inicio Jesús nos pone ante esta realidad: en una medida más o menos fuerte, la confesión de la fe se da en un clima de hostilidad.»[3] ¡Sí!, nosotros amamos la paz, somos sembradores y constructores de paz, pero la espada se nos atravesará en el camino, se refiere a la violencia que nos hagan, jamás la que nosotros blandamos, «… la violencia jamás. Para derrotar al mal, no se puede compartir los métodos del mal»[4], que nuestras manos son manos exclusivamente portadoras de la caridad, que es nuestra real norma de vida. Entonces, ¿qué quiere decir esta “espada”? «La espada que Jesús usará no será la que extrae Pedro (Mt 26, 51s), sino la confianza en la Palabra del Padre; es la espada de doble filo (Sal 149, 6).»[5]

A continuación se referirá a lo – aún- más doloroso, que nuestra propia familia se volverá contra nosotros, simplemente porque les causa repulsión vernos fieles y firmes  mantenernos en la fe. Si somos coherentes con el Camino de Jesús, nuestra parentela estará en la lista de nuestros adversarios, y se enlistaran entre nuestros enemigos, serán de los que nos persigan. Desde aquí toma la palabra nuestra perícopa de esta fecha.

Al ser consecuentes con esta declaración tenemos que saber priorizar ¿quién está primero, nuestros lazos de sangre o nuestra fidelidad a la Alianza? «Jesús puede no ser amado. Pero no puede ser amado menos que otro: no sería el Señor, a quien hay que amar con todo el corazón (Dt 6, 5s)»[6] Ahí se enraízan los versos 37-38: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.” «Cada uno tiene “su” cruz, que puede ser sólo suya… Cuando llevamos nuestra cruz no estamos solos. Él está delante, y lleva la parte más pesada, sobre la cual será levantado. Nosotros en pos de Él, llevamos la parte liviana, que será clavada en tierra y sobre ella bajará su sangre.»[7]


Leídos estos dos versículos en continuidad parecen explicar cuál es la cruz: ser capaces de mirar directo a los ojos el hecho de que los que más amamos sean –muchas veces- los mayores detractores de la fe. Que tengamos que verlos en las filas opositoras, a veces, agnósticos o, verdaderos Saulos de Tarso, con licencia para matar cristianos. Esa es, sin duda, una cruz terrible, pero sólo es digno del discipulado quien no la acorte, quien no le recorte pedazos para alivianarla. «Los cristianos son pues hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.»[8]

Afelpar la cruz
«… el Evangelio hace que salte por los aires el egoísmo. Si uno, con la gracia del Señor, se decide a vivir el Evangelio –es decir, el anti-egoísmo-, forzosamente encontrará dificultades. Dificultades consigo mismo y con los demás, y no sólo por parte de los gobiernos y de los poderosos, sino también por parte de los eclesiásticos. Y ni siquiera únicamente por parte de los hombres, sino también por parte de las estructuras…»[9]

Aquellos que a fuer de su egoísmo, no tienen reparos en acomodarla, le pondrán a la cruz una almohadilla de terciopelo y harán con sus maderos un mueble blando y ornamental, o, tal vez, busquen a quien legársela; habrá casos en que contraten empleados por turnos, para que la sobrelleven, mientras ellos vacacionan. Esos ya han perdido la vida: “39 El que vive su vida para sí, la perderá, y el que sacrifique su vida por mí causa la encontrará.”


Este versículo se refiere a que hay también otros, los coherentes, los que llevan su fe hasta sus últimas consecuencias, hasta el martirio si se les pidiera. Claro que no es porque inmolar la vida sea la meta que se nos propone; siempre insistimos en que no todos tienen ese privilegio, están los llamados a derramar su sangre por “probar”, pero lo cierto es que nosotros vivimos por el ideal de hacerlo todo supremamente bien, pese a nuestras limitaciones, lo que queremos es ofrecer la vida pero –muchas veces- simplemente en el martirio blanco, el que Papa Francisco llama el “martirio escondido”; vivir por el bien, dar testimonio de vida: «Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar sus propias ideas, y aceptan deber morir sólo por fidelidad al Evangelio», nos dijo el Papa Francisco en su Audiencia del miércoles 28 de junio. Por eso, debemos tener muy en claro que es absurdo, hasta más allá de limite, pretender –como lo manifestó el Papa- «…utilizar la palabra mártir para referirse a los que cometen atentados suicidas… en su conducta no se halla esa manifestación de amor a Dios y al prójimo que es propia del testigo de Cristo».

La promesa de Dios permanecerá intacta
Volvamos sobre el Evangelio de Mateo, al fragmento que estamos estudiando: Esta sub-capa se puede parcelar en dos estratos: 10, 38-39 el primero; y, 10, 40-42, el segundo; en este segundo estrato se habla de la recompensa que merecerán quienes acojan a los “apóstoles”: “El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; el que recibe a un (προφήτην) profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un (δικαίου) justo porque es justo tendrá paga de justo. Así mismo, el que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos (μικρῶν) pequeños {pobrecillos}, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro”.

¿Por qué serán tan magníficamente recompensados? Primero, porque un apóstol es un “justo”, porque un apóstol es un “profeta”. Pero todavía hay una razón más fuerte: Porque quien recibe a un (μαθητοῦ) discípulo está recibiendo al mismísimo Jesús, y por transitividad, está recibiendo a Dios-Padre, al propio Abba.


Queremos concluir con las mismas palabras del Papa Francisco: «Que Dios nos done siempre la fuerza de ser sus testigos. Nos done vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer bien y con amor nuestros deberes de cada día»[10].


[1] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO-ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae. Santander. 1993 8ª ed.  pp. 170-171.
[2] Martini, Card. Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 p. 296
[3] Papa Francisco. Audiencia Papal 28 de junio de 2017
[4] Ibid
[5] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2011 p. 220
[6] Ibid p. 221.
[7] Ibidem
[8] Papa Francisco. Loc. Cit.
[9] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Editorial Sal Terrae. Santander-España 2da ed. 1985 pp. 90-91.
[10] Papa Francisco. Loc. Cit.

sábado, 20 de junio de 2020

¡PROCLAMAD!



Jer 20,10-13; Sal 68,8-10.14.17.33-35; Rom 5,12-15; Mt 10,26-33

Yo creo que si tenemos la luz y el coraje necesarios para responder que Dios ha permitido las pruebas para formarnos como ministros de la consolación, para hacernos capaces de dar palabras de consuelo, entonces habremos descubierto de verdad el dinamismo del misterio de Dios.
Card. Carlo María Martini

¿Dónde nos quedamos el Domingo Pasado? Era la Fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Amor que se quedó, sí, ¡nos quedamos en la Acción de Gracias! Este Domingo en que retomamos el Tiempo Ordinario –en el sentido de volver al Evangelio de San Mateo, ya que estamos en el Ciclo A- en esta Liturgia vamos a proclamar el Salmo 69(68) que está estructurado en tres partes: La Lamentación, La Oración y La Acción de Gracias. De esta manera retomamos el tema de la acción de gracias. Celebraremos, esta vez, la Fiesta del Discipulado, más aún, del Envío. Regodeémonos saboreándolo:

Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes y alegraos,
Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
No desprecia a sus cautivos.

Este Salmo pertenece al género de las súplicas, donde el Salmista es consciente de encontrarse sorteando un gran peligro, en este caso la situación es verdaderamente peliaguda: Se sufre persecución por Dios, por estar de la parte del Señor-Dios es que se ve amenazado, lo odia una multitud, porque a él “lo devora el celo del Templo” de Elohim (אֱלֹהִ֑ים); este es el mismo versículo que rememoran los discípulos cuando ven arder la ira en Jesús – al ver profanado el Templo de Jerusalén- por los mercaderes y cambistas en Jn 2, 17.

Tropezamos aquí, sin embargo, con el enorme contraste entre el Primer Testamento y el Segundo. En aquel, el salmista invoca la ira de Dios para que cobre venganza contra estos que son “más duros que los huesos” y que “lo atacan injustamente”; en la Segunda Alianza, no hay rencor por parte de Jesús, Jesús es el Sacramento del Padre cuyo Misericordioso Rostro es el de Dios-Perdonador. Dios no se defiende de sus perseguidores con la retaliación, Él sufre Paciente como nos lo muestra en su Hijo, que va como manso cordero al matadero.

Pasemos al Evangelio y examinemos su estructura: Estamos, en esta parte del capítulo 10, en el discurso apostólico, el discurso del “envío” donde Jesús los manda a predicar, los asocia a su misión, pero es Él mismo quien parte y se encarga. Se nos presenta una “cebollita”. ¿Cuál es el corazón de esa cebollita? Los versos 24-25 que se refieren a la “equivalencia” entre maestro y discípulos, ninguno está por encima, si al Maestro-Amo lo han perseguido, no distinta será la suerte de los Discípulos-Siervos; Amo y siervos serán en la misión co-corporeos. La meta de los discípulos consiste en correr la suerte y alcanzar la meta del maestro, seguirlo sin perderle pisada. Cuando esto suceda “¡todo estará cumplido!”. Es la meta de la cristificación, ser como Él, correr con su mismo destino, (en otra parte comentamos que no todos están llamados a ser mártires derramando su sangre, y que muchos son mártires incruentos en el sentido que lo pone Orígenes: "Todo el que da testimonio de la verdad, bien sea con palabras o bien con hechos o trabajando de alguna manera en favor de ella, puede llamarse con todo derecho: mártir".


Tratemos de retomar el tema de la “cebollita”. La capa más exterior está formada por arriba, por los versos 9,35-10,5, que son los versos donde llama y nombra a sus apóstoles, les da instrucciones y los envía; y por debajo, por el verso 11,1 donde, es Jesús quien al terminar este “comisionar” a los suyos, parte a “enseñar y anunciar el mensaje en los pueblos de aquella región”.

Debajo de esta capa, viene la segunda capa, que tiene por arriba los versos 10, 5-15 donde se les instruye para ir a sembrar paz, advirtiéndoles que sólo algunos la recibirán; por abajo encontramos esa enigmática consigna en torno a la paz que sembramos: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada”. La misma que probaran San Pedro y San Pablo. Son los versos 10, 34-42. Todo el final del capítulo 10.

Pasemos, por último, a la tercera capa, la que envuelve el corazón. Es la que se refiere a nuestro tema de hoy: Las “persecuciones”. Por arriba está conformada esta capa por los versos 10, 16-23: Él nos envía “como ovejas entre lobos, en ese contexto, estamos llamados a ser (φρόνιμος) cautos (prudencia-inteligente) como serpientes y (ἀκέραιοι) cándidos (sencillos) como palomas”; y, por abajo está la perícopa que leemos hoy, los versículos 26-33 del capítulo 10: «El Anuncio y la práctica de la justicia ponen al descubierto todos los fraudes y los disfraces, mostrando la debilidad de aquellos que se consideran poderosos, al explotar y oprimir al pueblo. Cuando se revelen sus engaños, quedaran furiosos y pasaran  a la violencia.

¿Qué hacer? Confiar en el Padre. Dios tiene conocimiento de todo, inclusive de la muerte de las avecillas. Pero el discípulo vale más que una avecilla. No debemos tener miedo a los injustos, que sólo pueden acabar con nuestro cuerpo, pero no con nuestra conciencia y nuestras convicciones. El único temor lo debemos tener a Dios, porque de Él viene la vida, y sólo Él puede destruirla. También mataron el cuerpo de Jesús, pero Él está vivo hasta hoy, y hasta hoy continua actuando, de una manera multiplicada…»[1]

Nos es duro y difícil asimilar este status de víctimas y no digerimos el misterio que encierra; pero, es una ruta de dulzura, proceso que ablanda nuestro corazón, aprendizaje de la ternura y la suavidad. En ese camino reconocemos y captamos las claves de la consolación. Nos apacigua, y nos gana para llegar a ser cautos y cándidos. Podremos presentarnos ante Dios con sencillez y mansedumbre. Así se dulcifica nuestro corazón para hacer de él tibio nido del Espíritu Santo.

En este proceso se pulen las aristas de las prepotencias, la confianza en las dictaduras, la falsa convicción que dimana de las hegemonías. Se reconoce la flacidez engañosa de la fuerza y la violencia. «Me da pena ver a personas sin fe o que han dejado dormir su fe y esperanza, y que en la pruebas buscan refugiarse en el alcohol, en la droga, en el sexo, en la evasión en tantas cosas que crean más prueba, me llevan a la perdida de la esperanza y que rebajan al ser humano a profundidades o situaciones de pecado que destruyen… En esta sociedad de hoy la gente sufre. Es la sociedad de que cada cual se las arregle, la sociedad de entretenerse, evadirse, enmascarar el dolor y pasarla bien.»[2].

«La vida sin prueba, sin sufrimiento es una utopía… Si tengo fe, si vivo mi vida en Cristo, en el Espíritu, experimentaré que la prueba tiene una respuesta. Esos momentos duros son espacios para la “compasión”, para la ternura y la dulzura de Dios… Aún en medio del sufrimiento el Espíritu Santo me consuela, me anima, me estimula, me motiva y me empuja hacia adelante. Dentro de mí hay una fuente de esperanza que me hace saber que lo imposible se hace posible. Esto llena mi alma de consuelo. Es el momento de experimentar que el sufrimiento vivido con la fuerza y dulzura del Espíritu, del Consolador, engendra dentro de mí una paz profunda, una paz que aún en el dolor no se pierde. Es como una armonía interior, como una calma y serenidad profundas que me llevan a no tener miedo a sufrir, sino a gozarme en la prueba… Desde mi fe puedo ser “consolador”, con el Espíritu Santo, de los que me rodean. Si tengo una vida interior, una vida en el Espíritu, mi palabra, mis gestos, mi cariño y mi cercanía irradiaran en el probado consuelo, paz, confianza y bienestar.»[3]

«Dios quiere hacer de nosotros instrumentos elegidos de consolación de su pueblo, de una ciudad desolada, nos quiere ministros de una nueva alianza mucho  más de cuanto lo deseamos nosotros; y para realizar su Voluntad no nos escatima oscuridad y sufrimientos, para que la Palabra pueda ser pura, incisiva, convincente»[4].

«El estribillo “no temáis” (cf. “no andéis preocupados”: 6, 25, 27, 28, 31. 34bis!). Significa ante todo que nosotros somos efectivamente presa del miedo. Este es el punto de partida que hay que reconocer. Pero no debe ser el punto de llegada. De lo contrario, se renuncia desde el comienzo a todo camino. El miedo lleva a hacer lo que se teme, sólo la confianza lleva a hacer lo que se desea.»[5]


Este tiempo lo podemos y –de hecho-lo leemos como un tiempo de retiro espiritual. Muchos creen que la fe se ha apagado, muchos creyeron que, con los Templos cerrados, la fe se iba a  debilitar. Pero, ¡hemos sido testigos de un reverdecer creyente en el mundo! Hay más personas orando, y entregadas a una contemplación de Dios, gente que se ha entregado en brazos de la Sagrada Escritura, que ha vuelto sobre la vida de los Santos y muchos que han tenido tiempo para retomar la Liturgia de las Horas. En fin, hay muchos que han podido revivir una experiencia de intimidad con Jesús y han posado su oído en el Pecho de Nuestro Salvador para escuchar los latidos del Sagrado Corazón. No pocos se han asido de la mano de Santa María, la Madre de Dios, para estar cerca de Dios, para ganar amistad con el Espíritu Santo. Otras modalidades de fe –quizás desconocidas  para mí- han florecido en este tiempo, donde ¡quien lo creyera! Jesús ha aprovechado para aceptar el llamado y la invitación, de quienes tiene sed de Vida.
¿Qué nos pide Jesús? ¿Cómo podemos pasar de esta siembra a cosechar? Queremos encontrar, en el Evangelio de este 12º Domingo Ordinario, una respuesta: Todo cuanto Él nos ha susurrado al oído, todo lo que hemos escuchado directamente de su Amoroso Corazón, toda esta experiencia de intimidad que hemos disfrutado durante esta temporada, ahora, llega el momento de proclamarlo desde las terrazas (cfr. Mt 10, 27d); y, allí mismo leemos: “No les tengáis miedo” (Mt. 10, 26) esta maravillosa experiencia que hemos vivido, no puede secarse estérilmente en los graneros, ¡salid y esparcid las semillas al viento, que el viento se encargará de llevarla por doquier y hacerla germinar generosamente!


[1] Storniolo, Ivo. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE MATEO. EL CAMINO DE LA JUSTICIA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá- Colombia. 1999. pp. 94-95
[2] Mazariegos, Emilio L. ESTALLIDOS DE GOZO Y ALEGRÍA. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2003. p. 211
[3] Ibid. pp. 210-211
[4] Martini Crnal. Carlo María. VIVIR CON LA BIBLIA. MEDITAR CON LOS PROTAGONISTAS DE LA BIBLIA GUIADOS POR UN EXPERTO. Ed. Planeta. Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 305
[5] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia. 2da re-imp.2011. p. 214

sábado, 13 de junio de 2020

RECONOCERNOS CUERPO DEL SEÑOR

Deut 8, 2-3. 14b-16a; Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20; 1Cor10, 16-17; Jn 6, 51-58

Como te escondiste Tú en una migaja de Pan
haz que nosotros nos escondamos
como humildes migajas de Tu Misterio
en la grande artesa del mundo
y así fermentar toda la harina.
Averardo Dini

El ser humano –con escasas limitaciones-alcanza a entender lo duro que es ver el sufrimiento de un hijo, Dios, para que entendiéramos la dimensión inusitada de su Amor, decide y deja que su Propio-Hijo sea entregado en Sacrificio; se escribe así con mayúscula para que recordemos que se trata de un Sacrificio-Divino. El Hijo se “entrega”, como un cordero se deja llevar al matadero, como precio de Rescate. Pero, antes de Sacrificar-se, establece un Acto Conmemorativo, para hacer que ese Sacrificio sea in-temporal. Recordemos que en La Última Cena Jesús establece dos Sacramentos como “herramientas” celebrativas: El Sacramento Eucarístico y el Sacramento del Orden Sacerdotal, que hace posible al anterior, estableciendo al “agente” de su confección.

Este tiempo de la cuarentena nos ha impuesto un prolongado “ayuno Eucarístico” lo que resulta, para nuestra práctica de fe, una extraña experiencia. Bien es cierto que hay católicos que no tiene en su costumbre, acercarse a la Mesa Eucarística, pero también es cierto que para muchísimos de nosotros ha sido una “dura abstinencia”. Hemos tenido que –forzados por las circunstancias- refugiarnos en la “Comunión Espiritual”, que es Otra forma de llegarnos a este Magno Sacramento, pero, una manera “extra-ordinaria”. No es la manera “plena”. Estamos hablando de un “ayuno forzado”.

Esta situación nos lleva a reflexionar: la disponibilidad de los Sacramentos, la urgencia que hemos expresado a las esferas gubernamentales sobre la “reapertura de los Templos” y, por otra parte, sobre el significado “co-corpóreo” del Sacramento Eucarístico. Seguramente debemos empezar por esto último: que el Sacramento tenga como efecto hacernos co-corpóreos está directamente vinculado con lo que nos dice Jesús en el Evangelio según San Juan, -precisamente en la perícopa que leemos hoy, en la Liturgia de Corpus Christi: “El que come mi σάρκα carne y bebe mi αἷμα sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56).  “Carne Y Sangre”, significa para la mentalidad semita, la totalidad de la “persona”, y no por un instante, sino por “transformación”, por “comunión”, (no digamos “común-unión” que fuera de ser un falso-homófono, no dice nada), en realidad el prefijo “com” (de origen latino) quiere decir “por entero”, o “completamente”; valga decir que comunión significa “completamente unidos”. Quizá lleguemos más al fondo si nos apoyamos en San Pablo (1Cor 10, 17): “Puesto que sólo hay un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan”. Comulgar es aceptar que somos Uno en Jesús Nuestro Redentor, es tomar en nuestros labios su Ser-Pan y su Ser-Vino, y aceptar como Jesús, entregarnos totalmente a ser Él. Lo cual, sin duda, implica una renuncia: renuncia a nuestro egoísmo; y –a la vez- un compromiso de fraternidad, de solidaridad, de ayuda y cariño mutuo, de sinodalidad, la misma del pueblo que vagó por el desierto, dejándose guiar por la Columna de Fuego y comulgando con el Maná. No perdamos de vista que esta cuarentena no es más, que un tiempo de “caminar en la voluntad del Señor” (Cfr. Deut 8,2). Es Él quien nos guía, nos lidera, nos acompaña, nos defiende y más.

¿Cómo podríamos no anhelar volver a comer del Pan de Vida? Pero, hasta que el Señor exprese su beneplácito, seamos pacientes. No vayamos a empezar a renegar contra nuestros pastores, que no nos sorprenda Dios haciendo gala de la arrogancia de nuestro corazón-de-piedra e injuriando a Moisés y/o deseando volver a las cadenas de la “enfermedad”, perdón, quise decir de la “esclavitud”.

Pero, lo que sí tenemos que hacer es guardar en nuestro corazón el Amor a nuestro Dios y a nuestro prójimo. Aferrarnos a nuestra fidelidad, evitar toda y cualquier idolatría; vivir en oración, hablarLe y escucharLo; amarLo, y darLe el primer lugar en nuestro corazón; seguir haciendo de nuestra alma un Templo. Parte de esta manera de vivir-en-oración es comprender que los Sacramentos no se deben suponer, que nosotros no podemos imponer a Dios la cuarentena, que Él es el Libérrimo, que hoy puede elegir estar en una Vara para ser Mostrado-y-Mirado, o… hacer llover maná. Él no es esclavo de la Liturgia, es Él-quien-se-entrega, no nosotros quienes lo “robamos”. Hay una profundísima teología de su Libertad, Él ha escogido ser Esclavo a nuestro servicio; y, nosotros… ¿qué hemos escogido? ¿dejarLo esperando…?

Sin duda, ¡Él está disponible para aceptarnos co-corporeos! ¿Estamos nosotros disponibles para ser “miembros del Cuerpo Místico”? Él está disponible para volverse a entregar por entero, ¿Qué podríamos ofrecer? (ya hemos cavilado en otra oportunidad que no es una transacción comercial, es un generoso y desprendido acto de Comunión; y nosotros –de sobra sabemos cómo se llama esa “Comunión”- se llama Amor. Esta mañana hemos leído una oración que dice:
«Señor, abre nuestros corazones para que
podamos escuchar el clamor de los pobres
como tú lo haces y responder
como tus manos y pies en la tierra».

***

Tratemos de poder descubrir el cuerpo del Señor en los signos pobres y sencillos con los que se presenta. En la pobreza y en los signos sacramentales del pan y del vino y también en el cuerpo y en el espíritu de los más pobres, en la pobreza y en las limitaciones de nuestras comunidades, en la oscuridad de tantas situaciones difíciles en que vivimos, en la desolación de tantos hermanos nuestros marginados.
Card. Carlo María Martini

En nuestro dialogo con la Trascendencia, la humanidad ha ido postulando diversidad de actos de “acción de gracias”, variedad de expresiones de la gratitud. Nuestra liturgia fue depurando una secuencia ritual, que el mismo Dios nos fue revelando como su preferida acción de gracias, lo que a Él le complace. Ya desde el principio, se mostró agradado con la sangre de corderos, pero también desde el principio, nos fue insinuando un Sacrificio incruento, a la manera del Sacerdote Melquisedec: donde las ofrendas fueran Pan y Vino. Así, el Señor de la historia, el Dios que camina con nosotros y va delante en la Columna de Nube durante el día y, en la Columna de Fuego, si caminamos durante la Noche, fue revelando –detalle a detalle- la liturgia que le cautiva.

Así, esta acción cultual se configuró y se instauró, como anamnesis del Hijo de Dios, como revivificación de su Santo Sacrificio; y recibió su nombre directamente del griego, la llamamos Eucaristía. No será fácil aprender a agradecer –máxime cuando la cultura de la muerte es la cultura de la ingratitud- pero ser agradecidos con nuestro Dios, Dueño y Señor de todo, que con Mano Generosa y Ánimo Misericordioso da y reparte magnánimamente y que tiene nuestros pobres nombres escritos en la Palma de su Mano, a Él el Honor y la Gloria, la Alabanza y el más dulce Incienso, para Él vayan nuestras súplicas y ruegos, nuestros cantos y nuestros himnos; permítenos –Oh Señor, cantarte y glorificarte, y darte también gracias por permitirnos ser un pueblo que ora y agradece en tu Presencia; y un pueblo que ofrece como holocausto, no el cuerpo y la sangre de cualquier víctima, sino que según Tu Preferencia nos llegamos al Altar con la Ofrenda de las Ofrendas: El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, nuestro Redentor, tu Amadísimo Hijo.

Cuando Dom Helder Câmara meditaba en torno a esta perícopa de San Juan que leemos hoy, nos señalaba que: «En cierto modo, tal vez hayamos insistido demasiada en la sola presencia eucarística de Cristo, el cual tiene otras formas de estar presente. Por ejemplo, en cierta ocasión dijo: “Cuando dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

Recuerdo que una buena religiosa hizo un día una larga caminata con el único fin de llevarme a su hospital. “Padre”, me dijo, “he recorrido todo este camino porque hace ya una semana que nos encontramos sin capellán y no he tenido la posibilidad y la dicha de recibir a Cristo. ¡Y necesito recibir a Cristo! ¡Deme la comunión, padre! Y, si es posible, proporciónenos un sacerdote…”

Le di la comunión, naturalmente. Pero luego le dije: “Hermana, usted está día tras día con Cristo vivo. Usted está con los enfermos, ¡y ellos son Cristo! Usted está cuidando y tocando con sus manos a Cristo! ¡Es otra forma de Eucaristía, otra presencia viva de Cristo, que completa su presencia eucarística!”»[1]

Podemos celebrar a Dios en Jesucristo cuando somos conscientes que no sólo está en la liturgia sino que su Misericordiosa compañía nos sale al paso porque Él celebra nuestra vida cuando con ella lo servimos en cada uno de sus “pequeños”.

Dom Helder decía sobre esta Presencia que «Tenemos la Eucaristía del Santísimo Sacramento: la presencia viva de Cristo bajo las apariencias de pan y vino. Y tenemos también la otra Eucaristía, la Eucaristía del pobre: ¿”apariencia”  de miseria? ¡De eso nada! ¡La cruda realidad del pobre!

Ya sé que los teólogos hacen sus distinciones y dicen que no es exactamente lo mismo…, que hay diferencia… Pero también sé que el Señor habrá de juzgarnos por la manera en que hayamos sabido reconocerle y servirle en los pobres; y nos dirá, “¡Allí estaba yo! ¡Yo era aquel pobre, y también el otro…! ¡Era yo!”»[2]

No queremos de ninguna manera insinuar que lo uno re-emplace a lo otro: Lo Uno siempre será lo Uno. La Sagrada Eucaristía es irreemplazable, no se puede sustituir con la más pura y noble filantropía. No, lo que queremos resaltar es la continuidad que hay de la Eucaristía con esos otros Encuentros con Jesús que son la Eucaristía vivida, la Misión en acción. La eucaristía tiene un valor, además, preparatorio, nos marca la tónica para vivir en clave de Jesucristo, para hacer nuestra vida integra un vivir a la manera de Jesús; así cabe decir que la Eucaristía nos conduce a vivir crísticamente, a superar la división, a hacernos unidad en el Cuerpo Místico de Cristo, porque al nutrirnos de Jesús en su Comunión nos vamos “saturando” de Él y fundiéndonos en Él hasta llegar a compenetrarnos en Él.

Papa Francisco lo pone así: «La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado San Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su “ADN espiritual”, la construcción de la unidad.»[3] No podemos vivir divididos, unos que celebran y otros que viven su cotidianidad; sino, vivir unificados en el continuo del minuto a minuto durante las 24 horas de cada día, que ve-juzga-actúa-y-celebra.








[1] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Editorial Sal Terrae Santander-España1985 p. 117
[2] Ibid p. 116-117
[3] Papa Francisco. HOMILÍA DE CORPUS CHRISTI. Basílica de San Juan de Letrán 18/06/ 2017

sábado, 6 de junio de 2020

UNIDAD POR EL REINO



Ex 34:4b-6.8-9; Dan 3, 52-56a; 2 Cor 13:11-13; Jn 3:16-18

Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero… Dios los Tres considerados en conjunto… No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo.
Gregorio Nacianceno (CEC #256)

Dios, que vive en la Eternidad –sentado sobre querubines- trabó una amistad especial con Moisés, quien con esa proverbial hospitalidad semita, en todo similar a la de Abrahán, invitó al mismísimo Dios a “quedarse” con nosotros, a “venir” con nosotros, a “caminar con nosotros, es más, en medio de nosotros, que quedaría bien traducido “ en nuestras entrañas”; a pasar de la in-temporalidad a la temporalidad; aquí empieza una historia de amor, de un Dios que se “abaja”, que abandona su trono de Gloriosa Santidad para hacerse Señor-de-la-historia, para caminar en la Cronología. Este “paso”, en realidad entraña un salto gigantesco -Moisés se da cuenta de ello-, significa pasar por encima de nuestra fragilidad, de nuestra debilidad, de nuestra contumacia, explicada con las palabras de Moisés (con las que Dios pone en sus labios) “aunque somos un pueblo testarudo”, “pueblo de dura cerviz”, nos cuesta la obediencia, siempre queremos ir por donde nos plazca.

Pese a nuestra humanidad, maculada por la concupiscencia, Dios -no sólo accede- sino que בְּרִית֒ “pacta” con nosotros; no nos rechaza, nos acoge en su Alianza, se com-padece, se une a nuestra historia. Por eso Moisés reconoce a YHWH como Dios lento a la ira y rico en clemencia.


Sobre este esquema –como un calco- re-encontramos el mismo pedido en los dos de Emaús. Los exegetas hablan de “estructuras” y señalan esas “estructuras” como esquemas fijos; nosotros –humildemente- preferimos entender en ello, la manifestación del modo de ser de este “pueblo”, y suponer en su base, las razones de la elección y preferencia para “aliarse” precisamente con nosotros. También los dos de Emaús le piden quedarse, y también con ellos celebra la “alianza”, en este caso Eucarística.

Hoy, en nuestro contexto, en nuestro momento, sintiéndonos conturbados por la pandemia, repetimos el gesto mosaico, y nos postramos en tierra y lo adoramos, reformulando el pedido: “ven con nosotros”. Convencidos que Él es un Dios fiel, pese a nuestras infidelidades.

El poder que recibimos es el de re-unificar
“Hemos sido bautizados en un mismo      Espíritu para formar un solo cuerpo”
I Cor 12, 3-7. 12-13

San Pablo pronuncia como saludo a la Asamblea, esta evocación Trinitaria que repetimos en diversas ocasiones dentro de la Eucaristía (Ritos Iniciales, saludo #2): "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión [κοινωνία] del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co 13, 13). San Pablo nos hace presente tres sustancias que aglutinan los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, a saber, la Gracia, el Amor y la Comunión. Estos son los Tres-Único-Divino del pegante-Santo; ¡nosotros no estamos pegados con babitas!

Estas tres sustancias son segregadas respectivamente (claro que estamos hablando metafóricamente) por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo respectivamente. No se trata de un constructo ideológico sino de una realidad concreta que nos enlaza, nos fraterniza, nos hace hijos del mismo Padre, hermanos todos en Cristo Jesús Nuestro Señor y Salvador y el Espíritu Santo Paráclito, que une al Hijo en el Amor con el Padre y al Padre en el Amor por su Hijo y a nosotros, su pueblo escogido nos diviniza por su Adopción (accede al pedido mosaico de hacernos su Heredad.

Las Personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las Personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres Personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia" (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 528). En efecto, "en Dios todo es uno, excepto lo que comporta relaciones opuestas" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1330). "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1331).[CEC #255]

«La idea de la comunión como participación en la vida trinitaria está iluminada con particular intensidad en el evangelio de san Juan, donde la comunión de amor que une al Hijo con el Padre y con los hombres es, al mismo tiempo, el modelo y el manantial de la comunión fraterna, que debe unir a los discípulos entre sí:  "Amaos los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 15, 12; cf. 13, 34). "Que sean uno como nosotros somos Uno" (Jn 17, 21. 22). Así pues, comunión de los hombres con el Dios Trinitario y comunión de los hombres entre sí… Por tanto, esta doble comunión, con Dios y entre nosotros, es inseparable. Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión entre nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario, como hemos escuchado.»[1]


Ahí llegamos de nuevo a la médula de nuestra fe. Estamos en una condición de fraternidad, de koinonía con todo el género humano que hace de nuestra tarea y de nuestro envío un requisito de entrega perfecta por la paz, por  la unidad de todos y con todo, incluidas las realidades del medio ambiente, todas las criaturas y especialmente con toda la raza humana.

Esta tarea esta por así decirlo “aterrizada” por San Pablo con cuatro propósitos:
1)    χαίρετε Vivir en la alegría
2)    καταρτίζεσθε Trabajar por la perfección
3)    παρακαλεῖσθε Animarse mutuamente, apoyarse, abogar unos por otros
4)    τὸ αὐτὸ φρονεῖτε, εἰρηνεύετε Vivir en paz y armonía (con un solo corazón y una sola alma, como viven las Tres Personas de la Santísima Trinidad)

Nada de abstracciones sino verdaderas concreciones. Claridad en los propósitos que deben animar la vida del cristiano: Gozo y entusiasmo, perfeccionamiento progresivo, apoyo mutuo y –finalmente- todo en un marco de armonía.

La Buena Nueva
Nuestra fe y nuestro Dios es un Dios que se manifiesta en el tiempo (cronos) su revelación pasa del tiempo kairótico (el tiempo de la gracia) a nuestro tiempo histórico; se encarna de la dimensión intemporal a la temporal. Las referencias y la manifestación de Dios han ocurrido en el tiempo, son datos históricos que tienen un marco temporal y espacial.

El enunciado de hoy parece arrancar en un pasado muy remoto, un momento de Decisión Divina, cuando Dios tuvo la Voluntad de crearnos para la salvación (muchas veces a pesar de nosotros mismos que andamos persiguiendo siempre sombras y fantasmagorías), y enhebra todo el tiempo desde el remotísimo pasado, pasando por los años y los años, pasando por el hoy y el ahora y dirigiéndose hacia el futuro que Él y sólo Él tiene previsto, escrito en el libro de su Infinita Bondad, sin quebrantar nuestra libertad, sino pasando a través de ella (como la Luz a través del cristal, como Jesús a través de María), pero respetando el querer de los hijos: Οὕτως γὰρ ἠγάπησεν ὁ Θεὸς τὸν κόσμον, ὥστε  τὸν Υἱὸν τὸν μονογενῆ ἔδωκεν, ἵνα πᾶς ὁ πιστεύων εἰς αὐτὸν μὴ ἀπόληται ἀλλ’ ἔχῃ ζωὴν αἰώνιον.


Nos encontramos con dos verbos en aoristo indicativo activo (algo que se hizo de una vez por todas, señala la perfectividad puesto que la acción es rotunda, sin pendientes, no le quedan faltantes o facetas por desarrollar, por eso es empleado en literatura como tiempo verbal para hacer avanzar la historia): ἠγάπησεν ἔδωκεν amó y entregó; ese pasado se remite a un pasado ante-histórico (pre-crónico), antes de todos los tiempos, antes de que el mundo fuera creado, cuando Dios ya había decidido crearnos y no dejarnos perder sino darnos un Redentor y que ese Redentor fuera su propio Hijo. ¡Así de grande es su Amor, y así de grande ya era desde antes del Principio! ¡Su fidelidad es por Siempre! (A veces traducimos “dura por siempre”, pero este Siempre no está condicionado a la existencia del tiempo, ES previo a cualquier duración.

Si hay un requisito para poder gozar de este obsequio incomparable, inefable y es aceptarlo, reconocerlo, creer en Él. No es necesario explicarlo o entenderlo, no es cuestión de conocimiento intelectual sino de vivencia afectiva, amor entre personas humanas y Divinas. Amor incondicional, que se enamora locamente sin imposiciones, con gratuidad, aun cuando no se entienda, o el “entendimiento” sea incompleto… Dice Calixto Cataphygiotés:

«Tú abrasas mi espíritu con la herida del eros,
iluminándolo cada vez más,
y lo introduces en las maravillas
que lo haces contemplar,
maravillas inaccesibles, místicas,
que están por encima del cielo.
¡Oh unidad infinitamente celebrada,
Trinidad infinitamente venerada,
Abismo sin fondo de poder y sabiduría!
¿Cómo consigues hacer entrar
en tu Tiniebla Divina al espíritu
que se ha elevado tal como lo quiere la Ley,
llevándolo de gloria en gloria (2 Cor 3, 18)
y concediéndole con frecuencia habitar
dentro de la Tiniebla-más-que-luminosa?
Yo no sé, al contrario que Tú,
si Moisés entró en esa Tiniebla (Ex 20, 21)
si él fue la imagen de la misma
o si la Tiniebla fue su imagen.
Yo sólo sé una cosa:
Que esa Tiniebla es perceptible por el espíritu,
y que en ella son celebrados divinamente,
sobrenatural e inefablemente,
en lo secreto del alma,
los misterios de la unión y el amor espirituales.»[2]

«La "comunión" es realmente la Buena Nueva, el remedio que nos ha dado el Señor contra la soledad, que hoy amenaza a todos; es el don precioso que nos hace sentirnos acogidos y amados en Dios, en la unidad de su pueblo congregado en nombre de la Trinidad; es la luz que hace brillar a la Iglesia como estandarte enarbolado entre los pueblos: "Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como Él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros" (1 Jn 1, 6-7). Así, a pesar de todas las fragilidades humanas que pertenecen a su fisonomía histórica, la Iglesia se manifiesta como una maravillosa creación de amor, hecha para que Cristo esté cerca de todos los hombres y mujeres que quieran de verdad encontrarse con él, hasta el final de los tiempos… El Señor no habla en pasado, sino que habla en presente, habla hoy con nosotros, nos da luz, nos muestra el camino de la vida, nos da comunión, y así nos prepara y nos abre a la paz.»[3]


Nuestra participación presente en la Trinidad Santa consiste en vivir la comunión viviendo en comunión dentro de la Iglesia. Dios no castiga nuestra “terquedad” sino que nos convoca nuevamente a restaurar la Unidad, llamándonos a vivir en la Comunión Eclesial, la fraternidad que nos conduce a ser familia de la Familia Trinitaria y a vivir esa comunión ejercitándonos en los cuatro propósitos señalados por San Pablo. La economía salvífica incluyó, además de un Redentor, Hijo Único del Padre, el Único Mediador, un puente para cruzar, que es la Iglesia, como factor procesual de la construcción del Reino: ἵνα ὦσιν ἓν καθὼς ἡμεῖς ἕν· ἐγὼ ἐν αὐτοῖς καὶ σὺ ἐν ἐμοί, ἵνα ὦσιν τετελειωμένοι εἰς ἕν “Para que sean uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno;” (Jn 17, 22b-23a).

Hoy, cabe ratificar que la Iglesia no es un edificio, sino la Presencia de Dios que es Emmanuel, Dios-entrañable Quien ha aceptado caminar con nosotros. Así que desde la cuarentena –en confiada espera de regresar a los templos- permanezcamos y apostémosle a la Unidad.




[1] BENEDICTO XVI.  AUDIENCIA GENERAL  Miércoles 29 de marzo de 2006
[2] Cataphygiotés, Calixto. XI, 91-92, pp. 226-228. Citado por Javier Melloti Ribas, s.j. en LOS CAMINOS DEL CORAZÓN EL CONOCIMIENTO ESPIRITUAL EN LA “FILOCALIA”. Ed.
[3] Benedicto XVI Loc. Cit.