sábado, 28 de agosto de 2021

SÓLO DIOS NOS HACE CAPACES DE SER SIERVOS DEL NUEVO PACTO

  



Dt  4, 1-2. 6-8; Sal 14, 2-5; St 1, 17-18. 21-22. 27; Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

 

Dios inventó el servicio,

Nosotros la burocracia.

Martín Valverde

 

 

Para este Domingo 22 del Tiempo Ordinario del ciclo B, queremos adornar nuestro ingreso al Templo con una cita del Profeta Jeremías: "Esta es la alianza que yo pactaré con Israel en los días que están por llegar, dice Yavé: pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo."(Jr 31, 33), porque queremos descubrir que Dios nos ha dado un discernimiento muy valioso que le permite a la Iglesia (Madre y Maestra) guiarnos y pastorearnos superando los fundamentalismos.


El Domingo anterior nos quedamos en el Pan, o sea el alimento de vida; pero no cualquier pan, sino el Pan que es Espíritu y Vida. ¡Es la Palabra que sale de la boca de Dios! Pero, el que divide, el que confunde, el que nos trisa, toma la Palabra sembrada en el corazón y la desvirtúa. ¿Dónde quedó la pureza del corazón que era lo que originalmente había “pronunciado el Señor? La razón esencial, que nuestro corazón se distraiga en esa recolección de minúsculos fragmentos en los que el Malo ha hecho trisas de nuestro ser-uno-en-el-Señor. Al fin de cuentas él es el maestro del “divide y reinaras”.

 

Viene -en cambio- el tesoro de la enseñanza de este Domingo: Hay una sola ley, la Ley del Amor, de la fraternidad, del servicio, del perdón. Todo lo demás son distractores. El que no recoge junto con el Señor, ese desparrama, y el que desparrama sirve a los intereses del Malo.

 


La construcción del Reinado de Dios es un proceso exigente; hermoso pero exigente, al cual deberíamos dedicar lo más potente de nuestras energías y lo medular de nuestros esfuerzos. Vemos, sin embargo, un proceso curioso, en vez de enfocar nuestra vida de fe en esa misión, nos desconcentramos de lo esencial y nos desviamos hacia lo nimio. Entonces, ¿cuál es el problema? Lo repetimos: perder el foco; gastar lo mejor de nuestras energías religiosas en acciones que no son propiamente religiosas en tanto no nos acercan a la implantación del Reinado de Dios. Recordemos la consigna que el propio Dios nos entregó por medio del profeta Oseas, capítulo 6, verso 6: “Lo que quiero de ustedes es misericordia, y no que me hagan sacrificios; que me reconozcan como Dios y no que me ofrezcan holocaustos”.

 

¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Por qué hemos llegado a esta situación? Una serie de ritos o de “leyes” se instauran, pese a lo cual permanecemos indolentes e indiferentes como el sacerdote y el levita del relato del “Buen Samaritano” ente el dolor humano, ante las necesidades del “prójimo”, … Planteamos todo esto para ponerlo en el tapiz de nuestra reflexión de este Domingo, cuando el Apóstol Santiago en la Segunda Lectura de la liturgia de este día, nos propone lo que podría ser el leitmotiv, y también el título para esta semana: ¿Cuál es la religión verdadera? La religión pura y sin engaños a los ojos de Dios Padre consiste en … Y eso es lo que tenemos que contestar hoy para saber cuál es la esencia de la religión que practicamos. Sólo distinguiendo lo esencial de lo accesorio podremos estar a salvo del fundamentalismo una de cuyas facetas es el respeto irrestricto del ceremonial.

 

Sobre este punto convergen las lecturas y, podemos dar gracias a Dios y a la Iglesia porque nos llevan a contestar el interrogante nodal que está en el epicentro de nuestra relación con la Divinidad.

 

Cuando miramos la grandeza de las naciones, en muchas ocasiones en lo que nos fijamos es en su producto interno bruto, en su “riqueza”, en su opulento derroche; en ese caso tenemos que decir que no sabemos aquilatar lo que significa la grandeza. ¿Puede ser grandeza que un pueblo pierda el norte y se dedique a matar a sus ciudadanos en el vientre de sus propias madres? ¿Será grandeza cuando la droga, el vicio y la depravación campean a sus anchas y conducen a su gente a toda clase de desmanes? ¡Triste grandeza esta que se extiende al cobijo de una carencia de moral Aun cuando se encuentre “picho en plata! Por eso, al leer la perícopa del Deuteronomio que nos propone la Primera Lectura, Dios mismo nos revela cómo apreciar la grandeza de una nación:

 

a) Una nación que tenga mandatos y preceptos justos

b) Y que, a consecuencia, cuente con Dios siempre a su lado.

 

Por eso, no hemos de fiarnos de las modas lanzadas por las culturas foráneas, a menos que ellas vivan en el respeto de los mandatos y preceptos del Señor, Dios de nuestros padres.

 


Muchas veces nuestras actuaciones se guían porque así lo hacen en cierto país extranjero, país del que se dice “está muy avanzado”, y ese no puede ser el criterio. Muchas veces nos avergüenza seguir la ley de Dios porque algún Juan Perico de los Palotes hace otra cosa, y, aparece en la televisión y con cara muy seria nos dice: “Yo soy un influencer”. Ahí es cuando podemos reconocer que hemos perdido el norte. La regla maestra es buscar agradar al Señor, ser coherentes con lo que Él nos “enseñó”, y no seguirle la corriente a cualquier personaje, que -lo digo con todo respeto- cuenta con ninguna autoridad para pretender fijar las pautas morales de la sociedad, cosa que suelen hacer, so capa de estar muy a la vanguardia, en la avanzada de las modas y de las ideas, además, dándoselas de defensores de “derechos” inventados para cobijar y promover todo lo contrario a la moral. Se toca, entonces, el tema de comprensión de la moral que se basa en defender a la comunidad y generar los espacios de una armónica convivencia con las mejores condiciones para que cada quién logre el mejor desarrollo de sus potencialidades; dicho tal, se comprende que la moral no es un código de “que cada cual se rasque el ombligo a su acomodo”.

 

Y, hay otro detalle valiosísimo, que no podemos pasar por alto: “No añadirán nada, ni quitaran nada a lo que les mando” (Dt 4, 2) este detalle es inestimable porque, en más de una ocasión, entramos en la línea del acomodo: ponemos el reflector en un ángulo que nos permita subrayar un mandato del Señor, pero, ocultando muchas veces lo esencial; o, ignorando otros mandatos que están por encima y que son los fundamentales para el verdadero cumplimiento de la ley de Dios.

 

El salmo nos da otras pautas de lo que le agrada al Señor, intentemos enumerarlas:

 

a) Proceder con honradez y obrar con justicia

b) La sinceridad

c) Cuidarnos de calumniar desprestigiando a nuestros semejantes.

d) No hacerle mal al prójimo

e) No admirar al que obra contra los mandatos del Señor, (por mucho que a ese parezca irle bien, por mucho que sea miembro de una sociedad opulenta) a ese, por malvado hay que despreciarlo.

f) Al usurero, sea individuo o sea nación, (porque también los préstamos de dinero internacional se conducen muchas veces con usura, desangrando a los pueblos más necesitados, precisamente porque son los menos favorecidos).

 

Estas cosas agradan a Dios, y no con un agrado pasajero; estos valores son imperecederos, porque le agradan al Señor “eternamente”. Ese criterio de eternidad nos explica porque no debemos ser víctimas de las “modas” pasajeras; es por eso que Jesús, en el Evangelio, nos previene –citando al profeta Isaías- contra el seguimiento de los “preceptos humanos”. Jesús nos dice que no podemos dejar de lado el mandamiento de Dios para dar –en cambio- espacio en nuestra vida, en nuestro actuar, a tradiciones instauradas por los hombres. Hombres que se pretenden muy sabios, muy autorizados, muy “científicos”, y que en no pocos casos instalan su “cátedra” en prestigiosas universidades, en afamados programas de televisión, en periódicos de alta circulación o pululan y lucran anidados en las “redes sociales” y expanden su “semilla” de hierba mala en todas sus “obras”.

 

¡Guarde Dios nuestra mente y nuestro corazón de las perversas enseñanzas que nos apartan de su Ley”!

 


¿Donde ir a buscar Su Ley, para estar seguros de hallarla y no ceder a las engañosas tradiciones humanas? A esta pregunta se nos contesta en la Segunda Lectura, en la Carta del Apóstol Santiago se da respuesta contundente y fiable: En la Palabra, en el Evangelio, y no olvidemos que el Evangelio no es un libro, ni cuatro; el Evangelio es la mismísima persona de Jesús.

 

«La expresión “piadosos” (hasidim) parece haber sido usada por algunas sectas para describir su oposición a ciertas interpretaciones laxas de la Ley que ellos consideraban amenazantes para la tradición distintiva del judaísmo… el nombre griego “fariseo” parece derivar del arameo perishayya, “los segregados”, que quizá fuese, en un principio, el apodo dado por los que se oponían a sus interpretaciones de la Torá.

 

Los fariseos insistían en la cuidadosa observancia de los preceptos legales, que incluían, además de los señalados en la Ley escrita, los contenidos en una tradición de “Ley oral”, que ellos consideraban parte del legado mosaico, y de los “antepasados”, como los preceptos del lavado antes de las comidas a los que se refiere Marcos 7,3… los fariseos estaban orgullosos de su minuciosos seguimiento de las reglas sobre los alimentos, de las normas de pureza y de la observancia cuidadosa del sábado y de los días festivos.»[1]

 

Desenmascaremos, pues, los fundamentalismos de toda laya, en los que se incurre al desproporcionar el valor de alguna doctrina o de alguna práctica, reduciéndola a la fijeza de la interpretación literal. Al interior de nuestra fe -y nos arriesgamos a pensar que en todos los credos sucede algo similar- hay, de verdad, aspectos inamovibles y esenciales; mientras se dan otros elementos más plásticos, más maleables, menos sujetos a la rigidez; no nos cansaremos de advertir que todo lo que está vivo muta, y encontramos expresiones de la fe que entran en este dinamismo, sin descuidar algo de Suma Importancia, que Dios es Eterno, lo que es inamovible es lo que se apoya en la Infinitud de Dios en el tiempo y el espacio, sabiendo que Él es Eterno y nosotros temporales.  Hemos oído en parábolas (no bíblicas, pero si teológicas) que Dios no se ocultó en lo alto de las montañas, ni en el fondo abisal, sino, en el centro de nuestro propio corazón. Allí -Él Misericordioso pone a anidar toda su Sabiduría, todo su Afecto, ese Amor Indescriptible para el que no alcanzarían diez millones de “A” mayúsculas, para dar una mínima idea de su Desproporción-Graciosa, de Su Infinitud Amorosa.

 

Su Bondad no es dictatorial, ni impositiva. Está allí quietita, como adormilada, esperando que la invitemos a despertar, a jugar, a activarse, a desenvolverse. No se despertará ni se moverá, a menos que La aceptemos, que nos rindamos a Ella. Por eso no nos viene de afuera lo que nos mancha, porque lo que nos mancha es lo que viene del corazón, que las potencias enemigas se empecinan en sitiar, en invadir, en manipular. Esa arista perversa conquistó sitial anexo a la Ley Divina, en el espacio de nuestro corazón, en ese núcleo existencial, cuando el Ser-humano aceptó la tentación y pretendió equipararse con Dios para entrar a deslindar –como sólo Él puede- el árbol del Bien y del mal: el Árbol de la Vida. Gn 2, 9. 16-17. 3, 2-3. El Árbol del Bien y del Mal es, así lo entendemos, un mashal que representa la Facultad Legislativa en términos Absolutos, que es totalmente potestativa de Dios. Nosotros legislamos sobre cosas nimias; la Vida, su esencia, -en cambio- sólo la puede deslindar su Autor, su Dueño. Tratar de equipararnos es una usurpación sacrílega.

 

Esta perícopa evangélica contiene esta Revelación fundamental: No hay que buscar la Ley verdadera de Dios, fuera de nosotros. Suponemos que las Tablas de la Ley desaparecieron para que cesáramos de buscar a Dios y su Voluntad para nosotros, en algo externo. Leamos con fe engalanada de devota atención esta frase de Jesús “Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que si lo mancha es lo que sale de dentro.” Mc 7, 15. Esa dualidad arrastramos, de nuestro interior dimanan el bien o el mal que elegimos hacer; y, el mal que sale de nosotros, la perversidad de nuestras intenciones es lo que realmente nos afea ante los Ojos de Dios.

 

«Jesús condena lo previsto en la Ley diciendo que no representa las verdaderas intenciones de Dios, que es el Creador y la auténtica Fuente de la Ley… Jesús nos desafía comportarnos mejor de lo que la Ley podrá jamás establecer. No se trata de confrontar nuestras conductas con una lista de reglas viejas o nuevas, sino de vivir conforme a lo que Dios quiere. El sentimiento hacia el Reino de Dios, su anhelo, sirve para ablandar la “dureza del corazón” sobre la que se fundan las leyes que regulan las relaciones con el prójimo.» [2]

 

Conviene, en este momento, recordar dos estrofas de Averardo Dini:

 

Vivimos el tiempo de las máscaras, Señor,

invadidos por el culto a la imagen.

………………………………………

Tú no puedes aguantar más, Señor,

que seamos sepulcros blanqueados,

aparentemente limpios por fuera

y llenos de estiércol por dentro. [3]

 

«Jesús ataca esta excesiva preocupación por los ritos purificatorios y por las reglas de pureza de los alimentos por considerarlas como una desviación de lo que Dios realmente pide de los hombres,» [4]. Por eso dice en la 2Cor 3, 6c “… la letra mata más el Espíritu da vida.”

 


Quedamos -después de esta Liturgia- en magníficas condiciones de perfeccionar la fe ocupándonos de los desvalidos y necesitados, esos que el Apóstol Santiago personifica en la viuda y el huérfano, por ser ellos –en aquel momento histórico- los epítomes de la pobreza y el abandono, el prototipo de los Anawin. Regresémonos en este momento a la Oración Colecta:

Dios todopoderoso, de quien procede todo bien,

siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre,

para que haciendo más religiosa nuestra vida,

acrecientes el bien en nosotros

y lo conserves con solicitud amorosa.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Perkins, Pheme. JESÚS COMO MAESTRO. LA ENSEÑANZA DE JESÚS EN EL CONTEXTO DE SU ÉPOCA. Ediciones el Almendro de Cordoba, S.L. Madrid - España. 2001 p. 24-25

[2] Ibid. p. 76-77

[3] Dini, Averardo. EL EVANGELIO SE HACE ORACIÓN TOMO II – CICLO B. Ed. Comunicaciones Sin Fronteras Bogotá Colombia pp. 77-78

[4] Perkins, Pheme. Op. Cit. p. 25

sábado, 21 de agosto de 2021

NATURALEZA REVELADORA DE LA PALABRA

 


Jos 24, 1-2. 15-17. 18; Sal 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21; Ef 5, 21-32; Jn. 6, 60-69.

 

Los textos sagrados contienen un aspecto de la verdad de Cristo, un rasgo de su personalidad o un acontecimiento de su vida que aparecen y deben ser comprendidos y entendidos para poder llevarnos a la plenitud de aquella verdad que durante la transustanciación se hace presente, no en la palabra sino en el ser.

Romano Guardini

 

… si nosotros somos trasparencia de Dios, somos la palabra de Dios caminando en dos pies… ¿Qué es un cristiano? Un sacramento de Jesucristo, o sea un Jesucristo que en pleno siglo XXI camina en dos pies por las calles.

Gustavo Baena, s.j.

 

La Eucaristía -dice en el numeral 1324 del Catecismo de la Iglesia Católica- es fuente y cima de toda la vida cristiana; y, en el numeral 10 de la Sacrosantum Concilium dice, que la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Hay, en la Liturgia Eucarística dos momentos vitales que quisiéramos destacar para que en lo sucesivo les diéramos realce en nuestro corazón y dejemos que penetren en nosotros meditando en ellos a medida que nos adentramos en la celebración; que cómo -quizá lo hayan notado- lo hemos venido haciendo de un tiempo para acá: se trata de la Antífona de Entrada y de la oración colecta. Vemos que en ellas se nos dan luces claras para una mejor y mayor comprensión de la liturgia de la Palabra y de la Eucaristía entera.

 


La Antífona de Entrada, por lo general, hace referencia a algún Salmo, por ejemplo, para este Domingo XXI (B), se trata (de manera cifrada) del Salmo 85, en los versos del 1 al 3: allí se dice: “Inclina a mi tu oído, y escúchame: Salva, Señor a tu siervo, que confía en ti. Ten piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día”. Quisiéramos presentarles ahora el texto del Salmo sin cifrar, para que confirmemos que la Antífona no se desvía ni un ápice del texto original:

Inclina tu oído, Señor, respóndeme,

Que soy un pobre desamparado.

Guarda mi vida, que soy un fiel tuyo,

Salva a este tu siervo, que confía en Ti, Dios mío.

Como descubren, se trata simplemente de una apropiación del Salmo para convertirla en una plegaria de los fieles que acudimos a la Celebración. “¿A quién iremos?” Pero uno tiene que ir por alguna razón, y aquí aprendemos que acudimos a Él porque en Él reconocemos a un Dios que salva al quién confía en Él.

 


La Oración Colecta es otro momento muy especial donde el Sacerdote recoge todo lo que trae los fieles y hace con ello un ramillete que pone en el Altar como súplica que hace sinopsis. Escuchémosla con profunda atención e identifiquémonos con ella detectando como nuestro corazón es una de las flores del manojo: “Oh Dios que unes los corazones de tus fieles en un m ismo deseo, concede a tu pueblo amar lo que mandas y desear lo que promete, para que en medio de las inconstancias del mundo permanezcan firmes nuestros corazones en las verdaderas alegrías”. Evidentemente esto lo pedimos -no podía ser de otra manera: “Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

Aquí, nos parece de vital importancia que reconocemos que Dios es el único que puede unificar y hacer converger nuestros múltiples anhelos, nuestros caprichosos y muy cambiantes corazones, para que sepamos desear lo que nos hará verdaderamente felices en la verdadera dicha, que es la dicha Celestial: y eso es, aprender a querer lo que Dios quiere.

 


Esta vez, serán las palabras de San Pedro las que nos conduzcan a un salto monumental.  Es un salto de la tierra al Cielo. Antes, la gente andaba buscando a Jesús por más pan. Pedro, lleva la vocería de muchos corazones que han alcanzado a vislumbrar cuál es el verdadero nutriente que se ha de perseguir: las Enseñanzas del Divino Maestro. Pedro no le dice ¿a quién iremos?, sólo tú multiplicas los panes y nos sacias el hambre material; no, él nos indica que el alimento que da Jesús y que sólo Él puede darnos, es el alimento espiritual, su Palabra. Este Domingo, XXI Ordinario del ciclo B, hemos alcanzado el “desenlace” del capítulo sexto de San Juan: Jesús es el Pan de Vida eterna, pero ese Pan es el Pan de la Palabra. Porque las palabras de Jesús son “Palabras de Vida Eterna”. En una guía Catequética para la Preparación el sacramente de la Confirmación leemos: «el Cuerpo de Cristo y su Sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios.»[1] Nosotros sentimos que, si bien el Alimento Espiritual es la Eucaristía, es la Palabra proclamada la que lleva ese nutriente y lo hace vital, hasta el último rincón del ser. La Palabra hace dinámico en el ser la Comunión, la hace nutritiva. De otra manera, la Comunión queda -por decirlo de alguna manera- pasiva.

 

No es fácil digerir esta aclaración. Hay que pasar de la imagen del Mesías como gobernante poderoso, como rey conquistador y avasallador de otros pueblos; pero además, también hay que superar la comprensión del Mesías como un solucionador de los problemas económicos y de las dificultades materiales. Esa es una verdadera roca de tropiezo, (que es el significado de la palabra “escandalo”). Para esos “seguidores” ¡todo el castillo de naipes se viene abajo!


 

Con no poca frecuencia se ha difundido una perspectiva religiosa que nos muestra a Dios como un solucionador de nuestros problemas, algo así como si Dios fuera unas muletas o una silla de ruedas para ir por la vida arrastrando nuestra invalides espiritual. Esa era, precisamente la mirada de los que siguieron a Jesús porque había dado de comer a toda una muchedumbre. Vimos como Jesús evadió ese paradigma apartándose de esa gente para que tuvieran que hacer prevalecer otro enfoque: Jesús los libera, los hace libres de la relación con un Dios milagrero, apartándose a la montaña. (Cfr. Jn 6, 15)

 


En la siguiente etapa de este capítulo nos fue “catequizando” para que comprendiéramos que la fe verdadera es el esfuerzo por el rescate de nuestra imagen de Dios, desdibujada por el pecado. No se trata -como algunos piensan- de ir a Tierra Santa y poner el pie donde Jesús los puso; sino de vivir Jesús-mente, porque somos hijos, hemos de actuar con la dignidad de hijos, no imitando a Jesús, porque cada hijo tiene su propia identidad, y ningún hijo es igual a otro; sino dejando que esa “imagen y semejanza” salga a flote, se nos vea. Digamos mejor que, hemos de “alimentarnos” de su Cuerpo y de su Sangre para que su “genética” re-active en nosotros todo cuanto tenemos de sus Divinos cromosomas en nosotros. Llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero –dentro de nosotros- está ese tesoro, ¡que la vasija se rompa para dejar ver la riqueza de la que es portadora!

 

¿Cómo identificar todos esos rasgos divinos que están en nuestro ser, heredados de Papá-Dios y ocultos por la mancha del pecado? Lo primero, sumergiendo nuestra impureza en su Sangre purificadora. Pero, además, y no menos importante, empapándonos hasta saturarnos de sus Enseñanzas. Ahí cobra toda su importancia y trascendencia la Palabra de Dios. Toda la Palabra, toda la Sagrada Escritura, enriquece nuestra vida; no estamos hablando de la Biblia bonita de gran tamaño, que adorna la sala en repujado atril. Estamos hablando de hacer de la Palabra “carne y sangre” nuestra, allí entran todos los rasgos, las peticiones confiadas que el Padre nos dirige, lo que –esperando nuestra obediencia, o sea, nuestra atenta escucha y acatamiento- Él nos propone.

 


Observemos que aquí se trenzan los dos luminosos haces de la liturgia: la mesa del Pan con la mesa de la Palabra. Vamos a aproximarnos con un enfoque ingenuo pero clarificador: ¿Uno alcanza a misa si alcanza a la consagración, o si alcanza a la comunión? Tomemos como referencia la parábola de la Fiesta: Si a uno lo invitan a una fiesta, ¿llega al final?, solo para pasar a manteles porque no nos interesa charlar con el homenajeado y compartir con él, no nos interesa ni lo que piensa , ni lo que dice,… mejor dicho, no nos interesa, ni siquiera, saber que le celebran, el cumpleaños, un éxito, su promoción laboral…¿?, vamos porque podemos sacar partido de la comida que van a servir, o por hacer acto de presencia y dejar constancia que si estuvimos, quizás apareciendo en una de las fotografías que, en el momento del ponqué, tomen.

 

«… la eucaristía… se realiza en una conjunción de acto y palabra… La palabra en la misa es, ante todo, de naturaleza reveladora. A través de ella Dios dice al hombre quién es Él y qué es el mundo que tiene ante sus ojos, manifiesta su voluntad y hace su promesa.… La palabra de Dios es un gran misterio. En ella habla Él mismo, pero con la lengua de los hombres… (A) esta palabra. No le haríamos justicia si simplemente atendiéramos a su contenido expresable conceptualmente… la palabra es algo más: contenido y forma, sentido y amor, espíritu y corazón, un todo entero y oscilante; no es una comunicación simple que uno piensa y entiende, sino un ser que proviene de ella y con el cual uno se encuentra…. Donde quiera que encontremos esta Palabra, allí reina el poder creador de Dios. Escuchar su palabra quiere decir entrar en el espacio de la posibilidad sagrada donde aparecerán el nuevo hombre, el nuevo cielo y la nueva tierra.»[2] Entonces no basta llegar a la comunión, no basta llegar a la elevación; lo deseable, lo hermoso es llegar antes, alcanzar a escuchar con toda el alma la proclamación de la Palabra y saborear lo que nuestro Amigo nos dice, oír con oídos enamorados lo que Él dice de “viva voz”, “que los humildes lo escuchen y se alegren”, procurando asirlo con la materialidad y concreción de una semilla entre nuestras manos para plantarla, con nuestras mejores habilidades de jardinería, en el huerto de nuestro corazón. No son semillas de trigo para –más tarde- amasar pan; son el Pan de la Palabra. Palabras que son espíritu y Vida.

 

 



[1] Gutiérrez M. María Oliva y Valero C., Yolanda. CONSAGRADOS PARA SER TESTIGOS. PREPARACIÓN PARA CELEBRAR LA CONFIRMACIÓN. Itinerario 5. Instituto Catequístico -Diócesis de Zipaquirá. Guía del Catequista p. 46

[2] Guardini, Romano. PREPAREMOS LA EUCARISTÍA. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 1ª ed. 2009.  pp.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

BORRARNOS PARA TRANSPARENTARLO

 


1R 19, 4-8; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9; Ef 4, 30- 5, 2; Jn. 6, 41-52

 

De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello.

Santa Juana de Arco

 

Sacramento es transparentar en lo humano lo divino.

Gustavo Baena s.j.

 

El signo es algo que se pone allí en remplazo de otra cosa. Ese “algo-sustituto” aporta otros “planos” de comprensión, conecta con otras realidades y se entreteje en una red de alusiones y referencias. La frontera del signo se diluye y logra ir más allá, verdaderamente logra trascender-se, se ramifica, en su vitalidad, crece; se multiplica en conexiones como sinapsis dinámicas, con dendritas y axones arborescentes. Esa vitalidad lo hace elástico, fluyente, polimórfico, se goza en su polivalencia, en su polisemia. Dice, insinúa, pronostica, vaticina. A veces –en procura de la precisión- lo querríamos exacto, monosémico, fijo; pero, eso menguaría su poder trascendente. El signo tiene, pues, una naturaleza reticular.

 


Para este XIX Domingo Ordinario, el signo en cuestión es el “pan”, el pan en un primer plano es un alimento preparado –mediante horneado- con harina de algún cereal. Pero es signo de cualquier otro alimento, “pan” nombra cualquier alimento comible, que nutra o sacie el hambre. Pero, saltando al plano espiritual, por analogía con el plano físico, si el cuerpo necesita ser alimentado el espíritu –nos hemos venido dando cuenta a través de nuestras experiencias “vitales”- también necesita su propio alimento.

 

Regresemos a nuestro tema, el que nos ocupa en estos 5 Domingos, desde el XVII hasta el XXI, el capítulo 6 del Evangelio según San Juan. Jesús ha multiplicado los panes y los peces. Este milagro nos permite ver (darnos cuenta) de su divinidad. El milagro es “signo” de que Jesús no es un hombre “común y corriente”, se demuestra como “el Hijo de Dios Encarnado”. El punto aquí consiste en ¿cómo se lee el signo? Hay cierta lógica humana, muy humana, en ver al Multiplicador-de-panes-y-peces como un “excelente candidato al trono real”. Esta dificultad “interpretativa” Jesús la supera con un sencillo “movimiento”: huyó solo a la montaña (Jn 6, 15c). Sin embargo, huir a la montaña sólo evita que puedan “aprehenderlo” para forzarlo a ser rey, pero queda por resolver el tema de la incomprensión. Hay un hiato entre lo que se dijo y lo que se quería dar a entender. Quizá lo más lógico sea ahondar la explicación, decirlo otra vez y decirlo más claramente, insistir, extenderse en un prolongado discurso clarificador.

 


No vayamos a entender que “pan” era una cosa y Jesús quiso que se entendiera como otra distinta. En realidad, la doble significación era, ya en la cultura semita, tradicional, por ejemplo se da una tradicional identificación entre pan y alimento espiritual de la cual la Biblia nos ofrece un trazado. Probablemente, el episodio del maná –al que se ha aludido frecuentemente en relación con la multiplicación de los panes y que es aplicado como argumento por parte de la “gente” Moisés nos dio a comer el pan del cielo (cfr. Jn 6, 31) sea el caso paradigmático; pero la Primera lectura de hoy apunta en la misma dirección, el “pan asado en el fuego” que le dio el Ángel del Señor a Elías es un tipo de alimento que tal vez calma el hambre pero que, principalmente reanima al deprimido profeta para que completa un “extensísimo” peregrinaje (de cuarenta días y cuarenta noches!!!) por el desierto. Al escuchar la proclamación de esta perícopa del Primer Libro de los Reyes, lo que llama la atención es la presencia de ánimo que asiste al hombre que en el renglón anterior es un derrotado, un desterrado que se haya quebrantado por el destierro causado por su fidelidad en su labor profética. Si el afligido invoca al Señor, / Él lo escucha y lo salva de sus angustias./ El ángel del Señor acampa, /en torno a sus fieles y los protege. ¡Se trata de un vencido que recobra el ímpetu!

 

Retomemos el Evangelio, aquí viene la declaración central, el eje de la perícopa, se trata del versículo 48 del capítulo sexto, en él Jesús declara: ἐγώ εἰμι ὁ ἄρτος τῆς ζωῆς. Yo soy el pan de vida. Podríamos tomar esta frase como el inicio del sub-discurso 2. La palabra ζωῆς [zoe] se opone a la palabra βιο- βίος, esta última sólo remite a la vida física, mientras que aquella alude tanto a la física como a la espiritual, es decir, que Jesús no es ni exclusivamente alimento material, ni exclusivamente alimento espiritual, ¡Él es ambos! Pero, ahora tratemos de ingresar nuevamente en la complejidad del “signo” pan. Jesús nació en Belén, y el nombre de esta población curiosamente traduce “Casa de Pan”, es decir de allí mana todo el pan, por así decirlo, este Belén nos suena a la panadería de la que todo el pan del mundo proviene. Es muy curioso, pese a que tal vez no reparamos en ello, pero todavía hoy, siglo XXI, vamos al Altar a comer de ese mismo pan que se horneo en Belén: “la-casa-de-pan”.

 


Vengamos sobre el fenómeno normal de la alimentación mediante la cual incorporamos una sustancia externa y la acogemos en nuestro organismo para hacerla parte de nuestro ser, incorporándola a nuestros tejidos, a nuestra sangre. Pero ¡el caso de este Pan excepcional es distinto! «…en el plan espiritual, es lo divino que asimila lo humano, no viceversa. Así que mientras en todos los casos es el que come el que asimila a sí mismo lo que come. Al que se acerca a recibirlo, Jesús repite lo que decía a Agustín: “No serás tú quien me asimilaras a ti, sino seré yo quien te asimilaré a mí”… La comunión no es sólo unión de dos cuerpos, de dos mentes, de dos voluntades, sino que es asimilación al único cuerpo, a la única mente y voluntad de Cristo.»[1]

 

Sigamos esta línea de pensamiento agustiniana, «Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprendéis, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como cabeza? Admiraos y regocijaos, hemos sido hechos Cristo.»[2]

 

Para poder leer el signo del pan y percibir algo de su anchura y de su graciosa profundidad es preciso reflexionar como nos hacemos, lo múltiple, Uno solo. Muchos granos de trigo dispersos se dan cita en el granero y después, una vez molidos, se ponen de acuerdo para encontrarse en el mismo pan o en la misma hostia. Muchas uvas se dan cita en el mismo lagar y luego –no por casualidad- concurren en el mismo Cáliz Santo para hacerse Sangre Redentora. Muchos hombres, convergen en una synaxis y confluyen allí para ser parte del pueblo Santo de Dios, y participar en el mismo Convite, en una misma y única Liturgia, en el mismo Santo Sacrificio, en la única Fracción del Pan.

 


«“Signo” significa en este caso que se hace presente una actividad que comunica gracia…. El valor de signo y el valor de eficiencia siguen siendo completamente distintos… El ramo de flores que envío por medio de una agencia a unos amigos  que se casan en el extranjero es para ellos la presencia concreta de mi simpatía y mi amistad. Es la trasposición de mi amor, es mi amor en una manifestación visible. Sucede lo mismo pero en medida infinitamente superior, con los sacramentos… la voluntad salvífica celeste de Cristo constituye, mediante su cuerpo glorioso, una unidad dinámica con el gesto ritual y la palabra sacramental del ministro que tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia»[3]

 

Solo periféricamente queremos aludir al punto de la eficacia. ¿El sacramento obra por encima de todo, se sobrepone al posible rechazo del corazón de quien recibe el Sacramento, supera la increencia, la falta de fe, la “impureza” del que comulga? Evidentemente si así fuera el sacramento rayaría en lo mágico, peor aún, en la brujería. El Sacramento es eficaz aun cuando no lo notemos, aun ayudándonos a superar nuestras debilidades, pero no “por encima de nosotros” «Y la experiencia de cualquier sacerdote o de cualquier cristiano es que, si él no opone demasiados obstáculos, Dios da a través de nosotros cosas que nosotros ni llegamos a sospechar»[4]

 


A esa disponibilidad nos llama San Pablo en Efesios 4,30-5,2 para permitir la eficacia del sacramento y dar hospitalidad a la gracia tenemos un itinerario en nuestro Éxodo para acoger καὶ μὴ λυπεῖτε τὸ Πνεῦμα τὸ Ἅγιον τοῦ Θεοῦ al Espíritu Santo y no entristecerlo: Se nos convida a desterrar de nosotros

a)    La aspereza

b)    La ira

c)    La indignación

d)    Los insultos

e)    La maledicencia

f)     Toda clase de maldad.

Por el contrario, estamos llamados a

a)    Ser buenos y comprensivos

b)    Perdonarnos los unos a los otros

c)    Imitar a Dios, imitación muy comprometida, asimilándonos a Jesús, como ὡς τέκνα ἀγαπητά “amados hijos”.

d)    Promoviendo en nuestro corazón hacernos, παρέδωκεν ἑαυτὸν nosotros mismos προσφορὰν καὶ θυσίαν ofrenda y víctima.

 

Estos consejos configuran la ruta de navegación para hacernos dóciles a la gracia sacramental, son un elenco que condiciona la eficacia del sacramento en nosotros. “Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él “hasta que Cristo esté formado en ellos” (Ga 4,19)[5] Que suceda, poder decir con Martín Descalzo: «Me encanta la idea de ser un canuto a través del que Alguien, más importante que todos nosotros juntos, sopla… Nuestro problema está, entonces, en ser buenos trasmisores y volvernos trasparentes, para que pueda verse detrás de nosotros al Dios escondido que llevamos dentro. Y luego repartir sin tacañerías lo poquito que tenemos –esa pizca de fe, esa esquirla de esperanza, esos gramos de alegría-, sabiendo que no faltará quien venga a multiplicarlo como el pan del milagro. Seguros de que la pequeña llama de una cerilla puede hacer un gran fuego. No porque la cerilla sea importante, sino porque la llama es infinita.»[6]

                            



[1] Cantalamessa, Raniero. “ESTO ES MI CUERPO”. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2007 pp.120-121

[2] San Agustín, In Evangelium Johannis tractatus, 21, 8. Citado en CEC #795

[3] Schillebeeckx, Edward. O.P. Ed. Dinor S.L. Bilbao-España 1966 pp. 94. 96-97

[4] Martín Descalzo, José Luis. RAZONES PARA EL AMOR. Ed. Sígueme S.A. Salamanca-España 2000 p. 182 (El subrayado es nuestro)

[5] CEC # 793

[6] Martín Descalzo, José Luis. Op. Cit. p. 182-183