domingo, 30 de junio de 2019

TRASCENDER



XIII Domingo del Tiempo Ordinario (C)
1 R 19, 16b,19-21;Sal 16(15); Gal 5,1,13-18; Lc 9, 51-62

“Hay dos clases de libertad: la falsa, en la que uno puede hacer lo que le plazca, y la verdadera, en a que uno puede hacer lo que debe hacer”.
Charles Kingsley

La libertad es el poder creativo, poder de inventar una vida, de descubrir los pasos de liberación de la humanidad.
José Comblin

Conservemos la libertad de hijos de Dios
Uno puede iniciar un camino, recorrer media cuadra, arrepentirse, volver a la intersección y emprender otra ruta, de la cual también se arrepiente, y vuelve y juega, y así, ad infinitum, todos los días, mañana tras mañana. Algo así como iniciar mil carreras y no terminar ninguna. O, cambiarse una y otra vez de ropa sin decidirse jamás a salir y regresando una y mil veces a la primera muda, sin poder optar cual llevar ese día.

Otros, quizás, con la idea de usar su libertad, hacen y deshacen, se hacen daño y se lo causan a otros, dañan el medio ambiente, destruyen las riquezas y bondades de la naturaleza, agreden a sus semejantes y –al concluir la jornada- hacen gala de su “manejo de la libertad”, se trata de la libertad anti-social: los límites de mi libertad inician allí donde empieza la del otro”. Suave y dulce definición acorde al espíritu del neoliberalismo, con su evangelio individualista.


Pero ni siquiera esta libertad limitada por las de mi prójimo es un sano ideal. Hay que ir más lejos para poder disfrutar la libertad, para vivir la felicidad y el esplender de la vida (que está conectado muy estrechamente con el esplendor de la verdad), es preciso ir más allá del respeto de la línea limítrofe de una libertad equitativa, con gestos de solidaridad, el dialogo, de negociación, de fraternidad, de búsqueda del bien común, caridad, misericordia,  que equiparen al más débil. La construcción del reino implica aprender, aceptar y partir de un nuevo paradigma: mi libertad comienza solamente cuando tú también puedes ejercer la tuya, y nos equipara como hijos de Dios, hermanos en Cristo Jesús. Esta es la manera de contrarrestar el hecho de que siendo todos iguales, hay unos “más iguales” que otros.

Evidentemente, no basta con saber que tenemos libertad, es indispensable saber en qué consiste. Porque para alguien que siempre ha sido pisoteado, su libertad es tan mínima, tan ínfima que prácticamente, él no tiene libertad, entonces, los límites de la libertad del más fuerte, han acaparado desde antes, los espacios legítimos de la libertad del “oprimido”, del “anawin”. “Pues si ustedes se muerden y devoran mutuamente, acabarán por destruirse” (Ga 5, 15)


Queremos recordar el planteamiento de Leonardo Boff sobre este asunto: «Nadie es una isla. Somos seres de convivencia. Todos somos puentes que se unen unos a otros. Por eso nadie es sin los otros y libre «de los» otros. Todos estamos llamados a ser libres «para» los otros y «con» los otros. Como dejó escrito el Che Guevara en su Diario: “solamente seré verdaderamente libre cuando el último hombre haya conquistado también su libertad”… Es la perenne lección dejada por Paulo Freire: jamás seremos libres solos; sólo seremos libres juntos. Mi libertad crece en la medida en que crece también la tuya y gestamos conjuntamente una sociedad de ciudadanos libres y solidarios.»[1] Lo que podemos tomar como Manual para la Construcción del Reino.

Así, tomando otro “tubo” de los vasos comunicantes, el de la “libertad”, una vez más desembocamos en el concepto de Cuerpo Místico de Cristo, como Iglesia ampliada, como comunidad fraternal mundial, universal, que no disuelve a todos en un “uno” abstracto sino que equipara a cada uno como miembro, como órgano, con su identidad, con sus funciones, con su “persona” en una macro-entidad de respeto mutuo, de mutua valoración, donde “Se dice: ‘Uno es libre de hacer lo que quiera. Es cierto, pero no todo conviene. Si, uno es libre de hacer lo que quiera, pero no todo edifica la comunidad. No hay que buscar el bien de uno mismo, sino el bien de los demás.’” (1Co10, 23-24).


Hay una generosidad, en Cristo (aquí es definitivo recordar lo que hemos venido estudiando estos últimos Domingos, que no debemos incurrir en un pensamiento ego-céntrico, sino que debemos colocar a Jesús en el centro de nuestra existencia de manera tal que cada acto y cada instante se hagan Cristo-céntricos). Vayamos directamente a la Segunda Lectura de este Domingo XIII Ordinario, (Ciclo C): “Su vocación hermanos, es la libertad. Pero cuiden de no tomarla  εἰς ἀφορμὴν como pretexto (ocasión, oportunidad) para satisfacer σαρκί su egoísmo (materialismo, cuerpo, carne); antes bien, háganse  δουλεύετε servidores (esclavo, consagrado a) los unos de los otros por ἀγάπης amor.”(Ga 5, 13). Así que nuestro egoísmo, nuestra “carnalidad” debe ser contrarrestada y contrapesada por nuestra disposición al amoroso servicio de nuestro prójimo.

Viene aquí la frase –consigna del Manual para la Construcción del Reino: “Porque toda la ley se resume en un solo λόγῳ precepto: Amaras a tu prójimo como a ti mismo”(Gl 5, 14). «… el espíritu es la memoria de todo lo que Jesús hizo y enseñó (Cfr. Jn 14, 26). Por tanto, vida según el Espíritu es vivir del modo como vivió Jesús, creando relaciones de fraternidad, justicia y amor, a fin de que la vida de Dios se manifieste plenamente. … la vida según el Espíritu y la vida según los instintos egoístas son como dos árboles con frutos totalmente diferentes: el primero produce frutos buenos; el segundo frutos malos».[2]


Esto nos lleva a la perícopa siguiente de la que leemos en este Domingo:
Frutos de la vida según los instintos egoístas
Frutos de la vida según el Espíritu
Fornicación
Amor
Impureza
Alegría
Libertinaje
Paz
Idolatría
Paciencia
Hechicería
Bondad
Odio   
Benevolencia
Discordia
Fe
Chismes
Mansedumbre
Ira
Dominio de sí
Rivalidad
Contra estas cosas no existe ley.
División

Los que pertenecen a Cristo
crucificaron los instintos egoístas
junto con sus pasiones y deseos.
Gal 5, 19b-24
Sectarismo
Envidia
Embriaguez
Orgias

Quemar las amarras
En la Primera Lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, encontramos que Dios está preparando el relevo de sus huestes, ya que Jezabel había obligado a Elías a huir y lo tenía amenazado de muerte. Como relevos designa a Hazael para Rey de Siria, a Jehú como Rey de Israel y a Eliseo como sucesor del propio Elías (1R 19, 15d-16). Sin embargo, cuando Elías cumpliendo el encargo de Yahwe llega donde Eliseo, este pide plazo, como lo pide también el tercer “aspirante a discípulo de Jesús” del Evangelio de este Domingo.


Elías le permite a Eliseo irse a despedir, pero, acto seguido y sin solución de continuidad Eliseo recapacita y entiende que el llamado no se hace para darle largas, que cuando uno es llamado es para ya; o como dice la fórmula popular: “Para antier es tarde”. El llamado que nos hace Dios debe ser acogido con perfecta e inmediata disponibilidad: “¡Aquí estoy, háblame Señor que tu siervo escucha!” o como en la respuesta de Santa María: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. Esta es la enseñanza que podemos sacar de la Primera Lectura así como del Evangelio: El Señor quiere ver nuestra entrega, y disponibilidad, Él tiene urgencia de nuestros servicios, en su Plan Salvífico tiene escritos un “ya” y un “ahora” que no admiten dilación.

Así que conviene que “matemos los bueyes” y “hagamos trisas el arado y con sus pedazos encendamos una fogata” (cfr. 1R 19, 21). Recordemos como se desmovilizaron por ejemplo los dos de Emaús, se desgranaron del equipo y se volvieron a su pueblo (Lc 24, 13-18); o San Pedro, que una vez muerto Jesús anuncia que volverá a ser pescador: “Voy a pescar” (Jn 21, 3b); como cualquier desertor, avisa que vuelve a lo de siempre, que abandona para volver a lo mismo, a lo conocido, a lo seguro, a lo rutinario; y ¿dónde queda la misión?… debería haber quemado las redes desde el principio y la barca; quemarlas siempre significa que no hay vuelta atrás, conservarlas, así sea en secreto, quiere decir que en el fondo, siempre estamos pensando en la deserción, en la vuelta al pasado. “Mirar hacia atrás” siempre síntomatiza que no estamos preparados para entrar a construir el Reino de Dios:

Que podamos decir con el Salmista:

…lejos de Ti no hay cosa buena
El Señor es la parte que me ha tocado en herencia
Mi vida está en sus Manos
                                                                                     Sal 16(15), 2b. 5b.6



[1] http://servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=178
[2] Bortolini, José. CÓMO LEER LA CARTA A LOS GALATAS. EL EVANGELIO ES LIBERTAD Ed. San Pablo Bogotá – Colombia 2002 p. 35

sábado, 15 de junio de 2019

TRES DIVINAS PERSONAS



Prov 8, 22-31; Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9; Rom 5, 1-5; Jn 16, 12-15

En el mundo reina el mal, el egoísmo, la maldad, y Dios podría venir para juzgar a este mundo, para destruir el mal, para castigar a aquellos que obran en las tinieblas. En cambio, muestra que ama al mundo, que ama al hombre, no obstante su pecado, y envía lo más valioso que tiene: su Hijo unigénito. Y no sólo lo envía, sino que lo dona al mundo. Jesús es el Hijo de Dios que nació por nosotros, que vivió por nosotros, que curó a los enfermos, perdonó los pecados y acogió a todos. Respondiendo al amor que viene del Padre, el Hijo dio su propia vida por nosotros: en la cruz el amor misericordioso de Dios alcanza el culmen. Y es en la cruz donde el Hijo de Dios nos obtiene la participación en la vida eterna, que se nos comunica con el don del Espíritu Santo.
Benedicto XVI

Parecido en algo, pero Perfecto
¿Es cierto que duradero es sinónimo de aburrido hasta la desesperación? Si hay algo difícil es entender una realidad de la cual no hemos tenido experiencias directas. Nuestras experiencias directas suelen ser de divisionismo, de separatismo, de sectarismo, de ruptura, de quiebre, de separación, de individualismo. Nada es más extraño a nuestra experiencia directa que la unidad, la solidez, la comunión, la fidelidad, la compenetración, la solidaridad. Presenciamos unidades transitorias, superficiales, momentáneas, puntuales, estratégicas; lo que se da en nuestro mundo de todos los días son las componendas interesadas, que duran muy poco porque así las concebimos, perecederas y fugaces. En el pasado las “uniones”, por ejemplo políticas, duraban períodos suficientemente prolongados, pero vino la moda de “no casarse” con nadie, como distintivo de independencia y fortaleza, y ahora, cualquier convenio interpartidista es sólo coyuntural. Por eso se ha hecho de lo inquebrantable y lo dilatado una muy rara experiencia, inusual, inexistente, increíble porque imposible.

En los tiempos que corren, hablar de algo que persista pinta sospechoso. Si alguien pretende mantener un pacto más allá de un rato, se empieza a desconfiar, suena a que algo “turbio” está detrás; y –seguramente por eso- toda negociación está condenada a lo temporal.

Cuando se llega al capítulo de la Santísima Trinidad y se le compara con una familia estable, cuya unidad de pensamiento, de intereses, de proyectos es absoluta; la gente lo único que puede hacer es mirarnos con asombro limítrofe con la incredulidad. Nos sucedió en una catequesis, tratando de explicárselo a unos jóvenes que se preparaban para el Sacramento de la Confirmación, que una compañera catequista no sólo se reía de nuestra referencia analógica sino que acompañaba su burla con evidentes gestos de rechazo por utópico, de inverosimilitud, de “hermano catequista, usted es un verdadero ingenuo”, un “romántico” puro.

Bendecimos nuestra ingenuidad que nos permite acceder a estas realidades de otra forma inalcanzables, inaccesibles. Aun no siendo usual entre nosotros, aunque nuestra fragilidad es más propensa a la dispersión, a la desintegración, al separatismo; esa es la tendencia –llamémosla- humana, pero en el corazón Divino, la tendencia es a la unidad, a la integración, a una especia de monolitismo. Diversos -pero- con un solo pensamiento, un solo corazón, una sola voluntad.

Si nos proponen eso, nos agarra –de inmediato- el temor de ver disuelta nuestra individualidad. ¿Por qué nos sentimos amenazados ante lo duradero? Nuestra “personalidad” no va a morir porque logremos comulgar plenamente. Al contrario, ¡nosotros fuimos creados para la eternidad!


Que hermosa y hasta envidiable es la unidad que se alcanza en la comprensión, en el entendimiento, en la compenetración. Tomemos el ejemplo de una pareja, o de dos buenísimos amigos, todo el mundo los admira, porque entre ellos no hay división, no hay discrepancias, no hay malos entendidos ni desentendimientos. Cualquiera de estas amenazas a su “unidad” se desvanece frente a la confianza y el afecto mutuo. El afecto sincero impide la desconfianza, el primer pensamiento que llega es “mi amigo o mi amada jamás me traicionaría” porque en el propio corazón no sería posible la traición, o el egoísmo o anteponer el interés personal. ¡Búrlense, pero el afecto sincero –tal vez sea inusual- pero existe!

Tratemos de trasponer este afecto a la dimensión Trinitaria, a nivel de Dios-Mismo, examinémoslo desde la óptica teológica. ¿Se imaginan? ¡La unidad Perfecta!

Cuatro hitos anti-funcionalistas
En esto días debatiendo en torno al rol del docente, con afán de aportar en el diálogo, alguien depositó en el centro del nido la siguiente fórmula: “Zapatero a tus zapatos”. Se quería significar que un profesor incursionando en el terreno de los negocios seguramente cometería diversos desaciertos, apenas esperables, dada su inexperiencia en el terreno comercial. Pero hay docentes de “negocios” de quienes se esperaría acertaran…

El punto está en que los errores “éticos” no se perdonarían porque el docente –metido a negociante, le es dado cometer errores de “comercio” y no pasa nada porque está explorando en un territorio que le es totalmente “ajeno”. Pero, evidentemente no puede errar en el territorio ético, puesto que como formador, esta es su especialidad; en ello más que nunca, se está moviendo en el “territorio” de su idoneidad.

Que haya espacios donde campea la falta de ética; y que el formador está llamado a formar preventivamente a sus “discípulos”, esto es cierto y se recibe con un 100% de acogida. Pero, que el docente debe obrar siempre con un mil por ciento de ética (estamos tentados a poner, mejor, “éticidad”) en cualquier circunstancia, esto es mucho más cierto”. Todos estos son los riesgos del funcionalismo. El funcionalismo siempre limita y arriesga convertirse en funcionarismo. A convertirnos en meros funcionarios.

¿Cómo viene todo esto al caso? Muchas veces damos cuenta de la Santísima Trinidad citando a tres especialistas y mencionando de inmediato sus respectivas especialidades: El Padre Creador, el Hijo Redentor y el Espíritu Santificador. Este recurso sinóptico arriesga enmascarar más que aclarar; oscurecer más que acertar. ¿Suena forzada la analogía si citamos la nota que mi esposa me dejó sobre el escritorio: “Compras un pan tajado, en la panadería, de la droguería necesitamos un sobre de acetaminofén y, lleva la ropa a la lavandería”. Perdonen el énfasis pero: el funcionalismo siempre limita y arriesga convertirse en funcionarios.

El primer hito indispensable de marcar es que el misterio debe permanecer misterio o dejaría de serlo. El segundo hito –directamente derivado del anterior- si puedo hacer caber el misterio de Dios en mi cerebro, Dios no puede ser mayor que mi cerebro o… ese no es más que mi dios personal, a mi talla y medida, ese no es Dios. Tercer hito: Dios no se revela como funciones, se revela a la humanidad como Personas.

Se podría refutar contra-argumentando: la persona del panadero, del farmaceuta y del lavandero; pero no sería contra-argumento válido porque el señor panadero puede fungir de lavandero y posiblemente lo hace en su casa, algunas veces; tampoco al farmaceuta le está impedido por principio ejercer como panadero y amasar –así sea sólo de vez en cuando- un rico pan… quizás hay por ahí, algún farmaceuta que tenga su propia panadería o algún panadero que le colabora a su esposa en la lavandería así no lo haga lavando sino recibiendo las prendas que la gente lleva o entregando lo que vienen a recoger. Quizás el ejemplo es totalmente desafortunado pero la esencia del asunto está en que las “personas” son mucho más que las funciones que ellas desempeñan.

A la Persona del Creador el rostro que mejor lo revela es el de su Ternura, siendo Padre es su gesto maternal lo que mejor lo descifra: Verlo alzar a su “criatura” y con Amor paterno, quizá también con legítimo orgullo, descubrir en él –aunque menguados- sus propios rasgos. O tal vez, Conmovido, emocionarse, al descubrirlo frágil y desvalido. Quizás es imponente la iconografía de Miguel Ángel que muestra los dos dedos “índices” entrando en contacto como si al rozarse las yemas se estuviera trasfiriendo la energía vital, pero no es menos “signo” valido el de Mel Gibson que muestra la Lágrima del Padre cuando ve expirar a su Hijo. ¿Por quién llora? ¿Por el Hijo sacrificado? ¿Por su pueblo cruel y desalmado que no vaciló en asesinar al Hijo a ver si se podían quedar con lo que le pertenece al Padre? ¡Seguramente llora por todos, por el Hijo y por el pueblo!


A la Persona del Hijo ¿cuál es el rostro que mejor lo revela? Tal vez el de su Descomunal enormidad: Permanecer eternamente mutando el pan y mutándose en Pan. Uno va y comulga, pero ¿cómo cabe tantísimo Amor en un trocito de pan de unos 3,8 cms. de diámetro? ¿Cómo hace para atravesar el tiempo desde el Calvario hasta hoy día transformándose de Sacrificio Cruento en Sacrificio Incruento? Y, todavía más, el Infinitamente Santo, el Tres-Veces-Santo, el que está Sentado a la Derecha que viene y –revestido de humildad- se entrega, se brinda Indefenso, totalmente Inerme en nuestros manos o en nuestra lengua, dispuesto a dejarse morder, a dejarse tragar-devorar-canibalizar. Muchas veces vemos el rostro de esta Segunda Persona retratado en la indefensión del Divino Niño Jesús, pero aún más desprotegido y más abandonado entre nuestras “fauces” cuando Se han Transustanciado el Pan y el Vino. En todo esto hay un segundo, un instante “Sublime” (temblamos al escribirlo) es Jesús que se entrega, en las manos del Sacerdote (Santas y Benditas Manos) y –cumpliendo con lo prescrito en la Liturgia- parte la Forma Consagrada (a veces, por casualidad, lo hace muy cerca al micrófono y alcanzamos a oír el Pan que cruje al partirse); recordamos un Sacerdote que en este momento declaraba: “Aquí está ese “Man” que se parte por nosotros”.

¡La descripción funcional no alcanza a ofrecernos las Dimensiones Inagotables de la Triple Persona!

Aún no mencionamos el Rostro que mejor conviene al Espíritu Santo. Por ser Espíritu nos figuramos una persona cuyo atributo es la Invisibilidad. ¡Y no! Miren, el mejor rostro del Paráclito es el de Forjador de Mañanas, pero de Mañanas Mejores. Es el de Engendrador de Utopías. Es el de Aquel-Quien-Entusiasma. Nos hemos acostumbrado a imaginar el Espíritu con rostro fantasmagórico, y estamos lejos. Todos los días brotan retoños del Reino, brotan aquí o allá. Por ejemplo, hay personas por ahí hablando de la Iglesia que muere, para otros sólo envejece pero no ven surgir comunidades, grupos apostólicos, obras de Jóvenes, óigase bien, de ¡jóvenes! Animosos, vigorosos, aquí, allá y acullá. Muchas veces en países donde hay persecución, donde mueren y son asesinados por creer. Ese es el Rostro Visible y muy visible del Santo Espíritu.

Seguro por eso el malo se empecina en hablarnos del fin del mundo y su cercanía; es para debilitarnos y hacernos creer que va ganando. ¡Pobre Diablo! Pero ¡ojo!, pobre pero peligrosísimo enemigo. Trata, sin tregua, de llenarnos de decepción y pesimismo trata de deprimirnos y desesperarnos.

Hay un cuarto hito anti-funcionalista: La circumincesión o pericoresis. Allí donde está Jesús, está el Padre y el Espíritu Santo. No es que cada uno anda por su cuenta, o que el Uno va allí y el Otro allá y el Tercero se va a un tercer lugar a encargarse de otra misión. La Divinidad es ubicua. A tal fin se acuñó el término “omnipresente”; lo cual es difícil de captar –como decíamos al principio- porque no vivimos esta clase de experiencias. Nosotros podemos estar en “un solo lugar” cada vez. No así Dios, quien está siempre en todas partes, no como un celador o un policía en “función” guardiana o controladora; está como Presencia Amorosa. Las Tres Personas, siempre juntas.






sábado, 8 de junio de 2019

PARÁCLITO, PROMESA INEQUIVOCA



Hech 2,1-11; Sal 103,1-2a. 24. 35c. 27-28. 29bc-30; 1Cor 12, 3-7.12-13; Jn 14, 15-16.23b-26

… necesitamos una nueva efusión del Espíritu Santo… el Espíritu Santo no desciende sobre los edificios, sino sobre los hombres; es a los hombres a los que unge, no sus proyectos; es en el alma y en el corazón de los hombres donde habita, no en las modernas máquinas.
Anthony de Mello

Lecturas de este Domingo de Pentecostés
El Cardenal Martini, escribió en 1995 sobre esta liturgia: «El capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles nos coloca en un clima de lo extraordinario… El capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios, en cambio, está en un clima de ordinariedad. La invocación “Jesús es el Señor” que nadie puede pronunciar sino bajo la acción del Espíritu Santo[1], es la invocación más ordinaria de la vida cristiana y todos tienen necesidad de ella para la salvación… El Evangelio según San Juan, en el capítulo 20, unifica la relación entre lo extraordinario y lo cotidiano. Los apóstoles son habilitados para cumplir, gracias a las palabras de Jesús Resucitado, un servicio preciso: “A quienes les perdonen los pecados les serán perdonados”… Sin embargo, este servicio cotidiano que pertenece a la fragilidad ordinaria de la existencia humana y eclesiástica, es extraordinario y sobrehumano y obtiene su eficacia del Espíritu del Resucitado; es una acción, un servicio, una gracia que presupone la muerte de Jesús, por amor, es decir, el acontecimiento más extraordinario de la Redención.


Teniendo en cuenta este enlace de lo extraordinario y lo cotidiano, podríamos definir así la acción del Espíritu Santo: es la extraordinaria respiración cotidiana de la Iglesia.

Es, pues, una gracia necesaria y también imperceptible, como la respiración que está presente en todas las operaciones más ocultas, más sencillas del hombre, pero es también un don extraordinario, maravilloso que vivifica y eleva la fatigada existencia cotidiana de los hombres y que impulsa día por día el decadente peso comunitario»[2]

Espíritu Santo alma del Cuerpo Místico
La palabra "corporación" se deriva de corpus, que significa cuerpo, o un "grupo de personas", define una “persona colectiva”. Una corporación puede ser una iglesia, una empresa, un gremio, un sindicato, una universidad, una ONG, etc. Este concepto casi siempre lo usamos para referirnos a un ente comercial: A las empresas se les reconocen derechos y deberes como a las personas físicas (como a la "gente") ante la ley, inclusive, pueden ser acusados y hacérseles responsables de violaciones a los derechos humanos. Del mismo modo, pueden ejercer los derechos humanos contra las personas y el Estado. Pues bien, no sólo los entes comerciales son “corporaciones”; aun cuando muchas veces lo perdemos de vista, la Iglesia es un “ente corporativo” y cada creyente, cada fiel, cada bautizado goza/porta su corporatividad. Somos sujetos corporativos, como decir que cada uno tiene un cuerpo, su propio cuerpo, pero entre todos, constituimos una “corporación”, otro cuerpo, εἰς ἓν σῶμα, uno que se escribe con mayúsculas: El Cuerpo Místico de Cristo: “Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.” 1Co 12, 13.

En la parábola de “la muralla ancha y elevada” (Ap 21, 12) podríamos figurarnos, como cuando llegan los materiales para construir una casa, un edificio, un conjunto residencia, la pila de ladrillos, no importa cuántos ladrillos sean, mientras no estén ensamblados con mortero, no son “muralla”, son sólo una pila de ladrillos, puedes derribarla con empujarla, claro con el riesgo que se te vengan encima. Sin embargo, una vez argamasados, por los albañiles, y seco el mortero, puedes “soplar y resoplar” como en la historia del “lobito” y el muro resistirá. También, en la parábola biológica, un grupo de células conformadas en un tejido, difiere rotundamente, cualitativamente hablando, de las mismas células desorganizadas, desperdigadas, sin articulación.

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” 1Co 12, 7. La palabra συμφέρον [interés] en griego, encierra ese sentido de comunidad que se debe destacar en los carismas, los diferentes servicios, los diferentes dones, los diversos servicios con los que el Espíritu ad-orna a la persona, no son para uso ego-ísta, no se donan para el beneficio o el lucro propio; se otorgan para el bien común, para favorecer a los “otros ladrillos”, a las otras “células”. No son auto-provechosos sino συμφέρον unificador, colectivo, se combinan de una manera que genera -bajo la concurrencia de ciertas circunstancias- para toda la comunidad ventaja, favor, mejora, beneficio. Esto viene a empalmar perfectamente con Mt 25, 40. 45.


Y, quizás lo más importante. Ese sentido de fraternidad, de colectividad, de hermandad en la relación, de ser “ladrillos” de la misma “muralla”, no se queda allí encerrada en el “aposento alto” donde llegó el Espíritu en forma de “Lenguas de Fuego” que hacían arder los corazones de los "escuchas" en el Fuego del Amor de Dios. No, ¡este “ardor” los impulsa a salir a anunciar, a proclamar! En el Evangelio, Jesús nos envía. No es un envío cualquiera, es envío de la misma naturaleza que los Envíos de Dios-Padre: καθὼς ἀπέσταλκεν με ὁ πατήρ, καγὼ πέμπω ὑμᾶς. “Como el Padre me ha enviado, así mismo los envío yo”(Jn 20,21b). No es un regalo hermoso para lucirlo –guardado en la caja original- puesto en una repisa. ¡Esto es para tener muy en cuenta: Se nos da el Espíritu Santo y se nos envía, las dos cosas juntas, en continuidad!

Lo que verdaderamente urge
“La Iglesia está atravesando una época de caos y de crisis. Lo cual no es necesariamente algo malo. La crisis es una oportunidad para crecer, y el caos precede a la creación… con tal de que (y esta es una importantísima condición) el Espíritu de Dios aletee sobre ella… precisamente en unos momentos en los que la Iglesia se halla en crisis y el mundo experimenta una apremiante necesidad de paz, de desarrollo y de justicia… la casa está ardiendo y se requieren todos los brazos posibles para ayudar a apagar el fuego… Es verdad que la casa está ardiendo. Pero, desdichadamente, muchos de nosotros (tal vez demasiados) no nos sentimos motivados para tratar de apagar el fuego y preferimos ocuparnos de nuestro pequeño mundo y de nuestras pequeñas vidas. Demasiados de nosotros estamos excesivamente ciegos para ver el fuego, porque sólo vemos lo que nos conviene. Y, aun suponiendo que tuviéramos la suficiente motivación y la suficiente vista, muchos de nosotros carecemos de la suficiente energía para combatir el fuego sin desmayar; carecemos de la suficiente sabiduría y capacidad de reflexión para dar con los mejores y más eficaces medios que nos permitan apagar el fuego…. De lo que hoy tiene la Iglesia mayor necesidad no es de una legislación, de una nueva teología, de unas nuevas estructuras ni de una nueva liturgia: todo esto, sin el Espíritu Santo, es como un cadáver sin alma. Lo que necesitamos urgentemente es que alguien nos arranque nuestro corazón de piedra y nos dé un corazón de carne; necesitamos que alguien nos infunda nuevo entusiasmo e inspiración, nuevo valor y vigor espiritual. Necesitamos perseverar en nuestra tarea sin desánimo ni cinismo de ninguna especie, con una nueva fe en el futuro y en los hombres por los que trabajamos. En otras palabras: necesitamos una nueva efusión del Espíritu Santo… el Espíritu Santo no desciende sobre los edificios, sino sobre los hombres; es a los hombres a los que unge, no sus proyectos; es en el alma y en el corazón de los hombres donde habita, no en las modernas máquinas.”[3]


Anthony de Mello recordaba, de diversas maneras y en diversos tonos, el peligro del activismo, cuando caemos en las actividades febriles que –quizás apacigüen nuestra conciencia pero que se ejecutan de espaldas a la gracia, la que nos da el Espíritu Santo.

Y bueno, hoy es Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, si lo pedimos, si clamamos que se nos dé –nos recuerda también Tony que en Lc 11, 1-13,- nos ha sido prometido por quien tiene verdadera autoridad para prometer; basta que lo pidamos: «Hay cosas que sólo podemos pedir a Dios con la condición “si es tu Voluntad…” Pero en este punto no existe tal condición. El darnos el Espíritu es voluntad clarísima de Dios, su promesa inequívoca.»[4].






[1] 1Co 12, 3
[2] Martini, Carlos María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá. Colombia. 1995. pp. 228-229
[3] De Mello, Anthony. CONTACTO CON DIOS. Ed Sal terrae Bilbao 1990 pp. 11-13
[4] Ibid p. 17

sábado, 1 de junio de 2019

ÉL ES EXCELSO



Hech 1, 1-11; Sal 47(46), 2-3. 6-7. 8-9; Ef 1, 17-23; Lc 24, 46-53

Al conocer lo que Dios nos ha dado, encontraremos muchísimas cosas por las que dar gracias continuamente.
San Bernardo de Claraval

… ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse
Hech. 1, 11

Dios en la Persona de su Hijo entra con victoria definitiva y queda entronizado por toda la Eternidad a la derecha de Dios-Padre. A Él se entrega el Sitial que ha recibido desde Siempre, su entronización en el tiempo es sólo una simbología, o mejor aún, una metáfora para nuestro entendimiento, de lo que le pertenece por siempre y desde siempre. Desde esta clave podemos leer Efesios 1, 19c-23: "conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo." El salmo que leemos en esta fecha nos deja ver la oportunidad que tenemos –litúrgicamente hablando- de reconocer y cantar la Victoria de Jesús a Quien Dios-Padre ha levantado de la muerte, entrando así –por Única Vez al Sancta-Sanctorum, (Kodesh haKodashim)- lo que se explica muy bien en la perícopa de Hebreos que constituye la Segunda Lectura de esta Liturgia: "Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo Cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro, y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio." Hb 9, 24-26).  Esta Victoria es la que se aclama en el Salmo, que nos habla –tácitamente- de su Regreso, pero a la vez, nos confirma en la heredad que Él nos comunica, de estar también por su Misericordia, invitados para que ascendamos –también nosotros- a su Gloria, que en la Carta a los Hebreos se llama Santuario. En esa misma perícopa se hace mención de su “Última Venida” que allí se llama “La segunda vez” (Hb 9, 28d). Es esta, pues, una fecha de jolgorio, de dicha, para cantar y hacer resonar la trompeta a Jesús-Victorioso, es día de Aclamación, “La Ascensión de Cristo es nuestra garantía que un día estaremos a su lado, en el Cielo, para alabar la Gloria de Dios Nuestro Padre.”
  
En su obra sobre Jesús de Nazaret, nuestro entrañable Papa Emérito, Benedicto XVI escribe: «… una interpretación tomada de las homilías de Adviento de San Bernardo de Claraval, en la cual se expresa una visión complementaria. En ella se lee: “Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia (adventus medius)… En la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad, en esta segunda en espíritu y poder; y, en la última, en Gloria y majestad. (In adventus Domini, serm. III, 4. V,1:PL 183, 45ª.5050C.D.). Para confirmar su tesis, Bernardo se remite a Juan 14, 23: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Se habla explícitamente de una “venida” del Padre y del Hijo… En ella… el tiempo intermedio no está vacío: en él está precisamente el adventus medius, la llegada intermedia de la que habla Bernardo. Esta presencia anticipadora forma parte sin duda de la escatología cristiana, de la existencia cristiana… Las modalidades de esta “venida intermedia” son múltiples: el Señor viene en su Palabra; viene en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en mi vida mediante palabras o acontecimientos. Pero hay también modalidades de dicha venida que hacen época. El impacto de dos grandes figuras –Francisco y Domingo- entre los siglos XII y XIII, ha sido un modo en que Cristo ha entrado de nuevo en la historia, haciendo valer de nuevo su palabra y su amor; un modo con el cual ha renovado la Iglesia y ha impulsado la historia hacia sí. Algo parecido podemos decir de las figuras de los santos del siglo XVI: Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Francisco Javier,… Su misterio, su figura, aparece nuevamente; y, sobre todo, se hace presente de un modo nuevo su fuerza, que transforma  a los hombres y plasma la historia.»[1]

Benedicto XVI ha sabido expresar está nueva forma de estar de Jesús con nosotros. Lo podríamos platear así: Jesús ilustra y aclara sus enseñanzas en el corazón y la mente de sus discípulos. Establece como un período de “digestión” de su Mensaje. De eso se tratan esos cuarenta días desde su muerte hasta su Ascensión. Entonces, como nuestro paso por la Universidad no es un matricularse para quedarse en ella toda la vida. Se trata de tener una etapa formativa, que debe concluir en algún momento; y dicen los expertos que el período definido y establecido en aquella cultura como tiempo formativo era precisamente ese: cuarenta días. Pero ahora, no se trata como de un “dejar librados a su destino” a sus discípulos. Irse significa haber acabado su “iniciación” –por decirlo de alguna forma- pero Jesús no los abandona. Viene ahora otra forma de Presencia, no la directa del Jesús-Resucitado, sino otra forma de presencia, más espiritual, como su nombre así lo indica: El Espíritu Santo. Hemos dicho, el que nos enseña y nos repasa todo cuanto Jesús nos enseñó.


Si queremos continuar la analogía con la vida académica en la Universidad diríamos –tal vez- que acabados los cursos presenciales en la “aulas”, sobreviene un tiempo de “prácticas”, cuando se sigue aprendiendo, pero en el ejercicio de lo recibido en las aulas, y en cuanto más se aplica y se usa el conocimiento, mejor se entiende y mejores “profesionales” nos volvemos. ¿Significa que la presencia del “Alma Mater” en el ex-alumno ha terminado? ¡Todos cuantos viven este paso de la fase formativa a la fase profesional saben que no! Se recuerda con cariño la etapa universitaria, y, en la práctica, regresan a la memoria las explicaciones de los docentes, los ejemplos más clarificadores, se retoman, a veces, los apuntes tomados en clase para aclarar alguna duda, para ver con mayor exactitud cómo es que se resuelve “esto”. Algunos de esos recuerdos de la vida académica permanecen siempre vivos en la memoria. Hay “lecciones” vistas y aprendidas que se tornan “herramientas” del día a día profesional. ¡lo adquirido en al alma mater permanece!

Cuando Jesús vuelve al Padre no significa que toma un vuelo y se va a vivir en un país extranjero y rompe toda comunicación y se “separa” definitivamente. No, quizás podemos entender mejor si decimos que su amistad es de “chat” diario, de video-encuentro cotidiano; de esos amigos que la distancia no puede nada, que al “partir” están más presentes que nunca; y, todos sabemos que Jesús es el epítome de la Amistad. Pues ahí está, ha pasado al Padre, o sea, está siempre a nuestro lado de una forma nueva, nueva quiere decir, como antes pero más pleno. Por eso Él mismo nos decía que nos convenía que Él se fuera para enviarnos el Espíritu Santo.


Entonces, ¿el Espíritu Santo es simplemente la espiritualización de Jesús? No, ¡esa sería teología equivocada! El Espíritu Santo es “Otra Persona” de la Santísima Trinidad, es la Personificación del Amor del Padre por el Hijo y viceversa, recíprocamente amados. ¿cómo decirlo? Aceptemos la figura literaria, digamos, AMANDOSE A BORBOTONES. Como será ese derroche de Amor que nos alcanza a todos y alcanza para todos. Porque el Amor, mientras más se parte y se comparte, más rinde y más alcanza, hasta que sea “todo en todos”.

Habla la Sagrada Escritura de un “subir”, de un “mirar para arriba” ¿cómo se puede entender esto? Entonces, ¿Jesús si subió? La palabra misma ascensión indica “para arriba”. Pero, como lo comentábamos el año pasado, “arriba” como cuando decimos que una persona puesta en la jefatura está “arriba”, aun cuando está al mismo nivel y en el mismo piso. Vieja costumbre de poner las figuras de autoridad encima de tarimas, de “púlpitos”, etc. Vieja figura espacial que concebía a la Divinidad en lo “Alto”. La idea nos ha penetrado profundísimamente. Por ejemplo, los Asirios y los Babilonios hablaban del Altísimo, y, nosotros adoptamos el “giro idiomático” y lo decimos sin ambages. En nuestro Amor por Dios, YHWH está en lo más alto, y nada hay más alto que el lugar de amor que tenemos para nuestro Dios. No es un “alto” o un “arriba” espacial, eso es lo que hay que enfatizar. Y hoy en día, en la era de los viajes espaciales, lo entendemos supremamente bien; nadie trataría de acercarse a Dios con un viaje en cohete como pretendieron los constructores del Zigurat que se relata en Génesis como “torre de Babel”, ellos podían querer acercarse a Dios “subiendo” con una edificación, otros trataban ascendiendo a una montaña.

Jesús ascendió al “lugar” que le permite estar siempre Presente; insistimos que no “ascendió” hacia lo alto, sino –retomemos una vez más la forma de decirlo de Benedicto XVI- «Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros»[2]

Hay otro aspecto que no nos podemos cansar de resaltar: Jesús en Persona, sigue a nuestro lado; de manera muy especial en su Presencia Eucarística, se hace Presente durante la celebración en la Persona del Sacerdote quien preside en Persona Christi, en el Altar, en la Palabra, en el Vino y el Pan, y en cada uno de los allí presentes, de los fieles con-celebrantes. Pero, Además, como leíamos arriba cuando recogíamos la cita de San Bernardo de Claraval, se hace presente a través de ciertas personas que Él nos envía y que son hitos de la Vida Eclesial, de la economía salvífica. Jesús no cesa de hacerse presente en puntos “álgidos” de la historia por medio de personas de carne y hueso, que no están allí para ser endiosadas (como pretendieron hacer en Listra con Pablo y Bernabé), no son Jesuses, son “personas históricas” que Dios designa para dinamizar la continuidad de su Iglesia, para re-direccionarla, para ratificar que está con nosotros hasta al final de los “tiempos”, para hacerla Santa a pesar de su fragilidad como institución de humanos entre humanos, tan humanos, tan frágiles.

No pueden cambiar la Iglesia a su arbitrio, no nos son enviados para, como niños caprichosos o mal criados, ponerla patas-arriba. Tampoco las dona Nuestro Señor, para que hagan una encuesta de opinión a ver qué es lo que la gente quiere que sea la Iglesia e implementarla dándole gusto a todos. En la economía salvífica es el Plan de Dios lo que prima, es la Voluntad Divina lo que rige. No es una entidad demagógica para que se haga según las modas y las ideologías al uso. La Iglesia y el Proyecto de Salvación no son ni conservadoras ni revolucionarias; son ambas cosas, pero según la Partitura que ha escrito el Divino Compositor. Ninguno de nosotros quiere tocar en otra orquesta diferente a la que siempre ha querido tocar la Partitura Divina, aun cuando todos se vayan porque no les gusta su Melodía. La Iglesia toca para complacer al  Señor y no para satisfacer los vaivenes de los gustos y caprichos de una u otra generación. En ese sentido la Iglesia cambiará lento o rápido y sólo en la dirección que Dios quiere. Eso disgusta a todo el que está imbuido de la cultura mediática de la “opinión” que considera que todo debe hacerse según los resultados de las encuestas: ¿cuál jabón se prefiere?, ¿qué marca de auto? ¿Cuáles son las zapatillas de moda? ¿Cuáles espaguetis son los más vendidos? Entonces, ¡a comer de esos espaguetis! Este es un tema comercial, es el “árbol” del mercado y la mercadotecnia; de la cultura consumista y la manipulación de los gustos, las opiniones y las ofertas-demandas.


Pero, empeñémonos en entender; hay Un Árbol, que era el Único Árbol del Jardín del que no debíamos comer: El árbol del Bien y del Mal. Sólo a Dios toca su cuidado, su manipulación, su poda, su abono. Es el árbol de los valores imperecederos, como su nombre lo señala, es el árbol del discernimiento de lo que es Bueno y de lo que es inhumano porque es anti-humano y anti-divino. Los enemigos dirán que es el monopolio de los valores por parte de la Iglesia; nosotros decimos que es la Voluntad de Dios la única “autorizada” y la fe, ese don maravilloso y sobrenatural, la que nos permite aceptarlo sin forcejear, con agrado, con verdadero placer, con sincera obediencia porque al ser la Voluntad de Dios, es la Voluntad del Padre y ¿qué Padre le dará a su hijo una serpiente cuando su hijo le pide un pez, o una piedra cuando le pide un pan? (Cfr. Lc 11, 11) Puede que si –porque entre los humanos todo se puede esperar, el Malo hace parrandas y orgias en el corazón de algunos- pero de manos del Padre Eterno, jamás; de sus Misericordiosas Manos sólo recibiremos Bondad. Sea nuestra oración, usando categorías de la cultura consumista: ¡Señor, estamos felices de vivir sujetos al monopolio de tus Valores, los queremos, los aceptamos, y no otros!




[1] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET 2da PARTE DESDE LA ENTRADA EN JERUSALÉN HASTA LA RESURRECCIÓN. Ed. Planeta. Ed Encuentro Madrid-España 2011. pp. 336-338
[2] Ibid p. 329