sábado, 29 de enero de 2022

AMOR Y FE

 


Jer 1,4-5.17-19; Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15ab.17; 1Cor 12,31–13,13; Lc 4,21-30

 

¡Ayúdanos, te lo rogamos, a penetrar en el misterio de tu fidelidad!

Carlo María Martini

 

Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo.

Benedicto XVI

 

En este Tiempo Ordinario que vamos andando, hemos sido convidados a profundizar nuestra consciencia de fraternidad en Cristo Jesús y a dejarnos nutrir por la savia que nos llega en la Palabra de Dios. Hoy se pone ante nuestro ser la esencia de amor que nos une a Él y a toda la comunidad de nuestros hermanos, aun cuando permanecemos en el espacio y el tiempo, diseminados y regados por toda la tierra. En la antífona de hoy pedimos al Señor que nos salve contrarrestando esa situación de dispersión; y, ¿para qué queremos superar esa disgregación? Para reunirnos a alabar y dar gracias a su Santo Nombre. Ahora miremos la Oración Colecta: en ella nos enlazamos para dar cumplimiento al Gran Doble Mandamiento, Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. El amor a Dios lo expresamos, allí, como veneración al Señor y, el amor al prójimo, como afecto sincero a todos los hombres. ¿Cómo osamos pedir tal y tanto? Pues siendo conscientes de que ha sido el Propio Dios Quien nos ha elegido, nos ha constituido su לְעִ֨יר מִבְצָ֜ר “plaza fuerte”; y Él mismo decidió encarnarse y venir en medio de nosotros, a Σήμερον πεπλήρωται ἡ γραφὴ αὕτη dar cumplimiento a toda la Escritura.


 

Frágiles como somos, el Señor nos llama a ser fieles a la vocación con la cual ha pronunciado, con su Tierna Voz, el llamado a seguirlo, (que será el tema del próximo Domingo). En eso radica nuestra dignidad de vocacionados. Nos llama con amor y se muestra con signos de amor, esos signos son “datos”, en cuanto son obsequio generoso entregado para que podamos amarle. Si bien es cierto no lo podemos “ver” en su “objetividad” (puesto que Él no es objeto), se nos revela, para que podamos “pre-sentir” Quien-Es. Sin embargo, “… al presente, todo lo vemos como en un mal espejo y en forma confusa” –nos dice San Pablo (1Cor 13, 12b), esta manera de ver es, por ahora, parcial, pero hay un “entonces”, que permitirá que nuestro conocimiento sea plenificado, ese “entonces” es escatológico, alcanzará la perfección del ser por el conocimiento perfeccionado. En el ahora, que visualizamos como un “campo de entrenamiento”, contamos con la opción de ejercitarnos en las virtudes que nos perfeccionan (justicia, fraternidad, solidaridad, paz); somos como “niños”, en mucho, hablamos, pensamos y razonamos como niños, pero, no permanecemos como niños, nuestra existencia “crece”, “madura”, “progresa” (ciertamente no de manera lineal), hacía ese “entonces”, cuando conoceremos a Dios “cara a cara” y la fe así como la esperanza se volverán innecesarias e inútiles.

 


«En efecto, nadie ha visto a Dios tal como es en Sí Mismo. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero, dice la citada Carta de Juan (cf. 1Jn 4, 10), y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues «Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre (cf. Jn 14, 9). De hecho, Dios es visible de muchas maneras.»[1] Este “dato” es lo que testimoniamos, y su testimonio es nuestro nutriente hacia el “crecimiento”, hacía la “maduración”, hacía nuestra trascendencia de la infancia espiritual hacía nuestra adultez y plenificación (πεπλήρωται, por ahí habíamos quedado el domingo anterior). «Las características del amor en 1Cor 13, 4-7 manifiestan los rasgos de una existencia nueva: el amor es paciente y benigno; no es egoísta ni envidioso ni orgulloso; no lleva cuentas del mal; todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta. Algunos han puesto como sujeto en lugar de amor al mismo Jesús, que encarnó y mostró de modo insuperable y paradigmático el amor. El amor de que habla San Pablo en este pasaje, está bajo “el signo del final”, tiende a la definitividad, porque el amor no pasa nunca. “El principio es la fe, el fin es la caridad”… Llama la atención que la palabra agape, en el periodo postapostólico, sea el término técnico que indica el banquete eucarístico, que trae su origen del uso cristiano primitivo de los banquetes en común y tiene gran eficacia en la vida social… se comprende que la palabra “cáritas” (agape) se conserve sin traducir al castellano para conservar más fácilmente su originalidad.[2] Nuestra vida cobra un “sentido”, dar testimonio de Jesús, que es el Rostro conocido por nosotros del Padre. Y ese testimonio, su ejercicio constante en el “campo de entrenamiento”, lo damos en una lucha por ser constantes y por hacerlo siempre lo mejor que podamos. En este ejercicio se pone en juego la fidelidad que no es “otra cosa” diversa del amor, sino uno de sus rasgos característicos. El amor es fiel, permanece contra la “adversidad” del tiempo: “El amor nunca pasará” (1Cor 13, 8a).

 


«El martirio es un hecho que el cristiano no debe provocar; pero si viene, confía que el poder de Dios le sostendrá y le dará la victoria en la prueba. Si otros lo ponen en el trance crítico y decisivo de tener que elegir entre la fe en Dios o renegar de Él, apoyando su debilidad en la fuerza de Dios, Señor de la vida y de la muerte, está dispuesto a hacerle el homenaje de la propia existencia.»[3] «El mártir cristiano no es un desesperado que renuncia a continuar viviendo; ni es un hastiado de la vida, que ve en la muerte la liberación; ni es un “kamikaze”, como los pilotos suicidas japoneses de la Segunda guerra Mundial, que murieron sembrando destrucción y muerte; ni es un “héroe rojo”, según lo ha descrito el marxista E. Bloch, que cerrado a la supervivencia personal muere por un “mundo nuevo”. El mártir cristiano ama la existencia; muere perdonando; espera intensamente la vida definitiva en comunión con Jesucristo resucitado.»[4] Nos gusta insistir en el significado de la palabra mártir, palabra griega que significa “testigo”. «Los santos son el fruto más precioso del poder del Espíritu Santo en la Iglesia para alabanza de la gracia de Dios, fecundidad de la Iglesia y servicio de la humanidad. La fe manifestada en la entrega generosa de la propia vida hasta la muerte hace de los santos la más elocuente acreditación del Evangelio. Es justo que no se enjuicie a la Iglesia sólo por sus debilidades, olvidando los santos que son admirable irradiación humanizadora… De entre los santos sobresalen desde el principio de la historia de la Iglesia los mártires, cuyos cuerpos destrozados fueron recogidos y enterrados por los cristianos con entrañable amor, y cuyos trofeos, es decir, los momentos-insignias de su victoria, fueron lugar de visita, de peregrinación, de culto, de memoria agradecida a Dios por el triunfo de su muerte y de aprendizaje y esperanza en la vida eterna, que ilumina las oscuridades de la vida presente»[5].

 


Siempre ponemos en primer plano -con esta palabra- la idea del sacrificio cruento para avalar nuestras creencias, soportando las torturas, inclusive, hasta dar la vida. «Yo mismo cuando seguía las enseñanzas de Platón, oía repetir todo linaje de calumnias contra los cristianos; sin embargo, al contemplar cómo iban intrépidos a la muerte y soportaban todo lo que se tiene por más temible, empecé a considerar ser imposible que hombres de ese temple vivieran en la maldad y en el amor del placer. Y, efectivamente, ¿quién, dominado por ese amor de los placeres, puede recibir alegremente la muerte que ha de privarle de todos los bienes, y no tratará más bien por todos los medios de prolongar indefinidamente su vida presente?»[6]

 

Pero este don, este regalo que da Dios a algunos de sus elegidos, no es el único modo del martirio. Hay un modo –casi diríamos que mejor, si no fuera porque el propio Jesús perfeccionó el martirio de sangre muriendo en la cruz-; es el que se suele denominar “martirio blanco” que consiste en la constancia, en la durabilidad del testimonio, consiste en vivir toda la vida en coherencia con lo que creemos. Por tanto, el martirio blanco es un martirio en términos de perseverancia, de heroica persistencia. Observemos que ya en la Primera Lectura se nos previene: “Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte”. (Jr 1,19) Jeremías es figura de Jesús en el Antiguo Testamento.

 


Es una Palabra muy tierna de Dios cuando revela que desde antes de ser concebido ya Dios había trazado una vocación profética para Jeremías. Este encargo-llamada no puede soslayarse, ni puede ser desdeñado; ya en otra parte y en la situación del joven Samuel (véase 1 Sam 3, 10) vimos el designo de muy voluntaria obediencia representado por la respuesta “¡Habla, que tu siervo escucha!”. Esta presencia -previa a nuestra concepción- en el pensamiento de Dios, encierra su paternal designio de llamarnos a la vida, con toda razón pensamos en Él en términos de Padre dado que ya deseó nuestra existencia cuando todavía no “existíamos”, valga decir, que estuvimos primero en el pensamiento de Dios-Padre antes de estar en el vientre materno. Y no sencillamente como un deseo vago de “tener un hijo” sino como el hijo muy deseado que “ya es conocido” porque vamos a ser lo que Él ha querido y no otro. Quisiéramos insistir en la belleza del designio puesto que “si ya nos conocía” no podemos defraudarlo porque ya sabía quiénes somos, junto con nuestras limitaciones y nuestras fragilidades; conocernos -desde antes- significa poder perdonarnos lo que seremos y –verdadero amor paternal- amarnos “a pesar de”.

 

Todavía un rasgo más del amor paterno: nos desea porque sus “amorosos proyectos” nos toman en cuanta, nos incluyen. Nos ama y entramos en sus planes, en los que vamos a jugar un “importante” rol. Desmiente la actitud de la paternidad irresponsable que “echa hijos al mundo” y, se desentiende de ellos. Este es Otro tipo de Padre, es un Padre Providente. En la forma de expresarlo el profeta Jeremías, revisemos como es próvido Dios en su Paternidad: Hace a su elegido

a)    “Ciudad fortificada”

b)    “Columna de hierro”

c)    “Muralla de bronce”

No importa quien venga a rivalizar o a amenazar, sean los reyes de Judá, o sus jefes, o sus sacerdotes, o los simples campesinos, o toda la tierra, o sea, el mundo entero. Y, es así como le infunde semejante fortaleza, “¡no podrán con él!”.

 

Jeremías como Jesús en Galilea fue poco escuchado, Jesús también los prevenía, les aconsejaba, les advertía seguir la Ley de Dios, a su pueblo; pero ¡que duro es poder profetizar en el seno de nuestra propia gente! Parece ser que nadie tiene el corazón más sordo que aquellos que más cerca están de nosotros. Esto lleva a Jesús a declarar: “nadie es profeta en su tierra” (Lc 4, 24).


 

Cómo se airaron aquellos Galileos que estaban en la sinagoga porque si eran judíos -como lo eran- se creían dueños del monopolio de la salvación, y Jesús les muestra que la fe en Dios trasciende las fronteras, que Dios no es el Dios de una raza, ni de cierta nacionalidad sino que Dios-Padre-Providente no hace acepción de raza, cultura, país sino que su corazón salva a todo el que se reconoce como su hijo, al que lo acepta y lo obedece, al que construye paz y ama obrar con justicia, y -muy especialmente- a quienes reconocen en los más débiles el rostro del Crucificado. «La reacción de los presentes es inicialmente de admiración y estupor. Pero después se muestran decididamente hostiles, hasta el punto de querer matarlo. ¡Qué había sucedido? Los nazarenos no aceptan que uno de ellos, uno a quien conocen desde niño y al que han visto crecer, pueda hablar con autoridad de su vida… Los habitantes de Nazaret rechazan que el Evangelio tenga autoridad sobre sus vidas. Cada vez que nos negamos a escucharlo sucede lo mismo.»[7] En el Decreto Ad Gentes del II Concilio Vaticano encontramos lo siguiente: “Pero tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros miserables y pobres, a excepción del pecado (Cf. Heb., 4,15; 9,28). De sí mismo afirmó Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Cf. Jn., 10,36): "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió, y me envió a evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón, a predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista" (Lc., 4,18), y de nuevo: "El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19,10). Mas lo que el Señor ha predicado una vez o lo que en Él se ha obrado para la salvación del género humano hay que proclamarlo y difundirlo hasta los confines de la tierra (Cf. Act., 1,8), comenzando por Jerusalén (Cf. Lc., 24,47), de suerte que lo que ha efectuado una vez para la salvación de todos consiga su efecto en la sucesión de los tiempos”.


 

Volvamos a Jeremías como proto-imagen de Jesús: «…a pesar de toda la debilidad de Jeremías, resalta su fidelidad inamovible a la palabra de Dios. Tiene miedo de la prisión, de la muerte, pero sabe anunciar y dar a conocer la Palabra del Señor, sin dudar siquiera un instante y, ante el rey, dice explicita y claramente: caerás en manos del enemigo, serás apresado, debes rendirte… La gracia que debemos pedir. No la de tener siempre una valentía heroica sino la gracia de decir, de hacer, de expresar cada vez lo que corresponde a nuestra misión, ser fieles a nuestro mandato, cumplir las tareas cotidianas con fidelidad… No busquéis el ser héroes, estad contentos con vivir la fidelidad a la Palabra con paciencia, día a día, no dejándoos asustar por vuestros propios miedos y cobardías… Tampoco nosotros somos héroes, y conviene conocerse y aceptarse como somos porque el Señor ve nuestra debilidad, nuestro miedo al sufrimiento, a la persecución, al martirio.»[8]

 


Nosotros aceptamos y queremos -de buen grado- ser la viuda de Sarepta, o Naamán, el leproso sirio, para ser los que -sin ningún atributo personal, con ningún merecimiento-  sino -simplemente- por Su Benevolente Gracia, fueron sanados o, en su tinaja y alcuza nunca faltó harina y aceite: «La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios.»[9]

 

 



[1] Benedicto XVI, DEUS CARITAS EST. #17

[2] Blazquez, Ricardo. DEL VATICANO II A LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. Ed Sal Terrae Santander-2013. p. 166

[3] Ibid, p.141

[4] Ibidem

[5] Ibid. p. 139

[6] San Justino. APOLOGÍA, ii, 12, 1-2.

[7] Paglia, Vincenzo. UNA CASA RICA EN MISERICORDIA. EL EVANGELIO DE LUCAS EN FAMILIA. Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2016. pp.34-35

[8] Martini, Carlo María VIVIR CON LA BIBLIA Ed. Planeta Santafé de Bogotá D.C. 1999 pp. 293-295

[9] Benedicto XVI. Op. Cit. #39

sábado, 22 de enero de 2022

LA PALABRA DE DIOS ES LA SANGRE DEL CUERPO MÍSTICO

 


Ne 8,2-4a.5-6.8-10; Sal 19(18),8.9.10.15; 1 Co 12,12-30; Lc 1,1-4;4,14-21

 

Si lo que pretende la comunidad es la edificación de sus miembros como cuerpo del resucitado, ello quiere decir que los carismas son las personas mismas con sus valores salvadores y no sencillamente cualidades de las personas, no discernidas con los criterios del Evangelio.

Gustavo Baena s.j.

 

Sin pretender ser especialista en este asunto, y solo como referencia metafórica, hablaremos de los organismos. El constituyente fundamental de los organismos son -precisamente- los órganos; los órganos se forman por tejidos y, estos a su vez, se constituyen por células. Luego en la base de un organismo están las células.  Confiamos en no estar diciendo imprecisiones.  De esto surge, evidentemente, el interrogante de ¿cómo se unen, se comunican y trabajan en equipo esas células? ¿Cómo se conforman los tejidos y a su vez, cómo estos conforman órganos? Tomo como ejemplo las diversas células que componen la sangre a las cuales nos referimos como glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas sanguíneas que al ser originadas, por las células madre, no están maduras y, en la medida en que se subdividen van alcanzando progresivamente su madures y especialización. Circulan por todo el organismo, lo nutren y le dan su dinamismo. El tema de hoy es la Palabra de Dios como sangre que -al circular-sustenta el Cuerpo Místico de Cristo: «Nunca hemos de olvidar que el fundamento de toda espiritualidad cristiana autentica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia. Esta relación con la divina Palabra será tanto más intensa cuanto más seamos conscientes de encontrarnos ante la Palabra definitiva de Dios sobre el cosmos y sobre la historia, tanto en la sagrada Escritura como en la Tradición viva de la Iglesia.»[1] «La Escritura es la Palabra de Dios; y cuanto más la sondeamos, más se amplían e imponen sus dimensiones divinas. “Que Él se digne fortalecerlos internamente con el poder de su Espíritu… podréis comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad” -¡el espacio cuatridimensional de la verdad divina!– “y, en una palabra, que conozcan el amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento. Así serán colmados de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 18-19)»[2]

 

Nosotros, cada uno, somos células de ese Cuerpo Místico; ¿cómo nos unimos? ¿Cómo superamos nuestra discrecionalidad? ¿Cómo trascendemos nuestra individualidad? Nuestros “conectores” no son físico-mecánicos, lo que a nosotros nos “conecta” es otra cosa, pero también conformamos tejidos, y esos tejidos configuran órganos, los órganos interactúan en un ensamble orgánico y ¿cómo alcanzamos el status de organismo?, que no el de organización. «Uno salva en la medida en que participa lo divino que uno posee al otro. La comunidad está participando divinidad al otro. ¿Cuál es la función de la divinidad en nosotros? ¿Qué hace lo divino en cada persona?... Dios crea a los seres humanos participándoles la divinidad. La gran verdad del cristianismo consiste en que Dios crea a los seres humanos trascendiéndose en ellos… Si nosotros somos mansos y abiertos a la divinidad que vive en nosotros, resultamos obrando divinamente.»[3]

 


Para adentrarnos un poco en esta comparación, vayamos el #33 de la Lumen Gentium, donde leemos: «Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rm 12,4-5).

 

Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: “un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11).

 


Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios (cf. 2 P 1,1). Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Pues la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad. Los Pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor, pónganse al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles; éstos, a su vez, asocien gozosamente su trabajo al de los Pastores y doctores. De esta manera, todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo. Pues la misma diversidad de gracias, servicio y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque «todas... estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu» (1 Co 12,11).

 

Los laicos, del mismo modo que por la benevolencia divina tienen como hermano a Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28), también tienen por hermanos a los que, constituidos en el sagrado ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo, apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo mandamiento de la caridad. A cuyo propósito dice bellamente San Agustín: «Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación»[4]

 


En el Libro de Nehemías –Libro muy interesante que se ocupa del regreso de Babilonia para encontrar todo en ruinas e iniciar el proceso de reconstrucción de la Comunidad- en la perícopa que se lee este Domingo como Primera Lectura, dice que les presentó el Libro de la Ley (la Torah, la instrucción, más o menos “la catequesis”), a “todo el pueblo congregado, hombres y mujeres, todos los que tenían uso de razón”, se está refiriendo a la parte de la Sagrada Escritura que nosotros llamamos Pentateuco, valga decir, los Cinco Primeros Libros de la Biblia. En la versión, en lengua hebrea, que consultamos, se refiere al pueblo congregado que “como un solo hombre” reciben la lectura del Libro, allí, con esa expresión se nos habla de un sentido de unidad alcanzada.

 

Se enumera una serie de actos sucesivos que constituyen el “ritual de lectura”, es decir se está definiendo una “liturgia de la Palabra”:

 

Esdras les presentó el Libro (procesión con el Leccionario en alto)

Abrió el Libro a la vista de todos

Todo el pueblo se puso de pie (lo que nosotros hacemos al leer el Evangelio)

Bendijo al Señor Dios altísimo

El pueblo levantando los brazos  contestó Amén, amén

Se postraron inclinando la cabeza

Los levitas les estuvieron leyendo

Lo iban traduciendo al araméo y explicando (Targum)

Todo el pueblo empezó a llorar

Luego viene “el envío”: irse, celebrar un banquete y beber y compartirle a los que no tengan

Fortalecerse (porque es un lugar de seguridad, de protección), en la alegría.

 

Si seguimos leyendo en Nehemías –en el resto del capítulo 8- encontramos que se inicia la fiesta de las “enramadas” o de las “chozas” que se había dejado de celebrar por la deportación, y que siguieron leyendo toda la semana, no sólo el primer día al que se refiere la perícopa. Pensemos ahora en la primera parte de la Eucaristía en la Liturgia de la Palabra, después de los ritos iniciales, y ubiquemos las similitudes; también tratemos de vislumbrar –con mirada histórica- cómo la “Palabra de Dios unifica corazones y voluntades e inspira unidad al Pueblo.

 

«Esa costumbre de leer en la oración la Palabra de Dios se “institucionalizó en el judaísmo por el uso sinagogal de la Palabra. De hecho, la Escritura leída en alta voz y escuchada en la sinagoga, luego es interpretada por el Tárgum y la predicación. El Tárgum, tan querido por los judíos, es precisamente una re-lectura meditada.»[5] Lo cual nos lleva a la perícopa del Evangelio. Esta perícopa está organizada por dos partes, la primera, va en el capítulo 1 los versos 1-4, se refiere, al origen del Evangelio según San Lucas, el que nos ocupa en este año del ciclo C. La segunda –del capítulo 4, toma los versos del 14 al 21, está relacionada con el Libro del profeta Isaías, que es –según lo narra San Lucas- el que lee Jesús en la sinagoga. Allí hay un signo muy especial, podrían haberle “presentado” cualquier otro Libro, y Él podría haber leído en cualquier otra parte, pero –y ahí está lo cristofánico del hecho- precisamente leyó el texto del Año Jubilar: el Año Jubilar es el Año de εὐαγγελίζω [euangelitzo], de la predicación de la Buena Noticia (al españolizarlo daría “evangelización”), de la liberación de los cautivos, de darle vista a los ciegos, y libertad (envío) a los que habían caído en la esclavitud por deudas (la expresión –que sólo usa Lucas- significa “los quebrados”, los “declarados en quiebra”- la expresión no es Año de Gracia, sino época o ciclo “bienvenido porque viene de Dios”, porque es don del Señor. Aquí Jesús es manifestado, revelado, designado “el que tiene el Espíritu del Señor sobre Él”.

 


Cuando en el verso 20, Él cierra (enrolla) el Libro, termina un ciclo, la edad de las promesas y se da comienzo a esta Nueva Era, la Edad de la Nueva Alianza, cuando todo lo que fue vaticinado empieza su realización y se comienza la construcción del Reino, dando cumplimiento a todo aquello que en el Antiguo Testamento era sólo futuro en potencia: Se trata de la Época del πεπλήρωται “Cumplimiento”. (No vayamos a olvidar el tema del Domingo anterior: ¡El Novio cumple-la Novia es fiel! Es acometida de la Alianza, donde ha de cumplirse la reciprocidad).

 

Para hablarnos de esta reciprocidad y refrendarla tenemos el Salmo. Se trata del Salmo 19(18), que es un salmo de la categoría de los salmos hímnicos. Esta clase de salmos están integrados por tres partes, la propuesta que hacen los levitas sobre lo oportuno que es entonar un himno, el cuerpo hímnico, propiamente dicho y un cierre o conclusión. En el caso de este salmo no hay convocatoria para entonar el himno, se entra directamente al cuerpo hímnico, que está integrado por dos fragmentos: Himno a la Creación en lo cósmico (el cielo, la tierra, el sol); e himno a la perfección de las Enseñanzas del Señor (la Ley), aquí en el Salmo recibe diversos nombres: Mandamientos, mandatos, enseñanzas, la Voluntad del Señor. La perícopa elegida para este Domingo sólo toma de la conclusión la última estrofa, el verso 15; se centra –con las otras tres estrofas- en el himno que alaba las Enseñanzas del Señor, sus mandatos, para guardar coherencia con el propósito de referirse al Don Escriturístico: la Palabra dada por Dios al ser humano.

 


La misma Palabra de Dios, en 1Cor 12, 12-30, Segunda Lectura de este Tercer Domingo Ordinario (C), nos muestra como miembros todos del Único Cristo, de su Cuerpo Místico, señalando el bautismo como sacramento de incorporación. Señalando la mutua interdependencia, especifica nuestra unidad en el Único Espíritu, donde cada uno tiene su rol, y sus atributos propios, donde algunos requieren mayor cuidado –con vistas a su debilidad, siendo todos necesarios y complementándose los unos con los otros. Como Dios lo ha dispuesto: así, no debe haber división entre nosotros y –nos encarga- ser solidarios en la dicha tanto como en el sufrimiento. No todos han sido adornados con los mismos carismas y el reparto de esos dones lo ha hecho Dios: “Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como Él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No los necesito»” (1Cor 12, 16-21).

 

Veamos algunas precisiones que son urgentes:

 


«…el modo de proceder de Dios al crear el hombre, tal como se nos revela en la Encarnación, (G.S. n. 22) consiste en trascenderse a sí mismo en el hombre, dándose gratuitamente a él, habitando en él por su Espíritu y haciendo comunidad con él, al compartir la vida divina con él. De allí que el hombre sea tanto más hombre, como especial criatura de Dios, en cuanto sea una imagen, cada vez más clara, de Dios; es decir, en cuanto que el mismo hombre se trascienda en sus hermanos, dándose gratuitamente a ellos y haciendo comunidad con ellos. Esto es fundamentalmente hacer comunidad o koinonía.

 

Jesús llamó este acontecer el real Reino o soberanía de Dios en el hombre, al acogerse con todo su ser a su voluntad; mientras que Pablo lo llamó el acontecer de la muerte y resurrección de Cristo en el creyente, convirtiéndose éste en el cuerpo de Cristo paciente por la obediencia de la fe a la acción del Espíritu del resucitado.»[6]

 

Queremos resaltar, en esta cita del Padre Baena, que construir comunidad (koinonía) requiere trascender la mismidad –el cierre sobre uno- abriéndose a los hermanos, dándose con gratuidad y siendo comunidad con ellos. Ahora bien, de esos hermanos, la Primera de Corintios prioriza los más débiles, a los más necesitados. Se retoma el tema de la opción preferencial.

 


Por otra parte, en la dinámica de ser Cuerpo Místico de Cristo, aparece un horizonte, la apertura al acontecer del Reino. Este acontecer es la amorosa acogida de la soberanía de Dios en nuestro ser. Va más allá el Padre Baena al distinguir la Iglesia como segmento topológico del Pueblo de Dios la ecclesia y el concepto dinámico, el de koinonía que entraña una “praxis gratuita de caridad aplicada”.

 

La dificultad en la época del regreso del exilio se dio con la idolatrización de la Ley, de la revelación, que la enfocó como el todo de la justificación y de la inserción en el linaje de Abrahán. El salto en la Nueva Alianza, la superación de esa idolatría, es que ve la justificación y la incorporación en el pueblo de Dios como aceptación y apertura al acontecer salvífico de Jesucristo muerto y resucitado, precisamente en la voluntad de ser ecclesia y koinonía, es decir, de insertarse en la edificación del Reino con un compromiso de fraternidad en el Padre-Dios.

 


El cuerpo Místico no es una organización sino un organismo. El Concilio Vaticano II dio un enfoque decisivo para este asunto: «Ciertamente el Concilio asume,… la categoría "cuerpo de Cristo" tal como se revela en San Pablo, esto es, la comunidad no es una organización de individuos de antemano configurados en donde cada uno entrega a la organización lo que produce por sí mismo en beneficio de los objetivos o metas propias de la misma; muy al contrario, la Iglesia como comunidad es un organismo vivo y en cuanto tal su finalidad son sus miembros, esto es, su edificación como hijos de Dios; de allí que lo único que en ese organismo circula es la vida de Dios; todo otro elemento o interés sería extraño y contaminaría la unidad de vida del organismo.»[7]

 

Lo que circula es la vida de Dios. La Palabra de Dios es su vida misma –aun cuando no exclusivamente, porque está junto a esta, la vida sacramental-  comunicada, revelada, entregada como sustancia nutricia, como savia vital que alimenta el Cuerpo Místico. Pero el Cuerpo Místico es el conglomerado de las “células” que no alcanzan a ser tejido, y mucho menos órganos, a menos que se dé la dimensión dinámica de la koinonía. Células  independientes no son Cuerpo Místico, son -cuanto mucho- organismos unicelulares, creemos que los biólogos las tienen como manifestaciones primitivas, por muy numerosos que sean en la tierra… «acoger la Palabra de Dios atestiguada en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia da  lugar a un nuevo modo de ver las cosas, promoviendo una ecología auténtica, que tiene su raíz más profunda en la obediencia de la fe…, desarrollando una renovada sensibilidad teológica sobre la bondad de todas las cosas creadas en Cristo»[8]

 


Trascender, y poner nuestros carismas al servicio de la fraternidad. El Cuerpo Místico ya se vislumbraba el Domingo previo, cuando los Testigos (y colaboradores) del signo eran los “diáconos” (los que sirven), quienes ayudaron a llenar las seis hidrias de piedra; según el decir de la Lumen Gentium (ver supra) cada miembro está al servicio (diaconía) de los otros miembros: “si hemos recibido la capacidad para algún servicio, hay que servir” (Rm 12,7a). ¡Todos tenemos alguna, usemos bien de ella!

 

 

 



[1] Benedicto XVI. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL VERBUM DOMINI. Ed. San Pablo 2010. #121

[2] Von Balthasar, Hans Urs. THE WORD MADE FLESH. EXPLORATIONS IN THEOLOGY. Ignatius Press, San Francisco, 1965. (la traducción es nuestra).

[3] Baena, Gustavo. s.j. LA VIDA SACRAMENTAL. Conferencias Colegio Berchmans. Cali – Colombia 1998.

[4] Concilio Vaticano II: LUMEN GENTIUM. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA. Noviembre 21 de 1964.

[5] Mercier F., Roberto, pss LECTIO DIVINA Y ESPIRITUALIDAD BÍBLICA Ed. CELAM Colección Iglesia en Misión #8 Santafé de Bogotá, 1997. p. 36

[6] Baena, Gustavo. EL PUEBLO DE DIOS EN LA REVELACIÓN. Curso al CURFOPAL. U. Javeriana Bogotá –Colombia p.73

[7] Ibid p. 82

[8] Benedicto XVI. Op. Cit. #108 citando la Propositio 54 del Documento Sinodal de la XII asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Vat. 5-26 de Oct. 2008.

domingo, 16 de enero de 2022

SOBRE EL CARISMA DEL AFÁN SOLIDARIO



Is 62, 1-5; Sal 96(95), 1–3. 7–10ac; 1 Co 12, 4-11; Jn 2, 1-11

 

… todos los miembros se interesarán por igual unos por otros.

1Cor 12,25b

 

Al reflexionar sobre los textos de la Sagrada Escritura que leemos en la Eucaristía, requerimos un enfoque adecuado. Estas reflexiones tienen que entenderse como un esfuerzo de acercamiento a Dios. No son recursos para polemizar, ni muchísimo menos enredos intelectuales para posar de erudición, no estamos ante la opción de los devaneos mentales sino ante un auténtico ejercicio de fe. Se trata –a eso aspiramos- de un sincero y humilde empeño de estar cerca de Jesús. Se trata de sentarse a sus pies para escucharlo, y, quizá interpelarlo sobre nuestras dudas, tratando de sacarle a cada una de sus palabras toda la sustancia que podamos.

 


En esa adecuación de nuestra actitud, se incluye tener despierta la conciencia de la profundidad y extensión de la riqueza inabarcable de su Palabra, que no podemos pretender agotarla, como nos lo explica San Pablo, “en el momento presente vemos las cosas como en un mal espejo y hay que adivinarlas, pero entonces las veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como soy conocido.” (1Cor 13, 12) lo que no puede conducirnos al derrotismo, sino, con mansedumbre y sencillez –hasta donde nos sea posible- tratar de ahondar y saborear todo cuanto seamos capaces de beber del agua de Vida que Él nos brinda: En ello nos va la enorme responsabilidad de poder dar razón de nuestra fe. «La Sagrada Escritura contiene, de manera explícita o implícita, una serie de elementos que permiten obtener una visión del hombre y del mundo de gran valor filosófico. Los cristianos han tomado conciencia progresivamente de la riqueza contenida en aquellas páginas sagradas. De ellas se deduce que la realidad que experimentamos no es el absoluto; no es increada ni se ha autoengendrado. Sólo Dios es el Absoluto. De las páginas de la Biblia se desprende, además, una visión del hombre como imago Dei, que contiene indicaciones precisas sobre su ser, su libertad y la inmortalidad de su espíritu. Puesto que el mundo creado no es autosuficiente, toda ilusión de autonomía que ignore la dependencia esencial de Dios de toda criatura —incluido el hombre— lleva a situaciones dramáticas que destruyen la búsqueda racional de la armonía y del sentido de la existencia humana. Incluso el problema del mal moral —la forma más trágica de mal— es afrontado en la Biblia, la cual nos enseña que éste no se puede reducir a una cierta deficiencia debida a la materia, sino que es una herida causada por una manifestación desordenada de la libertad humana. En fin, la palabra de Dios plantea el problema del sentido de la existencia y ofrece su respuesta orientando al hombre hacia Jesucristo, el Verbo de Dios, que realiza en plenitud la existencia humana. De la lectura del texto sagrado se podrían explicitar también otros aspectos; de todos modos, lo que sobresale es el rechazo de toda forma de relativismo, de materialismo y de panteísmo.»[1]

Nosotros solemos poner el énfasis en los galones de vino y en la prodigalidad de Jesús, pero no pasemos de largo el carisma fundamental de María Santísima, que fue quien se preocupó y se afanó por que los esposos en su Boda se habían quedado cortos de vino, signo de la alegría. Es muy cierto que Jesús acrecentó con derroche el “mejor vino”; pero esto fue hecho posible porque María intercedió. (Mientras Caín reclama no ser “el guarda de su hermano”, la Madre de Dios y Madre nuestra, se preocupa, se afana, se desvela ante esta súbita pero esencial carencia, esta Alianza-conyugal habría iniciado con el pie izquierdo si el “signo” no se hubiera dado.

 

La Boda de Dios con Jerusalén

La unión esponsal es en la biblia el símbolo más elevado de la alianza entre Dios y su pueblo.

Silvano Fausti

 

¿De qué trata la Primera Lectura? De un amorío, se refiere a una “amada” que cambia su status como resultado de la dignificación que le concede el amor. ¿Y quién es la amada? ¡Jerusalén! Y, ¿Quién es el Amado? El Señor. ¿Cómo la dignifica el Señor? La convierte en Corona esplendida y en Diadema Real. La saca de una pobre y triste condición de Abandonada, de Desolada y la lleva a una nueva condición: la hace Preferida, Esposa, Predilecta. Esta historia tiene un dulce y sublime desenlace: Él, –Dios- se casa con ella, este Joven (y es que Dios siempre es Joven), alcanza la felicidad con ella. Se casó con בְּתוּלָה [betulah] “una Virgen”; aquí comienza la valoración de la virginidad. Se trata de una alegoría nupcial, se trata otra vez de la Alianza, una Alianza que para la mentalidad judía es más trascendental que las Alianzas políticas y militares y que las alianzas diplomáticas; se trata de la Alianza Marital, una Alianza como la de Dios con su Pueblo, que es el epítome de toda alianza.

 


No se callará, no descansará hasta lograr que tenga un Nombre nuevo. Un Nombre que la honre. Y eso conecta con el salmo, del cual se han tomado los versos que se refieren al Nombre del Señor. La Primera Lectura se ocupa del nombre que tendrá la Consorte (Consortes son aquellos quienes tienen sus bienes en común), el salmo nos convoca a la Alabanza del Santísimo Nombre del Señor.

 

Cantemos la Gloria de esta Alianza

El Domingo pasado teníamos un Salmo del grupo de los salmos de “YHWH reina”. También hoy, y al igual que el Domingo anterior, se trata de un salmo del cortejo procesional que se encamina hacia el Templo, entre aclamaciones y gritos de júbilo, festejando que se va a re-entronizar a YHWH en el Sancta Sanctorum.  

 

Aquí el jolgorio se manifiesta con los cantos. La invitación es a cantar y eso implementa el ambiente festivo y celebrativo. ¿Qué es lo que se celebra?: Pues, ya lo hemos dicho, la Entronización de Dios. Pero Dios no se mueve, siempre está en su Trono, ya hemos dicho en otra parte que los judíos copiaron la idea de “entronización” de los babilonios, cuando fueron deportados allí, pero, nunca creyeron que fuera necesario llevar al Trono a Dios, pues siempre hubo consciencia que su Reinado es eterno: "Decid entre las gentes: «¡Yahveh es Rey!» (Sal 96(95),10a,b), la ceremonia de entronización era meramente simbólica, como una fórmula de recordación de que su Dios era su Rey. Así, al celebrar la realeza de Dios, simétricamente se está celebrando que fueran ellos precisamente, su pueblo elegido. La alegría es básicamente, por ser sus “súbditos”. La festividad aclama la reciprocidad: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo” (Jr 7,23). Podríamos decir que los Salmos de YHWH lo que celebran en el fondo, es la Alianza. El significado radiante de la Primera y el Salmo sólo se descifra a cabalidad cuando se remiten a la perícopa del Evangelio.

 


En el Salmo se festeja a Dios –Rey como Creador, sin embargo, a continuación, se celebra el anuncio de su próxima, muy cercana venida como regente, que viene a gobernar, pero que no gobernará con despotismo, sino con rectitud. Él gobierna a los pueblos rectamente." (Sal 96(95), 10d); en este caso מֵישָׁר [meshar] “rectamente” (es adverbio que modifica a “gobernar”) se puede traducir correctamente como “equidad”, “justicia”. En el verso 12, usará el verbo שָׁפַט que es más propiamente gobernar. La dicha festiva se ve intensificada ante la perspectiva del Rey que “ya llega” a regentar con justicia y no con la dolorosa y temida tiranía. Nosotros, por ser sus discípulos, estamos convocados también a –conforme se pide en el capítulo 16 del Deuteronomio- “Actuar siempre con toda justicia” (Dt 16, 18-20), esta es la consigna para la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se cumple este año entre los siguientes martes,18 y 25 de este mes de enero, donde se ruega, en un sano ejercicio de ecumenismo, para lograr superar las separaciones que nos alejan a pesar de las diferencias existentes entre las distintas iglesias, muchas veces por malos entendidos o cuestiones históricas, se mantienen unidas bajo el signo de la cruz y el ideal evangélico de que todas deben ser una sola bajo la guía de un solo pastor. La experiencia ha demostrado que entre las distintas iglesias cristianas hay más cosas que las unen que aquellas que las separan. Algunas de las iglesias afines a la Católica Apostólica y Romana son: la Maronita, la Melquita, la Ítalo-Albana, la Caldea Católica, la Siro Malabar, la Copta Católica, la Siria Católica, la Armenia, la Ucraniana, la Eslovaca, la Búlgara, entre otras. En el mismo Deuteronomio, en el verso 20a dice: “La justicia y sólo la justicia es lo que ustedes deben seguir…”. Es pues parte sustantiva de la Alianza el cumplimiento de la justicia, que sin dudar Dios nos trae.

 

La generosa alegría del Cielo: obra reveladora de Jesús

 

Es maravilloso ver a Cristo presente en una fiesta con sus discípulos y con María, su madre. Hay demasiada gente que, con la mejor intención, tienen la sensación de que el ser cristiano no es compatible con la alegría de la fiesta.

Helder Câmara

La alegoría puede también referirse a la Iglesia en cuanto misterio –Cuerpo y Esposa- del Cristo Total.

P. Roberto Mercier F. pss

 

Para este Segundo Domingo Ordinario tomamos -del Evangelio de San Juan- la perícopa de las Bodas de Caná. Revisemos el contexto: En estos capítulos 2-3 tenemos 4 cuadros o escenas diversas: empezando con el primer milagro en las Bodas de Caná, que se puede –junto con los episodios de los dos Domingos anteriores, de Los Reyes Magos y el Bautismo de Jesús- entender cómo (φανερόω) epifanía, o mejor, una cristofanía en tríptico, donde se manifiesta la Gloria de Jesús; seguida de la expulsión de los vendedores del Templo (la primera escena muestra donde está Dios y la segunda donde ya no está), que conforman el capítulo 2; seguidos del testimonio de Nicodemo: “Rabí, nosotros sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, porque nadie puede hacer señales milagrosas como las que Tú haces, a no ser que Dios esté con él.”(Jn 3, 2b-d); y cierra el capítulo el testimonio final de Juan el Bautista, donde declara: “El Padre ama al Hijo y pone todas las cosas en sus manos. El que cree al Hijo tiene la Vida, pero el que no quiere creerle no conocerá la vida, sino que pesa sobre él la cólera de Dios” (Jn 3, 35-36); con lo cual concluye el capítulo 3. Con todo lo dicho anteriormente se entiende de sobra porque escogió Dios esta ocasión para hablarnos de la Alianza y obrar su primer signo. Signo que se anticipa –casi con datos de prematuridad- ante la solicitud de la Santísima Madre.

 

Después de esta aparición de la Santísima Virgen en este pasaje de la Vida de Jesús, no la volveremos a encontrar hasta llegar al Calvario. De todas maneras, si Jesús es nuestro Alfa y Omega; la Virgen es Alfa y Omega en la vida de Jesús. Nunca exageraremos la importancia de María Santísima en la historia de Salvación. Ella pronuncia una fórmula sumaria de la proclamación del Mesías: Ὅ τι ἂν λέγῃ ὑμῖν, ποιήσατε. “Hagan todo lo que Él les diga”. ¡Esta es la frase central que condensa todo la Evangelización! Ser atentos y obedientes a cada palabra que su Boca y su Vida pronuncien. «… Jesús se dirige a ella y la llama “mujer”. En la Biblia, ningún hijo llamaba de ese modo a su propia madre. Solamente el marido podía llamar a su esposa “mujer”. Eso muestra que la “madre de Jesús”, en el Evangelio de Juan, representa un grupo. Es el grupo de los que se mantuvieron fieles a Dios y, ahora, manifiestan esa fidelidad obedeciendo a Jesús… el verdadero esposo de la humanidad es Jesús, pues así fue como Juan bautista lo anunció (cf. 1, 15. 27. 30).»[2] «… Jesús se dirige aquí, NO a su madre María sino a su madre PUEBLO (el Pueblo es “MUJER” en el Antiguo Testamento). Aquí ella representaría la parte de ese pueblo que, por su fidelidad a Yavé y las esperanzas, ha hecho posible la venida del Mesías. Es la primera en darse cuenta de que el antiguo sistema religioso es frio, vacío… le falta vino. El vino del Evangelio ha sustituido el sistema vacío de antes. El agua de la LEY antigua (seis tinajas de piedra para las purificaciones”)… Ella fue la primera en darse cuenta de que en esas antiguas relaciones entre Dios y el pueblo ya faltaba calor, cariño, emoción, pasión.»[3]

 


El signo no es el milagro –que el Evangelio de Juan apenas si menciona-, el énfasis está puesto en la desmesura, en la prodigalidad, en la abundancia, en la derrochadora generosidad, algo como 150 galones del “mejor vino”. El vino aquí nos indica en la dirección de la gran dicha festiva, es la prodigalidad de la alegría. Por medio de este signo, se nos informa en el verso 11 que, los discípulos creyeron. El mayordomo, no se dio cuenta del signo, pensó que era simplemente otra reserva de vino, no sabía que era agua trasformada; la pareja de recién casados –que son, en el fondo, los beneficiarios del milagro- son anónimos en el relato, excepto cuando el mayordomo llama al esposo para felicitarlo por esta nueva tanda de vino. Los que se dieron cuenta porque llenaron las tinajas y fueron a llevarle la prueba al “maestre-sala” fueron los διακόνοις [diaconois] “sirvientes”.  A ellos se dirigió María para allegar el agua a trasformar.

 

«Cuando yo era niño, vivía cerca de nosotros una mujer muy buena, pero rígida y severa. Un día en que yo estaba armando algún jaleo, puesto que yo vivía normalmente, como cualquier niño sano, aquella vecina me agarró del brazo y me increpó: “¡Niño, no saltes de ese modo! El Niño Jesús no saltaba. No grites: el Niño Jesús no gritaba. En el cielo todo el mundo está sentado, tranquilamente, con los brazos cruzados, contemplando al Señor…”

 

Menos mal que para entonces ya sabía yo que semejante visión del cielo no era posible. ¡Ah, no, el cielo es tan diferente…!»[4]

 

Carismas para ser “servidores”

En este capítulo 12º de la primera a los corintios aparece la palabra χάρισμα que significa un don recibido gratuitamente, un don por gracia. Hoy leemos los versos del 4-11. En el verso 7 encontramos una explicación fundamental: Vayamos directo a esa médula de la Segunda Lectura, y nos parece que -en esta perícopa de la Primera Carta a los corintios- consiste en: “… las diversas manifestaciones de la acción del Espíritu en cada uno se dan πρὸς τὸ συμφέρον para el bien común”. En la Epístola se le dan diversos nombres: se les llama ministerios, diversidad de actividades, carismas; y se enumeran algunos:

·         Sabiduría para hablar

·         Conocimiento para enseñar

·         Poder de la fe

·         Curación de enfermos

·         Poderes milagrosos

·         Don de profecía

·         Glosolalia

·         Interpretación de lenguas

Y, el mismo Espíritu los distribuye como Él quiere.

 

«Los corintios valoraban los dones espectaculares, en especial, hablar en lenguas y profetizar. Quienes poseían tales dones se creían los dueños de la comunidad. Así pues, tenemos más de un conflicto entre “fuertes” y “débiles”, ya que los primeros pretendían conservar sus privilegios y su posición social. Su afán de dominación pervertía el sentido de las celebraciones y de la vida comunitaria. Era una vuelta a los ídolos mudos (12,2)… Pablo muestra a los “fuertes” que el don de lenguas o el de profecía son menos importantes que otros. De hecho, en la lista de dones que presenta (12, 7-11), coloca la profecía en quinto lugar y el don de lenguas en el último, condicionándolo, además, al don de interpretación. Hablar en lenguas sin intérprete alguno es puro exhibicionismo y no representa ninguna ayuda para el crecimiento de la comunidad. Es pura exaltación, semejante a la idolatría de la sociedad establecida»[5]

 

Los verdaderos seguidores de Jesús conformamos el Cuerpo Místico de Cristo. En Él cada uno cumple cierta función, tiene cierto encargo. Nadie puede poseer todas las funciones. Uno es mano, otro es boca, otro es cabeza. Todos son dignos y todos se necesitan. Todos son importantes, cada uno desde su función. Para que todos sean del mismo cuerpo, todos deben estar animados por el mismo Espíritu: αὐτὸς θεὸς ὁ ἐνεργῶν τὰ πάντα ἐν πᾶσιν. “Dios que hace todo en todos es el mismo” 1Cor 12, 6b. Esta distribución de dones se hace según los criterios del Espíritu que los reparte a su arbitrio. «En una huerta no solamente hay lechugas, sino también fresas y rosales. Sobre la extensa tierra creada por Dios no sólo existen los cedros del Líbano, sino también los abetos de la Selva Negra y las palmas de dátiles en el Golfo Pérsico. Y todos estos no queremos unificarlos sino conservarlos. En Suramérica no se tiene que vivir y pensar como en Berlín. La Iglesia puede permitirse ser tan variada como los seres humanos.»[6] A nosotros nos corresponde gozar y alegrarnos en esta distribución y reconocernos mutuamente dependientes y mutuamente necesitados.

 


Este capítulo 12 -que seguiremos estudiando el próximo Domingo- sirve de portal al 13, donde San Pablo tratará el gran carisma del ἀγάπη [agapé]: el amor-caridad. Pensemos y reflexionemos, hemos sido dotados con diversos carismas y todos los miembros de la comunidad tienen el suyo. El de María -en el relato evangélico- fue la sensibilidad para darse cuenta de la situación -en ese carisma está la esencia de toda la koinonía, gracias a esa delicada preocupación por el otro, por el prójimo, llegamos a la esencia del discipulado: la caridad. La caridad es la cúspide de todos los carismas, aún más, la caridad nos llevará a la Samaritanidad, sólo la sensibilidad provista de este altísimo carisma descubrirá al herido tirado al borde del camino, y -superando toda indiferencia- se bajará del caballo y será enfermero y cuidador del que está maltrecho. La Virgen-Madre tuvo este carisma sensible, noto la situación por la que atravesaba aquella pareja en su fiesta de bodas, se les había agotado el vino. En el capítulo 12 verso 25 de la Primera a los Corintios, se usa la expresión μεριμνῶσιν que significa “afanarse, desvelarse, preocuparse, interesarse, estar pendiente”. También a nosotros nos corresponde estar atentos y, a partir de los carismas recibidos, esmerarnos por proveer la “solución” necesaria a cada coyuntura, tal que, la felicidad no falte, como no faltó el vino –antes bien- se gozó con prodigalidad el de "mejor calidad” cuando la caridad misericordiosa de Jesús lo proveyó. Un carisma no sirve a la espectacularidad, al revés, el carisma es humilde. ¡Son talentos para servir, no para lucirnos!

 

Degustemos y paladeemos la Oración post-comunión donde pedimos al Señor que derrame sobre nosotros Su Espíritu de Caridad.



[1] San Juan Pablo II FIDES ET RATIO #80

[2] Bortolini, José. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE JUAN. EL CAMINO DE LA VIDA. Ed. San Pablo. Bogotá –Colombia 2002. p. 32-33

[3] Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1999 pp. 30-32

[4] Câmara, Helder . EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander 1985 p. 51

[5] Bortolini, José. CÓMO LEER LA PRIMERA CARTA A LOS CORINTIOS. SUPERACIÓN DE LOS CONFLICTOS EN COMUNIDAD. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá –Colombia 1996. pp. 54-55.

[6] Grün, Anselm. y Zink, Jorg. LA VERDAD NOS HACE AMIGOS. PARA VIVIR MEJOR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS. San Pablo Bogotá-Colombia. 2012. p.17