lunes, 31 de julio de 2023

Lunes de la Décimo Séptima Semana del Tiempo Ordinario



Ex 32, 15-24. 30-34

Vamos a considerar estos 15 versículos del capítulo 32 del Éxodo, separados por la perícopa Ex 32, 25-29, que no leeremos (5 versículos).

 

Moisés baja del Monte Horeb, trayendo las Tablas de la Ley, un Documento escrito de Puño y Letra por el propio Dios: Josué le comentó a Moisés que le parecía oír el canto de guerra del campamento; Moisés lo corrigió, era el canto de la derrota. Llegaron al campamento y los encontraron en pleno ejercicio de la idolatría, adorando un becerro de oro y danzando en torno a él. Se trataba de un atentado contra la primera prohibición que Dios les había dado: no hacer figuras y menos adorarlas.

 

Comprendiendo la gravedad de la trasgresión Moisés rompió las Tablas y las redujo a polvo y, obligo al pueblo a beber agua con aquel polvo disuelto para que se asquearan del sabor de su propio pecado. Moisés interrogó a su hermano Aarón, ¿cómo había llegado a ser complica de tan grave falta? Aarón se intentó justificar, señalando al pueblo como un pueblo “perverso”. Su perversidad se había detonado -según Aarón- por la demora de Moisés que se había quedado por mucho tiempo en el Monte de Sion y por eso, ente la demora, él les había hecho el becerro-ídolo; según Aarón, él había echado al fuego el oro, y había brotado espontáneamente el becerro fraguado. ¡Para qué se había demorado!

 

Ahora, se verá la concordancia entre los sentimientos de Moisés y los de Dios: no gastan sus fuerzas en reproches, no se dedican a dar “cantaletas” al pueblo; por el contrario, Moisés sube de nuevo al Horeb para interceder ante el Señor, sólo les hace notar que no es cualquier pecadito sino, uno gravísimo.

 

 Moisés se interpone entre el castigo y su pueblo diciéndole a Dios que antes de proceder a castigar el pecado en la carne de los pecadores, empiece por borrarlo a él mismo de su Libro.  A lo que Dios responde que no descargará su Justa-Ira sobre los inocentes, sino que cada culpable tendrá que pagar su propia falta.

 

Manda a Moisés que baje y continúe liderando la travesía por el desierto, regalándole la confianza de ponerle un Ángel precursor que le sirva de mapa y brújula; el castigo no se pospondrá, ni se anticipará; el Día del Juicio no será según el afán humano sino según el Reloj de Dios. ¡Dios implementa su cronograma según los ritmos previstos! Así como en la sinfonía, cada nota se toca -no según el gusto del Director de la Orquesta-, sino según el Compositor la haya precisado.

 

Salmo 106(105), 19-20. 21-22. 23

Este es un salmo de la Alianza. O mejor de la infidelidad a la Alianza por nuestra parte. La perícopa ha reunido los versos que resumen con exactitud la Primera Lectura.

 

Con tres puntos:

1)    Cambiaron la gratitud hacia el Glorioso, por la idolatría de un toro-come-pasto.

2)    Habiendo testimoniado de primera mano todos los prodigios obrados por Dios en la tierra de Cam -nombre bíblico de Egipto-, se olvidaron de su Salvador.

3)    Moisés se ofreció y puso el pecho para cargar con la Justa-Ira y así apartó el castigo del Señor.

 

Queda sin embargo un punto flotando, frente a un pueblo tan olvidadizo e ingrato, sería que Dios si guardó memoria de esas faltas…. O, quizás, con su Misericordia proverbial, prefirio el perdón al castigo.

 

Tal vez esto se silencia porque si de salida se dijera que no hubo castigo, quizás nosotros, más al fondo nos hundiríamos…

 

Mt 13, 31-35

¡El tiempo de Dios es perfecto!


 

El Reino se nos ha dado, como semilla, y una hermosa virtud -diferentísima de la resignación- se nos ha regalado, se trata de la paciencia. Parece innecesario decirlo, pero -a riesgo de ser redundantes- valga la repetición: la paciencia consiste en llenarnos de Paz, la hemos puesto así, con mayúscula, para destacar que es una virtud teologal; puede haber otras paces, como el cese de las beligerancias o el restablecimiento de una amistad rota, pero aquí, estas parábolas del Reino, que nos trae la perícopa, aluden a la Paz que viene de Dios. Consiste en reposar en las manos de Dios, y saber que la promesa puede tardarse siglos, pero podemos contar con lo ofrecido.

 

¡Misterio! No sabemos cómo avanza, como se va construyendo, no alcanzamos a distinguir cuales de tantas acciones contribuyen a acercarlo, pero el Reino ya está allí. Puede ser que no lo notemos porque su talla provisional es la de una semillita de mostaza; pero sabemos que crecerá, y se hará tan frondosa que -nosotros, cientos de miles de pajaritos, podremos venir a anidar en Él. Puede ser que se nos oculte a la vista, porque ha sido amasada esta levadura, y se ha fundido con toda la masa, con todo el acopio de los otros elementos, la harina, la mantequilla, el huevo la difuminen, pero indudablemente está actuante haciendo “que todo fermente”.

 

Quizás si el Reino estuviera en la vitrina, ya listo, nos pasaría desapercibido. Quizás, sólo anhelándolo fervientemente, nos vayamos comprometiendo con nuestros aportes de solidaridad, de fraternidad, de samaritanidad. Puede ser que muchos valores indispensables al Reino, no hayamos cobrado consciencia de su importancia y sean componentes sin los cuales la masa no pueda llegar a ser Pan.

 

¡Sólo podemos estar convencidos que además de tanto, Dios nos ha engalanado con la opción de poder llegar a ser partícipes de su construcción! Pensamos que, en muy diversas situaciones, con acciones muy simples, se nos llena el corazón de un gozo inefable, como si un Ángel nos susurrara al oído, has aportado, quizás ni una molécula, pero ¡has aportado!

 

Todo esto -que es un anuncio fiable, que no son promesas políticas de temporada- se nos ha anunciado así, como secretamente, que nos cuesta trabajo entender; pero, como todas sus parábolas -no hay que hacer un estudio extenso y complicado para entenderlas- su significado está allí, ¡claro! ¡patente! ¡sencillo!: La semilla es pequeñita, la levadura, se confunde con la masa; pero ya llegará el momento en que crezca y en el que toda la masa fermente, sólo hay que aguardar con confianza y paz aportar todo lo bueno, todo lo mejor que seamos capaces de dar. Que en nuestro corazón cunda el anhelo -como impregnado de una levadura eficaz- de llegar a colgar en sus ramas, algún día, nuestros propios nidos.

sábado, 29 de julio de 2023

ENSÉÑANOS, SEÑOR, EL AMOR FRATERNAL

 


1R 3,5.7-12; Sal 118, 57.72.76-77.127-130; Ro 8, 28-30; Mt 13, 44-52.

Caracterización de la Sabiduría.

 

Te damos gracias, Jesús, porque nos propones tu amistad;… nos ofreces una relación verdadera, real, contigo, de la que depende cualquier otra relación con los demás.

Carlo María Martini

 

Los reyes del Reino de Dios no son reyes de capa de armiño y corona de oro, tampoco su reinado los pone sobre los demás, no es uno que gobierna; en el Reino de Dios, todos reinan, todos sirven, todos se afanan por ser el último, tampoco hay uno que quiere quedar de últimas para que se volteen a ver al rey “colero”. Todos se abajan, todos practican con sincero corazón la humildad, todos lavan con ternura los pies de sus hermanos. Se supera la cultura del “mejor” y se aprende la kénosis (κενόω) valga decir, el anonadamiento: "Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás. Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: El, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz." (Flp 2, 3b-8)



Hay un elemento profundamente hermoso y sólidamente pedagógico en la petición de Salomón: Salomón no pide Sabiduría, así no más, lo que pide es un discernimiento del bien y del mal –y no cualquier discernimiento, no se trata de una capacidad puramente intelectiva, de una sabiduría metafísica- sino un discernimiento que le sirva para “gobernar a tu pueblo,… para administrar justicia”. Nosotros leemos en esta petición el anhelo de tener un corazón sabio y prudente una espiritualidad que quiere servir a la caridad, que quiere ser como el mismo corazón de Dios, un corazón Misericordioso, porque el corazón de los hijos debe parecerse al corazón del Padre. La sabiduría a la que aspira Salomón –y a la que debemos aspirar todos los creyentes- es una sabiduría no eminentemente teórica- sino orientada a una praxis, a una ortopraxis; él se sabía puesto por Dios en una misión “pastoral”: “Tú has hecho rey a este siervo tuyo”.


 

La Primera Lectura, tomada del Primer libro de los Reyes, nos cuenta lo que pidió Salomón a Dios cuando se le presentó en una visión onírica: Pidió לְהָבִ֖ין [bin] que es el verbo discernir, entender, actuar sabiamente, en una traducción que tenemos a mano encontramos así: “dame un corazón atento”; lo cual está muy estrechamente relacionado con el verbo שָׁמַע [shama] oír, escucha obediente, eso es lo que le pide Salomón al Señor; se trata del mismo שְׁמַ֖ע que el Señor le pide a Israel en Deut 6,4:

 


Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor. 

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. 

Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas.

 

Leamos con “corazón atento” lo que significa: Escuchar no es un despliegue de oído agudo, -no les está pidiendo que le regale un potente y sensitivo audífono), sino un ejercicio comprometido del corazón. El corazón se compromete AMANDO; si este “Pueblo Escogido” quiere escuchar a Dios, oírlo obedientemente, lo que tiene que hacer es “Amar al Señor-Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda su fuerza”, en un despliegue total, de todas sus facultades. Hacer del Amor a Dios el eje fundamental de cada latido: ¡Barro dócil en Manos del Alfarero!

 


¡Aún hay más!: Nosotros, que hemos sido puestos en la sucesión davídica, por ser hermanos de Jesucristo, quien es hijo de David (Lc 18, 39b), hijos todos del mismo Padre, tenemos que pedir a Dios la sabiduría para “gobernar a su Pueblo”, es decir, para lidiar con amorosa paciencia en las relaciones con nuestros semejantes. Es eso lo que agrada a Dios que nosotros le pidamos: no que le pidamos vida larga, ni riqueza, ni liquidar a los “enemigos”, porque –perdónesenos la reiteración- ¡todos somos hijos del mismo Padre! ¿Cómo podemos –ante ese parentesco- visualizar a alguien como enemigo? Estimar y aquilatar con mayor delicia los preceptos que Dios nos ha regalado que “miles de monedas de oro y plata, aquí viene relievado el rasgo de una sabiduría que valora, que aprecia. Destaquemos que la palabra κυβερνέιν [kubernein] “gobierno”, que en griego era la palabra para significar “pilotar una embarcación”, esto es, conducirnos con control en las “dulces” relaciones con nuestros semejantes; sólo con el desgaste de la palabra por acción del tiempo y por extensión fue que esta derivó haciéndose cargo de designar la función política de manejo del estado y su correspondiente gabinete ministerial. No se trata de la clase de los políticos, se trata del “rey” que anida e cada uno de nosotros para conducir nuestras relaciones como el hábil marino lleva el timón entre las encrespadas olas.


 

Queremos insistir un poquitín en la temática de ser sucesores de David, porque para nosotros la consanguinidad de David le corresponde a Jesús, pero dejamos de lado el carácter transitivo de nuestro linaje personal. Tenemos que cobrar una consciencia pujante sobre la triple unción bautismal como Sacerdotes, Profetas y Reyes; y, reconocer que nuestra realeza es –precisamente- en la línea davídica, tan lo es, como nuestro Sacerdocio está en la línea de Melquisedec y nuestro Profetismo tiene su raigambre en el propio Jesús. Somos reyes, pero –volvemos a trillar el mismo trigo- para ser Misericordiosos, no para ser déspotas autócratas, amos de látigo y férula, sanguijuelas pegadas a las venas de nuestros “siervos”, olvidando que “el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10, 44). Nosotros, que somos de la estirpe Davídica, debemos –como en la mejor faceta de Salomón- ansiar sabiduría para gobernar con corazón dócil.


 

Entonces, el Domingo anterior nos llamaba a reconocer la importancia y la urgencia de la Sabiduría, y este Domingo se nos explica con lujo de detalles que la sabiduría no es erudita, sino tierna y misericorde; que no es oficio y prebenda de escribas, sino dulzura hospitalaria y compasiva. El Evangelio nos da unas notas que caracterizan esa Sabiduría: la sabiduría que sabe gobernar, que está siempre atenta al amor de amistad, φιλíα [filia] “al amor fraterno”. Un amor fraternal que impulsa a la construcción del Reino, con condiciones de justicia y perdón. Nos explica que lo vende y lo deja todo (sabiduría que valora, que aprecia), porque al reconocer el verdadero tesoro se alegra: ese Tesoro, es el proyecto de construcción del Reino. Esa alegría no puede nacer de otra fuente que de la inspiración del Espíritu Santo. Es Él quien hace de la Voluntad Divina sus delicias (Sal 119(118), 77cd.) Por esa razón, nos aclara San Pablo en su Epístola a los Romanos, “sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rm 8, 28). Si no logramos amarlo, todo nos duele, no queremos renunciar a nada vano, porque hasta lo vano nos parece más importante, más apetecible; en cambio, sus Mandatos nos suenan deleznables, flojos, temporales. No se anda en la sabiduría sino que se discurre en la necedad.

 


Aquí, pedimos permiso para una digresión, –en la perícopa de la carta a los Romanos- hay una palabra “problema” para nosotros los creyentes, que somos tan adversos a los temas pre-determinísticos, dado que ellos nos robarían toda libertad verdadera. Se trata de la palabra προορίζω [proorizo] que traducimos por “predestinó” y que efectivamente muchas veces se traduce acertadamente así. En algunas versiones leemos, en vez de predestinó, “de antemano conoció”; en otra, aún leemos “a los que había destinado”. Sin embargo, parece que lo que quiso significar San Pablo, en el fragmento de hoy, significa más otra acepción de προορίζω que se refiera a “dispuso”, “los creó ya capaces” mejor dicho, que “lo hizo capaz de”. Así, podríamos quizás traducir: “A los que capacitó, los llamó, a los que llamó los justificó, a los que justificó, los glorificó”. Que es más acorde a nuestra perspectiva de que Dios nos da aquello que requerimos para podernos realizar a plenitud alcanzando nuestra plenificación de hombres nuevos en Cristo-Jesús.

 


Pero volvamos sobre las notas características de la Sabiduría que nos da el Evangelio. Un comerciante en perlas finas,  no se trata de un profano en el tema, sino de todo un especialista, que puede distinguir entre fina y vulgar, entre barata y cotizada; este rasgo de la verdadera Sabiduría nos conduce de nuevo a Salomón, quien pidió poder “discernir” el mal del bien, la sabiduría conduce a una experticia para el discernimiento. «Mediante el ejercicio continuo del “dokimazein[1] el hombre nuevo, creado en Cristo Jesús, se convierte en una persona unificada en inteligencia y corazón, en comprensión y en generosidad, en teoría y en práctica.»[2] Así pues, la Sabiduría que busca el discípulo de Jesús sabe discernir claramente. El perito en los temas del Reino evita la volubilidad, la inconstancia, la vanidad y la superficialidad. Lo que se nos propone es más bien una especie de “alpinismo” que exige constancia, tesón, empeño sin desmayo, se trata de la constancia discipular del buscador de perlas finas; y, quizás también por eso, se nos llama y se nos invita siempre a “profundizar”, para no quedarnos a ras de la superficie. Esa profundización nos conduce hacia donde propone el Salmista: “la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes”. El “alpinismo” es una ascenso a la “profundidad” de la Palabra, allí iremos a beber del Manantial de la Sabiduría.


 

Hay todavía tres notas más sobre la Sabiduría que estamos llamados a glosar:

 

La primera: En la misma línea del Domingo anterior donde se permite la coexistencia de la cizaña con el trigo bueno, también hoy se nos recalca que la red “recoge toda clase de peces”; porque nuestra Santa Iglesia no es una comunidad de los perfectos, no se trata de una asamblea de cátaros, «Bernanos solía decir que daba gracias a Dios de que la Iglesia no fuera perfecta, porque si lo fuera él ni siquiera se atrevería a entrar en ella y se quedaría a la puerta dándole vueltas a la gorra»[3]


 

La segunda, nos habla de lo escatológico. No es que el discernimiento no implique separación. No que no se haya de segregar “buenos” de “malos”, no que todos –indiferentemente- correrán la misma suerte. No que unos no merezcan ir a los cestos y los otros “se tiren”. Pero, recordemos la parábola del Domingo previo, serán los ángeles los encargados de esa discriminación, y para eso debemos aguardar el tiempo de la siega, será entonces, cuando arrastren las redes a la orilla y se sienten a separar. Dicho en otras palabras, la sabiduría es paciente, espera que llegue el tiempo de Dios, se pone a su ritmo, porque no somos jueces, sino “amigos”. Eso sucederá al συντελείᾳ τοῦ αἰῶνος [sinteleia tou aionos] “final del tiempo”, los ángeles ἀφοριοῦσιν [aforiousin] “separarán”, el verbo está en indicativo futuro-activo, tiempo excelentemente escatológico.

 

Para concluir, miremos esa tercera nota característica: queremos referirnos al padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. Para llegar al “hombre nuevo” no basta lo nuevo, hay que ἐκβάλλει “ir sacando” de ambos. Demos un ejemplo, Jesús nos indicó en el Sermón del Monte que Él no había venido a derogar la ley y los profetas sino a πληρῶσαι [plerosai] plenificarla. Entendamos que la Biblia no está para descuartizarla y –con una óptica simplista- amputarle el Primer Testamento. Así, por ejemplo, el Salmo 119(118) de donde proviene el Salmo responsorial de esta Liturgia, nos habla de la Ley de Dios, dándole muchos y variados nombres: promesas, preceptos, sendas, decretos, estatutos, palabras… Se trata del Salmo más extenso de los 150, es un salmo de 22 estrofas (Salmo alefático con una estrofa por dada letra hebrea), cada una de ellas de ocho versos. Si se entrega a un “escriba inexperto en cuestiones del reino”, le parecerá farisaica, en el sentido despectivo. Sin embargo, «La Ley para un hebreo, no era este código jurídico, rígido, de “permitido y prohibido”, trasmitido por la herencia romana. La Ley era el más bello regalo de Dios, el don de Dios al Pueblo que Él amaba, con el que había hecho Alianza. El hombre sin Ley, es un hombre abandonado a sí mismo, que no sabe cómo comportarse, que no conoce las normas de su propio ser….»[4]. Pero el “Padre de familia” va sacando del uno y del otro, «Ningún moralista de la historia relacionó como Jesús la “obediencia” y el “amor”… no olvidemos que el único mandamiento, la única voluntad de Dios, es que nos amemos… Cuando dos personas se aman, están ligados la una a la otra por una especie de Ley, pero una Ley que no tiene nada que ver con los juridismos, o los formalismos: “Puesto que te amo, me siento íntimamente obligado a escucharte, a darte gusto, a cumplir tus deseos. Dime que deseas. Seré feliz haciéndolo”»[5]

 


La búsqueda del Reino, la búsqueda de la Sabiduría, la búsqueda del tesoro y de la perla preciosa –nos lo ha enseñado nuestra fe- no es la búsqueda de una idea preclara, sino el discipulado de la Persona que los encarna que los vive y nos permite vivirlos, que nos los ofrece en heredad: «Quiero contarles un hecho que me impresionó mucho, una historieta antigua que leí durante unos ejercicios en lengua copta, que se habla en el Antiguo Egipto, que se estudia en el Bíblico para profundizar mejor en el conocimiento del Nuevo Testamento. En esa lengua se han conservado bellísimas sentencias de los primeros Padres del desierto, que sabían narrar con pocas palabras situaciones humanas muy profundas.

 

En este episodio se dice que un tal fue donde uno de estos Padres del desierto y le dijo: Padre mío, tú que tienes tanta experiencia, explícame ¿por qué vienen al desierto tantos jóvenes monjes, y después muchos se devuelven; por qué perseveran tan pocos? Entonces el anciano monje dijo: “Mira, sucede como cuando un perro corre detrás de las liebres, ladrando. Muchos otros perros, oyéndolo ladrar y viéndolo correr, lo siguen. Pero solamente uno ve la liebre; pronto sucede que los que corren sólo porque el primero corre, se cansan y se detienen. Solamente el que tiene ante sus ojos la liebre, sigue adelante hasta alcanzarla”. Así, dice el anciano monje, solamente quien ha puesto los ojos verdaderamente en el Señor crucificado, sabe en realidad a quién sigue y sabe que vale la pena seguirlo.»[6]

 


Así nosotros, escribas neotestamentarios del siglo veintiuno, -que nos hemos vuelto discípulos del Reino de los Cielos- tenemos que ver a Jesús y “escucharlo”, para seguirlo con fidelidad y no decaer en entusiasmo, y no solo correr desaforados, porque otros corren. Los que corren sin haberlo visto, ¡pronto desistirán! Bienaventurados los que persistan, porque ellos entrarán en Aquel Reino.

 

 



[1] “Discernimiento” en griego

[2] Matos, Henrique Cristiano José. LA VIDA CONSAGRADA A LA LUZ DE LA ESPIRITUALIDAD PAULINA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 2000. p. 46

[3] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed. Planeta. Barcelona-España 1998.  p. 198

[4] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. Tomo II. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C.-Colombia 1996. pp. 190-191

[5] Ibid

[6] Martini. Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1996 p.77

Sábado de la Décimo Sexta Semana del Tiempo Ordinario



Ex 24, 3-8

Tan pronto les dio el Decálogo, inmediatamente prescribió como debía ser el Altar. Y después, en los capítulos 21-23, les enseña otro conjunto de Leyes convivenciales y algunas. Sobre el Sabbat y estipuló las tres fiestas Mayores que deberían ser motivo de celebración: la de Los Panes Ázimos, la de las Primicias y la de fin de año al concluir la Recolección de la Cosecha.

 

Y llegamos al capítulo 24, a la perícopa de hoy, Moisés 1) Edificó un Altar y erigió 12 estelas, 2) Ordenó a unos jóvenes ofrecer sacrificios de holocausto e inmolación de novillos: en sacrificio de comunión. 3) Se recogió la sangre en vasijas y la mitad fue derramada ritualmente sobre el Altar 4) Y, además, con parte de esa sangre -la sangre de la Alianza- asperjó al pueblo.

 

Un detalle muy interesante se nos comunica aquí: Moisés entra en la cultura de lo escrito: “Moisés כָּתַב (es el verbo kathab, “escribir”) escribió todas las palabras que dijo el Señor” (Ex 24, 4); luego, en el verso 24, 7 aparece el verbo קָרָא. [qara] “leer en voz alta”, “proclamar”. 

 

El pueblo -unánimemente- declaró: “Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos”. Esta exclamación sella la Alianza, significa la aceptación de la responsabilidad por parte del pueblo. Así que es una Liturgia de Alianza, sus voces son nuestras voces vicarias que asumieron lo que nosotros hoy estamos prometiendo cuando nos unimos al pueblo de Dios.

 

Sal 50(49), 1b-2. 5-6. 14-15

Este es un Salmo de la Alianza. Tiene 23 versos. Hoy tomamos 5 y ½ versos para la perícopa. Después de que el pueblo se comprometió a cumplir y respetar la Alianza, el Señor pide que los reúnan para hacerles notar que -totalmente, por el contrario- lo que han hecho es “despreciar su enseñanza y echarse a la espalda sus mandatos.

 

En la primera parte del Salmo Dios les dice que Él, siendo el dueño de todas las criaturas, tiene abundantísimos animales -por ejemplo, todos los salvajes- para prepararse la cena más generosa y saciar su hambre; así que si Él llegar a tener hambre, no recurriría a nosotros para que le sirviéramos algo.

 

El Salmo convoca al pueblo que pactó con Él para juzgarlo, porque la Justicia Divina existe, llegará el momento en el que Él se sentará en el Tribunal y el Cielo proclamará su Justicia.

 

Un sacrificio de alabanza consiste en cumplir lo que nos hemos comprometido a cumplir; y, entonces, si cualquier urgencia se nos presenta, cuando invoquemos a Dios, Él nos librará y nosotros lo glorificaremos.

 

Si verdaderamente queremos ofrecer un sacrificio de alabanza, ese es la coherente fidelidad a lo que Él ha decretado.

 

Mt 13, 24-30



La palabra cizaña no es originariamente ni latina ni griega (donde viene a presentarse por acá en el siglo IV de nuestra era, y aparece -en sus primeras veces- con el significado de “envidia”, “inquina”, o “celos”); es una palabra sumeria que significa “falso trigo”, en sumerio zizán significa precisamente trigo. La palabra llega a nosotros a través del Arameo, la lengua de Jesús.

Es muy interesante tomar en cuenta que de la zizania se puede fabricar una harina, que tiene la peculiaridad de ser toxica.

 

La palabra ha venido a significar “mal cristiano”. Pero se la usa mucho para significar la siembra de “discordias”, la divulgación de “calumnias”, o la alimentación de un espíritu divisionista, separatista.

 

La cizaña no la creo Dios, tampoco la siembra el ser humano, es el “Enemigo” el que la introduce de contrabando. Nosotros, ni por asomo, podemos atribuirle a Dios su aparición -lo que sería ya una blasfemia, un pecado contra el Espíritu Santo. No podemos tener la osadía de preguntarle al Señor si fue que se distrajo, y de pronto sembró “mala semilla”; tampoco podemos pensar que, por ahorrar, sembró en vez de la buena, mala semilla. Ya al iniciar la parábola se nos declara contundentemente que “Un Hombre sembró buena semilla en su campo” (Cfr. Mt 13, 24bc).

 

Hay que dejarlas crecer juntas sin impacientarse, sin premuras; Dios mismo nos ha ordenado aguardar, en el interludio, el Señor obrará prodigios de Salvación, porque Él es Misericordioso, y su Misericordia dura por siempre.

 

La operación justiciera de la separación: lo que ira al fuego y lo que ira al granero, es una realidad escatológica. Esperemos pacientemente el Tiempo de Dios, cuando Él tenga a bien enviar sus Ángeles para la siega. 

viernes, 28 de julio de 2023

Viernes de la Décimo Sexta Semana del Tiempo Ordinario

 


Ex 20, 1-17

Ayer, dejamos a Moisés que había entrado en la Presencia del Señor subiendo a la Montaña. Igualmente dejamos al pueblo entregado a un proceso de “limpieza”, a un ritual de preparación para lo que iba a venir: la entrega de la “Constitución”, el conjunto de Leyes básicas para regular su vida como Comunidad, para mantener y respetar la Alianza con su Dios. Él los quería amorosos respecto a Él y fraternales, respecto a todos sus prójimos. En un fragmento que no se lee Dios manda a Moisés que baje de la Montaña y les recuerde que no deben traspasar el límite de lo permitido, que no pueden acercarse más de lo estipulado, so pena de muerte. Y le manda a regresar, no solo, sino acompañado de su hermano Aarón.

 

Antes de entregarles “La Ley”, lo primero que les pone de presente, como dándonos una razón y justificación para que comprendamos por qué Él tiene Derecho a Ser-Nuestro-Legislador, dice: Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud”. Muchas veces entendemos estas Palabras pronunciadas por Dios como un código, y no las sabemos aceptar como Palabra Creadora, como Fuente de Inspiración, como cédula de identidad Filial.

 

El “sembrador de la Cizaña” ha propalado con férrea continuidad su sermón anti-legislativo, con bombos y platillos sienta su presuntuoso teorema: “Toda ley es esclavitud”. Hay que desenmascararlo y descubrir que las de Dios no son cadenas, sino dicha y jolgorio, fraternidad y sinodalidad, esencia y fundamento de la “projimidad”.

 

¡Recibamos, pues, este Decálogo como fragancia inspiradora para nuestra vida!

 

Sal 19(18), 8. 9. 10.11

El antiguo Testamento y la liturgia judía están tan impregnadas de júbilo ante las normas divinas.

 

Este Salmo es un himno. Tiene 14 versos, de ellos empleamos 4 versos para disponer cuatro estrofas:

 

Muchas veces concebimos que Dios ha estipulado y escrito en lo intrínseco de la naturaleza las leyes como ecuaciones físico-matemáticas, y, que el hombre arbitrariamente ha legislado sobre la convivencia y la armonía para vivir la concordia, sus caprichosas leyes; divorciamos de esta manera la fuente de una Ley que nos cobija a todos, pero que pide una hermenéusis específica, puesto que no se reglan del mismo modo los “cuerpos” que los cuerpos-animados-con-voluntad-y-libertad.

 

Si en vez de exudar rebeldía, destiláramos complacencia por los dones, lograríamos acatar con amor ferviente y subir a la Barca del que ha legislado con ningún egoísmo, ha decretado todo bien y toda bondad, y ha fijado para procura de nuestra concordia las señales de circulación que impiden trancones, accidentes y colisiones.

 

Si pudiéramos declarar que La Ley del Señor es perfecta y sus preceptos fieles, no momentáneos, veríamos que estas “Diez Palabras” nos llevan al solaz de nuestras almas. Ese descanso se da por la transformación benevolente de nuestros corazones. Su Ley fructifica en Conversión.

 

En la segunda estrofa se muestra que la rectitud contenida en sus mandatos es una iluminación que baña de pureza, y hace hábiles los ojos al discernimiento.

 

En la tercera estrofa, retorna sobre la perdurabilidad de la Ley Divina, no es una legislación para cierta época y que en otra va a volverse obsoleta; su constancia proviene de su verdad y justicia inmanentes.

 

Esta ley -metafóricamente hablando- podríamos llamarla finísima y compararla con el oro; podríamos llamarla cómoda, agradable, dulce y tierna, y compararla con la miel.

 

Como verso responsorial se ha escogido del Evangelio de San Juan, el verso Jn 6, 68: Señor, Tú tienes Palabras de Vida Eterna.

 

Mt 13, 18-23



¿Qué es lo que siembra el Sembrador de la Parábola? La Palabra, cual Palabra, la Palabra del Reino, la “Constitución” de esa Patria. Y la parábola nos habla de tres peligros principales que amenazan la Palabra:

a)    No entenderla.

b)    Que no arraigue

c)    Que sea estéril.

 

Si uno no la entiende, está varado, el patas viene y se la roba.

 

Si no echa raíces en uno, fue inútil la siembra, cualquier dificultad o las persecuciones, fácilmente la harán sucumbir.

 

Cuando los afanes de la vida y el enamoramiento de las pretendidas “riquezas” nos confunden, vendrá -sin duda- la esterilidad y será vana la semilla, no cargará nada.

 

Señor te lo rogamos: ¡Ayúdanos a escuchar y a entender, para que rindamos el ciento, el sesenta o -al menos- el treinta por uno!

jueves, 27 de julio de 2023

Jueves de la Décimo Sexta Semana del Tiempo Ordinario



Ex 19, 1-2. 9-11. 16-20b

Tres meses lleva el proceso de los “hijos de Israel”, desde cuando salieron de Egipto. Es todo un “caminar” en la aventura de dejar una vida atrás y empezar una vida completamente diferente. Se dice con frecuencia que “nos cuesta mucho cambiar”, y en oportunidades se define al hombre como un “animal de costumbres”. Las costumbres son una especie de taquigrafía de la existencia; las entretejemos con nuestras obligaciones y responsabilidades, y se encargan de lubricarnos el fluido del decurso vital.

 

Si hacemos una sencilla arqueología de las costumbres, nos damos -muy rápidamente- cuenta que son resultado de la vida en el marco urbano, y, que -por ejemplo- para los nómadas, estas costumbres son muy someras. Pensemos en los que viven en las comunidades que caen en el desplazamiento -bien sea por causa de catástrofes naturales, bien por conflagraciones bélicas, por la pérdida de la tierra que cultivaban y donde habitaban, o por el acoso de grupos violentos. Vertiginosamente pierden sus costumbres; no vayamos a ignorar, que las reemplazan por otras.

 

En gran parte eso se debe a que las costumbres -el ser humano lo ha descubierto-   engrasan nuestro mecanismo social y nos ayudan a articularnos en grupos humanos, en comunidades. Así que cuando desaparecen, tendemos a llenar su ausencia con nuevos hábitos, prácticas y tradiciones. Todos nos apegamos a las ollas, todos anhelamos -más o menos- las cebollas que comíamos en Egipto y las olladas de carne. Todos estamos cómodos con las costumbres que se nos pegan a la piel y que terminan por parecernos lo más natural del mundo. Podemos llegar a amar inclusive, la esclavitud. Podemos llegar hasta a habituarnos al pecado, y considerarlo como un elemento connatural a la vida. Y, a no dudarlo fabricamos alambicados discursos “ideológicos” para justificarlo.

 


Para redondear la idea: urbanos o rurales, sedentarias o nómadas, lo cierto es que lo malo no es tener costumbres, lo malo es tener “mañas” y vicios.

 

Tres meses por el desierto, salieron de Refidín -en la parte sur de la península del Sinaí, y llegaron al desierto del Sinaí, a los pies del Horeb… cualquiera diría ¡qué travesía tan larga! ¡Ya llevan tres meses de vagar por el desierto!  Y, hay que recordar que no fueron tres meses, que no fue un año, que murió Moisés y nada que entraban a la “Tierra Prometida”. Habían dejado de ser un pueblo sedentario, estacionado en territorio egipcio, para convertirse en un pueblo nómada. Esas peripecias les arrancaron las costumbres que los habían contaminado.

 

El Señor plantea una etapa muy importante para este proceso de desterrar los malos hábitos de vivir servilmente y darles atributos propios de gente libre. Dios les va a dar una “constitución” diríamos hoy día- una normatividad para desechar las pésimas mañas y llegar a tener la identidad de “Pueblo Elegido”.

 

Un momento preliminar es un momento de limpieza y purificación exterior que habría de repercutir en lo interior, en una consciencia de la necesidad de “descontaminarse”. Un primer paso consistía en lavar la ropa -de inmediato nos recuerda cuando Jesús les dice que se sacudan el polvo de las sandalias (cfr. Mt 10, 14); también cuando YHWH le ordena a Moisés quitarse las sandalias para acercarse a la Zarza que ardía sin consumirse (Ex 3, 1-3).

 

Va a tener lugar una teofanía. Las teofanías estaban señaladas por ciertos fenómenos, unas veces unos, en otras oportunidades algunos diversos; hoy tenemos la serie de los “síntomas” más típicos de que Dios se hace Presente:

a)    Truenos y relámpagos.

b)    Densa nube

c)    Fuerte sonido de שׁוֹפָר [Shofar] “trompeta”.

d)    La montaña echaba humo

e)    Temblor de tierra

f)     La Voz de Dios es atronadora.

 

Estos “signos” nos procuran traducir la Majestad del Señor, permiten que nos demos cuenta que Dios se está haciendo Presente:

 

No cualquiera puede asumir un encuentro de estas proporciones. Mucho habrá crecido el corazón en Grandioso Amor para poder estar frente al Señor y llevar la Amistad hasta la instancia de un dialogo de Tú a tú: El Señor llamó a Moisés a la cima de la montaña (Ex 19, 20b).

 

Dan 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56a

Este no es un salmo. Es un himno que se insertó en el Libro del Profeta Daniel; no lo encontramos en la versión hebrea, ha llegado a nosotros en las versiones griega y latina de la Sagrada Escritura. Se ha logrado establecer una datación en el año 164 a.C. durante el tiempo de gobierno de Αντίοχος Επιφανής Antioco Epífanes, de la dinastía seléucida, fue rey de Siria, implementó la profanación del Templo en el 167 a.C. y protagonizó una cruel y despiadada persecución contra los judíos, procurando imponerles sus dioses, exigiendo honores exclusivos de Dios para él, incurriendo en el culto al cuerpo que quiso promover e imponer y tratando de forzarlos a comer de la dieta impura.

 

Hay -en este contexto- una página de heroica resistencia opuesta por los Macabeos a sus atropellos, que es precisamente lo que se celebra en Janucá. Este cantico procura trasmitirnos la Grandeza y la Trascendencia de YHWH, enumerando una riquísima variedad de signos y atributos Divinos donde se sobre-entiende que ninguna criatura merece adoración y que esta se reserva al Señor de Señores.

 

En cuanto a su estructura, la parte a de cada verso, enuncia un motivo para ensalzar el Señor, y la parte b, nos conmina a alabar y loarlo por ese motivo. Se toman 5 versos con su parte a; y, la parte b -en el responsorial- como un eco reduplicado, va contestando que hay que “ensalzar al Señor con himnos por los siglos”.

 

Mt 13, 10-17



¿Por qué les habla en parábolas? Las מָשָׁל [mashal] παραβολαῖς [parabolais] "parábolas" son un lenguaje muy sencillo, clarísimo para el pueblo que está acostumbrado a lidiar con la tierra, el cultivo, la naturaleza, el ganado, el pastoreo, las barcas y las labores de pesca. Pero para los amos y señores, que no estaban cercanos a estas labores, hablarles de esto era hablarles de otro mundo. Se les volvía un misterio.

 

La gente del común, entiende una parábola de inmediato. No requiere explicación. Por ejemplo, acabamos de ver que el sembrador salió a sembrar; esto para un campesino era su faena diaria, no encerraba ningún misterio; pero, para los escribas, por ejemplo, requería un muy intensivo desciframiento: ¿por qué no arrancar de una buena vez la cizaña? Si uno sabía que era nociva, ¿por qué no correr a retirarla?

 

¿Por qué el “sembrador” no tenía más cuidado al poner la semilla para que sólo cayera en la tierra buena y adecuada? ¿Por qué ese campesino no se agachaba y hacia un huequito con un palo para ocultar la semilla y prevenir que los pajaritos se la pudieran comer? ¡Era -pensarían ellos- un sembrador muy descuidado! ¡Bien merecido se lo tenía si su cosecha se le malograba! Sin embargo, quizás a un pescador, no habituado a las labores del agro, hubiera que llevarlo a parte y explicarle.

 

Pero los doctos, de estas cuestiones, nada saben. Aun cuando se codeaban con el Sumo Sacerdote, que seguramente era un especialista en liturgia, pero quien -era muy improbable- que algo supiera de estos menesteres agrarios. Si algo habría visto, sería a la distancia.

 

Podríamos subdividir la perícopa en tres partes: donde se acercan a oír los discípulos, luego, los que no entienden o no quieren entender y luego, nos mira a nosotros y nos clasifica entre los bienaventurados porque oímos y vemos lo que anhelaron los profetas llegar a ver.

 

A nosotros se nos han dado a conocer los μυστήρια “misterios”, que no es lo que misterio es para nosotros, algo imposible de llegar a conocer; sino, que significa lo que no nos es accesible por nuestros medios de conocimiento, sino solamente porque Dios nos lo muestra en su Revelación, es decir, lo que es “Voluntad de Dios”, “lo que Dios quiere”.

 

Para acceder a este tipo de “saber”, es necesario desplegar una “hambre y sed” de lo trascendente, valga decir, querer acercarse al Señor: Amarlo y Buscarlo. ¡Ahí está nuestra bienaventuranza! Nosotros tenemos esta apetencia y será saciada; a quienes no la tienen, hasta lo que creen tener, se les arrebatará.