sábado, 29 de octubre de 2022

ORACIÓN: BÚSQUEDA DEL BIEN POR SÍ MISMO

 


Sab 11, 22-12, 2; Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 (R.: cf. 1); 2Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

 

Dios es indulgente con el hombre. No espera mucho de él; sólo una trepadita al árbol.

Arturo Paoli

 

Subirse a un sicomoro es una figura que nos habla de hacerse discípulo-misionero, es un acto de oración: Zaqueo «Es la única persona en los Cuatro Evangelios, que toma la iniciativa de encontrarse con el Maestro gratuitamente: no tiene nada que decir y nada que pedir»[1]. Nos asombra todo lo que hace Zaqueo, pero nos asombra aún más esa gratuidad con la que busca el encuentro. Tiene una curiosidad sana, no prejuiciosa, no espera ratificar tal o cual idea prefabricada, va con el corazón abierto de par en par para dejarse sorprender por la Cristofanía; por eso puede ver, porque no lleva los ojos vendados con conceptos discriminatorios; todavía más, está dispuesto a jugársela toda para poderlo ver, ¡pase lo que pase, digan lo que digan! ¡Zaqueo significa ser puro!

 


Parece que entre los orientales comerse los frutos del Sicomoro equivale a comer desperdicios alimenticios, lavazas. Nadie se subiría a un Sicomoro porque se prestaría a pensar que la persona ha tenido que resignarse a comer lo que todos desechan. Y Zaqueo, pese a que “es rico”, no tiene óbice alguno en treparse al tal συκομορέαν. Un sicomoro, empieza a ramificarse y expandir su arborescencia muy abajo, lo hace fácil de trepar para una persona de baja estatura, pero hay que ser verdaderamente muy, pero muy humilde –en el marco de esa cultura- para encaramarse en un sicomoro. La semana pasada vimos a un fariseo arrogante y a un publicano humilde, capaz de reconocerse pecador, «El publicano,… hubiera podido permanecer víctima de su culpa. A veces el pecado también pone la acechanza de la desesperación o de un extraño silencio de la conciencia. En cambio, descubre inmediatamente la presencia liberadora del amor y se abre a la confianza, al poder renovador de la oración. Cuando el corazón no opone resistencias interiores o fortalezas defensoras, todo es posible: sobre todo el don y la “novedad” de la salvación.»[2]; este domingo XXXI nos topamos con otro publicano, esta vez con nombre propio Ζακχαῖος Zaqueo (del hebreo Zakkai, "ser puro"), maximiza su humildad -de allí su “pureza”, ahora lo recordamos al saber cuánto se despreciaban en el contexto judío los frutos de aquel árbol (aún quisiéramos anotar dos cosas más sobre el sicomoro: es un árbol de frondosas raíces que lo traban con el suelo haciéndolo prácticamente in-arrancable; de otra parte, su madera es por así decirlo “incorruptible”, muy difícilmente entra en el ciclo de descomposición, por lo cual pasó a ser madera de ataúd, especialmente en Egipto donde se usó para los entierros de las momias de Faraones y por esta vía ¡devino signo de la Resurrección! Hay árboles de perdición como aquel de la serpiente tentadora en Génesis 3, 1-4; el sicomoro -en cambio- es, simbólicamente hablando, árbol de vida, te permite alzarte y ver a Dios que pasa por tu vida y te da Vida más allá de esta vida. «Podemos imaginar lo que sucedió en el corazón de Zaqueo antes de subir a aquella higuera, habrá tenido una lucha afanosa: por un lado, la curiosidad buena de conocer a Jesús; por otro, el riesgo de hacer una figura bochornosa. Zaqueo era un personaje público; sabía que, al intentar subir al árbol, haría el ridículo delante de todos, él, un jefe, un hombre de poder. Pero superó la vergüenza, porque la atracción de Jesús era más fuerte. Habréis experimentado lo que sucede cuando una persona se siente tan atraída por otra que se enamora: entonces sucede que se hacen de buena gana cosas que nunca se habrían hecho. Algo similar ocurrió en el corazón de Zaqueo, cuando sintió que Jesús era de tal manera importante que habría hecho cualquier cosa por Él, porque era El Único que podía sacarlo de las arenas movedizas del pecado y de la infelicidad. Y así, la vergüenza paralizante no triunfó: Zaqueo —nos dice el Evangelio— «corrió más adelante», “subió” y luego, cuando Jesús lo llamó, “se dio prisa en bajar” (vv. 4.6.). Se arriesgó y actuó. Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a Él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple “mensajito”.»[3]

 


Observemos que Jesús, que conoce las intenciones del corazón y lee en lo más profundo de cada uno de nosotros, sabe que Zaqueo se está humillando, y el que se humilla será ensalzado, así que, lo único que le pide Jesús es que se baje para que lo invite a cenar en su casa, Zaqueo -“bajó aprisa y lo recibió muy feliz”- Lo acogió en su morada. Si Jesús no fuera Dios, si fuera sólo hombre, tal vez habría visto solo la superficie, lo exterior, y no habría reparado en la humildad de aquel hombre, exactamente equiparable a la del publicano del Domingo anterior, cuya oración era “¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador”.

 

En Lc 19, 7 leemos “Al verlo murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador”, este hospedarse, en griego es καταλῦσαι (que viene del verbo καταλύω que significa desatarle la carga al animal, desensillar), se traduce por alojarse, más estrictamente sería bajar la carga y desensillar la bestia, acciones que se ejecutan cuando alguien se dispone a pernoctar en cierto lugar, eso era lo que imaginaban los espectadores, los murmuradores, que Él se iba a quedar por esa noche allí. Pero la intención de Jesús no era pasar allí una noche, era quedarse: με μεῖναι, del verbo μένω [meno], permanecer, residir, pasarse a vivir a un lugar permanentemente, como lo declara Jesús en Lc 19, 5; quedarse a vivir allí, en el corazón de Zaqueo, y ¡se quedó!

 

Zaqueo va más lejos aún con su gratuidad. Sin que nadie se lo esté pidiendo, ofrece dar la mitad de lo suyo a los pobres. Su corazón puro y arrepentido, sabe desprenderse y, sabe desasirse en favor de los más necesitados, o sea, sabe acoger a los “clientes” de YHWH y sabe que “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”.

 

Jesús, a la vez que te pide ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre. Tu nombre es precioso para él. El nombre de Zaqueo evocaba, en la lengua de la época, el recuerdo de Dios.

Papa Francisco

 

En el Domingo XXX leímos del capítulo 18 de San Lucas los versos 9-14, les proponemos –para tender un puente, que leamos la perícopa inmediatamente siguiente, los versos 18-27, para contextualizar la gratuidad de Zaqueo: «Uno de los principales le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Le dijo Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre.” Él dijo: “Todo eso lo he guardado desde mi juventud.” Oyendo esto Jesús, le dijo: “Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme.” Al oír esto, se puso muy triste, porque era muy rico. Viéndole Jesús, dijo: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.” Los que lo oyeron, dijeron: “¿Y quién se podrá salvar?” Respondió: “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios."» Aquel joven estaba amarrado, atado a sus pertenencias, a sus posesiones.

 


En Lc 19, 2 se nos informa que Zaqueo era muy rico, no obstante, Zaqueo es desprendido, humilde y dadivoso. Lo hermoso es que ¡valió la pena! porque lo encontró, lo conoció, lo tuvo en su casa, le brindo alimento y le prometió que resarciría si había defraudado a alguien con el cuádruplo. Jesús no le pidió nada, simplemente premio su humildad, su Búsqueda de Dios, sus ganas de verlo por simplemente verlo, por pura gratuidad como lo hemos dicho reiteradamente. Jesús nos descubre a Zaqueo como hijo de Abrahán -«la fe nos dice que somos “hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1): hemos sido creados a su imagen; Jesús hizo suya nuestra humanidad y su corazón nunca se separará de nosotros; el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros; estamos llamados a la alegría eterna con Dios. Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre»[4]- y que aquella munificencia de su gratuidad le había ganado con creces la Salvación que aquella tarde entró en casa de Zaqueo en la persona de quien no ve en él un estereotipo sino una persona de carne y hueso, no un recaudador de impuestos sino un hombre humilde que quería conocer el Rostro mismo de la Verdad y la Fuente de la Vida; y, sin vacilación, trepó al árbol.

 

Hay maneras y maneras de orar, muchas veces creemos que la oración es cuestión de palabras, pero en diversas ocasiones hemos insistido en la oración como silencio, como en el caso aquel de “yo lo miro y Él me mira” de un orante ante el Sagrario. Hoy hemos reconocido a este orante llamado Zaqueo, cuya oración consiste en una serie de acciones, las tres esenciales: procurar verlo, superar las dificultades que se pudieran presentar por las propias limitaciones y subirse al Sicomoro, el signo representativo de aquello que nos acerca a Dios. Estas acciones separan dos instancias de la vida: la ejecutiva y la reflexiva; un momento para subir al árbol y otro para aguardar que pasara Jesús, ese espacio de espera es el meollo de la oración, allí se cocinó la conversión de Zaqueo, pero ella no dio punto hasta cuando comprobó que Jesús lo amaba sin discriminación, que había entrado a su casa, no como huésped temporal sino como Presencia-Fiel. «Siempre habrá para el hombre dos momentos: el del trabajo y el de la atención; el de la reflexión y el de la ejecución, que son las dos caras del acto creador. Ambos momentos deben fundirse históricamente para que el hombre no se pierda en la abstracción o en el empirismo, pero en el tiempo y en la calidad deben quedar separados. Y aunque es cierto que el amor que se hace contemplación y el que nos lleva a luchar por la libertad, son un único amor, el momento contemplativo es el de la claridad, de la visión y del descubrimiento del ser en el amor. No debemos pedirle a la oración ni más ni menos que esto… La oración es un descubrimiento de lo esencial del amor. El descubrimiento, muy en mi interior, de que soy amado. De que el hombre es verdaderamente amado… es la victoria sobre la inutilidad. No una victoria definitiva porque quien da con ella debe prepararse a perderla y a reconquistarla a cada instante.»[5] «Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre. Entendéis entonces que no aceptarse, vivir infelices y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea.»[6]


 

La conversión de Zaqueo lo “purifica” verdaderamente: de ser un expoliador se hace donante-desprendido. También nosotros hoy, acompañando a Jesús por las calles de Jericó o, esperándolo subidos en el sicomoro, recibimos la misma llamada: «Cuando en la vida sucede que apuntamos bajo en vez de a lo alto, nos puede ser de ayuda esta gran verdad: Dios es fiel en su amor, y hasta obstinado. Nos ayudará pensar que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, que cree en nosotros más que nosotros mismos, que está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los “hinchas”. Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando nos encerramos en nuestras tristezas, rumiando continuamente los males sufridos y el pasado.»[7] La mirada de Jesús traspasa el follaje y el entretejido de las ramas del sicomoro y descubre, en lo tupido, el rostro del corazón orante abierto a la acogida del prójimo.

 

Señor de poder y misericordia… concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes.

De la Oración Colecta

 

«Aquel día, la multitud juzgó a Zaqueo, lo miró con desprecio; Jesús, en cambio, hizo lo contrario: levantó los ojos hacia él (v. 5). La mirada de Jesús va más allá de los defectos para ver a la persona; no se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro; no se resigna frente a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y de la comunión; en medio de todos, no se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón. Jesús mira nuestro corazón, tu corazón, mi corazón. Con esta mirada de Jesús, podéis hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que os digan “qué buenos sois”, sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia.»[8] Que gocemos de la pureza-humildad de Zaqueo, de su incorruptibilidad, que respondamos al llamado para “resucitar” ahora mismo por medio de nuestra conversión, de hoy, de mañana, de siempre, “así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de Él” (2Tes 1, 12a).



[1] Paoli, Arturo. LA PERSPECTIVA POLÍTICA DE SAN LUCAS. Ed. Siglo. XXI. 5a edición 1973. Bs.As. Argentina. p. 71

[2] Masseroni, Enrico. ENSEÑANOS A ORAR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1998 p.112.

[3] Papa Francisco. HOMILÍA EN LA MISA DE CLAUSURA DE LA JMJ Cracovia 2016

[4] Ibid

[5] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN. Ediciones Carlos Lohlé Bs. As. 1970 p. 168-169

[6] Papa Francisco. Loc. Cit.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

sábado, 22 de octubre de 2022

¡SE LLAMA GRACIA PORQUE ES DON GRATUITO!

 


Si 35, 15-17. 20-22; Sal 34(33); 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14

 

Del mismo modo que los signos externos del amor sólo tienen sentido cuando brotan realmente de un amor verdadero, asimismo, la oración sólo es válida cuando supone y despierta la fe y la caridad.

 Juan Llopis

 

¿Quiénes son los incrédulos? son aquellos que no están dispuestos a ceñirse a una “disciplina”; que no están disponibles para desplazarse a las “periferias (existenciales), para “poner en el centro” a otro distinto de sí mismo. ¡Ay de los altaneros y de los prepotentes! Pero muchos –si no todos- incurrimos en el fariseísmo que denuncia el Evangelio, porque consideramos que son nuestras fuerzas y nuestras virtudes solas, las que nos conducen a “feliz puerto”.


 

Dios juzga con justicia infinita

Carentes de experiencias sobre las realidades trascendentes, Dios nos habla refiriéndose a realidades temporales. Así, por ejemplo, nos ha mostrado su amor Infinito hablando de sí mismo como de Un Pastor. Jesús nos reveló el rostro de Dios refiriéndolo al de Un Padre. Hoy se nos presenta en la figura de “Juez”. Ciertamente Dios no es un Pastor, ni un Padre, ni un Juez; tendríamos que hablar de Un Pastor, o Un Padre o Un Juez “Perfecto”; o -pensando en términos platónicos un Juez “Ideal”. Querríamos poner, hoy, como columna vertebral de la liturgia de la Palabra el tema de: Dios como Juez Ideal y, con simetría dialéctica, arrojar una mirada sobre Dios como “ideal de juez”.

 

Surgió entre los Israelitas, después de la muerte de Josué, la figura de los así llamados Jueces: del verbo [shaphat] que podríamos traducir como, salvar, liberar, acaudillar, juzgar, gobernar -de todo lo anterior hay algo y mucho-. Liberadores porque en la historia de los jueces, en el Libro de la Biblia que va después de Josué, constatamos que estos “caudillos” surgían como liberadores en una situación puntual, frente a la pecaminosidad y al desvío del pueblo escogido cuyos “hechos fueron malos a los ojos del Señor” (Jue 3,12a); pero una vez cumplida su tarea, volvían a su vida corriente; eran, pues, figuras y no institución; Dios los insertaba en la historia de su pueblo como respuesta a un clamor, a una invocación del pueblo arrepentido a cuya súplica daba respuesta.

 

Estos “Salvadores” hacían justicia porque los libraban de la servidumbre y de la opresión. Este hacerles el “Bien”, este perdonarles, este redimirles de Dios a través de aquellos caudillos genera la figura de Juez que hoy nos sirve de referente. Para reconocer el atributo de Dios como justicia, liberación y salvación veamos el elenco de características del “Juez ideal” enumeradas en el Salmo 34(33):

 

a)   Libra de angustias y temores

b) Los que lo contemplan quedan llenos de alegría y no tienen de qué avergonzarse

c)   Si el afligido lo invoca, Él lo escucha y lo salva de sus angustias

d)   Envía su Ángel para que acampe en torno de los que le son fieles

e)   Protege y salva a los que lo honran

f)    Nada le falta a los que temen ofenderle

g)   Los que Lo honran no carecen de lo necesario

h)   Sus ojos miran a quienes le son fieles

i)    Sus oídos escuchan los gritos de sus fieles

j)    Enfrenta a los que hacen el mal y borra de la tierra su recuerdo

k)   Salva y fortalece a los desanimados y abatidos

l)    Libra de todos los males -aunque sean muchos.

m) Cuida de todos los huesos de sus fieles para que ni uno solo le sea quebrado.

n)  Castiga con la muerte al que obra el mal

o)  Y cuando alguien odia a uno que le es fiel al Señor y Juez, lo castiga

p)   En cambio, a sus fieles servidores los redime y salva

q)   Finalmente, promete que, quien confíe en Él, no será castigado.

 

Dios no es un juez como los jueces terrenales que le dan largas a una pobre viuda, sino –nos explicaba Jesús- que Él les hace justicia a sus elegidos que le gritan día y noche (Lc 18, 7ab) y en el verso Lc 18,8 leímos que les hace justicia con total prontitud. Hoy podemos sumar nuestras voces al Salmista para decir, en el responsorio, y garantizar confiadamente que “Si el afligido invoca al Señor Él lo escucha”.

 

“Juez-justo”

Tanto la Primera como la Segunda Lecturas, prefieren adjetivar “Juez-justo” en vez de “Juez Ideal”. En el Libro del Eclesiástico dice que “Dios es un Dios justo” para afirmar -a continuación- que Dios no es parcial. En cambio, entendemos que el texto dice que ¡Dios si es parcial!, Dios es un Juez que no se tiene que parapetar en categorías igualitaristas, su Justica sobrepasa las “equidades nominales”, no se pretende “imparcial” -aun cuando para nosotros, si es justo tiene que ser imparcial- así es la justicia humana, limitada; Él toma partido por el pobre. Dado que el pobre tiene su punto de partida con desventaja frente a los más favorecidos, a los ricos y a los opresores, entonces Dios inclina la balanza a favor del desprotegido para que haya verdadera Justicia. Dios no es un juez de esos que han recibido el “soborno” por debajo de la mesa, Dios es el Juez Ideal, y por eso, el ideal de todo juez que sea verdaderamente ético.

 

Hay que reconocer que los “clientes del Señor”, huérfanos, viudas, pobres, son primeros en su Corazón Misericordioso y que, como leímos en el Salmo, Dios los ve, porque les consagra la atención de sus Miradas y los oye porque les consagra toda la escucha de su Oído. En el Eclesiástico nos ratifica que Dios, Juez-Justo les hace Justicia.

 


En la Segunda Carta a Timoteo, encontramos una doxología: “A Él la Gloria por los siglos de los siglos”. ¿Cuál es el motivo de esta glorificación? Pues ¡precisamente ese!, que Dios es Juez-Justo (2Ti 4, 8d). Se trata de una metáfora que hace alusión a los Juegos Olímpicos. ¿Cómo le hará justicia Dios a Pablo? Dándole la Corona del atleta que ha corrido la carrera y, de principio a fin, hasta llegar a la meta, ha corrido dándolo todo, y no sólo se ha convertido, sino que ha perdurado en su fidelidad. Esta “corona” que era el premio de los atletas en los juegos de la antigüedad, es la metáfora para referirse al “Reino de los Cielos”, y aclara, que ¡no se marchitará jamás!

 

Desaferrarse del yo

Dios nos propone su imagen de Juez-Perfecto para que procuremos vivir en la justicia y practicarla, no para que nos creamos jueces perfectos, lo cual nos convertiría automáticamente en ególatras. El evangelio de este Domingo nos alerta contra ese riesgo de descomunales proporciones. Uno de los temas que repetimos obsesivamente es el del descentramiento en favor de Dios, Único digno de ocupar el centro. Creemos que una de las tareas esenciales de la evangelización es precavernos del peligro de la auto-adoración, de la auto-latría. A la vez, anunciamos que el Centro, el Rey de reyes, Señor de Señores, es Jesucristo, modelo humanizado de la Divinidad, Alfa y Omega; y este tema del Omega, nos invita a estar despiertos y conscientes de la Parusía. El “orante” no se presenta con la “arrogancia” del deportista que llegó a la meta y se ganó la “corona”, por mérito propio, olvidando que, sin la Misericordia del Señor, ni siquiera podría despegar del “punto de partida”, mucho menos, recorrer todo nuestro éxodo para llegar a la Meta. Ilustramos con el siguiente cuento, titulado “Suelta el yo” nos permite adentrarnos en la grave cuestión del orante:

 

.- El discípulo: Vengo a ti con nada en las manos.

.- El maestro: Entonces suéltalo en seguida.

.- El discípulo: Pero ¿cómo voy a soltarlo si es nada?

.- El maestro: Entonces llévatelo contigo.

 

Un hombre se presentó ante Buda con una ofrenda de flores en la mano.

Buda lo miró y dijo: “¡Suéltalo!”.

El hombre no podía creer que se le ordenara dejar caer las flores al suelo. Pero entonces se le ocurrió que probablemente se le estaba insinuando que soltara las flores que llevaba en su mano izquierda, porque ofrecer algo con la mano izquierda se consideraba de mala suerte y como una descortesía. De modo que soltó las flores que sostenía en su mano izquierda.

Pero Buda volvió a decir: “¡Suéltalo!”.

Esta vez dejó caer todas las flores y se quedó con las manos vacías delante de Buda, que, sonriendo, repitió: “¡Suéltalo!”.

Totalmente confuso, el hombre preguntó: “¿Qué se supone que debo soltar?”.

“No las flores, hijo, sino al que las traía”, respondió Buda.


 

Ese aferrarnos con manos crispadas a nuestro propio “protagonismo” (disimulado tras la “ofrenda de flores”), en nuestro caminar hacia Dios requiere ser abandonado a favor de un “ni siquiera atrevernos a alzar los ojos” y en pos de reconocernos “pecadores” necesitados de la Misericordia de Dios. Al “abandono” en sus Manos, en su Justicia-Ilimitada- Bondad-Incomparable, que es tan Amplia que no se deja ganar y que no puede ser derrotada – pero si puede ser bloqueada por la arrogancia.

 

«El hombre debe vivir buscando el Reino de Dios y su Justicia… Para vivirla es necesario aprender a aceptar ser pobres; aprender, de hecho, a negarnos lo superfluo; vigilar para que no surjan en nosotros deseos suscitados desde fuera y aprender a rechazar esas solicitaciones continuas y acosadoras. Es necesario violentarse contra la violencia de la publicidad, contra el poder opresor del capital que me fuerza a servirlo lisonjeándome con calidades, colores, sonidos y voces. Metidos en el bosque embrujado, seguiremos irremediablemente alienados si no nos libera una profunda concentración y una violenta fidelidad a nuestro existir de cristianos y de hombres del Reino.»

 


No sólo hay que orar sin desanimarse, continuamente, perseverantemente; sino que, debemos revestirnos de humildad, de un espíritu sencillo, con el alma verdaderamente puesta de rodillas, figura de abajamiento que en el texto evangélico se plasma con los golpes de pecho, signo corpóreo de reconocimiento de nuestra “nada” que Dios alzará y dignificará en consonancia con El Amor de los Amores. Nada de arrogancias y complejos de superioridad, nada de altanería, de petulancia, de insolencia, no pensarnos propietarios de la salvación, sus detentadores y monopolizadores. “Sólo somos siervos que hacemos lo que tenemos que hacer” y que Dios nos de la gracia de poderlo llevar a cabo.

 

 

sábado, 15 de octubre de 2022

¡ORAR SIEMPRE!

 


Ex 17,8-13; Sal 121(120),1-2.3-4.5-6.7-8; 2Tim 3,14–4,2; Lc 18,1-8

 

La existencia de la oración se apoya en la condición de que tiene pleno sentido dirigirse a Dios de una forma parecida a como un hombre se dirige a otro hombre.

Juan Llopis

 

«La Roca

Un hombre dormía en su cabaña cuando de repente una luz iluminó la habitación y apareció Dios. El Señor le dijo que tenía un trabajo para él y le enseñó una gran roca frente a la cabaña. Le explicó que debía empujar la piedra con todas sus fuerzas. El hombre hizo lo que el Señor le pidió, día tras día. Por muchos años, desde que salía el sol hasta el ocaso, el hombre empujaba la fría piedra con todas sus fuerzas... y esta no se movía. Todas las noches el hombre regresaba a su cabaña muy cansado y sintiendo que todos sus esfuerzos eran en vano. Como el hombre empezó a sentirse frustrado Satanás decidió entrar en el juego trayendo pensamientos a su mente: has estado empujando esa roca por mucho tiempo, y no se ha movido.

 


Le dio al hombre la impresión que la tarea que le había sido encomendada era imposible de realizar y que él era un fracaso. Estos pensamientos incrementaron su sentimiento de frustración y desilusión. Satanás le dijo: por qué esforzarte todo el día en esta tarea imposible. Solo haz un mínimo esfuerzo y será suficiente. El hombre pensó en poner en práctica esto pero antes decidió elevar una oración al Señor y confesarle sus sentimientos: "Señor, he trabajado duro por mucho tiempo a tu servicio. He empleado toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aun así, no he podido mover la roca ni un milímetro. ¿Qué pasa? ¿Por qué he fracasado? ".

 

El Señor le respondió con compasión: Querido amigo, cuando te pedí que me sirvieras y tú aceptaste, te dije que tu tarea era empujar contra la roca con todas tus fuerzas, y lo has hecho. Nunca dije que esperaba que la movieras. Tu tarea era empujar. Ahora vienes a mi sin fuerzas a decirme que has fracasado, pero ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus brazos están fuertes y musculosos, tu espalda fuerte y bronceada, tus manos callosas por la constante presión, tus piernas se han vuelto duras. A pesar de la adversidad has crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que tuviste alguna vez. Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era ser obediente y empujar para ejercitar tu fe en mí. Eso lo has conseguido. Ahora, querido amigo, yo moveré la roca.

 

Algunas veces, cuando escuchamos la palabra del Señor, tratamos de utilizar nuestro intelecto para descifrar su voluntad, cuando en realidad Dios solo nos pide obediencia y fe en Él. Debemos ejercitar nuestra fe, que mueve montañas, pero conscientes que es Dios quien al final logra moverlas.

 


Cuando todo parezca ir mal... solo ¡EMPUJA!

Cuando estés agotado por el trabajo... solo ¡EMPUJA!

Cuando la gente no se comporte de la manera que te parece que debería... solo ¡EMPUJA!

Cuando no tienes más dinero para pagar tus cuentas... solo ¡EMPUJA!

Cuando la gente simplemente no te comprende... solo ¡EMPUJA!

Cuando te sientas agotado y sin fuerzas... solo ¡EMPUJA!

 

¡Los verdaderos amigos son difíciles de encontrar, fáciles de querer e imposibles de olvidar! En los momentos difíciles pide ayuda al Señor y eleva una oración a Jesús para que ilumine tu mente y guie tus pasos. Entrega tus miedos al Señor y pídele con una oración que Jesús te ayude a encontrar el camino que te conduzca a Él.»[1]

 

Muchas veces Jesús nos advirtió que debíamos permanecer vigilantes, esta vigilancia a la que Él se refería es la de la oración. Debemos guarecernos bajo el manto de la oración. La oración es no sólo un ejercicio piadoso sino una necesidad constante de nuestra vida espiritual. Si queremos estar vivos nos es indispensable orar; así como la vida física depende del oxígeno, la vida espiritual respira oración. Sin oración el ser muere y el alma se marchita, se seca.

 

Nuestro cuerpo físico tiene necesidad de descanso y necesitamos dormir, interrumpir la jornada física para reponer fuerzas. Pero Dios no se cansa, no necesita de sueño, Dios no duerme, ni reposa, Dios está siempre en vela cuidando  a su siervo fiel, Israel (Israel significa “el que reinará con Dios”; o “soldado de Dios” soldado que en vez de “vigilar, es cuidado, cuidado y protegido por su Dios).

 


Mientras dormimos, Dios vela, como Padre–Protector que cuida sus “bebés”; o, como nos lo mostró Jesús, como pastor que vela por su rebaño, inclusive por las “ovejas” díscolas.

 

¡Levanta tus brazos y Dios te mirará con Misericordia!

Yo te invoco porque Tú me respondes, Dios mío; inclina tu oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme.

Antífona, Sal 16, 6.8

La página bíblica que da motivo a la Primera Lectura del Domingo XXIX de tiempo ordinario ilustra, a través de la persona de Moisés, al hombre que ¡EMPUJA! «Como ejemplo típico de oración y de intercesión cito el episodio en que Moisés alza las manos en el combate contra Amalec. “Mientras Moisés tenía alzadas las manos prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Se le cansaron las manos a Moisés” [realmente es fatigoso el servicio de la oración] entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol. (Ex 17, 11-12). Es bellísima esta imagen de Moisés que reza hasta el atardecer: es la imagen de los grandes intercesores de la Iglesia, la imagen en la que se inspiran las almas contemplativas que interceden por la humanidad.»[2]


 

Recordamos vivamente cuando Adán rinde cuentas a Dios por su pecado no vacila en echarle la culpa a su pareja, a quien Dios le había dado por compañera “idónea”; Moisés obra de manera totalmente opuesta, se pone del lado de su pueblo, intercede por él, lo defiende “a capa y espada”; toma partido por ellos y no los traiciona ni los abandona. Sostiene sus brazos más allá de sus fuerzas y no se niega a sentarse en la piedra y a dejarse “manipular” los brazos  en favor de los suyos. «… cuando el pueblo llegó al fondo del abismo, bailando en torno al becerro de oro, Moisés halló todavía el modo de defenderlo: “¿Es culpa suya o tuya, Señor? Israel ha vivido tan largo tiempo en el exilio entre los adoradores de ídolos que ha sido envenenado por ellos. ¿es culpa suya si no consigue olvidarlo fácilmente?... Vemos así como Moisés se identifica de verdad con su pueblo»[3]. Lo cual nos enfoca en una forma particular de oración, la oración de intercesión, cuando no oramos por nosotros mismos, o sólo por nosotros mismos, sino que oramos por otros, abogamos por ellos, presentamos nuestros ruegos, nuestras súplicas, por sus necesidades, por sus afanes, por sus dolencias, por su salud, por su salvación. A este respecto el cardenal Martini nos enseñó una caracterización que diferenciaba la oración evangélica de la apostólica. Nos decía que «La oración evangélica esta por lo general en singular: “Señor, ten piedad de mí pecador”, el “Padre Nuestro” está en plural, presupone la conciencia de un “nosotros”, de un pueblo, de una corresponsabilidad, de una solidaridad que nos une los unos a los otros.»[4] Siempre nos sentimos obligados a poner un reflector sobre este “nosotros” que es la conciencia de no ser “islas” sino células del Cuerpo Místico de Cristo, miembros de ese Todo, hermanos, hijos del mismo Padre.

 

Volverá en la Parusía, buscando fe.

La fe supera la idea de un Dios utilizable y la práctica de un uso mágico de la oración, pues el Dios de fe es el fundamento y la profundidad de todo ser, que no admite aproximación que no sea a través de una donación y de una aceptación libres y gratuitas.

Juan Llopis

 

En el Evangelio, parece que Jesús súbitamente cambia de tema, alguien diría que viene hablando de la constancia en la oración, con la parábola del Juez impío y la viuda, y, de repente, le da por hablarnos de la fe y del futuro de la fe en la tierra, es la pregunta de si la fe sobrevivirá en un mundo de impiedad, en una sociedad sin entrañas, con corazón de piedra. Pero no hay tal salto ni tal cambio de temática. Jesús todo el tiempo está hablando de la fe porque la oración simplemente es una acción que se desprende de la fe. Si creemos que Dios existe, que está con nosotros, que nos acompaña ¿cómo podríamos no dirigirnos a Él? ¿cómo podríamos dejar de dialogar con Él? Si uno está vivo respira, le palpita el corazón; si la fe está viva, ora, se abre al Trascendente, se comunica con Él, ora.

 


Un dialogo verdadero no son sólo palabras que fluyen de aquí para allá, sino son además cosas que hacemos, decisiones que tomamos en consecuencia con lo hablado, acciones que vuelven realidad lo conversado, lo pactado, lo convenido. Por tanto, la oración conduce a cambiar la vida y la actitud frente a la vida. Cambiamos no sólo en lo que hacemos sino en la manera como enfocamos todo lo que hacemos: la oración conlleva conversión. «Rezaremos tanto mejor cuanto más profundamente esté enraizada en nuestra alma la orientación hacia Dios. Cuanto más sea ésta fundamento de nuestra existencia, más seremos hombres de paz. Seremos más capaces de soportar el dolor, de comprender a los demás, de abrirnos a ellos.»[5]

 

Los tiempos cambian el lenguaje y los recursos de Dios. San Pablo, el emisario de Dios para Timoteo, (también en muchas cosas y casos para nosotros), plantea en qué roca se sentará y qué (o mejor, Quien) le sostendrá los brazos: La Sagrada Escritura. Tanto es el apoyo que le brindará que no tiene que hablar su propio discurso, la Sagrada Escritura le dará la sabiduría; y, esa sabiduría, gracias a “la fe que se deposita en Cristo Jesús”, es la sabiduría que salva –como dice en la Segunda Epístola a Timoteo, la que “conduce a la salvación”.

 

«MEMORANDUM DE: DIOS PARA TI

Hoy, YO DIOS, estaré manejando todos tus problemas. Por favor recuerda que no necesito tu ayuda.

 


Si te enfrentas a una situación que no puedes manejar, no intentes resolverla.

Te pido amablemente que la coloques en la bandeja (AQSDPH) "Algo que sólo Dios

puede hacer". Me encargaré del asunto en Mi tiempo, no en el tuyo.

 

Una vez que hayas depositado tu problema en dicha bandeja no te aferres más a

él o pretendas retirarlo de allí. El aferrarte o retirar tu problema, solo hará

que se retrase la solución del mismo.

 

Si fuese una situación que tú consideres puedes manejar por ti mismo; te pido

no obstante, que por favor lo consultes conmigo en oración, para que puedas

asegurarte que tomarás la decisión adecuada. Debido a que yo no duermo nunca

ni me adormezco jamás.

 

No hay razón por la cual tengas que perder tu sueño en la madrugada a causa de

las preocupaciones. Descansa en Mí.

 

Si deseas contactarme, estoy a la distancia de una oración. Además considera lo

siguiente: Sé feliz con lo que tienes. Si encuentras difícil el dormir por las

noches, recuerda a las familias desamparadas que no tienen un lecho dónde

dormir.

 

Si te encuentras atorado en el tráfico, no desesperes. Hay gente en este mundo

para quienes tan solo manejar es un privilegio.

 

Quedo de ti, tu amigo de siempre.... ¡Dios!»[6]

 

La oración perseverante entraña una especie de paciencia, la paciencia ardua que el Malo aprovecha para debilitarnos la fe, la paciencia necesaria para esperar “el tiempo de Dios”, el momento idóneo para atender nuestras peticiones.

 

«Un alma enamorada, de dialogo franco con Dios, tal vez le diría ‘Dios, que paciencia hay que tener contigo’. Hay que tener paciencia y

-Aceptar su invisibilidad

-Aceptar sus silencios

-Aceptar el no entender bien sus caminos, ni las condiciones para experimentarlo.

 


“Aun antes de terminar la plegaria puede Dios mandar… una respuesta. Más podría darse el caso de pasar por la prueba de esperar años, de agotarse, de desilusionarse, y hasta de desaparecer. Entonces, cuando no hay nada ya que esperar, suele venir Él mismo para resucitar…, para imprimirle una nueva andadura con Él. Sólo entonces se entiende la espera, sólo entonces se entiende que Él estaba presente ‘de otra manera’»[7].

 

 



[1] Agudelo C, Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU 3. Ed. Paulinas Bogotá- Colombia 2006 pp. 76-78

[2] Martini Cardenal, Carlo María. VIVIR CON LA BIBLIA. Ed Planeta Santafé de Bogotá Colombia 1998 pp. 152-153.

[3] Ibid.

[4] Martini Crnal., Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR Ed. San Pablo Santafé de Bogotá – Colombia 1995 p. 469

[5] Benedicto XVI, JESÚS DE NAZARET, I PARTE. Ed. Planeta. Bogotá Colombia 2007 p. 163.

[6] Agudelo C, Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU 2. Ed. Paulinas Bogotá- Colombia 2006 pp. 99-100

[7] Archimandrita Basilios, DEL EROS AL DESPOSORIO. LA VIRGINIDAD POR EL REINO DE LOS CIELOS, en  “VIDA RELIGIOSA”, 66 (1989) 199. Citado por Caballero, Nicolas cmf. PARA FORMAR ORANTES. LA ORACIÓN ESENCIA DE UN PROYECTO FORMATIVO I. Ed. Publicaciones Claretianas Madrid – España 1994. P. 147

sábado, 8 de octubre de 2022

LA GRATITUD

 


2Re 5, 14-17; Sal 98(97), 1. 2-3ab. 3cd-4 (R.: cf. 2b); 2Tim 2, 8-13; Lucas 17, 11-19

 

El secreto de la felicidad es vivir cada momento y agradecer a Dios por todo lo que en su bondad nos envía, día tras día.

Santa Gianna Beretta Molla

 

Llevar a Dios en una carga de tierra.

“Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.  ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!” (Lc 14, 13-14). Es muy difícil para los ricos entrar al reino de los Cielos (Mt 19, 24). ¡Jesús prefiere a los pobres!

 

En la Primera Lectura 2Re 5, 14-27, «Naamán es curado de su lepra», si, vamos a la Biblia y leemos lo que sigue encontramos a Guejazi que cambia su salud -víctima de la ambición- por lepra.

 

Naamán quiere adorar en lo sucesivo tan sólo a YHWH, pero, como es el edecán del rey de Siria, necesita el permiso de Eliseo para poderse arrodillar cuando el Rey “se apoye en su brazo” para rendir tributo a su dios en el santuario de Rimón (cfr. 2Re 5, 18). Hay gratitud por haber sido sanado, pero Naamán quiere seguir con un pie en cada barca y Yahvé es un Dios-Celoso. Es difícil entender la asociación que hace Naamán entre la tierra de Israel que él pueda trasportar a lomo de mula para construirse su propio altar de adoración y ofrecerle sacrificios, como si Dios estuviera ligado a la tierra -típica cosificación de la relación con Dios-, mientras que, sabemos por la Sagrada Escritura que ¡YHWH no está atado a la tierra sino a su Pueblo, a las personas que lo conforman! Dios es un Dios transeúnte, itinerante, nómada, que acompaña a su pueblo. Acompañó a Abrahán, acompañó a Israel (Jacob); acompañó a su pueblo en Egipto, dónde viéndolo sufrir, sumido en la esclavitud, designó a Moisés para que liderara la salida-liberación de Egipto; y, luego, los acompañó en su vagar por el desierto durante 40 años, sin perder de vista que iba como Columna de Fuego en la noche y como Nube -que les daba sombra- durante el día. además, los alimentó y les dio de beber durante todo este tiempo, los sanaba sí eran picados por serpientes con sólo mirar la Serpiente de Bronce levantada por Moisés en una asta; todavía más, les permitió cruzar el Mar sin mojarse los pies. Por tanto, Dios va con nosotros aun cuando Naamán no alcanzaba a comprender esto y su teología lo suponía ligado a unos cuantos bultos de tierra, como si a Dios se le pudiera aprisionar.


 

Sin embargo, Eliseo, el profeta –la voz de Dios- no se lo impide, ni lo corrige, ni lo refuta en modo alguno. Podríamos afirmar que Dios le acepta este culto conforme con la teología de Naamán aun cuando no sea conforme con el culto que YHWH espera de los miembros de su Pueblo-Escogido. Lo importante aquí son las manifestaciones de “gratitud” de Naamán, como reza en el adagio popular “cada quien da de lo que tiene” y desde el enfoque pagano de los Sirios de la época, este era el tributo del creyente a sus dioses, luego, le es aceptado y el Señor se los recibe, los acepta como un incienso que le es grato.

 

Reflexionemos sobre la rotunda negativa de Eliseo de aceptar el “regalo” que le ofrece Naamán, recordemos que todo amor –y el amor de Dios que sana, que salva es Amor-Ágape, o sea amor de gratuidad- no se compra, ni se vende, ya que todo amor que se comercia, que se mercantiliza es “prostitución”; al Amor de Dios sólo se puede corresponder con nuestro culto, porque “el amor con amor se paga”.

 

Los clientes de YHWH.

¡Adelante, la redondez de la tierra como un canasto que se sacude!

¡Ríos, aplaudid, y que se alisten las montañas,

porque ha llegado el momento en que Dios va a "juzgar" a la tierra!

¡Ha llegado el día del rayo del sol, y de la radiante nivelación de la justicia!".

Paul Claudel

 

La palabra cliente parece provenir –etimológicamente hablando- de la raíz indoeuropea klei, kli, que significa “inclinarse”, “apoyarse en”, (de hecho, la palabra clínica proviene del griego kliné, que significa cama, que también deriva del indoeuropeo “reclinarse”). Entre los romanos, cuando un fuereño llegaba a Roma “apadrinado” por un patricio, ese era un cliente, y el patricio era su patronus; castellanizado “el patrón”. Nosotros hemos venido hablando del patronato de Dios sobre unas personas a las cuales Él brinda especial protección, cuidado y defensa; los llamamos los “clientes del Señor”, se trata de los pobres, los desamparados, los marginados, los expatriados, los desplazados, los extranjeros, los explotados, los ancianos, los niños, los huérfanos, las viudas, las mujeres, en general, todos los subyugadas (puestos bajo algún yugo), incluidos los enfermos de toda laya, trátese de ciegos, sordos, paralíticos, leprosos, poseídos, endemoniados.

 

Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor

Es lo que leemos en el verso 4 del Salmo que entonamos para este Domingo. En otras versiones leemos הריעו ליהוה כל־הארץ פצחו ורננו וזמרו׃ “Canten a Dios con alegría habitantes de toda la tierra, cántenle himnos con estallido de júbilo”. Es una catolicidad con in-culturación, que la religión de YHWH no es exclusiva ni excluyente, permite acceso a todos, como ya empezábamos a comprender con San Pablo Οὐκ ἔνι Ἰουδαῖος οὐδὲ Ἕλλην, οὐκ ἔνι δοῦλος οὐδὲ ἐλεύθερος, οὐκ ἔνι ἄρσεν καὶ θῆλυ· πάντες γὰρ ὑμεῖς εἷς ἐστὲ ἐν χριστῷ Ἰησοῦ. “Ya no hay diferencia entre quien es judío y quien es griego, entre quien es esclavo y quien es hombre libre, no se hace diferencia entre hombre y mujer. Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús”. Gal 3, 28. Así todos son acogidos, todos pueden adorar a este Dios Misericordioso, cada uno con su idiolecto cultural propio (lo que quiere decir que podemos ser Iglesia, con un culto unificador –no uniformizador-; que se acogen también las expresiones propias de cada cultura, como vemos en otros ritos católicos: además del romano, está el rito copto, el maronita, el melkita, el sirio, el armenio, el caldeo). Y con canticos y danzas litúrgicas que lejos de significar desunión, respiran con amplias bocanadas, los aires de la identidad cultural y cultual, de la unidad en la diversidad.

 


Entonces, ¿en qué reposa la unidad? Leámoslo en el Catecismo de la Iglesia Católica, numeral 815: "Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:

— la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles;

— la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos;

— la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14; CIC, can. 205).

 

No existe ninguna llamada a luchar por la implantación de la fe a “sangre y fuego”. Y esta afirmación reviste capital importancia, puesto que, la nuestra no es una fe que se impone por violencia o por cualquier otro medio; nuestro único medio es el amor. El profeta Jeremías hablaba de “seducción” porque los medios de que se vale el Amor de Dios y el anuncio de su palabra son similares a los que usa el enamorado para alcanzar el corazón de la amada: tiernos gestos de infinita ternura, y de dulce galantería. Nuestro error evangelizador, en más de una oportunidad, ha provenido de una concepción torcida de las vías evangelizadoras que se han tomado como de posible “imposición”. ¡Urge erradicar este yerro!

 

Aquí está comprometida la catolicidad de nuestra fe, Cat´Olon, significa universal, ¡si! Pero, especialmente, significa, ¡no sectaria! El salmo nos convoca, más bien, a hacer notar, a llamar la atención a ‘permitir que otros vean lo que no alcanzan a notar; que los alcance la noticia que ningún noticiario les ha hecho llegar. ¡La Buena Nueva! Por encantamiento, por enamoramiento, ¡no y nunca por la fuerza!

 

Ser-Dios significa Dios-Fidelidad

En la 2da Carta a Timoteo nos encontramos enfrentados a la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo como a uno de esos puntos nodales de la profesión apostólica de fe. Ese “punto nodal” lo es hasta tal extremo que San Pablo se vio arrastrado a llevar cadenas y hasta dar su vida. Observemos, que el encadenamiento del “evangelizador” no significa el encadenamiento del “Evangelio”. Más bien al contrario, un evangelizador encadenado le da alas al Mensaje, la convierte en Buena Noticia, para poder compartir y hacer partícipes a otros, a muchos, de esta verdad salvífica, que nos abre las puertas a la gloria eterna.

 

En los versos 11 y 12 se nos muestra una simetría perfecta:

a)    Si hemos muerto con Él,                               con Él viviremos

b)    Si sufrimos pacientemente con Él,               también con Él reinaremos,

c)    Si lo negamos,                                              Él también nos negará.

Pero, abruptamente, en el verso 13 se rompe la simetría: εἰ ἀπιστοῦμεν, ἐκεῖνος πιστὸς μένει,

            “Si somos infieles,…                                     Él permanecerá fiel”.

En el propio verso 13 se nos da la explicación teológica: porque su justicia no es reflejar nuestra infidelidad sino continuar con ese atributo de la Divinidad; ya que si Él incurriera en infidelidad sería hombre-caído y no Dios. Por eso, “Él permanecerá siempre fiel porque no puede desmentirse a Sí mismo” actuando al contrario de lo que Él es, porque la naturaleza de Dios es Fidelidad.

 

Agradecidos – vs- ingratos

«Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado. Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

San Josemaría Escrivá

Camino #268

 

 

El tema tratado en el Evangelio es la celebración del agradecimiento. Un agradecimiento dirigido a Dios: “Alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.” Lc 17, 15b-16a. Pongamos el foco en la palabra εὐχαριστῶν eucaristón del verbo εὐχαριστέω “dar gracias”, “recibir con gratitud”, “agradecer”, donde distinguimos una clara consonancia con la palabra Eucaristía, “Acción de Gracias”. Miremos la raíz χαρισ [jaris], (χάρις, ιτος, ἡ) «este término “de la gracia” –“charitos”. Viene decharis”, gracia, de la que derivachará”, alegría, y también la palabra “gratis” usada por Pablo para indicar la acción de Dios que perdona al pecador sin ningún mérito suyo»[1]

 

Sentimos que la gratitud no es ningún “chip” que uno ya trae en la cabeza, como se ha dado en decir. La gratitud se aprende y se aprende en el hogar. ¡Si, en el seno familiar! Si todo se recibe, sin merecimiento y sin gratitud, se crece creyendo que se “es mejor que sus padres”, y “mejor” que todos los demás. Esto trae como consecuencia pensar que todos están obligados, que todos deben darle, que el mundo y, hasta Dios mismo, tienen que “servirle”, tenerlo contento, darle gusto; si no, … viene la pataleta. A este gremio de los que piensan que “se les debe todo” pertenecían nueve de los diez leprosos. Sólo uno de ellos estaba alfabetizado en el significado de la gratitud y se sintió llamado, es más, quiso expresar, externalizar la “alegría de su corazón” por el “favor” recibido. Precisamente porque pudo reconocer el “don” recibido”. Ya en otras ocasiones nos hemos referido -lo que también nos priva de la gracia y de la gratitud- a quienes buscan milagro con pistola; sin dudar, pretenden chantajear a Dios, coaccionarlo para que obre a su favor, no falta el que lo amenaza, y –alguna vez lo mencionamos- hasta dejan la Iglesia y abandonan su fe, porque Dios no les dio gusto.

 


Queremos subrayar cómo acoge Jesús esta gratitud: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. ¿Qué se entiende?, que el Samaritano (siempre un extranjero, considerado ajeno al judaísmo oficial), tiene fe, que Jesús lee esa fe en su gratitud, que los otros nueve no tenían fe y, en consecuencia, aunque quedaron limpios no lograron nada más, lograron una cosa pasajera, momentánea, algo que no les iba a durar mucho; en cambio, el Samaritano logró un bien eterno. “La Salvación”. La gratitud brota de la consciencia de haber sido sanado por la intervención de Dios, no por ninguna otra causa, quizás lo otros nueve creyeron que se habían sanado porque sí, creyeron haberse sanado como el que piensa que la afección se “envejeció” y se acabó, porque se murió; no, este samaritano viene a agradecer porque reconoce el poder de Dios en acción, reconoce su salud como la obra de Jesús: ¡eso es lo que Salva!

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 



[1] Martini, Card. Carlo María. LAS CONFESIONES DE SAN PABLO Ed. San Pablo 6ta reimpresión Bogotá – Colombia 2005 p. 127