sábado, 25 de marzo de 2023

¡DESATENLO!

 

Ez 37,12-14; Sal 129,1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8; Rm 8,8-11; Jn 11,1-45

 


La Resurrección es una vida que no ignora la muerte, sino que más bien pasa a través de ella, dándole su verdadero significado.

Silvano Fausti

 

Los que odian la Vida, siguen seguros y convencidos que derrotaran a Jesús. Pero algo verdaderamente deleznable es la complicidad de los indiferentes. Sinceramente nos preguntamos: ¿Cuántos de nosotros andamos por allí con la pasividad de los maniatados? ¿Cuántos avanzamos pesada y dificultosamente porque la mortaja nos impide dar pasos libremente? ¿En cuántos ha venido a habitar en el corazón el virus del desaliento y la desesperanza? Hay, en la perícopa del Evangelio Joánico, una palabra que nos parece clave: En el verso Jn 11, 44 aparece Λύσατε, que viene del verbo λύω, significa “desátenlo”, “libérenlo”, “quítenle las ataduras”, “des-alienen-lo”. El muerto, al ser amortajado, queda como atado, amarrado, impedido de moverse, de avanzar. Pueden llevarlo y ponerlo donde se les ocurra, donde a cualquiera otro se le antoje. Muchos estamos aguardando que el Señor venga y nos llame con su Voz Potente, que es el “llamado” que nos saca, el Llamado que realmente nos libera. ¡Todo esto sucedió para que creamos que a Jesús lo ha enviado el Padre!


 

¿Qué significa Jesús? Significa “Dios Salva”, “YHWH es salvación”. Y, de ello podríamos derivar la caleidoscópia de sus implicaciones. Pero, una y otra vez resurge la pregunta: ¿De qué nos salva Dios? O, ¿Cómo salva Dios? Y el Evangelio de Juan, en el capítulo 11, que es el que se proclama en este V Domingo de Cuaresma, es una página bíblica que se aboca a contestar ese interrogante que se había vuelto neurálgico en el momento histórico que le correspondió vivir y en el que se movió la existencia de la comunidad joánica donde se redactó. Esta comunidad se vio enfrentada a la persecución y a una de sus consecuencias, tener que entregar la vida en martirio. También se vieron expulsados de la Sinagoga, y desplazados de las comunidades judías, predominantemente fariseas del momento. Fue el momento en el que tuvieron que segregarse del judaísmo.

 

Este texto plantea, pues, un interrogante de no poca monta para esas comunidades y  esencial para nuestras comunidades de hoy: ¿Nos salva de la muerte? Pero, si de todos modos vamos a morir, entonces ¿de qué es que nos salva? Para nosotros, hoy, se plantea urgente poder responder al asunto de la mal llamada “resurrección de Lázaro” ya que Lázaro, simplemente aplazó su muerte, pero, de todas maneras, más adelante murió. Es decir, se pone a la orden del día el interrogante sobre la “vida perdurable”, esa que enunciamos a veces diciendo “no morirá para siempre”. A un paso de celebrar la Semana Santa, entonces, encaramos además la pregunta sobre la –esa sí verdadera- Resurrección de Jesús, que se levantó de la tumba para nunca más morir. Habría entonces, por lo menos dos clases de resurrección, que –como truco gráfico- podríamos distinguir, poniendo la una con “r” minúscula, mientras la otra, la escribiremos con mayúscula, para distinguir la que sólo es aplazamiento de la otra, que es paso a la “Vida Eterna”. Pero más allá del asunto de su


distinción, al escribirlas, está lo verdaderamente interesante: ¿Qué es qué?

 

Anticipemos la existencia de una muerte irreversible, que sería la que acarrea el pecado, ese grave pecado que nos cierra las puertas a la  vida perdurable y que por eso merece el calificativo de “pecado mortal”.


 

Ganamos un punto de comprensión si a la Resurrección a la Vida Eterna le planteamos dos condicionantes:

·                      Haber aceptado en Jesús –nuestro Dios y Salvador- la posibilidad de una Vida más allá de la “muerte física” (por llamarla de alguna manera), y

·                      Morir (la muerte física) en Estado de Gracia, es decir, libres de las consecuencias del Pecado Mortal.

 

Habría, por otra parte, una muerte rotunda, sin la esperanza de ningún “Después”, la muerte de quien haya vivido sin alcanzar y disfrutar de la Victoria de Jesús sobre la muerte, Victoria que consiste no en librarse de la muerte que hemos llamado física, sino en poderla trascender para alcanzar el Don de la Vida Perdurable; que dicho sea de paso, es la vida en plenitud, que consistiría en la intensificación de todo lo que reboza” vida, de todo lo que destella plenitud, de toda perfección imaginable, vida indefectible.


 

Un signo es, por definición, –no lo olvidemos- algo que, nos habla de otra cosa. Recordemos aquí, muy venido al caso, que en San Juan no se llaman “milagros”, los portentos hechos por Jesús, sino “signos”. Es así como tenemos que abordar esta página bíblica, conscientes de que no nos habla de la Resurrección, sino de la resurrección, pero nos la indica, constituyéndose en un signo de aquella, apuntando a la vez que preludiando la que sucederá en Jerusalén, esta antesala, ocurre a contada distancia de la siguiente, en בית עניא Betania (casa de frutos), y los frutos que allí se cosechan son los muchos que creyeron en Él.

 

¿Cómo es que una “resurrección” se constituye en “signo” de la Resurrección? Pues, cuando ya habían pasado los días en que toda “marcha atrás era imposible”; ya olía, ya la descomposición había empezado, la muerte había sembrado las señales inconfundibles de su victoria, ya era imposible que estuviera vivo, y sólo el poder de Dios, actuando por medio del Quien se llama “Dios salva”, podía Vencer.

 


Es por eso que Jesús se demora, Él, en su infinita bondad, sabiendo que este “signo” nos era necesario, deja que trascurra el plazo, para que luego, cuando Él lo traiga del mundo irreversible, a todos nos sea visible su Victoria, ¡la Gloria de Dios! Es por eso que Jesús se demora, no es un capricho, teníamos que ver que no era que estaba “dormido”, no era que estuviera “cataléptico”. Era que estaba muerto, pero muerto-muerto y “bien muerto”; y, pese a eso, hasta los muertos le obedecen.

 

La demora de Jesús, que María de Betania le reprocha, era necesaria para ti y para mí, para que pudiéramos creer, no en la resurrección, porque esa la hemos visto varias veces, aún en ciertas situaciones clínicas, donde se logra con maniobras de resucitación; sino en la que no podemos ver y sólo podremos testimoniar cuando la estemos disfrutando.

 


Las palabras claves son aquellas que regentan la significación de un texto. Cuando procuramos su exegesis, nos aferramos a ellas, que estimulan la mejor captación del mensaje. En Jn 11,33 tenemos una palabra muy notable: ἐμβριμάομαι [embrimaomai] “se conmovió”, a veces se traduce por “se estremeció”, pero en esta palabra griega se incorpora la producción de un sonido que viene de la respiración alterada por la “compasión”. En una sola palabra se contiene el conjunto “se conmovió intensamente sollozando”. Conmoverse es una reacción fundamental en Dios, que no es un ser inalterable, como se le concebía antiguamente, impasible.

 

«Los minutos son largos, la noche se hace interminable. Pero el centinela “sabe” que la aurora vendrá ciertamente. ¡Con qué impaciencia, el vigilante, acecha los primeros rayos, los primeros signos de la aurora! Ahora bien, a quien espera el creyente, es a Dios. “Mi alma espera al Señor más que el centinela a la aurora”. Jamás se dio una mejor definición de la esperanza.»[1]

 


Todavía tenemos otro detalle que, a nuestro parecer, no se puede quedar en el tintero: Se trata del verso 44, donde leemos –refiriéndose a Lázaro- que: “El muerto salió, atado de pies y con las manos vendadas, y su rostro envuelto en un sudario.” Ante lo cual, recogemos el siguiente comentarios: «La vida nueva depende de la acción solidaria y amorosa de la comunidad. “Y Jesús gritó en alta voz: ¡Lázaro, ven afuera!” (11, 43). ¡Atención! La comunidad es la que ayuda a resucitar a Lázaro, desatándole las manos y los pies. La comunidad es la que le devuelve la vida a sus propios miembros, la que ayuda a liberarse del miedo de la muerte, del miedo que paraliza. En el grito de Jesús y de la comunidad está el amor por la vida. Todos y todas están llamados a salir del sepulcro, a asumir el compromiso con la justicia y, si fuere necesario, entregar la vida libremente: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto” (1, 2; cf. 10,18)»[2]

 

…la acción liberadora de Jesús. Pero su acción liberadora quiere comprometer a todos los que lo siguen… La acción liberadora de Jesús implica nuestra práctica de liberación: desatar a las personas de todos los lazos que las sujetan a una situación de muerte. Al obrar así estaremos continuando lo que Jesús hizo, con el fin de que todos tengan vida en abundancia.[3]

 

Nosotros estamos llamados a correr a desatar, a tener frente al momento, una actitud liberadora. La seguridad de la victoria de Dios. No podemos quedarnos apabullados, ni arrinconados y temblorosos. Tenemos que com-padecernos como Jesús, llorar con los que lloran, orar por los que “han dado el paso”, reír con los que ríen, con los que logran superar la enfermedad; lanzarnos a la acción solidaria, alentadora, fraternal, esperanzada. Es hora de aguardar la Voz que nos resucitará.

 


No lleves cuentas, Señor, de nuestros delitos, porque tu Misericordia se volvería escabrosa, dejaría de ser lo que es, Pura Ternura; usa más bien con nuestra debilidad de tu Perdón. Al recorrer estas Lecturas y su reflexión orante, demos el salto gigantesco para pasar de la muerte solipsista a la conciencia de nuestra común mortalidad y también de la común Pascua que nos llevará a la Vida Perdurable, y con clara solidaridad intercedamos unos por otros para alcanzar todos juntos la Meta y que ninguno se pierda. ¡Que a todos nos llame el Señor a despertar en la Eternidad!

 


Inevitablemente habrá los que –una vez superada la crisis- correrán donde los fariseos, a fraguar y complotar para matar al que da la Vida (Jn 11, 46-53). Porque los esbirros de la muerte no descansan intentando maniatar a “YHWH-el que-desata”, al Liberador. Pero su Luz Resucitada, no se detiene su Avance es incontenible. ¡Preparemos para mirar Al-que-Traspasaron! Pero a mirarlo Glorioso, Victorioso, ¡Resucitado!

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. GUÍAS PARA LA ORACIÓN Y LA MEDITACIÓN COTIDIANAS. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996 p. 215 Meditando el Salmo 129

[2] Centro Bíblico Verbo. LA NUEVA VIDA NACE DE LA COMUNIDAD. EL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo. Bogotá Colombia 2010. p. 82

[3] Bortolini, José. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE JUAN. EL CAMINO DE VIDA. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2002. p. 123

sábado, 18 de marzo de 2023

CELEBRAMOS LO QUE PREVEMOS

 


1 Sam 16, 1b.6-7.10-13; Sal 22, 1-6; Ef 5, 8-14; Jn. 9,1-41

 

“Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos la aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad”.

Antífona de Entrada


 

Tenemos en mente aquel milagro del Padre Pio: Anna María Gemma di Giorgio es una “ciega de nacimiento”, que sanó con la intercesión del Padre Pío… todavía está ciega oficialmente, ¡pero ve! Para mí es un ¡milagro viviente! Todavía tiene sus ojos sin pupilas, con unas opacidades blancas feas, que repugnan, ¡pero ve! Todavía es “oficialmente ciega”, recibe el subsidio del gobierno como ciega, ¡pero ve perfectamente!

 

El nombre completo es Anna María Gemma di Giorgio, que nació en la Nochebuena de 1939. Hay una Película del Padre Pío en la que sus ojos se ven bien, con las opacidades, sin pupilas, ¡y se ve que Gemma ve!: Coge flores y va diciendo sus colores, atraviesa la calle sola, echa agua en una botella, ¡ve!… y se ven sus ojos sin pupilas, con opacidades grises y blancas. 


 

Evidentemente, como lo hemos dicho arriba, el Padre Pio no podía “crearle unos ojos nuevos a Gemma, pero Dios le permitió la vista por intercesión del Padre Pio. Tampoco Gemma era ciega por el pecado de sus padres o por los de ella, era ciega sólo para que se revelara la acción de Dios en ella. ¡Gloria sea dada al Señor, por los siglos de los siglos!

 

«Papá Adán y mamá Eva (Gn 2, 7. 21-23)

Nos cuentan las viejas historias, cuando todavía no se había inventado el papel ni la imprenta, que Dios, después de haber hecho la luz y las estrellas, los peces de todo tamaño, la tierra, las rocas, las montañas y los precipicios con todos los animales que los habitan, vio todo, se dio cuenta de que no le había salido tan mal la cosa, y decidió coronar la creación con algo “súper”. Pensó: -¿Qué haré? ¿Algún ángel con diez motores y cuatro alas? ¿Un mundo nuevo en el cual se apriete un botón y salgan las ideas y las buenas acciones, como quien presiona un botón de una máquina expendedora y se llena un vaso con gaseosa? ¿O, por qué no, un paraíso en serio, donde gocemos de una eterna primavera: sin inundaciones, sin terremotos, sin sarampión, ni sarna, ni conjuntivitis, ni cáncer, sin inflación, ni recesión, ni desempleo, ni contaminación ambiental; con “el agujero de Ozono” zurcido de nuevo; sin corrupción, sin villas miseria, ni miserables en las villas, sin dolor, sin estrés, sin… sin…? Y siguió pensando, mientras se rascaba la cabeza y jugaba con su barba…

 

Entonces, como si se hubiera encendido una luz vieja descubrió lo que siempre quiso: haría un hombre y una mujer, mejor que la más bella piedra, el más jugoso fruto, la más ágil gacela… Mejor que lo mejor hecho en los primeros cinco días de trabajo. Y una vez que pensó, obró. Y esa obra tuvo dos nombres: Adán y Eva. Hombre y mujer. Miró el fruto de su buena idea y no pudo menos que pegar un fuerte grito: -¡Aleluya, jupi-jupi! Y se acostó a descansar pues la jornada había sido dura: hacer un pequeño mundo que resumiera y perfeccionara todo, no era pavada…

 


¿Qué significa todo esto? Que tanto vos como yo, nacimos hace muchísimo tiempo, cuando los ríos daban sus primeros pasos. Que tanto vos como yo nos llamamos Adán y Eva. Que tanto vos como yo tenemos necesidad de reír y de llorar, luchando por la vida, pero no contra la vida. Que tanto vos como yo caminamos hacia un punto final, hacía allí donde nace el arco iris.

 

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Nadie nace hoy: todos hemos nacido “ayer”. Todos somos un poco Adán y Eva, santos y pecadores. En ellos está nuestra “marca de fábrica”. Pensemos cómo devolver, a esa marca, la imagen y semejanza de Dios, sanando sus heridas.»[1]

 

 

 

La sexta señal es un Acto Creador

En el versículo 6 del capítulo nueve del Evangelio según San Juan, de donde tomamos la perícopa correspondiente a este Cuarto Domingo de Cuaresma, ciclo A, leemos: “Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos”…

 

A todas luces, este versículo guarda una sorprendente conexión con aquel otro del Génesis: “Entonces Dios el Señor, formó al hombre de la tierra misma, y sopló en su nariz y le dio vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente. Gn 2, 7.


 

Establecida esa relación entre estos dos versículos, uno del Segundo Testamento  y el otro del Primer Testamento; podríamos leer el gesto de Jesús como que Él, Dios-Hijo, obra igual que su Padre y crea con el barro. Se trata de la creación de “unos ojos nuevos”, porque los ojos de un ciego de nacimiento no sirven, no pueden ser “reparados”, entonces Jesús crea unos nuevos ojos para que este ciego pueda por fin ver. No se trata de una recuperación de la vista; se trata de darle el ciego algo que él jamás había tenido, simple y sencillamente, porque nació con los ojos “dañados”.

 

“Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.” 9,32. O sea que Jesús es el único Alguien capaz de hacer tal; porque no es un hombre común y corriente; es el Hombre, el “hijo del hombre”. Mejor dicho, esta es la prueba de que Jesús es el Enviado, la demostración del mesianismo de Jesús. Este “Jamás se oyó contar…” que pronuncia el ciego de nacimiento, es teología de altísimo vuelo, como lo es todo su discurso testimonial:

 

 “El hombre contestó: ‘Esto es lo maravilloso, que ustedes no entiendan de dónde es un hombre que me abrió los ojos. Todo el mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores sino a los hombres buenos, que hacen lo que Dios quiere… Si ese no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada’”. Jn 9,30-31. 33.


 

No se puede dejar de lado una idea de San Ireneo sobre la creación del Hombre que afirma que mientras Dios Padre creaba al ser humano, lo que tenía en mente, mejor dicho, el modelo–tipo que tenía en mente era Jesús. Dios-Padre, que vive en la Eternidad, crea al hombre, inspirado en su propio Hijo, que era ya antes de todos los tiempos. Pero, ¿a cuál Jesús se remite, como paradigma para su criatura? «Cristo es el modelo ideal del hombre. Pero Cristo vivió sometido a las leyes comunes del desarrollo humano; ¿en qué etapa, pues, de su vida sirvió Cristo de ejemplar al Padre en la formación del hombre?... el modelo de Dios en la creación del hombre fue el Verbo Humanado, cabeza de la creación, en unidad con sus miembros los santos, en la consumación final de los tiempos… Por eso responderíamos que el ejemplar del hombre, a que Dios miraba, fue la humanidad gloriosa de Jesús. Sólo Cristo resucitado constituye el hombre perfecto, a cuya imagen y semejanza fue plasmado el cuerpo de Adán[2]

 

El ciego ve lo Divino de Jesús

Cuando el Ciego-de-nacimiento rinde su firme y valiente testimonio sobre Jesús, el castigo que se le impone es la expulsión de la Sinagoga. A este ostracismo, a esta expatriación, es más, a esta excomunión que implica desvinculación de la comunidad, valga decir, cierre a todos los medios de subsistencia (como lo mencionamos en otro lugar, la excomunión respecto de la comunidad implicaba casi una pena de muerte porque segregados de la comunidad era prácticamente imposible allegar los recursos mínimos para la conservación de la vida); pero no queda sólo, es acogido por Jesús (por su comunidad), como lo leemos en los versículos 9, 35-39.


 

Cuando Jesús le dice que Él es: “Lo has visto, es el que está hablando contigo”. Respondió: Creo Señor. Se produce un fenómeno muy particular: El antes- ciego ha recibido unos “ojos” muy especiales, son los ojos poderosos de la fe, porque pueden ver aquello que los videntes-normales no son capaces de ver. «…santo Tomás, al principio del capítulo LIII del Libro III de la Suma contra gentiles, al tratar del lumen gloriæ, nota que, para ver a Dios, es necesario que la inteligencia creada reciba de Dios una semejanza especial con Él. Es imposible, dice, que la esencia divina se haga forma inteligible de un entendimiento creado, “si no participa de alguna semejanza con la divinidad”. Y en la Suma (I, q 12, a 5c y ad 3), esta semejanza es llamada por su verdadero nombre: “El lumen gloriæ, dice hace a la criatura deiforme: Y por esta luz, los bienaventurados se hacen deiformes, esto es, semejantes a Dios,… Pero ya desde ahora son deiformes los justos en virtud de la gracia santificante por la que Dios se les comunica. La gracia es esta semilla de Dios en nuestras almas, tan estrechamente relacionada con el lumen vitæ de los bienaventurados, que excluye por sí misma toda tiniebla de pecado (1Jn 3,9). Es luz, aunque todavía no deslumbradora, porque es la iluminación de la esencia de nuestras almas por Dios, luz increada, lumen vitæ (Jn 8, 12).»

 

El otrora ciego se cristifica

 

Los fariseos están convencidos de que su modo de ver es el justo, ya que para ellos la ley representa lo absoluto, aunque la ley también provenga de Dios, y en consecuencia sacrifican a la ley, a Dios y al hombre: disponiendo de unos buenos ladrillos, en lugar de construirse una casa, han optado por construirse una prisión.

Silvano Fausti

 

Este ciego llega a participar de una de las peculiaridades del Resucitado: su irreconocibilidad. Se traemos a la memoria todos los pasajes donde el Resucitado se presenta ante quienes lo conocían muy bien, ahora, no lo pueden reconocer. Pues es eso exactamente lo que le pasa al antes-ciego; la gente está dividida, unos creen que es él, otros opinan que no, que es uno parecido. Hasta tal punto llega la duda que es necesario apelar a los propios padres para saber si es o no es. Ese es el punto de tangencia entre Jesús y el ciego sanado, el ciego que adquiere la visión. Este parecido nos dice que se han llegado a igualar en “algo”; lo que pasa es que Jesús al obrar en él esta “señal” lo incorpora a su Cuerpo Místico, siendo así, pasa a formar parte de la comunidad de los creyentes, del pueblo llamado (todo “llamado” es también “enviado”; es más, todo aquel que es llamado lo es para recibir la misión de ir.

 

Jesús ha sido enviado por el Padre, ahora, después de crearle unos “ojos nuevos” Jesús lo envía a lavarse en el pozo de Siloé: Él va y se lava y regresa βλέπων “viendo”.

 


«…es doctrina de Santo Tomás[3]: “Nada puede recibir una forma superior más que a condición de ser elevado a la capacidad necesaria para esta forma por una previa disposición… Es necesario, por lo tanto, que esta unión –la unión propia de la visión en el cielo- comience por una mutación de la inteligencia creada. Mutación, que por otra parte, no puede realizarse más que por la adquisición de una nueva disposición en la inteligencia creada” (Cfr. 3 Contra gent. 53). Esta disposición al acto y a la operación, que es al mismo tiempo mutación de la potencia y el acto, constituye el lumen gloriæ, así llamado porque se llama luz a “aquello que perfecciona el espíritu con relación a la visión”.»[4] Es por esto que el antes-ciego, no solamente cuenta con la visión normal de las otras personas, sino que aparte de eso, posee una visión especial, que le permite descubrir con evidencia, que quien le dio lo que él nunca antes tuvo –según todo el mundo lo sabía- tiene que ser el Mesías. Por eso, tan pronto Jesús se identifica, él –por su parte- se postra ante Él. Porque su espíritu se ha perfeccionado con la “luz” que le “aclara la visión”.

 

Estructura de esta perícopa del Evangelio de San Juan

Está completamente fuera de nuestro alcance intentar una exégesis más completa de esta pasaje tan rico, además como catequesis bautismal, como también lo era el evangelio del Domingo 3ro de Cuaresma, el de la Samaritana al borde del pozo. «”Padres y padrinos, a ustedes se les confía el alimentar esta luz para que su hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la Luz. Y perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos en el cielo, al encuentro del Señor”

 


Sin duda el rito, de la luz manifiesta la dimensión profética de la vida cristiana. Por el Bautismo somos iluminados. Participamos de la Luz que es Cristo. Ya no caminamos en las tinieblas, porque somos hijos de Dios. Nos hacemos uno con Cristo, luz que ilumina el camino.

 

La vela encendida puede significar también nuestra fe, porque, mientras esta permanece encendida, no caminamos en las tinieblas. Le fe nos ha de conducir, pero ella tendrá que ser protegida y alimentada como la cera alimenta la llama.»[5]

 

Sin embargo, no podemos soslayar la estructura de la perícopa, así que diremos una palabra a este respecto:

 

El corazón de la perícopa es la identificación de Jesús como un “profeta” (también la Samaritana lo reconoce cono tal cuando le dice “Veo que eres un profeta” (Jn 4,19b).

 

El primer círculo exterior al núcleo, está formado por los versículos 8-12, donde al ciego no lo reconocen; y por los versículos 18-23 donde los padres no “asumen” el reconocimiento pretextando que él tiene la edad suficiente para explicar cómo fue sanado.

 

El segundo cinturón que rodea los anteriores está formado por los versos 6-7 que muestra a Jesús-Dios-Creador; y 24-34 donde se argumenta que si no viniera del Padre no podría obrar tales signos.

 

Finalmente, la capa más excéntrica está formada por arriba por los versos 1-5 que nos muestran a Jesús que llega “Enviado” y los versos 35-38 donde el Enviado del Padre es reconocido por la postración del antes-ciego.




 

Todo esto encuentra cúspide en los versos 39-41 que actúan como epílogo, conclusión y sinopsis: Los que quieren juzgar a Jesús no tienen verdadera autoridad de jueces, no tienen derecho a juzgar. En cambio Jesús, con toda la autoridad de su “Enviador” emite el veredicto: esos pretendidos jueces son simples ciegos, ¿cómo puede ser juez el que es ciego y no puede por su ceguera juzgar?

 



[1] Muñoz, Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS Ed. San Pablo. Bs As. – Argentina 2004 pp, 12-13

[2] Orbe,  Antonio. UNA TEOLOGÍA CRISTOCÉNTRICA DEL HOMBRE. En SELECCIONES DE TEOLOGÍA. Facultad de Teología San Francisco de Borja. Barcelona-España. Vol II, # 6, abril-junio de 1963. p. 80.

[3] El argumento está construido para explicar cómo veremos cuando estemos cara a cara frente al Señor; pero podemos extrapolarlo para entender por qué el antes-ciego ve más y mejor que todos los otros, cuya vista es tan torpe que se asemeja a la ceguera.

[4] De la Taille, Maurice. s.i. ACTUACIÓN CREADA POR ACTO INCREADO En SELECCIONES DE TEOLOGÍA. Facultad de Teología San Francisco de Borja. Barcelona-España. Vol 6 No. 21 Enero – Marzo 1967. p. 70.

[5] Beckhauser, Alberto. LOS SACRAMENTOS EN LA VIDA DIARIA. Ed. San Pablo Bogotá D.C. – Colombia 2003 p. 59

sábado, 11 de marzo de 2023

IR AL POZO A BEBER LAS AGUAS DE LA SALVACIÓN

 



Ex 17,3-7; Sal 95(94), 1-2. 6-9; Rom 5,1-2.5-8; Jn 4, 5-42

 

…, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas.

De la Oración Colecta.

 

Incapacitados para ver una salida

«Cuando yo era chico me encantaban los circos. Y lo que más me gustaba de ellos eran los animales. También a mí, como a otros, me llamaba la atención el elefante. Durante la función la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal…


 

Pero después de su actuación, y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

 

Sin embargo, la estaca era solamente un minúsculo pedazo de madera apenas enterrada unos centímetros en la tierra.  Y aunque la cadena era gruesa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol con su propia fuerza, podría, de una forma muy sencilla, arrancar la estaca y huir.

 


El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, pregunté a algún maestro, a mi padre o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque está amaestrado.

 

Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, entonces ¿Por qué lo encadenan?... No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

 

Hace algunos años descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: "El elefante del circo no escapa por que ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño".

 

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, y tiró de aquella cadena tratando de soltarse.  Y a pesar de todo su esfuerzo no lo logró. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar y también al otro sin tener buenos resultados… hasta que un día, un terrible día para su historia el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

 

Este elefante enorme y poderoso no escapa porque CREE QUE NO PUEDE.

 

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que se siente poco después de nacer. Y lo peor es que jamás. Jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

 

Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas "no podemos hacer" simplemente  porque alguna vez probamos y no pudimos.

 


Grabamos en nuestro recuerdo "no puedo... no puedo y nunca podré'', perdiendo una de las mayores bendiciones con que puede contar un ser humano: La fe. La única manera de saber es intentar de nuevo, poniendo en ello TODO NUESTRO CORAZÓN y todo nuestro esfuerzo, como si todo dependiera de nosotros, pero, al mismo tiempo, confiando totalmente en Dios como si todo dependiera de Él.»[1]

 

 

Sin ser esclavos propiamente, vivían esclavizados

El pueblo de Israel que había terminado por vivir en esclavitud  en Egipto, donde llegaron y fueron bien acogidos originalmente, y se hicieron prácticamente ricos, y crecieron en gran número, todo lo cual produjo preocupación en los egipcios que vieron en su desarrollo una amenaza, así que les aumentaron los impuestos, y, les impusieron mayor impuesto de trabajo, también les impusieron capataces despiadados que los maltrataban, fue precisamente en esa situación que Moisés mató a un capataz y tuvo que huir. Por eso también, cuando YHWH habló a Moisés le dijo: “claramente he visto como sufre mi pueblo que está en Egipto. Los he oído quejarse por culpa de sus capataces, y sé muy bien lo que sufren. Por eso he bajado a salvarlos del poder de los egipcios; voy a sacarlos de ese país y llevarlos a una tierra grande y buena donde la leche y la miel corran como el agua.” (Ex 3, 7b-8c).

 


Toda la historia de opresión y explotación los había llevado a sentir que no podían ya sacudirse del yugo opresor. ¿Cuál es pues el rol de Moisés? Levantar el ánimo de su pueblo, mostrarles que sí podían “arrancar la pequeña estaca de madera”. Moisés fue el instrumento liberador de YHWH para que su pueblo “elegido” saliera de su lamentable condición en Egipto.

 

Pero cuando se ha vivido largo tiempo la condición del explotado, podemos aplicar aquí la imagen del elefante y decir que estamos atados a estacas parecidas desde que éramos muy pequeños. Esa mentalidad de explotado se ha internalizado de tal manera que terminamos acariciando esa condición, al punto que, después en el desierto, añoramos la carne y las cebollas que comíamos en Egipto. Viene luego el episodio que nos narra la perícopa de este Domingo Ex 17, 3-7, donde el pueblo se queja de sed y Dios les da agua que mana de  la roca que golpea Moisés con su vara, según las instrucciones que el propio YHWH le había dado. Toda la escena tiene como marco espacial Masá y Meribá, lugar geográfico en la ruta del desierto, cuyos nombres traducen -precisamente- “prueba” y “querella”, porque esto fue lo que hizo el pueblo allá: retar y querellarse con Dios.

 

Nunca será suficiente insistir que YHWH los hizo vagar 40 años por el desierto precisamente para que se purificaran de su mentalidad servil, de su acomodo al pensamiento de explotados, de su conciencia de oprimidos ¡40 años de errar por el desierto! Así sería de profunda la alienación de ese pueblo y su olvido del valor inapreciable de la libertad. El cruce del Mar Rojo es una figura de esa limpieza mental necesaria para sacudirse esa situación y remontar la resignación de vivir subyugados, requerimos reaprender la libertad con la que Dios nos creó.


 

También el agua bautismal alude a esta desintoxicación. Cuando nos hemos habituado a vivir en el pecado, es preciso un proceso de limpieza mental y del corazón, para ser capaces de asumir el precio de vivir por fuera de él. Muchas veces oímos del combate que dan los santos contra el Maligno, que los ataca y los tortura despiadadamente, lo que quiere es arrastrarlos -de nuevo- de cabeza hasta el fondo. ¡Esas son las tentaciones! El apego a “las cebollas de Egipto”.

 

Cruzar un Mar de Sangre

La libertad tiene un precio, la libertad dignifica, pero no es gratuita. ¡Hay que atravesar al otro lado del Mar de Sangre que derramó el Redentor!

 

El Salmo celebra la Alianza. En este Salmo 95(94) se convida al pueblo a restablecer la Alianza. Se lo llama a dejar la actitud que tuvieron en Masá-Meribá y a reconocer que Dios es Grande, es Bondadoso, es Dios-Creador, es amoroso-protector y defensor, Dueño de todo lo creado. Se retoma la idea de haber quebrantado la Alianza. Consecuencia, vagar 40 años por el desierto, no poder entrar en el “descanso” del Señor.

 


La Alianza implica una relación de toma y da-acá. Dios bendice, Dios protege, cuida y alimenta; da de comer y de beber, pero el pueblo también tiene su parte contractual en el pacto de la Alianza: Debe vivir su condición filial, reconocerse hijo del Padre Celestial, asumir la obediencia, la fidelidad; respetar sus mandatos, vivir coherentemente lo que Él ha enseñado.

 

Me encanta ver a Cristo hablar de ese modo con una pecadora, con una mujer que vivía con su sexto hombre. Y me encanta ver a esa pecadora transformarse en apóstol: regresó al pueblo para anunciar al Mesías. ¡Es formidable!

Dom Helder Câmara

 

En el año 721 a.C. Samaria, capital del Reino del Norte, fue invadida por los asirios. La política de dominación adoptada por Asiria era acabar con la organización del país dominado. Ese imperio deportaba a los pueblos dominados de una región a otra. Para poblar la región de Samaria, Asiria deportó sus colonos de cinco regiones diferentes: Babilonia, Cutá, Avá, Jamat y Sefarvayím (2 R 17, 24). Cada pueblo llevó consigo su cultura y sus dioses. Con el correr del tiempo, esos colonos asirios se unieron con los judíos, formando un nuevo pueblo. Los samaritanos.»[2]

 

«Los samaritanos tuvieron un papel decisivo en la formación de la comunidad del Discípulo amado. Por eso el evangelio de Juan presenta el episodio de Jesús con la samaritana y muestra que ha llegado el final del culto que discrimina y margina personas y grupos. La samaritana no tiene nombre, y ese detalle indica que ella representa a todos los samaritanos, que eran considerados por los judíos como personas impuras e idólatras»[3].

 


También la Samaritana del evangelio padece una triple cadena: Es Samaritana, es decir extranjera; es mujer, tremenda alienación en esa cultura donde la mujer era prácticamente menos que un mueble, algo así como un burro; y la “cadena” del amor-fetichizado, de tener “maridos” que no son “marido” porque “no eran suyos”, eran hombres transeúntes por su vida, no compañeros de vida, no co-constructores de un hogar, de una familia, compañeros de una misma “lucha”. «El corazón del hombre no puede vivir “sin un dueño”. Cuando el corazón anda de ídolo en ídolo, de cosa en cosa, de dependencia en dependencia, al final se siente vacío, desganado, perdido y solo. El corazón duele cuando no lo llena quien es la medida de nuestro corazón: Dios. Al corazón no se le puede mentir. No se le puede enmascarar. No va en juegos de mentira. Al corazón se llega sin razones, sin manejos; se llega por la intuición. El corazón sufre cuando es maltratado, golpeado por una vida “sin corazón”. Al corazón no se le engaña dándole a beber “aguas contaminadas, aguas sucias”. Le gusta el agua limpia, el agua fresca y pura. Al corazón  no le van los postizos, no le cuadran los disfraces. Porque el corazón del hombre lo creó Dios, salió de sus manos, tiene su marca, su sello, su hechura. Y nada lo satisface sino el mismo Dios.»[4]

 

«Un corazón herido es un corazón indigente. El corazón herido de Jesús, plenamente humano, necesitaba y necesita amistad. Rechazado, necesita fe, confianza y fidelidad. ¿No era eso lo que buscaba en sus discípulos y seguidores durante su misión, que creyeran en Él, que demostraran su caridad amando al prójimo y permaneciendo en su amor? ¿No eran causas de su tristeza y soledad la falta de fe y confianza que hallaba en sus seguidores y discípulos?»[5]

 

Reconciliación y Paz

Como busca la cierva, corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío.

Sal 41, 2

 

¡Si nos diéramos cuenta de cuánto valemos a los ojos de Dios! ¡Si fuéramos conscientes del ánimo redentor que mueve a Jesús cuando le habla a la samaritana! Este par está en continuidad: El agua que le dará Jesús, es agua purificadora, re-dignificadora, que le enseña a vivir al margen del pecado, a vivir libre. La levanta; no la discrimina[6] sino que la trata de Tú a tu. Le habla por encima de las segregaciones raciales y de género y también, la va -como llevando- de la mano, para hacerle entender que lo que ella llama “maridos” dista mucho de serlo. «Ahora ella es una mujer diferente. Mujer nueva. Mujer regenerada. Mujer limpia y feliz. Mujer profunda y cercana. Mujer fuerte.»[7] Junto al pozo de Sicar hemos sido testigos de este milagro: En ella se ha dado la conversión.

 


Jesús le ha quitado la mordaza que la coartaba, «… todo lo que me limite, me está impidiendo llegar a esa plenitud, a esa totalidad, a esa abundancia en la vida, en la Gracia para hacer todo lo que yo puedo, quiero y debo ser …»[8]

 


En la Segunda Lectura, de la carta a los Romanos, llegamos al capítulo V, «Hasta aquí, el asunto central era la justificación. De aquí en adelante, el asunto será la salvación. Fue lo nuevo que se construyó. La justificación queda en el pasado, la salvación se abre al futuro… La justificación está unida a la muerte de Cristo. La salvación está unida a la vida-resurrección y al Espíritu Santo que es como el “arquitecto” de esa nueva construcción.»[9] antes de pasar a hablarnos de la liberación del pecado (5, 12 ss.), nos da una clarísima iluminación sobre el contexto soteriológico que implica (5, 1-11). «…podemos renovar en nosotros la gracia del bautismo, saciarnos en la fuente de la Palabra de Dios y de su Santo Espíritu, es así descubrir la gloria de convertimos en artífices de reconciliación e instrumentos de paz en la vida cotidiana.»[10]  En la perícopa de hoy se reconoce que Jesús al sacrificarse por nosotros reveló nuestro valor a los ojos de Dios. Por encima de nuestros defectos y virtudes, tanto y tantísimo valemos para Él que, aun cuando no seamos ἀγαθοῦ [agatu] “el bueno”, Dios no escatimó a su Hijo, su Amado, en quien tiene sus complacencias, y lo entregó por nosotros. Reflexionemos  y justipreciemos cuánto nos ama y cuánto valemos a Sus Ojos. ¡Él tiene sed, sed de nuestro amor! Y, a la vez, ¡Él es el pozo, el remanso de las Aguas de la salvación!

 

 

 



[1] Agudelo C.  Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU 2. Ed. Paulinas. Bogotá – Colombia 3ra RE-IMPRESIÓN 2005 pp.263-264

[2] Centro Bíblico Verbo LA NUEVA VIDA NACE DE LA COMUNIDAD. EL EVANGELIO DE SAN JUAN. SUBSIDIOS PARA ENCUENTROS. Ed. San Pablo. Bogotá- Colombia 2010. p. 40.

[3] Bortolino, José. CÓMO LEER EL EVANGELIO DE JUAN. EL CAMINO DE LA VIDA. Ed. San pablo Bogotá Colombia. 2002

[4] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO Ed. San Pablo. 3ra  Edición  2001 Bogotá-Colombia. p, 126

[5] Galilea, Segundo. LAS LUZ DEL CORAZÓN. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 p. 116

[6] Los samaritanos se dan cuenta que Cristo NO es un Mesías limitado a los “judíos”, sino abierto a todas las razas y marginados del mundo, incluso a ellos (Jn 4, 41-42). Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá – Colombia. 1999 p. 45

[7] Mazariegos, Emilio L. Op. Cit.  p. 131

[8] Vallés, Carlos G. s.j. TESTIGOS DE CRISTO EN UN MUNDO NUEVO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1995. p. 52

[9] Mesters, Carlos. CARTA A LOS ROMANOS. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1999  pp. 35-36

[10] Papa Francisco. NOSOTROS SOMOS LA SAMARITANA. 19 de marzo de 2017