sábado, 24 de abril de 2021

MISERICORDIA Y ESPERANZA

 



Hch 4, 8-12; Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29; 1Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18

 

…en el momento presente vemos las cosas como en un mal espejo y hay que adivinarlas, pero entonces las veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como soy conocido.

1Cor 13, 12

 

Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable… Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible.

Papa Francisco

En el #33 de la Sacrosantum Concilium leemos: “… en la Liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando su Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración… cuando la Iglesia ora, canta o actúa, la fe de los asistentes se alimenta y sus almas se elevan hacia Dios a fin de tributarle un culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia.”

 


Para este IV Domingo de Pascua, la antífona de entrada nos remite al Sal 32, 5-6 y lo parafrasea diciendo: “La Misericordia del Señor llena la tierra. La Palabra del Señor hizo el Cielo, aleluya”. Para empezar a sumergirnos en esta Acción de Gracias, tomaremos dos elementos y los vamos a destacar:

a)    La Misericordia del Señor (llena la tierra), y

b)    La Palabra del Señor (hizo el Cielo).

 

La antífona parece asignarle a cada una su dimensión específica: a la Misericordia se le asigna la tierra, mientras que a la Palabra se le atribuye el Cielo. No se necesitan grandes estudios para saber que todo fue creado por Dios. ¡Quería decir la antífona que la tierra no fue creada por Dios? ¡No! Más bien parece decir que la tierra –también creada por Dios- depende y sólo se sustenta gracias a la Misericordia que campea en ella. Pero, ¡atención! Es un elemento para tenerlo muy en cuenta, por eso se habrá colocado primero. El Cielo, lleno de Santidad no requiere ni depende de la Misericordia. Nosotros –por otra parte- ¡ay de nosotros! Si no fuera por la Misericordia. Pero, ¡Somos bienaventurados, porque –así como los peces tienen el agua- nosotros tenemos la Misericordia para zambullirnos en ella!

 


Venimos en este “proceso” –Domingo tras Domingo- de progresiva compenetración con la resonancia poderosa de la Resurrección en nuestra vida y descubrimos que ella viene implicando una Donación muy particular, el Agua y la Sangre que brotaron del costado traspasado se componen en prodigiosa alquimia prodigando un elixir sanador-redentor-salvador llamado Misericordia.

 

Jesucristo, el Vencedor de la Muerte, Él, La Palabra, Él, El Viviente, en cambio, está Sentado a la Derecha de Dios-Padre. Quién ha obrado tan poderoso prodigio. ¡Ha sido el Señor!

 

Conforme en la música escrita, la clave inaugura el pentagrama definiendo la nota que se leerá en cada línea, así la Antífona de Entrada nos asigna un código de decodificación para cada Lectura y para la Celebración integra. Bajo estas dos pautas lo entenderemos todo:

a)    La Misericordia del Señor, y

b)    La Palabra del Señor.

 

Hasta aquí vemos establecida la elevación y la potencia nutricia de la Eucaristía, pero…y que Gracia anhelamos recibir. La misma Liturgia, en la Oración Colecta nos trae la Enseñanza del Espíritu Santo que nos guía para saber pedir y saber qué pedir, orientando nuestros labios para que sepamos decir: Abbá o sea (Papaito-Celestial): Y dos cosas vamos a pedir en este Domingo IV de Pascua:

a)    La comunión de las alegrías celestiales y

b)    La humildad del rebaño que va con docilidad tras su Pastor, siguiendo con plena confianza la Voz de su Dueño y Señor.

 

Como sabemos, la Pascua nos trae en las Primeras Lecturas el estudio de los Hechos de los Apóstoles. Hoy, tenemos la perícopa del 4to capítulo, en los versos del 8 al 12. Se trata de la sanación del paralítico que se hacía en la Puerta Hermosa, episodio que viene narrado en el propio Libro de los Hechos, en el capítulo 3, versos 1-11. De esta perícopa sólo queremos tomar dos elementos. (Esta manera de reflexionar tomando partes y abandonando otras, quiere ayudarnos para asimilar cada Lectura, a su vez que, ayudarnos a poder articular los textos de esta celebración, dado que ellas no son “miradas a diversas revistas”, esas Lecturas no se yuxtaponen como el que mira revistas en una peluquería o en la sala de espera del odontólogo, sino un minucioso tejido Eclesialmente trenzado para facilitarnos la experiencia de Vida-en-Plenitud que nos ofrece Jesús, y para lo cual Él instituyó este Sacramento Culmen que es la Sagrada Eucaristía. No esta pues destinada a la ocultación de ningún elemento, que ya ustedes podrán escuchar atentamente las perícopas completas proclamadas durante el Culto-Eucarístico y, si es de vuestro parecer, podréis ir directamente a la Escritura y examinar las partes que este intento exegético que hacemos no alcanzó a cubrir). Regresemos a nuestro tema, las dos piezas maestras de la Primera lectura:

a)    “…ha quedado sano en el Nombre de Jesús de Nazaret,…”

b)    Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como Salvador nuestro.

 

Aquí lo que tenemos es una noticia de exclusividad. La Salvación sólo puede venir de Jesucristo; a Él Dios lo ha constituido Salvador, ese es el núcleo de su Mesianismo. Él ha recibido todo poder y es por su Nombre (o sea por su Persona Total que se obran prodigios Divinos. Él es la expresión transparente de Dios que se ha Humanado. Él ha encarnado la Misericordia del Padre, porque –hemos de saberlo, sin lugar a dudas- Dios es Infinitamente Misericordioso, y ha hecho venir al alcance de la humanidad a su Hijo, Su muy-Amado, en quien encuentra total complacencia. (cf. Mt 3,17)

 

El Salmo nos trae una ratificación de estos aspectos que venimos considerando:

a)    Te damos gracias Señor, porque eres Bueno, porque es Eterna tu Misericordia.

b)    “Bendito el que viene en el Nombre del Señor. Que Dios desde su Templo nos bendiga”. Es una glosa al Milagro del tullido que estaba pidiendo limosnas en la Puerta Hermosa, precisamente en el Templo de Jerusalén. Lo que hacen los discípulos no lo hacen por propia cuenta, lo hacen en el Santísimo Nombre de Jesús de Nazaret. De Él viene todo Poder y toda Gloria.

 

Todo esto nos reafirma que Jesús es “la Piedra Angular”, lo que repetimos en el verso responsorial, para que nuestra lengua lo haga consciente en sus alabanzas. Él es el eje y nodo de todo el Plan de Salvación.


 

San Juan, en la Segunda Lectura nos llevará a un pináculo de comprensión.

El Padre, nos ha amado asombrosamente. No solamente decimos ser sus hijos, sino que en realidad de verdad Él ha querido adoptarnos y por eso se llama Padre. Pero, y allí esta lo arduo: a veces nos miramos unos a otros, juzgamos nuestras acciones (afortunadamente, ninguno de nosotros es Juez, que sólo a Jesús se le ha entregado la Soberana Autoridad), miramos nuestra manera de ser, o, nos miramos al espejo o, quizás hacemos consciencia de lo que somos, y ¿qué encontramos? Realmente no vemos en nosotros reflejada esa condición de hijos de Dios, tendemos a desinflarnos, a desilusionarnos, porque “…aún no se ha manifestado como seremos al fin”, este es el “problema” que en teología se llama el “Esjatón”, el extremo final, el remoto desenlace. Lo hermoso, más hermoso que la Puerta Hermosa (que no en vano se llamaba así), es que nuestro proceso, nuestro pobre-proceso sólo porque está iluminado por su Misericordia (ojo atento, oído muy alerta) si no fuera por su Misericordia, sabe Dios en que pararía nuestra historia, sucumbiríamos seguramente en el Abismo; pero -como Dios es Misericordia y se Encarnó para ser Misericordia palpable- el desenlace será que, llegaremos a ser semejantes a Él, ¿por qué o cómo alcanzaremos semejante superación? ¡Bastará verlo! Se acuerdan que Él nos puso una cita, por allá en Jn 1,39, nos dejó puesta y emplazada la cita, dijo “Vengan y verán”, en eso consiste el discipulado, en cumplirle esa cita y llegar a ver su rostro, porque será esa visión la que nos plenificará, entonces se manifestará “cómo seremos al fin”. Allí san Juan, en su Primera Carta, nos hace una profecía que contesta a nuestras inquietudes escatológicas.


 

Pero, el final–final lo vemos tan lejos, ¿cómo vamos a sobrellevar todo este extensísimo interludio? Y aquí viene el Evangelio a traernos la Feliz-Noticia. Tenemos un Buen Pastor, que es nuestro Dueño y Señor. No es un asalariado, no es un mercenario que sólo le inquieta la paga, que hace mínimos esfuerzos con tal que le den su salario. El Buen Pastor, que es Dueño y Señor, está dispuesto a dar la vida por su rebaño, por una cualquiera de sus ovejitas, porque son “sus Hermanos-Hermanas”, hijos de su mismo Padre. Ahora, llegado el caso de que le quitaran la vida en nuestra defensa –y el caso llegó- no fue que le quitaron la vida, fue que Él mismo la dio, por su libérrima decisión, porque desde el Principio de los Tiempos ya lo había decidido así, porque Dios-Misericordioso es Dios-Amor y el sentido de su vida es –lo contrario de lo que pensaba Caín que no se creía guarda de su hermano- en cambio, Jesús, sí se siente llamado a enfrentar lo que fuera, nos defenderá para que no se pierda ni uno solo de los que el Padre le ha dado sino que los resucitará en el ἐσχάτῃ ἡμέρᾳ (escate emera) “último día” [se refiere al “esjatón”]. La Voluntad de mi Padre es que todo hombre que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida Eterna y yo lo resucitaré en el “último día”. (Jn 6, 39-40)

 

 

 

 

 

sábado, 17 de abril de 2021

EXULTAR EN CONVERSIÓN

 



Hech. 3, 13-15. 17-19; Sal 4, 2. 7. 9; 1Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48

 

Las manos y los pies marcados por los clavos, muestran la identidad del Resucitado con el Crucificado, la continuidad histórica entre la cruz y la resurrección.

Silvano Fausti

 

… una evangelización que toque los corazones, que deslumbre las mentes, que dé vigor a las voluntades arrugadas. Una nueva evangelización donde el ser mero “informador” ya no “vale”, sino ser “testificador”… con Teresita de Jesús diremos: “en el corazón de mi Madre la Iglesia yo seré el amor”.

Emilio L. Mazariegos

 

Jesús el Dios-que-vive, no está en otra dimensión,

Se ha quedado a caminar nuestras calles,

a vivir en nuestros hogares,

a visitar nuestras familias.

 

Las Lecturas Pascuales nos llevan con pedagogía –Domingo a Domingo- en una paulatina y progresiva asimilación de la Resurrección. Jesús no Asciende inmediatamente,  permanece Resucitado con nosotros, dándonos tiempo a poder asimilar la complejidad y riqueza de este Misterio.


 

La palabra clave de la Oración Colecta para esta fecha, Tercer Domingo de Pascua es exultar. Esta palabra es muy visual, significa “manifestar la alegría dando saltos”. Guarda alguna simetría con el Cuarto Domingo de Cuaresma, llamado del “regocijo”(Laetare) y con el III Domingo de Adviento que denominamos Domingo de Gaudete, que significa “estad alegres”, o, más sencillamente “alegraos”. Pues bien, exultar podría ser una buena traducción para la palabra latina Gaudete. ¿A dónde queremos llegar con todo esto? Muy sencillo, nuestra fe es una que nos lleva al clímax (expresión muy propia del arte musical y también de la dramática), del regocijo, o sea al culmen, al punto de la máxima intensidad. Y, ¿qué nos lleva a saltar de la alegría en nuestra vida de la fe en este momento del Año Litúrgico? La Resurrección, al ir adentrándonos en la concienciación, en la profundidad de lo que implica el hecho de que Jesús no se quedó atrapado en las redes de la muerte sino que Dios lo levantó y –lo que es aun motivo de más profundo gozo- nos conquistó, también para nosotros esta prebenda. Prebenda que es subsidio, es la Mano Misericordiosa de Jesús-Resucitado que se tiende a nosotros socorriéndonos rescate. Reiteramos, en este Domingo, como que empezamos a recoger la cosecha de la Resurrección, aprehendiendo este hito del cristianismo.

 

Si uno se pone a ver la actitud de los discípulos recién sucedida la Resurrección nota, en seguida, que ellos no acertaban a descifrar lo que estaba pasando… Se trataba de un fantasma, no lo podían reconocer, lo veían pero no acertaban a articular su Nombre, o, intuían que era Él, pero sin atreverse a manifestarlo… se sentían limitados hasta en palabras para significar “qué era” y más aún, “Quien era”. Finalmente, alguien se atreve a decir “Es el Señor”, y, la reacción de los discípulos es torpe, disparatada,… incoherente… Hoy en día, se nos explica, pero en aquel momento, era tan difícil como aceptar que el agua hubiera llegado a ser vino, o que con 5 panes y 2 peces se alimentara a muchos más de 5.000. La Resurrección es un Misterio, algo que no se puede explicar, que requiere un salto epistemológico gigantesco que nos permita trascender las limitantes de la racionalidad. ¡Seamos sinceros, también a nosotros nos cuesta entender! Para medio alcanzar gritamos ¡Espíritu Santo Ilumínanos! Y, sin embargo, ese medio alcanzar no merma nuestro jolgorio, de todas maneras sabemos que “¡El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres!” (Sal 125, 3).

 


De una vez declaremos cuál es la Fuente de esa alegría que nos hace saltar como locos: es –precisamente- la Resurrección, que Jesús venga y se ponga “en medio de nosotros”, y –al hacerlo- nos traiga la Paz. (Lc 24, 36)

 

Queremos usar una metáfora y decir que para recoger esta cosecha los agricultores necesitamos unos “lentes especiales” que nos “capaciten los ojos”, quienes no usen estos “lentes”, se quedaran sin ver, tendrán el hecho ante sí, sin acertar a interpretarlo. Bueno, vayamos directo sobre la caracterización de estos lentes para que –cuanto antes- podamos salir a conseguirlos:

 

En Hechos (Primera Lectura) vamos a buscar la definición en 3, 19: Μετανοήσατ οὖν καὶ ἐπιστρέψατε (arrepiéntanse y conviértanse); en la Segunda Lectura iremos a 1Jn, 2,3 donde se nos dice cómo sabemos sí lo conocemos, y esto es “guardando sus Mandamientos; pero eso no basta, hay que saber hacia dónde nos lleva la ruta de guardar sus Mandamientos, con ello vamos hacia el “amor oblativo”. Este  amor desinteresado esta en el eje mismo de todo el proceso de la vida de la fe. Ya, habiendo captado esta dupla, podemos buscar el tercer criterio para elegir nuestros lentes, se nos ofrece en el Evangelio de San Lucas, nos dirigiremos a Lc 24, 47 que nos habla de la Conversión proclamada en el Nombre del Mesías que consiste –nada más ni nada menos que- en el perdón de los pecados. Podríamos declarar que, temáticamente hablando, este es el Domingo de la Conversión. El discipulado consiste en convertirnos, la sustancia prima es la transformación profunda que lleva el corazón de piedra a transformarse en corazón de carne. No se puede disimular el eje y ese es arrepentirse y no pecar más. ¡Ojo! Fijémonos muy bien en el verso 1Jn 2, 4: “Si alguien dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus Mandamientos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.”

 


El pecado –tal vez más grande y del cual hay que apresurarse a convertirse es- hacer de Jesús un ser tan “vaporoso”, tan intangible, tan etéreo que haya que entrar en “trance” para acercársele. Cuando la fe condiciona su Presencia a 10’000.000 de abluciones, al rezo de 8 billones de jaculatorias,… No, nada de esto es requisito, la conversión se trata de otra cosa. Miremos en los Evangelios a quienes se les acercaba, con quienes compartían y convivía; a quienes escogió para discípulos… E inspeccionemos su conducta, se reunían a pescar, a comer, a compartir pescado asado… Pero, también notemos la unidad de Resurrección y Cruz: Él les muestra sus manos y sus pies como signo de Mesianismo, para rebatir el mesianismo que ellos pensaban que era y que nosotros también nos hemos imaginado, un mesianismo mágico, indoloro pero también insulso conectado con una religión ritualista. Él es Cristo porque conserva sus Llagas. Él es Salvador porque su Carne y su Sangre fueron propiciación (es decir, presentados a Dios para obtener nuestra Redención), y queremos –una vez más- enfatizar, sólo Dios-Humanado podía obtenerla, no lo podía lograr otro hombre, tenía que ser El-Hijo-del-Hombre; la Misericordia tenía que brotar del Costado Traspasado, el mismo Costado Lanceado que el ofrece a todos los incrédulos para que metan los dedos y puedan así identificarlo y reconocerlo. ¿Si ven? Nada de entes meramente espiritualistas, ¡No! Es Jesús de Carne y Hueso.

 

¡Sí señorita, si estimado señor! De carne y hueso, no es puro espíritu, no necesita volver a subir a la cruz, pero -de tarde en vez- otra vez muere, de nuevo se desangra porque su solidaridad con el ser humano perdura. Lo que nos muestra todo esto es que la Resurrección tiene alcances insospechados, no es una medallita aséptica que funciona muy bien en vez de prendedor…  -para muchos incomodo- donde se enredan nuestros dedos, y tal vez lleguen también a sangran…. Me preguntó, ¿cuantas veces me habrá preparado el desayuno para ofrecérmelo después de mi jornada de pesca? ¿Cuántas veces habrá horneado el pan que me alimenta? ¡Permanece pendiente de nuestra Conversión! Nos sigue aguardando, con su Misericordiosa-paciencia, allí, sentado a las puertas del sepulcro, aun cuando lo sigamos confundiendo con el hortelano, y sí que lo es, no sólo el hortelano, sino el Dueño y Señor del Huerto del Edén.

 


Pero la Conversión –que es el eje- tiene su médula (sí, así como la columna vertebral que es el eje, guarda la médula espinal). La medula de la Conversión es que Él nos abra “el entendimiento” (νοῦς) para que podamos entender las Escrituras. «Cualquier persona que sepa leer y escribir puede leer la Biblia; pero encontrar en sus páginas palabras de vida eterna es algo que la carne y la sangre no pueden revelar.»[1] «… llega a ser evidente que la observancia externa, aunque sea santa, no puede reemplazar nuestro encuentro personal con el Dios viviente. Las ceremonias litúrgicas no son más que supersticiones inanimadas si algo no ocurre en lo profundo de las personas… “fe” es un don y no un logro; no es sólo un acontecimiento cognitivo; la percibimos como la obra de Dios en la profundidad de nuestras almas»[2].

 

La identificación cordial de esta Médula (el meollo), nos lleva de nuevo a la 1Jn 2, 5 donde se nos habla del “amor de Dios” dice que la consagración al cumplimiento de los mandamientos es la que nos lleva hasta esa Médula: “…quien cumple su Palabra (λόγον), ciertamente el amor de Dios (ἀγάπη τοῦ Θεοῦ) ha llegado en él a su plenitud (τετελείωται.)”; lo que quiere decir que el “entendimiento” guarda una relación muy estrecha con la fidelidad a su Palabra, con el compromiso de ser misericordiosos y con la capacidad para entenderla.

 


Un exultar por la Resurrección, para el que se requiere una vida de amor-ágape, coherente con su Palabra. El soplo de Su Gracia nos lo dará en el justo momento, tenemos hasta la Ascensión para proceder a una nueva fase de nuestra vida en el Espíritu (será nuestro Pentecostés). Mientras, sigamos gozando su Presencia-Viva que ilumina… Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo. Como era en el Principio, ¡Ahora y Siempre por los Siglos de los Siglos! Amén.

 



[1] Casey, Michael. PLENAMENTE HUMANO PLENAMENTE DIVINO. Ed, San Pablo. Bogotá – Colombia. 2007 p. 204.

[2] Ibidem, p. 206

sábado, 10 de abril de 2021

¡ES AHORA LA PIEDRA ANGULAR!

 



Hech 4,32-35; Sal 117,2-4.16ab-18.22-24; 1Jn 5,1-6; Jn 20,19-31

 

Tomás vuelve a ver a Jesús, cuando se reúne con los “suyos”, con los otros apóstoles; cuando acepta humildemente estar con los otros aunque no los entienda a fondo.

Carlo María Martini

 

Las Primeras Comunidades cristianas se nos proponen siempre como prototipo de Comunidad, están allí, no para contarnos un cuentito con sabor histórico sino como modelo a ser implementado, para ser vivido y llevado a la práctica. Tan pronto iniciamos las Lecturas, lo primero que se nos presenta es este rasgo de Unidad: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Esta expresión tiene todo el tinte del modo de hablar oriental, es una forma de decir, muy propia, para caracterizar la Unidad. Valga decir, todos no eran sino como una sola persona; por eso, no había varios pareceres y diferentes enfoques, no había divergencia de corazones y varias almas –cada una tirando hacia lo suyo- sino que el sentimiento y la voluntad estaban unificados. ¡No divididos! Podríamos hablar de un ideal que se nos propone a los creyentes y es huirle a la división, lo que perseguimos se llama sinodalidad, aprender a caminar juntos por sobre nuestras particularidades.

 


A veces, para interpretar la situación en la que vivimos, contraponemos el mundo de la fe al mundo. ¿Qué nos propone el mundo? ¿Es igual a lo que nos propone el mundo de la fe? ¡No! El mundo nos propone la individualidad, la propuesta social que se baraja generaliza y promulga la división. Nos dividen en bandos, tendencias, partidos, equipos, nacionalidades, etnias, modas, gustos y opiniones. Y, parece ser que estamos condenados a una toma de posición en la que cada quien escoge una combinación de polaridades que nos lleva a la “unicidad individual”. El ideal del mundo es el individuo, el ideal para la fe es la unidad. ¡Ya sabemos lo duro que es construirla! El-que-divide no da tregua

 

Qué es lo primero que les dice el Resucitado a los discípulos en el Evangelio de hoy: “Paz a ustedes”. Aquí hay una clave: La unidad que debe conglomerar a la comunidad creyente se basa sobre  la Paz.

 


Antes de continuar, demos una mirada a la Segunda Lectura, tomada de la Primera carta del Apóstol San Juan. Allí se visualiza un mundo que tiene todo su sistema organizado a partir de dos polos: la fe y el amor. No son dos cosas que vayan cada una por su lado. No se puede separar el polo positivo del polo negativo: Ya sabemos que si se parte una imán, los dos nuevos imanes tendrán otra vez sus dos polos, cada uno. En este pensamiento de la perícopa de la Carta de San Juan, la dinámica y el sistema físico que se desarrolla está sostenido y se basa sobre estos dos polos: amor (ἀγαπάω) y fe (πιστεύω).

 


El amor, no es algo abstracto, sino que claramente se expone como lo que se genera al cumplir los Mandamientos. Estamos hablando del amor divino y, San juan nos dice que el amor de Dios consiste en “guardar sus Mandamientos” (ἐντολαὶ) la carta constitutiva de la fraternidad y la solidaridad, el estatuto de la Unidad. Es sobre esa praxis que se concretiza el amor; el amor no son pajaritos en el aire, ni romanticismo dulzón, es una coherencia inspirada en este estatuto orgánico de fraternidad.


 

Volvemos a encontrar la dialéctica mundo de la fe -vs- mundo: “todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. (Este lenguaje es usual en San Juan). Pero –observemos atentamente por donde se conduce el razonamiento Joanico: “Quien es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios”.(1Jn 5, 5b) Υἱὸς τοῦ Θεοῦ. De aquí, podemos dar un salto y regresar al 1er verso: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo (o sea el Mesías) ha nacido de Dios, y todo el que ama al Padre ama también a su Hijo” En suma, sólo guardando los Mandamientos alcanzamos la victoria de la fe y esta fe no es otra cosa que el amor a Dios. Pero esta sólo es la primera orbita, pero –tengamos muy en cuenta- en la perícopa hay una segunda orbita complementaria: Jesús es el que vino “por el agua y la sangre”. El agua representa al bautismo y Jesús nos fue revelado en el Bautismo, cuando Dios lo declaró “Su Hijo”, como lo atestiguó San Juan Bautista (Jn 1, 34). Pero no sólo vino por el agua, sino que vino por la Sangre, derramada en la Cruz, sobre el Gólgota, cuando dobló la cabeza y entrego el Espíritu (Jn 19, 30b); asistimos al triple testimonio: el agua, la sangre y el Espíritu. Esta dinámica del agua y de la sangre (la sangre que comulgamos en el Sacramento de la Eucaristía) nos lleva a la verdad, “porque el Espíritu es la verdad” (1Jn 5, 6). La fe y el amor están entrelazados en la consigna que nos sirve de confesión y clamor hacía Él quien es personificación de la Divina Misericordia - Dios del amor: Jesús en Ti confío. Esa confianza es –ni más ni menos- la fe. Y la Misericordia es la verdad que el Espíritu testimonia. Brota de su Costado y es agua-y-sangre que se derrama sobre la humanidad: Bautismo y Eucaristía.

 


«Esta es la obra del Espíritu en la Iglesia: recordar a Jesús. Jesús mismo lo ha dicho: Él os enseñará y os recordará. La misión es recordar a Jesús, pero no como un ejercicio mnemónico. Los cristianos, caminando por los senderos de la misión, recuerdan a Jesús haciéndolo presente nuevamente; y de Él, de su Espíritu, reciben el “impulso” para ir, para anunciar, para servir. En la oración, el cristiano se sumerge en el misterio de Dios que ama a cada hombre, ese Dios que desea que el Evangelio sea predicado a todos. Dios es Dios para todos, y en Jesús todo muro de separación es definitivamente derrumbado: como dice San Pablo, Él es nuestra paz, es decir «el que de los dos pueblos hizo uno» (Ef 2,14). Jesús ha  hecho la unidad.»[1]

 


Nuestro mundo de la fe alcanza su culmen y tiene como pináculo, en Aquel a Quien la voz profética del salmo 118(117) denomina “la Piedra Angular”. Nos parece que a veces se dan patadas de ahogado recurriendo al examen de la palabra hebrea que equivale a “piedra angular”: פִנָּה. No queremos polemizar si es una piedra que va arriba o abajo, en un extremo de una pared o entreverada en la juntura de dos paredes, si es la piedra que se pone primero (piedra inaugural), o se trata de la piedra que concluye la obra.

 

Nosotros vamos a ir por otra ruta. Para saber qué es la piedra angular, vamos a revisar cómo está definida en el salmo 118(117):

a)    Mi fuerza y mi energía.

b)    Mi Salvación.

c)    …es poderosa

d)    …es excelsa

e)    … no me entregó a la muerte.

f)     Puerta triunfal.

g)    Puerta de los vencedores.

h)    La que fue rechazada y ahora es esencial.

i)      Marca el día en que actuó el Señor.

j)      Es un milagro patente.

k)    Alegría y gozo.

l)      Salvación y prosperidad.

 

La Piedra Angular no es otra cosa que una Persona: ¡Jesús de la Misericordia!

 


No se trata de un asunto de arquitectura ni de mampostería. Es un Midrash para referirse al Templo edificado con “piedras vivas” y alude al Cristo-centrismo que rige en el mundo de nuestra fe. La Piedra Angular tiene la autoridad de enviar, de soplar sobre los Discípulos el Hálito del Espíritu, de infundir la autoridad de perdonar pecados y retenerlos. Es a la Piedra Angular a Quien nos dirigimos y –siguiendo la confesión de Tomás, nuestro hermano mellizo- declararlo “¡Señor y Dios mío!”. Hoy por hoy añadimos, con sincero tono de súplica: ¡Señor, en Ti confío!



[1] Papa Francisco. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA NACIENTE. Audiencia General. Biblioteca del Palacio Apostólico. Noviembre 25 de 2020.

domingo, 4 de abril de 2021

HE RESUCITADO Y ESTOY CONTIGO TODAVÍA

 



No a lo mismo, sino a una nueva creación.

Hech 10, 34a. 37-43; Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

 

Si toda su obra hubiera terminado en el patíbulo de la cruz, la muerte habría sido el fracaso de su persona, de su Buena Nueva, de su mensaje y la desaprobación de Dios

Virgilio Zea s.j.

"Después de tres días resucitaré", predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares.

Raniero Cantalamessa

Jesús, en cambio, no viene del mundo de los muertos –ese mundo que Él ha dejado ya definitivamente atrás-, sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida,…

Benedicto XVI

 

 

Todavía dominan las sombras

Cuando, por fin, hayamos superado  la pandemia, y hayamos superado la ola de contagios, nos preguntamos: ¿Cómo será? Algunos esperan salir y encontrarse con un mundo nuevo, con un género humano recién creado, libre de la triple concupiscencia (la que lo somete a los placeres de los sentidos, la que lo encadena al ansia de la posesión, la que lo arrastra lejos de lo razonable por la pura inercia de su egoísmo); quisiéramos que fuera la alborada de una nueva humanidad, como la pinto Raniero Cantalamessa en su predicación del Viernes Santo, el año pasado: “más fraterna, más humana, más cristiana”. Pero, adentrarnos en la “Resurrección” del pueblo de Dios, requerirá una trayectoria. Que Dios en su Misericordia nos ilumine para ir descubriendo el camino, para recordar que Él es el Camino; para que no vayamos dando tumbos y veamos a los “semejantes” como “árboles que caminan” Βλέπω τοὺς ἀνθρώπους, ὅτι ὡς δένδρα ὁρῶ περιπατοῦντας Mc 8,24. «No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado  el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la “recesión” que más debemos temer.»[1]

 

«… sigue siendo difícil comprender cómo María Magdalena, de quien sabemos que amaba al Señor, no fue capaz de reconocerlo inmediatamente, sino que llegó a pensar que se trataba del hortelano.»[2]

 

“El primer día de la semana, muy temprano, todavía oscuro, María Magdalena fue a visitar el sepulcro. Vio que la piedra de la entrada estaba removida” «Oscuridad es ausencia de Jesús. La oscuridad representa todas esas fuerzas negativas que trabajan de noche y se oponen a Cristo, Luz del mundo (9,4; 11, 9-10; 12, 35s).»[3] Donde se trata de la σκοτία, “la oscuridad”, se trata de la “oscuridad de la fe”, una oscuridad de naturaleza espiritual, ama a su Señor, le sigue, le continua fiel, pero, su fidelidad está dirigida a un muerto: para ella Jesús no es el Mesías, sino otro muerto más. Por eso, ante Pedro y Juan exclama: “¡Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto!” «Ni por un instante la pasó por la mente que Jesús hubiera resucitado. Más bien pensó en un robo, en una posible profanación del cadáver del Señor.»[4]

 


No acusamos, ni criticamos, ni culpamos a María Magdalena. Entendemos que llegar a la fe de la Resurrección supone un tipo de profundización teológica que nos viene por la Gracia. Posiblemente, pasó mucho tiempo y tuvieron que vivir muchas experiencias muy fuertes en las primeras comunidades cristianas para poder llegar a reconocer en Jesús al Resucitado, y aún más y mayores profundidades para teologizarlo y llegar a la convicción férrea. Los encuentros con el resucitado nos permiten intuirlo; por ejemplo, cuando Él les tiene el desayuno en la orilla del lago de Tiberiades (Jn 21, 12b) “ninguno de los discípulos se atrevió a hacerle la pregunta ‘¿Quién eres Tú?’ porque comprendían que era el Señor” «Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban.»[5]

 

Algo así se nos critica frecuentemente cuando ven algunos nuestra representación del Crucificado o nuestra cruz como símbolo de nuestra fe. A ellos hay que recalcarles que no hay Resurrección sin cruz. La cruz nos lleva a mirar cara a cara el rostro del Amor de Dios, de su infinita inmensidad, como lo hemos dicho en otra parte: Dios nos ama tanto  como una mamá ama a su bebé en medio de su indefensión. Con Tierno y Dulce Amor de Padre nos ama el Padre Celestial, pero más, con Amor Divino, con Misericordia; por ningún mérito nuestro, sino porque Él quiere amarnos, porque al moldearnos del barro y soplar en nosotros el espíritu (Gn 2, 7), quiso añadir -en su Corazón y en sus Manos Creadoras- el Amor. ¡Bendito y Alabado sea su Santo Nombre!

 

Así es como nos atrevemos a afirmar que María Magdalena iba “todavía en lo oscuro” de no reconocer al Señor Resucitado. Es a esa oscuridad a la que se refiere este texto, hay quienes todavía andan en la oscuridad del corazón para discernir en Jesús, al Señor Resucitado.

 

Pedro y Juan fueron corriendo

Pedro, la roca firme a quien se han entregado las “Llaves” representante de la Iglesia de Jerusalén, compite con la comunidad joánica (probablemente la comunidad de Éfeso); llega primero, pero al ver las vendas y el sudario, no capta nada, en cambio, al discípulo Amado, le basta verlas para captarlo todo y creer.

 

Augusto Seubert nos presenta tres exégesis diversas sobre el tema de las vendas y el sudario:

 

a) Pueden significar la fe antigua, el judaísmo con la versión farisaica, estricta, pegada a la Ley, concepción fundamentalista, ritualista y ultra-tradicionalista de la religión. Esas son las vendas; y Jesucristo las ha superado, las dejó atrás, anda suelto, desatado, sin amarradijos que entraben su libre caminar. Jesús siempre se mostró libre de ritualismos, de respetos sabáticos.

 

b) Las vendas evocaban a Elías que le dejó la capa a Eliseo y con ella, su poder, de forma tal que Eliseo pudo, igual que Elías, golpear con la capa las aguas del Jordán y dividirlas para pasar a pie enjuto (2 R 2, 8-15). Serían signo de transmisión de poder y autoridad.

 

c) Jesús se salió de las vendas, y quedan ahí, enrolladas, por que digamos que Él se evaporó y las vendas quedaron, enrolladas como lo habían estado alrededor del Cuerpo de Jesús, pero el Cuerpo ya salió de su jaula de vendajes.[6] El sudario doblado (Jn 20, 7b) significaba en el lenguaje de los usos judíos que “iba a volver” si hubiera quedado formando una bola habría significado que ya no regresaría, pero el lienzo doblado significa “¡volveré!”, este detalle, a primera vista insignificante, conocidas las costumbres semitas, era –verdaderamente- un “telegrama” que –si se observaba y se interpretaba correctamente- fue signo y les permitió “ver y creer” (Jn 20, 8).

 

¿Por qué Juan entiende y Pedro no? El Padre Hugo Estrada nos da una hipótesis coherente: «Juan era el mejor preparado de todos para creer: Juan había recostado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena. Juan era el único de los apóstoles que había estado, minuto a minuto, junto a la cruz del Señor; había participado también en el entierro. Juan era el único que no había negado a Jesús. Por eso su corazón y su mente estaban más abiertos para creer lo increíble»[7]

 

Esencialidad de la Resurrección

Leemos en la 1ª de Corintios “Pero si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada, ni queda nada de lo que creen ustedes.

 


Y se sigue además “que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan.” (1Co 15, 14-15)

 

Veamos lo que comenta, a este respecto, SS. Benedicto XVI:

 

«Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre, y su deber ser –una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta….

 

Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente…

 

San Marcos nos dice que los discípulos cuando bajaban del monte de la Transfiguración, reflexionaban preocupados sobre aquellas palabras de Jesús, según las cuales el Hijo del hombre “resucitaría de entre los muertos” Y se preguntaban entre ellos lo que querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos” (9, 9). Y, de hecho, ¿en qué consiste eso? Los discípulos no lo sabían y debían aprenderlo sólo por el encuentro con la realidad…

 

…la reanimación de un muerto no nos ayudaría para nada y, desde el punto de vista existencial, sería irrelevante.

 

Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto redivivo, no tendría para nosotros en última instancia interés alguno. No tendría más importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto…

 

Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en romper las cadenas para ir hacía un tipo totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso;… es una especie de “mutación decisiva”, … un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad»[8]

 

Sus implicaciones en nuestra vida de fe

Para muchos de nosotros, fieles cristianos, la resurrección no pasa de ser una fecha en el calendario litúrgico, la Vigilia Pascual con su hermosísimo rito o una imagen de Jesús Glorioso. Pero la Resurrección es muchísimo más que eso. Es un elemento que tiene enormes implicaciones en nuestra vida, y debe repercutir en acciones, en un estilo de vida verdaderamente a la manera de Jesús. Implica, no sólo una creencia sino un compromiso:

 

«En el drama del hombre se juega el autor del hombre. Qué sentido tiene crear un hombre del absurdo: pasión de amor y, no sabe sino destruir al otro; ansia de libertad, de dignidad, y, no afirma la propia autonomía, sino negándola a otros. ¿Tiene sentido crear un hombre que no soñó con vivir, para que cuando se apasiona con la vida se le arrebate sin consultarlo? ¿Somos un haz de luz entre dos abismos de oscuridad? ¿Una burla de quien nos creó sedientos de sentido, sin nunca alcanzarlo?... Todo lo que conquista el hombre se torna ridículo ante lo que queda por hacer. La brizna de libertad que poseemos es una burla para los que no la tienen. Nuestra comodidad y la conquista del espacio, son una ironía cuando no podemos conquistar la propia tierra haciéndola más humana…

 

…hay que establecer una crítica despiadada a un Dios y un hombre lejanos el uno del otro: Dios un absoluto que no necesita del hombre, éste una miseria perdida en los espacios siderales, pequeñez a la que se aplasta sin que Dios se conmueva, en su inmutabilidad, por el dolor de la historia.

 

¿Por qué no pensar a Dios y al hombre, no como dos realidades antagónicas, sino como la capacidad del amor y del don y la capacidad de la aceptación del ser y del amor?

 

Aceptada la fe en la creación, Dios es ante todo relación, ha hecho un mundo para el hombre y al hombre para relacionarse con Él… Creación es afirmar en cada niño que nace, en cada flor que revienta, el triunfo de la vida sobre la muerte…

 

Y ¿por qué construir un mundo para unos pocos y no para todos?

 

La solidaridad tiene dos caras: hacerse como nosotros, para que podamos ser como Él.

 

No se cree en Jesús y su resurrección, si no se ha vivido la praxis de Jesús y no se ha amado a la manera de Jesús, sin un amor que como el de Jesús hace verdad en la historia la liberación del hombre del pecado, de la opresión, del odio; si no se ha vivido la pasión por el sentido y no se ha hecho la experiencia de Jesús: mirar a Dios como Padre, con un amor que exige construir un mundo de hermanos; Padre en el que se puede confiar y por el que vale la pena entregar la existencia, dándola por los demás.»[9]

 

«La muerte no es la última palabra ni el fin de todo: se entrega uno a la muerte por la justicia, para crear una vida digna, una vida justa. En esta afirmación está contenida ya una afirmación que escapa a los límites temporales. El que es capaz de entregar su vida por la justicia está realizando con ello un inmenso acto humano, que supera los límites del tiempo y del espacio; está diciendo que su deseo de vida justa es eterno. En el cristianismo, el deseo de pervivencia y de resurrección está esclarecido, confirmado y realizado. Lo que en todo hombre está presente de manera oculta, implícita, el cristianismo lo explica y lo expresa»[10]


 

Helder Câmara contaba una anécdota que –de alguna manera- nos muestra hasta qué punto nuestra fe, o nuestra poca fe, toca a los demás, los calienta o los enfría. «Recuerdo a una mujer que un día consiguió que su padre la acompañara a misa. Su padre, un gran personaje, había perdido la fe. Ella, por tanto, no dejaba de orar: “¡Señor, Señor, transfigúrate durante esta Misa! Mi padre está aquí. ¡Tócale el corazón!” Al concluir la Misa, ella estaba impaciente por saber si se habían abierto los ojos de su padre, si realmente la Eucaristía le había llegado al corazón. Pero él dijo algo que es verdaderamente terrible para nosotros, los sacerdotes y para todos los fieles: “Hija mía, ellos, los que estaban ahí dentro, no creen que Cristo esté en la Eucaristía…”

 

Por supuesto que no hay que exagerar. Al Señor no le gustan las exageraciones. Pero ¡qué importante es que participemos de un modo más auténtico y más cercano en la celebración de Cristo, para que todo el mundo comprenda que lo que hay allí no es un trozo de pan, sino el propio Cristo!»[11]

 

Es que cuando creemos llevamos el testimonio, les movemos el piso, comunicamos fe y, en esa misma medida, estamos evangelizando, proclamando la Buena Nueva. Lo contrario es cien por ciento más cierto: Nuestra tibieza, nuestra fragilidad sobre lo que profesamos, es anti-testimonio, puede ser enarbolado como pretexto, puede usarse como excusa para las inconsistencias de los demás. Así que si creemos en la resurrección, tenemos que vivir como Resucitados. Que se nos note la seguridad en todos los aspectos de nuestra fe, y la inconmovible certeza que no moriremos para siempre.

 

Concluyamos con las mismas palabras con las que Papa Francisco cerró su homilía de la Vigilia Pascual del 15 de abril de 2017: “Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

 

«Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario,  pero más rico en humanidad.»[12] Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.” «Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús.»[13]



[1] Cantalamessa, Raniero. OFM Cap. HOMILÍA EN LA PASIÓN DEL SEÑOR 10 de abril de 2020.

[2] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander-España. 1987 p. 183

[3] Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C. – Colombia 1999 p. 146

[4] Estrada, Hugo sdb. PARA MÍ,¿QUIÉN ES JESÚS? Ed. Salesiana Guatemala, 1998 p. 206

[5] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET. SEGUNDA PARTE. DESDE LA ENTRADA EN JERUSALÉN  HASTA LA RESURRECCIÓN. Eds. Planeta y Encuentro Madrid-España 2011 p. 309

[6] Cfr. Seubert, Augusto. Op. Cit. pp. 147-148

[7] Estrada, Hugo sdb. Loc. Cit.

[8] Benedicto XVI Op. Cit. pp. 281-284

[9] Zea, Virgilio. sj. Op. Cit. pp. 151-153

[10] Arias Reyero, Maximino JESÚS EL CRISTO Ed. Paulinas  Madrid –España 1982 p. 263

[11] Câmara, Helder. Op. Cit. p. 184

[12] Cantalamessa, Raniero. OFM Cap. Loc Cit.

[13] Ibidem