Sab 6, 1-11
Para
estudiar el Libro de la Sabiduría, podemos subdividirlo en tres tramos. El
bloque formado por 1,1-5,23 conecta la sabiduría con la moral. Adviértase que
la moral es una dimensión social, convivencial, incluso diríamos en este
momento histórico de la Iglesia- eminentemente sinodal.
El
segundo bloque comprende 6,1-9,18 después de habernos mostrado de qué se ocupa
la sabiduría, pasa a indicársenos, en este segundo tramo, la importancia de su
cultivo, de su práctica, la razón de esmerarse por alcanzarla. Este tramo
empieza hoy y nos ocupará, también mañana. El viernes y el sábado, trabajaremos
dos perícopas tomadas del tercer bloque. Este tercer bloque muestra que Dios es
sabio y ha introducido y amasado la historia con el catalizador de su Sabiduría,
y os da como paradigma de esa sapiencia metida en la Libración que los sacó de
la esclavitud en Egipto.
¿Por
qué los estudiosos niegan en este Libro la autoría de Salomón? Por lo pronto
queremos resaltar cuatro razones
1) En esa época al
autor no le interesaba figurar reivindicando sus copy rights le interesaba presentar sus ideas, y
procurar su difusión
2) Contiene
influencias muy evidentes del pensamiento y la cultura griega.
3) Se usan artificios
retóricos propios del helenismo y que datan de muy reciente para poder creer
que en el 970–931 a.C.
período en el que gobernó Salomón.
4) Estilos, imágenes y posiciones pertenecientes a los filósofos
griegos entretejidos con las estructuras del pensamiento hebraico.
La temática y el modo de presentarla -como lo
encontramos manifiesto en la perícopa de hoy- hace creíble la hipótesis que
este Libro fue escrito para los reyes paganos proponiéndoles las pautas de la
sabiduría. Sin embargo, los más arduos trabajos de los que con gran ahínco lo han
estudiado, piensan que el propósito era evitar que sus hermanos judíos se
dejaran desviar con las argumentaciones del helenismo pagano.
Nos
tienen que preocupar enormemente las tergiversaciones que se acrecientan día a
día hasta volverse una densa neblina que enceguece a todos. Todos parecemos
horriblemente afectados en nuestras percepciones, lo que vemos y lo que oímos
se vuelve tan confuso que no los vemos ni siquiera como árboles que caminan,
sino como espejismos y fabulaciones. Por el contrario, nuestra afectación del
buen sentido, nos lleva a ver como sanos y correctos los juicios deformados y
las mentiras propaladas. Ya no sabemos qué es qué, porque desde arriba se
impulsa la “confusión” con el pretexto de “liberarnos”. Y vemos a nuestros
hermanos más como “medios” para nuestro propio beneficio.
Uno
de los elementos de mayor distorsión es el concepto de autoridad. Volvamos a
sus orígenes y veremos que todo el poder otorgado a los “lideres” y
“gobernantes” se les entregaba para permitir el “florecimiento” de cada uno de
los gobernados. Hoy en día, cualquier “político” se asombra de esta definición
y, así sea de manera taimada, su real pensamiento consiste en favorecerse a sí
mismo y a su prosapia, y lucrar su peculio y el de sus cercanos con prebendas
ilimitadas. Además, de devolver los compromisos fraguados para maniobrar su
“elección”. Aún los propios gobernados, auspician el engaño, siempre que haya a
la vista alguna posibilidad de obtener lucro de su ascenso.
En
aquellos días, era claro que Dios les entregaba la “autoridad” para favorecer a
todos los “súbditos”, pero poco a poco, avanzó la neblina y la ceguera, hasta
que, por fin, la confusión y el desengaño derribaban todo el ánimo y la
confianza depositada en quienes habían recibido el encargo de pastorear al
pueblo.
A
todos les pareció incuestionablemente “razonable” que los gobernantes -bajo
cualquier nombre y título- arguyeran que su “poder” dimanaba de ellos mismo y
no de Dios, que ahogaron hasta el olvido, la misión “promotora” de sus
gobernados, y todo lo redujeron al engorde de sus billeteras. Los “teóricos” y
“propagandistas” pagados por estos auto-divinizados, les construyeron cómodos
castillos de arena para que el divorcio de fe y gobierno hiciera más fácil la
irresponsabilidad moral y la falta de compromiso con la honestidad.
El
texto de Sabiduría en la perícopa que se lee hoy, establece tres pilares del
edificio gubernativo.
1) El poder dimana de
la Soberanía del Altísimo.
2) Los poderosos serán
“inspeccionados” con rigor.
3) Los gobernantes
deben guiarse por la “Voluntad de Dios”.
Y,
allí se nos explica que, al más pequeño, se le perdona por piedad, pero a los
poderosos -vista su responsabilidad- se les juzgará con todo rigor.
Leamos
la última parrafada con toda seriedad y profundicemos en su Mensaje: «Los que
cumplen santamente las leyes divinas, serán santificados, y los que se
instruyen en ellas encontraran en ellas su defensa. Así, pues, deseen mis
Palabras; anhélenlas y recibirán instrucción».
No busquemos a Dios por el afán egoísta de salvarnos, sino por la Tibia Terneza de escuchar el Dulce Timbre de Su Voz.
Sal
82(81), 3-4. 6-7.
Salmo
del Profeta. El profeta muchas veces fue comisionado para que desenmascarará la
impiedad de las gentes, y, en su edad de oro, su misión era “tirarles las
orejas a los gobernantes” para evitar que se hicieran “de la vista gorda”. De
esta manera el Señor -por mediación de su profeta- prevenía, en particular a
los poderosos, del gobierno civil, del religioso o de ambos, de caer en el
pecado de no reconocer, de olvidar, que tenían poder para favorecer y promover
a su Pueblo y que ese poder se los había depositado el Señor.
Se
han tomado sólo cuatro versos para definir dos estrofas, que suenan timbres y
baten campanas, previniendo su injusticia.
1ª estrofa: Al gobernante se le encarga proteger al desvalido y al huérfano tanto como hacerle justicia al humilde y al necesitado, porque ellos están ahí para defender al indigente y librarlos del opresor.
2ª
estrofa: Puede que se las den de “hijos del altísimo” -como lo pretendían los
reyes y reyezuelos de toda laya- que no tenían agua en la boca para hacerse
esculturas y proclamarse divinos, lo que dio pábulo a una tradición de
endiosamiento y culto de la personalidad, en cuyo sostenimiento se gastaban
cuantiosos impuestos cobrados para levantar los monumentos y honrar la memoria de
esos mismos a los que Jesús, más tarde denunciará, fueron los hijos que
honraron la memoria de los criminales y para disimular, les levantaron
mausoleos a los profetas que habías sido víctimas de los opresores, sus propios
padres y abuelos.
¿Qué
pide hoy el verso responsorial? Que Dios haga Justicia, que Él -como Sede de
todo Poder Verdadero- se levante y arranque las máscaras, de esos “príncipes”
simulados y vayan a dar al Sheol. Esos que se hacen llamar וּבְנֵ֖י עֶלְיֹ֣ון [yubene elyon] “hijos del altísimo” (aquí, por evidentes razones ponemos
“altísimo” en minúscula, dado que se remite a deificaciones paganas y no a
Yahweh).
Lc
17, 11-19
Lucas en el Evangelio
de hoy, llama la atención sobre esta práctica de la gratitud, cuando evidencia
que de diez personas curdas solo una regresa a agradecer. E porcentaje es del
10%, muy poco para todo lo que Jesús hace…
Papa Francisco
Hoy en el Evangelio se nos cuenta sobre los
diez leprosos que vinieron a implorar sanación de manos de Jesús: El los envío
a presentarse en el Templo, ante los sacerdotes, y sólo habiendo emprendido el
camino, ya alcanzaron “sanación”. Uno dice, ¡qué bueno, lo lograron! Pero al
llegar al final de la perícopa descubrimos que no sólo es importante curarse,
que lo realmente importante es ¡alcanzar la Salvación! Y aquí la
Salvación está concatenada con la Gratitud. Uno puede alcanzar la sanación y,
lamentablemente, quedarse por fuera de la Gracia, por falta de la gratitud.
En
esta parábola que nos narra Jesús viene una novísima definición de la fe. Le fe
no es una enumeración de doctrinas como quien fabrica manuales preceptivos, o
como quien enhebra los 426 kilómetros de sartales de
huevos de iguana; sino una “acción” muy precisa: ¡la gratitud! ¡la capacidad de
actuar “eucarísticamente”!
Una
de las enseñanzas que ponen en órbita los papás de un niño es enseñarles la
gratitud: “m´hijito, diga gracias” -muchas veces como simple artificio de Cortesía-,
descuidando su raigambre teologal. La gratitud conlleva la habilitación del
sistema circulatorio de la Gracia; que es un sistema circulatorio sanguíneo,
muy similar al venoso y arterial, pero, por el que fluye la linfa espiritual de
la Vida de la Gracia.
¿Quién
alcanza la salvación? ¿un fiel judío? ¡No!”, sino -según la opinión muy
farisea- un “despreciable samaritano”, valga decir, un cuasi-gentil, alguien
que mezclaba la fe neta judaica con deidades e ideas “paganas”, al volver del
exilio vinieron atravesados por ideas sincréticas. ¡Qué barbaridad! (Opinaban
ellos, los judíos).
¿Qué
fue lo interesante de este “samaritano”? ¿Qué hizo de especial que lo trajo a
ser el motivo y causal de la moraleja? Que fue él quien aplicó la εὐχαριστῶν
[Euchariston]
“Acción de Gracias”, o sea,
la acción celebrativa con la cual el hombre reconoce la Grandeza, la Bondad, la
Misericordia Divina y pone la luz de la oración en su corazón para no dejar
indiferente el “Don” recibido. No es que lo pague, que no hay cómo pagar un
“don” así; pero se hace intensamente consciente que, Dios lo ha escuchado, y
brota el raudal de la gratitud.
¿Y
cuál sería entonces la moraleja? En primer término, hacernos caer en la cuenta
que no se trata del ortodoxismo para alcanzar la verdadera salvación, sino de
la sinceridad del corazón: lo que es grato al Señor es que el fiel tenga
entrañas de Misericordia.
Pero
también, que los católicos no somos sectarios, que pueden llegar fieles de
cualquier parte, de cualquier nación y cultura, samaritanos inclusive, y
ninguno de ellos ha de tomarse como un caso perdido. a ninguno tenemos por qué
darle trato de “incurable”, de “leproso”, de “caso sin remedio”. Esto nos
cuestiona profundamente porque hemos visto personas muy obcecadas con sus
ortodoxias, centrados en repetir citas bíblicas y/o plegarias interminables, vacías
del Espíritu Misericordioso; pero, la moraleja es incontestable. Y, ¡esa es la
enseñanza de Jesús!: ¡Sólo el agradecido se salva!





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