sábado, 23 de febrero de 2019

AMOR CELESTIAL


1Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; sal 103(102), 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13; 1Cor 15, 45-49; Lc 6, 27-38

Venimos navegando en un río de Luz, Dios va iluminando nuestra existencia y –conforme lo que hemos visto- Dios nos dio como contexto existencial la Libertad, que podemos comprender como un gran bien, un tesoro de inapreciable valor, a la vez que un referente en el cual el ser humano puede construirse, puede desarrollar sus “potencialidades” y –en ese hilo de ideas- potenciar los dones recibidos para poderse poner de pie ante el Rostro Luminoso de Dios con bienaventurado balance: ¡la Vida tiene sentido, la Vida es un don que no se retira, la hemos recibido para que sea nuestra, para conservarla! ¡Dios no quiere esclavos! Ahora bien, la palabra Libertad se puede cargar de muy diversas connotaciones y, de hecho, sucede que se la aplica subrayando algunas de ellas, pero tendríamos que procurar entenderla con mayor precisión y no, de pronto, conformarnos con una oscurecida y reducida definición, que en vez de acercarnos a la Luz de Dios, nos alejara de Ella. Entre las más menesterosas versiones está aquella de “poder hacer lo que se nos viene en gana”, otra –muy cercana en su escases de miras- es aquella que reza “aprovechar las oportunidades que se nos presentan en la vida”. Realmente cualquiera de estas versiones no parecen provenir de la Luz, y más bien parecen conducirnos de cabeza contra un peñasco.

Parecería que en el relato bíblico que nos trae la Primera Lectura el personaje Abisai, quien usa una lógica que podríamos denominar “oportunista”, cree reconocer en la situación, que la Providencia Divina les ha entregado en “bandeja de plata” la cabeza de Saúl, y de esa manera concita a David para que, sin que medie reflexión ni reparo alguno- cobre su vida. Y, sin embargo, David (el Elegido de Dios) recuerda y actualiza –de inmediato- que Saúl es un “Ungido de Dios”, lo cual lo salva y hace que David le respete la vida, a su vez, David –por esa actuación leal- será  honrado por Dios. Notemos que la indefensión de Saúl es grande, porque Abner y todo su ejército “escolta” estaba sumido en profundo letargo y no lograron detectar la presencia “enemiga” de David y Abisai que se infiltraron de noche entre sus filas. El regalo providente es la profundidad de su sueño, no la vida de Saúl, que Dios detenta como Dueño Legítimo que es de todas las vidas.


Lo más interesante –nos parece- es la ética de David, quien no ve, solamente la situación de indefensión y la vulnerabilidad del “enemigo”, no se queda en la oportunidad sino que la interpreta y discierne en ella y antepone la óptica de Dios a la suya propia –y resaltamos la expresión “enemigo” porque en esta Liturgia es central el tema del “amor al enemigo” como nos lo enseñará Jesús, en el Evangelio, mostrado como el amor que es esencial, el que de verdad refleja nuestro discipulado del divino Maestro.

La condición de discípulo y además de Apóstol viene a lograrse por una metanoia, una conversión que nos explicará la Primera Carta a los Corintios en la perícopa que leemos este Domingo (VII Ordinario del ciclo C), de la situación de simple χοϊκοῦ “hombre terreno” (o sea, hecho de polvo), a la condición de Hombre Nuevo, la heredad que nos trasmite Jesús, la de ser ἐπουρανίου “hombres Celestiales” (del ámbito ουράνιος Celestial). Esto es definitivo, de alguna manera se podría interpretar el derrotero del discipulado, el proceso de cristificación, como una “transformación” de lo puramente biológico-material a lo trascendente-espiritual. Ese proceso es –mucho más que humano, no depende de la propia voluntad, ni la voluntad más tesonera podría por sus propias fuerzas “levantarnos” hasta esas alturas. Sólo el Amor-Misericordia de Dios puede “salvarnos”, el Amor-Ágape es nuestro único recurso-esperanza para poder enderezarnos. Roguemos y agradezcamos con intensidad y perseverancia para que Dios nos ayude con su Gracia y su Poder. ¡Señor, asístenos para caminar en pos tuya!


Nos ocupa, por otra parte, el Salmo 102(103) que pertenece a una clase que llamaremos Salmos Eucarísticos, precisamente porque son “acciones de gracias” por todo el Amor que Dios nos da, por todos los beneficios que nos prodiga: Nos perdona, nos cura, nos rescata, nos provee con abundante gracia y ternura. Hay aquí, como culmen de la perícopa, una formulación proclamada, que será medular en el conocimiento que Jesús nos revela de Dios, que ¡Dios es Padre!: “Así como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles”. No es sólo que Dios Padre ve a Jesús como su Hijo, sino que Dios tiene ternura paternal por todos. Dios siente esta ternura, aun a sabiendas de nuestro origen del polvo, reconociendo que Él nos hizo de polvo, que sómos frágiles, tiene Misericordia, e infunde en nosotros -junto con el soplo de vida- la dignidad, valga decir, la fabulosa potencialidad del Ascenso. Ese sublime Ascenso también es don de Dios, también es Gracia, también nos lo demuestra Jesús en su propia terrenalidad, toma su Trono, y con el Trono a cuestas “sube” hasta el Gólgota, y nos muestra que ¡es posible! Posible, despojándose de su Divinidad.

Por eso aquí va el Salmo Eucarístico: gracias a Dios por ese Amor que brota –como el amor materno- de las entrañas, del mismísimo “útero” (vientre materno) de Dios Padre-Madre, lo que llevo a André Chouraqui a referirse a él como un amor matricial. Nuestra fragilidad se granjea como rasgo que seduce ese Amor-infinitamente-desinteresado de Dios, que no necesita nada de nosotros, pero se complace en nuestro bien y se da, se entrega.


Para adentrarnos en el Evangelio podríamos segmentarlo en cinco partes:
1.    Amen a sus enemigos
2.    Traten a los demás como querrían que los traten a ustedes
3.    ¿Qué mérito hay en hacer los fácil, lo que todos hacen, lo que es natural, lo “terrenal”.
4.    El Padre es Misericordioso, la meta por alcanzar es serlo también nosotros. Asumamos lo que nos compete por ser sus hijos.
5.    Recibiremos en la misma medida en que seamos capaces de dar.

Pero al mezclar las dosis convenientes de estos cinco elementos vamos a obtener que –en nuestro caso personal-individual, y como miembros que somos del Cuerpo de Cristo, valga reiterarlo, como miembros de la Comunidad, del organismo de la Iglesia, nos corresponde, nos hace corresponsables de poder dejar brotar desde el “útero” de cada uno de los fieles discípulos, Amor-matricial, Amor-ágape.

Por el contrario, «…el amor de intercambio es típico de los pecadores. Amar a uno que me ama y porque me ama, significa que no lo amo si no me ama… este tipo de amor es pecaminoso y destinado al fracaso… tiene las características contrarias a las que se describen en 1Co 13: es siempre interesado, inconstante y tendiente a la ira, se apropia de todos los bienes del otro y descarga todos los males sobre él;… rechaza al otro y sus necesidades. Es eros el brazo derecho de thanatos (muerte), lo contrario del ágape que da libertad y vida. Como es comercio y búsqueda de sí mismo, no hace feliz a quien lo da ni a quien lo recibe. Dura mientras hay cómo despojar al otro; cesa cuando ya el otro no tiene nada que dar… Hacer el bien a quien nos hace el bien, y porque nos lo hace, no es amor. ¡Es desendeudarse!... Hacer el bien a quienes nos hacen el bien es un principio inmovilizante, que impide la iniciativa: ninguno se movería primero… Del bien queda sólo el envoltorio: dentro hay chantaje, rapiña y muerte.»[1]

¿Cómo se cohesionan  esos cinco componentes, y como se aglutinan en el Amor-Misericordioso? Por medio de una capacidad de actualización que tiene la fe. No se trata de recordar, porque el recuerdo tiene por esencia la clara comprensión de “lo pretérito”; se trata de una memoria cuya fuerza está en la actualización. Es una clase muy especial de evocación en la cual lo central no está en entender su rasgo histórico, sino que lo que se vuelve básico son dos aspectos:
·         Se hizo por mí, cuando sucedió se tuvo en cuenta mi existencia y que su fruto sería para mí, alimento, que sus consecuencias me tocarían
·         De qué manera yo, no soy paciente-pasivo, sino agente-activo.

Es como viajar en “el túnel del tiempo” para poder asumir y asumirme como con-structor y participar en lo que de otra manera me resultaría extraño y extrañante.

Si Dios toma mis culpas sobre sí, si Dios perdona, la consecuencia es que soy perdonado y –por tanto- también yo puedo perdonar hasta lo que me sonaba imperdonable. La voluntad de Dios que no consiste en hundirnos sino en rescatarnos, esa Voluntad que llamamos misericordiosa, puede ser la nuestra si podemos despegarnos de nuestra terrenalidad excluyente y, en cambio, alcanzamos –esmerándonos en ello- nuestro ser-Celestial. Único requisito y condición, cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne: «El cielo entero es mío, porque es tuyo en primer término, y ahora me lo das a mí en mi vuelo. Mi juventud surge en mis venas mientras oteo el mundo con serena alegría y recatado orgullo. ¡Qué grande eres, Señor, que has creado todo esto y a mí con ello! Te bendigo para siempre con todo el agradecimiento de mi alma.»[2]


Al elevar esta voz de agradecimiento no se puede dejar de lado zambullirnos en la profundidad del Mandamiento sinóptico de Jesús, el Mandamiento del Amor. Venimos repitiendo en todas las tonalidades y con las más diversas palabras que el Amor Ágape es un don. Y, acabamos de agradecer ese don. No obstante, la liturgia de hoy da otro paso, entra a hablarnos del Súper-Don, este Don que está –por así decirlo, por encima de todos los dones y carismas, es el “Don de todos los Dones”, es el perdón.

Decíamos arriba, refiriéndonos a la Primera Lectura, que el “enemigo” tenía un papel fundamental en el contexto trasversal de la Liturgia de la Palabra de este Domingo. Nos va a decir sobre la esencia del cristiano y del cristianismo. El amor que Dios nos ha dado, que ha depositado en nuestras manos y que es a imagen y semejanza suya es el amor que es capaz de volverse súper-don, que no reclama nada y no pide nada a cambio. Que pasa por nosotros sin venir de nosotros y del cual somos sólo espejo.






[1] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE LUCAS. Ed San Pablo Bogotá-Colombia 3ª ed. 2014 p. 180
[2] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO.ORAR LOS SALMOS Ed. Sal Terrae. Santander-España 1989 p. 198

sábado, 16 de febrero de 2019

DICHOSOS O DESGRACIADOS


Jr 17, 5-8; Sal 1, 1-4.6; 1Cor 15, 12.16-20; Lc 6,17.20-26

El apoyo constante del justo es la ley de Yahvé: día y noche ocupa su mente. Es condición de fidelidad…
Marcelo de Barros

Toda la Liturgia de la Palabra de este Domingo está atravesada por el eje de la bienaventuranza y la malaventuranza. Enunciadas como dicha prometida, como felicitación, como alegría por venir, como regocijo escatológico; o, de la otra parte, como ¡ay!, como maldición, como desgracia, como desdicha. Detrás de ello está la libertad que Dios ha entregado al hombre, su facultad decisoria, su albedrío. El discípulo está abocado a una toma de posición, a una toma de partido, y no se nos ocultan las consecuencias de nuestra opción. «La pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es más, lo considera central, porque no existe moral sin libertad: “El hombre puede convertirse al bien sólo en la libertad». Pero, ¿qué libertad? El Concilio —frente a aquellos contemporáneos nuestros que “tanto defienden” la libertad y que la “buscan ardientemente”, pero que “a menudo la cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal”—, presenta la verdadera libertad: “La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia decisión" (cf. Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección”. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: “La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes”.

Algunas tendencias de la teología moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva la relación de la libertad con la ley moral, con la naturaleza humana y con la conciencia, y proponen criterios innovadores de valoración moral de los actos. Se trata de tendencias que, aun en su diversidad, coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar la dependencia de la libertad con respecto a la verdad.

Si queremos hacer un discernimiento crítico de estas tendencias —capaz de reconocer cuanto hay en ellas de legítimo, útil y valioso y de indicar, al mismo tiempo, sus ambigüedades, peligros y errores—, debemos examinarlas teniendo en cuenta que la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32).»[1]

El Salmo 1 nos plantea –frente a la encrucijada de la vida- el dilema fundamental, la disyuntiva  primordial entre la “justicia” y la impiedad. Este es una Salmo del ritual de la  Alianza que era una clase de liturgia que –al principio- se celebraba esporádicamente como respuesta a una situación concreta, en momentos “álgidos” de la historia del pueblo de Israel, luego se empezó a celebrar cada siete años y, con el correr del tiempo se incorporó como un momento en la celebración anual de la fiesta de las “enramadas”. «La Alianza, recordada y renovada por los profetas, es una categoría interpretativa que arranca el gesto de Jesús de la trama de las simples relaciones de dedición entre los hombres y nos lo presenta como el signo supremo de la dedición de Dios en su Hijo, el signo del amor terreno y fiel con el que Dios alimenta, sana, libera, perdona y construye a su pueblo»[2].

«En la época de la Biblia, como hoy, había diversos tipos de contratos. Estamos bastante bien informados sobre este punto desde que se han descubierto los modelos de contrato hititas establecidos entre un soberano y sus vasallos. Los textos de alianza en la Biblia se inspiran en estos modelos… no se trata de un contrato entre partes iguales. La iniciativa viene de Dios: es Él quien “hace salir a Israel del país de Egipto”. Subrayo esta expresión porque es la fórmula que se repite como un estribillo para exaltar la iniciativa de Dios que precede a la respuesta del hombre y le da un sentido. En definitiva, lo primero en la alianza es la revelación de Dios… El compromiso de Dios pide la respuesta del hombre. El espacio en que encuentra su sitio esta respuesta es la ley…. La palabra “alianza” hace pensar en la palabra “ligar” (la palabra “ley” viene del latín lex, que quiere decir “poner en relación”, “ligar”, “vincular”)… No se trata por consiguiente de un concepto estrecho y legalista, sino de la fidelidad del pueblo… Dios se forma un pueblo liberándolo de la esclavitud; pero este acto liberador de Dios exige que el pueblo entre al servicio de Dios… La otra parte que firma la alianza es la comunidad y no en primer lugar el individuo… el contratante con Dios es un pueblo, una comunidad.»[3]


En este caso ¿cuál es la respuesta que se espera de nosotros? Está dada en la antífona. “Dichoso el que pone su confianza en el Señor”. “Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal”. «En nuestro mundo moderno, estamos tentados a decir que este salmo es irreal, demasiado bello para ser verdadero. Vemos en efecto, santos que fracasan y malvados que prosperan… Ahora bien, hay que escuchar esta afirmación paradójica, y comprenderla en el nivel de la fe, y no en el nivel de los éxitos materiales inmediatos. Pascal, al finalizar su famoso “Apuestas sobre Dios” nos da la clave del problema… diciendo que el justo es profundamente “dichoso”, aun si es probado dolorosamente en la vida, “¿qué perdéis escogiendo a Dios? ¿qué mal os alcanzará si estáis a su lado? Seréis fieles, honestos, humildes, agradecidos, bienhechores, amigos sinceros, veraces. En realidad, no estaréis en medio de placeres apestosos, en la gloria, en las delicias; pero tendréis otra clase de placeres. Os digo que ganaréis en esta vida y que cada paso que avancéis por este camino, veréis con certeza la ganancia, y la nada de aquello que arriesgáis; conoceréis finalmente que habéis apostado por una cosa cierta, infinita, por la cual no habéis dado nada” (Pensamientos de Pascal, Número 343)… Es evidente que el hombre es nada sin Dios… estamos lejos de una de una comprensión mezquina de la palabra “éxito”,… Se trata de algo muy distinto de lo que comúnmente se llama “retribución temporal”: La dicha, el éxito, el de los pobres, de los “anawin”… ¡Bienaventurados los pobres! ¡No se les promete dinero! Se les promete la dicha, y el éxito de su vida en Dios.»[4]

«La gente habla de sus vidas sin rumbo, de su falta de dirección, de seguridad, de certeza, de su sentirse a la deriva en un viaje que no sabe de dónde viene ni a dónde va, del vacío en su vida, de las sombras de la nada… Mucha gente es en verdad “paja que arrebata el viento”, colgados tristemente de los caprichos de la brisa, de las exigencias de una sociedad competitiva, de las tormentas de sus propios deseos… Tal es la enfermedad del hombre moderno y, según aprendo en tu Palabra, Señor, era también la enfermedad del hombre en la antigüedad cuando se escribió el primer Salmo. También aprendo allí el remedio que es tu palabra, tu voluntad, tu ley… Tú me haces sentirme como “un árbol plantado al borde de las aguas”. Siento la corriente de tu gracia que me riega el alma y el cuerpo, hace florecer mi capacidad de pensar y de amar y convierte mis deseos en fruto cuando llega la estación y el sol de tu presencia bendice los campos que tú mismo has sembrado.»[5]

«Después de haber leído y releído el salmo preguntémonos que es lo que se dice sobre el hombre, cuál es la premisa antropológica a todo el salterio: quién es exactamente este hombre a quien se le dice justo, quién es este hombre a quien se le dice impío. Notemos que este discurso antropológico sobre el hombre se distingue de cualquier discurso puramente evolutivo. Es un discurso dramático, porque es el discurso del hombre que del bien evoluciona hacia lo mejor; es una contraposición, una elección, un discurso profundamente ético-moral. El hombre sigue un camino o sigue otro; continuamente está ante decisiones serias que tienen consecuencias dramáticas para él, para su vida y para la vida del mundo. La aventura humana no pasa de una experiencia a otra: es una aventura que va de una decisión a otra, y toda decisión compromete el futuro del hombre. Este salmo está lleno de un sentido dramático de la existencia humana, que es una elección. Una elección que puede ser equivocada, y equivocada definitivamente; una elección en la que el hombre se pone en juego a sí mismo, su porvenir, su mismo ser como hombre. El hombre se hace o se destruye en sus decisiones; se encuentra ante decisiones constructivas o destructivas respecto de él o de los demás; nadie escapa de esta realidad dramática…: se describe al hombre no según la conducta moral, sino en relación con lo que ama. Entonces, ¿Quién es el hombre justo? Es el hombre que vive de la Palabra de Dios, el hombre que ha elegido como amor la Ley, la Ley entendida como la Torá, es decir, como proclamación de lo que Dios es para el hombre y de lo que el hombre está llamado a ser en la Palabra de Dios… La moralidad del hombre va, pues, unida a la capacidad de dejarse interpelar por esta Palabra que lo ha creado y que lo explica en lo más profundo de sí mismo. Preguntémonos seriamente cuánto tiempo podemos quitarle sin ningún perjuicio a lo que puede ser la escucha indiscriminada, al mirar indiscriminado, la televisión, el perder el tiempo sin fin preciso, para dedicarlo en cambio a la escucha y a la lectura de la Palabra. Sin este tiempo es claro que no vivimos de la Palabra, y, por tanto, ella no tiene en nosotros esa fuerza que se describe aquí.»[6]


Consideremos, ahora, el primer verso de la Primera Lectura: “Maldito el hombre que confía en otro hombre” (Jr 17,5), «La expresión… es escrita con frecuencia en los murales de la ciudad y repetida constantemente por personas que no piensan como los cristianos católicos. Dicen “lea, aquí está escrito: ‘Maldito el hombre que confía en otro hombre’”. El objetivo de citar de manera literal el texto es desautorizar el sacramento de la reconciliación por medio del cual se obtiene el perdón de los pecados y que nuestro Señor Jesucristo trasmitió a los apóstoles. El problema es una lectura fundamentalista del texto, ignorando u obviando el contexto histórico y teológico en que fue escrito el mismo, que fue unos cinco siglos antes de Cristo… nos damos cuenta que no tiene mucho que ver con el sacramento de la reconciliación que tiene otro origen y otro contexto; después de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, que trasmite a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados por la acción del Espíritu: “Jesús les dijo otra vez ¿La paz con ustedes. Dicho esto, soplo y les dijo reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos?” (Jn 20, 21-23).»[7]

Si el hombre que pone su confianza en otro hombre es maldito, ¿entonces, quien es bienaventurado? La respuesta está explícita en el Salmo: “Dichoso el que pone su confianza en el Señor”. Vamos a añadir un paso: ¿Dichoso quien desconfía de todo hombre? ¡No! No podemos vivir de la desconfianza, más grave aún, con la desconfianza de por medio la convivencia se hace imposible. Si siempre estamos desconfiando, todas las relaciones interpersonales se vuelven tóxicas. ¡Eso es lo que nos propone el “mundo”! En realidad lo que nos inocula la cultura destruye la solidaridad y –en consecuencia- lesiona radicalmente el concepto de fraternidad al que estamos llamados –insistimos- como hijos todos que somos del mismo Padre. La cizaña del Malo ha fructificado y su cosecha es abundante si Ese logra introducir brechas entre cada uno, si logra dividirnos, si fractura lo esencial de nuestra Unidad. ¿Cómo podemos ser Cuerpo Místico si entre nosotros  campea la suspicacia?


¡Lo que no podemos hacer es vivir de espaldas a Dios! «Por supuesto guardando siempre las diferencias entre Dios y el hombre; descubriendo que no son dos seres en oposición o pelea, sino dos seres complementarios: uno es Creador y el otro criatura. Basta pensar en el sol y la luna; aunque el sol alumbre de día y la luna de noche no son opuestos, sino complementarios puesto que la luna alumbra cuando el sol la ilumina. Los seres humanos alumbramos, cuando nos dejamos iluminar por la luz eterna de Dios.»[8]

Es hora de mirar el Evangelio. Leemos la perícopa de Lucas que denominamos “el Sermón de la Llanura” por contraposición al análogo de San Mateo que conocemos tradicionalmente como “el Sermón del Monte”. «Lucas hace “bajar a Jesús” del monte, como Moisés para llevarle al pueblo la nueva ley. Es la condescendencia de Dios hacia ese pueblo que no podía subir hacia Él (cf. Ex 19, 12s). Él hace su discurso “en un paraje llano”, humilde y modesto como toda la revelación de Dios en Jesús: en Él el fuego, el terremoto y el viento impetuoso se vuelven brisa suave, como lo había previsto el padre de los profetas (1R 19, 11ss); el águila (Ex 19,4; Dt 32,11) se convierte en clueca (Lc 13, 34).»[9]

Se trata de las bienaventuranzas y de las lamentaciones. Queremos echarles un vistazo, enfocando sólo el tiempo verbal:

·         Bienaventurados los pobres,   /  porque vuestro es (presente) el Reino de Dios.
·         Bienaventurados los que tenéis hambre ahora,    / porque seréis (futuro) saciados.
·         Bienaventurados los que lloráis ahora,   / porque reiréis (futuro).
·         Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre.  /  Alegraos ese día (alegraos está en presente, pero al añadirle “ese día” se transforma en futuro) y saltad de gozo, que vuestra recompensa será (futuro) grande en el cielo. Pues de ese modo trataban (antecedente, en pasado, como es lógico) sus padres a los profetas."

Hagamos otro tanto con los ¡ayes!

·         Pero ¡ay de vosotros, los ricos!,  /  porque habéis (pasado) recibido vuestro consuelo.
·         ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!,  /  porque tendréis (futuro) hambre.
·         ¡Ay de los que reís ahora!,  /  porque tendréis (futuro) aflicción y llanto.
·         ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!,  /  pues de ese modo trataban (pasado) sus padres a los falsos profetas."

Hay que notar el tiempo presente de la primera bienaventuranza y de la primera lamentación. “Ya ahora” ek reino es de los pobres y “ya ahora” los ricos se excluyen de Él con su sustitutivo de consolación. Las otras bienaventuranzas /lamentaciones están en el futuro simple: son respectivamente los frutos/sustitutivos del reino que madurarán en el futuro. Esta tensión presente/futuro entre un ahora y un después, es el mismo espacio de la historia lugar de decisión del hombre para acoger la libertad de Cristo.»[10]

«…es injusto hacer de las bienaventuranzas una lectura solamente intimista. Pero es cosa necia hacer de ella una “clasista”, que ve el mal solamente fuera de sí misma y demoniza al “otro” como enemigo. En realidad cada uno de nosotros lucha y es combatido entre el tener, el poder y el aparecer, por una parte, y la llamada del señor a la pobreza, al servicio, a la humildad, por la otra.»[11]

Ahora sí, enfoquemos le Segunda Lectura: «No; Jesús de Nazaret no podía quedar muerto en la tumba custodiada por esbirros. Lo mataron porque era hombre; pero como poseía el Espíritu Santo, resucitó. Su estilo de vida, su manera de vivir durante 33 años, no podía acabar en una tumba. El odio, la envidia, la rabia y la mentira de los sumos sacerdotes y compañeros contra Jesús no podía triunfar. Una vez en la historia ganó Caín; ahora triunfa Abel. El bien, sobre el mal; la luz, sobre las tinieblas; la libertad, sobre la opresión. El modelo del hombre, la norma de vida del hombre, no podía terminar con la cruz. ¡Dios Padre, por su Espíritu lo resucitó, lo puso en pie! Ahora, Jesús resucitado se presenta como el Hombre pleno, el Hombre acabado, el hijo del hombre. .Ahora se presenta como el Cristo de Dios, como el Señor del hombre, como el Salvador del hombre. Ahora Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre»[12]

«…ni la resurrección ni las apariciones pueden ser, propiamente hablando, objeto adecuado de crítica histórica… el testimonio de San Pablo en 1Cor 15, 5-8 que, según el mismo Pannenberg, sería el único texto capaz de superar un examen histórico crítico. Resulta en realidad que el testimonio de san Pablo en 1Cor 15 asegura la convicción de los cristianos –en el momento, al menos, de la redacción de la carta (año 56 ó 57)- de que una numerosa serie de discípulos habían sido beneficiados de la manifestación de Cristo resucitado… podemos tranquilamente atenernos a las conclusiones, más bien moderadas y optimistas del padre Grelot: “El historiador puede concluir con toda seguridad que en los años 30 se contaba en la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén, un importante número de hombres que se habían beneficiado de las manifestaciones de Cristo resucitado y habían fundado con su testimonio, la fe cristiana primitiva. El historiador nota con interés que esta lista era mucho más amplia que la que podía establecerse sobre la base de las solas narraciones evangélicas, aunque, debido al contexto cultural judío, donde sólo los hombres podían emitir testimonio válido, la lista no nombra a ninguna mujer”… No siendo la resurrección de Jesús la simple reanimación de un cadáver, ni el mero retorno a la vida temporal presente, “verlo” no puede tener el mismo sentido que si se aplica a la actividad ocular normal. Para decirlo con las palabras de un eminente exegeta, “las nociones ‘aparición’ y ‘ver’, tomadas en su sentido habitual, son trascendidas por otro elemento. En el contexto de los evangelios, la palabra opthe “se apareció” significa igualmente que el Resucitado se comunica a sí mismo por la palabra y el signo… Tanto si es palabra o signo, salutación o bendición, interpelación, invocación, mensaje, consolación, enseñanza, misión o fundación de una nueva comunidad, es siempre un don gratuito… Sí así es su aparición, “ver” al Resucitado equivale a escucharlo, acogerlo y participar personalmente.”»[13]


«No es posible aceptar al Resucitado si no tenemos una fe fuerte. La fe es un don bautismal que es preciso desarrollar, porque se nos da como en semilla. Si se cultiva sobre todo con la Palabra de Dios y la oración, la fe crece; si se cultiva con la vida de la comunidad en clima de fe, la fe aumenta; si se cultiva con la experiencia de los sacramentos de la fe, la fe se robustece; si se cultiva con una vida de ascesis, de renunciar a las obras de la carne y vivir las del espíritu, la fe se hace adulta; si se cultiva con el compromiso en la misión anunciando al Señor Jesús, la fe madura; si se cultiva compartiendo experiencias de fe con otras personas que también las tienen, la fe guarda su vigor. Muchos llegan hasta Cristo que muere en la cruz –Cristo histórico-, y no tantos los que llegan a ver la tumba vacía porque el Señor se puso en pie al impulso del Espíritu. Esta experiencia supone humildad, supone rendirse como Tomás, en un “Señor mío y Dios mío”. Los ojos de la fe parten de un “corazón de pobre”.»[14]

La pobreza de nuestro corazón, la humildad que nos cristifica, el Espíritu de servicio,  es sumergirnos en su Palabra, hasta saturarnos de Él hasta que –dócilmente- vivamos, nos movamos y existamos en Él,  y así poderlo trasparentar: ¡Esa es la bienaventuranza!






[1] Juan Pablo II CARTA ENCÍCLICA VERITATIS SPLENDOR C. Vaticano 6 de agosto de 1993. # 34
[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo, Santafé de Bogotá, D.C.-Colombia 1995 p.56
[3] Equipo “Cahiers Evangile”. PRIMEROS PASOS POR LA BIBLIA. Ed. Verbo Divino. Cuadernos Bíblicos No. 35 Estela(Navarra) – España 1992 p. 12
[4] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS Tomo I Ed San Pablo Santafé de Bogotá, D.C.-Colombia 1996. pp. 12-13
[5] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO.ORAR LOS SALMOS Ed. Sal Terrae Santander-España 1989 pp. 11-12
[6] Martini, Carlo María ORAR CON LOS SALMOS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá, D.C. –Colombia 1999 pp. 30-35
[7] Chigua, Milton Jordán. PINCELADAS BÍBLICAS DE LOS PROFETAS. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2015 pp. 131.133
[8] Ibidem, p.132
[9] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE LUCAS. Ed San Pablo Bogotá-Colombia 3ª ed. 2014 p. 163
[10] Ibidem pp. 166-167
[11] Ibidem p. 167
[12] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO Ed. San Pablo Bogotá, D.C. –Colombia 2001 p. 183
[13] Sala, Ramón. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS en DE LA FE A LA TEOLOGÍA Pou, R. etal. Ed. Herder Barcelona 1977 pp. 121. 118-120
[14] Mazariegos, Emilio L. EMAÚS: EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN Ed. San Pablo Bogotá-Colombia 2003 

sábado, 9 de febrero de 2019

REMAR MAR ADENTRO


Is 6, 1-2. 3-8; Sal 138( 137), 1-2a. 2bc. 3. 4-5.7cd. 8bc; 1Cor 15, 1-11; Lc5, 1-11

La educación del evangelizador significa, ante todo, dar a estos el verdadero sentido del perdón misericordioso de Dios sobre el pecado de los hombres.
Carlo María Martini

Nos hemos movido en el contexto del Cuerpo Místico de Cristo, allí hemos considerado los carismas y, entre todos ellos, Dios nos dice que debemos quedarnos con el Amor porque es el mejor carisma. Hemos empezado a ver, muy especialmente en la Primera Lectura del Domingo pasado el tema de la vocación; ahora, debemos voltear a ver hacia el contenido de esa vocación, Dios nos llama, ¿a qué nos llama? ¿Qué se espera del que es vocacionado? Ya lo hemos dicho: A evangelizar, para que seamos portadores de la “Buena Nueva”.


Aquí nos parece supremamente conveniente revisar lo que dice su Santidad Paulo VI en la Evangelii Nuntiandi, numeral 14: “La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: "Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades"[1], se aplican con toda verdad a ella misma. Y por su parte ella añade de buen grado, siguiendo a San Pablo: "Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!"[2]. Con gran gozo y consuelo hemos escuchado, al final de la Asamblea de octubre de 1974, estas palabras luminosas: "Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia"[3]; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgente. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa.”

Quizás, por ahora nos baste separar en la evangelización dos momentos, la etapa inicial y luego la profundización y maduración catequética. La Segunda Lectura de este V Domingo Ordinario nos trae un ejemplo kerigmático, que es la esencia de la predicación, la sustancia fundamental de nuestra fe (cf. v.11):

1.    Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras;
2.    que fue sepultado
3.    y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
4.    y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce;
5.    después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto;
6.    después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles;
7.    por último, como a un aborto, se me apareció también a mí –dice San Pablo.

Hemos separado los elementos que componen este kerigma, descomponiéndolo en 7 afirmaciones, de las cuales la primera afirma la muerte de Cristo y la segunda su sepultura; las otras 5 se ocupan de la Resurrección, por tanto, el corazón del kerigma es la Resurrección. Queremos poder llegar a afirmar que hemos sido vocacionados específicamente para difundir un contenido esencial: ¿lo decimos otra vez? ¡Jesucristo fue asesinado pero Resucitó. Vayamos un poco después de la perícopa que leemos dentro de esta Eucaristía Dominical, se trata de un argumento que es consecuencia  esencial del kerigma, se refiere a nuestra propia resurrección, vv 12-20:

“Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe. Y somos reos de falso testimonio de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados. Por tanto, también los que durmieron en Cristo perecieron. Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.” (Quisiéramos destacar la solidez lógico-argumentativa del razonamiento, polisilogístico, algunos de ellos tomados como entimemas). En esta parte del capítulo 15 de la Primera a los Corintios, nos alcanzamos a dar cuenta de la profunda consecuentalidad de la Resurrección de Jesucristo como primicia de la nuestra, que Él nos participa, como fruto de su Redención y de su solidaridad con el género humano. «El capítulo 15 proclama la resurrección de los muertos en forma más desarrollada de lo que Pablo mismo había tratado 5 años antes, en sus cartas a los Tesalonicenses.»[4] «La resurrección de Cristo es el punto central de la fe,… Negarla es, entonces, negar la fe misma y poner una barrera insuperable en el camino de la comunidad. Las consecuencias de esta negación son evidentes. En medio de una sociedad idólatra, la comunidad pierde toda capacidad de resistencia y confrontación, porque si es cierto que la sociedad injusta mató a Jesús para siempre, no vale la pena luchar. El Evangelio sería mala nueva, pura fantasía. ¿De qué serviría a la comunidad creer o bautizarse?... La resurrección de Cristo es el motor de vida que vence la muerte y la injusticia… aquí está la solidaridad de Jesús para con nosotros: Él es nuestro compañero de camino no sólo en la vida, sino también en la muerte, que es el paso definitivo hacia la vida de Dios.»[5]


En la Primera Lectura nos encontramos ante una Teofanía, hemos venido viéndolas con frecuencia, epifanías, cristofanías: lo vimos en el episodio de los Reyes Magos, en el Bautismo de Jesús y en las Bodas de Caná e –inclusive- cuando Jesús tomó el rollo de Isaías y leyó la Palabra. Hoy se manifiesta a Isaías, Dios se manifiesta en su Palacio, el templo, el templo que tiembla y retumba con la Voz de Dios. Estos sismos acompañan las teofanías para confirmarlas. El templo –que tenemos que recordar que no albergaba la comunidad cultual, sino que era la “morada del arca”-  está dividido en tres áreas: La zona de la Presencia de Dios, el Sancta Sanctorum, que es la zona de la Luz; luego, la zona intermedia, el Santo, lleno con la Orla del Manto, la parte central del edificio, en la penumbra, representa la conciencia del déficit de claridad; el profeta, está en la zona más  exterior, en el Atrio, el área que carece de iluminación, allí donde se requiere la purificación para poderse acercar e ir progresando hacia el Sancta Sanctorum, donde Dios se hace acompañar por su corte, los seres resplandecientes, los Serafines (los quemantes), con su triple par de alas y su canto del Triple Kadosh, que es la manera de construir el superlativo en lengua hebrea, el “Santísimo” o, como decimos en español, el “Tres veces Santo”. Todo esto es símil de la realeza oriental y sus cortes.

Observemos el humilde reconocimiento que hace el vocacionado de su condición de pecador en el verso 5: “«¡Ay de mí, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros y vivo entre un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al Rey, YHWH de los Ejércitos!»”; este reconocimiento no de sí mismo sino como órgano-miembro de la Comunidad, del Pueblo. El estado de impureza es subsanado por uno de los “quemantes” que toma –con las tenazas- una braza y purifica lo manchado: aplicando el carbón ardiente a la boca; sobreviene entonces la absolución: “está perdonado tu pecado” (v. 7d), esta purificación lo consagra; El elegido tiene que estar libre de pecado, consagrado significa “puesto aparte de lo profano”, “santificado”. Viene –ahora sí- la vocación, «Entonces, ya purificado, escucha la llamada de Dios, y se siente capacitado para ofrecerse con generosidad»[6]: “¿A quién enviaré? ¿Quién ira por Mí?”. Y reluce la docilidad y la entrega espontánea de Isaías: “Aquí estoy, mándame”.

Pongamos en paralelo las otras dos vocaciones que nos ocupan en la Liturgia de la Palabra este V Domingo Ordinarios del ciclo C:

La de Pedro (Santiago y Juan), en Lucas 5, 8-11: "Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.» Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron."

«Podemos imaginar el sentimiento de Pedro que seguramente se alegra porque ha sido escogida su barca: entonces no soy el peor del pueblo –se habrá dicho-; probablemente Jesús ha comprendido que hay en mí una persona modesta, pero digna de ser honrada…Es decir, Pedro vive un momento de euforia… cuando el discurso termina y Pedro piensa bajar a tierra para recibir las felicitaciones de la gente, Jesús sin más preámbulos, le dice que siga mar adentro y que eche las redes… por la respuesta de Pedro se puede adivinar que en su mente nacen dudas acerca de la palabra del Maestro, porque ya es tarde, se ha terminado la pesca y hoy no hay peces… Probablemente Pedro piensa en la figura que harán si después no sucede nada, tiene miedo de que todo el pueblo se burle de él como de quien se comporta de manera loca, porque se puso a pescar en una hora en la que ya no se espera una buen pesca… tal vez le convendría decir sencillamente que no y no meterse en la pequeña prueba, en la prueba que podría dejarlo en ridículo ante la gente… He aquí el momento delicado en el que Pedro se juega a sí mismo… “en tu Palabra echaré la red”…”confío en tu palabra”,… Señor. Tú me has afligido, has permitido muchos sufrimientos, pero yo confío en tu palabra... En realidad, el evangelizador se ve precisamente en estos momentos, es cuestión de arriesgar un poco, de echar hacia adelante, de perder el sentido del cálculo, de perder un poco el sentido de la medida. El evangelizador queda siempre caracterizado por este quid irracional:… no en el sentido de algo que va contra la razón, sino en el sentido de dar algún paso más allá de lo que es puramente seguro y sólido.

Y la red echada en la palabra de Jesús se llena, vienen otras barcas y también ellas están por hundirse. ¿Entonces qué sucede? Al ver esto (he aquí un aspecto del kerigma: hay un hecho, un hecho notable, imprevisto) Pedro descubre la manifestación de la potencia de Dios y se echa de rodillas ante Jesús diciendo: “Aléjate de mí porque soy un hombre pecador”. Algo sucedió. La potencia de Jesús hace resaltar la pecaminosidad de Pedro… Jesús lleva a Pedro a tener un acto de confianza, Después de este acto de confianza… para que pueda comprender la misericordia del kerigma, de la palabra de salvación. Lo lleva de este modo tan humano, libre, sin traumatismos fatigosos… Jesús forma al evangelizador por medio de estos saltos de confianza, con la presentación de su potencia; gradualmente hace emerger un verdadero sentido penitencial… de un Pedro orgulloso de sí, hace un hombre que sabe lanzarse en la confianza: de este hombre lleno de confianza, saca un hombre que sabe reconocer espontáneamente la propia pobreza; ahora, de este hombre humillado en su pobreza, saca un hombre lleno de su confianza. He aquí lo que quiere decir experimentar la potencia de Dios, he aquí la formación del evangelista, el que es formado por las innumerables trasformaciones que el poder de Dios obra sobre nosotros cambiando las situaciones humanas.»[7]

Ahora, demos un vistazo a la vocación de San Pablo, que no narra lo sucedido rumbo a Damasco, sino la percepción propia, rememorada, de aquella vocación, 1Cor 15, 8-11. San Pablo reconoce que la absolución y consagración son gracia de Dios; y luego, habla de la misión que ha cumplido.

"Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Más, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído."

El Salmo 138(137) pertenece a la clase de los salmos Hímnicos. Por lo general los Himnos se refieren a Dios en tercera persona, hay algunas excepciones, y esta es una de ellas, aquí se le habla a Dios, como dirigiéndose a Él en oración, en Segunda Persona. Esta oración conlleva su petición: «“¡No abandones señor, la obra de tus manos!” Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa… yo también en acción contigo. En “acción”… ¿para hacer qué? Para amar, porque “Dios es amor”…. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por Él! ¡No sé si te amo Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno… Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo “dado” es dado. Lo “prometido es prometido”. “Te doy gracias por tu palabra”… ¡La fuente del amor es Dios! “Todo hombre que ama verdaderamente conoce a Dios”, nos dice San Juan (Juan 4, 7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y “el otro-difícil-de-amar” ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: “amad a vuestros enemigos”. Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, El ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios… sacad la conclusión.»[8]


Podemos concluir con el mensaje de San Juan Pablo II al acoger este tercer Milenio: «… resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar: “Duc in altum” (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces” (Lc 5,6).

¡Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8)… Cristo. A él, meta de la historia y único Salvador del mundo, la Iglesia y el Espíritu Santo han elevado su voz: “Marana tha - Ven, Señor Jesús” (cf. Ap 22,17.20; 1 Co 16,22)…

Alimentarnos de la Palabra para ser “servidores de la Palabra” en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio… Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16).


Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos “especialistas”, sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo.»[9]








[1] Lc. 4, 43.
[2] 1 Cor. 9, 16.
[3] Cf. Declaración de los Padres sinodales, n. 4: L'Oservatore Romano, Edición en Lengua Española, 3 de noviembre de 1974, pág. 8.
[4] Seubert, Augusto y Equipo CÓM ENTENDER EL MENSAJE DEL NUEVO TESTAMENTO. Ed. San Pablo Bogotá D. C.-Colombia 7ª reimpresión 2002 p. 126
[5] Bortolini, José CÓMO LEER LA 1ª CARTA A LOS CORINTIOS. SUPERACIÓN DE LOS CONFLICTOS EN LA COMUNIDAD. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1996. pp. 58-59
[6] Caravias, José L. DE ABRAHÁN A JESÚS. LA EXPERIENCIA PROGRESIVA DE DIOS EN LOS PERSONAJES BÍBLICOS. Ed. “Tierra Nueva” Quito-Ecuador 2001 p. 72
[7] Martini, Carlo María. EL EVANGELIZADOR EN SAN LUCAS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1996 pp. 55-60
[8] Quesson, Noël. 50 SALMOS PARA TODOS LOS DÍAS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1996 p. 255
[9] San JUAN PABLO II. CARTA APOSTÓLICANOVO MILLENNIO INEUNTE Vaticano 2001 ## 1.40