Dan 2, 31-45
Ya
dijimos que este Libro estaba escrito -no solamente en hebreo- sino que una parte
importante está en arameo, esta sección aramea va desde 2,4b, hasta 7,28. Lo
que significa que la perícopa de hoy está tomada de la sección aramea. Los capítulos
del 1-6 forman la primera parte del Libro; luego esta perícopa proviene de esta
primera parte: Cuando a los adivinos y magos de Nabucodonosor les sale el tiro
por la culata, Daniel, gracias a Dios, revela cosas profundas y secretas,
logrando descifrar el significado de sueños que el rey soñador ni siquiera
logra recordar.
La
perícopa que se proclama no abarca los antecedentes del suceso:
En
los versos 1-12 se cuenta que Nabucodonosor tuvo un sueño, un sueño que lo
abrumó, pero que, a pesar de eso, él no podía recordar. Entonces llamó a sus
adivinos-asesores (לַֽחַרְטֻמִּ֜ים וְלָֽאַשָּׁפִ֗ים וְלַֽמְכַשְּׁפִים֙ son tres categorías que en aquella cultura eran tenidos por
“sabios”: [chartom] “magos” [ashshaf] “nigromantes” [kashaf] “hechiceros”) y
les dijo que tenían que revelarle su sueño, pero esto, claro, era imposible.
Entonces, Nabucodonosor resolvió que estaba rodeado de una satrapía de
embusteros, que de adivinos no tenían nada y los condenó a muerte (nótese esa
intensa arbitrariedad del gobernante, lo que su arrebatado capricho le dicta,
eso es lo que actúa).
La
segunda parte de la historia se presenta en los versos 13-45. El jefe de la
guardia real, que se llamaba Arioc nombre
de procedencia hebrea, que significa "león feroz"-, iba ya a ejecutar
a todos los sabios babilónicos, cuando Daniel lo interpeló y preguntó porque se
había dado un decreto tan severo, fue y pidió al rey un aplazamiento de la
sentencia y se reunió con sus tres amigos y oraron a Dios para que les
manifestara el sueño aquel y salvar su vida no pereciendo al lado de los sabios
babilonios. Y así fue, aquella noche, en un sueño, recibió la revelación de
todo lo que el rey exigía saber. Los versos 20-24 contienen un himno-oracional
de gratitud a Dios por haberle revelado el asunto que el rey pedía. Luego fue a
buscar a Arioc, abogó por la vida de los sabios y se hizo conducir ante el rey
para hacerlo reconocer que aquella exigencia por él planteada era un imposible
para sabios y adivinos y sólo Dios la conocía y la podía manifestar, porque Él
todo lo sabe. Aclara, -punto seguido- que no se puede entender el asunto como
que Daniel tiene un poder especial y superior, sino que Dios le ha entregado
este secreto para contener la ira caprichosa de Nabucodonosor, secreto que
contenía la profecía de lo que habría de suceder en el “final de los tiempos”,
exacto, se trataba de un mensaje escatológico.
Viene
la descripción del sueño, que se trataba de una estatua con forma humana: de
oro, por arriba, más abajo de plata, luego de bronce, piernas de hierro, y los
pies de hierro y barro mezclados. Vino una “piedra” -no arrojada por mano
humana- que golpeó los pies de la estatua, dando en tierra con toda ella, y
reduciéndola a pedazos. La “piedra” creció, creció y se trasformó en una
Montaña que ocupaba toda la tierra.
En
el verso 36, inicia el desciframiento del sueño, que figuraba los sucesivos
reinos, empezando por el de Nabucodonosor -la parte de oro- y luego los
distintos imperios -quizás aludía a los medos, los persas y los griegos
llegando hasta Antíoco Epífanes- que se sucederían, uno tras otro; todo esto
preparaba el advenimiento de un Reino que no tendrá fin, y que sucederá como
conclusión del proceso histórico. Esa es la piedra (Piedra Angular, que crecerá
como un Calvario y que reinará manando de la cruz), destruirá (con una
destrucción no destructiva sino creativa, Redentora) los demás reinos y que
perdurará por los siglos de los siglos.
(Viene la última parte, el epílogo triunfal de Daniel vv. 46-49) Nabucodonosor reconoció la grandeza del Dios de Daniel, lo colmó de honores, lo constituyó gobernador de Babilonia y lo puso a la cabeza de todos los magos, sabios y adivinos, Daniel le propuso entregar el encargo de la gobernación a sus tres amigos y él se quedó a su servicio en la corte.
Sal
Dan 3, 57a. 58a, 59a. 60a. 61a
Recordamos
que este Salmo -que no lo es propiamente- contiene el himno de gratitud que
entonan los cuatro amigos que se salvaron por la acción del Ángel que Dios les
mandó para salvarlos del fuego del horno mortal al que los habían condenado por
no adorar una estatua que el rey Nabucodonosor había puesto con este fin de
exigir vasallaje expresado en adoración a sus deidades paganas.
Llama
la atención todos los honores con los que rodeo Nabucodonosor a Daniel y sus
amigos (en el capítulo segundo), y ahora, (en el capítulo tercero), como que al
rey se le “olvida” y procede con total crueldad contra ellos. No es olvido, es
lo normal en los “poderosos” que no se sienten obligados por sus promesas de
otrora, sino que cambian y acomodan y no son coherentes con sus palabras de ayer,
sino que su única coherencia es con su arrogancia, y con el anhelo de hacer
relucir su autoridad mostrándose dueños de la vida de sus “vasallos”. (Nos trae
a la conciencia a Herodes y Juan el bautista, con quien aquel no tuvo reparos
en su admiración y supuesto respeto por Juan, y prefirió ceder a sus
compromisos momentáneos, poniendo por encima de la vida del Precursor, la
vanidad de haber ofrecido medio reino por un bailecito con meneo de cadera, y
con las intrigas de su concubina).
Dicho sea de paso, esta sed incontenible de demostrarse poderoso es lo que hace que con el correr del tiempo pierdan credibilidad y respeto y de oro, pasen a ser de plata, y venidos a menos sólo bronce o latón y terminen mostrando el cobre y el lodo que tiene bien entreverado.
En
cambio, la Piedra Angular, el Reino Mesiánico, a Él ¡Gloria y Alabanza por los
siglos! ¡Porque su Amor es eterno, y es eterna su Misericordia!
Lc
21, 5-11
Dios prometió enviar un
Mesías para la liberación y restauración de la justicia, y lo anunció a través
de sus profetas, pero no indicó cuando, por eso surgieron muchos que se
autoproclamaban Mesías, pero no venían de Dios, incluso el emperador se hacía
llamar “el divino” o “hijo de dios”, pero al contrario de lo que se esperaba,
este traía más opresión e injusticias, en nombre de una supuesta paz.
Papa Francisco
En
19,27, culmina el viaje a Jerusalén y empieza la sección de lo que pasó en Jerusalén
(19,28 – 21, 38), encuadra la última semana de Jesús para dar paso a la pasión,
muerte y resurrección (22,1- 24,53); esta semana recorremos el capítulo 21 con
una Lectura prácticamente continuada que nos llevará -el sábado- hasta Lc 21,
36. De esta manera concluiremos, el sábado, con las Primeras vísperas (a las
6;00 pm. aprox.), cuando llegará a su fin la trigésima Cuarta y última semana
de este año Litúrgico.
Siempre que nos referimos a las realidades escatológicas se debe recordar que es como “espada de doble filo”. Un filo que termina cortando a los imprudentes que se abalanzan contra ella, no porque ella quiera cortarlos sino porque neciamente ellos se dejan caer sobre su afilada hoja. El otro filo, es -más bien- diríamos como un bisturí. No mata, no hiere, no lastima. ¡Sólo corta lo que está enfermo, lo que daña, lo que corroe! No conoce ninguna agresión, no pretende degollar a nadie, su intención es puramente sanadora.
Los
anuncios de lo que ha de venir, al final de los tiempos, puede ser temible para
los malvados, pero para los justos es un anuncio de enhorabuena. Por ejemplo,
los justos, al oír de guerras y revoluciones, no tiene que sentir pánico;
Cuando se mencionan terremotos, pestes, hambrunas, los impíos corren a
esconderse, reniegan hasta por los codos, argumentan que esas son mentiras,
invenciones. Tiemblan de terror, les entran los escalofríos por todos los poros
y todo su ser se revuelca en su incapacidad de conversión.
¡El
templo no es el que salva! El templo puede que resplandezca y reluzca al final
-no olvidemos que en la Nueva Jerusalén no habrá Templo (porque el Señor Dios
Todopoderoso y el Cordero son su templo (cfr. Ap 21, 22))- todo el Reino será
Templo, porque el corazón de todos allí será pura Alabanza, pura compenetración
con la Gloria, sólo ensalzamiento.
«Jesús
llama a mantener la mirada en lo esencial: ni la grandeza del tempo ni las
amenazas de los falsos profetas pueden ofrecer un camino seguro» (CICLA). Entonces
¿qué hay que hacer? Dedicarnos a abrillantar el corazón, tener viva y clara
conciencia que cada uno de nosotros es Templo del Espíritu Santo. Y -así nos lo
advierte el sabio popular- “no dejes para mañana…” empieza ahora mismo a frotar
tu corazón y a pulirlo con diligencia.
Cuando
el pensamiento está desfasado, está desviado, está desenfocado, cuando nuestra
espiritualidad está torcida, nos afana el día y la hora. Nos inquieta saber el
momento exacto para comprar un tiquete a Júpiter y salir corriendo de aquí.
¿Por qué y para qué preocuparse de algo que no podemos cambiar, de algo que
tiene que ser en el momento correspondiente y frente a lo cual no tenemos
ninguna competencia? ¡es evidente que sólo importa saber algo, cuando ese saber
nos conduce a responder encaminadamente! de otra manera, es como saber cuántos
átomos forman un copo de algodón de azúcar… ¿para qué me servirá ese dato? De
ahí solo podemos inferir que estoy preocupándome de algo que redunda en nada. ¡Pura
y redomada inutilidad!
«Los
cristianos de hoy vivimos momentos de crisis social donde muchos aprovechan la
coyuntura para presentarse como falsos mesías, muchos lo hacen desde el ámbito
político prometiendo mejorar la calidad de vida de las personas y combatir la
pobreza y la injusticia, pero lo único que quieren es el poder y el lucro personal.
Por eso los cristianos tenemos que estar atentos y prevenidos». (Papa
Francisco)
Pero
yo mismo, articulado con mi comunidad (sinodalmente, porque nadie se salva
solo), tenemos una labor espiritual trascendental: orar y hacer todo el bien
que nos sea posible, en el Santo Nombre de Dios, para Glorificarlo, para
Testimoniar su Grandeza, su Infinita Misericordia.
Es como Nabucodonosor, estaba tan desorientado en su vida que, vivía y dependía de magos y adivinos, para saber que -en resumidas cuentas- su fasto y su brillo, con el correr del tiempo resultarían sepultados por una Montaña, la Montaña de la Verdadera Victoria, de la Gloria.





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