sábado, 29 de abril de 2017

SE LES ABRIERON LOS OJOS


Hech 2, 14. 22-33; Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11; Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35

«… el Ministerio del Interior acaba de dar un comunicado donde se afirma que varios maleantes robaron el cuerpo del mencionado delincuente, Jesús, precisamente para poder confundir y engañar a la opinión pública…»
Héctor Muñoz

“Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocen. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, se los entregaron, y ustedes, por mano de paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte…” Este discurso de Pedro, que se nos narra en los hechos de los Apóstoles, y que forma parte de la Primera lectura de este III domingo de Pascua, es una formulación sintética del Kerigma, y contiene la fórmula básica de la identidad de Jesús como era entendida y expresada en los tiempos en que San Lucas redactó el “Evangelio del Espíritu Santo”. Al decir que las ataduras de la muerte habían sido vencidas se está declarando que en lo sucesivo, ya nada será igual. Desde el pecado original hasta la resurrección de Jesús, la muerte detentaba su cetro de poder; a partir de ese momento, Jesús la venció y en Él, somos también beneficiados con tan gran deferencia.

En esta escena presenciamos y testimoniamos –sin lugar a dudas- el importante papel y el rol de liderazgo que tocó a Pedro. Ese liderazgo espiritual está reforzado por el carisma de la comprensión de la Sagrada Escritura que le permite entender que en el Nazareno tienen cabal cumplimiento las profecías que fueron pronunciadas en tiempos remotos, y que siempre se pensaron referidas a los antiguos y San Pedro las comprende y la explica como cumplidas hasta ahora en la Persona del Mesías-Jesús. San Pedro es capaz de cristianizar el Primer Testamento, cumpliendo así el encargo-misión que el propio Jesús le confió.


«El gran reto de la Iglesia de hoy… es… el de la “Nueva Evangelización”… Una evangelización de corazones evangelizados antes por el Evangelio orado; una evangelización que chorree verdad, transparencia y vida; que sea un chorro de alegría, entusiasmo y gozo; una evangelización que toque los corazones, que deslumbre las mentes, que de vigor a las voluntades arrugadas. Una nueva evangelización donde el ser mero “informador” ya no “vale”, sino ser “testificador”… La Nueva Evangelización clama correr la noticia de que Jesús, el amado del Padre, nos ha amado tanto que entregó su vida en la cruz para que nosotros fuéramos regenerados… Jesús, Él que asumió todas las miserias humanas, se hizo pecado, murió como un maldito, subversivo, blasfemos y endemoniado… Decirles que el Resucitado tiene una nueva morada: el corazón de los hombres.»[1]

¿Cuál fue el precio que se pagó por nuestro rescate? Ese es otro punto vital de nuestra fe. No se pagó un precio en oro o plata para redimirnos. Sino la Sangre del Cordero Inmaculado. Ese es el tema en la Carta de San Pedro, que es la Segunda Lectura; en ella se vuelve a insistir que Dios-Padre resucitó a Cristo y, no se conformó con resucitarlo sino que además le dio Gloria.


En el Salmo se hace mención de un magisterio que ejerce Dios para nosotros: “me instruye internamente”, su magisterio se ejerce en todo momento, hasta durante la noche Él se ocupa de enseñarnos, de enriquecernos, de orientarnos. De esa manera, va mostrándonos “el sendero de la vida”. Esa enseñanza es el motivo de la única que es verdadera alegría. Otros frutos nos muestra el Malo, haciéndolos pasar por frutos apetecibles; y, nosotros con frecuencia sucumbimos al engaño. Sólo las sendas del Señor son Camino cierto. Sólo Él nos conduce con Amor y Verdad, sólo ese Amor y esa Verdad son gozo real. Si andamos con Dios, no vacilaremos. El paso vacilante es un paso “de borracho”, no puede caminar recto, sino que va de un lado al otro, sin poder controlar el “rumbo”; podríamos decir que es un caminar con torpeza. La expresión original en hebreo significa algo como “no me torceré”, “permaneceré firme”. Sólo necesitamos vivir en la confianza plena que Él-(YHWH)-está-siempre-a-nuestro-lado.

Al episodio “Camino de Emaús” podríamos intitularlo una Verdadera Experiencia Eucarística! El momento cumbre se alcanza cuando a ellos por fin se les caen las telarañas de los ojos y logran reconocer al Señor. Es el momento de la fracción del Pan. Es el momento en que Él “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”, entonces ¡fue el cuándo! Atraviesan todo un proceso que los lleva del desaliento, «A menudo todos nosotros nos parecemos a los dos de Emaús: estamos encorvados, doblegados, inclinados sobre los acontecimientos cotidianos o sobre las realidades sociales que nos rodean y que a veces nos pesan, nos entristecen, nos preocupan. La misma realidad de Iglesia, si la miramos con ojo demasiado analítico, hipnotizados por este o el otro aspecto, nos puede crear ese sentido de pesadez, de incapacidad para acoger todo el designio de Dios que caracterizaba a los discípulos de Emaús precisamente mientras caminaban teniendo a su lado al Señor Resucitado»[2]. No nos ha abandonado pero ese atafago de cargas y cotidianidades, la pesadez y el bloqueo, nos nublan su Presencia nos incapacitan, nos anulan en la fe.

A ese estado depresivo del ánimo contrapongamos el luminosos y entusiasta estado post-eucarístico: Ahora “«Corren, corren como si les hubieran nacido alas como de águila. Corren, porque les quema la “llama de amor viva” que llevan encendida en su corazón. Corren, corren porque es hora de comunicar la noticia, hora de poner la luz sobre el candelero, hora de comunicar el gozo y lágrimas de alegría. Corren porque les aguarda un camino llenos de caminos que tienen que recorrer por todo el mundo para decir a TODAS LAS GENTES: “¡Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. Si crees en Él, si lo aceptas como el señor y Salvador de tu vida, si crees de corazón que el Padre lo resucitó con la fuerza de su Espíritu, te salvaras tú y los de tu casa!”. Es la hora, al correr, de hacer del Evangelio salvación para todos los pueblos y razas»[3].

En la Eucaristía el Señor dialoga con nosotros, nos habla, nos enseña, nos reprende y corrige nuestra dureza de corazón y nuestra lentitud para entender. Pero además, también nos escucha, nos acoge, nos abraza, y –como si pudiéramos desear más- entra para quedarse con nosotros. Ese es el contenido de la Experiencia Eucarística, que Él escoja nuestro corazón para entrar y quedarse.


La experiencia eucarística «Es el momento de compartir nuestras inquietudes, problemas y proyectos con quien amamos. Es el momento de dejar caer la Palabra de Dios como semilla en el corazón; es el momento de orar, de decirle a Jesús que entre en el corazón y cene conmigo, que participe de esa cena “que recrea y enamora”; es el momento de hacer del día una Eucaristía, una acción de gracias por tantas cosas bellas que hemos vivido.»[4]

¡Sólo hay que invitarlo! ¡Quédate con nosotros!








[1] Mazariegos, Emilio L. EMAÚS: EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2003. pp.152-155
[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1995. p. 167
[3] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO. Ed. San Pablo Bogotá, D.C.-Colombia 3ª ed. 2001 p. 191
[4] Mazariegos, Emilio L. ESTALIDOS DE GOZO Y DE ALEGRÍA Ed. San Pablo Bogotá-Colombia. 2003 p. 66.

sábado, 22 de abril de 2017

MOSTRAR MISERICORDIA AL PRÓJIMO SIEMPRE Y EN TODAS PARTES


Hech.2, 42-47; Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24; Pe 1, 3-9; Jn 20, 19-30

El Padre me ama porque yo mismo doy mi vida, y la volveré a tomar. Nadie me la quita, sino que yo mismo la voy a entregar. En mis manos está el entregarla, y también el recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.
Jn 10; 17 -18

La misericordia cambia el mundo, hace al mundo menos frío y más justo. El rostro de Dios es el rostro de la misericordia, que siempre tiene paciencia. Dios nunca se cansa de perdonarnos. El problema es que nosotros nos cansamos de pedirle perdón. ¡No nos cansemos nunca!
Papa Francisco


¿En qué consiste la Misericordia? O, todavía más, ¿Qué significa esta palabra? Para muchos no es fácil entenderla. Para un grupo muy amplio, la misericordia es el perdón concedido a un condenado a muerte. Y, en efecto, podríamos decir que esta es una expresión de misericordia muy grande, pero este concepto es ampliamente más rico y apunta a un tipo de generosidad que todos tenemos en el corazón: es, un rasgo que nos asemeja con nuestro Padre-Dios; bien es cierto que nuestra misericordia es ínfima comparada con la Divina, pero está en nuestro ADN (es una forma de hablar, una forma de decir que sin somos hijos de Dios, sus rasgos se trasmiten a nosotros y están, por decirlo así, impresos en nuestra “naturaleza”).

No todos tenemos la misma fe. No todos podemos creer sin sucumbir víctimas de la duda. Entonces, Dios no nos abandona, no nos desconoce ni ilegitima nuestro parentesco con Él. A algunos les cuesta más el seguimiento confiado y entonces Jesús, Infinitamente Misericordioso, se nos revela en su fina y dulce ternura: sus actos y sus gestos para con nosotros están impregnados de la dulzura de la paciencia, Él sabe que somos tardos para entender, y, entonces, resuelve no impacientarse con nosotros; opta, en cambio, por la longanimidad, y la aplica exhaustivamente con nosotros. Nos da más, se nos presenta en Persona, y nos invita a meter el dedo en sus llagas. Si, esta oportunidad que da Jesús –no se la brinda exclusivamente a Tomas, sino que la usa con todos nosotros- es para que dejemos de ser incrédulos y seamos creyentes.


Ese es el sentido de la perícopa del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan que leemos hoy: Que abandonemos nuestra terquedad de incrédulos, terquedad que es altanería mezclada con rebeldía; y, que –por el contrario- con docilidad demos a torcer nuestro brazo a Dios, para reconocerlo “Señor y Dios nuestro”.

Negar la fe para convivir con el pecado
Sin embargo, y aquí está el quid del asunto, muchas veces, teniendo la fe, encontramos cómodo negarla porque nuestro pecado nos acusa en la conciencia, entonces es cuando desautorizamos a Dios y, en medio de nuestra rebelión, decidimos negar cuanto Él nos ha manifestado en su Revelación. Es entonces cuando pateamos a la Iglesia y, con ella a todos los que se mantienen fieles a Jesús. «Cuando,… opto por obrar contra los mandamientos, preferiría que Dios no existiera y por consiguiente estoy dispuesto a prestar fácilmente oído a las objeciones acerca de la fe. No pocas objeciones derivan lamentablemente del hecho que nuestra vida cristiana, nuestros comportamientos no son conformes con el Evangelio. Entonces se requiere un camino de conversión que nos lleve a pensar y obrar según la verdad y la existencia de Dios. Entonces el creer nos resultará mucho más fácil.»[1]

Lo hizo todo Nuevo
Según San Juan nos encontramos viviendo “el primer día de la semana”, podríamos, perfectamente entenderlo como el Primer Día de la Nueva Creación. Todo indica que la acción de Jesús, es una acción genésica: Dios vuelve a soplar sobre el “hombre”, lo vuelve a crear.

En el Principio, en el Primer Día, encontramos que todo era oscuridad, fue “entonces que Dios dijo ‘!Que haya Luz!’ y hubo luz. Cfr. Gn 1, 1-3. ¿Cómo era la oscuridad? ¿Cuál era el rostro de esa oscuridad? En el evangelio de San Juan, en Jn 20, 19 se nos informa que, esta oscuridad en particular, tenía el rostro del miedo, miedo de los perseguidores, que en este caso eran los “judíos”. En cambio, cuando Adán pecó, tuvo miedo pero de su propio Creador.

Jesús puede entrar, aun cuando las puertas estén cerradas, se pone en medio de ellos, e inicia la obra de Re-Creación; ¡les da la Luz! ¿De qué Luz se trata? La paz, esa paz que significa superar el temor, ya no tener miedo. No hay nada que neutralice más al ser, que lo aliene más, que el miedo: el miedo nos hace “inválidos”, el miedo nos “enmudece”, el miedo anula la opción de ser testigos, el miedo nos silencia para llevar el anuncio del Evangelio. Miedo es lo que usan todos los totalitarismos: Policías secretas, aparatos paramilitares, delatores, propaganda de omnipotencia y omnipresencia, terrorismo sicológico, conciencia policiva de vigilancia constante; cualquier cosa que usted haga la estamos vigilando y sabemos, inclusive, lo que usted está pensando, así que no piense, no disienta, permanezca quieto, callado…

En ese ambiente Jesús-Resucitado inicia la nueva creación, la del Segundo Adán, con un Acto de des-acobardamiento, combatiendo nuestro miedo. Jesús infunde Valor, nos da la Luz que permitirá que nos convirtamos en testigos valientes y decididos, que no temamos al perseguidor porque no nos puede quitar “la vida”, porque Jesús ha demostrado que no nos pueden robar la vida, porque Él es la Vida, es la Resurrección; podemos entregar la vida, porque Él nos la restituirá. Cfr. Jn 10, 17-18 Porque Jesús a nosotros nos hace una delegación exactamente análoga a la delegación que el Padre le hizo a Él: “Así como el Padre me envió a mí, yo los envío a ustedes” Jn 20, 21b.


Y aquí viene el gesto de Jesús que nos confirma que estamos narrando con Juan la segunda Creación: Se trata del soplo de Jesús. En el versículo 22 Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, conforme el Creador sopló en nosotros – a través de nuestras narices- el aliento de vida.

Queremos hacer paráfrasis y decir que quien no tiene vida es el acobardado que no testimonia, ese carece del “Soplo del Espíritu” (como sabemos las dos palabras son la misma en Griego), ese Espíritu soplado por Jesús, es el aliento de la valentía, de la decisión de ser “testigos”. Así Jesús, Señor y Dios nuestro, nos a re-creado. ¡Ha hecho todo nuevo! (Cfr. Ap 21, 5b.)

Lo esencial del Mensaje
Este domingo se denomina ahora el Domingo de la Misericordia, y su rasgo más saliente es la Confianza en Jesús. Si, así es, la imagen del Señor de la Misericordia reza así: ¡Jesús, yo confío en Ti! Así que la Misericordia ejemplar, el paradigma de la Misericordia es El Hombre-Nuevo, es Jesús Resucitado, vencedor de la muerte. Fiel hasta morir de muerte de cruz, la más oprobiosa de las muertes, reservada a los sediciosos. Jesús no se bajó de la cruz, sino que mantuvo su coherencia más allá de toda prueba. Sobrepaso todo esputo y todo escarnio, se remontó por sobre toda flagelación y toda coronación de espinas; nada lo pudo detener en su decisión de cumplirle al Padre.

La primera lectura –como en todos los domingos de la Pascua y en todas las misas entre semana también- tiene una perícopa  tomada de los Hechos de los Apóstoles, donde en 4, 32-35 el núcleo es la siguiente frase: “Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.” (He 4, 32b).

Ya antes, en el capítulo 2, se había referido San Lucas a la Comunión fraterna. Glosando esta idea nos dice Ivo Storniolo: «¡En qué consiste la comunión fraterna? La palabra griega koinonía expresa la unión de los cristianos, unión fundada en la misma fe y en un idéntico proyecto de vida... Un poco más adelante, el texto pone en claro en qué consistía esta comunión fraterna: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno” (2, 44-45) Vemos, en consecuencia, que esta comunión reviste un aspecto político (fraternidad en la que todos pueden participar libremente en las decisiones) y un aspecto económico (repartición de los bienes según la necesidad de cada cual)… La vida de la comunidad cristiana se presenta entonces como un proyecto social alternativo que fermenta e incuba transformaciones políticas y económicas. Justamente por esta razón, la comunidad será desde entonces objeto de oposición y persecución, puesto que los dueños del poder y la riqueza no pueden aceptar pasivamente tal propuesta.»[2]

Y más adelante, refiriéndose al mensaje de los Hechos de los Apóstoles, dice lo siguiente: «…la primera o las primeras comunidades cristianas… Su rasgo fundamental es la unanimidad que se traduce en compartir… El fundamento de la unanimidad es el testimonio de los Apóstoles acerca de la Resurrección de Jesús: Él está vivo, presente en la vida y en la actividad de la comunidad, dando a todos libertad y vida…el texto explica claramente lo que quiere decir “tener un solo corazón y una sola alma”, que consiste en repartir entre todos el don que Dios ha hecho y destinado para todos. Es una nueva versión de la economía, ya no fundada en la propiedad privada y en la acumulación en provecho personal, sino en disponer todo con miras al bien común. Todo pertenece a todos, y está al servicio y al uso de la necesidad de cada uno. Es esta una comunidad que se tomó en serio lo propuesto en Dt 15,4: “Cierto que no debería haber ningún pobre junto a ti”. Más para que no haya ningún pobre es indispensable que haya reparto, todos comparten. Quien más posee más comparte, quien tiene menos comparte menos; pero todos acaban por disponer de lo suficiente para tener una vida digna. Es, pues, la aparición simbólica de una nueva humanidad que disfruta igualitariamente de la vida, don que Dios concede a todos.»[3]

Decimos ante la forma consagrada ¿cómo agradecerte que nos hayas amado tanto?

El defecto de condicionar la fe
«Tomás ha sido un buen discípulo de Jesús, pero un poco lento para captar los altos conceptos de Jesús (11,16; 14, 5). Aquí también exige pruebas palpables de que Cristo realmente vive. Ejemplo de esa fe inadecuada, condenada en 4, 48: “Si no ven señales y prodigios, no creen” (Cfr. 2, 23-25; 6, 26; 12, 18). Tomás en su rol de “dudoso”, aparece sólo en este cuarto Evangelio. Pero, no sólo él dudaba. El representaría a todos esos discípulos de los primeros años que “dudaban” (Mt 28, 17); tenían “dudas en su corazón” (Lc 24,38); “no creyeron a quienes habían visto al Resucitado” (Mc 16, 14)».


A través de la historia de la Iglesia hemos alabado y nuestro corazón ha hecho eco de esta frase tan hermosa que quedó incorporada a la liturgia de la Consagración Eucarística”, con la cual reconocemos, con la voz de Santo Tomás, ante la Forma Consagrada la Presencia de Jesús-Cristo en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. «Con esta proclamación asombrosa de Tomás, se termina este Evangelio. El Evangelio comenzó con “la Palabra estaba con Dios y era Dios” (1,1). Ahora lo repite al final: “Mi Señor y mi Dios”. A los cristianos de todos los tiempos que aceptan eso con fe, nos dice “Felices los que creen sin haber visto” (20, 29)»[4]

Constructores del Reino: Una fe de todas horas, de toda la vida
¿Podemos aislar la Eucaristía en un vacío litúrgico: una hora escasa robada a nuestros afanes y premuras, durante la cual cumplimos un ritual: “¡Ya fui a misa!”? Pero hay más y ya lo hemos visto, la Misa es esencial, la confianza en Jesús es indispensable; pero, si nuestra fe no se traduce en acciones misericordiosas, ¡esa fe no es nada! Ya sabemos que la fe des-acobardada es una que da testimonio, que no se puede callar, que va por todas partes gritando lo que Jesús quiere. Es el compromiso de prestarle la garganta, la voz, las manos y la inteligencia a Jesús para que Él, en pleno siglo XXI, siga diciendo en todas partes y ante todos que ama la justicia, que Él no es un pretexto para que se sigua maltratando a los más débiles. Que hay que construir una sociedad de otra manera, sin violencia, sin explotación, sin injusticia. Que si se puede levantar una sociedad donde la cultura de la muerte estará definitivamente derrotada y la cultura de la vida será triunfante y que ese será el Reino de Dios, y que su Reinado, entonces, no tendrá fin. ¡Que una mundo justo es posible!

La Resurrección, para los bienaventurados que creen sin haber visto, significa aceptar, aún en medio de la oscuridad más densa, que en el fondo, como al final del túnel, hay un destello Resplandeciente, Cegador, Refulgente, Glorioso: Es Jesucristo, el Vencedor de la muerte. Jesús de la Misericordia, y,… ¡Su misericordia es eterna!





[1] Martini, Carlo María. LAS VIRTUDES DEL CRISTIANO QUE VIGILA. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2003 p. 46
[2] Storniolo, Ivo. CÓMO LEER LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES. EL CAMINO DEL EVANGELIO. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1998 p. 47
[3] Idem. p. 66
[4] Seubert, Augusto COMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá 1999. p.152

sábado, 15 de abril de 2017

¡EL SEÑOR ESTÁ VIVO!


Hech 10, 34a. 37-43; Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23; Colosenses 3, 1-4; Jn 20, 1-9

Jesús, en cambio, no viene del mundo de los muertos –ese mundo que Él ha dejado ya definitivamente atrás-, sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida,…

Benedicto XVI

«Si toda su obra hubiera terminado en el patíbulo de la cruz, la muerte habría sido el fracaso de su persona, de su Buena Nueva, de su mensaje y la desaprobación de Dios»
Virgilio Zea s.j.

Cuando la oscuridad todavía domina
«… sigue siendo difícil comprender cómo María Magdalena, de quien sabemos que amaba al Señor, no fue capaz de reconocerlo inmediatamente, sino que llegó a pensar que se trataba del hortelano.»[1]

“El primer día de la semana, muy temprano, todavía oscuro, María Magdalena fue a visitar el sepulcro. Vio que la piedra de la entrada estaba removida” «Oscuridad es ausencia de Jesús. La oscuridad representa todas esas fuerzas negativas que trabajan de noche y se oponen a Cristo, Luz del mundo (9,4; 11, 9-10; 12, 35s).»[2] Donde se trata de la σκοτία, “la oscuridad”, se trata de la “oscuridad de la fe”, una oscuridad de naturaleza espiritual, ama a su Señor, le sigue, le continua fiel, pero, su fidelidad está dirigida a un muerto: para ella Jesús no es el Mesías, sino otro muerto más. Por eso, ante Pedro y Juan exclama: “¡Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto!” «Ni por un instante la pasó por la mente que Jesús hubiera resucitado. Más bien pensó en un robo, en una posible profanación del cadáver del Señor.»[3]

No acusamos, ni criticamos, ni culpamos a María Magdalena. Entendemos que llegar a la fe de la Resurrección supone un tipo de profundización teológica que nos viene por la Gracia. Posiblemente, pasó mucho tiempo y tuvieron que vivir muchas experiencias muy fuertes en las primeras comunidades cristianas para poder llegar a reconocer en Jesús al Resucitado, y aún más y mayores profundidades para teologizarlo y llegar a la convicción férrea. Los encuentros con el resucitado nos permiten intuirlo; por ejemplo, cuando Él les tiene el desayuno en la orilla del lago de Tiberiades (Jn 21, 12b) “ninguno de los discípulos se atrevió a hacerle la pregunta ‘¿Quién eres Tú?’ porque comprendían que era el Señor” «Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban.»[4]

Algo así se nos critica frecuentemente cuando ven algunos nuestra representación del Crucificado o nuestra cruz como símbolo de nuestra fe. A ellos hay que recalcarles que no hay Resurrección sin cruz. La cruz nos lleva a mirar cara a cara el rostro del Amor de Dios, de su infinita inmensidad, como lo hemos dicho en otra parte: Dios nos ama tanto  como una mamá ama a su bebé en medio de su indefensión. Con Tierno y Dulce Amor de Padre nos ama el Padre Celestial, pero más, con Amor Divino, con Misericordia; por ningún mérito nuestro, sino porque Él quiere amarnos, porque al moldearnos del barro y soplar en nosotros el espíritu (Gn 2, 7), quiso añadir -en su Corazón y en sus Manos Creadoras- el Amor. ¡Bendito y Alabado sea su Santo Nombre!

Así es como nos atrevemos a afirmar que María Magdalena iba “todavía en lo oscuro” de no reconocer al Señor Resucitado. Es a esa oscuridad a la que se refiere este texto, hay quienes todavía andan en la oscuridad del corazón para discernir en Jesús, al Señor Resucitado.

Pedro y Juan fueron corriendo
Pedro, la roca firme a quien se han entregado las “Llaves” representante de la Iglesia de Jerusalén, compite con la comunidad joánica (probablemente la comunidad de Éfeso); llega primero, pero al ver las vendas y el sudario, no capta nada, en cambio, al discípulo Amado, le basta verlas para captarlo todo y creer.


Augusto Seubert nos presenta tres exégesis diversas sobre el tema de las vendas y el sudario:

a) Pueden significar la fe antigua, el judaísmo con la versión farisaica, estricta, pegada a la Ley, concepción fundamentalista, ritualista y ultra-tradicionalista de la religión. Esas son las vendas; y Jesucristo las ha superado, las dejó atrás, anda suelto, desatado, sin amarradijos que entraben su libre caminar. Jesús siempre se mostró libre de ritualismos, de respetos sabáticos.

b) Las vendas evocaban a Elías que le dejó la capa a Eliseo y con ella, su poder, de forma tal que Eliseo pudo, igual que Elías, golpear con la capa las aguas del Jordán y dividirlas para pasar a pie enjuto (2 R 2, 8-15). Serían signo de transmisión de poder y autoridad.

c) Jesús se salió de las vendas, y quedan ahí, enrolladas, por que digamos que Él se evaporó y las vendas quedaron, enrolladas como lo habían estado alrededor del Cuerpo de Jesús, pero el Cuerpo ya salió de su jaula de vendajes.[5]

¿Por qué Juan entiende y Pedro no? El Padre Hugo Estrada nos da una hipótesis coherente: «Juan era el mejor preparado de todos para creer: Juan había recostado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena. Juan era el único de los apóstoles que había estado, minuto a minuto, junto a la cruz del Señor; había participado también en el entierro. Juan era el único que no había negado a Jesús. Por eso su corazón y su mente estaban más abiertos para creer lo increíble»[6]

Esencialidad de la Resurrección
Leemos en la 1ª de Corintios “Pero si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada, ni queda nada de lo que creen ustedes.

Y se sigue además “que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan.” (1Co 15, 14-15)

Veamos lo que comenta, a este respecto, SS. Benedicto XVI (casualmente hoy cumple 90 años: ¡Feliz cumpleaños! ¡Felices Pascuas!):

«Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre, y su deber ser –una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta….

Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente…

San Marcos nos dice que los discípulos cuando bajaban del monte de la Transfiguración, reflexionaban preocupados sobre aquellas palabras de Jesús, según las cuales el Hijo del hombre “resucitaría de entre los muertos” Y se preguntaban entre ellos lo que querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos” (9, 9). Y, de hecho, ¿en qué consiste eso? Los discípulos no lo sabían y debían aprenderlo sólo por el encuentro con la realidad…

…la reanimación de un muerto no nos ayudaría para nada y, desde el punto de vista existencial, sería irrelevante.

Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto redivivo, no tendría para nosotros en última instancia interés alguno. No tendría más importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto…

Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en romper las cadenas para ir hacía un tipo totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso;… es una especie de “mutación decisiva”, … un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad»[7]

Sus implicaciones en nuestra vida de fe
Para muchos de nosotros, fieles cristianos, la resurrección no pasa de ser una fecha en el calendario litúrgico, la Vigilia Pascual con su hermosísimo rito o una imagen de Jesús Glorioso. Pero la Resurrección es muchísimo más que eso. Es un elemento que tiene enormes implicaciones en nuestra vida, y debe repercutir en acciones, en un estilo de vida verdaderamente a la manera de Jesús. Implica, no sólo una creencia sino un compromiso:

«En el drama del hombre se juega el autor del hombre. Qué sentido tiene crear un hombre del absurdo: pasión de amor y, no sabe sino destruir al otro; ansia de libertad, de dignidad, y, no afirma la propia autonomía, sino negándola a otros. ¿Tiene sentido crear un hombre que no soñó con vivir, para que cuando se apasiona con la vida se le arrebate sin consultarlo? ¿Somos un haz de luz entre dos abismos de oscuridad? ¿Una burla de quien nos creó sedientos de sentido, sin nunca alcanzarlo?... Todo lo que conquista el hombre se torna ridículo ante lo que queda por hacer. La brizna de libertad que poseemos es una burla para los que no la tienen. Nuestra comodidad y la conquista del espacio, son una ironía cuando no podemos conquistar la propia tierra haciéndola más humana…


…hay que establecer una crítica despiadada a un Dios y un hombre lejanos el uno del otro: Dios un absoluto que no necesita del hombre, éste una miseria perdida en los espacios siderales, pequeñez a la que se aplasta sin que Dios se conmueva, en su inmutabilidad, por el dolor de la historia.

¿Por qué no pensar a Dios y al hombre, no como dos realidades antagónicas, sino como la capacidad del amor y del don y la capacidad de la aceptación del ser y del amor?

Aceptada la fe en la creación, Dios es ante todo relación, ha hecho un mundo para el hombre y al hombre para relacionarse con Él… Creación es afirmar en cada niño que nace, en cada flor que revienta, el triunfo de la vida sobre la muerte…

Y ¿por qué construir un mundo para unos pocos y no para todos?

La solidaridad tiene dos caras: hacerse como nosotros, para que podamos ser como Él.

No se cree en Jesús y su resurrección, si no se ha vivido la praxis de Jesús y no se ha amado a la manera de Jesús, sin un amor que como el de Jesús hace verdad en la historia la liberación del hombre del pecado, de la opresión, del odio; si no se ha vivido la pasión por el sentido y no se ha hecho la experiencia de Jesús: mirar a Dios como Padre, con un amor que exige construir un mundo de hermanos; Padre en el que se puede confiar y por el que vale la pena entregar la existencia, dándola por los demás.»[8]

«La muerte no es la última palabra ni el fin de todo: se entrega uno a la muerte por la justicia, para crear una vida digna, una vida justa. En esta afirmación está contenida ya una afirmación que escapa a los límites temporales. El que es capaz de entregar su vida por la justicia está realizando con ello un inmenso acto humano, que supera los límites del tiempo y del espacio; está diciendo que su deseo de vida justa es eterno. En el cristianismo, el deseo de pervivencia y de resurrección está esclarecido, confirmado y realizado. Lo que en todo hombre está presente de manera oculta, implícita, el cristianismo lo explica y lo expresa»[9]

Helder Câmara contaba una anécdota que –de alguna manera- nos muestra hasta qué punto nuestra fe, o nuestra poca fe, toca a los demás, los calienta o los enfría. «Recuerdo a una mujer que un día consiguió que su padre la acompañara a misa. Su padre, un gran personaje, había perdido la fe. Ella, por tanto, no dejaba de orar: “¡Señor, Señor, transfigúrate durante esta Misa! Mi padre está aquí. ¡Tócale el corazón!” Al concluir la Misa, ella estaba impaciente por saber si se habían abierto los ojos de su padre, si realmente la Eucaristía le había llegado al corazón. Pero él dijo algo que es verdaderamente terrible para nosotros, los sacerdotes y para todos los fieles: “Hija mía, ellos, los que estaban ahí dentro, no creen que Cristo esté en la Eucaristía…”

Por supuesto que no hay que exagerar. Al Señor no le gustan las exageraciones. Pero ¡qué importante es que participemos de un modo más auténtico y más cercano en la celebración de Cristo, para que todo el mundo comprenda que lo que hay allí no es un trozo de pan, sino el propio Cristo!»[10]

Es que cuando creemos llevamos el testimonio, les movemos el piso, comunicamos fe y, en esa misma medida, estamos evangelizando, proclamando la Buena Nueva. Lo contrario es cien por ciento más cierto: Nuestra tibieza, nuestra fragilidad sobre lo que profesamos, es anti-testimonio, puede ser enarbolado como pretexto, puede usarse como excusa para las inconsistencias de los demás. Así que si creemos en la resurrección, tenemos que vivir como Resucitados. Que se nos note la seguridad en todos los aspectos de nuestra fe, y la inconmovible certeza que no moriremos para siempre.

Concluyamos con las mismas palabras con las que Papa Francisco cerró su homilía de la Vigilia Pascual: “Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.”



[1] Câmara, Dom Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander-España. 1987 p. 183
[2] Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C. – Colombia 1999 p. 146
[3] Estrada, Hugo sdb. PARA MÍ,¿QUIÉN ES JESÚS? Ed. Salesiana Guatemala, 1998 p. 206
[4] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET. SEGUNDA PARTE. DESDE LA ENTRADA EN JERUSALÉN  HASTA LA RESURRECCIÓN. Eds. Planeta y Encuentro Madrid-España 2011 p. 309
[5] Cfr. Seubert, Augusto. Op. Cit. pp. 147-148
[6] Estrada, Hugo sdb. Loc. Cit.
[7] Benedicto XVI Op. Cit. pp. 281-284
[8] Zea, Virgilio. sj. Op. Cit. pp. 151-153
[9] Arias Reyero, Maximino JESÚS EL CRISTO Ed. Paulinas  Madrid –España 1982 p. 263

[10] Câmara, Dom Helder. Op. Cit. p. 184

domingo, 9 de abril de 2017

HECHOS POLÍTICOS


Mt 21, 1-11; Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Fil 2, 6-11; Mat 26, 14-27, 66

… en la noche del sepulcro, germina el alba de la Resurrección.
Etienne Charpentier

Jesús… muestra a Dios como Aquel que ama, y a su poder como la fuerza del amor.
Benedicto XVI

Tomemos como punto de partida los versos 7 y 8 del capítulo 2 de la Carta a los Filipenses: “tomando la condición de servidor, llegó a ser semejante a los hombres. Habiéndose comportado como hombre, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte-y muerte en una cruz.” Esta acción-decisión está expresada en el texto por un verbo que la rige: “despojarse”, que implica desproveerse, enajenarse, renuncia voluntaria,  abajamiento, renuncia a la autoridad propia. Vaciarse que significa desacomodarse, privarse.

Y, sin embargo, esta renuncia no es capricho, tampoco es rebeldía gratuita; es obediencia respecto del Padre Celestial, en quien se puede confiar sin límites; pero rebelión contra la esclavitud, contra el imperialismo romano, contra toda injusticia. Todo menos callar: Jesús se opone, se posiciona, cuestiona y es capaz de correr todo riesgo sin hacer nada que rompa con su obediencia al Padre. Por eso leemos: “se hizo obediente hasta la muerte-y muerte en una cruz”.


Esta obediencia que le implica “rebelarse contra” se convierte en la clave de todo el comportamiento de Jesús. Sabemos que Él es el Camino, la Verdad y la Vida: pues esta incondicionalidad que muestra es Camino, Verdad y Vida. Esta es la manera de ser vida, viviendo su incondicionalidad con coherencia, con consecuentalismo. Un consecuentalismo radical. Su radicalidad nos evoca a Sadrac, Mesac y Abednegó que desobedecen a Nabucodonosor antes que desobedecer a su Dios aun cuando la condena es perder la vida muriendo en el horno: “Si el Dios a quien adoramos puede librarnos del horno ardiente y de tu mano, seguro que nos librará, majestad. Pero, aunque no lo hiciera, puedes estar seguro, majestad, que no daremos culto a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido.” Dn 3, 1-30.

Muchas veces decimos que la crucifixión no fue un evento político y nos equivocamos al afirmarlo. Toda la historia de Jesús desde su mismo nacimiento está enmarcada en la politicidad. Desde el mismo momento en que nace y su elección de contexto de nacimiento, todo en su vida reside en un contexto político. La obediencia a Dios desemboca en una exigencia política puesto que exige coherencia con la justicia, y coherencia con los pobres. Es decir, se espera de nosotros un “ser consecuentes” a la manera de Jesús.

Se dice que Jesús bien podría haberse callado, bien podría haber huido; pero quizás donde quiera hubiese ido su consecuentalidad le habría llevado al mismo obediente desenlace.

¿Quiere decir que, la exigencia de ser coherente con Dios, de permanecer incondicionalmente fiel implica llegar a la cruz? ¿Quiere decir que todos los caminos llevan al Calvario? Diremos que no. ¡No de todos se espera el martirio! Pero de todos se espera la coherencia, la incondicionalidad hacía Dios, la fidelidad en el disiculado con Jesús, Camino, Verdad y Vida, Camino que conduce a Quien es nuestra Verdad, a quien es Fuente de Vida.

Esa incondicionalidad para con Dios, para con el proyecto de construcción del Reino es lo que nos da referente existencial. Ninguna fe verdadera puede ser puro ritualismo, aun cuando esté impregnada de ritos que llenan el 100% del tiempo y de la vida. No son los ritos, ni los holocaustos lo que Dios espera –ya nos lo dijo el profeta: “Lo que quiero de ustedes es que me amen, y no que me hagan sacrificios; que me reconozcan como Dios y no que me ofrezcan holocaustos (Os 6, 6)- sino la coherencia con la Justicia que es la manera de demostrarle el amor a Dios. Algunos serán llamados a la gracia del martirio, pero todos estamos invitados a la gracia de la fidelidad, de la coherencia, de la obediencia.

Al celebrar el Domingo de Ramos –nos gusta volver sobre este cuadro, Jesús montado en un borrego-, nada más humilde, rayando en lo ridículo, las piernas colgando y los pies prácticamente tocando el suelo. Los reyes y los poderosos iban de a caballo. Nos informan los historiadores que las autoridades judías, en el antiguo Israel, iban montando en una mula, pero en burro…

«”¡Hosanna!”. Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como “¡Ayúdanos!”… la súplica se convirtió cada vez más en una aclamación de júbilo (cf. Lohse, Th WNT, IX p. 682). … se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas.»[1]

Estamos frente al cumplimiento de una profecía. El caballo es –por antonomasia- una cabalgadura bélica. El burrito no, el burrito simboliza un tipo de pacifismo, es la renuncia a la violencia, es el anti-poder en esencia, o mejor, es el signo de otra manera de ejercer el verdadero poder, el poder que en vez de subyugar, encanta, seduce, que gana el corazón. Este signo del burrito, re-contextualiza toda la perícopa, explica la clase de política que Jesús practica: la Obediencia, la Humildad y el Amor.


Además, ¡Recordemos que Él siempre está; nunca abandona!

En el Salmo nos encontramos con esa paradoja: Jesús –si ponemos el salmo en labios de Jesús, y el evangelio nos informa que Jesús antes de morir pronuncio el versículo 1º, Elí, Eli lemá Sabactaní Mt 27, 46- reclama al Padre porque aparentemente lo ha abandonado; y, sin embargo, si le reclama es porque tiene conciencia que está allí presente con Él. Como nos lo dice Carlos Vallés s.j. «Mi queja ante ti era en sí misma un acto de fe en Ti, Señor. Me quejaba a ti de que me habías abandonado, precisamente porque sabía que estabas allí.»[2]

No nos dejemos deslumbrar, ni ensordecer por las bandas de música… ya es sabido que detrás del estruendo está el silencio y desde el silencio (de la cruz) nos habla Dios… que nunca nos desampara, que siempre está allí, aun cuando no lo sabemos ver o no lo podemos descubrir; es entonces cuando está más presente!



[1] Benedicto XVI. JESÚS DE NAZARET. SEGUNDA PARTE. Ed. Planeta. Madrid-España 2011. P. 17.18.
[2] Vallés, Carlos G. s.j. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae. Santander-España 1989 p.45

sábado, 1 de abril de 2017

CONTINUAR LA ACCIÓN LIBERADORA DE JESÚS


“sabréis que soy el Señor”
Ez 37,12-14; Sal 129,1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8; Rm 8,8-11; Jn 11,1-45

Lázaro volvió a la vida por la acción liberadora de Jesús. Pero su acción liberadora quiere comprometer a todos los que lo siguen… La acción liberadora de Jesús implica nuestra práctica de liberación: desatar a las personas de todos los lazos que las sujetan a una situación de muerte. Al obrar así estaremos continuando lo que Jesús hizo, con el fin de que todos tengan vida en abundancia.
José Bortolini

¿Qué significa Jesús? Significa “Dios Salva”, “YHWS es salvación”. Y, de ello podríamos derivar la caleidoscópia de sus implicaciones. Pero, una y otra vez resurge la pregunta: ¿De qué nos salva Dios? O, ¿Cómo salva Dios? Y el Evangelio de Juan, en el capítulo 11, que es el que se proclama en este V Domingo de Cuaresma, es una página bíblica que se aboca a contestar ese interrogante que se había vuelto neurálgico en el momento histórico que le correspondió vivir y en el que se movió la existencia de la comunidad joánica donde se redactó. Esta comunidad se vio enfrentada a la persecución y a una de sus consecuencias, tener que entregar la vida en martirio. También se vieron expulsados de la Sinagoga, y desplazados de las comunidades judías, predominantemente fariseas del momento. Fue el momento en el que tuvieron que segregarse del judaísmo.

Este texto plantea, pues, un interrogante de no poca monta para esas comunidades y  esencial para nuestras comunidades de hoy,  ¿Nos salva de la muerte? Pero, si de todos modos vamos a morir, entonces ¿de qué es que nos salva? Para nosotros, hoy, se plantea urgente poder responder al asunto de la mal llamada “resurrección de Lázaro” ya que Lázaro, simplemente aplazó su muerte, pero, de todas maneras, más adelante murió. Es decir, se pone a la orden del día el interrogante sobre la “vida perdurable”, esa que enunciamos a veces diciendo “no morirá para siempre”. A un paso de celebrar la Semana Santa, entonces, encaramos además la pregunta sobre la –esa sí verdadera- Resurrección de Jesús, que se levantó de la tumba para nunca más morir. Habría entonces, por lo menos dos clases de resurrección, que –como truco gráfico- podríamos distinguir, poniendo la una con “r” minúscula mientras la otra la escribiremos con mayúscula, para distinguir la que sólo es aplazamiento de la otra, de la que es “Vida Eterna”.

Pero más allá del asunto de su distinción al escribirlas está lo verdaderamente interesante: ¿Qué es qué?

Anticipemos la existencia de una muerte irreversible, que sería la que acarrea el pecado, ese grave pecado que nos cierra las puertas a la  vida perdurable y que por eso merece el calificativo de “pecado mortal”.

Ganamos un punto de comprensión si a la Resurrección a la Vida Eterna le planteamos dos condicionantes:
·         Haber aceptado en Jesús –nuestro Dios y Salvador- la posibilidad de una Vida más allá de la “muerte física” (por llamarla de alguna manera), y
·         Morir (la muerte física) en Estado de Gracia, es decir, libres de las consecuencias del Pecado Mortal.

Habría, por otra parte, una muerte rotunda, sin la esperanza de ningún “Después”, la muerte de quien haya vivido sin alcanzar y disfrutar de la Victoria de Jesús sobre la muerte, Victoria que consiste no en librarse de la muerte que hemos llamado física, sino en poderla trascender para alcanzar el Don de la Vida Perdurable; que dicho sea de paso, es la vida en plenitud, que consistiría en la intensificación de todo lo que reboza” vida, de todo lo que destella plenitud, de toda perfección imaginable, vida indefectible.


Un signo es, por definición, –no lo olvidemos- algo que, nos habla de otra cosa. Recordemos aquí, muy venido al caso, que en San Juan no se llaman “milagros”, los portentosos hechos de Jesús, sino “signos”. Es así como tenemos que abordar esta página bíblica, conscientes de que no nos habla de la Resurrección, sino de la resurrección, pero nos la indica, constituyéndose en un signo de ella.

¿Cómo es que una “resurrección” se constituye en “signo” de la Resurrección? Pues, cuando ya habían pasado los días en que toda “marcha atrás era posible”; ya olía, ya la descomposición había empezado, ya era imposible que estuviera vivo, y sólo el poder de Dios, actuando por medio del que se llama “Dios salva”, podía Vencer.

Es por eso que Jesús se demora, Él, en su infinita bondad, sabiendo que este “signo” nos era necesario, deja que trascurra el plazo necesario, para que luego, cuando Él lo traiga del mundo irreversible, a todos nos sea visible su Victoria, ¡la Gloria de Dios! Es por eso que Jesús se demora, no es un capricho, teníamos que ver que no era que estaba “dormido”, no era que estuviera “cataléptico”. Era que estaba muerto, pero muerto-muerto; y, pese a eso, hasta los muertos le obedecen.

La demora de Jesús, que María le reprocha, era necesaria para ti y para mí, para que pudiéramos creer, no en la resurrección, porque esa la hemos visto varias veces, aún en ciertas situaciones clínicas, donde se logra con maniobras de resucitación; sino en la que no podemos ver y sólo podremos testimoniar cuando la estemos disfrutando.

Todavía tenemos otro detalle que, a nuestro parecer, no se puede quedar en el tintero: Se trata del verso 44, donde leemos –refiriéndose a Lázaro- que: “El muerto salió, atado de pies y con las manos vendadas, y su rostro envuelto en un sudario.” Ante lo cual, recogemos el siguiente comentarios: «La vida nueva depende de la acción solidaria y amorosa de la comunidad. “Y Jesús gritó en alta voz: ¡Lázaro, ven afuera!” (11, 43). ¡Atención! La comunidad es la que ayuda a resucitar a Lázaro, desatándole las manos y los pies. La comunidad es la que les devuelve la vida a sus propios miembros, la que ayuda a liberarse del miedo de la muerte, del miedo que paraliza. En el grito de Jesús y de la comunidad está el amor por la vida. Todos y todas están llamados a salir del sepulcro, a asumir el compromiso con la justicia y, si fuere necesario, entregar la vida libremente: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto”(1, 2; cf. 10,18)»[1]








[1] Centro Bíblico Verbo. LA NUEVA VIDA NACE DE LA COMUNIDAD. EL EVANGELIO DE JUAN. Ed. San Pablo. Bogotá Colombia 2010. p. 82