sábado, 30 de mayo de 2020

ESPÍRITU QUE ÁNIMA



Hch 2, 1-11; Sal 104(103), 1ab. 24ac.29-31.34; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante de ministro.
Sal 103, 2b-4

Cuando un día de fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso
Hechos 2, 1-11

Hay un espíritu que aplasta, que vence, que derrota, que desespera, que destroza. Hay un espíritu del desaliento, de la desesperación, de la angustia. Pero hay –por el contrario- un Espíritu luminoso, sabio, vital, esperanzado. ¡A este último lo llamamos Espíritu Santo! Hoy –como muchas veces en la historia- es preciso que hagamos consciencia de este Espíritu-Paráclito que se pone a nuestro lado y nos preserva, nos reanima, nos vitaliza, nos desata y nos colma de dinamismo. No resuelve todo por arte mágica pero lleva en su pico dos gotitas teofánicas para calmar la sed que hoy nos perturba.


«Hace ya tanto tiempo que ocurrió esto, que ni me acordaba. Pero otros si se acordaron…
Era por la mañana tempranito. María, como buena madre, cuidadosa de un legado bueno, dijo a los discípulos de su hijo: -Se nos ha prometido un Paráclito (y lo dijo así no más de corrido…). Vayamos al cenáculo, armémonos de paciencia y esperemos, porque las promesas de nuestro Dios jamás dejan de cumplirse. Y si mi Jesús me lo comunicó, tengan por cierto que, tarde o temprano, vamos a ver con nuestros propios ojos lo que él anunció. Y como el Señor no les había avisado, antes de su Ascensión, cuando vendría el Paráclito, cargaron con sus bártulos, sus bolsas de dormir y algo para comer, porque si bien estarían en oración a la espera del Espíritu Santo, tanto a ellos como a nosotros , les sería difícil orar si el ruido de las tripas hambrientas lo impidiera.

¡Y allí se fueron!

¿Qué rezarían? ¿Cómo lo harían? ¿Con qué palabras o con qué silencios se dirigirían al Padre? ¿Habría dudas y miedos en sus corazones? ¿Creían, en serio, que ese espíritu desconocido a quien nadie puede ver, brisa suave nacida en horizontes lejanos, llegaría? ¿Qué les diría? ¿En qué idioma hablaría? ¿Cómo lo reconocerían?

Todos oraban, quedamente, con voces tenues… Desgranando el tiempo y aferrándose a los minutos y segundos.

De pronto, se oyó un ruido más fuerte. Pedro dijo a los demás: -¡Prepárense, pues parece que se viene flor de tormenta! ¡Los primeros truenos están estallando! Ojalá que aquí no haya goteras, porque se larga el aguacero. Pero después de ese ruido, que no alarmó demasiado al resto de los circunstantes, tan es así que siguieron cantando un salmo del padre Catena, el ruido volvió, mucho  más fuerte, como si un viento intruso horadara burletes y ventanas, metiéndose sigiloso por las hendijas.

– ¡Mama mía!, volvió a gritar Pedro. Me parece que esto no es viento sur, sino el Espíritu. Y la cosa se puso peliaguda cuando llamas de fuego, que parecían lenguas alargadas (exactamente como salen en algunas imágenes), se posaron sobre las cabezas de María y los discípulos. ¡Y el fuego quema! ¡Y el viento empuja y sacude! ¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?

¡Ah…! ¡Ahora comenzamos a entender qué es el Espíritu Santo que procede del Padre y el Hijo, tercera Persona de la Santísima Trinidad y verdadero Dios, como el Padre y el Hijo. Amor fruto de las relaciones entre el Padre y el Hijo, y el Hijo y el Padre! (Bueno… no lo dijeron con estas palabras, porque los teólogos no existían en esos tiempos y no se había escrito todavía la Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino, gordo, sabio y sesudo dominico del siglo XIII, que se pasaba el día pensando quien era Dios, a qué se dedicaba y otras menudencias). Lo que sabemos es que “todos quedaron llenos del espíritu santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”. Allí los carismáticos habrían estado en su salsa, hablando “en lenguas”, aunque nadie sepa de qué se trata. También se hubieran muerto de envidia los de Linguaphone, que prometen que aprenderemos cualquier idioma en tres meses, usando sus libros y sus casetes.

Aquí bastaron unos pocos minutos para que María y los amigos de Jesús, que tenían la inteligencia de la fe, pero que no eran universitarios, ni Premios Nobel de nada, hablaran de corrido en todo idioma conocido. Podían decir “jáu ar iú” en griego, y el otro les respondía “véri uél, ténkiu, ¿an iú?”, pero en chino y, a su vez, María podía preguntar a un turista: “comán tale vu” en francés, y recibir la respuesta “Meri, yé sui tré bián”, pero en portugués… Todos estaban muy contentos., Yo diría, “burbujeantes”, eufóricos, tanto es así, que la gente los creía borrachos, y eso que, hacía poco, el reloj había dado sólo ocho campanadas, por la mañana.

En esos días, Jerusalén era un hervidero, lleno de turistas y de peregrinos, porque se festejaba la fiesta del Shavuot, el Pentecostés judío en que se recordaba la entrega de la Ley, por parte de Dios a Moisés y su pueblo, en el Sinaí, durante el Éxodo por el desierto. Nos dice que había judíos, partos, medos y elemitas, y de Ponto, Frigia y Panfilia, que no tenemos idea de dónde quedan, pero que en algún lugar quedaban… Para darnos una idea, hagamos de cuenta que fueron los Yanquilandia, Inglaterra, Noruega, Japón y hasta de la Argentina , porque había una familia que comentaba, en un bar, que “los bifés eran más ricos y más baratos en el Palacio de las papas fritas en Buenos aires”, y que “la pizza de los Inmortales era mucho mejor que la de Italia”, y que al ir de compras a una casa de productos electrónicos, varios de ellos dijeron, “déme dos”. Jerusalén estaba llena hasta estallar y muchos, al ver a los turistas, se preguntaban, con toda razón: -Pero a estos negros que son de la barra brava, ¿de dónde les viene la paquetería de hablar en franchute y en inglés? Y algo parecido decían los amigos de María y los Apóstoles, pues estos, a duras penas, hablaban el idioma local.

¡No sigo mucho más…! Lo más importante de este cuentito mío que recuerda una historia que no es mía, es qué hizo el Espíritu Santo. Hasta ese día, los seguidores de Jesús estaban muertos de miedo, escondidos por la persecución que había comenzado fiera. A partir del Domingo de Pentecostés y del invento del sacramento de la Confirmación, se hicieron valientes y no le tenían miedo a nadie,…. Hasta ese día, eran una Iglesia replegada sobre sí misma. Desde ese día, se convirtieron en una Iglesia desplegada sobre los demás.

Y ahora… ¡punto final!

Si ves en alguna ocasión a alguien que te parezca borracho, no pienses mal (por lo menos de entrada) de él, no vaya a ser que tenga “la embriaguez del Espíritu” y no te des cuenta. Si alguna vez sentís en tu corazón un viento fuerte, déjate llevar por él: a lo mejor es “el Viento” con v mayúscula.

Si eso te sucede, tu corazón bailará y contará con júbilo indescriptible, y no encontraras palabras para expresarlo… salvo “gemidos inefables”.»[1]

Festividad de origen judío
Pentecostés se inserta en una continuidad judeo-cristiana. Surge primero –como casi todas estas festividades, como una celebración con carácter agrícola, era la fiesta de las Semanas, el Shavuot, con ella se trataba de celebrar la cosecha, cincuenta días (siete semanas) después del comienzo de la Pascua, de allí su nombre griego Pentecostés.


También es común a esas festividades judías su trasformación significativa, pues esta fiesta pasó a celebrar la entrega de la Tablas de la Ley, escritas sobre piedra por el dedo de Dios y dadas a Moisés en el Sinaí. Moisés reunió a su pueblo y les confió la Voluntad de YHWH de entregarles la Torá y ellos se ofrecieron a cumplirla, aún antes de que Él les manifestara de qué Ley se trataba, el pueblo expresó aceptación  a esta Ley, simple y sencillamente porque venía de las Manos del Dios Liberador que con gran poder los había sacado de la esclavitud en Egipto.

Esta fiesta en la tradición rabínica se ha llamado “atzeret” que significa “conclusión” aludiendo al cierre del período pascual.

¿Por qué se solapan estas dos celebraciones (nos referimos a la entrega de la Torá a Moisés y la Venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico? Los profetas había anunciado la entrega de una Nueva Ley por parte de Dios, que ya no estaría gravada en piedra sino sobre carne, en el corazón de los hombres; esta parece ser la explicación. El Espíritu Santo viene a implantarnos esta Ley en nuestro propio interior y es ni más ni menos que la Ley del Amor.


Así para nosotros los cristianos, la festividad de Pentecostés tiene este grandioso significado: ¡Hemos recibido la Nueva Ley! Y, siguiendo al pueblo escogido, también nosotros la acogemos con todo el corazón, simple y sencillamente porque es regalo del Amado para los que Él tanto ama y que nosotros correspondemos con nuestro pobre amor. Permítenos amar tu Ley y regálanos el don de guardarla, de vivir enamorados de ella, de cumplirla gozosos porque ¿qué amante no quiere hacer lo que complace a su Amado? ¡Que nuestra voluntad se plegue gozosa al cumplimiento de tu Voluntad!

Cuando San Lucas escribe los hechos de los Apóstoles configura el relato de Pentecostés con todos los rasgos y signos propios de una teofanía, siguiendo las pautas teofánicas del Sinaí: ruido del cielo (como rugido del viento), lenguas de fuego, el Monte Sinaí estaba envuelto en fuego y humo,… (en el Sinaí también sonaba más fuerte el Cuerno de Carnero, el Shofar…, véase Éxodo, caps. 19 y 20). “¿No es acaso, el Espíritu, viento que empuja y sacude, fuego que purifica y quema?” Nos ha dicho Héctor Muñoz en su cuento “Cuando un día de fiesta, sopló en Jerusalén un viento fuerte y ruidoso”.

El viento empuja –por ejemplo al barco, llevándolo hacía su destino, hacia su puerto; que hermosa imagen para significar que el Espíritu Santo nos anima, nos “motoriza”, con su fuerza nos impulsa; y, el fuego, no solamente purifica, sino que, además, calienta (mientras el frio congela inmovilizando), tan es así que es el fuego el que calienta en la locomotora el agua que le imprimirá fuerza de avance, propulsión…

En este punto se debe rescatar también el fuego que ardía en la zarza en la cual se manifestó Dios a Moisés al llamarlo, se trataba de un fuego que “ardía sin consumirse”, Ex 3, 1-6.9-12; y, acto seguido, conectemos con el episodio de los dos de Emaús que “sentían arder su corazón cuando Jesús les explicaba las Escrituras” (Lc 24, 32b). es este mismo fuego el fuego de las lenguas que se posaron sobre cada uno de ellos, calentándoles el corazón y haciéndolos superar todo miedo.

Aquí la continuidad tiene también su “corte teológico”, la fe que antes estaba reservada a un pueblo y una raza, en esta celebración se abre a “Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia alrededor de Cirene, viajeros de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes (Hch. 2, 9-10a), esta muestra de diversidad es indicativo de la universalidad de este Pentecostés, tema que ocupará el Libro de los Hechos, mostrándonos su extensión a los paganos, viajando y rebasando fronteras, haciéndose verdaderamente católica (universal).


Los signos, son sólo signos; y la Grandeza de Dios siempre los trasciende. No hay signo que abarque a Dios, pero estos signos son “índices”, apuntan hacia Él, pero nosotros no podemos quedarnos ahí, es más, Jesús mismo nos llama: “Vengan y vean” (Cfr. Jn 1, 39)

«¡Que no muera la paloma!

Zenkey Shibayama, … que era abad del monasterio Nazenji en Kioto, cita varias veces en sus obras la siguiente parábola con gran sentimiento por los sufrimientos de la humanidad y compasión íntima por su dolor (Op. Cit. pp. 136-200).

Una delicada paloma se dio cuenta en una ocasión
de un fuego de montaña que hacía
arder muchas millas cuadradas de bosque.
La paloma quiso extinguir
aquella terrible conflagración,
pero no había nada que pudiera hacer un pequeño
y delicado pájaro. Dándose cuenta de que no podía
hacer nada para arreglar la situación,
el ave, empero no permaneció quieta.
Con una irreprimible compasión
empezó a volar desde el fuego hasta un lago
que había lejos, desde el que trasportaba
unas cuantas gotas de agua en su pico cada vez.
Antes de que pasase mucho tiempo,
las energías abandonaron a la paloma,
que cayó muerta al suelo
sin haber alcanzado ningún resultado tangible.

Con mi mayor respeto al genial autor, pero yo no habría matado a la paloma. Yo la habría dejado volar mientras pudiera en su misión compasiva hacia el bosque, los animales, la naturaleza. Y la habría dejado descansar también entes de agotarse, para seguir cuando recobrara fuerzas con sus vuelos bienhechores en su tarea o en otra. No hace falta que muera. No hace falta que demos la vida por todas las causas en el mundo que merecen sacrificio. Lo importante es que trabajemos, que volemos, que llevemos agua en el pico, aunque sólo sea unas gotas, para apagar incendios y calmar sedes y dar esperanza a quienes la han perdido. Lo importante es ser paloma cuando no falten incendios.
La enseñanza central de la parábola, que casi se pierde de vista con la pena por la muerte de la paloma, es que hay que seguir haciendo todo lo que podamos hacer “aunque no se alcance ningún resultado tangible”. Ya sabemos que no podemos apagar el incendio. Pero no por eso debemos cruzarnos de brazos y dejar que arda el bosque. Hemos de contribuir con nuestra gota de agua. ¿Para qué, si no ha de servir para nada? Sí que sirve de algo. Sirve para decir que hay alguien a quien le importa que se queme el bosque, sirve para hablar cuando todos callan; sirve para crear opinión y despertar conciencias; sirve para dar testimonio ante todos los que ven el vuelo blanco de la paloma compasiva sobre el rojo resplandor de las llamas.

Y sirve, más que nada, para desprendernos nosotros de esa necesidad compulsiva de obtener “resultados tangibles” para creer que nuestro trabajo es válido y nuestra vida merece la pena. Aprendamos a trabajar aunque no consigamos nada, a testimoniar aunque nadie nos haga caso, a llevar agua aunque no apaguemos el incendio. Aprendamos a cumplir con nuestro deber sin medir nuestra jornada por sus resultados. No podemos apagar incendios. No podemos solucionar los problemas del mundo. No podemos “conseguir” nada. Pero si podemos vivir, podemos volar, podemos tener fe y mostrar confianza, podemos levantar la mirada y afirmar la esperanza.

Por eso no quiero que muera la paloma. Que siga viviendo para acudir a otros incendios, para atraer otras miradas, para enseñar a otros corazones. Mientras las palomas sigan cruzando la vida del hombre, habrá esperanza sobre la tierra.»[2]

Volar o caminar, aunque sea a pasos muy cortos
Primero Carlos G. Vallés ha modificado el relato de Zenkey Shibayama, ahora nosotros querríamos adjuntar otra glosa, para ratifica que hay que volar para traer unas cuantas gotitas en el pico, sin esperar “resultados tangibles”; esta vez se trata de una idea de Carmen Pardo, religiosa de la Congregación Romana de Santo Domingo, ella nos propone:

«… quiero sugerir algunas pistas que nos sirvan de invitación al compromiso, a ponernos en marcha y salir a la vida, empeñados en ser pregoneros de buenas noticias. Y deseo hacerlo tomando prestadas las palabras de un poema de Rigoberta Menchú:

“Crucé la frontera, amor…
Volveré mañana…”

… Jesús como Voz y Palabra del Padre, traspasa el límite del desierto para ir a Galilea y adentrarse en el espesor de la historia humana, allí donde las hijas e hijos del Padre esperan recibir una Buena Noticia (Mc 1, 14-15).


… otra voz profética de nuestra historia, la de Jon Sobrino, cifraba la esperanza en un mensaje: “Es posible ser humanos”. Cada día las noticias nos hablan de inhumanidad (masacres indiscriminadas, tortura, corrupción, violencia ciudadana, abusos sexuales, tráfico de drogas…). Sin embargo, es preciso que nuestra voz se alce y se haga eco de un proyecto humano. Necesitamos narrarnos unos a otros historias de vida plena; de tantas mujeres, hombres y niños empeñados en dar vida; de tantas personas voluntarias para prestar un servicio y que saben vivir la gratuidad en pequeños gestos. Necesitamos creer que lo humano tiene la última palabra.
………….

-La frontera de las macrorrealizaciones.
………….
Hemos de osar cruzar esta frontera para ser capaces de arriesgar en “las cosas chiquitas” de las que habla Eduardo Galeano:

“Son cosas chiquitas
No acaban con la pobreza,
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción
y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizá desencadenan la alegría de hacer,
y la traduzcan en actos.
Y, al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla,
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable”.

………….
“Dios nos eligió
Para mostrarnos unos a otros el Amor de Dios.
Somos el vocabulario de Dios;
palabras vivas
para dar voz a la bondad de Dios
con nuestra propia bondad;
para dar voz a la compasión, a la ternura,
la solicitud y la fidelidad de Dios
con las nuestras propias” (Leo Rock, sj.)

Y reunirnos en grupos, en comunidades eclesiales de base, en comunidades religiosas o de vecinos, para preguntarnos a través de qué signos concretos podemos llegar a ser compasión y ternura de Dios para nuestros hermanos, para preguntarnos y compartir cómo podemos dar voz a la bondad de Dios para nuestros hermanos y hermanas aplastados por la inmigración, el hambre, el desempleo, el alcohol, el sinsentido de la vida.».[3]




[1] Muñoz, Héctor. CUENTOS BÍBLICOS CORTITOS.  Ed. San Pablo. Bs. As Argentina 2004 pp. 176-179
[2] Vallés, Carlos G. sj. SALIÓ EL SEMBRADOR Ed. Sal Terrae Santander-España 1992. pp. 181-183
[3] Pardo, M Carmen op. PORTAVOZ DE BUENAS NUEVAS PARA MI PUEBLO. Conferencia de Religiosos de Colombia. pp. 8-12

sábado, 23 de mayo de 2020

ESTAMOS EN MARCHA HACIA LA PLENITUD



Hch 1:1-11; Sal 46, 2-3.6-9. 8-9 (R.: 6); Ef 1:17-23; Mt 28:16-20

Podemos pues poner la Ascensión como un “momento” teológico de exaltación que sigue a la Resurrección, “momento” de comprobación de que Jesús no había muerto y se había quedado así; luego resucitó pero tampoco se quedó así, simplemente resucitado, sino que “pasó” a la Gloria de Dios y fue exaltado y, como lo dice el Credo, “está sentado a la derecha de Dios Padre”.

Ahora, estamos abocados a una etapa de aprestamiento, miramos con ojos profundos e intensos tratando de avizorar la Luz al final del túnel. Esa mirada tiene que impregnarse de visión profética para que sea capaz de depurar lo mejor, y ese esfuerzo lo hacemos solidariamente, cooperativamente, nos convoca para que muchos asumamos el sacerdocio y seamos los parteros de un maravilloso porvenir. ¡Qué divina oportunidad se nos ha dado: Dar a luz una Nueva Época! ¡Invitados a Ascender!

¿Es el momento de la separación? ¿Jesús se va? Ya los acompañó unos días, ahora, ¿ha sonado la hora de marginarse de la realidad y de la historia? Pero de estos interrogantes surge inmediatamente otro más fuerte todavía: Entonces, ¿qué hay de aquello del Emmanuel, del Dios-con-nosotros? ¿Fue que hasta ahí nos duró su acompañamiento? El mismísimo Evangelio de este Domingo, en el que celebramos “La Ascensión del Señor”, nos da la respuesta. Al terminar, concluye diciendo: ¡“sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”!


Sólo si tenemos claro que Jesús permanece entre nosotros y recordamos que “Su fidelidad dura por siempre”, tiene sentido que en la Oración colecta de esta celebración pidamos estas dos cosas:
·         Exultar con santa alegría, y
·         Regocijarnos con piadosa acción de gracias.

La propia oración colecta nos explica el motivo de esa alegría y de ese regocijo, que tiene dos razones: Porque Cristo es nuestra victoria, y porque no se ha ido sino que se ha sentado en el trono de Majestad desde donde nos comparte, nos hace al decir de San Pablo, coherederos de su gloria; esta segunda afirmación explica la primera, aclarando porque Él es “nuestra victoria”.

Si nos apoyamos en el Salmo, -se trata del Salmo 46- entendemos que la Ascensión  es de enorme alegría que en este texto se expresa con “voces de júbilo y trompetas, y entonar el mejor de nuestros cantos”, porque no es un alejamiento, no es un ausentarse, es el Ascenso para sentarse en su Trono. Si, en efecto, no estamos hablando de separación, ni de abandono, mucho menos de alejamiento; estamos hablando de “Entronización”, entiéndase bien, ha “subido” a su Trono Santo, para reinar ¡sobre todas las naciones! ¡Exultemos radiantes, cantemos y saltemos de júbilo, El Señor asciende entre aclamaciones al son de trompetas!


Este Salmo se clasifica entre los Salmos del reino: ¡YHWH reina! «Durante el destierro en Babilonia (entre los años 587 y 538) los judíos habían asistido a las fiestas en honor de Marduk, el dios nacional de Babilonia, y se habían quedado impresionados de su magnificencia. Pero hay una diferencia esencial entre esta entronización de Marduk y la de YHWH: la realeza se le confería cada año al dios babilonio después de un combate ritual con el dragón Tiamat, combate del que salía vencedor; pero a YHWH no puede nadie conferirle la realeza que posee desde el origen (Sal 93, 2).»[1]

Esta experiencia es clave en nuestra fe, es una experiencia que nos permite vivir la esperanza. Anclados en el aquí y el ahora ¡nunca indiferentes, ni indolentes; no estamos condenados a mirar hacia abajo, al contrario, esta Entronización que celebramos nos conmina a mirar hacia arriba, a levantar nuestros ojos con la fuerza de la fe y con la esperanza garantizada.

«Y aquí viene una pregunta: ¿este mirar hacia arriba no nos podría tal vez distraer de nuestro compromiso cotidiano, no hay quizás un poquito de reproche en las palabras de los ángeles a los Apóstoles: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando el cielo?”»[2]


«La escritura misma nos da la respuesta a este interrogante: “Este Jesús que les ha sido arrebatado al cielo, vendrá así como lo han visto irse al cielo”. Reflexionemos por un momento juntos sobre el significado de estas palabras. Se trata de ese Jesús que ha vivido entre nosotros, que recorrió los caminos de Palestina que todavía hoy podemos recorrer en peregrinación; ese Jesús que, hombre como nosotros, sufrió por las incomprensiones y gozó por la escucha de su palabra; ese hombre Jesús que fue muerto por sus enemigos que atentaron contra su vida y lo llevaron a la muerte; ese Jesús a quien Dios resucitó. Jesús, aun siendo Hijo de Dios, vivió una experiencia de vida semejante a la nuestra, desde el nacimiento hasta la muerte. Por esto nos dice la palabra de Dios: “Les ha sido arrebatado al cielo”.

Es uno de nosotros, uno que se hizo como nosotros, uno que conoce nuestra experiencia. Con su presencia en el cielo, pues, también nuestra experiencia, nuestra vida, nuestro deseo ha sido llevado junto a Dios….

…Jesús esta allá también como hombre, en esa luz, en esa realidad perfecta que es el Reino definitivo, la Jerusalén Celestial, la ciudad de Dios, el lugar de la paz y de la justicia perfecta, el lugar en donde todo es claro, libre.»[3]

Así pues, nuestra respuesta y nuestro trabajo por forjar un mundo mejor, más humano, que permita al ser humano su cabal realización, no nos exime de mirar hacia el futuro del trans-mortal; más bien, mirar al horizonte y descubrir que tras el velo del misterio está el cumplimiento de la promesa y saber que el que promete -en este caso- es Fiel a su Palabra, nos alienta a vivir con mayor coherencia y nos señala, a la vez, el derrotero que debemos tomar para que ese mundo de justicia se pueda fraguar.


«Jesús está junto a Dios, en el Reino perfecto, definitivo, y al mismo tiempo está con nosotros, todos los días, está con su Iglesia; Jesús glorioso y poderoso está en nosotros y con nosotros, está en nuestras manos para que podamos construir una sociedad más justa, está en nuestra mente para que podamos reflexionar sobre lo que es bueno y lo que es verdadero, está en nuestro corazón para que podamos elegir lo que lleva a la vida y al amor.»[4] Y para que del enclaustramiento saquemos la Luz, como si hubiera sido un denso retiro espiritual. Que nuestro corazón –el corazón de la humanidad- resplandezca mejor que la joya más preciosa, y su destello sea el de Nueva Humanidad, porque Él, todo lo hace Nuevo (Ap. 21, 5).





[1] Mannati, Marina. ORAR CON LOS SALMOS. Ed. Verbo Divino Estella (Navarra)-España 1994. P. 38.
[2] Martini, Carlos María. POR LOS CAMINJOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995. p. 184
[3] Ibid
[4] Ibidem, p. 183

sábado, 16 de mayo de 2020

CADA PASO REINVENTADO EN EL AMOR



Hch 8:5-8, 14-17; Sal 66(65), 1-3a. 4-7a. 16. 20; 1 Pe 3:15-17; Jn 14:15-21

“No los dejaré huérfanos” Huérfana es una persona que ha perdido lo que por naturaleza le corresponde, como un hijo… No es tan sólo una experiencia de abandono. Es desorientación, perdida de identidad, desaparición de aquello que hace que uno sea lo que es.
Silvano Fausti

…que también nosotros podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.
DEUS CARITAS EST
Benedicto XVI

A nuestra situación se añade el sentido de privación, de perdida de aquello a lo que estábamos acostumbrados, de nuestra vida corriente, de nuestras rutinas, de nuestro hacer y vivir cotidiano. Lo que enmarca nuestro aislamiento es –sobre todo- el abandono de lo que solíamos hacer, la obligatoriedad de crear, en todo momento, el qué-hacer inmediato, desacomodados de nuestros nichos de usanzas y tradiciones. Y, quizás- en ese ambiente de orfandad y de privación, una de las urgencias y premuras es la de retomar –cuanto antes- el trasegar común y corriente, aquel al que veníamos habituados: “la normalidad”.

Y es natural, quizá todos estamos tan hechos al giro de la rueda que nuestra más lógica expectativa sea la de “retomar”. Lo cual no tiene nada de malo. Pero, si me disculpan poner un “pero”, también en estos días hemos empezado a descubrir que la repetición “no la deberíamos dar por sentada”. Esa suposición dimana de nuestro concepto de libertad como derecho de hacer lo que se nos ocurra. Y, perdemos de foco que “todo es Gracia”. Allí viene muy a tono reflexionar, desde esos parámetros aquella sentencia del Padre Nuestro: “”hágase Tu Voluntad”… En alguna ocasión alguien me conminaba a reconocer que la pronunciamos de muy buena gana queriendo significar “hágase Señor Tu Voluntad, siempre y cuando coincida con mis gustos y quereres”. Así, nuestra experiencia de vida, hoy por hoy, se contextualiza con el momento histórico –tiempo de turbación, si queremos llamarlo así- y nos desafía a descorrer la cortina para mirar, con mirada devota y ojos piadosísimos hacia la “Voluntad de Dios”, a la vez que hacia su Amor.


Una y otra vez nos encontramos con el Amor, nuestra fe pivota sobre ese Eje, porque Dios es Amor, porque el amor es el corazón de nuestra fe, es Dios mismo que se nos propone como meta, como paradigma de humanidad, se nos ofrece, entonces, como una dinámica para vivir esa fe, no se trata simplemente de aceptarla y decir “creo”, se trata de vivir construyendo una Nueva Humanidad, cuyo corazón sea el Amor. El Papa Benedicto XVI inicia su Deus Caritas Est citando la Primera Carta de San Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: « Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» Y continúa el Papa Emérito diciendo, «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.»

El Evangelio de San Juan nos ha acompañado en estos Domingos de Pascua (con excepción del Tercer Domingo). En el Primer Domingo el foco estuvo puesto en la Resurrección; En el Segundo, El Domingo de la Misericordia, Jesús se les aparece, es el Resucitado que se les presenta, el co-protagonismo estuvo a cargo de Tomás el Incrédulo, (en el Tercer Domingo, fuimos al Evangelio según San Lucas, nos ocupamos de los dos que huían hacia Emaús), el Cuarto Domingo nos referimos a Jesús el Buen-Pastor, y estos dos Domingos –V y VI- nos remitimos a la gran perícopa –que va de Jn 13 a Jn 17, que encierra los discursos de Despedida de Jesús- sólo dos fragmentos: Jesús es el Camino y Jesús promete enviar su Espíritu Santo, que es el tema de este VI Domingo de Pascua. «Si ustedes leen a San Juan, ven que en todas sus páginas, a través de los pocos episodios que escoge de la vida de Jesús, de las palabras de Jesús que prefiere, se desarrolla un solo tema, siempre repetido, y es este: el Padre revela al Hijo porque ama al mundo. “Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16).»[1]


Amar tiene su praxis en un estilo de vida que “guarda sus mandamientos”; pero ¿son ellos plurales? Porque -donde leemos en Juan su Mandamiento- se habla de uno sólo, el mandamiento del Amor. Su pluralidad consiste en la diversidad de prácticas con las que se ejercita este amor. «Juan no habla ni de virtudes, ni de vicios, no hace problemas por la obediencia, ni por el perdón mutuo, ni por los deberes matrimoniales o de estado, ni por compromisos de justicia. Nada de esto se encuentra en el vocabulario de Juan: se trata de cosas importantes… Juan va a lo que constituye el sentido la culminación de todo, es decir, fe y caridad.»[2]

«… el diálogo sobre la partida y retorno de Cristo (13, 31 – 14, 3q). “Voy” y “Vuelvo”, tienen el valor de fórmulas expresivas de la muerte y la resurrección de Cristo, su transitus su viaje al Padre a través de su muerte. Además, Cristo crucificado será el camino por el cual sus discípulos llegaran al mismo Padre. La unión con su Señor muerto, y sin embargo vivo, será el pasaporte para la vida eterna. Y el amor de unos hacia otros debe reproducir el amor de Dios por Cristo.»[3]

En el numeral 22 de la Deus Caritas est, Benedicto XVI nos actualiza al presente, la presencia de Jesús, y nuestro compromiso con el Amor: «Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.»[4]


«A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios, también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza. Pienso – por ejemplo – en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con aquellos que cargan pesadas minusvalías, con los enfermos graves, con los moribundos, con los que no son capaces de manifestar reconocimiento…  En todas estas realidades nosotros llevamos la misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en Cristo. Debemos siempre llevar aquella caricia de Dios –porque Dios nos ha acariciado con su misericordia– llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que tienen un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarnos con aquella caricia de Dios, que es la misma que Él ha dado a nosotros.»[5]


« No es casual que entre los símbolos cristianos de la esperanza existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea… Volvamos al ancla: el ancla es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos. Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían los antiguos. A lo largo del camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con ustedes» nos hace estar de pie, erguidos, con esperanza, confiando que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parece imposible, porque el ancla está en la orilla del cielo.


El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie –“homo viator”–  y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del amor.»[6]



[1] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá. 1995 pp. 25-26
[2] Ibid.
[3] Fannon, Patrick. LOS CUATRO EVANGELIO. Ed. Herder. Barcelona 1970. p. 137
[4] BENEDICTO XVI. DEUS CARITAS EST. #22 Roma 25/12/2005
[5] Papa Francisco. Audiencia General Vat. 20 de febrero de 2016
[6] Papa Francisco. AUDIENCIA GENERAL Vat. 16 de abril de 2017

sábado, 9 de mayo de 2020

QUE TU AMOR SEÑOR NOS ACOMPAÑE



Hch 6, 1-7; Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12

La fe es el más potente ansiolítico, así como la desconfianza es el más potente generador de ansiedad.
Silvano Fausti

Que tu amor, Señor, esté sobre nosotros, como nuestra esperanza está en ti.
Paul Claudel

A manera de preludio, quisiera proponer la siguiente idea de Bonhoffer: «Cristo no crea en nosotros un tipo de hombre, sino un hombre. No es el acto religioso quien hace que el cristiano lo sea, sino su participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo. Esta es la metanoia: no comenzar pensando en las propias miserias, problemas, pecados y angustias, sino dejarse arrastrar al camino de Jesucristo, al acontecimiento mesiánico, para que así se cumpla Is 53.»[1] Nos referimos con mucha frecuencia a Jesús como Señor de la historia para referirnos al paso que da Dios de la dimensión kairótica, a la nuestra: No se queda allá “arriba” mirándonos como quien disfruta de un teatro de marionetas. Se dice fácil, pero nos cuesta entender y vivir todo ese paso: el “abajamiento”, su “solidaridad” con el ser humano, la “cruz”, su “muerte”, el “sacrificio” de su propio Hijo –que sí se lee con cuidado significa, ni más ni menos, que el Propio Sacrificio- porque si no hay amor más grande…. “que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 13), tampoco hay dolor más grande que el ver sufrir al Hijo-Propio; quien haya visto sufrir a un hijo, entenderá. Venimos de ver (en el IV Domingo de Pascua) la centralidad de la Cruz para el Pastor; y pasamos a ver, en este V Domingo de Pascua, la centralidad del Pastor en la metanoia de cada una de sus “ovejas”.

Él es el Norte, el Centro y el Eje
La centralidad de Jesús, su importancia como eje existencial, el hecho de ser respuesta a todas nuestras preguntas es esencia y fundamento de nuestra fe. Y sin embargo, “importancia” y “centralidad” tienen que ser explicados y entendidos para que signifiquen algo, para que sea –más que una frase de cajón o una fórmula verbal que pretende decirlo todo y no dice nada- un eje práctico, aplicable, orientador, para que ser cristiano sea un llenar de sentido lo que de otra manera es un sin-sentido. En los momentos cruciales de nuestra vida –como ahora, y es que todo momento de la historia de cada persona es crucial- cobra protagonismo la urgencia de entender cómo Jesús es el eje, meta, modelo y respuesta de los grandes interrogantes que la vida nos plantea.


Jesús es importante porque Él es Camino, Verdad y Vida. Jesús es una forma de vida, Jesús es inspiración para superar el gran vacío del “individualismo”. Jesús nos articula con los más cercanos, con nuestros prójimos, superando la abstracción del humanismo que idealiza al “Hombre” pero trata con desprecio y hasta con crueldad al ser de carne y hueso, que está allí con nosotros, vive y sufre a nuestro lado, ese que no siempre colma nuestras expectativas, especialmente porque no es como nos lo imaginamos. Jesús nos muestra su cercanía, su aprobación, por el hombre con su lepra, con sus vicios y “pecados”, no nos habla de un hombre perfumado, emperifollado, nos habla de pescadores, de “funcionarios” estatales que recaudan impuestos, de prostitutas, de seres capaces de “traición”, en fin, escoge como última compañía, la de bandidos y muere a su lado. Y, sin embargo, todo lo ha hecho y todo lo ha apostado, precisamente por ellos. «Khalil Gibran escribe en el profeta: “A menudo escucho que os referís al hombre que comete un delito como si él no fuera uno de vosotros, como si fuera un extraño y un intruso en vuestro mundo. Más yo os digo que de igual forma que el más santo y el más justo no pueden elevarse por encima de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, tampoco el débil y el malvado puede caer más bajo de lo más bajo que existe en cada uno de vosotros”.»[2] Viene al caso tenerlo muy presente porque sobre esa potencialidad, tanto para el bien como para el mal, duerme nuestra solidaridad humana, que es la raíz de la fraternidad; aún el más “monstruoso pecador” lleva en sus venas algo de nuestra sangre, esa genética que nos enlaza como hermanos, misma genética –que a pesar de todo- nos permite, llegado el caso, decir Abba, dirigiéndonos a nuestro Creador y Amantísimo Padre, que no tiene hijos de primera y segunda clase, que no conoce la palabra privilegio,… sino que hace llover sobre justos e injustos Mt 5,45.


Jesús nos propone, sin embargo, un proyecto no cerrado sobre esos cercanos, su propuesta no es ni exclusivista ni excluyente; no se conforma dentro de los límites de la cercanía; se abre, propone llegar más allá, ir donde otros, donde los diferentes, porque tienen otro idioma, quizás otra manera de vestir y de pensar, hábitos y costumbres diferentes. Pero su propuesta es “Llevar la Buena Noticia (εὐαγγέλιον) a todas las criaturas”; no se limita a un pueblo, ni a una raza, su amplitud es la de los brazos abiertos, la de la acogida al que es “diferente”, por todos los rincones del mundo (κόσμον). Es una propuesta católica (léase universal).

El da su vida, su propia vida para que nosotros tengamos vida, se entrega, sin guardarse nada. Su generosidad no da lugar a “cajas fuertes”, no escatima, no reserva nada, no se guarda, no esconde, ni acapara, supera con creces todo egoísmo, toda avaricia. Se da, se entrega. Y, precisamente da su vida para que nosotros tengamos vida, no cualquier clase de vida, sino vida a manos llenas, vida pletórica, plena y plenificada. La que Él nos propone es una vida abundante, sin menoscabos. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b). Entrega la propia para comunicar vida a los demás; para que los demás puedan gozar de la felicidad de estar vivos. Hasta el extremo de dar, no una vida provisional, sino dar la vida con continuidad ilimitada, la vida eterna. Por eso, decimos sobre Él, que ha vencido sobre la muerte y que la muerte ya no tiene dominio sobre Él cfr. (Rm 6, 9). Comiendo su carne y bebiendo su sangre, adquirimos vida nueva y participamos en la Resurrección (cfr. Jn 6, 54).

Él es “la Verdad”, pero una vez más, nada de abstractos. No es ni un tratado de filosofía, ni un diccionario, ni una enciclopedia. Ni siquiera escribió por su puño y letra alguna obra. Él se auto-propone –porque el Padre nos lo ha propuesto- como desciframiento de todos los enigmas, como contestación a los interrogantes, como norte en nuestro mapa. Sus acciones nos permiten formular decisiones para nuestro quehacer vital-existencial.  Su verdad es tal que nosotros -al obrar- podemos lícitamente preguntarnos cómo lo habría hecho Él o qué habría hecho en tal o cual situación, y sin dudarlo, proceder con el mismo estilo, con estilo Crístico.


Sin embargo, pensar y decidir según la manera de Jesucristo tiene un condicionante: Habernos compenetrado con Él, lo que logramos sencillamente por medio de un doble ejercicio a) la lectura y meditación muy frecuente de la Sagrada Escritura, meditación que no es un ejercicio de solo yo existo, de leer e interpretar según mi gusto, mi capricho, mi modo de ver y entender; ¡no!, se trata de procurar una lectura comunitaria, con el apoyo de un grupo Bíblico, de un sacerdote, de tu párroco, de un catequista debidamente preparado; y, b) rogar al Espíritu Santo para que me conduzca, me ilumine, me regale para esa lectura el Don de la Sabiduría.

Si adoptamos otra forma de leer puede llegar a ser, inclusive, peligrosa, desorientadora, más malo el remedio que la propia enfermedad. Lecturas solitarias –en vez de conducirnos por la vía salvífica- pueden sentenciarnos, definitivamente, al extravío. Y no olvidemos nunca que los documentos más confiables para conocer a Jesús son los Evangelios y el Nuevo Testamento integro, que nos habla de Él, aun en forma indirecta, mencionando lo que sus discípulos vieron y compartieron, y que Él les enseñó.

…que sea capaz de salir de mi cascarón
Jesús conquistó la vida eterna, no para sí mismo, porque Él ya la poseía desde toda la eternidad; la consiguió para nosotros, para compartirla. Así es todo lo de Dios, Quien nada necesita puesto que es el Dueño de todo y de nada carece, pero todo lo que tiene lo dona, Dios es generosidad, es abundancia, es plenitud.

Así nos incorpora en Sí, nos rescata y nos une a Él, nuestras vidas pasan a ser vida en Él, nuestro ser se hace célula de su Cuerpo Místico. Él es –para seguir una comparación arquitectónica- la piedra angular, pero nosotros tenemos la oportunidad de entrar a formar parte de ese Edificio-Viviente, pasando a ser Piedras vivas.

«Señor, Dios, que vienes a mí,
concédeme la gracia de sentirme y de vivir
como piedra viva de tu santo templo.
Concédeme la voluntad
de tomar parte en la vida de tu Iglesia
para caminar junto a ti y a mis hermanos
sin inútiles nostalgias
y con los ojos bien abiertos hacía el futuro.

Concédeme, Señor, la fuerza
para salir cada día de mi cascarón
para estar presente y participar activamente
donde se crea la vida,
donde se concretiza el amor,
donde se construye el camino de la libertad,
donde se ensancha el espacio de la justicia,
donde se hacen brillar hasta las migajas de la verdad,
donde se engrandecen
las habitaciones de la esperanza, de tal manera que contribuya
al nacimiento de un mundo unido
como Tú estás unido al Padre y al Espíritu Santo,
como Tú estás unido a cada uno de nosotros,
sin importar que estemos dispersos por el mundo.
Amén.[3]

Poder andar por ese Camino es un Misericordioso Regalo de Dios, una Gracia: ¡Bendito Dios, cuya Misericordia llena la tierra!




[1] Bonhoeffer, Dietrich. PARTICIPAR EN EL SUFRIMIENTO DE DIOS EN UN MUNDO SIN DIOS https://usuaris.tinet.cat/fqi_sp04/bonho2_sp.htm#text23
[2] Citado por Vallés, Carlos G. sj. SIGLO NUEVO, VIDA NUEVA EL MILENIO DE LA ESPERANZA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999 p. 139
[3] Dini, Averardo. EL EVANGELIO SE HACE ORACIÓN T. 1. Ciclo A. p. 43