domingo, 28 de octubre de 2018

VERDADERO DISCIPULADO



Jer 31, 7-9/Sal 125, 1-6)/ Heb 5,1-6/ Mc 10, 46-52

Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.
J. A. Pagola

El discípulo debe ser “libre” para poder ver “lo que es” y no sus ideologías.

Para el pensamiento judío, ver se conecta directamente con la capacidad de entender, de penetrar en la verdad, de llegar al conocimiento cierto, de alcanzar sabiduría. Hay un detalle de la mayor importancia, con el que empieza el Evangelio de este Domingo Trigésimo Ordinario del ciclo B, el hijo de Timeo, coprotagonista de esta perícopa –es un mendigo ciego que está sentado a la vera del camino, no está en camino, sino estancado allí, sumido en la impotencia paralizante de su discapacidad. No puede ver a Jesús, sin embargo sabe que va pasando por allí. Si saltamos hasta el final de la perícopa. Yendo directamente al desenlace, encontramos -al antes ciego- que ahora está en el Camino, siguiendo a Jesús. Este seguimiento lo saca de su nicho quietista y lo pone en el camino del discipulado. ¡Jesús pasó por su vida y la transformó!


Al narrar un milagro, el segundo momento, después de  la introducción, que en este caso nos presenta el lugar y la persona que se beneficiará de él, el limosnero llamado Bartimeo; sobreviene la petición, que en este caso se expresa con el gritar, el verbo usado en griego es una onomatopeya que proviene de la voz graznido-grito del cuervo. ¿Qué grita el ciego? “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Hijo de David significa Mesías y Mesías significa “Profetizado-Enviado de Dios”, luego lo que se está pidiendo es –ni más ni menos- que la mismísima intervención de Dios. Y ¿qué intervención de Dios se reclama? Dios es el Dios de la Alianza, que hizo Alianza con su pueblo, se le está solicitando porque Él no podría dejar de cumplir su Alianza, que manifieste  la Misericordia pactada. Téngase en cuenta que este clamar es un proceso. Bartimeo no grita una vez, encadena en letanía su clamor, hilvana su jaculatoria. Hay quienes quieren callarlo, pero él persiste, Mc 10, 48 nos dice que él –por el contrario- gritaba mucho más.


Aquí  nos damos de lleno con esa poderosísima confianza puesta en el Profetizado-y-Anhelado, en el Ungido-Prometido, como representante directo que es de Dios. La confianza que se pone en juego tiene su basamento en la Alianza. Del linaje de David, Dios había prometido la llegada de este Ungido. El que no ve, Bartimeo, puede darse cuenta de lo que otros ni veían ni entendían. La inmovilidad y la ceguera de este personaje no le impiden ver todo, hay algo que él ha logrado saber, algo que se le ha revelado, el que va pasando por su lugar de postración, en las afueras de Jericó, camino de Jerusalén, es el Cristo. Había recibido el primer anuncio, le habían develado que Jesús de Nazaret era el Anhelado-Ungido. Pero, en tal caso, lo importante no está en haberlo oído, sino en haberlo creído. Aprovechemos la oportunidad para hacer notar que la fe es gracia.


La gracia que Dios le dio a Bartimeo tiene a lo menos dos facetas: Aunque no puede ver sabe que va pasando el Nazareno se entera que es visto como Mesías, y, de otra parte, lo más importante, con toda apertura, lo acepta. Acepta y cree; su impotencia no lo condena a la postración, hay en él una fe que lo anima, una capacidad que a muchos no socorre, él es capaz de trascender su no-ver, y sobrepasar su ceguera con la Fuerza de la aceptación de las Promesas de Dios. Jesús lo evidencia al final de la perícopa, cuando le dice que su fe lo ha salvado Mc 10, 52a. La salvación no se puede alcanzar sin la Gracia de Dios. La fe abre la disposición para que Dios pueda obrar a nuestro favor; sin la fe maniatamos el Poder-de-Dios. No porque Él no pueda, sino porque nosotros no queremos que Él obre, no queremos ser testigos de su Misericordia. Hay una especie de ironía en ello, muchas veces los que tenemos vista fisiológica, somos ciegos teológicos, Bartimeo es ciego fisiológico pero clarividente teológico. Muchos, no vamos en pos de los valores que Jesús representa, sino de otros intereses egoístas, como el querer ocupar ciertos “puestos de poder”, queremos sentarnos a la derecha o –aunque sea- a la izquierda del Rey y así nos quedamos atascados a la vera del camino.

Así esta ceguera es muy especial, como suele suceder, quien pierde un sentido agudiza otro. A Bartimeo se le otorgó ser creyente, se le donó la fe, pese a que no ve puede trascender la in-videncia con la comprensión-convicción. Sea este el feliz momento de descubrir un segundo impulso vital y dinámico que expresa la fuerza y el crecimiento de la fe. Cuándo Jesús pide que “llamen” a Bartimeo, es decir que le permitan acercarse ante su Presencia, Bartimeo encadena tres acciones que pasan a reflejarnos el proceso de maduración de su fe para alcanzar una fase superior: la entrega. ¿Cuáles son esas tres acciones que exteriorizan la entrega? 1. Arroja el manto, 2. Dando un brinco, 3. Vino donde Jesús.

No podemos menos que saltar también nosotros de dicha al ver en este ciego semejante capacidad de abandono en las manos de Dios. Nos trae a la memoria el joven que vino a Jesús para preguntarle que debía hacer para alcanzar la vida eterna, y no fue capaz de darlo todo, en cambio, Bartimeo, en ese momento se desprende de todo cuanto tiene, al soltar su manto, aquí presenciamos en qué consiste ponerse por entero en las manos de Dios. Podemos aquilatar y justipreciar la dimensión de la fe en Bartimeo. El llamado de Jesús –como poderosísimo combustible- refuerza el motor de Bartimeo, hace inquebrantable su fe.

Bartimeo no pide ser agrandado en títulos u honores, no pide cargos preferenciales, no pide prerrogativas para dominar a otros ni riquezas para someter a alguien. Pide lo esencial, lo fundamental, lo más necesario. ¿Qué puede ser lo más necesario para un ciego? “Maestro, que pueda ver”. Por esto es por lo que Bartimeo es el paradigma del discipulado. Tiene clara concepción del verdadero significado dinamizador del Mesías que nos trae lo necesario para ser, para lograr nuestra plenitud, para realizarnos como personas; y no, los ambiciosos destellos del oropel. Ese es el verdadero discipulado. El que no se hace a una imagen y se aferra a ella, sino que se mantiene abierto a la “Revelación” dispuesto y abierto a oír y ver. Así al conocer a alguien no se puede prejuzgar o pretender mantenernos en cierta imagen recibida, preconcebida, sino “abrir los sensores” para un conocer directo y no de oídas.


Dar un brinco, significa actuar con toda la energía, con entera disposición, con presteza y prontitud, análoga a la de María, nuestra santísima Madre la Siempre-Virgen: ¡Hágase en mí según tu Palabra”.

¿Cuál es el desenlace? Ya le hemos dicho, seguía a Jesús por el camino. Bartimeo es un hombre, como dice la Segunda Lectura, “tomado de entre los hombres”, para que se pusiera en el Camino del Raboni, del Sumo-Sacerdote. Es el paradigma del seguimiento, es la vivificación y personificación del discipulado. Terminamos así esta parte del Evangelio marqueano, en lo sucesivo, Jesús estará ya en Jerusalén, ha completado su obra de formación sobre los discípulos y ha llegado a la cima en la persona de Bartimeo, después de esto, Él mismo se entregará, porque Él no pone cargas insoportables sobre los hombros de los demás sino que –dejándonos a nosotros el yugo liviano- toma sobre Sí, la más pesada, la que nadie más soportaría, la Cruz de nuestros pecados.


         



sábado, 20 de octubre de 2018

EL QUE VINO AL MUNDO A “SALVARSE” PERDIÓ LA VENIDA



Is 53, 10-11; Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

«El desprendimiento ante el prestigio, ante la crítica, ante las diversas formas de “poder” y de “hacer carrera” son formas de pobreza a las que Dios llama al cristiano –y especialmente al apóstol- en las diversas etapas del itinerario de su misión. El “pobre”, en definitiva, no se opone tanto al que “tiene” ciertas cosas sino al suficiente, al orgulloso, al que ha puesto su centro de interés fuera de los valores del Reino.»

Galilea, Segundo.

Iniciemos con una parábola que tiene que ver –no tanto con el desprendimiento de las ansias de poder- sino con el desprendimiento en general, donde se nos recalca que no basta ser pobre, porque hay pobres “amarrados”, hay pobres acaparadores, que desde la pobreza “retienen” sus “ídolos” idolatrizando la “autoridad”, los títulos académicos, los puestos y cargos laborales. Esta parábola se titula: “Dar de Corazón”[1]

«Hubo una vez un limosnero que estaba tendido al lado de la calle. Vio a lo lejos venir al rey con su corona y capa. Pensó, "Le voy a pedir, y de seguro me dará bastante". Y cuando el rey pasó cerca, le dijo: "Su majestad, ¿me podría -por favor- regalar una moneda?" Aunque en su interior pensaba que el rey le iba a dar mucho más. El rey le miró y le dijo: - " ¿Por qué no me das algo tú? ¿Acaso no soy yo tu rey?"

El mendigo no sabía que responder a la pregunta y dijo: "Pero su majestad, ¡yo no tengo nada!". El rey respondió: "Algo debes de tener. ¡Busca!". Entre su asombro y enojo el mendigo buscó entre sus cosas y supo que tenía una naranja, un bollo de pan y unos granos de arroz. Pensó que el pan y la naranja eran mucho para darle, así que en medio de su enojo tomó 5 granos de arroz y se los dio al rey. Complacido el rey dijo: "¡Ves como sí tenías!" Y le dio 5 monedas de oro, una por cada grano de arroz. El mendigo dijo entonces: "Su majestad, creo que acá tengo otras cosas", pero el rey no hizo caso y dijo: "Solamente de lo que me has dado de corazón, te puedo yo dar".

Es fácil en esta historia reconocer como el rey representa a Dios, y el mendigo a nosotros. Notemos que este aún en su pobreza es egoísta. Ocasionalmente, Dios nos pide que le demos algo para así demostrarle que Él es el más importante. Unas veces nos pide ser humildes, otras ser sinceros o no ser mentirosos. Nos negamos a darle a Dios lo que nos pide, pues creemos que no recibiremos nada a cambio, sin pensar en que Dios devuelve el ciento por uno.

No sé qué te pida Dios en este momento. ¿Confianza?, ¿sencillez?, ¿humildad?, ¿abandono en su voluntad? No lo sé. Solamente sé, que por lo que le des, te devolverá mucho más, y recuerda no darle solamente unos pocos granos dale todo lo que tengas, pues sinceramente, VALE LA PENA.»

La Primera Lectura que nos propone la liturgia, viene del Deutero-Isaías donde están «los cuatro cánticos del Siervo de Dios… esta parte fue escrita por un discípulo de Isaías. Él vivía junto al pueblo, en el cautiverio de Babilonia, alrededor del año 560 antes de Cristo, mucho después de la muerte del profeta Isaías….Mucha gente se pregunta: ¿Quién es el Siervo? ¿Es el pueblo? ¿Es Jesucristo? ¿Somos nosotros? ¿Es alguno de los profetas? ¿En quién estaba pensando Isaías Junior cuando escribió los cuatro cánticos? La respuesta más probable es la siguiente: La idea del Siervo la sacó Isaías Junior de la vida del profeta Jeremías, el gran Sufriente, que nunca bajó la cabeza delante de sus opresores y que hizo tanto por mantener en el pueblo la esperanza. Isaías Junior vio en él un ideal para el pueblo sufriente del cautiverio y se inspiró en él para hacer los cuatro cánticos. Pero al hacer los cánticos, la preocupación mayor de Isaías Junior… no era escribir la vida de Jesús, sino presentar al pueblo del cautiverio un modelo que lo ayudara a descubrir en la figura del Siervo, su misión como pueblo de Dios. Por tanto, para Isaías Junior, el Siervo de Dios es el pueblo del cautiverio! Más tarde, Jesús se inspiró en los cuatro cánticos del Siervo para realizar su misión aquí en la tierra. Por eso, el Siervo, es también Jesús.»[2] En efecto, no es ni el pueblo de Dios, ni tampoco, solamente Jesús, porque «Cristo nos representa a todos, pero no nos sustituye”[3]


Tratemos de entender esta dualidad, que –en realidad- no lo es: «Primero había sólo la tierra, tierra de sufrimiento. Después apareció la semilla, semilla de resistencia. De la semilla nació un tallito verde de la esperanza, esperanza de liberación. De aquel hilito verde del tamaño del césped, surgió la espiga que se fue llenando en la paciencia del tiempo, tiempo de lucha y espera. Sólo después de todo esto, bien al final del crecimiento, apareció el fruto maduro que, hasta hoy, alimenta el pueblo y lo ilumina en su caminar. Y el fruto es este: El Siervo es Jesús, pero es también el pueblo este pueblo sufriente, que imita a Jesucristo resistiendo contra el dolor.»[4] Esto es lo que nos subraya y nos recuerda la Segunda Lectura, que Jesús se ha puesto a la cabeza de los Anawin, haciéndose en todo igual, pero con una significativa excepción, que lo perfecciona y hace de Él, el prototipo del Hombre Nuevo: “probado en todo; igual que nosotros, excepto en el pecado”.(Hb 4, 15b)



Ser prototipo en este caso significa también que Él es nuestro paradigma: «“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.” (Mc 8, 35)…Esa frase la debió haber dicho Jesús probablemente, pocos días antes de su propia muerte. Y es una autointerpretación de Él mismo, es decir, cómo entendió Él mismo su propia vida. Jesús como que está diciendo: el ser humano al venir al mundo no tiene sino una alternativa. O venir al mundo a recoger cosas o personas o a sí mismo y una vez que retiene todo eso, se encierra en sí mismo. Entonces Jesús dice: El que vino al mundo a eso, no vino a nada. Perdió la venida. Pero el que venga a este mundo a pensar más en el otro que en sí mismo, a ser útil al otro, ese es el que gana la vida y eso es lo que vale la pena en un ser humano. O sea, tenemos una alternativa, o venir a darnos, o venir a rechuparnos sobre nosotros mismos. Lo segundo es la frustración del ser humano, lo primero es la razón de vivir. ¿Por qué somos así? Se ve que el ser humano es creado para que le ayude a Dios a crear a su hermano. Cada ser humano es un instrumento de creación para el otro. Por eso, ¿cómo hace uno para trasformar al otro? Así como Dios me crea dándome su divinidad, no la puedo retener, sino que debo darla dándome a los otros… Ustedes dirán, entonces cómo hago yo para participarle la divinidad al otro. En qué forma. Hay una manera de hacer eso. La divinidad se participa envolviéndola en un papelito que se llama servicio… en el cuerpo del Señor que es la comunidad, cada una de las personas presta servicios. El niño, la niña, el mongólico, el ancianito, todas las personas están dando divinidad. ¿Cómo? Prestando servicios. O sea, los carismas son servicios en los cuales envolvemos la divinidad que le damos al otro.»[5] En el texto marquiano se contraponen dos maneras de obrar. De una parte están los que tiranizan, los que oprimen. Están, de este mismo lado, los arrogantes, los prepotentes, los déspotas, los que humillan, los que gozan con el dolor ajeno, los que sacan partido y ganancia de los débiles. Aquí viene la frase de Jesús que nos invita a la Conversión: “No debe ser así entre ustedes. Al contrario” nosotros lo que debemos es actuar como siervos, entregados al servicio como consigna de la vida cristiana; a la fraternidad, a la caridad, al tierno amor “ágape”, a la solidaridad.



[1] Agudelo C., Humberto A. VITAMINAS DIARIAS PARA EL ESPÍRITU. Ed. Paulinas 3ª re-imp. Bogotá –Colombia 2005  p. 43.
[2] Mesters, Carlos O.C.D. LA MISIÓN DEL PUEBLO QUE SUFRE. LOS CÁNTICOS DEL SIERVO DE DIOS EN EL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS. Ed. Vicaría Sur de Quito, EDICAY- Iglesia de Cuenca, Centro Bíblico “Verbo Divino”. Quito – Ecuador 1993. p.13
[3] Beck, T. Benedeti, U. et al. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MARCOS. Ed San Pablo Bogotá 1ª re-imp. 2009  p. 418
[4] Mesters, Carlos O.C.D. Op. Cit. p. 15
[5] Baena, Gustavo. S.J. LA VIDA SACRAMENTAL. Col. Berchmans Santiago de Cali- Colombia 1998. pp. 21-24

sábado, 13 de octubre de 2018

LA SABIDURÍA ESTÁ EN SER FIEL DISCÍPULO



Sab 7, 7-11; Sal 89, 12-13. 14-15. 16-17; Hb 4, 12-13; Mc. 10, 17-27

Una sociedad nueva debe estar formada sobre la ausencia de todo egoísmo y de toda egolatría. Nuestro camino será una larga marcha de fraternidad.
Grafiti en la Sorbona

El dinero en sí mismo considerado, nos parece algo indiferente, neutro. Con él se puede hacer el bien y el mal. Y, sin embargo, el dinero puede cambiarnos. Nosotros creemos poseerlo y, con mucha facilidad, es él el que nos posee.
Dom Helder Câmara

Hoy subimos el siguiente peldaño. Estamos en el momento previo al tercer anuncio de la pasión y muerte (Mc 10, 32-34). La vida del cristiano, la vivencia del discipulado, significa la vida en comunidad; esta vida en contexto social nos remite al marco de vivir la relación con nuestro prójimo. Basta alzar los ojos y lo primero que vemos es al otro, signo y presencia del Otro. Nuestro tema vital es la convivencia y la relación con nuestro prójimo. «Para ser cristiano no basta conocer bien ni la ley, ni la teología, ni la espiritualidad ni cosas semejantes…Debe oponerse necesariamente a las estructuras de una sociedad que se fundamente en la posesión y la tenencia; y debe tratar de realizar una comunidad basada en la entrega y en ser discípulos del Señor… Plantea una relación diferente entre los hombres basada en el amor, en el servicio, en la libertad, en la alegría y en la vida.»[1]


Vemos como primer movimiento y primer condicionante el respeto a los Mandamientos, insistidos y enfatizados en lo que se refiere al prójimo. Jesús no nombra ningún Mandamiento de los que se refieren a Dios, nombra los que se refieren a los “hermanos”, a los que viven con nosotros, a los que pueden esperar algo de nuestra parte. Jesús no le menciona –como respuesta al que se ha puesto de rodillas ante Él- ningún precepto cultual, ningún rito. Esto no desmiente lo que Jesús enseñará sobre el Mandamiento más importante Mc 12, 28b-34, que se nos recuerda el Domingo XXXI del ciclo B, el próximo 4 de noviembre, donde señalará que el Mandamiento que vale más que todos los “holocaustos y sacrificios” es el amar a Dios con todas nuestras fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo. Estas dos enseñanzas debemos compendiarlas en una sola y las entendemos como que lo esencial es amar a Dios, pero no abstractamente, ni con ritos y actos piadosos, sino ejerciendo concretamente ese amor en la práctica de amar al prójimo.

Jesús no le pide preces, ni víctimas propiciatorias inmoladas en sacrificio; le menciona seis Mandamientos dirigidos a modular nuestras relaciones con “los otros”: no matar, no cometer adulterio, no robar, no jurar en falso, no defraudar y, además, honrar a los padres. El primer requisito nada dice de oraciones, ni visitas al Templo, ni procesiones, ni peregrinaciones, ni portar tal o cual medallita (siempre que decimos esto añadimos: “nada de esto está mal, por el contrario, está supremamente bien; son por así decirlo aditamentos de la fe, pero no son en sí, el ejercicio del amor a Dios y del discipulado de Jesús”). Así Jesús pone todo en orden, el verdadero discipulado consiste en hacer vida el amor que decimos tenerle a Dios, amando al prójimo.


Pero, ¿cómo amar a Dios si tenemos nuestro corazón puesto en nuestras propiedades? ¿Cómo sabernos y recordarnos puestos en sus Divinas Manos si todo lo tenemos resuelto, si todo lo podemos “comprar”, si nuestra confianza reposa en nuestras pertenencias? «… el pobre es aquel que, en la inseguridad debida al rechazo profético de los ídolos de este mundo y de la seguridad que da la posesión y la acumulación de los bienes, confía totalmente en Dios.»[2] La riqueza es el enemigo del amor a Dios, esa es la denuncia que hoy nos presenta Jesús en la perícopa del Evangelio marqueano; «el hombre, aunque no quiera admitirlo de alguna manera, sirve siempre y adora a alguien, o mejor, alguna cosa: ¡es esencialmente fetichista! En otras palabras, tiene siempre algo que absorbe toda su existencia como “interés”»[3]; la riqueza es un fetiche que nos aleja del discipulado y nos lleva de narices al fetichismo de la propiedad. «El dinero es el dios de nuestra sociedad. Su único valor es el producto; y el valor de los valores es el producto de los productos, el dinero. Entonces la nuestra no es una sociedad atea, como a menudo se dice. Es una sociedad idólatra, que adora el tener… una sociedad basada en el egoísmo, en la explotación y en el dominio, en el ansia y en la destrucción.»[4] La riqueza, según nos lo muestra el Evangelio, nos encarcela, nos priva del “Tesoro” verdadero, y esa separación conduce a la pena, al pesar, a la aflicción y la tristeza (una tristeza muy intensa, impregnada de un profundo dolor, una verdadera “depresión”), porque en el fondo, uno sabe lo que pierde: la libertad hacia la verdadera bienaventuranza. «… al hombre precisamente a causa del apego a los bienes materiales, le es prácticamente imposible captar las nuevas posibilidades de vida que Dios le ofrece en el encuentro con Jesús»[5]. «El cristiano, que ve cómo se concreta en la riqueza el poder y la sed de dominio, descubre en la pobreza la condición indispensable para seguir al hombre en su camino de servicio y de amor.»[6] Vamos llegando a la gran conclusión: «Si no se toma en serio, a nivel personal y también institucional, el llamamiento de Jesús: “Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, luego ven y sígueme”, uno no puede absolutamente decir que es cristiano.»[7] «Si nos atenemos a este pasaje, “la pobreza” es esencial para seguir a Cristo.»[8]


«La pobreza evangélica tiene que ser adoradora, ser nuevamente descubierta en una relación directa con Dios y, por ende, ser liberación de todo cuanto media entre Dios y los hombres; entre hombre y hombre; entre hombre y bienes; de todo cuanto engendra inseguridad.»[9] «El desprendimiento ante el prestigio, ante la crítica, ante las diversas formas de “poder” y de “hacer carrera” son formas de pobreza a las que Dios llama al cristiano –y especialmente al apóstol- en las diversas etapas del itinerario de su misión. El “pobre”, en definitiva, no se opone tanto al que “tiene” ciertas cosas sino al suficiente, al orgulloso, al que ha puesto su centro de interés fuera de los valores del Reino.»[10]



[1] [1] Beck, T. Benedeti, U. et al. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MARCOS. Ed San Pablo Bogotá 1ª re-imp. 2009  p. 399

[2] Ibidem
[3] Ibid p. 393
[4] Ibid p. 398. 399
[5] Ibid p. 388
[6] Ibid p. 393
[7] Ibid p. 395
[8] Ibid p. 399
[9] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN Ed. Carlos Lohlé Bs. As. –Argentina 1970 p. 157
[10] Galilea, Segundo. EL SEGUIMIENTO DE CRISTO Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. p. 98

COMUNIDAD PERFECTA COMO CRISTO Y LA IGLESIA



Gn 2, 18-24; Sal 127, (1-6); Hb 2, 9-11; Mc 10, 2-16
La Plenitud del hombre consiste en aprender el Amor de Dios
para poder amar así, con sabor de eternidad,
no por un momento, sino, amar sin fin.


Hemos ensuciado hasta el amor,
que es parte esencial de nuestra propia vida.
De esta manera incluso el amor de los esposos,
se ha vuelto como una moneda sin valor
y el matrimonio está quedando como un trapo.

Averardo Dini


1

Cada vez que se nos presenta la oportunidad predicamos la importancia de casarse a ciencia y conciencia, de haber escogido un compañero idóneo, pensando que va a ser una sociedad para toda la vida. Sin embargo, una vez evaluado el anuncio de la perennidad del Sacramento Conyugal y entregadas las “alertas” requeridas, aunadas al consejo de llegar a un conocimiento mutuo tan profundo y completo como sea posible, se tiene la sensación de haber quedado en gigantesca deuda con el auditorio.

Y, es que aún aquellas parejas que han llevado largos noviazgos y se han llegado a conocer “perfectamente”, muchas veces, a la vuelta de cualquier esquina, se encuentran con “sorpresas” desconcertantes; bien sea porque alguno de los dos “cambio” (y entre seres humanos ¿quien no cambia con el tiempo?) bien sea porque se traían su “secretito” bien guardado. En este punto nos viene a la memoria el recuerdo de una hermosa pareja que conocí y luego perdí de vista por cinco años, hasta que un buen día volví a encontrarme con la novia, quien me confesó que la unión se había disuelto puesto que había sorprendido in fraganti a su cónyuge en infidelidad con una pareja de su mismo sexo. Y el noviazgo había durado doce años…

No pocos casos, por el contrario muchísimos, son las parejas que conocen los puntos débiles de su compañero/a, pero confían que su gran “amor” lo cambiará todo (porque es bien sabido que “el amor lo puede todo”). Pero, una vez consumado el vínculo, sobreviene todo lo contrario: los defectos, en vez de desaparecer, se acrecientan, se agigantan, se “enranchan” y ahí se quedan, flamantes y campantes… y el “amor” se queda también, frustrado y decepcionado.

Con semejante cuadro, no es raro que muchos afirmen que el matrimonio tiene tantos riesgos que es mejor quedarse “así” (es decir, solteros, mientras tanto, y después con una “unión de hecho” que evade el “matrimonio” como si con eso pudiera conjurar los riesgos…).

Con no poca alegría y legítimo orgullo constatamos que las parejas que hacen su vida conyugal al amparo de a Iglesia, insertos en grupos de oración, encuentros de parejas, retiros espirituales y otras actividades pastorales, están mejor preparados para defender su amor y vivir su fidelidad. (debemos aclarar, por honestidad, que tampoco se trata de una vacuna infalible porque como dice el adagio popular “esas cosas se dan hasta en las mejores familias”, casos se dan y “de todo hay en la viña del Señor”) No obstante, tiene mejores herramientas y suelen responder a sus crisis con un estilo tan sólido, que la cosa termina por sacarlos fortalecidos y hacerlos más y mejor pareja.

En un ejercicio auto-crítico no pocas veces le hemos echado la culpa a los cursos pre-matrimoniales: A veces hemos pensado que son muy breves, o que no se alcanzan a tocar los asuntos con toda la profundidad que se requeriría. Normalmente estos cursos duran un sábado y un mañana de Domingo, o tres sábados consecutivos en una sola jornada. Los asistentes van muchas veces con el exclusivo ánimo de cumplir con esa “molesta” condición que ponen “esos curas”.

Algunas personas viene a estos cursos con una idea “prefabricada” de lo que es un matrimonio, donde se mezclan toda clase de “imaginaciones”, y sólo aceptan tomar el curso para poder “tener la ceremonia” porque eso sí les gusta, y –según dicen- han soñado con ella toda la vida. Pero el Sacramento, tal como lo propone la Iglesia, no les interesa ni lo más mínimo… Pasan allí las jornadas que se les piden, a desgano, haciendo la por cara que se pueda imaginar, y si es posible, y encuentran el ladito… polemizan con “alma, vida y sombrero”, porque el matrimonio no es lo que la Iglesia dice, sino lo que ellos se imaginan…

Al cabo de un tiempo, se tiene noticia del descalabro, porque en vez de intentar construir un sólido vínculo matrimonial, cada uno de los cónyuges se puso a la tarea de hacer realidad  su propia “utopía”, y así, en vez de un matrimonio, se tiene un manicomio con dos (o más locos si ya tienen hijos), cada “loco con su tema”.

No estamos en contra del matrimonio, todo lo contrario, creemos que es una institución, la única que llevada con acuerdo a las prescripciones que la Iglesia señala puede conducir a la felicidad y plenitud de los consortes; y dicho sea de paso, el mejor ámbito donde pueden crecer y formarse los hijos. Queremos, simplemente, decir que no basta con una boda hermosísima, que no basta con un noviazgo suficiente y racionalmente largo (descreemos firmemente de esos que alegan estar “tan enamorados” que no se aguantan más y se casan enseguida; su argumento es –siempre- que se aman tanto que “no se aguantan más”. Con toda seguridad, al cabo de un brevísimo lapso, “no se van a aguantar más” el uno al otro y se van a separar.), que no basta con creer que se conoce bien a la otra persona, que no basta con “amarse mucho”.


Hay dos elementos fundamentales que queremos mencionar como requisitos para fundar un matrimonio sobre bases sólidas:

-       La primera es no considerar el amor como una especia de gaseosa de botella opaca, que, te vas tomando, y en el momento más inesperado se agota. Estos van a parar inevitablemente a la declaración carí-lánguida de que “se nos acabó el amor”. Nada de eso, el amor es una decisión avalada por la voluntad y que la propia voluntad se encarga de mantener vivo (o de matar). Cuando la cosa se pone “color de hormiga”, cuando alguna duda o desfallecimiento amenaza con venir a debilitar las bases del “amor”, es la voluntad la que fortalece e insufla “cemento armado y varillas de acero” para garantizar la continuidad, el desarrollo y la maduración de ese Amor. Ese cemento que inyecta la voluntad tiene su fuente en la Gracia, ¡claro que si! La fuerza de la voluntad para poder resistir nos viene de Dios… y esta afirmación vale, y no sólo para el amor matrimonial.
-       La “oblatividad”. Si uno se casa para ser capataz y tirano déspota con esclav@ incorporad@, de hecho la cosa no va a resistir (a menos que la contraparte tenga el espíritu simétrico amo-esclavo). Amor –y esta frase suena a frase de cajón, pero así es- amor es entrega, donación, capacidad de servicio, profundo sentido del compartir, no de sacar ventaja, no de explotar al otro, no de avasallarlo… Es inevitable, al llegar hasta aquí, recordar a Jesús, quitándose el manto, atándose la toalla a la cintura, y, lavando los pies de sus discípulos.
La oblatividad tiene que ser capaz de superar el “egoísmo” con el pretexto de la auto-realización, por el derecho de los hijos de crecer en un hogar donde estén sus dos verdaderos padres.

Hace años leí una historia, absolutamente rimbombante, según la cual un hombre colocaba entre sus dientes una pajuela y luego atravesaba una larga fila de cientos de hombres que armados con látigos cada uno le propinaba un latigazo. Llegado al extremo de la fila, después que todos habían propinado su fuetazo, aquel “super-héroe” retiraba la pajilla de su boda para mostrar que ni siquiera había presionado los dientes durante la despiadada paliza. No le quito ni un ápice a la “literaturidad” del relato, pero hemos querido evocarlo para compararlo con el hermosísimo vínculo conyugal: A pesar de los cientos de lapos, al llegar al extremo, ni siquiera habremos presionado los dientes contra la pajilla, no habrá en ella ni la más mínima marca, porque la Gracia nos habrá sostenido en la fidelidad a la promesa formulada ante el Altar: Es por eso que en el Sacramento Matrimonial el ministro no es el Sacerdote, sino los contrayentes.

2

Dejamos atrás los cinco Domingos anteriores (22-26 de tiempo ordinario) donde leímos la Carta de Santiago; y, ahora entramos en los últimos siete domingos de este año litúrgico del ciclo B (27-33), donde leeremos como Segunda Lectura, apartes de la Carta a los Hebreos.

Atribuíamos esta carta, también, a San Pablo; pero, los investigadores modernos suponen que la autoría debe atribuirse a algún autor de la Escuela Paulina, muy compenetrado con el pensamiento de San Pablo, como pueden ser Bernabé, Apolo, Clemente Romano o Priscila (mencionada tanto en Hechos de los Apóstoles como en la epístola a los Romanos).

Uno de los temas de esta Carta es mostrar a Jesús como el Redentor. En la perícopa que leemos este Domingo, Jesús se abaja, τὸν δὲ βραχύ τι παρ’ ἀγγέλους ἠλαττωμένον, βλέπομεν Ἰησοῦν “vemos ya al que por un momento Dios hizo inferior a los ángeles, a Jesús” Hb 2, 9a. El se abajó, para igualarse a nosotros, y, nos dio con eso, credenciales salvíficas que nos alzan del barro hacía la Divinidad.

Cuando el hombre, en la persona de los Primeros Padres, cayó; el Malo le inoculó su baba. Así quedamos manchados con la concupiscencia, y es ella la que de esta manera incluso el amor de los esposos, lo ha vuelto como una moneda sin valor y el matrimonio está quedando como un trapo». Lo que pasa por nuestras manos, siempre amenaza con devaluarse, con sufrir un deterioro que es consecuencia de esa baba satánica.

Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote, es nuestro antídoto. La vacuna existe, pero es necesario que la busquemos, que nos la hagamos aplicar, y se denomina Vida Sacramental, y también Oración, oración con fe. Jesús anhela que nos pongamos la Vacuna de la Salvación, pero –como lo vimos en las dos semanas anteriores- no obliga, llama e invita, pero jamás constriñe. Aceptar a Dios es potestativo del hombre, lo potestativo de Dios es Amarnos (porque Dios es Amor). Por tanto, Jesús nos quiere como hermanos, nos purifica con la “oblación” de su Sangre: ὅπως χάριτι θεοῦ ὑπὲρ παντὸς γεύσηται θανάτου. “así, por la Misericordia de Dios la muerte que Él sufrió redunda en beneficio de todos”.Hb 2, 9c.


En esta carta aparece claramente consignado, y lo leemos en la perícopa de este Domingo XXVII Ordinario, “el Creador y Señor de todas las cosas quiere que todos sus hijos tengan parte en su Gloria” Hb 2, 10 Para alcanzar esa efusión sobre la humanidad “baboseada” por el Malo, Jesús alcanzó la “Perfección” acrisolándose en el sufrimiento.

Ese Amor que permitió a Jesús ofrecerse como Hostia Santa, hacerse Oblación Pura y Perfecta, lo logró con esa Voluntad Férrea a la que aludíamos arriba, manteniéndose firme en la decisión de amar “contra viento y marea”, más fuerte y firme que “cemento armado y varillas de acero”.

Gloria sea dada a nuestro Redentor que nos elevó a ser co-partícipes de la misma naturaleza, Él, al hacerse hombre, “des-babeó” a la humanidad y elevó la dignidad humana a la inconmensurable dimensión de lo Divino. “Nos hizo, poco menos que ángeles”

 [5] ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿Qué es el hijo de Adán para que cuides de él?
 [6] Un poco inferior a un dios lo hiciste, lo coronaste de gloria y esplendor.
 [7] Le has hecho que domine las obras de tus manos, tú lo has puesto todo bajo sus pies:
 [8] ovejas y bueyes por doquier, y también los animales silvestres,
 [9] aves del cielo y peces del mar, y cuantos surcan las sendas del océano.

 [10] ¡Oh Señor, Dios nuestro, qué grande es tu Nombre en toda la tierra!
                                                                                                          Sal 8, (5-10)

Aúnque, νῦν δὲ οὔπω ὁρῶμεν αὐτῷ τὰ πάντα ὑποτεταγμένα· “es verdad que todavía no vemos que el universo entero le esté sometido”. Hb 2, 8c