Sab
18, 14-16; 19, 6-9
Hoy
tenemos -en la Liturgia- la última lección sobre el Libro de la Sabiduría. 16,1-
19, 9 nos muestra las plagas y hace una glosa y una contraposición de los
castigos sufridos por los egipcios y las correcciones que le hace a su pueblo,
mostradas como antítesis. Estamos en la perícopa de hoy ante una página del más
vital sabor apocalíptico. Costa de dos sub-segmentos, el primero extraído de
capítulo 18, de una sección intitulada “muerte”, tomada del bloque 18,5-25; y,
el segundo, del capítulo 19 -el último de este Libro-, de una sección que
recibe por título “el paso del Mar Rojo”, tomada del bloque 19, 1-9, que versa
sobre el paso del Mar Rojo. No es una página de angustia -ya en estos días se
ha especificado que la verdadera religión no está emparentada con el
terrorismo- y que nuestra fe desdeña la pretensión de allegar prosélitos con
tácticas “amarillistas”. ¡No!, este fabuloso retazo del más puro estilo
apocalíptico está -por el contrario- plagado de consolación, de esperanzas, de
dicha anticipada, de anuncio optimista. No vaticina ninguna calamidad, sino
prodigios de protección y cuidado para los que siguen al Señor.
Pero,
puede que los mercachifles de la fe, la lean y encuentren en ella tonalidades
buitreras y anuncio de aves carroñeras en las inmediaciones. Ya lo dice la
sabiduría popular: Cada cual habla de la feria conforme la va en ella.
Hay
un referente histórico, la salida de la esclavitud en Egipto. Atención
a esto. Este es el co-texto histórico al que se refiere toda esta perícopa. Toda
la Creación se pone en connivencia con Dios que Se consagra a la defensa del
pueblo de Su Elección. Vemos la Acción de Dios en el Éxodo, como Eje
paradigmático de Dios-que-Es-Liberación. El Corazón de Dios preveía como iba a
actuar el opresor: dejarlos salir para luego, cambiar de opinión, y reiniciar
la persecución, seguramente para recrudecer el cautiverio y la opresión,
castigando la que de seguro denominaría “escape”, “esclavos que se le fugaron”:
Si habían huido, sus carnes estarían destinadas a probar los rigores del
látigo.
En
el marco de la apacibilidad, en una Noche de Paz, desde el propio Cielo se
abalanzó la Omnipotencia de la Palabra, comparable al Poderío de un
guerrero sobre una tierra que parecía destinada -sin remedio- al exterminio,
trayendo en su Mano, un decreto inapelable, pero allí, estaba la localidad
señalada para llenarla de muerte, su Mano tocaba el Cielo, su Pie hollaba la
tierra.
Lo
que era propio de la Creación se transmutó en todo lo contrario, para que sus
“hijos” experimentaran la Protección: Sus Elegidos quedaron incólumes. Si había
destrucción a la izquierda y bombardeo a la derecha, ¿cómo podrían salir
airosos, sanos y salvos, los del Pueblo de Israel? Pues así, similar al Éxodo, el señor fue Nube
que preservaba al pueblo del sol inclemente e insolador.
Cuando
no quedaba donde apoyar el pie, el Señor secó la tierra donde antes había
torrente, y se abrió un camino por donde avanzar a pie enjuto. Donde antes todo era torrencial, ahora
brotaba tierra firme. Donde había torrente impetuoso, ahora se les ponía
delante la verde llanura.
¡Qué
prodigio tan admirable! Ver la Lealtad del Señor para preservar a los suyos.
Como un Verdadero padre, alzó a sus choquillos y les hizo atravesar el torrente
sin que los mojara ni una gota.
Ellos
estaban nuevamente alegres. Todo su llanto se volvió jolgorio, todo su
quebranto y amargura se convirtió en alabanza, parecían corderitos recién amamantados
retozando en torno a la Madre.
¿Cómo
veían sus perseguidores aquel prodigio? Como una catástrofe apocalíptica. En
cambio, ellos los hebreos, eran guiados por su Adalid: La sabiduría del Mismísimo
Padre.
La
Sabiduría ya no tiene -en este relato- un rostro femenino, ahora es un Guerrero
Mesiánico que los conduce. Como guía, Él es ahora el Omnipotente: La Columna de
Fuego.
Sólo
resta el bloque final (19,10-21) donde se presenta una especie de conclusión; y
luego, tenemos la despedida (19, 22) sellando todo el Libro con una sentencia
de predilección y preferencia, de parte del Señor, por su pueblo.
Sal
105(104), 2-3. 36-37. 42-43
Salmo
de la Alianza. Él Pacto entre Dios y su Pueblo es la Promesa de serle protector
y Guía. Lo que hay, es regocijo y fiesta. Todos los instrumentos repican a una
sola voz, los arpegios son un lenguaje de Gloria, se glorían proclamando el
Nombre Santísimo.
Nadie fue herido del ejercito del pueblo liderado por la Sabiduría, venían trayendo todos los tesoros que sus carceleros les regalaron antes de verlos partir. Traen las manos cargadas de oro y plata. Y los que alzaron sus armas para perseguirlos y asolarlos, se vieron venir a pique y sucumbieron así todos los primogénitos cayeron, pagando la sangre que habían hecho derramar a los chiquillos recién nacidos.
Todo
esto demostró que Dios nunca olvido la promesa ofrecida al Padre de la fe,
cuando lo mandó salir de Ur de Caldea. Aquella antiquísima Promesa se actualizó
para liberarlos de su cautiverio. El Señor nos sigue acaudillando, a través de
los siglos, conduciéndonos felices por tierras de Libertad.
En
el Versículo responsorial nos animamos unos a otros a conservar siempre vivo en
la memoria el recuerdo de las Hazañas Divinas a nuestro favor. ¡Jamás las podremos
olvidar!
Lc
18, 1-8
La ley humana ha de estructurarse sobre la Divina
¡Qué poderosa es la
oración de petición! Y el Evangelio de hoy es prueba de ello. A partir de una
parábola Jesús explica la actitud de Dios. Si un juez que no es justo, obra con
justicia ante la insistencia de una viuda, pedir insistentemente día y noche a
Dios, es decir, abrirnos en oración a su Voluntad, nos permitirá reconocernos
necesitados de su acción y de su justicia.
Papa Francisco
A
uno prácticamente no le cabe en la cabeza comparar a Dios con este juez de la
parábola. Es una persona bastante desconcertante, que no obra el bien en
atención a su prójimo sino por esquivar una cachetada.
Vemos
que Mateo nos entregó una clave interpretativa para esta perícopa de hoy: “Todo
lo que hicieron por uno de estos pequeños, conmigo mismo lo hicisteis” (Mt 25,
40). ¿Quién es aquí, en la parábola el personaje que representa a los
“pequeños”? Sin duda, es la viuda la “pequeña” más paradigmática, ella
representa a todos los pobres, a los niños, a los sufridos, a los menesterosos,
a los desposeídos, a los desempleados, a los enfermos, a los inválidos, a los
leprosos. O sea que, la parábola podría entenderse mejor si visualizamos en la
viuda a Dios mismo, y en el juez, nos vemos retratados nosotros.
Nosotros
sí que somos de esa ralea que dilata la atención a las peticiones de la viuda y
no obramos sino por el interés de quitarnos de encima la molestia de esa
“viejita cansona” que es más molesta que un abejorro, o un moscardón metido en
el oído, siempre y a toda hora recitando sus plegarias, es tan impertinente y
tan insistente, que podría llegar a abofetearme por no hacerle justicia con
prontitud.
Debe
resaltarse que en el Antiguo Testamento ya se decretaba atender pronto las
solicitudes de las viudas, porque eran de los seres más desvalidos, no tenían
ingresos, y nadie velaba por ellas. La legislación ya velaba y sacaba la cara
ante los oídos y los corazones duros para escuchar sus reclamos.
Vemos
que la impiedad del juez tiene su fuente en su ateísmo, y en su falta de
“projimidad”. La perícopa concluye señalando que Dios no es así. Afirma con
todas las letras que Dios hace Justicia sin tardanza, Él no opone ninguna
prórroga. ¿Entonces, donde está el problema? En la impiedad de esta clase de
personas -que como el juez- no les interesa la caridad cristiana, y no tienen
en el corazón ni una pizca de fe.
Y
es que la caridad y la fe están conectadas en la base, el que carece de fe, no
tiene razones para entender que Dios es Padre de todos, y en esa medida debo
atender con cordialidad suprema a todo ser humano, porque cada uno de ellos es
mi “hermano” en Cristo Jesús, nuestro Hermano Común.
“…
tener plena confianza en Dios, que es Padre. Él conoce mejor que nosotros
mismos nuestras necesidades, pero quiere que se las presentemos con audacia e
insistencia, porque esa es la forma en que participamos en su obra de
salvación. ¡La oración es la primera y principal “herramienta de trabajo” en
nuestras manos! Insistir con Dios no sirve para convencerlo, sino para fortalecer
nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a
Dios por las cosas que son realmente importantes y necesarias”. (Papa
Francisco)
La oración es una necesidad para ablandar los corazones duros e indiferentes de los “jueces”, no el de Dios que está siempre pronto a socorrernos, y nunca -óigase bien, ¡nunca! - nos dice: ¡Espere un poco!





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