jueves, 27 de noviembre de 2025

Viernes de la Trigésimo Cuarta Semana del Tiempo Ordinario


Dan 7, 2-14

Insistamos en que una de las características de la apocalíptica son los simbolismos imaginarios, ricos en detalles espectaculares, plenos de grandeza y muy impactantes. Dijimos el primer día (el lunes) que estos pasajes de la segunda parte del Libro de Daniel, -que comprende los capítulos 7-12- están tan firmemente estructurados con esta clase de relatos que más que profetismo, encontramos aquí el género apocalíptico en acción.

 

Hoy y mañana vamos a tomar un ejemplo de las 4 visiones de este género, parecen registros históricos que hablan del pasado, pero son miradas con pupilas escatológicas y tienen un claro sentido consolador, como anuncio de la justicia que recibirá el pueblo oprimido de Israel: es un sueño que tuvo el propio Daniel, y que él mismo no entendía, lo soñó finalizando el primer año de Belchazar, inicia con un mar tormentoso totalmente agitado por los cuatro vientos del cielo (soplaban por todos lados, desde los cuatro puntos cardinales; y va -a continuación- a mostrarnos las bestias y luego a interpretarnos su significación.

 

Las bestias – recordemos que la palabra bestia procede del latín y significa “fiera de gran fuerza y ferocidad”- eran

a)    Un león con alas de águila

b)    Semejante a un oso, tiene tres costillas entre sus fauces, quizás ellas representan los golpes más fuertes que asestaron los Medos sobre Lidia, Babilonia y Egipto.

c)    Como un leopardo, con cuatro alas en su lomo, este es figura el imperio persa, y el ciclo de su dominio entre Ciro y su nieto Jerjes, que en la Biblia se llama Azuero (reinó 486- 465 a.C.).

d)    Viene ahora el imperio Griego Filipo de macedonia y su sucesor Alejandro Magno. Con dientes de hierro, con diez cuernos (los diez tiranos seleucidas), y un undécimo cuerno pequeño que tenía ojos humanos y de su boca salían obscenidades. Se ha conjeturado -nos parece que de manera acertada- que esta bestia final alude a Antíoco Epífanes IV.

 

Hay una continuidad simbólica entre bestia, cuerno dientes y garras -de una parte- y potencia, armamento, destrucción, tiranía por el otro. No podemos visualizar los cuernos en otro co-texto que en el destructivo; quizás el cuerno de la bestia muerta pudiera llegar a trasportar un significado “ornamental”, de otro modo está en la órbita semántica de demolición y muerte, simbólicamente emparenta con el ariete, Máquina militar que se empleaba antiguamente para batir puertas o murallas, el parentesco es de forma y función. Las potencias, los poderes terrenales apuntan hacia la desgracia y la ruina; la Potencia Celestial está llena de Vitalidad y de Salvación.

 

Luego traen un Trono, donde se entroniza un Anciano de ropas Blanquísimas. Da comienzo a la Asamblea Forense, se da apertura a los Libros.

 

Viene, entonces, Uno, como Hijo-de-Hombre a Quien el Anciano entrega “todo Poder, Honor y Reino, y le fueron sometidos todos los   pueblos, naciones y lenguas para que le sirvieran, con poder eterno -aquí viene un punto del mayor interés, comparados con todos los otros reinos y su provisionalidad- este Reino, no acabará.

 

Hay una yuxtaposición antinómica: de fieras/hombres parabolizada con otra: reino-bestial / Reino-Celestial.

 

Sal Dan 3, 75a. 76 a. 77 a. 78 a. 79 a. 80 a. 81 a.

El Templo fue profanado el 7 de diciembre de 167 a.C. tres años después se compuso este himno anti-helenístico, en el sentido de no identificar las grandezas de la Creación con la Divinidad. Hay siempre una loa a las criaturas, pero en ellas se descubre la Magnificencia del Creador. El helenismo se queda en la materialidad y la intrascendencia de los seres naturales; el judaísmo se eleva para ver que detrás de la criatura tiene que haber una Grandeza muchísimo mayor: Siempre quien Crea será Superior a la criatura y el artífice superior al artefacto.

 

El tirano helenista hizo de los leones y los osos su signo. Se revistió de lo que él mismo temía. La fe abrahamica -fe en la humanidad y en la excelsitud Divina-, porque para ellos en lo humano se resguarda la semejanza divina con la que fueron creados se reviste de figuras antropomórficas.

 

Pero esto no vuelve ciego ni sordo al hagiógrafo, que lee en lo asombroso inmediato lo Poderoso Trascendente, y alaba al Artífice en sus obras.

 

Gran parte del valor religioso de este himno estriba precisamente en que no se deja robar su fe, sino que, sobre el despojo y la destrucción reconoce que el Artífice construirá realidades superiores y hará resplandecer su Justicia.



 


Conclusivamente señalamos que, en la Primer Lectura, los animales son bestias -protagonistas de opresión y exterminio; aquí -por el contrario- todas las criaturas, los accidentes geográficos, los mares, los lagos, los ríos, y todos los animales que los habitan, peces, cuadrúpedos y aves, desde lo profundo de su ser, ensalzan al Señor.

 

Lc 21, 29-33

Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.

Lc 21, 27

La realidad, la naturaleza toda, tiene un lenguaje propio, una manera de preavisar y de sintomatizar lo que va a venir. Con algunos signos, nos han ayudado a descifrarlos los campesinos, los cultivadores. La ciencia y la medicina han gestado toda una semiótica para reconocer una enfermedad, una irregularidad en el funcionamiento, un debilitamiento y una malformación. Pero, no hemos cultivado con la misma atención y dedicación la lectura de las señales que el propio Jesús nos dio como preaviso de la maduración del Reino, también de todo esto hay una semiología escatológica, cuyos rasgos definitorios ya Jesús los prefiguró, y nos los dio a conocer.


«Con la venida de Dios en la historia estamos ya en los tiempos “últimos”, después de los cuales el paso final será la segunda venida y definitiva venida de Cristo. Naturalmente aquí se habla de la “calidad del tiempo, no de su “cantidad”» (Papa Francisco)


 

Por otro lado, nosotros somos los de esa generación dura de entendederas, que nos da un trabajo mortal y un aburrimiento inconmensurable, porque así nos han educado, tener la paciencia para determinar esos signos y para observarlos en su ocurrencia.

 

Todo lo que Jesús nos señaló, sucederá, sucedió o está sucediendo; nos advierte que nada de lo que Él previo dejará de cumplirse, entonces, cuando esto se da, su Palabra está llegando a la plenitud de su realización.

 

Sin embargo, sabemos -y eso es lo que nos ha mostrado la historia, que lo “esperado” no acaece a menos que los síntomas que los pre-avisan, al interpretarlos se los condimente con el aliño de la fe.

 

La señal que se lee sin fe, no produce nada. La señal pasa y se diluye, sin ninguna consecuencia. Podríamos aseverar que, los ojos que miran, deben estar entrenados para ver. Sólo cuando un bisturí cae en manos del cirujano idóneo, se puede convertir en algo más que una herramienta cortante, en un gadget sanador, en un artilugio que cura. Una promesa sólo puede ser descifrada por los ojos de los fieles.

 

Recuerdan cuando el Resucitado se le presenta a la Magdalena, ella no es capaz de verlo, aun teniéndolo ante sus propios ojos. Solo cuando Jesús le da el “código de desciframiento” al llamarla por su nombre, ella logra articular lo uno con lo otro.

 

Daremos otro ejemplo: uno puede mirar el árbol de la cruz y no ver más que dos palos cruzados. Pero, para los ojos entrenados, es un árbol que frutece con dulces frutas de vida, y entonces, ahí sí, puede ver -el que está mirando- que los palos desnudos están germinando para donar el fruto sabroso de la Resurrección.

 

Mostremos aun otro caso: Jesús le da la vista a un ciego, pero este no ve sino árboles, en un segundo toque, por fin él es capaz de ver, y distingue más que árboles, ve personas y las ve con nitidez. Y es que no bastan los ojos en la cara, es preciso activar también la conexión de la vista con el cerebro y con el corazón, que actuando en conjunto coordinado son los órganos de la fe. Pero especialmente, con este último, porque él es la glándula del amor. Esto es lo que ilustra la parábola de la higuera.

 

«Con Jesús ha venido la plenitud del tiempo, plenitud de significado y plenitud de salvación. Y no habrá más una nueva revelación, pero si la manifestación plena de lo que Jesús ha ya revelado». (Papa Francisco)

 

Pero tenemos que rescatar el significado de la higuera para poder decodificar el mensaje. Esta tiene un doble significado:

a)    Significa la fidelidad a la Alianza.

b)    Y, también, el pacifismo.

 

Ambas cosas, no una de las dos, sino ambas:

No esperes el Reino si tú mismo no te empeñas en ayudarlo a construir. Para eso has de guardar la Alianza: Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo.

 

Pero está allí la otra exigencia: la metodología es el pacifismo.  Si caes en la idolatría bélica, ¡olvídate! El Reino no podrá suceder.

 

Muchas veces se piensa que la semiótica del Reino es algo muy complicado, sólo accesible a “magos”, a muy doctos profesionales de la teología, a científicos con microscopio electrónico; pero, lo que dice Jesús es diferentísimo: Él afirma que, si un hortelano ve a una higuera o a cualquier árbol que da “brotes”, enseguida capta que ya vienen los frutos; y dice Jesús también, que lo mismo será cuando veamos los síntomas de la cercanía del Reino. Repasemos el elenco de las señas de la proximidad del esjatón – del evento final del plan divino-:

a.    terremotos

b.    hambre

c.     epidemias

d.    cosas espantosas

e.    grandes señales en el cielo: en el sol, la luna y las estrellas

f.      Persecuciones que se cernirán sobre los discípulos

g.    Martirologio (oportunidad de dar testimonio)

h.    Y, los propios familiares cercanos serán los que los entreguen


¿De veras ansias la llegada del Mesías? Llena los dos requisitos: lealtad con la Alianza y pacifismo genuino y déjale todo lo demás a las Manos del Creador, Él crea todos los días y no cesa nunca de crear y re-crear.

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