sábado, 28 de noviembre de 2020

DORMIR - VELAR

 



Is 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19; 1Cor1,3-9; Mc13, 33-37

 

Resulta justo y necesario darle a la Navidad, más allá de su presentación folclórica, turística y comercial, su dimensión profunda cristiana, fundamento de todo lo demás. Sin el fundamento, todo lo demás resulta superficial y vano.

Alfonso Llano

 

A la verdadera navidad no se regresa por el camino de la falsa ternura, del mentiroso aniñamiento, del sentimentalismo. Sólo se recupera teológicamente, es decir, atreviéndose a creer en serio lo que decimos festejar.

José Luis Martín Descalzo

 

A todos nos es dado entender que hay un doble tipo de espera que con frecuencia distinguimos “espera pasiva” y “espera activa” para diferenciar la espera que se limita a dejar transcurrir el tiempo, para que llegue la fecha señalada, o una espera -llamémosla “comprometida”- que se asume como “tarea” de aprestamiento. La preparación es una verdadera gestación, un proceso de acondicionamiento y maduración, que, en la analogía con la maternidad, halla su culmen en el acopio de ropas y cuna –con su propio tendido de cama- para el bebé que habrá de nacer. El proceso de “gestación” que se da con una suerte de automatismo biológico, va acompañado de una “gestación psicológica” en la que se acopia información y -lo más importante- se dispone el corazón, para alcanzar la mejor manera de encarar esa llegada del recién nacido. Por ejemplo, los papás que ya han tenido hijos se ven abocados a preparar a los hijos mayores para la aceptación y bienvenida del que va a llegar. Esta analogía nos puede insinuar pautas de preparación para celebrar el nacimiento de Jesús.

 


El Adviento, que significa “Venida” o “Llegada” es un Tiempo Litúrgico que tiene un intenso sentido de preparación, la Navidad celebra el nacimiento del Divino Niño Jesús, pues el adviento nos abre un compás de tiempo para disponernos, nos preparamos para hacer de nuestro corazón una digna morada para que el Señor llegue a él y nazca en el Pesebre de Nuestro Corazón: Queremos que al nacer Jesús encuentre en nuestro pecho un tibio nido con blandas pajitas y en él pueda recostarse y esté al abrigo de las frías noches. Todos los signos exteriores que decoran este Tiempo no son meramente un colorido y luminoso adorno para el jolgorio infantil, sino que todas esas luces y adornos son el lenguaje tornasol con el que expresamos nuestro proceso de disposición para darle acogida, en nuestra vida, al Dios Encarnado que se hizo hombre para Redimirnos. Siendo así, no está destinado a los niños, sino que todos –obedeciendo las Enseñanzas de Jesús- nos hacemos como niños para acceder al Reino, porque es el Mismísimo-Dios quien nace, del Vientre Virginal de María Santísima y cuya Luz Salvadora resplandecerá en los ojos de nuestra espiritualidad sí sabemos ver, es decir, sí permanecemos vigilantes.

 

«De todas las tareas que hoy se plantean a un cristiano, la más urgente sin duda alguna, es la de recuperar la navidad. Esa navidad secuestrada por el consumismo, devaluada por el folclore sentimental, intoxicada por el ternurismo, vaciada por las alegrías baratas, asfixiada por los atracones digestivos, emborrachada por el champagne, asordinada y cloroformizada por la rutina y por unas supuestas tradiciones que, en lugar de resaltar lo que festejamos acaban por tragárselo.»[1] Para esta época, no sabemos cuánto se gasta en bolas para el árbol, cintas doradas, iluminaciones, guirnaldas y festones; y cuán poco pronunciamos el Dulce Nombre de Jesús y cuan poco construimos en nosotros las condiciones para acoger a Dios-en-nosotros. También se nota que, viniendo de la celebración de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, donde Jesús nos proponía las obras de Misericordia, para que –usando la frase de San Juan de la Cruz- en el atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor; más bien parecería que toda esa “palabrería” del fin de año litúrgico la hubiéramos desplazado al cuarto de San Alejo, para abrirle campo, al “árbol de navidad” y todos sus concomitantes.

 


Quede claro que el Adviento no se puede reducir a la participación en el gran mecanismo comercial, ¡qué triste!, que ha venido a desplazar completamente el verdadero significado de la Celebración. Todos entendemos que “el Malo es puerco” y que usa y abusa, como táctica, de distractores que nos llevan a descuidar lo que verdaderamente interesa a nuestra fe. Por eso Jesús nos llama en el Evangelio de esta fecha (perícopa tomada del Capítulo 13 del Evangelio según San Marcos, que continua moviéndose en un contexto escatológico coherente con el Evangelio de los últimos tres Domingos, proveniente –como lo comentamos en su momento- del capítulo 25, escatológico, de San Mateo). Ingresamos ahora en el ciclo B –donde nos remitimos al Evangelio según San Marcos- y, donde hoy nos encontramos con una convocación para vivir en actitud vigilante y siempre alertas: βλέπετε ἀγρυπνεῖτε, οὐκ οἴδατε γὰρ πότε ὁ καιρός ἐστιν· “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuando será el momento” (Mc 13, 33). Βλέπετε viene del verbo βλέπω que significa la acción física y el proceso fisiológico de “ver”, pero que además connota un significado de discernimiento, de madurez, de cordura, de buen juicio, de tener cuidado, de atención concentrada, que aquí hemos traducido por “estar atentos”. Esa atención concentrada y laboriosa, es más, esa atención diligente, no es suficiente; además se requiere estar despiertos, como se dice en el lenguaje común, “estar en la juega” ἀγρυπνέω (no se duerme), la actitud vigilante de un θυρωρῷ “portero” (Mc 13, 34) que guarda cuidadoso la entrada. Como no se duerme, enciende una vela, para penetrar mejor la oscuridad y por eso decimos “¡Velad!”. No dormirse, ni distraerse, no descuidarse y ni siquiera parpadear, sino estar siempre alertas.

 


Cuando comentábamos el sentido de la escatología ya enfatizábamos que no es algo que se deja para el último minuto –juego en el que se entraría si el Señor nos hubiera dado la fecha fija para “el fin del mundo”- sino algo que se trabaja cotidianamente, dado que “no se sabe el día ni la hora”, conocimiento que es exclusivo del Padre Celestial. La fe que nos da Jesucristo, es –como siempre insistimos- una propuesta de vida, un compromiso para orientar nuestra manera de vivir, muy seguramente por eso el cristianismo se llamaba en sus orígenes “el camino”. Camino es proceso y descubrimiento continuo, camino es ir viendo lo que se va presentando, los obstáculos que puedan existir en la travesía, pero también –lo que no es menos importante- ser capaces de maravillarse con la hermosura de la trayectoria. Estar alerta para no caerse, para no lastimarse, para evitar un accidente, y, además, gozar el recorrido, disfrutar del paisaje, beberse con los sentidos las hermosuras de la creación.

 

El “camino” puede tener y requerir esfuerzo, puede ser fatigoso, algunas veces –tal vez- requiramos hacer un “alto en el camino” para tomar aire y poder continuar. Pero el caminante descubre también, la satisfacción de perseverar en el caminar, el gusto proveniente de saber superar las dificultades y de haber coronado ese tramo que requirió de nuestro tesón. Quizás querríamos un “camino” muelle y acojinado, pero si el camino no nos presentara desafíos, quizás perdería su valor el recorrerlo y caeríamos en la monotonía del andar por andar. Son los altibajos los que rompen la invariabilidad y dan “color” al trayecto. Perseverar en la ley de Dios, vivir con pasión y con perseverancia la tensión por cumplir la Voluntad de Dios, es a eso a lo que se refiere la actitud vigilante. Y ser constantes en la vigilancia, en el velar, es la manera de vivir cristianamente, es nuestro “camino”, es nuestro estilo.

 

Pero hay algo que es esencial al “camino” de nuestra fe, algo que perdieron de vista los dos de Emaús, y que los llevaba a caminar en derrota: Que Dios va siempre con nosotros, que Él se nos hace el Encontradizo, que nos va enseñando por todo el Camino y que nos acompaña animándonos. Que no vamos solos, que Él es un “Amigo Fiel”, el “Amigo que nunca falla”. Una parte esencial de nuestro andar por la vida es esa conciencia, y cada paso que se da, se da ante su Presencia Majestuosa. Es Su Real Majestad lo que valoriza el esfuerzo constante del paso a paso. Caminar por caminar, o inclusive, caminar para jactarnos de nuestro “poderoso aguante” nos desilusionará, cualquier meta, por gloriosa que parezca, resulta fútil si no tenemos los ojos abiertos para darnos cuenta que Él lo ha recorrido a nuestro lado, que ha sido Él quien nos ha animado, nos ha “hecho barra”, y todavía más, fue Él quien nos ayudó a incorporar cuando tropezamos. Él, que tropezó y cayó agobiado y desfalleciente bajo el peso de la Cruz, rumbo al Calvario, Él mismo fue nuestra Verónica, y en ese momento -que tanto y tan angustiosamente lo requerimos- enjugó nuestro  rostro sudoroso y nos tendió la mano.

 

Notemos que en el Evangelio, en la perícopa de San Marcos que leemos hoy, hay unos detalles de relieve: Se establece un símil, se compara un hombre que se ausenta y sus “siervos” con Dios y nosotros. El hombre que se ausenta representa al propio Jesús, los siervos nos personifican a nosotros, los discípulos de todos los tiempos. ¿Qué se nos dice en ese símil? Que Dios nos entrega unos encargos, deposita en nosotros una comisión, a cada quien nos ha entregado un “trabajo”, una atribución. Y en esta “responsabilidad” se encierra una clave sustancial: es de esa atribución que debemos estar vigilantes. Esos “trabajos personalizados” que se nos han donado serán el objeto sobre el que tenemos que desplegar nuestros afanes y desvelos. La perícopa concluye enfatizando que eso no es un “envío” para unos determinados destinatarios, sino que Él nos lo dice “a todos”.

 


La actitud vigilante también consiste en saber dominar esa psicología de la “derrota” del que se queda caído e insiste en estar en tierra aun cuando Dios le está ofreciendo la Mano para que se levante y aun cuando en este mismo momento lo está “alzando” como un Padre alza a su hijo para que tenga el valor de no lloriquear sino alzarse tesonero y confiado en el Señor. Muchos a lo largo de su existencia van empecinándose constantemente en su “psicología atea” para hacer creer que ellos han caminado solos, solos se ha caído y solos se darán maña de quedarse ahí tirados. ¿Les damos gusto? Digámosles a coro ¡Pobrecitos!

 

¡No! Mil veces ¡No! Ánimo, el Señor está con nosotros, ¡levantémonos! ¡No os quedéis en la auto-conmiseración! Os habéis caído para tener la feliz oportunidad de levantaros. Para que veáis por fin que Dios está contigo, que no eres un triste abandonado, que Dios te ama, que Él es tu Padre y con su Infinito Amor se interesa por ti, te cuida, es Tu Guardián que no duerme, ni de día ni de noche, porque es un Guardián Incansable (Cfr. Sal 120).

 

Para quienes -a porfía- quieren estar tirados por ahí, revolcándose en su derrota, convendría que leyéramos nuevamente la historia de Jacob en el libro del Génesis 25, 21–35, 29. Por un momento volvamos la atención al episodio de la lucha de Jacob en Gn 32, 29 que es la cúspide de su metanoia progresiva, él deja de ser un “embaucador” y logra –por fin- descubrir que Dios no se da por vencido sino que insiste hasta que uno llega a ser “Fuerza de Dios”, que es el significado del nombre Israel, que consiste en dejar de atenerse a las propias fuerzas y fiarse de las que Dios nos da. ¿Cómo logró eso Jacob? Pues se mantuvo despierto, y “luchó” con él hasta el amanecer: esto es lo que en hebreo en el episodio de la lucha de Jacob- está expresado con עד עלות השחר y en griego, en el Evangelio de hoy, dice ἀγρυπνέω no dormirse, o sea “actitud vigilante”. Oremos hoy con el salmista diciendo: “Cuida la cepa que tu diestra  plantó, y al hijo del hombre que tú  has fortalecido” (Sal 79,15).

 



[1] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS. Ed. Planeta. Barcelona-España. 1998. p. 96

sábado, 21 de noviembre de 2020

EXPERIENCIA REGIA

 

Ez 34, 11-12.15-17; Sal 22, 1b-3.5.6; 1Cor 15,20-26.28; Mt 25, 31-46

 

Tu propio crecimiento no puede tener lugar sin el crecimiento de los demás. Eres parte de un cuerpo. Cuando cambias, el cuerpo todo cambia. Es muy importante para ti seguir profundamente conectado con la gran comunidad a la cual perteneces.

Henri Nouwen

 

…nos interpela a dejar de lado toda diferencia y, ante el sufrimiento, volvernos cercanos a cualquiera. Entonces, ya no digo que tengo “prójimos” a quienes debo ayudar, sino que me siento llamado a volverme yo un prójimo de los otros.

Papa Francisco

 

El Cardenal Martini nos invitaba a adentrarnos en el Evangelio de este Domingo de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, «haciendo primero una oración al Señor: Te pedimos Señor, que comprendamos estas palabras, que no nos defendamos de ellas, que nos abramos a todo el cambio que exigen en nuestra vida. Te pedimos que las reconozcamos por experiencia; que no solamente las meditemos, sino que vivamos de estas palabras. Tú, Señor, que envías el Espíritu y que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.»[1] y, no encontramos un mejor pórtico para ingresar a esta celebración que concluye el Año de Gracia Litúrgico 2020, porque nos amenaza el riesgo de quedarnos en lo meramente meditativo sin que pasemos a dar carne y vida a toda la implicación sustantiva que nos comunica. Concluye sabiamente esta plegaria, invocando al Espíritu y pidiendo al Señor nos  lo envíe, ya que ese envío y la autoridad, que se requiere, nace del Rey y es Él y sólo Él quien puede ordenarlo. Será, por otra parte el Espíritu, el Único que puede infundir esa apertura y docilidad necesaria para que podamos –no solamente oírlas- sino experimentarlas, sin rechazarlas con fría dureza del corazón, interponiéndoles pretextos.

 


El Cardenal Martini ve en esta perícopa tomada del capítulo 25, versos 31-46 el fundamento. Y es que San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios, no veía toda la Revelación como una llanura, sino que en ella reconoce unos puntos cruciales que hay que saber jerarquizar, porque, en esas cumbres se halla el Principio y Fundamento. «”Principio”, en sentido lógico, significa la verdadera premisa de que parte una ciencia que propiamente no es deducible ni demostrable; de ella se derivan las otras verdades… es también “fundamental”, es decir, algo que se supone en toda construcción, que está en el fondo y que está implícita en el resto de la reflexión.»[2] Y, hoy, llegamos a uno de esos “Tabores”, donde detrás del rostro de Jesús se pueden descubrir las facciones de otros patriarcas y profetas; y, además, se reconoce la blancura nívea y resplandeciente de sus vestidos que se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, “tanto que ningún batanero en la tierra los puede hacer tan blancos”(Mc 9,3). Nuestro imaginario nos lleva a concebir el atuendo real como ropa de colores, pero esta blancura refulgente, se refiere aquí precisamente a la ropa de Nuestro Dios-Rey. Se hace entrega -para nosotros- de un sólido fundamento. La perícopa de este Domingo servirá de pivote a toda la escatología: «Nuestro destino eterno se juega en la capacidad de ver y amar al Señor en los últimos.»[3]


 Volvamos con el Cardenal Martini: «En los ejercicios tenemos un hecho fundamental, primordial: fuimos creados por Dios, todo es para Él; nosotros somos para Él y tenemos que llegar a Él. Sigue una propuesta de vida, una elección: es decir, debemos hacernos indiferentes, hasta desear y buscar solamente lo que nos lleva a este fin…. ésta meditación se refiere a la actividad, a lo que hay que hacer… La página de Mateo,… se encuentra sólo en su Evangelio, no tiene comparación con los otros Sinópticos… Ciertamente es un pasaje importante de Mateo, pero también muy difícil y muy discutido. Es una página en la que Mateo acumula los títulos cristológicos: aquí se habla del Hijo del hombre, del Rey, del Pastor, del Señor, del Juez.»[4] «El texto es simple, gráfico y profundo. Jesús es presentado como el “Hijo del hombre”, uno de los títulos predilectos de Mateo. Es una imagen de Jesús glorificado, acompañado de ángeles, sentado en su trono de gloria, ejerciendo su función de juez… Es necesario recalcar que el acento no está colocado en la justicia basada en el principio de retribución (el bueno recibe cosas buenas y el malo cosas malas); sino en la misericordia, en la justicia solidaria, en el amor concretizado y vivido en los más pobres y necesitados. Es un juicio que no viene de afuera, sino de las actitudes internas más profundas. El hombre adquiere la plenitud no por los discursos…, ni por la realización de grandezas extraordinarias; sino por la praxis ordinaria donde el ser humano sea tratado como tal.»[5] Pero, los ejercicios ignacianos no nos piden hacernos indiferentes ante nuestros hermanos, sino –por el contrario- hacernos indiferentes a todo aquello que nos distraiga del otro que –como queremos afirmarlo- es precisamente la transparencia del Otro.

 


Decía el Padre Henri Nowen: “La compasión pide que vayamos donde duela, que ingresemos a los lugares del dolor, que compartamos quebranto, miedo, confusión y angustia. La compasión nos desafía a gritar con los que están en la miseria, a llorar con los que están solos, a llorar con los que lloran. La compasión requiere que seamos débiles con los débiles, vulnerables con los vulnerables e impotentes con los impotentes. Compasión significa inmersión total en la condición de ser humano”. Y el Padre Alberto Hurtado. “Hay que dar hasta que duela… No descanses mientras haya un dolor que mitigar… Yo sostengo que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz. Y como Cristo debemos amarlo y ampararlo. Debemos tratarlo como a un hermano, como a un ser humano, como somos nosotros” «No se necesitan títulos universitarios ni grandes riquezas o poderes. Se trata de tener un corazón solidario, abierto a compartir o a vivir nuestra dignidad de seres humanos, de hijos de Dios. Seremos juzgados no tanto por lo que creamos teórica, filosófica y teológicamente, sino por el amor, la compasión, la justicia solidaria. En saber colocar en el centro al ser humano.»[6]

 


¿Dónde hemos de ir a buscar “la condición del ser humano” que no se quede en una ideologización, en una abstracción?; ¿dónde hallaremos el modelo del hombre, su concreta tipificación? «…si Cristo es nuestro único modelo, cada hombre debe coincidir con Él y en distintas etapas del desarrollo de su historia ser un poco salvador y mesías. Como Cristo: Rey, Profeta y Sacerdote. Como un rey, tiene que tomar posesión de los bienes. Como profeta, debe descubrir la forma de utilizarlos. Y, como sacerdote, tiene que usarlos para una santificación. Es decir, para “santificar a los hombres en la unidad” y hacer de los bienes instrumentos de comunicación y de unidad. Teilhard diría “supercentrarlos” para que sean un medio de unificación y no de alienación»[7]

 


Por eso, leer la perícopa del Evangelio nos remite a poner primero el eje-vital de comprensión: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente”—le respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.(Mt 22, 37-39). Retomemos la idea de la jerarquización, del discernimiento: ¿Qué es lo primero y qué es lo segundo? ¿Qué es lo más importante?

 


¿Qué es entonces lo problemático y polémico de esta perícopa? Los que quieren desconectar y/o amputar uno de los dos mandamientos. Miremos de esos riesgos los que mencionaba Martini:

 

·         Uno de los abusos típicos… es el de querer derivar de esta página una especie de teología del ateísmo. Se dice: estos no han conocido a Dios, pero han hecho el bien; por tanto, no es necesario conocer a Dios, son suficientes las obras. Así se tiene una teología del ateísmo que me parece totalmente contraria al sentido de todo el Evangelio de Mateo.

·         … es una página de la que se podía abusar en el sentido de un total desprecio por el hombre, porque parecería decir: lo importante es hacer algo por Cristo, el hombre es solamente un medio para hacer algo por Cristo; por consiguiente, de esta página se podría sacar un docetismo a la inversa, es decir, lo que importa es la relación con Cristo, el prójimo es solamente un medio, una transparencia… nos saldríamos totalmente del camino, porque el Evangelio tiene un respeto fundamental por la persona humana, que no es sólo una “plataforma” para ir a Dios, sino que en sí mismo es un ser digno de ser servido y amado.

·         Si tomáramos esta página con un criterio de interpretación analítica moderna, se crearían muchas otras dificultades. Por ejemplo, una dificultad que desconcierta, sobre todo para una mentalidad acostumbrada al pensamiento paulino, es que aquí se habla sólo de obras. Parece que basta sólo hacer obras, mientras Pablo nos dice que lo que cuenta es la fe, las obras no valen nada, porque el hombre no es capaz de hacer obras buenas.

·         El trozo tampoco quiere ser un catálogo completo de todas las obras sujetas a juicio, como si fueran solamente las obras de misericordia corporales, dejando todas las otras páginas de Mateo que recomiendan la misericordia, el perdón, la oración en el silencio y en el escondimiento. Sería equivocado sacar de este trozo una especie de catálogo exclusivo de cosas por hacer para salvarse, que en fin de cuentas serían sólo los actos de misericordia corporal.[8]


 Este trozo es fundamento y es principio porque da dos zancadas infinitas: De lo teológico llega a lo escatológico y de lo escatológico a lo ético: «La ética se basa en la escatología. El hombre es tal porque obra razonablemente, por un fin que se desea… El fin del hombre es llegar a ser como Dios. El error de Adán no es querer llegar a ser como Él (Gn 3, 5), sino el no saber quién es Él. Se llega a ser como Dios amando porque Él es amor… el juicio final, como todo el discurso escatológico, nos remite del futuro al presente.»[9] Las obras que muchas veces llamamos “buenas” no lo son en sí mismas porque se hicieron por la fama y la apariencia, o por cosechar votos, o por lograr una exención de impuestos. Las obras alcanzaran el estatus de buenas obras cuando se hagan por entera gratuidad, por acogida al hermano, porque en el otro me duele Dios. Estas obras son valiosas porque se hacen conforme al amor de Dios, a su mayor Gloria.

 


«Los poderes de este mundo han desvalorizado al ser humano. Se gastan millones en la carrera armamentista; se derrochan millones en investigaciones científicas y espaciales (que no es nada malo en sí): sin embargo, millones de niños y otros seres humanos se mueren de hambre o carecen de vestido. Los sistemas sociales, políticos y económicos son injustos: mientras unos pocos tienen casi todo, la mayoría necesita lo mínimo. Millones de seres humanos se ven sometidos y obligados a emigrar en busca de mejores niveles de vida. Situación que les acarrea persecución, marginación, desprecio y hasta muerte. Faltan muchos hospitales que puedan atender digna y humanamente a tantos enfermos; las instituciones religiosas, estatales y organizaciones no gubernamentales no alcanzan a ofrecer su generosidad frente a todos los niños desnutridos, de la calle, abandonados, discapacitados, ante tanto joven esclavo de la droga, del alcohol, de la violencia; ante tanto anciano marginado porque es viejo. No solamente falta el pan, también la oportunidad de saber, de capacitarse. No nos alcanzaría el papel para escribir cuanto falta para construir el reino.»[10]


 

«¡Cada uno de los otros es siempre el Otro! … porque el mismo Señor se hizo nuestro prójimo y está siempre con nosotros (28,20) bajo la señal del hijo del hombre (24, 30), la del crucificado que tiene el rostro de todos los pobres de la tierra. Él está siempre con nosotros, presente entre todos los crucificados, sacramento de salvación para el mundo. El amor que tenemos al otro es amor a Dios: me realizo como hijo si vivo como hermano.»[11] Entender, entonces la Realeza-Divina es como mirar las Formas Consagradas, en ellas está –ahora- Presente su Cuerpo, su alma, su Sangre y su Divinidad; en el Rey –escondido tras el rostro de uno de estos, ἐλάχιστος los más débiles (los mínimos)- está Presente el Dios y Hombre Verdadero.



[1] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996. p.24

[2] Martini, Carlo María. PONER ORDEN EN LA PROPIA VIDA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1999. pp. 21-22

[3] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 2da re-imp. 2011 p. 558

[4] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996. p.25-26

[5] Chigua, Milton Jordán. PINCELADAS BÍBLICAS DEL EVANGELIO. Ed. San Pablo. Bogotá – Colombia 2009. p 118.

[6] Ibid p. 119

[7] Paoli, Arturo. DIALOGO DE LA LIBERACIÓN. Ediciones Carlos Lohlé Bs.As.-Argentina 1970 p. 190

[8] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1996. p.27-29

[9] Fausti, Silvano. Op.Cit. p.556

[10] Chigua, Milton Jordán. Op. Cit. pp. 119-120

[11] Fausti, Silvano. Op.Cit. p.555-556

sábado, 14 de noviembre de 2020

LA EXIGENCIA DE UNA NUEVA FRATERNIDAD

 


Pro 31,10-13.19-20.30-31; Sal 127, 1b-5; 1Ts 5,1-6; Mt 25,14-30

 


Uno no improvisa instrumentos de misericordia. Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros.

Papa Francisco

 

… no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras

1 Jn 3,18

 

«Tender la mano hace descubrir, en primer lugar, a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida. ¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, sucede cada vez más a menudo que la prisa nos arrastra a una vorágine de indiferencia, hasta el punto de que ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Así sucede que, sólo cuando ocurren hechos que alteran el curso de nuestra vida, nuestros ojos se vuelven capaces de vislumbrar la bondad de los santos “de la puerta de al lado”, «de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), pero de los que nadie habla. Las malas noticias son tan abundantes en las páginas de los periódicos, en los sitios de internet y en las pantallas de televisión, que nos convencen que el mal reina soberano. No es así. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza.»[1]

 


Este Domingo, como previmos en el anterior, forma -junto con el XXXII y el Domingo próximo, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo- una unidad escatológica. Los tres Domingos toman su perícopa evangélica del Capitulo 25º del Evangelio según San Mateo. Hablábamos –en ese sentido- de un retablo, mejor aún sería decir de un tríptico; ahora, en el Domingo XXXIII (A), preferimos hablar de una galaxia escatológica. Para esta vez, tomaremos de toda la galaxia sólo tres estrellas: la primera de la perícopa del Libro de los  Proverbios, se trata de la palabra חַ֭יִל (Prov 31, 10) “de carácter”, “fuerte”, “hacendosa”, “virtuosa”, “diligente”; la segunda y tercera estrellas están en la perícopa del Evangelio, se trata de la palabra Πονηρὲ que podríamos traducir como “malvado”, “flojo”, “inactivo por enfermedad”, como “invalido”, y, por eso, “negligente”, el antónimo de diligente; la tercera es ὀκνηρέ “perezoso”, “holgazán”, “atrasado”, “vacilante”. Esta galaxia tiene un “horizonte de eventos” (no hacia un hoyo oscuro, sino hacia un Foco de Luz Radiante) que es el versículo 20 del capítulo 31 del Libro de los Proverbios: “Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre”, que da el sentido a este Domingo, sentido que ha hecho expreso Papa Francisco, consagrándolo como fecha de la Jornada Mundial de los pobres, y es que la diligencia y la laboriosidad están enfocadas y han de volcarse hacia esa Misericordia que atiende a los pobres y se empeña en su redención porque verdaderamente la construcción del Reino está conectada y fundamentada en la remoción de todo aquello que des-dignifica al hombre, todo lo que impide su realización en plenitud, ya que “la Gloria de Dios consiste en que el hombre viva”, esa es la interpretación que damos a esta célebre frase de San Ireneo, que entendemos como moción y exhortación a vencer toda la cultura de la muerte y florecer rotundamente hacia una cultura de la vida. ¡Vida en Jesús! Dice Papa Francisco: «… quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados»[2]. Que se oferta a todos, sean o no cristianos. A nosotros se nos demanda y se impone responder, porque ¡fue a nosotros a quienes fueron entregados los talentos! que significa –como lo hemos visto- tener siempre listas las lámparas y tanqueadas las alcuzas; y, para los no creyentes, la propuesta es dejarse alcanzar por esa Luz y reconocer que liberta al hombre, que desata sus manos y sus pies para que pueda avanzar,  y se pueda levantar -la pobreza hace inválido a quien la padece, le niega realizarse, lo postra- y caminar hacia esferas Divinas, que de otro modo resultan inalcanzables. La oferta es erradicar toda alienación para que cada ser humano tenga la posibilidad de vivir en plenitud, una vida pleromizada, que es el tipo de vida que se propone y ha de vivirse bajo la Soberanía de Dios.

 

Volvamos sobre la palabra חַ֭יִל si la entendemos como “diligencia” significa el que ama, el que tiende con ardor hacia algo, el que profesa celo por algo o alguien. Si vamos hasta la fuente etimológica encontramos las raíces dis- separar y legere recoger, elegir, cosechar, leer; que, al ensamblarlo dará “hacer las cosas con premura y pasión”. En cambio, si la traducimos como “ser hacendoso” tendremos por significado tener hacienda o ayudar a adquirirla; y ¿qué es “hacienda”? una propiedad inmueble. Por lo general usamos la expresión “hacendoso” para referirnos al cuidado esmerado al ejecutar las tareas domésticas, pero su verdadero significado –en el origen- se refiere a cosechar “cribando” para garantizar que lo recogido tenga la más alta calidad, y sea todo bueno. Cuando se dice “tener o adquirir hacienda”, no vayamos a empobrecer también el concepto de “hacienda”, que no corresponde exclusivamente a los bienes materiales, porque hay pobreza de cultura, de principios y valores, de consuelo y amistad, de cercanía y comprensión, de disciplina y método, de acogida y solidaridad. La Iglesia nos ayuda a descubrir otros focos de pobreza y des-dignificación si estudiamos detenidamente y masticando una a una las Obras de Misericordia, en particular si detallamos lo que implican las obras de Misericordia espirituales que muchas veces quedan como cara oculta de la moneda (dejando sólo visible las obras de Misericordia Corporales como el lado espectacular de la moneda) y que sin embargo no son menos apremiantes y menos dolorosas.

 


Los antónimos están mencionados en el Evangelio: negligente y haragán. El haragán es el que no quiere trabajar. El negligente es el que no-legere. Arriba dijimos que legere significa recoger, elegir, cosechar, entonces neg-ligente es el que “no recoge la cosecha, o si la recoge no selecciona, sino que echa, revueltos, los frutos buenos con los de baja calidad”; usamos esa voz para designar al que no actúa, al indiferente, al que carece de amor por lo que hace y por quienes lo hace -o lo debiera hacer- ya que el amor es también diligente, y, si verdaderamente amo a mi prójimo, ¿podré ser negligente? «Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro.»[3]

 


Siempre está presente el riesgo de construir una fe “aislante”, fe de sólo oratorio, encerrada en una tipo de piedad solipsista que ignora al prójimo, que se reduce a una burbuja de indiferencia, fe que deshumaniza endureciendo el corazón, dirigiéndonos –constante- hacia un despeñadero de crueldad, llevándonos al vicio de inhumanidad, de  ser indolentes ante el padecimiento y hacia la ferocidad de ver bañarse en sangre o sufrimiento nuestro entorno, viendo sin pestañear las necesidades y penurias que otros atraviesan, pensando que se trata de una realidad distante o de una historia extraterrestre, tan remota, que seguramente sea pura ficción. « Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades,… »[4] No podemos incurrir en el pretexto de la lejanía ni en el de la incompetencia, achacando que eso no nos corresponde, que no nos compete. Cabe aquí retomar enfáticos la sentencia de Terencio “Soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno” Y, no exclusivamente por filantropía, sino porque el interés preocupado por el otro es Mandamiento Divino y núcleo de nuestra fe. ¿A dónde se ha relegado –en esa “fe” a nuestros semejantes, ocultando al otro tras la imagen del Otro-y-yo que no es más que un ídolo egocéntrico? Semejante ocultamiento es el ocultamiento (enterramiento) del “Talento” entregado y recibido. La fe del negligente, del haragán está dibujada con las palabras de denuncia que consigna San Mateo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo". Este haragán le puso a Dios una máscara de exigencia inhumana sólo para ocultar su apatía y la resignación y negar el compromiso que había adquirido ante el don benévolo de haber recibido “un talento” o sea –aunque aparentemente poco- algo así como 34 kilos de oro, ¿era poco? Tengamos presente que Dios nos da ἑκάστῳ κατὰ τὴν ἰδίαν δύναμιν a cada uno según nuestras capacidades (Cfr. Mt 25, 15). «Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivo, ni tampoco resignado… Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.»[5]

 


«Este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo. Encerrados en el silencio de nuestros hogares, redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua. Este es un tiempo favorable para “volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo [...]. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad [...]. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente” (Carta enc. Laudato si’, 229). En definitiva, las graves crisis económicas, financieras y políticas no cesarán mientras permitamos que la responsabilidad que cada uno debe sentir hacia al prójimo y hacia cada persona permanezca aletargada.»[6]

 

 

 

 

 

 

 



[1] Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de los Pobres 2020, 5.

[2] Ibid

[3] Ibid

[4] Ibid

[5] Ibid.

[6] Ibid, 7.