domingo, 31 de marzo de 2024

¡UNA NUEVA CREACIÓN!

 


Hech 10, 34a. 37-43; Sal 118 (117), 1-2. 16ab-17. 22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

 

Si toda su obra hubiera terminado en el patíbulo de la cruz, la muerte habría sido el fracaso de su persona, de su Buena Nueva, de su mensaje y la desaprobación de Dios

Virgilio Zea s.j.

 

Jesús, en cambio, no viene del mundo de los muertos –ese mundo que Él ha dejado ya definitivamente atrás-, sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida …

Benedicto XVI

 

Todavía dominan las sombras

«… sigue siendo difícil comprender cómo María Magdalena, de quien sabemos que amaba al Señor, no fue capaz de reconocerlo inmediatamente, sino que llegó a pensar que se trataba del hortelano.»[1]

 


“El primer día de la semana, muy temprano, todavía oscuro, María Magdalena fue a visitar el sepulcro. Vio que la piedra de la entrada estaba removida” «Oscuridad es ausencia de Jesús. La oscuridad representa todas esas fuerzas negativas que trabajan de noche y se oponen a Cristo, Luz del mundo (9,4; 11, 9-10; 12, 35s).»[2] Donde se trata de la σκοτία [scocia], “la oscuridad”, se trata de la “oscuridad de la fe”, una oscuridad de naturaleza espiritual, ama a su Señor, le sigue, le continua fiel, pero, su fidelidad está dirigida a un muerto: para ella Jesús no es el Mesías, sino otro muerto más. Por eso, ante Pedro y Juan exclama: “¡Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto!” «Ni por un instante la pasó por la mente que Jesús hubiera resucitado. Más bien pensó en un robo, en una posible profanación del cadáver del Señor.»[3]

 

No acusemos, ni critiquemos, ni culpemos a María Magdalena. Entendamos que llegar a la fe de la Resurrección supone un tipo de profundización teológica que nos viene por la Gracia. Posiblemente, pasó mucho tiempo y tuvieron que vivir muchas experiencias muy fuertes en las primeras comunidades cristianas para poder llegar a reconocer en Jesús al Resucitado, y aún más y mayores profundidades para teologizarlo y llegar a la convicción férrea. Los encuentros con el resucitado nos permiten intuirlo; por ejemplo, cuando Él les tiene el desayuno en la orilla del lago de Tiberiades (Jn 21, 12b) “ninguno de los discípulos se atrevió a hacerle la pregunta ‘¿Quién eres Tú?’ porque comprendían que era el Señor” «Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban.»[4]

 


Algo así se nos critica frecuentemente cuando ven algunos nuestra representación del Crucificado o nuestra cruz como símbolo de nuestra fe. A ellos hay que recalcarles que no hay Resurrección sin cruz. La cruz nos lleva a mirar cara a cara el rostro del Amor de Dios, de su infinita inmensidad, como lo hemos dicho en otra parte: Dios nos ama tanto como una mamá ama a su bebé en medio de su indefensión. Con Tierno y Dulce Amor de Padre nos ama el Padre Celestial, pero más, con Amor Divino, con Misericordia; por ningún mérito nuestro, sino porque Él quiere amarnos, porque al moldearnos del barro y soplar en nosotros el espíritu (Gn 2, 7), quiso añadir -en su Corazón y en sus Manos Creadoras- el Amor. ¡Bendito y Alabado sea su Santo Nombre!

 

Así es como nos atrevemos a afirmar que María Magdalena iba “todavía en lo oscuro” de no reconocer al Señor Resucitado. Es a esa oscuridad a la que se refiere este texto, hay quienes todavía andan en la oscuridad del corazón para discernir en Jesús, al Señor Resucitado.

Pedro y Juan fueron corriendo

Pedro, la roca firme a quien se han entregado las “Llaves” representante de la Iglesia de Jerusalén, compite con la comunidad joánica (probablemente la comunidad de Éfeso); llega primero, pero al ver las vendas y el sudario, no capta nada, en cambio, al discípulo Amado, le basta verlas para captarlo todo y creer.

 


Augusto Seubert nos presenta tres exégesis diversas sobre el tema de las vendas y el sudario:

 

a) Pueden significar la fe antigua, el judaísmo con la versión farisaica, estricta, pegada a la Ley, concepción fundamentalista, ritualista y ultra-tradicionalista de la religión. Esas son las vendas; y Jesucristo las ha superado, las dejó atrás, anda suelto, desatado, sin amarradijos que entraben su libre caminar. Jesús siempre se mostró libre de ritualismos, de respetos sabáticos.

 

b) Las vendas evocaban a Elías que le dejó la capa a Eliseo y con ella, su poder, de forma tal que Eliseo pudo, igual que Elías, golpear con la capa las aguas del Jordán y dividirlas para pasar a pie enjuto (2 R 2, 8-15). Serían signo de transmisión de poder y autoridad.

 

c) Jesús se salió de las vendas, y quedan ahí, enrolladas, por que digamos que Él se evaporó y las vendas quedaron, enrolladas como lo habían estado alrededor del Cuerpo de Jesús, pero el Cuerpo ya salió de su jaula de vendajes.[5] El sudario doblado (Jn 20, 7b) significaba en el lenguaje de los usos judíos que “iba a volver” si hubiera quedado formando una bola habría significado que ya no regresaría, pero el lienzo doblado significa “¡volveré!”, este detalle, a primera vista insignificante, conocidas las costumbres semitas, era –verdaderamente- un “telegrama” que –si se observaba y se interpretaba correctamente- fue signo y les permitió “ver y creer” (Jn 20, 8).


 

¿Por qué Juan entiende y Pedro no? El Padre Hugo Estrada nos da una hipótesis coherente: «Juan era el mejor preparado de todos para creer: Juan había recostado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena. Juan era el único de los apóstoles que había estado, minuto a minuto, junto a la cruz del Señor; había participado también en el entierro. Juan era el único que no había negado a Jesús. Por eso su corazón y su mente estaban más abiertos para creer lo increíble»[6]

 

Esencialidad de la Resurrección

Leemos en la 1ª de Corintios “Pero si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada, ni queda nada de lo que creen ustedes.

 

Y se sigue además “que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan.” (1Co 15, 14-15)


 

Veamos lo que comenta, a este respecto, SS. Benedicto XVI:

 

«Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre, y su deber ser –una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta….

 

Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente…

 

San Marcos nos dice que los discípulos cuando bajaban del monte de la Transfiguración, reflexionaban preocupados sobre aquellas palabras de Jesús, según las cuales el Hijo del hombre “resucitaría de entre los muertos” Y se preguntaban entre ellos lo que querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos” (9, 9). Y, de hecho, ¿en qué consiste eso? Los discípulos no lo sabían y debían aprenderlo sólo por el encuentro con la realidad…

 

…la reanimación de un muerto no nos ayudaría para nada y, desde el punto de vista existencial, sería irrelevante.

 

Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto redivivo, no tendría para nosotros en última instancia interés alguno. No tendría más importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto…

 

Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en romper las cadenas para ir hacía un tipo totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; … es una especie de “mutación decisiva”, … un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad»[7]

 

Sus implicaciones en nuestra vida de fe

Para muchos de nosotros, fieles cristianos, la resurrección no pasa de ser una fecha en el calendario litúrgico, la Vigilia Pascual con su hermosísimo rito o una imagen de Jesús Glorioso. Pero la Resurrección es muchísimo más que eso. Es un elemento que tiene enormes implicaciones en nuestra vida, y debe repercutir en acciones, en un estilo de vida verdaderamente a la manera de Jesús. Implica, no sólo una creencia sino un compromiso:


 

«En el drama del hombre se juega el autor del hombre. Qué sentido tiene crear un hombre del absurdo: pasión de amor y, no sabe sino destruir al otro; ansia de libertad, de dignidad, y, no afirma la propia autonomía, sino negándola a otros. ¿Tiene sentido crear un hombre que no soñó con vivir, para que cuando se apasiona con la vida se le arrebate sin consultarlo? ¿Somos un haz de luz entre dos abismos de oscuridad? ¿Una burla de quien nos creó sedientos de sentido, sin nunca alcanzarlo?... Todo lo que conquista el hombre se torna ridículo ante lo que queda por hacer. La brizna de libertad que poseemos es una burla para los que no la tienen. Nuestra comodidad y la conquista del espacio, son una ironía cuando no podemos conquistar la propia tierra haciéndola más humana…

 

…hay que establecer una crítica despiadada a un Dios y un hombre lejanos el uno del otro: Dios un absoluto que no necesita del hombre, éste una miseria perdida en los espacios siderales, pequeñez a la que se aplasta sin que Dios se conmueva, en su inmutabilidad, por el dolor de la historia.

 

¿Por qué no pensar a Dios y al hombre, no como dos realidades antagónicas, sino como la capacidad del amor y del don y la capacidad de la aceptación del ser y del amor?

 

Aceptada la fe en la creación, Dios es ante todo relación, ha hecho un mundo para el hombre y al hombre para relacionarse con Él… Creación es afirmar en cada niño que nace, en cada flor que revienta, el triunfo de la vida sobre la muerte…

 

Y ¿por qué construir un mundo para unos pocos y no para todos?

 

La solidaridad tiene dos caras: hacerse como nosotros, para que podamos ser como Él.

 

No se cree en Jesús y su resurrección, si no se ha vivido la praxis de Jesús y no se ha amado a la manera de Jesús, sin un amor que como el de Jesús hace verdad en la historia la liberación del hombre del pecado, de la opresión, del odio; si no se ha vivido la pasión por el sentido y no se ha hecho la experiencia de Jesús: mirar a Dios como Padre, con un amor que exige construir un mundo de hermanos; Padre en el que se puede confiar y por el que vale la pena entregar la existencia, dándola por los demás.»[8]

 


«La muerte no es la última palabra ni el fin de todo: se entrega uno a la muerte por la justicia, para crear una vida digna, una vida justa. En esta afirmación está contenida ya una afirmación que escapa a los límites temporales. El que es capaz de entregar su vida por la justicia está realizando con ello un inmenso acto humano, que supera los límites del tiempo y del espacio; está diciendo que su deseo de vida justa es eterno. En el cristianismo, el deseo de pervivencia y de resurrección está esclarecido, confirmado y realizado. Lo que en todo hombre está presente de manera oculta, implícita, el cristianismo lo explica y lo expresa»[9]

 

Helder Câmara contaba una anécdota que –de alguna manera- nos muestra hasta qué punto nuestra fe, o nuestra poca fe, toca a los demás, los calienta o los enfría. «Recuerdo a una mujer que un día consiguió que su padre la acompañara a misa. Su padre, un gran personaje, había perdido la fe. Ella, por tanto, no dejaba de orar: “¡Señor! ¡Señor, transfigúrate durante esta Misa! Mi padre está aquí. ¡Tócale el corazón!” Al concluir la Misa, ella estaba impaciente por saber si se habían abierto los ojos de su padre, si realmente la Eucaristía le había llegado al corazón. Pero él dijo algo que es verdaderamente terrible para nosotros, los sacerdotes y para todos los fieles: “Hija mía, ellos, los que estaban ahí dentro, no creen que Cristo esté en la Eucaristía…”

 

Por supuesto que no hay que exagerar. Al Señor no le gustan las exageraciones. Pero ¡qué importante es que participemos de un modo más auténtico y más cercano en la celebración de Cristo, para que todo el mundo comprenda que lo que hay allí no es un trozo de pan, sino el propio Cristo!»[10]

 

Es que cuando creemos llevamos el testimonio, les movemos el piso, comunicamos fe y, en esa misma medida, estamos evangelizando, proclamando la Buena Nueva. Lo contrario es cien por ciento más cierto: Nuestra tibieza, nuestra fragilidad sobre lo que profesamos, es anti-testimonio, puede ser enarbolado como pretexto, puede usarse como excusa para las inconsistencias de los demás. Así que, si creemos en la resurrección, tenemos que vivir como Resucitados. Que se nos note la seguridad en todos los aspectos de nuestra fe, y la inconmovible certeza que no moriremos para siempre.


 

Concluyamos con las mismas palabras con las que Papa Francisco cerró su homilía de la Vigilia Pascual del 15 de abril de 2017, hace 7 años: “Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

 

Pero, en este momento histórico que vivimos hay que agregar una nota antibélica, que nos defina con una postura firme de Discípulos-del Resucitado: «Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.»[11] y mostrémonos inamovibles contra su mano asesina que quiere acobardarnos con su insolencia, tratando de convencernos de la validez de sus crímenes diseminados por toda la faz de la tierra.

 

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.” «Nosotros también … nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús.»[12]

 



[1] Câmara, Helder. EL EVANGELIO CON DOM HELDER. Ed. Sal Terrae. Santander-España. 1987 p. 183

[2] Seubert, Augusto. CÓMO ENTENDER LOS MENSAJES DEL EVANGELIO DE JUAN Ed. San Pablo Santafé de Bogotá D.C. – Colombia 1999 p. 146

[3] Estrada, Hugo sdb. PARA MÍ, ¿QUIÉN ES JESÚS? Ed. Salesiana Guatemala, 1998 p. 206

[4] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET. SEGUNDA PARTE. DESDE LA ENTRADA EN JERUSALÉN  HASTA LA RESURRECCIÓN. Eds. Planeta y Encuentro Madrid-España 2011 p. 309

[5] Cfr. Seubert, Augusto. Op. Cit. pp. 147-148

[6] Estrada, Hugo sdb. Loc. Cit.

[7] Benedicto XVI Op. Cit. pp. 281-284

[8] Zea, Virgilio. sj. Op. Cit. pp. 151-153

[9] Arias Reyero, Maximino JESÚS EL CRISTO Ed. Paulinas.  Madrid–España 1982 p. 263

[10] Câmara, Helder. Op. Cit. p. 184

[11] Cantalamessa, Raniero. OFM Cap. Loc Cit.

[12] Ibidem

sábado, 30 de marzo de 2024

JESÚS ES NUESTRO HORIZONTE

 



Gn 1,1-2,2; Sal 103, 1-2a. 5-6.10.12-14.24.35c; Gn 22, 1-18; Sal15, 5.8-11; Ex 14,15-151a; Sal Ex 15, 1b-6.17-18; Is 54, 5-14; Sal 29, 2.4-6.11-12a.13b; Is 55,1-11; Sal Is 12, 2-3.4b-6; Bar 3. 9-15. 32-4,4; Sal 18, 8. 9. 10. 11; Ez 36, 16-28; Sal 41, 3. 5bcd; 42, 3. 4; Rom 6, 3-11; Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23; Mc 16, 1-7

 

… no se trata de la reanimación de un cadáver, es decir, volver a la vida de antes. Es una creación nueva,… “se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Co 15, 42ss.).

Silvano Fausti

 

Celebramos la Pascua, pero tenemos que poner de presente que Pascua significa “paso” y que lo que celebramos es el paso de la muerte a la Vida.  La Liturgia de la Palabra de la Vigilia Pascual nos enfrenta a una síntesis apretada de la Historia de la Salvación:


 

En Primer Lugar nos evoca la Creación. Dios lo hizo todo perfecto y, Él que es el Experto de excelente experticia juzga la perfección de toda la creación: ¡Todo lo hizo Bien! Entre sus criaturas se cuenta al hombre, al ser humano que tiene una dignidad especial y ha sido puesto como guardián de la vida y cuidador de toda la Creación. La Creación nos asombra por su grandeza, por su más que matemática exactitud, finura, corrección y bondad, pero la Liturgia en su comentario nos advierte que no es la mayor y más admirable obra de Dios, pues hay algo muchísimo mejor, que es la Obra de la Redención.

 

Pero, allí sobreviene la embarrada. El hombre –víctima de la tentación- sucumbió al pecado y redujo la perfección de la Creación como consecuencia de su pecado. El pecado es desobediencia a lo que Dios nos pide. Viene la Segunda Lectura, también tomada del Génesis, se trata de la historia de Abraham y del sacrificio –a última hora cancelado- de su propio hijo-único Isaac. La leña que Abrahán lleva al país de Moria es figura de la Cruz y el Monte que Dios le señala es figura del Calvario, ese mismo Calvario (Monte de la Calavera, figura de la muerte) será derrotado por la Cruz, la Cruz de la Obediencia; Dios le dice a Abrahán, “no te has reservado a tu hijo, tu único hijo”, así resulta que Isaac es prefigura del Hijo Único de Dios, Jesucristo. Abrahán llegará a ser por esta obediencia en grado sumo, “padre de multitudes” y él mismo es prefiguración de Nuestro Padre-Dios que no escatimará el amor y el dolor de ver a su Hijo Crucificado y temporalmente muerto, por alcanzarnos la Redención.

 


En la siguiente página, la Tercera Lectura (tomada del Libro del Éxodo, Lectura que no se puede obviar, estando en libertad el Presidente de elegir cuales de las otras del A.T. toma, para conformar un mínimo de tres), del muy sintético resumen, donde hallamos a Nuestro Padre Dios que –en vez de permanecer airado por nuestro descalabro- permanece interesado y alerta cuidándonos. La responsabilidad paternal no busca pretextos para disolverse; por el contrario, un papá siempre estará vigilante, no para cercenarle la libertad al hijo, sino para apoyarlo, para velar por él, para darle su consejo y señalarle los mejores derroteros; y, si llegara a caer en la trampa de ser esclavizado, no vacilará en pagar el rescate para volverlo a ver libre. La Pascua del Antiguo testamento es una prueba del Amor de Dios-Padre por su Pueblo Escogido. Que maravillosa y épica fue la muestra del Poder de Dios para salvar a Israel de los egipcios. Este  poderío lleva al Pueblo Elegido a llamar a Dios: “El Señor”. Y sin embargo hay una obra mayor que esa, el Sacramento del Bautismo que es el Sacramento del agua Regeneradora y vivificante, que lava la mancha del pecado original. Por eso, el Mar dividido para que los Israelitas lo pudieran cruzar es prefigura del sacramento del bautismo -“Se nos ha dado la oportunidad de pasar de la esclavitud del pecado y de todos los elementos destructivos de nuestra vida a una vida de libertad”- sacramento de Liberación, porque Yavé es un Dios Liberador.

 

En la Cuarta Lectura, tomada del profeta Isaías, nos encontramos a Dios y su relación conyugal con su “puebla”, que es su legítima esposa, y a la que Él jura su eterno amor muy a pesar de sus infidelidades. Profetiza que nuestro Redentor será el “Santo de Israel”. Esta fidelidad a través de los siglos y por encima de nuestras fallas repetidas una y otra vez en el curso de la historia de la humanidad, nos conduce a glorificar al Dios Omnipotente, Dios del Mundo Entero, a cantarle himnos a darle gracias por siempre. Roguémosle a Dios que haga grande su pueblo creyente para que el mundo entero reconozca que las promesas que nos hizo – a través de nuestros mayores- se cumplen.

 

¡Nos cuesta mucho trabajo entender estas vías de Dios! Nuevamente –en la Quinta Lectura- Isaías toma la Palabra y nos trae el anuncio de los caminos especiales y valiosísimos que tiene el Señor, en el verso 8 nos declara: “Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes”. En esta profecía se nos llama a valorar toda Palabra que sale de la Boca de Dios y atestiguar su fertilidad pues no deja de dar fruto: “No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué.” Is 55 ,11.

 

La Sexta lectura tomada del Profeta Baruc, nos desbroza de toda clase de idolatrías y politeísmos, abriendo nuestros ojos y disipando toda ceguera para que prestemos atención al Único Dios: Al Todopoderoso, a Quien la Luz le obedece (otra vez aparece la obediencia como la manera de relacionarse con el Señor, de agradarle): ¡Dichosos nosotros, Israel, que conocemos lo que agrada al Señor! Si sabemos lo que le agrada y lo aceptamos como directriz de nuestra existencia, tendremos las puertas franqueadas para alcanzar la dicha de Contemplar su Rostro, de alcanzar el Destino radiante que Él nos tiene reservado. Su Palabra nos ha sido revelada y así lo conocemos, es decir, sabemos cómo podemos agradarle, por tanto sus Palabras son Palabras de Vida Eterna.

 

Reseñaremos ahora le Séptima Lectura, esta viene de Ezequiel: En ella se nos habla de cómo nos encerramos en nuestra testarudez e hicimos caso omiso a las palabras de guía que Dios nos había revelado, en particular se denuncia la idolatría en que incurrimos y la vida de profanación que elegimos y preferimos a la opción que Dios nos propuso. Entonces, ahora, ¿qué creéis que hará Dios? ¿Pensáis que se regodeará en crueles castigos? Pues no, lo que hace, es ¡lavarnos con la purificadora agua que brota del Costado lanceado de Nuestro Salvador! Acariciemos con dulzura las tiernas Palabras de la Promesa de Dios: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo; y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaré en la tierra que di a vuestros padres. ¡Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios!”, entendemos que por eso se ha quedado a vivir en los Sagrarios de nuestras Iglesias, para no faltar al cumplimiento de su Promesa.

 

La Epístola –tomada de la Carta a los Romanos- nos señala como Jesús es nuestro Hermano Mayor, y en Él nos hemos hecho coherederos y coparticipes de los Bienes Eternos concretizados en una Vida Nueva. Hemos muerto para el pecado y renacidos de las aguas bautismales para ser mujeres y hombres nuevos a la manera de Jesucristo. Nuestra condición de pecadores fue crucificada, y ella fue la única que murió en esa Cruz, puesto que nosotros, junto con el Cordero de Dios, lo que ganamos en ella fue la corona de la Resurrección: “sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.”

 

La tumba no es un punto de llegada, sino un punto de partida para el anuncio de la Resurrección.

Hugo Orlando Martínez Aldana

Sólo una Palabra sobre el Evangelio que acaece en el marco del Yom Rishom se llama en hebreo y μιᾷ τῶν σαββάτων en griego, “Primer Día de la Semana”, “Pasado el Sábado”, sobrado motivo para que hayamos dejado de celebrar Sabbat y hayamos pasado a celebrar el Dies Domine, El Domingo, Día del Señor: Vale la pena volver sobre el #18 de la Carta de San Juan Pablo II sobre el Día del Señor, dada en Pentecostés de 1998, donde leemos: “… los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento, aunque la realización definitiva se descubrirá sólo en la parusía con su venida gloriosa. En él se realiza plenamente el sentido «espiritual» del sábado, como subraya san Gregorio Magno: « Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo ». Por esto, el gozo con el que Dios contempla la creación, hecha de la nada en el primer sábado de la humanidad, está ya expresado por el gozo con el que Cristo, el domingo de Pascua, se apareció a los suyos llevándoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). En efecto, en el misterio pascual la condición humana y con ella toda la creación, «que gime y sufre hasta hoy los dolores de parto» (Rm 8,22), ha conocido su nuevo «éxodo» hacia la libertad de los hijos de Dios que pueden exclamar, con Cristo, « ¡Abbá, Padre! » (Rm 8,15; Ga 4,6). A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2 Co 4,6). Del «sábado» se pasa al «primer día después del sábado»; del séptimo día al primer día: ¡el dies Domini se convierte en el dies Christi!”

 


Esta es la clave para toda la partitura, todo cuanto suene estará entonado y armonizará bajo el signo de la Resurrección, porque la Cruz sólo es la Llave, pero la Puerta es que se haya Levantado, que haya atravesado las aguas de la muerte, -como dice la Epístola: “fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”, ese es el Signo de nuestra Fe. «Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados -cada uno de nosotros los conoce-, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. El ángel nos anuncia la cita que nos ha dejado, Él nos emplaza para vernos en Galilea, es allí donde claramente somos convocados para vernos con Él y seguir dando la práctica de su Amor, ante todo fijemos nuestra mirada en esta cita que nos pone tan curiosa e interesante: Galilea deriva de la palabra גליל [Galil] que en hebreo significa “rollo”, los “rollos” son siempre una alusión a la Torah, nos parece valido entenderlo como “si guardan la fidelidad a mis Seguimiento, guardareis y atesorareis la Escritura y sus Enseñanzas”.

 

Pero hay más, las castas cultas -especialmente las hierosolimitanas- consideraban a Galilea tierra de “incultos”, de “ignorantes”, porque no eran tan formalistas en las cuestiones de la ley, pero sí muy piadosos y bien formados, si se tiene en cuenta que había allí múltiples sinagogas, donde florecía el estudio y cada sinagoga era una escuela, un foco de cultura y fe.


 

A esto hay que añadir que Jesús estuvo en varias ciudades de esta región: Betsaida, Caná, Capernaum, Corozaín, Nahúm y Nazaret, donde Jesús pasó la mayor parte de su vida. Fue en esta región donde Jesús inició su actividad, salió de allá para irse a bautizar, y allá volvió, siempre predicando.

 

¡RESUCITÓ! ¡FELICES PASCUAS!

viernes, 29 de marzo de 2024

MIRAD EL ÁRBOL DE LA CRUZ

 



VIERNES SANTO – PASIÓN DEL SEÑOR

Is 52,13-53,12; Sal 30, 2.6.12-13.15-17.25; Hb 4,14-16.5,7-9; Jn 18,1-19,42

 

Y como una zarza ardiendo, como el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, se manifiesta a los que buscan apresarlo diciéndoles: “YO SOY”. Es Yavé que les hace caer en tierra.

Emilio L. Mazariegos

 

Los hombres pueden ponerse a la derecha o a la izquierda de la cruz. Pero, quieran o no quieran, están a uno de sus lados.

Ernest Hello

 

¿Quién juzga a quién?

No estamos ante una muerte cualquiera, estamos ante la Muerte que derrotará la muerte definitivamente. La Lectura de estos dos capítulos del Evangelio según San Juan que componen la Pasión, es definitiva para entender lo que pasa con esta Muerte. En ellos encontramos una gran cantidad de figuras, imágenes y simbolismos. Insistimos que los símbolos podían ser decodificados por la Comunidad Joánica que contaba con los referentes de decodificación, no así nosotros. Siguiendo la Pasión con mucha atención lo primero que se nota es el empeño de mostrar a Jesús como Rey. Evidentemente es un Rey de una clase muy especial. ¡Su corona es de espinas! El Manto de Púrpura, es un trapo que le proveen los soldados torturadores; también ellos le adjudican el Cetro, una caña. En este evangelio se ha prescindido de ciertos detalles que aminorarían la calidad real de Jesús: No hay insultos, no hay escupitajos.

 


El cuadro decisivo, donde se muestra todo el señorío de Jesús es el momento en que el propio Pilato hace sentar (la palabra es ἐκάθισεν [ekathisen], que está en indicativo aoristo activo del verbo καθίζω [kathiso] “hacer sentar”, “mandar sentar” a Jesús en la silla desde donde se juzgaba. «… la expresión ekathisen epi bematos en el v. 13, traducida por la vulgata “sedit pro tribunali”. Mientras comúnmente se pensaba que la frase significase que Pilato se sentó, dada la cercanía del nombre de Jesús y la posible atribución de un valor activo al verbo ἐκάθισεν [ekathisen] parece que Pilato “hizo sentar a Jesús”, en el sentido de que lo instaló sobre la silla.»[1] Revisemos cómo traduce Luis Alonso Schökel: “Al oír aquello, Pilato sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado (en hebreo Gabbata)”.Jn 19,13. Vayamos con el Cardenal Martini: «La impresión que se saca de la escena, pues, es que el que parece estar siendo juzgado, en realidad está juzgando a la humanidad.»[2] «Jesús es acusado, pero de hecho es Él el que juzga. Jesús es rey, pero un soberano que reina sobre los que escuchan sus palabras. En el centro la escena de la coronación, despojada de todo detalle (esputos, genuflexiones), hace destacar el título de rey. Y la escena termina apoteósicamente: Pilato hace sentar a Jesús en su tribunal para proclamarlo rey (v.13).»[3]

 

Un mapa de Lectura

Este texto, como hemos dicho, de suyo denso; merece un atento estudio; nuestro rol de discípulos nos llama a leerlo y meditarlo con atención, con espiritualidad; acompañar a Jesús en esta Semana Santa, significa –así lo entendemos- leer de manera meditada y con suma devoción las páginas de la Escritura consagradas a la Pasión. Pero no sólo hoy. El sentido intrínseco a esta celebración que la Iglesia ha instituido y conservado, lleva en sí, el mismo espíritu eucarístico, “Hagan esto en memoria mía”, y el alma toda de la Iglesia opera con este sentimiento, conservar lo que Jesús –con su Vida, Pasión y Muerte- nos legó, y que alumbra nuestro caminar en el discipulado.

 

El Cardenal Martini nos proporciona un plano para no hacer la exploración a tientas, casi una guía turística (si cabe la analogía) a la Pasión en el Evangelio de San Juan. Podemos aprovechar este “plano” que trazó Carlo María Martini para explorar la Pasión con mayor provecho y más honda profundización. Él nos propone una subdivisión en 7 episodios:

 

1.    El arresto de Jesús 18, 1-12

2.    Jesús ante los sumos sacerdotes y la negación de Pedro 18, 13-27

3.    Jesús ante Pilatos 18, 28 – 19, 16

4.    La Crucifixión 19, 17-22

5.    El “cumplimiento” 19, 23-30

6.    Agua y sangre y el Cordero de Dios 19, 31-39

7.    La valentía de los Amigos 18, 38-42.

 

Opción preferencial

Pilato nos mostrará a Jesús: “Ecce homo”: Aquí tienen al hombre” Jn 19, 5c. Ya es un guiñapo; azotado, coronado de espinas, abofeteado, víctima de la burla, pero sobre todo y ante todo, sentenciado. Pilato no se cansa de pronunciar su sentencia: No encuentra en Él culpa alguna, lo declara tres veces inocente. Sabemos que los opresores romanos les habían quitado a los judíos toda autoridad para condenar a muerte, por eso lo presentan al gobernador romano para esta farsa de juicio. El Sanedrín, los Sumos sacerdotes, los fariseos y los saduceos ya llevaban la sentencia escrita en su corazón. Como lo dijera Caifás, “conviene que un hombre solo muera por el pueblo” (Cfr. Jn 18, 14).


 

«Y acudirán a Ti en sus dolores y en sus cansancios, buscando en tus palabras ese amor que ellos apenas saben producir. Tu corazón cansado dará fuerza a los suyos. Tus manos, dispuestas ya a ser taladradas, sostendrán las suyas. Y, aun sin darse cuenta, incluso cuando gritan “crucifícale”, estarán reconociendo que Tú eres el único, el ultimo amor» (Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS).

 

Cuando Pilato lo muestra, aquella gente lo “ovaciona”: ¡Crucifícalo, crucifícalo! ¡Vaya qué ovación! Pero del hombre que Pilato les muestra, queda solamente –¿cómo diríamos? -   un ripio de hombre. De lunes a miércoles estuvimos viendo tres de los canticos del Siervo de YHWH, aquí cabe iluminar la interpretación joánica retomándolos: “Muchos se horrorizan al verlo porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre;(Is 52, 14) … No vimos en Él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento, como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. (Is 53, 2d-3), es lo que leemos en el Cuarto Cantico del Siervo Sufriente: «Dios nos avisa que es necesario dar un paso al frente. Es preciso sobrepasar los límites de las explicaciones humanas. Pues la razón humana sola, no basta para entender la extraña victoria de la justicia de Dios sobre la injusticia de los hombres... Jesús… sobrepasó los límites estrechos de las explicaciones y teorías humanas de su tiempo…»[4]. Aun hoy nos desborda al intentar atrapar su imagen de Crucificado.

 

 Aquí se nos presenta el tema de la opción preferencial de Dios por los pobres. Si nos preguntamos por la razón para esta opción preferencial podemos mirar a Jesús en su trono: ¡Miremos al crucificado! Los pobres a su imagen y semejanza. «Dios escogió a los pobres… porque encontraba en ellos el reflejo de sí mismo, el resto que quedó de su honra y gloria divina en medio de la humanidad (Is 42, 8). Los escogió porque en ellos seguía existiendo el ideal que Él soñaba para todos, el ideal de una sociedad igualitaria y fraterna, sin opresor ni oprimido. Pues, a pesar de ser maltratados, ellos no maltrataban; a pesar de ser oprimidos, no oprimían (Is 42, 2-3) En ellos existía la matriz del futuro de la humanidad. Y los escogió de acuerdo a su justicia divina (Is 42, 6)»[5]


 

El salmo para este Viernes Santo es el Salmo 31(30). El responsorio dice: בְּיָדְךָ֮  אַפְקִ֪יד  ר֫וּחִ֥י  “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Sal 31(30), 5(6)a. Otra versión dice: “En tus manos está mi destino”, aún otro traductor ha dicho: “En tus manos están mis azares”. Como quiera que sea, es la confianza en el Señor. El estará siempre al cuidado, de Él nos podemos fiar. Lo cual se relaciona directamente con aquello de que en los pobres está la matriz del futuro de la humanidad: Ellos como nadie se preocupan del hermano, si tienen un pan lo comparten, son el epítome de la solidaridad. El corazón de los pobres es siempre misericordioso como el corazón del Padre. Son portadores de la semilla de la liberación. «Los he amado hasta este punto y se los he probado, se los he declarado así…Ámenme hasta este punto y pruébenmelo, declárenmelo como yo lo he hecho por ustedes…” Escuchemos esta invitación, la más dulce, la más suave que pueda darse y que nos viene enviada por el ser infinitamente amable, por Dios, belleza suprema… Y saquemos provecho de la lección que nos ha dado la sabiduría infinita, Aquel único que puede amar infinitamente,…»[6], nos dice el Hno. Carlos de Jesús.

 

Nuestra teología para hoy no es un razonamiento alambicado e inaccesible. Es una idea sencilla de mansedumbre que encierra en sí la imagen de Jesús que avanza como una oveja llevada al matadero, como varón de dolores … (su manto real es -cómo lo dejó perfectamente claro ayer-  la toalla que se ató a la cintura con la que amorosamente secó los pies de sus discípulos y con la que mostró su abajamiento para estar en medio de ellos no como el que es servido, sino como el que sirve). “En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que Él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, … (Sólo que Él no pecó)” (Hb 4, 15). Quedamos muy impacientes por leer la perícopa del capítulo 54 de Isaías que proclamaremos como Tercera Lectura en la Vigilia Pascual.


 

Así la imagen del Crucificado nos remite una vez más a Mt 25, 31-46. «¡Oh, mi Señor Jesús! Hazme ver siempre con más claridad esta verdad esencial y tan necesaria que el demonio busca continuamente oscurecer a nuestros ojos… Haz resplandecer ante mis ojos esta doctrina de la cruz, y haz que yo la abrace, así como tú quieres de mí… Haz que yo también pueda decir que no sé sino una sola cosa: A Jesús, y a Jesús crucificado”… ¡Oh, Dios mío!, “haz que yo vea”, haz que estas verdades se hagan presentes siempre ante mis ojos, y haz que yo conforme a ellas mi vida, en ti, por medio de ti. Amén. Y concede las mismas gracias a todos los hombres, en vista de ti.»[7]



[1] Martini, Carlo María. Op. Cit. p. 168

[2] Idem

[3] Charpentier, Etienne. PARA LEER EL NUEVO TESTAMENTO. Ed. Verbo Divino. Navarra – España 2004 p. 134

[4] Mesters. Carlos o.c.d. LA MISIÓN DEL PUEBLO QUE SUFRE.LOS CANTICOS DEL SIERVO DE DIOS EN EL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS. Ed EDICAY y Centro Bíblico “Verbo Divino”. Quito-Ecuador 1993. pp. 83.88

[5] Mesters, Carlos o.c.d. Op. Cit p. 110

[6] Beato Charles de Foucauld. ENCONTRAR AL SEÑOR EN SU PASIÓN. MEDITACIONES. Ed. San Pablo. Bogotá –Colombia. 2014. p. 45-46

[7] Ibid. p. 46