2S 7, 18-19. 24-29
Dios
mismo, por medio de נָתַן [Natán] nombre
que significa “Él ha dado” lo que parece estarle recordando a David que todo
cuanto alcanza y conquista es regalo del Cielo y no resultado de sus
estratagemas; le pone en claro a David que Él nunca ha pedido tener una
vivienda fija. Y esto nos ha de llamar la atención. De partida, cabe la
pregunta -antes que nada- si nosotros también tratamos de darle a Dios lo que
Él no ha pedido. Pasemos revista a nuestros actos de devoción y luego
recordemos si en algún episodio en la vida de Jesús, Él dijo: “Me gustaría que
ustedes patatín-patatán”.
Al
examinar en conjunto los Libros Primero y Segundo de Samuel, señalábamos que
David quería tener una teocracia operante lo que demandaba una unidad
político-militar-religiosa. Pensemos si la estrategia política de David
apuntaba a las demandas de Dios o a una estrategia “publicitaria”, donde el
gobernante quería mostrar su pujanza para revestir su dominación de
espectacular solidez y estabilidad. Me hace recordar que muchos papás le
regalan a su hijo el juguete que mucho anhelaron en su niñez, aun cuando el
hijo no lo conozca y sea un juguete de la “vieja guardia” que ningún chico de
hoy quisiera tener y que en ningún caso le ilusiona.
Cabe
preguntarse si al que le gustaban los palacetes de cedro era a David, mientras
Dios estaba contento en su condición peregrina de trashumancia. Tenemos aquí la
palabra בָּ֫יִת
[bayid] “casa”, que puede traducirse perfectamente también como “templo” o como
“palacio”. Además, puede significar el “linaje”, la “estirpe”, la “familia”, la
“descendencia”. Aquí se juega con esta doble significación: la de “la
edificación donde se habita”, y la de “la descendencia”. David quiere darle a
Dios una “vivienda” digna; el Señor no la acepta, pero le da un “linaje” que
perdurará en el trono.
La
profecía de Natán menciona que Dios quiso hacerse Señor del pueblo israelita y
ha sido su Voluntad hacerle a David la promesa de perdurabilidad que vera
siempre la estirpe davídica sentada en el trono, reinando sobre el pueblo
elegido.
Brota
de esta profecía el deseo de que Dios corone con el cumplimiento, este don que
el Señor le hace, el de bendecir su prosapia “para siempre”, concediéndole
estabilidad a su descendencia en la realeza de Israel.
Es
para tomar en cuenta que esa Promesa de durabilidad apunta en la dirección de
traer para su pueblo elegido un dechado de bendiciones, de lo que se trata es,
de hacer realidad la Alianza poniendo en el trono a דָּוִד
[dawid] “David”, cuyo nombre indica ya los bienes de los que tendría que ser
portador: “Elegido”, este nombre proviene de la raíz hebraica dôwd
“el que es elegido para ser amado”, así la etimología apunta al que “es querido
por Dios”, “Su amado”.
Y
nos encontramos -relacionado con el Nombre que YHWH le dio a Moisés como Nombre
propio “Yo Soy”- cuando hoy, en el verso (7,18) David le pregunta a Dios אֲדֹנָ֤י [Adonay] “Mi Señor”, ¿quién soy yo? Ante la Plenitud de
consciencia en Dios sobre su propio Ser, encontramos, en cambio, la
incertidumbre del propio ser, que no sabe quién es ni con qué va a salir. Algo
en él le recuerda que es hechura de barro.
También conviene anotar que el empeño que pone David en hacer
que Dios le ratifique el compromiso de cumplimiento de la Promesa de mantener
su linaje como reinado vigente, muestra -así sea- una “inconsciente sospecha
sobre su propia fragilidad, sobre lo inadecuado de su elección para ser “el
amado”. Los relatos bíblicos sucesivos dejaran traslucir la infidelidad de
David para guardar su parte de la Alianza y mantenerse fiel a los Mandatos del
Señor. Sabe que si está en sus propias manos él fallará y sólo la fidelidad de Dios a su Promesa, será garante para que su estirpe se
mantenga bajo la titularidad de la Corona. Solo así la dinastía se sostendría
en פָּנִים [panim] “Su Presencia”, “ante Su Rostro”.
David sospecha de sí mismo porque muy en el fondo se reconoce poco virtuoso. Muy a pesar de nuestra debilidad es precisamente cuando nuestra impotencia sale a relucir y “mostramos el cobre” cuando Dios, con su Maravillosa Misericordia, manifiesta su Grandeza.
Sal
132(131), 1b-2. 3-5. 11. 12. 13.14
David
… no podía tolerar que el Arca del Señor, símbolo y sacramento de su Presencia,
descansara bajo una tienda de campaña cuándo él, David, se albergaba ya en un
palacio real en la Jerusalén conquistada.
Carlos
G. Vallés s.j.
מַעֲלָה [mah-alah] “escalones”, “peldaños”, “subidas”, “gradas”. Por ese
motivo a estos salmos los denominamos “graduales” refiriéndonos a que ocupan un
lugar en la serie de etapas de la peregrinación al Templo. Después de la
purificación en el baño de la humildad, se está listo para la celebración
festiva en Sion. Los salmos graduales remiten a la construcción de los
sentimientos de fraternidad, de solidaridad, de sinodalidad. Subir el templo es
un proceso de instrucción y adiestramiento en el compañerismo, en la koinonía
para “andar juntos”.
David quiso expresar su gratitud proponiéndole a Dios un
Templo para el Arca de la Alianza, el Trono de la Real-Majestuosa-Presencia. El
pueblo implora al Señor que se lo tenga en cuenta.
Al proponérselo al Señor, él mismo David no se imaginaba entrar en su propia casa y subir a su lecho de ricas y sedosas sábanas, mientras el Señor seguía a la intemperie, refugiado en una carpa, en Quiriat-jearim.
Ahora, gira su vista 180º, y se fina en el aspecto
simétrico. Él le está ofreciendo al Señor una casa-templo; y el Señor le ha
premiado la intención con una casa-linaje.
Aparece la condición que el Señor impone, la única para que
el linaje se perpetúe en el Trono: que sus descendientes guarden los Mandatos
del Señor y respeten los términos de la Alianza.
Ahora que el condicionante de la Promesa se ha expresado,
el Señor está mejor dispuesto a aceptar quedarse a vivir en Jerusalén y acepta
que Sion es un lugar que le complace para tenerlo como residencia.
Esto es lo que repetimos en el estribillo: Dios afirma
estar dispuesto a entregarle a los consanguíneos de David, en herencia, el
Trono que le dio a David como primogénito del linaje Real.
Mc
4, 21-25
La persona libre,
madura, en primer lugar, es una persona que vive de convicciones. Hay en ella
una coherencia en los valores y una interiorización de los mismos. Los valores
están integrados y se es coherente con ellos.
Segundo Galilea
Tenemos
aquí dos sentencias de Jesús:
1) ¿Acaso se trae la
lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No está para
ponerla precisamente en el candelero?
2) Con la medida con
que midan se les medirá, más aún, con ñapa.
Tenemos
dos palabras interesantes para una mejor comprensión de estos dos refranes que
quedan incorporados a la perícopa: “Celemín” y “ñapa”.
Μόδιον [modion] “unidad usada principalmente
para medir granos”, eso en español es un “celemín”; efectivamente, a nadie se le
ocurre encender una vela y meterla debajo de un cajón -el celemín es como una
especie de cajón- o debajo de la cama, para que algo alumbre, está en lo alto o
se pone en lo alto, y, como dice el refrán en el candelero, desde donde
resplandece y cumple su misión.
Προστεθήσεται [prostedesetai] “ñapa”;
si uno mide bien, con justicia, la persona da las gracias y no solo le
retribuye lo justo, sino que le añade algo más. En el argot popular decimos “ñapa”,
la cantidad extra que se encima, como una especie de propina, de premio por la
calidad de la obra.
Cuando se proclama la “Buena Nueva” no se hace con susurros,
procurando que nadie oiga. Y de la misma manera, cuando se cumple la misión
pastoral a cabalidad, Dios se lo retribuirá con largueza, con esa generosidad
que es proverbial en el Señor. No le dará sólo lo justo, sino que le aumentará,
le incrementará, una “"medida buena, apretada, remecida y rebosante"
(cfr. Lc 6, 38). Lo retribuirá con “ñapa”.
Sin embargo, si la proclamación se hace con tacañería, sólo
por un rato, con pereza y desgano, habiendo tanta mies a segar, el Señor le
impondrá una “multa” por el trabajo tan mal hecho: Un ejercicio pastoral
mediocre.
En
la primera se habla de una unidad de medida; en la segunda el tema vuelve a ser
la medición. Lo que está puesto aquí en juego, el eje de interés es la
“medida”, la valoración, lo axiológico, podríamos hablar de los “valores del
Reino”, la axiología de Jesús, el discernimiento entre lo que ayuda al Reino y
lo que lo echa a perder… «se corre el riesgo de no entender nada de lo que Él
dice y hace. La consecuencia puede ser desastrosa: pensar que las cosas no
pueden ser cambiadas ni trasformadas, y caer en el círculo del que está ahí,
sin salida. El desánimo y la desesperanza ciertamente cerrarían nuestra puerta,
y el Evangelio dejaría de ser Buena Nueva, anuncio alegre, para convertirse en
una tentación …» (Euclides Martin Balancin).
¿Quiénes están llamados a poner la vela en lo alto, en el candelero? ¿A quiénes compete hacer uso de las buenas medidas y evitar a toda costa las medidas amañadas, recortadas, tramposas, injustas?
Sí,
claro, ¡a nosotros!


















