So
2, 3; 3, 12-13; Sal 146(145), 6c-7. 8-9a. 9bc-10; 1Cor 1, 26-31; Mt 5, 1-12a
Las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano ―es
nuestro carnet de identidad―, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de
vida.
Papa Francisco
… es imperioso
recuperar las raíces o fuentes del Evangelio donde no se encuentra un mensaje cifrado,
oculto o misterioso reservado a los creyentes, sino un mensaje universal de una
amplitud profundamente humana y racional que se dirige a todos los hombres de
buena voluntad.
Mons. Luis Augusto
Castro Quiroga
La palabra bienaventurados en griego es Μακάριοι [makarioi] donde el prefijo [mak] significa “agrandarse”,
como lo que le sucede a un fruto que madura y se plenifica. Podría explicarse
con una imagen: una persona va avanzando y a medida que lo hace, va encontrado
a cada paso un tesoro, por ejemplo, una perla de fino valor, al principio se
pone contento, luego se va llenando de gozo hasta que llega un punto que la felicidad
no le cabe en el cuerpo: ¡ese es su agrandamiento! ¡ese es un bienaventurado!
De fondo, nos proponemos ver la justicia, la pobreza, la felicidad y -a través de ellas- el Reino de Dios desde otro ángulo, enfocándolo en otra perspectiva. No desde nuestra óptica humana, sino tratar de verlo con la mirada de Dios, lógicamente suplicándole nos ilumine, sine qua non, todo es tiniebla, incertidumbre, olvido. «El modo de reinar de Dios se puede describir también como una acción que vuelve a colocar cada cosa en su sitio preciso, como la voluntad santa y perfecta de Dios que tiene en cuenta cada realidad, hace justicia a cada uno, aún más, logra la perfecta realización de toda aspiración y deseo, colma toda expectativa y toda medida humana»[1].
Las bienaventuranzas son como la constitución del Reino de Dios, ¡Esplendidas! En ellas se cumplen estos rasgos fundamentales: Es ley suprema de un estado, que establece las libertades y los derechos esenciales de sus ciudadanos y es también freno y cortapisa de los poderes que estructuran ese estado. Poniéndole cotas al absolutismo. Dios se deja delimitar para que lo reconozcamos, para nada arbitrario o caprichoso. Aquí, en cambio, el Rey-Juez establece lo que le agrada, señala quienes le simpatizan, reconoce en su dinámica de donación de la dicha, unos parámetros que dirigen sus fallos; señala a los que Él ve como víctimas, y es a ellos a quienes resarcirá entregándoles la plenitud de la dicha: Su Amor y Su Amistad. No es que ame la pobreza por sí misma, es que le hiere que la fomenten. Le enardece quienes la forjan.
«La
proclamación de las “bienaventuranzas” abre el primero de los cinco grandes
discursos de Jesús sobre el que está construido el Evangelio de Mateo; son el
eco de los que Moisés había dirigido al pueblo de la Antigua Alianza, a la vez
que nos describe las características del nuevo pueblo de Dios. Pueblo de los
mansos, de los amantes de la justicia y de la paz, los que lloran, los
perseguidos, los marginados, los despreciados. Pueblo que busca a Dios y se
entrega. Pueblo formado por los que no tienen importancia ni prestigio, en
ellos se revela más claramente la sabiduría y la fuerza de Dios.
Lo que se nos transparenta es el Señorío bueno y paternal de Dios que se hace presente en Jesús. Dios es Rey, pero Él se impone una Constitución, se auto-limita porque su Reinado, su Señorío es bueno, manso, tierno y paternal; como un papá, su “anonadamiento”, asume -que al igual que sus bebés- Él tampoco puede. No es un tirano absoluto, es un Pastor a Quien importa el “bienestar” de su pueblo, para quienes quiere la más cabal felicidad. Seguramente aquí lo que más nos interesa es lo de “paternal”, pues se trata de un Dios que sabe ser Dios-Padre.
«Cada
bienaventuranza está compuesta de tres partes: primero está siempre la palabra
“bienaventurados”, luego viene “la situación” en la que se encuentran los
bienaventurados: la pobreza de espíritu, la aflicción, el hambre y sed de justicia
y así sucesivamente. Por último, está el motivo de la bienaventuranza, introducido
por la conjunción “porque” …» (Papa Francisco)
Sin embargo, la dificultad estriba en las diversas interpretaciones que se les puede dar a las bienaventuranzas. Ellas fueron trasmitidas con palabras que se entienden de muy diversas formas. Ante todo, hay que diferenciarlas de los Mandamientos, estos son las reglas para llevarnos bien por el camino; pero las Bienaventuranzas no son prohibiciones y leyes que nos encarrilan mientras tanto; las Bienaventuranzas son un horizonte, son la Luz que resplandece en lo alto de la Montaña, es el amor de Dios atrayéndonos hacia Sí, es el sueño que sueña la fe y al despertar, será realidad, si de verdad hemos optado como comunidad por la propuesta del Reino.
Durante
el destierro o poco después, los profetas anuncian que Dios va a reinar, que
finalmente se va a manifestar como ese Buen-Rey que es. ¿Qué signos da Jesús de
ello? Él afirma que, por Su medio llega
el Reino de Dios, por eso los llama dichosos. Toda la historia de
Jesús contada por los Evangelios es la comunicación de este feliz augurio: ya
no habrá pecado, ya no habrá enfermedad, los ciegos verán, los paralíticos
podrán saltar, los venidos a menos serán los venidos a más en el Reino, a ellos
será a quienes Él llamará para que apacienten sus ovejas, habrá pan en
abundancia, el agua será transformada en Vino y podremos contemplar su rostro
radiante y sus vestiduras blanquísimas, estaremos satisfechos en su
contemplación.
«A los que no se involucran en nada referente a la justicia, a los injustos, a los que retuercen las leyes en su beneficio, a los que promueven la impunidad … es una invitación a que sigamos luchando por la justicia, porque esa es la voluntad del Padre». (Milton Jordán Chigua)
Pero…,
hasta la fecha no hemos visto evolucionar la situación en esta dirección, «Si
es este el sentido de lo que proclamaba Jesús, hay que reconocer que se
engañó…, porque sigue habiendo pobres, sigue habiendo injusticias… Plantear
esta cuestión es constatar que, desgraciadamente, nosotros los cristianos no
hemos realizado nuestra tarea… No se pueden proclamar las bienaventuranzas sin
hacer todo lo posible para que desaparezca la pobreza en todas sus formas, la enfermedad,
la injusticia… Hay que luchar para que no haya pobres, pero hay que hacerlo con
un corazón de pobre. Sólo quien tenga estas disposiciones del corazón podrá
ayudar a los pobres sin aplastarlos con su piedad.»[2]
«Cuando
el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús,
entonces vive con nuevos criterios… Jesús es el Hijo… Por eso, sólo Él es el
que…trae la paz. Establecer la paz es inherente a la naturaleza del ser Hijo.»[3] Dios requiere nuestro
asentimiento, como antes requirió el Virginal permiso, necesita nuestro aporte,
como confirmación de que aceptamos su reinado, que obedientes (ob-audientes, que acatamos lo que hemos oído)
anhelamos que Él reine; «Dios se inclina misericordiosamente sobre el hombre,
esclavo del mal, del pecado, de la muerte, y lo hace pasar de la dolorosa
condición de siervo a la alegre condición de hijo liberado, reconciliado y
amado. Para el discípulo de Cristo, el Reino se convierte en el valor último,
en el bien absoluto, en la meta definitiva hacia la cual polarizar toda la
existencia.»[4]
¡Por eso nos llama bienaventurados, y lo somos!
Atención, porque las bienaventuranzas tampoco son sartales de promesas para apuntalar una candidatura, para que alguien haga algo para cambiar nuestras vidas. Las bienaventuranzas son una propuesta para que nosotros hagamos ese cambio, y no para que nos atengamos y nos recostemos, no es un carro que armamos para que otro se suba y lo conduzca donde sus intereses particulares quieran llegar.
«Dios, para entregarse a nosotros, elige a
menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras
lágrimas, los de nuestras derrotas. Es la alegría pascual, de la que hablan
nuestros hermanos orientales, la que tiene los estigmas, pero está viva, ha
atravesado la muerte y ha experimentado la potencia de Dios. Las
bienaventuranzas te llevan a la alegría, siempre; son el camino para alcanzar
la alegría»[5] .Por tanto, detrás
de las bienaventuranzas se esconde un misterioso trastorno antropológico que
consiste en pasar del tener al ser, incluso del ser al dar, del tener para sí
al ser para los demás Acogiendo la dinámica de este vado fundamental para el
hombre, alcanzaremos el secreto de Dios que es al mismo tiempo el verdadero
secreto del hombre donarse, ser para el otro»[6]
La
materia prima, así como el plano-patrón están dados en las Bienaventuranzas,
pero la idea eje, el núcleo esencial, el Espíritu de este proyecto reposa en un
abajamiento, en una dinámica descendente: «La purificación del corazón se
produce al seguir a Cristo, al ser uno con Él. “Vivo yo, pero no soy yo, es
Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Y aquí surge algo nuevo: el ascenso a Dios
se produce precisamente en el descenso del servicio humilde, en el descenso del
amor, que es la esencia de Dios y, por eso, la verdadera fuerza purificadora
que capacita al hombre para percibir y ver a Dios… La verdadera “moral” del
cristiano es el amor. Y este, obviamente, se opone al egoísmo; es un salir de
uno mismo, pero es de este modo como el hombre se encuentra consigo mismo.»[7] «… humildad, pobreza,
sencillez, pequeñez, disponibilidad a la acción de Dios en cualquier situación…
comunidad de pobres, de gente que sabe orar y alabar a Dios, que no tiene nada
para sí, sino que comparte gustosamente, que está llena de alegría y anuncia la
Buena Nueva con la vida.»[8]
«Todas
las bienaventuranzas, fueron vividas en primer lugar por Jesús de Nazaret, fue
el pobre, el manso, lloró, tenía hambre y sed de justicia, fue misericordioso, limpio
de corazón, trabajó por la paz, fue perseguido por causa de la justicia,
injuriado, difamado, y fue asesinado en una cruz». [9]
El
Reino es todo lo que Tú, oh Dios mío, has querido hacer, haces y harás por
nosotros, por mí. (Martini, Carlo María). ¡Venga a nosotros tu Reino!
[1] Martini,
Carlo María. LAS BIENAVENTURANZAS. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia
1997. p.12-13
[2] Charpentier,
Ettienne. PARA LEER EL NUEVO TESTAMENTO. Editorial verbo Divno Estella-Navarra. 2004 p. 106
[3] Benedicto XVI, JESÚS DE
NAZARET. PRIMERA PARTE. Ed. Planeta. Bogotá-Colombia 2007. p. 113
[4] Martini,
Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San
Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia 1995. p.444
[5]
Papa Francisco AUDIENCIA GENERAL 29 de enero de 2020
[6] Martini, Carlo María. Op. Cit. p
485
[7]
Benedicto XVI, Op.Cit. pp. 1224. 129.
[8] Martini,
Carlo María. LAS BIENAVENTURANZAS. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia
1997. p.73
[9] Jordán
Chigua, Milton. PINCELADAS BÍBLICAS DEL EVANGELIO. Ed. San Pablo
Bogotá-Colombia. 1995 p. 63








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