2S 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17
Habíamos
quedado de entrar hoy en el episodio que marcó el desmoronamiento moral de
David, su gran pecado doble. Hay un interrogante muy poderoso que queda en suspenso:
¿Por qué no fue Urías a visitar a su esposa? Ese es un punto muy interrogante
que queda en suspenso… El hagiógrafo no dice nada, pero verdaderamente es muy
sintomático, porque en cualquier caso lo primero que habría hecho cualquier
combatiente sería haber aprovechado el viaje a Jerusalén para ir a visitar a su
mujer.
El
adulterio de David le costó la vida a Urías.
Con esta “aventura” amorosa, le quedó a David otra concubina, Betsabé,
la exesposa de Urías. ¡Añadió una más! (En la época era una tradición, la
poligamia, especialmente, la del rey; la abundancia de consortes -como la de
reses, eran indicativos de la pujanza del personaje, por ejemplo, Salomón,
llegó a contar con 700 esposas (princesas) y 300 concubinas). ¿Se podrá hablar
en este caso de “la viuda de Urías”? A malhadada tarde en la que David se
levantó y se puso a pasear por la terraza del palacio, y paseando la vista por
la techumbre del vecindario, percibió la tentadora hermosura de aquella mujer,
lo que marcó la hora de la infidelidad de este rey, especialmente porque se
trataba de una mujer casada -para mayores señas- con uno de los más renombrados
mercenarios de su ejército.
Es
interesante que el ejercitó de David acababa de asolar a los amonitas, y David,
en cambio de dedicarse al festejo de su victoria, prefirió refocilarse con la
mujer ajena. El corazón humano no suele contentarse con sus logros
legítimamente alcanzados, siempre tenemos que incurrir en los excesos y
saltarnos los límites que la Ley de Dios demarca como baranda para no caer al
abismo.
Dios
ha puesto la baranda, enseñándonos sus preceptos; nosotros nos encargamos de
saltárnosla, haciendo caso omiso.
Nos
extrañamos que Urías no fuera a dormir en su casa, se nos informa que se quedó
a pasar la noche junto con los escoltas de Palacio…
No
hay que ir muy lejos para entender los motivos de Urías: estaban en plena
guerra y David lo manda venir, le da unas “vacaciones” inopinadas, le da un
regalo y le ordenó “bajar
A
su casa a lavarse los pies”; prácticamente era una orden de ir a usar de su
matrimonio. Todas estas circunstancias debieron conducir a Urías a la
“sospecha”, entendiendo que, tras estas gentiles atenciones no se podía esperar
una liebre, sino que se ocultaba algún gato.
Pero,
si antes de abrir la caja, ya olía a gato mojado ¿qué se diría después de la
estrategia de volverle a solicitar su presencia en la corte y haberse visto
agasajado con varias botellitas y repetidos brindis? Con toda seguridad que, de
tanto alzar el codo, a Urías le debió empezar algún dolor articular que lo
convenció que “no es oro todo lo que reluce”.
Quizás
algún lector dirá: ¡Urías era muy pilas y no se dejó engañar! Sí hubiera bajado
a su hogar, le habrían achacado la paternidad del “bastardo”. Y habría tenido
que regresar al frente de combate, luciendo un elegante tocado cornudo.
Después
del punto aparte, queremos señalar que, אוריהו [Uriyah] es nombre de origen hebreo, que traduce “Dios es mi
Luz”; -raro para un hitita que debería tener un nombre nesili (el idioma hitita).
A renglón
seguido querríamos hacer notar -al margen del derecho real de poligamia- que
David ya tenía como esposa a Mical, la hija menor del rey Saúl, que fue su
primera esposa y es tenida como la legal, la “propia” por ser ese su vínculo
real inicial. Además de ella, la Biblia menciona a Ahinoam, Abigail, Maaca,
Haguit, Abital y Egla como esposas que tuvo en Hebrón.
Otra
anotación contextual muy importante es tener presente que el adulterio se
castigaba con la muerte de los dos implicados.
El relato
muestra la premeditación y alevosía que conllevó a la muerte de Urías: “Pongan
a Urías en primera línea, donde la batalla sea más encarnizada. Luego retírense
de su lado, para que lo hieran y muera”. Nótense bien los términos deliberados de
un crimen premeditado. Queremos presentar a su señoría y al jurado la fotocopia
de este documento remitido por el rey David a Joab, comandante en jefe del
ejército davidico en este Libro Segundo de Samuel, quien era, además, sobrino
de David. El juez lo permite…
Y
como pasa en cine y televisión, quedamos en “¡Continuará!”
Sal
51(50), 3-4. 5-6b. 6c-7. 10-11
A
veces, y esto es muy frecuente, -no es una “rara vez”- nos cae como anillo al
dedo aquello de la “responsabilidad personal del pecado” especialmente porque
nos lleva a ese ángulo (cómodo rincón para agazaparnos) donde podemos decir:
“Bueno, fui yo el que pequé, ya veré cómo me las apaño con mi pecado, pero
ustedes no se entremetan que no tienen nada que ver, les repito, ¡fui yo!”.
Ahora, estos delincuentes suelen añadir ¡Es mi vida privada! ¡No se metan!
Pero
recuerdan aquella frase altisonante, “ningún hombre es una isla”, pues hemos de
saber que el pecado afecta y sus repercusiones van más allá de la persona
individual del que lo ha cometido. Pues es una frase altisonante de John Donne,
altisonante porque contiene una verdad de a puño, similar a una gigantesca
campana de bronce. El pecado mete una transfusión de sangre dañada en el
organismo social, porque no somos islas sino unidad corporativa. El mal de un
pecado se extiende como ondas concéntricas y difunde una corriente que intoxica
el conjunto social. Somos cuerpo no órganos individualmente aislados.
Con sólo reflexionarlo un poco nos daremos cuenta de cómo tiene el pecado un factor pandémico que se propaga, que propende a su extensión, a su proliferación.
Podemos
ponerle adornos al arrepentimiento de David y procurar disminuir el daño, pero
lo cierto es que detrás de aquella tarde aciaga en que David se prendó de la
hermosa mujer que se bañaba, se adivina la destrucción que le llegará a
Jerusalén, la trágica muerte de sus hijos, la división del Reino, la deportación
a Babilonia. Inclusive, uno se tendría que preguntar si ese fue el pecado
original que causó la ininterrumpida cadena bélica que ha azotado desde siempre
a la Ciudad de David. Tal vez los sentidos de David se engañaban y lo que a él
le parecía seductor no era la hermosura de una mujer sino las luces
destructoras de los misiles que estallaban en los techos de los edificios.
Hemos
encontrado en los panegíricos el elogio del purísimo arrepentimiento de David:
y la apelación a la maravillosa Misericordia del Señor, y todo eso, es cierto,
pero no se puede tapar con un dedo la responsabilidad que le cabe al hombre
cuando retira una ficha de dominó de una torre construida con ellas. David
alcanzó a dimensionar que no sólo había pecado contra Betsabé, que no únicamente
había llevado al cadalso a Urías y le había comprado un miserable entierro,
sino que “Había pecado contra el Cielo y contra el Señor”, contra el mismo Dios
que lo había ungido y elegido para establecer el Linaje cuya Cúspide llegaría a
ser Jesús.
Muchas
veces la interpretación de la falta es el pecado sexual que desencadenó la
serie de pecados conexos con el espolón detonante, y se minimiza el asesinato
en que desembocó la seductora imagen de la mujer que se bañaba desnuda en la
terraza vecina.
Hay
una palabra medular en este salmo es חָנַן [chanan]
“misericordia”, “compasión”, “ten piedad”, “dolerse”, “apenarse”; lo que textualmente
en hebreo significa que “el juez se incline favorablemente y le conceda -a un
subalterno- una gracia, un favor especial”, “tener benevolencia con alguien”.
El hagiógrafo (David) suplica al Cielo para
que lo conceda algo de lo que Dios es Rico. La palabra que está en el verso 1
del Salmo se incluye hoy en el verso responsorial del Salmo.
¿Por qué suplica por “piedad”? Israel conocía
y discernía entre tres clases de pecado, los que nosotros hemos traducido por “culpa”,
“rebelión” y “pecado” propiamente dicho.
פֶּ֫שַׁע [pesha] “transgresión”, “rebeldía”, en
este se incluyen la profanación del templo, la idolatría, y los crímenes políticos.
עָווֹן [awon] "culpa",
"iniquidad” aquí quedan comprendidos los pecados de inmoralidad sexual, la
deshonra de la mujer dl prójimo, el usurero, el que comete abominaciones, la
opresión de los pobres
חַטָּאָה [chataim]
“Pecados”, la idea de la palabra hebrea es la de “fallar el blanco”, errar el
tiro”, tener mala puntería”
La
manera como David plantea el salmo parece estar diciendo: “Todas las anteriores”.
El
“lavado” de estas manchas nos rememora dos pasajes bíblicos:
-El
referido a los leprosos que no podían tocarse y la terapia se administraba rociándolos
con un hisopo.
-
A la vez que nos recuerda que los dinteles y las jambas tenían que mancharse
con la sangre del Cordero Pascual para que el Ángel exterminador, al pasar,
supiera que allí habitaba un israelita y “saltara” aquella casa, pasando de
largo y para que degollará donde si habitaban egipcios-esclavistas. Esta marca
sangrienta era otro tipo de aspersión que marcaba las casa de los que habían
ganado misericordia. En los relatos bíblicos hay antecedentes que nos inspiran
confianza y nos levantan el ánimo.
Pero
¡nunca desesperemos! El Señor es lento a la cólera y rico en clemencia, Él está
siempre disponible para desviar Su Mirada de nuestro pecado y derramar el
Bálsamo de Su Perdón sobre nuestras culpas. ¡Si hubiere sincero arrepentimiento!
Pero
la consciencia del mal que fraguamos al pecar nos debería llevar a
fortalecernos en la voluntad firme de no cometerlos y a rogarle al Señor la
fortaleza para no sucumbir a las tentaciones. ¡Clamemos Misericordia al que es Misericordioso!
Mc
4, 26-34
La Palabra de Dios hace
crecer, da vida. Y aquí quiero recordarles la importancia de tener el
Evangelio, la Biblia, al alcance de la mano. El Evangelio pequeño en la
cartera, en el bolsillo, nutrirnos cada día con la Palabra Viva de Dios. Leer cada
día un párrafo del evangelio un párrafo de la Biblia.
Papa Francisco
Hoy
Jesús nos guiará con dos parábolas -de raíz agraria nuevamente- para mostrarnos
el Reino. Es muy interesante y focal, descubrir que el Evangelio -o sea la
Buena Noticia- es el anuncio el Reino. Jesús no está en campaña para que
votemos por Él, Jesús nos está haciendo una propuesta, nos está proponiendo los
“Valores del Reino” para que los aceptemos en nuestra vida. No son Diez
Mandamientos -aun cuando ellos son el eje de su Mensaje-, sobre todo, es la
fraternidad, es la sinodalidad, es el amor de los unos por los otros y muy
especialmente por el Otro, porque el Otro le da la estructura a la fraternidad,
recordemos que el otro es el Padre, somos hermanos precisamente porque tenemos
un Padre Común, un Padre Nuestro.
Ante todo, lo que debe preocuparnos, no es la germinación, no somos biólogos del Reino que tienen por misión “descubrir” como se desarrolla el proceso; el reino sólito, como un bebé en el seno materno, conlleva todo el programa y todos los detalles para llegar a ser un bebé completo; así el Reino, llegado el momento, nos sorprenderá con su nacimiento y con su desarrollo. Habrán oído ustedes que no hay que precipitar los procesos, recuerdan lo que pasó cuando alguien quiso sacar la mariposa antes de tiempo y le “ayudó” a salir a la crisálida, pues ¡salió prematura!
La
segunda comparación nos ha asombrado desde siempre: la semilla de mostaza, la
parábola subraya que “es la más pequeña de todas las semillas”, y puede
alcanzar en su momento, una altura mayor que la de las demás hortalizas. Puede
llegar a ser nido de los pajarillos, y se puede encontrar bajo su sombra,
refugio de la resolana.
Quizás
los discípulos que eran prioritariamente pescadores, no lograban entender del
todo lo que quería decir Jesús, pero como su enseñanza no era hermética, no
estaba reservada a algunos, Él -posteriormente- se las aclaraba, ya cuando
tenían sus “asambleas internas”.
“A
través de estas imágenes tomadas del mundo rural, Jesús presenta la eficacia de
la Palabra de Dios y las exigencias de su reino, mostrando las razones de
nuestra esperanza y de nuestro empeño en la historia… Por favor, no se olviden
nunca de esto, porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida
del Reino de Dios”. (Papa Francisco)
Sólo darnos cuenta que, de Nazaret, de Galilea, ha llegado hasta nosotros a través de los siglos y su semilla evoluciona en nuestros corazones, debería bastar para darnos cuenta que el Poder expansivo del Reino es genuino, es real, es incontenible. Jesús, por favor, pon tus dedos en nuestros oídos y pronuncia sobre nosotros el Ἐφφαθά [Effatá] “ábrete” (palabra de origen arameo que San Marcos incluyó en 7, 34), para que seamos capaces de adentrarnos y confiar en el poder del Reino, que ahí está patente y evidente, pero, que algún “taco” en nuestros oídos nos impide oír y descubrir.





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