lunes, 5 de enero de 2026

Martes Después de Epifanía 1 Jn 4, 7-10

 


El término ágape traduce el sustantivo hebreo ahavà que denota el amor exclusivo y celoso; al mismo tiempo encierra en sí también el valor del hebreo chesed, el amor fiel y sólido que desciende de Dios sobre los hombres.

Enzo Bianchi.

El mapa para la carta 1ª de Juan podría ser una segmentación en cinco tramos:

a)    La Introducción 1, 1-4

b)    Primer segmento 1,5 - 2,28

c)    Segundo segmento 2, 29 – 4,6

d)    Tercer segmento 4,7 – 5,12

e)    Conclusión 5,13-21

O sea que, hoy entramos en el tercer segmento, intitulado “La fuente del amor y la fe”.

A su vez, este tercer segmento se puede seccionar en dos piezas, como el título lo sugiere:

d1) El amor, un puente hacia Dios

d2) La fe es, propiamente la raíz del amor. O sea que la raíz del amor es la Fe. Porque Dios es el Manantial del Amor y sólo yendo a Él podemos llenarnos de Amor.

 

Bueno, entremos en materia. La piedra angular de este constructo radica en que el Amor de Dios por nosotros no proviene de que nos portemos bien, o de que nosotros lo amemos porque nos aplicamos a la obsesión farisaica de ajustarnos a la Ley. Nada de eso. Volvemos sobre la idea que Dios nos “primerea”, en ese tomar la iniciativa incondicional encontramos lo fundamental del Amor de Dios.

 

Hemos dicho que en griego tenemos por lo menos 4 clases de amor, diferenciadas por cuatro palabras: Ἔρως [eros] “amor pasional”, φιλία [filia] el “amor de amistad”, στοργή [storge] “amor familiar”, ἀγάπη [agape] “amor desinteresado”. ¿De cuál de estos se ocupa aquí la carta que estamos estudiando? Del amor ἀγάπη que es mencionado 43 veces en toda la carta, y 32 veces en este segmento que empezamos a trabajar hoy. Bien, ya vamos descubriendo de qué va esta reflexión del tercer segmento.

 

¿Qué es lo nuclear, lo esencial del amor agape? El interés por el bienestar del prójimo. Prójimo es el que está cerca, pero debemos precisar que esta “cercanía” no se enfoca en la medición de “cierta distancia”, sino en que la persona entra en la órbita de nuestro cuidado, cuando cuidamos de alguien con sincero, humano-divino interés, ahí se produce la cercanía “projimal”.

 

Los seres de los que se ocupa este amor, no pertenecen a la órbita de lo ontológico, sino que pertenecen a la dimensión del amor- agápē, que es otro plano de la existencia, y es que hay otra manera de existir bien diversa de la calidad del ente. Cuando algo-alguien entra en esa dimensión del “cuidado” automáticamente entra a existir en la dimensión del amor-agápē; habría que empezar por ahí, para construir la teología, dándole ciudadanía de existencia a entidades que no llenan los requisitos del ente sino del agápē. Lo que es llamado por la “fuerza” del agápē existe, con la peculiar manera de existencia que implica el amor-desinteresado.

 

Vamos a decir, sin vacilaciones, que hay otra manera de existir que no depende de ninguna de las cuatro causas (aristotélicas), y que esta meditación de la Carta se mueve en el plano de esa manera de “perdonar”, de manifestar el amor, de preocuparse, de interesarse, de pensar e incluir en la esfera de los cuidados que da vida a lo que no lo tenía (Cfr. Rm 4,17).

 

Sólo quisiéramos resaltar que este enfoque nos abre a la realidad de una manera de pensar verdaderamente teológica: “Queridos hermanos, si Dios nos ha amado así a nosotros, nosotros también debemos amarnos unos a otros”. ¡Un amor que lo sobrepasa todo! Incondicional con el que Dios nos cobija como un paraguas gigantesco bajo cuya protección y cuidado todos hallamos tierno cobijo: “Dios mostró su amor hacia nosotros al enviar a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por Él”.


 Y esta dinámica amorosa no para allí. Prosigue y se proyecta hacia el Infinito cuando el Hijo “ofreciéndose en sacrificio” alcanza del Padre la condonación de nuestros pecados. En este acto sacrificial se concretiza el amor que cuida como el pastor que enfrenta a las fieras a riesgo de su propia vida, para no dejar que se pierda ni una sola de las “ovejas” que le fueron encomendadas: amor que cuida con desvelo y entrega total.

 

Sal 72(71), 1-2. 3-4ab. 7-8

Este es un salmo real, por vía mesiánica. La lectura de este salmo, o su proclamación, nos hace comprender de inmediato que el hagiógrafo se eleva por encima de cualquier rey terreno, para referirse por medio de esa imagen a la Divinidad como Único Rey de toda la realidad y la historia.

 

La idea que mueve el salmo como una especie de consigna es la de que Dios no sea visto como una deidad nacional para pasar a ser un Rey Universal, cuya autoridad no esté acotada por ninguna frontera, su gobierno sea ilimitado. Esta universalidad está bien concentrada en la antífona responsorial: “Se postrarán ante Ti, Señor, todos los pueblos de la tierra”.

 

Este salmo tiene 20 versículos, de ellos se toman cinco y medio para dar forma a la perícopa que se proclama hoy, estructurada en tres estrofas


En la primera estrofa se le ruega a Dios Padre que le entregue todo su “juicio”, o sea la “inteligencia judicial”, la “sabiduría jurídica” al rey; pero no a cualquier rey, sino al Hijo de reyes. Esta sabiduría se define entre dos rieles: la justicia y la rectitud. Esta rectitud en hebreo tiene dos connotaciones: es equidad y a la vez conduce a la prosperidad.

 

La segunda estrofa se refiere precisamente a eso, a que la equidad trae consigo bonanza lo que implica que conlleva paz, defensa de los humildes y socorro, o sea prodigalidad para auxiliar a los pobres.

 

En la tercera estrofa se insiste en que su Reinado estará enmarcado en un clima de Paz y Justicia.  Que no será algo provisional, algo de una temporada, sino que será duradero, durará hasta que desaparezca la luna, y su gobiernos -como se dijo- carecerá de fronteras ira de un lado del mar al otro llenando la tierra integra hasta sus confines.

 

Mc 6, 34-44

¿Dónde encontraremos el pan? Tal vez estamos todavía calculando cuánto se requiere para dar de comer a tanta gente.

(Beck, Benedetti, Brambillesca, etal)

Hoy damos inicio a nuestro trabajo exegético sobre el Evangelio según San Marcos que nos acompañará, hoy y mañana, esta semana -en la que concluiremos el Tiempo de Navidad- y toda la primera parte del Tiempo Ordinario, hasta el Miércoles de Ceniza, que este año caerá el 18 de febrero.


Jesús toma -en la perícopa de hoy- como muestra para estudio, un grupo representativo de su grey, no se fija en tres o cuatro, para hacerse a una idea de cómo están las cosas para su pueblo, la muestra que toma es “una multitud”.

 

A partir de esta muestra llega a un certero dictamen de cuál es la situación de su rebaño: “Andaban como ovejas que no tienen pastor”. Tal vez no nos hallamos fijado cuál es la situación de un “rebaño sin pastor”, de ellas podemos predecir que ¡están perdidas!, no saben de dónde viene, ignoran para donde van, no saben dónde encontrar pastos nutricios, pero -nos parece que lo más grave consiste en que sin quien cuide de ellas- caminaran a la topa tolondra, encaminándose directamente a las fauces de los lobos o al precipicio.

 

Este balance de la situación ¿qué detona en Jesús?  ἐσπλαγχνίσθη “compasión” “un sentimiento intenso y profundo que se anida en -el corazón, los pulmones, el hígado y los riñones- en “las entrañas”, en el útero como sede de la vida y del amor maternal, un amor matricial, uterino, ágape. La palabra se deriva de σπλαγχνίζομαι [splagchnisomai] “misericordia”.

 

Cuando nosotros hablamos de “cristificación” no nos referimos a algún sentimiento o conducta abstracta, un “pobrecitos”, una “muy poética lágrima”; no, ¡se trata de parecernos a Jesús! que se nos conmueven las entrañas y experimentemos como dolor propio, todo el dolor y el desamparo de su redil. Como lo decía Dom Helder Câmara: «Y como esa hambre y esa miseria son consecuencia de las injusticias y de las estructuras de injusticia, el Señor exige de nosotros que denunciemos las injusticias. Esto forma también parte del anuncio de la Palabra. La denuncia de la injusticia es un capítulo absolutamente necesario del anuncio del Evangelio, no sólo el deber de unos cuantos».

 

Por su parte, los discípulos, acuden a una actitud profundamente arraigada en el mundo, en la sociedad, en los diversos grupos humanos: su propuesta consiste en “despacharlos” y que cada cual resuelva como pueda. Por eso, ellos le proponen a Jesús que los despida: “Muchachos a sus casitas, se acabó la conferencia; fue un gusto dirigirles la palabra y les quedo muy agradecido por haberme escuchado”.

 

No somos pastores únicamente de almas. Somos pastores de hombres, que tienen alma y cuerpo, con todo lo que ello supone.

Don Helder Câmara

 

Jesús le da la vuelta a la torta en 180 grados: “Denles ustedes de comer”. Y, pasa directamente a evaluar qué tienen en su despensa de predicadores itinerantes: “¿Cuántos panes tienen?”

 

Ellos fueros a esculcar sus alforjas y encontraron nada más que “cinco panes y dos peces”.

Jesús, a partir de sus escasos recursos, los manda a organizarlos, como lo haría cualquier pastor, no los manda al pastal a comer en desorden, tal que unos coman “los avispados” y otros, los más mansos “se queden pasando hambre”; y les pide que se recuesten para formar las “pequeñas comunidades”, y le presentó a Dios Padre lo que tenían porque Jesús ante el Abba, es consciente que sólo podemos dar, de lo que Él, el Padre Celestial, nos ha dado.

 

Nosotros vemos dos puntos de inflexión muy importantes:

a)    Cuando les preguntó que tenían para compartir, ellos no fueron a esconder la mitad de lo que tenían para poner primero su propio estómago y sólo en segundo lugar el hambre de los otros; ellos pusieron a disposición todo cuanto tenían. En eso midieron su talla frente al discipulado.

b)    Nos referimos a este episodio como la “multiplicación de los peces y los panes”, ¿en qué momento se produce el “milagro”? Precisamente en el momento en el que “alzando la mirada al Cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran” No dice exactamente que los sirvieran, dice παρατιθῶσιν [parathitosin] “ponérselos en frente”, “colocarlos delante”, “encomendarles personalmente esa responsabilidad”, “encargarlos de protegerlos”.

 

Queremos llamarles la atención sobre otro detalle, al adentrarnos en este evangelio marqueano, no empezamos por el capítulo 1, sino por el capítulo 6; no empezamos con el preámbulo 1,1 -13; ni con la primera parte: la actividad de Jesús en Galilea; sino que vamos directo a la segunda parte donde Jesús ha empezado su itinerario por diversas regiones (6, 6b-10,52). Todo cuanto vamos a leer en esta primera parte del tiempo ordinario, proviene de esta segunda parte del evangelio según San Marcos.

 


Después habrá, todavía, una tercera parte (11,1-16,20), con Jesús en Jerusalén, incluyendo su pasión, muerte y Resurrección.

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