miércoles, 28 de enero de 2026

Jueves de la Tercera Semana del Tiempo Ordinario


2S 7, 18-19. 24-29

Dios mismo, por medio de נָתַן [Natán] nombre que significa “Él ha dado” lo que parece estarle recordando a David que todo cuanto alcanza y conquista es regalo del Cielo y no resultado de sus estratagemas; le pone en claro a David que Él nunca ha pedido tener una vivienda fija. Y esto nos ha de llamar la atención. De partida, cabe la pregunta -antes que nada- si nosotros también tratamos de darle a Dios lo que Él no ha pedido. Pasemos revista a nuestros actos de devoción y luego recordemos si en algún episodio en la vida de Jesús, Él dijo: “Me gustaría que ustedes patatín-patatán”.

 

Al examinar en conjunto los Libros Primero y Segundo de Samuel, señalábamos que David quería tener una teocracia operante lo que demandaba una unidad político-militar-religiosa. Pensemos si la estrategia política de David apuntaba a las demandas de Dios o a una estrategia “publicitaria”, donde el gobernante quería mostrar su pujanza para revestir su dominación de espectacular solidez y estabilidad. Me hace recordar que muchos papás le regalan a su hijo el juguete que mucho anhelaron en su niñez, aun cuando el hijo no lo conozca y sea un juguete de la “vieja guardia” que ningún chico de hoy quisiera tener y que en ningún caso le ilusiona.

 

Cabe preguntarse si al que le gustaban los palacetes de cedro era a David, mientras Dios estaba contento en su condición peregrina de trashumancia. Tenemos aquí la palabra בָּ֫יִת [bayid] “casa”, que puede traducirse perfectamente también como “templo” o como “palacio”. Además, puede significar el “linaje”, la “estirpe”, la “familia”, la “descendencia”. Aquí se juega con esta doble significación: la de “la edificación donde se habita”, y la de “la descendencia”. David quiere darle a Dios una “vivienda” digna; el Señor no la acepta, pero le da un “linaje” que perdurará en el trono.

 

La profecía de Natán menciona que Dios quiso hacerse Señor del pueblo israelita y ha sido su Voluntad hacerle a David la promesa de perdurabilidad que vera siempre la estirpe davídica sentada en el trono, reinando sobre el pueblo elegido.

 

Brota de esta profecía el deseo de que Dios corone con el cumplimiento, este don que el Señor le hace, el de bendecir su prosapia “para siempre”, concediéndole estabilidad a su descendencia en la realeza de Israel.

 

Es para tomar en cuenta que esa Promesa de durabilidad apunta en la dirección de traer para su pueblo elegido un dechado de bendiciones, de lo que se trata es, de hacer realidad la Alianza poniendo en el trono a דָּוִד [dawid] “David”, cuyo nombre indica ya los bienes de los que tendría que ser portador: “Elegido”, este nombre proviene de la raíz hebraica dôwd “el que es elegido para ser amado”, así la etimología apunta al que “es querido por Dios”, “Su amado”.

 

Y nos encontramos -relacionado con el Nombre que YHWH le dio a Moisés como Nombre propio “Yo Soy”- cuando hoy, en el verso (7,18) David le pregunta a Dios אֲדֹנָ֤י [Adonay] “Mi Señor”, ¿quién soy yo? Ante la Plenitud de consciencia en Dios sobre su propio Ser, encontramos, en cambio, la incertidumbre del propio ser, que no sabe quién es ni con qué va a salir. Algo en él le recuerda que es hechura de barro.

 

También conviene anotar que el empeño que pone David en hacer que Dios le ratifique el compromiso de cumplimiento de la Promesa de mantener su linaje como reinado vigente, muestra -así sea- una “inconsciente sospecha sobre su propia fragilidad, sobre lo inadecuado de su elección para ser “el amado”. Los relatos bíblicos sucesivos dejaran traslucir la infidelidad de David para guardar su parte de la Alianza y mantenerse fiel a los Mandatos del Señor. Sabe que si está en sus propias manos él fallará y sólo la fidelidad de Dios a su Promesa, será garante para que su estirpe se mantenga bajo la titularidad de la Corona. Solo así la dinastía se sostendría en פָּנִים [panim] “Su Presencia”, “ante Su Rostro”.


David sospecha de sí mismo porque muy en el fondo se reconoce poco virtuoso. Muy a pesar de nuestra debilidad es precisamente cuando nuestra impotencia sale a relucir y “mostramos el cobre” cuando Dios, con su Maravillosa Misericordia, manifiesta su Grandeza.

 

Sal 132(131), 1b-2. 3-5. 11. 12. 13.14

David … no podía tolerar que el Arca del Señor, símbolo y sacramento de su Presencia, descansara bajo una tienda de campaña cuándo él, David, se albergaba ya en un palacio real en la Jerusalén conquistada.

Carlos G. Vallés s.j.

מַעֲלָה [mah-alah] “escalones”, “peldaños”, “subidas”, “gradas”. Por ese motivo a estos salmos los denominamos “graduales” refiriéndonos a que ocupan un lugar en la serie de etapas de la peregrinación al Templo. Después de la purificación en el baño de la humildad, se está listo para la celebración festiva en Sion. Los salmos graduales remiten a la construcción de los sentimientos de fraternidad, de solidaridad, de sinodalidad. Subir el templo es un proceso de instrucción y adiestramiento en el compañerismo, en la koinonía para “andar juntos”.

 

David quiso expresar su gratitud proponiéndole a Dios un Templo para el Arca de la Alianza, el Trono de la Real-Majestuosa-Presencia. El pueblo implora al Señor que se lo tenga en cuenta.


Al proponérselo al Señor, él mismo David no se imaginaba entrar en su propia casa y subir a su lecho de ricas y sedosas sábanas, mientras el Señor seguía a la intemperie, refugiado en una carpa, en Quiriat-jearim.

 

Ahora, gira su vista 180º, y se fina en el aspecto simétrico. Él le está ofreciendo al Señor una casa-templo; y el Señor le ha premiado la intención con una casa-linaje.

 

Aparece la condición que el Señor impone, la única para que el linaje se perpetúe en el Trono: que sus descendientes guarden los Mandatos del Señor y respeten los términos de la Alianza.

 

Ahora que el condicionante de la Promesa se ha expresado, el Señor está mejor dispuesto a aceptar quedarse a vivir en Jerusalén y acepta que Sion es un lugar que le complace para tenerlo como residencia.

 

Esto es lo que repetimos en el estribillo: Dios afirma estar dispuesto a entregarle a los consanguíneos de David, en herencia, el Trono que le dio a David como primogénito del linaje Real.

 

Mc 4, 21-25

La persona libre, madura, en primer lugar, es una persona que vive de convicciones. Hay en ella una coherencia en los valores y una interiorización de los mismos. Los valores están integrados y se es coherente con ellos.

Segundo Galilea

Tenemos aquí dos sentencias de Jesús:

1)    ¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No está para ponerla precisamente en el candelero?

2)    Con la medida con que midan se les medirá, más aún, con ñapa.


 

Tenemos dos palabras interesantes para una mejor comprensión de estos dos refranes que quedan incorporados a la perícopa: “Celemín” y “ñapa”.

 

Μόδιον [modion] “unidad usada principalmente para medir granos”, eso en español es un “celemín”; efectivamente, a nadie se le ocurre encender una vela y meterla debajo de un cajón -el celemín es como una especie de cajón- o debajo de la cama, para que algo alumbre, está en lo alto o se pone en lo alto, y, como dice el refrán en el candelero, desde donde resplandece y cumple su misión.

 

Προστεθήσεται [prostedesetai] “ñapa”; si uno mide bien, con justicia, la persona da las gracias y no solo le retribuye lo justo, sino que le añade algo más. En el argot popular decimos “ñapa”, la cantidad extra que se encima, como una especie de propina, de premio por la calidad de la obra.

 

Cuando se proclama la “Buena Nueva” no se hace con susurros, procurando que nadie oiga. Y de la misma manera, cuando se cumple la misión pastoral a cabalidad, Dios se lo retribuirá con largueza, con esa generosidad que es proverbial en el Señor. No le dará sólo lo justo, sino que le aumentará, le incrementará, una “"medida buena, apretada, remecida y rebosante" (cfr. Lc 6, 38). Lo retribuirá con “ñapa”.

 

Sin embargo, si la proclamación se hace con tacañería, sólo por un rato, con pereza y desgano, habiendo tanta mies a segar, el Señor le impondrá una “multa” por el trabajo tan mal hecho: Un ejercicio pastoral mediocre.

 

En la primera se habla de una unidad de medida; en la segunda el tema vuelve a ser la medición. Lo que está puesto aquí en juego, el eje de interés es la “medida”, la valoración, lo axiológico, podríamos hablar de los “valores del Reino”, la axiología de Jesús, el discernimiento entre lo que ayuda al Reino y lo que lo echa a perder… «se corre el riesgo de no entender nada de lo que Él dice y hace. La consecuencia puede ser desastrosa: pensar que las cosas no pueden ser cambiadas ni trasformadas, y caer en el círculo del que está ahí, sin salida. El desánimo y la desesperanza ciertamente cerrarían nuestra puerta, y el Evangelio dejaría de ser Buena Nueva, anuncio alegre, para convertirse en una tentación …» (Euclides Martin Balancin).


¿Quiénes están llamados a poner la vela en lo alto, en el candelero?  ¿A quiénes compete hacer uso de las buenas medidas y evitar a toda costa las medidas amañadas, recortadas, tramposas, injustas?

 

Sí, claro, ¡a nosotros!

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