lunes, 12 de enero de 2026

Martes de la Primera Semana del Tiempo Ordinario


1S 1, 9-20

Empezamos hoy con Ana, la madre del profeta Samuel. Era una madre estéril, casada con Elcaná, no había podido concebir. Este marco circunstancial se estableció ayer.

 

El escenario es Siló. En Siló había un Santuario, con dormitorios, con puertas, con jambas, o sea que ya no era una tienda Móvil, sino algo más estable, un tipo de edificación.

 

Cuando Ana fue a presentar su súplica al Señor, עלי [Elí] puesto para “exaltar a YHWH”, el sacerdote tenido también por Juez, se hallaba sentado a la entrada del Santuario.

 

Ana, por su parte, presentó su ruego acompañándolo de un Voto de ofrecimiento de ese hijo al templo, para consagrarlo enteramente y de por vida, que era inclusive una consagración más larga que la de un levita que servía solo de los 25 a los 50 años. El voto de consagración era el de “Nazireo”, o sea que no bebería bebidas alcohólicas, ni tocaría la navaja su cabello.

 

La gente comúnmente oraba en voz alta, mientras Ana lo hacía sotto voce y el sacerdote Elí sólo la veía mover los labios. Lo que le hizo pensar que se trataba de una mujer en estado de ebriedad. Y así se lo reclamó el sacerdote. Ana le respondió, de recatada manera, que ella no estaba bebida, sino que su “congoja y aflicción” eran de tal tamaño que no se atrevía a pronunciarlas con voz más audible.

 

Corrigió el sacerdote y bendijo a la mujer. Se fue y comió y su fe se transformó en la convicción de que Dios la favorecería. Ya de vuelta en casa, en Ramá, Elcaná tomo a su esposa y engendraron un hijo, que recibió el nombre de שְׁמוּאֵל [Shamu-el] “Dios escuchó”, y, Ana explicó la razón de tal nombre, se llamó así porque ella se lo “había pedido al Señor” y Él la había escuchado.

 

Samuel seguirá presente, y con carácter protagónico, hasta el capítulo 25, donde desaparecerá. Los capítulos 1-3 se refieren a la juventud de Samuel, los capítulos 4-12 remiten a la actuación de Samuel en calidad de Juez y en el capítulo 8 hallaremos la unción de Saúl como juez. Los capítulos 13-31 nos presentan el nada lucido reinado de Saúl, donde ya en el capítulo 16, aparecerá la figura de David. Estas son las tres figuras de las que se ocupa ese Primer Libro de Samuel, y que nosotros estudiaremos hasta el viernes 23 de enero; el sábado 24 daremos inicio a la lectura del Segundo Libro de Samuel.

 

Lo que relata el Libro de Samuel se puede datar entre los años 1040 y 1010 a.C. No podemos perder de vista que allí se consignan dos enfoques bien divergentes de la monarquía. El primero -plasmado en el capítulo 8, se muestra contrario y llega a señalar lo que significará para Dios como obliteración de su autoridad sobre el pueblo de Israel, esta es la posición de las tribus del norte, es decir de las que se hallaban en los territorios más fértiles; la otra, se presenta en el capito 9 y luego en el 16 es favorable y verbaliza la posición de la tribu de Judá, ubicada en territorio mucho menos fértil.

 

Ensayando una maniobra ecléctica, la monarquía termina por presentarse como un mal necesario tolerado por Dios en la medida en que lo represente con fidelidad y se deje mover por la inspiración divina.

 

El rey debería ser vocero de Dios y preservar el monoteísmo esencial a la fe en YHWH. Estaba puesto para preservar la unidad y tutelar a todo su pueblo y -muy particularmente- para librar a los Israelitas de todos los pueblos que querían someterlos, oprimirlos y explotarlos.


Quedará claro que la autoridad se legitima por el acatamiento a la Voluntad Divina. Y no está puesta para el aprovechamiento y el lucro del rey y su sequito. El rey tiene que actuar como un Pastor responsable. Leeremos, en consecuencia, en este Libro, el basamento de una teología de la responsabilidad de la autoridad del gobernante.

 

Sal 1S, 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd

Del Cántico de Ana. Este cántico, en el capítulo segundo del Primer Libro de Samuel, es la expresión de la gratitud de Ana hacia el Señor que la había librado de la oprobiosa condición de la esterilidad.

 

De este canto queremos destacar y estructurar tres puntos solamente.

·         Dios se fastidia con los arrogantes, pero se regocija con los humildes.

·         La Misericordia Divina no puede ser adulterada por la infidelidad humana: Dios se sobrepone a la fragilidad de su criatura.

·         Y el anuncio de un Mesías como “Redentor” para su pueblo.

 

En la Primera estrofa, Ana declara su alegría en el Señor que la libra de las burlas de sus enemigos.


En la segunda estrofa, declara que los arcos de los valientes se dañan y no funcionan, que los que anteriormente estaban hartos de alimento, ahora les toca arrendar su capacidad de trabajo y ponerla al servicio de amos, sólo para poder ganar lo suficiente para pagarse el pan; y, finalmente que las que antes estaban avergonzadas con su condición de esterilidad ahora acunan en sus brazos los hijos que Dios les regala, mientras las que antes eran fecundas, ahora quedan yermas. Se ha producido una rotunda inversión de la situación.

 

En la tercera estrofa, señala que toda la historia de cada persona no está decidida por su arrogancia -aun cuando crean poderla cimentar sobre su abundancia y sus arcas repletas, sino que Dios la modela como lo marca su Justicia.

 

En la cuarta muestra que El Señor puede volver príncipe al que otrora era un pobre menesteroso, y puede llevarlo a sentarse en trono real, sí Su corazón lo quiere.

 

El verso de estribillo proclama el regocijo fundamentado en el Señor-Salvador: שָׂמַ֖חְתִּי בִּישׁוּעָתֶֽךָ [Samati bisuateka] “Me regocijo en tu Salvación”.

 

Mc 1, 21b-28

A veces se dice que cualquier persona podía entrar en la Sinagoga y tomar la atribución de proclamar la Palabra y de explicarla. Ese no parase, sin embargo, haber sido nunca el uso.  Siempre había un motivo para que a la persona se le permitiera desempeñar ese rol. No sabemos qué clase de preparación recibió Jesús que lo habilitaba para tales funciones, lo cierto es que Jesús hablaba y enseñaba, en la tradición de los profetas y un sentido de liberación y empoderamiento de su audiencia. Se nos informa que esto sucedía en כְּפַר נָחוּם [kfar Nahum] “Cafarnaum”, “aldea de Nahum” nahum significa “consuelo”, “era una importante Ciudad pesquera de Galilea.

 


En síntesis, Jesús podía proclamar y explicar la palabra porque se movía en la línea de los profetas, porque no propendía por el sometimiento, su propuesta no era opresiva ni subyugante. Es de allí, de dónde dimana su Autoridad. Es esa Autoridad lo que le abre corazones y le gana espacio de escucha.

 

¿Con quién se encuentra Jesús en la Sinagoga? Con un tal, que tenía un espíritu impuro. No se trata de un poseído que echa espuma por la boca, y convulsiona a la manera de un epiléptico, se puede tratar simplemente de una de esas personas arrogantes que -con talente despreciativo- hacen relucir su “prepotencia” y agazapadas en su supuesta superioridad se atreven a lanzar preguntas como estas: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo? ¿Has venida a acabar con nosotros? Es tan altanero que se atreve a delatar sus señas de identidad y lo reconoce como “el Santo de Dios”: que tenía un espíritu inmundo” es indudable, ¿de qué otra manera podía llegar a tales vuelos como saber que era el Santo de Dios?

 

¡Jesús lo hace callar y lo expulsa! (Exorcismo). Aquí, el Evangelio según San Marcos nos lleva a presenciar un exorcismo, que proviene del griego ἐξορκισμός [exorkismos] y significa “compromiso juramentado de salir”.

 

La comunidad sinagogal reconoce el Poder de Jesús que enseña con autoridad y que tiene poder suficiente como para dejar acallado y ordenarle salir al espíritu inmundo. Cosas como estas, suelen alcanzar rápida difusión, y la fama de Jesús corrió por toda Galilea. Insistimos en leer este poder como un poder sanador y liberador.


La primera mitad del Evangelio marqueano se ocupa del tema de quien es Jesús. Aquí, ya queda sentado que se trata del “Santo de Dios”. De esta manera el tema sobre el que pivota todo el Evangelio será el de entregarnos la identidad de Jesús. Añadimos sólo una frase más: de todas maneras, se preguntaban qué clase de enseñanza era aquella, sin dar el paso decisivo de reconocer en su palabra la Palabra de Dios. Se quedaron en su “novedad”, y en lo que tanto les asombró, “la autoridad que tenía”. Tendremos que caminar ocho capítulos en el Evangelio de San Marcos, para llegar al reconocimiento, en boca de Simón Pedro, de que Él era el Mesías, en el capítulo 15, ya al final del Evangelio, por boca del centurión, un pagano: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Estos tropiezos para llegar a reconocerlo, figuran desde entonces, nuestra dureza para abrirnos a la Presencia de Dios en nuestra vida.

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