jueves, 8 de enero de 2026

Viernes después de Epifanía


 1Jn 5, 5-13

Los gnósticos, del griego antiguo gnōstikós, que significa "tener conocimiento", fue un movimiento que medró en el cristianismo del siglo I y que efectuó una mezcla sincrética de la ortodoxia cristiana, con judaísmo y con otras creencias cultuales del oriente, junto con elementos esotéricos; sostienen que poseen un conocimiento superior, intuitivo y misterioso de las cosas divinas; que están naturalmente orientados hacia el conocimiento y el entendimiento —o la percepción y el aprendizaje— como una modalidad particular de vida, además, sostienen la creencia de que este mundo es malvado y fue sido creado por un dios maligno, llamado “demiurgo”. De ella se desprendieron diversas sectas, con diversas proporciones de sus elementos constitutivos. Según sus ideas, los seres humanos tienen en sí, una parte de Dios, la chispa divina, que cayó al mundo inmaterial en los cuerpos humanos. Toda la materia física está sujeta a la decadencia, la putrefacción y la muerte. Según ellos Jesús era la figura redentora y el “Mensajero de la Luz”. Sin embargo, la inhabitación de Jesús por la Divinidad habría tenido una duración limitada, comenzando con el bautismo y terminando momentos antes de su muerte en la cruz.

 

Pues bien, esta perícopa está enmarcada por esa herejía, sin mencionarla emprende su refutación. La pregunta inicial ¿Quién vence al mundo? Trae anexa una respuesta firme: “el que acepta a Jesús como Hijo de Dios”.

 

Jesús no vino por medio del agua, tampoco por sólo medios espirituales; sino, por ambos, tanto el agua bautismal como por la sangre. El agua no excluye la participación humana de la sangre. El espíritu es el portador de la ἀλήθεια [aletheia] “verdad”, “sin-olvido”. Este significado peculiar de la verdad en aquellos tiempos, quiere poner de relieve la verdad como fruto de su aliada la “palabra”, que impide el olvido. Las palabras son el depósito a la vez que la caja de caudales de la “verdad” que no se puede perder.

 

Para sostener la verdad y contener el olvido y la desmemoria, hay tres testigos:

a)    El Espíritu

b)    El agua

c)    La Sangre.

Entre los tres se apuntala la verdad. Este testimonio proviene de Dios, y es como “el Pilar de la Verdad”.

 

Si aceptamos a Jesús con entereza y sin dubitaciones, poseeremos el testimonio, en nuestro ser. En cambio, el que no cree, le espeta a Dios el título de “mentiroso”, al impugnar el testimonio Divino.

 

Como hemos venido insistiendo, en Jesús se hayan las dos naturalezas: tanto la una como la otra brotaron -para nosotros- del costado del Crucificado: tanto el agua como la sangre. Luego, tener la vida es tener al Hijo; si no se tiene al Hijo, tampoco se tiene la vida, se está muerto, a lo sumo, muerto en vida. El que murió fue verdaderamente Dios-hecho-hombre”. Por eso podemos tener “Vida Eterna” porque Él proviene de la Eternidad y nunca sale de Ella. Aun entrando en la temporalidad y aun rasgando su costado para desangrarlo. La que Él nos proporciona es Vida-eternal.

 

Estas palabras que se nos legan (le dejan a alguien un voto en su testamento o codicilo), en esta carta, se reafirma el Nombre del Hijo de Dios, y así nos resulta evidente que tenemos vida -no sólo vida temporal- sino vida eterna. No podemos, por tanto, sólo profesar la fe (amor-actuante), sino que hemos de vivirla (dinamizando el amor) y perseverar en ella. Así volvemos a la Revelación de ayer: queda indisociable el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Este amor no es producto de alguna noble decisión, no depende de nuestra afectividad humana; allí debo aportar mi discernimiento, a ver si mi amor y mi fidelidad son conformes a la Voluntad de Dios. El codicilo legatario es su propia sangre con la que nos cubre redentoramente.


«… el que no confiesa la encarnación, tarde o temprano termina rechazando, también la economía sacramental, propia de la vida eclesial». (Enzo Bianchi)

 

Sal 147, 12-15. 19-20

“… danos Señor, la seguridad en estos tiempos de violencia… Sacia, Señor a los hambrientos… Da, Señor, la paz a los pueblos que están en guerra, a los perseguidos, a los desdichados”.

Noël Quesson

 

La primera estrofa nos da dos motivos de glorificación:

1)    El Señor ha reforzado los cerrojos de tus Puertas (las de Jerusalén)

2)    Ha bendecido a los habitantes que moran en esta Ciudad.

 

En la segunda estrofa, tenemos tres razones de glorificación

1)    Las fronteras de Jerusalén gozan de paz

2)    Se alimentan con “flor de harina” (harina muy fina, cernida varías veces para hacer ciertos tipos de pan aliñado muy especial, muy fino)

3)    Él envía su mensaje a la tierra, y ese mensaje se difunde velozmente.

 

En la tercera estrofa señala tres conductas especiales que tiene para su pueblo:

1)    Anuncia su Palabra a Jacob (o sea a Israel)

2)    Le da a conocer los mandamientos (aquí se mencionan como decretos y mandatos), o sea, les ha dado a conocer su Ley.

«La ley lejos de considerarla como una sujeción o un peso, Israel la considera como liberadora. Se la ama como a la Luz que permite caminar sin vacilar. Saber “lo que es bueno para el hombre”, saber “lo que destruye”, ¡qué beneficio!» (Noël Quesson)

3)    Con ningún otro pueblo fue tan especial, a nadie le hablo como a su Amigo favorito.

 

El verso responsorial le manda a Jerusalén -o sea, a sus habitantes-  a dedicarse a glorificar a YHWH.

 

Este salmo es un himno porque invita a loar, a glorificar. Es la segunda parte del salmo 146 donde se ocupa de la misma tarea encomiástica. Lo mejor que le podía pasar a Jerusalén era que sus murallas fueran resistentes, sus puertas imbatibles, y sus cerrojos poderosos. Pero, por encima de eso, lo esencial es que cuente con la defensa y el privilegio de que Dios mismo la defienda. Con ese favoritismo, aún bajo amenaza, siempre habría de gozar de alimentos selectos y de abundancia.

 

Jerusalén está defendida en doble plano: cuenta con Dios en su historia y cuenta con Dios en su naturaleza, en su orografía.  

 

Lc 5,12-16

Que la Navidad nos deje a Jesús en nuestro pecho

Jesús nos invita a acercarnos a ellos y a tocarlos con amor. Quizá así descubramos que ellos son nosotros mismos, todos nosotros, que necesitamos tan desesperadamente que alguien nos toque con amor.

Ivo Storniolo

La Ley está allí, está para impedir la “compasión”. ¿Qué es esto? ¡Qué locura! ¡Qué ironía! ¡Qué paradoja! ¿No debería estar la Ley para proteger, para cuidar, para sanar, para atender?


¡Aquí es cuando la ley se vuelve un freno, una rienda, una jaula, una prisión! Leyes para impedirle el paso a la bondad. Leyes para contener e inmovilizar la caridad.

 

La Ley no es la fuente de la Maldad, la maldad la añade el humano que la interpreta y la acomoda para que la Ley no le exija responsabilizarse. Entonces, hacemos que la Ley sea mala, volviéndola un pretexto para anestesiar nuestra “compasión”, para congelar nuestra solidaridad, para rechazar el corazón de carne que se nos regala para reemplazar e nuestro duro corazón de pedernal. Reiteremos, sin compasión no hay fraternidad, no hay koinonía, no hay comunión. “¡Cuántos leprosos en la actualidad piden ser tocados por el Señor y por el amor de sus hermanos!”.

 

Jesús va por la línea absolutamente opuesta: ¡lo toca! Con tocarlo ya adquiere el mismo status, se convierte en un descastado, en un marginal, en un rechazado, asume todo lo que padece el leproso como desprecio, como marginación. Automáticamente pasa a ser considerado “leproso”, un “impuro”. Haberlo tocado lo lleva a tener que permanecer en despoblado, a ser excluido de la comunidad. A ser un “maldito”.

 

Muy seguramente toda esta legislación excluyente provenía del “temor”, temor a contagiarse, a adquirir una enfermedad totalmente incurable e inmanejable en aquel momento histórico. El poder de Jesús es tal que su comprensión de la situación y su capacidad de ponerse a la misma altura del rechazado, lo hace inmune. Aquí está la situación que nos retrataba la Primera Carta de Juan, donde dice que el amor tiene que remontar el temor: Jesús cumple ascender del amor abstracto al amor concreto, al amor a su prójimo y, en este caso, el que entra en la esfera de la projimidad para Jesús es el leproso. Jesús se hace hermano del marginado y no de sola palabra, sino tomando su situación y adentrándose en ella.

 

«Y es con este toque de amor como el leproso queda curado, con derecho renovado para participar en la vida y en la comunión social… el leproso que Jesús toca… Son todos los pobres de hoy, y entre ellos principalmente los ancianos, los enfermos incurables, las prostitutas, los borrachos, los marginados, los homosexuales, todos aquellos a quienes señalamos con el dedo y los trasformamos en “chivos expiatorios” de nuestra hipocresía, de todo aquello que no queremos aceptar en nosotros mismos». (Ivo Storniolo)


Llega el momento de capitalizar nuestra reflexión de hoy, para lo que recomendamos volver a la oración colecta: “Concédenos, Dios todopoderoso que el Salvador del Mundo cuyo nacimiento fue manifestado por la estrella, se revele y crezca siempre más en nuestros corazones. Por nuestro Señor Jesucristo”.

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