1Jn 5, 5-13
Los gnósticos, del griego
antiguo gnōstikós, que significa "tener conocimiento", fue un
movimiento que medró en el cristianismo del siglo I y que efectuó una mezcla
sincrética de la ortodoxia cristiana, con judaísmo y con otras creencias
cultuales del oriente, junto con elementos esotéricos; sostienen que poseen un
conocimiento superior, intuitivo y misterioso de las cosas divinas; que están naturalmente
orientados hacia el conocimiento y el entendimiento —o la percepción y el
aprendizaje— como una modalidad particular de vida, además, sostienen la
creencia de que este mundo es malvado y fue sido creado por un dios maligno,
llamado “demiurgo”. De ella se desprendieron diversas sectas, con diversas
proporciones de sus elementos constitutivos. Según sus ideas, los seres humanos tienen en sí, una parte de Dios, la chispa divina, que cayó al
mundo inmaterial en los cuerpos humanos. Toda la materia física está sujeta a
la decadencia, la putrefacción y la muerte. Según
ellos Jesús era la figura redentora y el “Mensajero de la Luz”. Sin embargo, la
inhabitación de Jesús por la Divinidad habría tenido una duración limitada,
comenzando con el bautismo y terminando momentos antes de su muerte en la cruz.
Pues bien, esta perícopa
está enmarcada por esa herejía, sin mencionarla emprende su refutación. La
pregunta inicial ¿Quién vence al mundo? Trae anexa una respuesta firme: “el que
acepta a Jesús como Hijo de Dios”.
Jesús no vino por medio del
agua, tampoco por sólo medios espirituales; sino, por ambos, tanto el agua
bautismal como por la sangre. El agua no excluye la participación humana de la
sangre. El espíritu es el portador de la ἀλήθεια [aletheia] “verdad”,
“sin-olvido”. Este significado peculiar de la verdad en aquellos tiempos,
quiere poner de relieve la verdad como fruto de su aliada la “palabra”, que
impide el olvido. Las palabras son el depósito a la vez que la caja de caudales
de la “verdad” que no se puede perder.
Para sostener la verdad y
contener el olvido y la desmemoria, hay tres testigos:
a)
El
Espíritu
b)
El agua
c)
La
Sangre.
Entre los tres se apuntala
la verdad. Este testimonio proviene de Dios, y es como “el Pilar de la Verdad”.
Si aceptamos a Jesús con
entereza y sin dubitaciones, poseeremos el testimonio, en nuestro ser. En
cambio, el que no cree, le espeta a Dios el título de “mentiroso”, al impugnar
el testimonio Divino.
Como hemos venido
insistiendo, en Jesús se hayan las dos naturalezas: tanto la una como la otra
brotaron -para nosotros- del costado del Crucificado: tanto el agua como la
sangre. Luego, tener la vida es tener al Hijo; si no se tiene al Hijo, tampoco
se tiene la vida, se está muerto, a lo sumo, muerto en vida. El que murió fue
verdaderamente Dios-hecho-hombre”. Por eso podemos tener “Vida Eterna” porque
Él proviene de la Eternidad y nunca sale de Ella. Aun entrando en la
temporalidad y aun rasgando su costado para desangrarlo. La que Él nos proporciona
es Vida-eternal.
Estas palabras que se nos
legan (le dejan a alguien un voto en su testamento o codicilo), en esta carta,
se reafirma el Nombre del Hijo de Dios, y así nos resulta evidente que tenemos
vida -no sólo vida temporal- sino vida eterna. No podemos, por tanto, sólo
profesar la fe (amor-actuante), sino que hemos de vivirla (dinamizando el amor)
y perseverar en ella. Así volvemos a la Revelación de ayer: queda indisociable
el amor a Dios y el amor a los hermanos.
Este amor no es producto de alguna noble decisión, no depende de nuestra
afectividad humana; allí debo aportar mi discernimiento, a ver si mi amor y mi
fidelidad son conformes a la Voluntad de Dios. El codicilo legatario es su
propia sangre con la que nos cubre redentoramente.
«… el que no confiesa la encarnación, tarde o temprano termina rechazando, también la economía sacramental, propia de la vida eclesial». (Enzo Bianchi)
Sal 147, 12-15. 19-20
“… danos Señor, la seguridad en estos tiempos de
violencia… Sacia, Señor a los hambrientos… Da, Señor, la paz a los pueblos que
están en guerra, a los perseguidos, a los desdichados”.
Noël Quesson
La primera estrofa nos da
dos motivos de glorificación:
1)
El Señor
ha reforzado los cerrojos de tus Puertas (las de Jerusalén)
2)
Ha
bendecido a los habitantes que moran en esta Ciudad.
En la segunda estrofa,
tenemos tres razones de glorificación
1)
Las
fronteras de Jerusalén gozan de paz
2)
Se
alimentan con “flor de harina” (harina muy fina, cernida varías veces para hacer
ciertos tipos de pan aliñado muy especial, muy fino)
3)
Él envía
su mensaje a la tierra, y ese mensaje se difunde velozmente.
1)
Anuncia
su Palabra a Jacob (o sea a Israel)
2)
Le da a
conocer los mandamientos (aquí se mencionan como decretos y mandatos), o sea,
les ha dado a conocer su Ley.
«La ley lejos de considerarla como una sujeción o un peso,
Israel la considera como liberadora. Se la ama como a la Luz que permite
caminar sin vacilar. Saber “lo que es bueno para el hombre”, saber “lo que
destruye”, ¡qué beneficio!» (Noël Quesson)
3)
Con
ningún otro pueblo fue tan especial, a nadie le hablo como a su Amigo favorito.
El verso responsorial le
manda a Jerusalén -o sea, a sus habitantes-
a dedicarse a glorificar a YHWH.
Este salmo es un himno
porque invita a loar, a glorificar. Es la segunda parte del salmo 146 donde se
ocupa de la misma tarea encomiástica. Lo mejor que le podía pasar a Jerusalén
era que sus murallas fueran resistentes, sus puertas imbatibles, y sus cerrojos
poderosos. Pero, por encima de eso, lo esencial es que cuente con la defensa y
el privilegio de que Dios mismo la defienda. Con ese favoritismo, aún bajo
amenaza, siempre habría de gozar de alimentos selectos y de abundancia.
Jerusalén está defendida en
doble plano: cuenta con Dios en su historia y cuenta con Dios en su naturaleza,
en su orografía.
Lc 5,12-16
Que la
Navidad nos deje a Jesús en nuestro pecho
Jesús nos invita a acercarnos a ellos y a tocarlos con
amor. Quizá así descubramos que ellos son nosotros mismos, todos nosotros, que
necesitamos tan desesperadamente que alguien nos toque con amor.
Ivo Storniolo
La Ley está allí, está para
impedir la “compasión”. ¿Qué es esto? ¡Qué locura! ¡Qué ironía! ¡Qué paradoja!
¿No debería estar la Ley para proteger, para cuidar, para sanar, para atender?
¡Aquí es cuando la ley se vuelve un freno, una rienda, una jaula, una prisión! Leyes para impedirle el paso a la bondad. Leyes para contener e inmovilizar la caridad.
La Ley no es la fuente de la
Maldad, la maldad la añade el humano que la interpreta y la acomoda para que la
Ley no le exija responsabilizarse. Entonces, hacemos que la Ley sea mala,
volviéndola un pretexto para anestesiar nuestra “compasión”, para congelar
nuestra solidaridad, para rechazar el corazón de carne que se nos regala para
reemplazar e nuestro duro corazón de pedernal. Reiteremos, sin compasión no hay
fraternidad, no hay koinonía, no hay comunión. “¡Cuántos leprosos en la
actualidad piden ser tocados por el Señor y por el amor de sus hermanos!”.
Jesús va por la línea
absolutamente opuesta: ¡lo toca! Con tocarlo ya adquiere el mismo status, se
convierte en un descastado, en un marginal, en un rechazado, asume todo lo que
padece el leproso como desprecio, como marginación. Automáticamente pasa a ser
considerado “leproso”, un “impuro”. Haberlo tocado lo lleva a tener que
permanecer en despoblado, a ser excluido de la comunidad. A ser un “maldito”.
Muy seguramente toda esta
legislación excluyente provenía del “temor”, temor a contagiarse, a adquirir
una enfermedad totalmente incurable e inmanejable en aquel momento histórico.
El poder de Jesús es tal que su comprensión de la situación y su capacidad de
ponerse a la misma altura del rechazado, lo hace inmune. Aquí está la situación
que nos retrataba la Primera Carta de Juan, donde dice que el amor tiene que
remontar el temor: Jesús cumple ascender del amor abstracto al amor concreto,
al amor a su prójimo y, en este caso, el que entra en la esfera de la
projimidad para Jesús es el leproso. Jesús se hace hermano del marginado y no
de sola palabra, sino tomando su situación y adentrándose en ella.
«Y es con este toque de amor
como el leproso queda curado, con derecho renovado para participar en la vida y
en la comunión social… el leproso que Jesús toca… Son todos los pobres de hoy,
y entre ellos principalmente los ancianos, los enfermos incurables, las
prostitutas, los borrachos, los marginados, los homosexuales, todos aquellos a
quienes señalamos con el dedo y los trasformamos en “chivos expiatorios” de
nuestra hipocresía, de todo aquello que no queremos aceptar en nosotros
mismos». (Ivo Storniolo)
Llega el momento de capitalizar nuestra reflexión de hoy, para lo que recomendamos volver a la oración colecta: “Concédenos, Dios todopoderoso que el Salvador del Mundo cuyo nacimiento fue manifestado por la estrella, se revele y crezca siempre más en nuestros corazones. Por nuestro Señor Jesucristo”.





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