Is 60, 1-6; Sal 72(71), 1-2.7-8.10b-13; Ef 3, 2-6; Mt 2, 1-12
La Revelación
es esta: que ustedes, los gentiles, aceptando el Evangelio,
participan en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo y de las
mismas promesas que el pueblo de Israel.
Ef 3, 6
“Ya llega la Luz” dice
Isaías
Dos maneras bien diversas
de afrontar la venida del Mesías
La
primera, la extremadamente negativa, es la de Herodes. Él se siente amenazado,
sabe que el Mesías es el Rey legítimo y, que a su lado, él no es más que un
usurpador, un lacayo al servicio del Imperio (en ese caso del romano). Es casi
risible pensar hasta donde lo llega a inquietar, a conmocionar, a perturbar la
noticia del nacimiento del Rey de los judíos, se trata de un niño de tierna
edad, pero Herodes es devorado por escalofríos, y ese malestar, esa
preocupación por la llegada del Anunciado se apodera del sequito herodiano, sus
sumos-sacerdotes-asesores y los maestros de la ley, dice San Mateo que se
inquietó también “Jerusalén”, muy seguramente no al pueblo raso –que lo
aguardaba con esperanza- sino la casta de los gobernantes, el Sanedrín y toda
su ralea.
Sin
interponer ninguna reflexión, la decisión es automática, trata de ubicarlo para
matarlo. Ya desde este momento Jesús se ve perseguido y es blanco de un complot
de muerte. Procura –como lo vemos en el relato evangélico- usar a los magos para su espionaje y
engañarlos para obtener la información que urgían sus determinaciones asesinas.
Cuantos de nosotros nos sentimos igualmente amenazados por Jesús. Porque Él nos pone en evidencia, nos emplaza en nuestras conductas, en nuestra rectitud, en nuestra justicia. Jesús nos pone cara a cara con nuestra conciencia y eso nos incomoda. Él enseñaba con autoridad y nosotros nos oponemos a su autoridad cuando ella va a contracorriente respecto de nuestro querer-hacer según nuestro parecer, a nuestras anchas, pasando por encima de la Ley de Dios. Dios se ha humanado para manifestar la Voluntad de Dios (Epifanía), en la Epifanía Jesús se nos da a conocer como Dios encarnado para todos los pueblos, y por tanto, Dios nuestro, que no excluye a nadie, que no hace acepción de persona.
Y
el que se siente amenazado prefiere matar para estar “tranquilo” y no tener que
preocuparse que venga el “Verdadero Rey” a reclamar el trono. Cuando el
filósofo proclama la muerte de Dios no acierta a reconocer que en su aserto
sólo anida un afán criminal. Estas “vías rápidas” son las propias de la raza de
Caín.
En las antípodas encontramos a los “Reyes Magos”, ellos han visto la estrella, la señal de su Llegada y se aferran a seguirla. ¡Qué ejemplo! Ellos son por antonomasia, los “buscadores”. No les importa para nada la distancia que haya que recorrer o las incomodidades que deban pasar. Ellos encarnan el “discipulado” porque ser discípulo es seguir con esa fidelidad y tesón que ellos no dudaron en poner. Siguen el rastro de la estrella con empeño y sin desfallecer, van preguntando por el camino, se informan, buscan, vienen decididos a “adorarlo” y le traen presentes. Y su empeño no se ve defraudado por Dios que los asiste nuevamente con la “estrella” para que los siga guiando. Así son conducidos hasta la mismísima casa de Jesús, porque “el que busca encuentra” como nos dice Mt 7, 8b.
La epifanía es para
levantar nuestra consciencia
«Dialogo
sin fronteras entre razas, entre hombres de distinto color, de distinta
religión, de distinto origen e inmigración. Dialogo entre personas diferentes
por naturaleza, por sexo, por edad, por salud, minusválidos, drogadictos. Dialogo
entre personas distintas por posición social, prefiriendo a los que son más
débiles, desocupados, marginales, amenazados. Y dialogo como aceptación del
otro, en actitud de reconocimiento, estima, ayuda, servicio, y dialogo, por tanto,
como oposición al prepotente, al violento, al opresor».[2]
Se ha explicado el significado de la expresión técnica “epifanía”, pero nos parece muy conveniente resaltar su etimología que la relaciona con la palabra φῶς [fos] “luz”, porque lo que indica es que algo que no se podía distinguir, por hallarse en la oscuridad, se le ha dirigido el reflector, para que queda iluminado.
Esta epifanía tuvo como objetivo hacernos saber que Dios no era monopolio del pueblo judío, ni propiedad exclusiva de alguna raza o grupo humano. Pero contiene una profunda enseñanza práctica para nosotros: una vez hallemos la pista, tenemos que ponernos a seguirla y consagrarnos a ello sin desistir, ¡fuera todo desfallecimiento! Hay que pasar por sobre todo obstáculo que se nos pueda presentar. Dios se “manifiesta” no simplemente para mostrarse estando con nosotros, sino que su intención salvífica es que participemos en la consagración de un pueblo que Él se escogió para sí, pueblo universal, sin exclusiones, en el que se desarrollará su Soberanía, construyendo su Reino: «No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad; ante el odio y la violencia destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra; ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la vida y la dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la creación. Como advertí ya en la encíclica Spe salvi, nuestro esfuerzo por liberar la vida humana y el mundo de los envenenamientos y de las contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro, conserva su valor y su sentido, aunque, aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles, porque "lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios"»[3]. «…que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy.»[4]
Dijimos que la epifanía se podía comparar al re-direccionar
de un reflector para iluminar la zona de oscuridad. Pero, hay allí una debilidad
en esa metáfora. Porque en la Epifanía la Luz no proviene de afuera, no es extrínseca.
La fuente de la claridad es intrínseca: La Luz proviene de Él-Mismo. La Epifanía
es el propio Dios que se “manifiesta” y la Fuente de la Claridad es la
Voluntad-de-Dios que quiere darse a conocer y “mostrarse”. Lo cual ya desde el
Primer Testamento se pre-anunció.
Dios nuestro, Trinidad de amor,
desde la fuerza comunitaria de tu intimidad divina
derrama en nosotros el río del amor fraterno.
Danos ese amor que se reflejaba en los gestos de Jesús,
en su familia de Nazaret y en la primera comunidad cristiana.
Concede a los cristianos que
vivamos el Evangelio
y podamos reconocer a Cristo en cada ser humano,
para verlo crucificado en las angustias de los abandonados y olvidados de este
mundo
y resucitado en cada hermano que se levanta.
Ven, Espíritu Santo, muéstranos tu
hermosura
reflejada en todos los pueblos de la
tierra,
para descubrir que todos son importantes,
que todos son necesarios, que son rostros diferentes
de la misma humanidad que amas. Amén.
[1] Álvarez
Valdés, Ariel. ¿QUÉ SABEMOS DE LA BIBLIA? (I) Ed. Centro Carismático “Minuto de
Dios” Bogotá- Colombia. p. 47
[2] Martini,
Carlos María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-
Colombia 1995 pp.17-18
[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI Basílica de San Pedro 6 de enero de 2009
[4] Vallés, Carlos G. sj.
BUSCO TU ROSTRO ORAR LOS SALMOS Ed. Sal térrea Santander 1989. p. 135









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