Is 8,23-9.3; Sal 27(26),
1. 4. 13-14 (R.: 1a); 1 Cor. 1,10-13.17; Mt. 4,12-23
Tu luz deslumbrante no perturba
pero está rebosante de ternura
como el rostro de una madre.
Averardo Dini
“Jesús es la Palabra
del Padre, el Hijo, que nos guía por el camino hacia la libertad, como la nube
luminosa que condujo al pueblo desde Egipto hasta la tierra prometida.”
Silvano Fausti
… ya no decimos que
somos “discípulos” y “misioneros”, sino que somos siempre “discípulos
misioneros”
Papa Francisco. Evangelii Gaudium
# 120
Este
Domingo se celebrará por 7º año consecutivo, el Domingo de la Palabra de Dios,
que Papa Francisco, por medio del motu propio Aperuit illis -"Les
abrió", ¿qué les
abrió? “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24,45)-
propuso a la Iglesia Universal y que, quedó fijado para el Tercer Domingo
Ordinario de cada Año Litúrgico. Este año con el lema “La palabra de Cristo
habite en vosotros” (Col 3,16).
Cuatro factores derivan de ese ἐνοικείτω [enoikeito] “morar”, “tomarlo por casa”, “ir a habitar en un hogar”, en la Palabra -que, dicho sea de paso- es una in-habitación recíproca, nosotros habitamos en la Palabra porque la Palabra habita en nuestros corazones con carácter de permanencia:
Ø Enseñándose, como
si fuera una linterna para iluminarnos el sendero
Ø Exhortándose, como
si fuera la fuente de los consejos de la Sabiduría Celestial
Ø Haciendo brotar a
partir de Ella himnos y poemas, verbalizando y traduciendo con nuestras propias
palabras la respuesta que el Mensaje de Dios nos comunica.
Ø Y que todo en
nuestras vidas sea una Acción de Gracias, o sea, tenga un carácter
eucaristizante
La
Palabra no es una lectura, es el pentagrama donde estriban todas las notas de
nuestra vida como una sinfonía de Dios hecha existencia.
Tomamos,
no pocas veces, la Lectura de la Palabra de Dios como un curso de historia. Nos
enfocamos, entonces, en tratar de escudriñar la fe, cómo fue arraigándose y
cómo en el decurso del tiempo nació este Credo que llamamos católico. Mucho de
eso se puede encontrar, efectivamente, pero hay infinitamente mucho más, allí
se va dando el “dialogo” espiritual con el Redentor, y Él nos va haciendo una
propuesta, nos entrega una “guía” para que sepamos encaminarnos, andar con Él,
asegurarnos de ir a Su lado, y actuar en la perspectiva del Reino que Él espera
seamos capaces de Fraguar, conforme a su Voluntad, a su Providencia.
Tenemos una lámpara entre
nuestras manos
Vino
Jesús y se encarnó. Él que es la Luz-Divina se entregó para que todos
tuviéramos la Luz, φῶς εἶδεν μέγα “Luz han visto muy
grande”. Nosotros no somos la Luz, pero somos los encargados de iluminar con la
Luz que Él nos entregó. También nos advirtió que una luz no tiene para que
ponerse debajo de un “celemín”, ni debajo de la cama (cfr. Mc 4, 21); pero eso
–ni más ni menos- es lo que nos ha ocurrido. Nuestra Luz no está puesta en un
lugar alto para iluminar a los otros, sino que la hemos ocultado.
«Si
alguien me preguntase cuál ha sido la mayor de las herejías y la que más daño
ha hecho a la Iglesia a lo largo de su historia, creo que respondería sin
vacilar que esa, tan extendida todavía hoy, de que “la Iglesia son los curas y
los Obispos” y que los seglares serían simplemente los oyentes, los que se
limitan a obedecer y cumplir lo que los curas guisan y comen ellos solos.
Realmente nada más grave podía pasarle a una comunidad que se presenta a sí
misma como una “comunión”, que tener a un 98 por ciento de su cuerpo paralítico
o cloroformizado, que contar con un cuerpo cuya cabeza hace, piensa y decide
todo y un cuerpo que se limita a dejarse mansamente arrastrar… Los cristianos
de la Iglesia primitiva no entendieron esto. Para ellos era claro que
convertirse al evangelio era incorporarse vitalmente a la acción misionera de
la Iglesia. Predicaban los sucesores de
los apóstoles, pero
ayudaban todos, participaban todos… no podemos seguir con cuatro quintos de la
Iglesia adormecida».[1]
Esta
situación nos hace pensar y preguntarnos lo que habría sido si Pedro, Andrés,
Santiago y Juan hubieran ignorado el Δεῦτε ὀπίσω μου “¡Síganme!” que les dirigió Jesús. «El
Evangelio… nos enseña que ser discípulos de Jesús es seguirlo, y que en eso
consiste la vida cristiana. Jesús exigió fundamentalmente el seguimiento, y
todo nuestro cristianismo se construye sobre nuestra respuesta a esta llamada…
la esencia de la espiritualidad cristiana es el seguimiento de Cristo bajo la
guía de la Iglesia… El cristianismo no consiste sólo en el conocimiento de
Jesús y de sus enseñanzas trasmitidas por la Iglesia. Consiste en su
seguimiento… no existe una “espiritualidad de la cruz”, sino del seguimiento…
No existe una “espiritualidad de la oración”, sino del seguimiento… No existe
una “espiritualidad de la pobreza”, sino del seguimiento… No existe una
“espiritualidad del compromiso”, pues todo compromiso o entrega al otro es un
fruto de la fidelidad al camino que siguió Jesús… Seguir a Cristo significa
someter todo otro seguimiento sobre la tierra al seguimiento de Dios hecho
carne. Por eso hablar del seguimiento de Cristo es hablar de conversión, de
¡“venderlo todo”! seguir a Jesús es seguir a Dios, el único absoluto. Todo
cristiano sabe lo que es la conversión: adecuarse a los valores que Cristo
enseñó, que nos arrancan del egoísmo, la injusticia, el orgullo… Sabe también
que la conversión es el fundamento de toda fidelidad cristiana, en la vida
personal, en el apostolado o en los compromisos sociales, profesionales y
políticos. Ella nos arranca de nuestros “encierros” y nos conduce “a donde no
querríamos” en el seguimiento de Cristo… No hay una sola llamada de Cristo en
la vida, hay varias, cada una más exigente que la anterior, y envueltas en las
grandes crisis de nuestro crecimiento humano-cristiano.»[2]
«…
un altísimo porcentaje de los humanos se muere sin llegar a descubrir cuál era
su verdadera vocación. Y uso esta palabra, en todo su alto y hermoso sentido.
Porque, curiosa y extrañamente, es este un vocablo que en el uso común se ha
restringido a las vocaciones sacerdotales y religiosas, cuando en realidad
“todos” los hombres tienen no una, sino varias vocaciones muy específicas.
·
Todos hemos sido llamados, por de pronto, a vivir. Entre los miles de millones
de seres posibles fuimos nosotros los invitados a la existencia. Si nuestros
padres no se hubieran cruzado “aquel” día, en “aquella” esquina, o en
"aquel" baile, hoy no existiríamos. Y si nuestro padre se hubiera
casado con otra mujer, habría nacido "Otra" persona distinta de la
que nosotros somos… Y ésta fue nuestra primera y radical vocación- a nacer, a
realizarnos en plenitud, a vivir en integridad el alma que nos dieron.
·
Fuimos, después, llamados al gozo, al amor y a la fraternidad, otras tres
vocaciones universales….
·
Y fuimos finalmente llamados a realizar en este mundo una tarea muy concreta,
cada uno la suya…
…
la vocación no es un lujo de elegidos ni un sueño de quiméricos. Todos llevan
dentro encendida una estrella. Pero a muchos les pasa lo que ocurrió en tiempos
de Jesús: en el cielo apareció una estrella anunciando su llegada y sólo la
vieron los tres Magos.
Sólo tiene vocación el que no sería capaz de vivir sin realizarla… benditos los que saben adónde van, para qué viven y qué es lo que quieren, aunque lo que quieran sea pequeño. De ellos es el reino de estar vivos.»[3]
Vocación para llevar la
lámpara en alto
Tal
como lo vemos en la perícopa del evangelio que corresponde a este Tercer
Domingo del Tiempo Ordinario, en el ciclo A. “Paseando junto al lago de Galilea
vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban
echando la red en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -Venid y seguidme y
os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a
Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús
los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo
siguieron”. (Mt 4, 18-22)
Vamos
a trascribir aquí La parábola “El ladrillo”, de José Manuel Balabanián, que nos
ilustra el papel de cada uno de los que ha sido “vocacionado”;
«(Edificar la Iglesia)
es una obra común y mutua, en la que cada uno edifica al otro dándole su pleno
valor en el edificio y recibiendo del otro ayuda y fuerza”
Jacques Guillet
¡Qué
hermosos edificios hay en las ciudades! ¡Cuánta gente habrá trabajado en la
construcción de cada uno de ellos! ¡Qué solución para aprovechar los espacios
reducidos en las zonas urbanas!
Pero
pensaba que, como todas las cosas, un buen edificio, por más alto e imponente
que sea, necesita de lo elemental que, en este caso, no es otra cosa que un
simple ladrillo.
Algo
con menos gracia que un ladrillo, es difícil de encontrar. Nada en él llama la
atención. Por más que se lo quiera evitar, siempre estará polvoriento.
Se
quiebra con facilidad ante el choque con algo duro y hasta su forma carece de
belleza. Pero, aun con todos esos "defectos", es imprescindible para
poder construir un edificio.
Hay
otros tipos de ladrillos, los que son decorativos, los que van a la vista, los
que "se hacen ver"; pero los que realmente son edificantes son los
otros, los que no se ven, los que permanecen ocultos y, quizás, incluso, son
más toscos, pero se necesitan.
Claro que un único ladrillo, por sí solo, no puede hacer nada, estaría tirado en algún corralón. Necesita de la unión con otros ladrillos para poder ser útil. Y, sobre todo, necesita del albañil para ponerlo en el lugar que le toca. Unos por abajo, otros muy arriba, algunos, quizás, tengan que "sufrir", ser partidos al medio; pero todos cumplen con su tarea de manera oculta y "silenciosa", aportando su existencia para la construcción.
Ahora
bien, el ladrillo, si tuviera vida, al descubrirse tal cual es, podría
lamentarse por su rusticidad y no entregarse al albañil.
Pero,
aun en ese caso, debiera saber que, sin el ladrillo común y silvestre, no se
podrían construir ni las casas más sencillas ni los más hermosos rascacielos.»[4]
«Quisiera
concluir este apartado con las palabras de un famosos “gurú” hindú al que una
religiosa católica le había preguntado: “Usted dijo hace tiempo que, si un
cristiano se hacía discípulo suyo, usted no trataría de convertirle al
hinduismo, sino que intentaría hacer de él un mejor cristiano. ¿Puedo preguntarle
cómo se las arreglaría para hacer semejante cosa? Y el “gurú” le dio una
respuesta digna del mejor de los directores espirituales católicos, sugiriendo
dos de las principales maneras de obtener la experiencia de Jesucristo
resucitado: “Me esforzaría por ponerlo en contacto con Jesucristo. Y trataría
de persuadirle de que lo hiciera teniendo a Cristo constantemente a su lado
durante todo el día y leyendo asiduamente las Escrituras.»[5]
¿De la noche a la mañana?
¿o saber aguardar pacientemente?
«Llegó
una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor, que era
necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una
multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad
que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en sus voces, exigiendo el
cambio de las costumbres.
Pero,
según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos que rodeaban al
profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el
profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se
detuvo a escuchar sus voces. Más el profeta seguía gritando en la soledad de la
gran plaza.
Y
pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin,
alguien se acercó y le preguntó: “¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie
está dispuesto a cambiar?» «Sigo gritando -dijo el profeta- porque si me
callara, ellos me habrían cambiado a mí.”
La
moraleja de esta fabulilla me parece bastante simple y muy necesaria. No se
debe trabajar porque esperemos que se vaya a conseguir un fruto, sino ante todo
porque es nuestro deber, porque creemos en lo que estamos diciendo.
Como es lógico, todo el que proclama una idea lo hace para que esa idea penetre en sus oyentes; pero el que se desanima porque sus pensamientos no son oídos o seguidos, es que no tiene suficiente fe en lo que piensa y en lo que hace. La utilidad, el puro fruto, no puede ser el único baremo de nuestras acciones. Y, sobre todo, si esos frutos se esperan de inmediato, se está uno ya preparando al desaliento.
Cambiar
el mundo, por lo demás, es cosa muy difícil. Casi imposible, y en todo caso, el
sembrador no suele llegar a ver el fruto de su siembra, porque en el mundo son
rápidos los cambios de las modas, de todo lo accidental, mientras que los
corazones cambian con freno y a veces con marchas atrás y adelante.
Esto
lo puede entender cualquiera que contemple con ojos agudos qué lentamente
cambia su corazón, cuánto nos cuesta a todos evolucionar, qué despacio nos
crece dentro la madurez y la paz del alma.
Pero todo esto no encadena ni al verdadero profeta ni al auténtico trabajador. Porque no se es ni auténtico ni verdadero si no se tiene terquedad y paciencia.»[6]
¿Cuál
es esa idea que hemos sido llamados por el propio Jesús a proclamar? El anuncio
del Reino, se nos dice en el Evangelio: “Desde entonces comenzó Jesús a
predicar diciendo: Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los Cielos”. (Mt
4, 17) y también en el verso 23 (el último de la perícopa que leemos en este
Domingo): “Y recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas y proclamando el
Evangelio del Reino, y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia” (Mt 4,
23).
«Al
ser vencido Satanás (después de tentar a Jesús), llega el Reino. Existe una
contraposición entre los reinos programados por el enemigo y el que quiere el
Señor: es la misma que existe entre el Cielo y la tierra, entre el hombre y
Dios. Los reinos de la tierra son los de Adán, que ponen como principio de vida
los propios temores -y los realizan-; el reino de los cielos es Jesús, que
tiene como principio el Padre de todo y su Palabra.»[7]
«De las Vidas de los
Padres del Desierto:
El
abad Lot fue a ver al abad José y le dijo: ““Padre, de acuerdo con mis
posibilidades, he guardado mi pequeña regla y he observado mi humilde ayuno, mi
oración, mi meditación y mi silencio contemplativo; y en la medida de lo
posible, mantengo mi corazón limpio de malos pensamientos. ¿Qué más debo
hacer?”.
En respuesta, el anciano se puso en pie, elevó hacia el cielo sus manos, cuyos dedos se tornaron en otras tantas antorchas encendidas, y dijo: “Ni más ni menos que esto: transformarte totalmente en fuego”.»[8]
Sea
la Luz de Cristo la que nos habite y alumbre nuestros ojos y nuestros
corazones. Jesús ha encapsulado su Luz en sus Palabras: ¡Sea la Luz de Cristo
nuestra guía y nuestra meta!
[1] Martín Descalzo, José Luis. BUENAS NOTICIAS.
Ed. Planeta. Barcelona- España 1996. pp.
211-212
[2] Galilea, Segundo. Razones para la
alegría (cuaderno de apuntes II). Ed. Sociedad de Educación Atenas.
Madrid-España 2ª Ed. Julio 1985. pp. 8-10
[3] Martín Descalzo, José Luis. RAZONES PARA LA
ALEGRÍA. Ed. Planeta. Barcelona- España 1996.
pp. 181-183
[4] Balabanián, José Manuel. EL DIOS ESCONDIDO.
CUENTOS Y REFLEXIONES DE LA CIUDAD. Ed. San Pablo Bogotá Colombia 1ª
re-impresión 2001 pp. 14-15
[5] De Mello, Anthony CONTACTO CON DIOS. CHARLAS
DE EJERCICIOS. Ed Sal Terrae
Santander-España 3ª ed. 1992 p. 208
[6] Martín Descalzo, José Luis. RAZONES PARA EL
AMOR. Ediciones Sígueme. Salamanca- España 2000. p. 85.
[7] Fausti, Silvano. UNA COMUNIDAD
LEE EL EVANGELIO DE MATEO. Ed. San Pablo. Bogotá-
Colombia. 2da. re-impresión 2011. p. 56.
[8] De Mello, Anthony. LA ORACIÓN DE LA RANA I.
Ed Sal Terrae
Santander-España 3ª ed. 1988 p. 8








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