Dan 7, 9-10. 13-14
Y la Palabra se hizo
carne y puso su carpa con nosotros. Y hemos visto su Gloria, la Gloria que recibió
del Padre por ser Su Hijo Único, abundante en Amor y en Verdad.
Jn 1, 14
Jesús
es “Puente”, es “La Escalera”, Él restableció la “comunicación” con lo
Trascendente. Pero, las consecuencias de tal restablecimiento no podrán darse a
plenitud hasta que sobrevenga la Victoria Final, serán “dones” que degustaremos
en el “momento” escatológico, y se preguntarán ¿cómo lo sabemos? Bien sencillo,
el Señor nos lo ha entregado en sus comunicados Apocalípticos.
Siempre conviene mirar a Daniel (nombre que significa “Dios juzga”), con algunas acotaciones al margen, empezando porque lo tenemos entre los “profetas mayores”, pese a que su Libro está mejor visto desde la óptica del género Apocalíptico. Daniel, hasta donde sabemos, vivió en la Babilonia palaciega, bajo cuatro dinastías: Nabucodonosor, Ciro, Darío, y Antíoco IV Epífanes. En tercer lugar, la hipótesis -bastante bien sustentada- de que este Libro se escribió en hebreo, arameo y griego durante el alzamiento de los Macabeos, para consolarnos, animarnos y esperanzarnos en la lucha.
Al
hablar del género apocalíptico, se debe anotar que para algunos está
emparentado con el género profético y para otros, se relaciona con los escritos
sapienciales, con muy abierta intención didáctica. Adviértase que en los
escritos apocalípticos se da especial realce y sirven de pivotes, las visiones,
llenas de simbolismos, no siempre claros, sino -por demás- misteriosos. Parece ser
que este rasgo mistérico apunta en el sentido de no poder hablar con toda
claridad -en el marco de las persecuciones- aun cuando las simbologías eran
-muy probablemente diáfanas- para los lectores de la época.
Nosotros,
con relativa sencillez, penetramos la simbología de la perícopa de hoy:
Pensamos que el Anciano, de nívea vestidura (blancura tan intensa como la Luz y
el Fuego- es el Padre Celestial-. Luego, viene la Presencia de “Uno como Hijo
de Hombre”, feliz expresión que nos ha legado Daniel, para referirse a la
Segunda Persona de la Trinidad, el Dios-Humanado, viene a la proximidad del
Padre.
Uno
como Hijo de Hombre, porque no hay sino Uno, y que parece que hubiera sido
engendrado por un humano, pero no lo es, puesto que fue Engendrado por el Espíritu
Santo (nosotros ahora lo entendemos bien), recibe todo Honor, Toda Gloria, Todo
Poder-Real y Gobierno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas; no es de
ninguna manera Divinidad Nacional, sino Dios-de-Todo-lo-Creado. No se trata de
un Gobierno provisional, como todos los otros gobiernos, sino de un Reinado
“Eterno, que no pasa, que no tendrá fin”. ¿Cómo es que lo entendemos tan
claramente? Pues porque Dios nos lo ha revelado, por eso es apocalíptico,
porque apocalipsis significa eso: Revelación.
Debemos
anotar que las visiones eran eventos sorpresivos e impredecibles; algo que
pasaba de repente sin pre-aviso. La persona quedaba maltratada, débil, como si
le hubieran dado una golpiza, o como cogida de un guayabo cuaternario. La
perícopa, no bien, acaba de empezar y hace mención de un “anciano de días”; en
lenguaje hebreo este es un eufemismo para decir que se trata de una persona muy
mayor, en cuanto a edad, decirle a Dios, así, Anciano a secas, suena en lengua
hebrea como un “atrevimiento”, puede que al anciano se le tome como muy sabio,
pero suena a persona que ha perdido el vigor, el explicativo “de días”, lo empareja
en paralelismo con “bebe de días”. Bien entrada en Años, si Dios-Padre es el
Primero en existir, quiere decir que es mayor en edad que cualquiera otro, y
por eso lo llama con esta hipérbole: “Anciano de días”: Se podría interpretar
como “El más viejo que existe”.
En
el verso 13, nos encontramos la expresión tan querida por Jesús: “alguien
parecido a un Hijo de hombre”; le agrada tanto que Él la adoptó para sí. Hijo
de hombre es simplemente “un ser humano”, pero tenemos el apósito “parecido a
un”, o sea que parece un “ser humano”, pero no lo es. En verdad, tiene todos
los atributos de la persona humana que Él ha asumido por pura solidaridad, pero
su esencia es Divina.
Está plenamente explicado lo que Juan en su Evangelio especifica: “En el principio ya existía Λόγος [logos] “la Palabra”; y Aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios”. (Jn 1, 1)
Sal
138(137), 1-2a. 2b-3. 4-5. 7c-8
Este
es un salmo que ilumina la “distancia”. ¿Cuánta es la separación entre el Cielo
y la Tierra? Tenemos que pararnos a pensar. Esta distancia no se puede
cuantificar en kilómetros, ni en millas, ni en miriámetros, ni siquiera en años
luz. Está hablando de otro tipo de “distancia”. No es una magnitud espacial, se
trata de la separación entre “dignidades”, digámoslo así, a falta de otra
palabra que no se nos ocurre, a veces, por no encontrar en el vocabulario un
concepto, decimos “dimensión”, para referirnos de alguna manera a la
“separación entre lo “material” y lo “espiritual. Por escases muchas veces
hablamos de “distancia”.
De
todas maneras, sí tenemos una intuición que esto no es un tema de tomar un
vehículo y recorrer una “distancia” que se puede recorrer con cohete; como
cuentan que el cosmonauta -que visitó el espacio sideral- se quejó, lamentando
no haber visto a Dios en el espacio exterior. ¡Ah tontuelo! No sabía que los
astrónomos ya habían explorado ese espacio con sus potentes telescopios y nada
habían hallado. ¿Se engañaba él en su ingenuidad? O, ¿Pretendía hacer algún
aporte publicitario al ateísmo? ¡Pobre, se pasó la vida levantando piedras a
ver si debajo de alguna de ellas descubría un tratado de teología que iluminara
su necedad!
Por ejemplo, cuando oramos, le hablamos con consciencia de que Él está a nuestro lado, pero en la “dimensión propia de lo espiritual”. Por tanto, permanece ausente a nuestros sentidos “terrenales”, pero no quiere decir que no nos pueda oír, “intuimos” que está, pero de “otra manera”.
Cuando
el pecado estropeo la “línea de comunicación” reventando el “cable” -atención,
es una analogía, no se trata de algún cable “físico”- caímos en una suerte de
incomunicación, se hizo imposible para nosotros la percepción del “Interlocutor
Divino”, fuimos nosotros los que perdimos la “gracia”, pero Él no nos abandonó.
Cuando
Dios se humanó en su Hijo -Jesucristo- esa Encarnación restañó el cable
averiado. Esto bíblicamente hablando se muestra en la Sagrada Escritura en el
episodio de la Escala de Jacob (Gen 28, 11-19), que fue revelado al -nada
virtuoso- Jacob, que “soñó” en una conexión, con la Otra Dimensión- y que para
su lógica (que de todas maneras era una lógica demasiado avanzada en el marco
de una cultura donde no había edificaciones de más de un piso, sino que siempre
se habitaba a ras del suelo) se trataba de una סֻלָּם [sul-lāum] “escala”, de doble
vía, que hacía posible el ascenso, tanto como el descenso, para seres
“espirituales”: eran ángeles, los que subían y bajaban.
¿Todo
por qué? La Misericordia del señor es Eterna; hoy por hoy, le seguimos
implorando que no abandone la obra de sus manos. Este salmo es un himno que
augura un “momento” en que los reinados de la prepotencia y la ambición
desaparecen y todos, sujetos el Reinado Imperecedero, se sujetaran al rey de
Reyes.
Jn
1, 47-51
Natanael
es un nombre que significa “regalo de Dios” (un israelita de verdad en quien no
hay engaño). Empecemos por ahí: Cada uno de nosotros tiene que adquirir
consciencia de ser “un regalo de Dios para los demás. ¿Cómo era Natanael
“regalo de Dios”?
Que
clave tan poderosamente hermenéutica es esta para adentrarnos en esta “perícopa
arcangélica”. Si pudiéramos descifrar cómo puede hacerse uno “regalo de Dios
para los otros”, nos habríamos nutrido muy bien de esta visita al Evangelio.
Otra pregunta: ¿Cuál es la clave que le permitió a Natanael -que venía
incrédulo a verse con Jesús, pensando que nadie así, muy importante o especial,
podía tener como cuna a Nazaret- pero al oír eso, dio un giro de 180 grados
(conversión)? Es cuando Jesús le dice:
“Antes de que te llamara Felipe, te vi bajo la higuera”.
Ahora
bien, ¿cuál era la importancia y qué representaba que lo hubiera visto bajo la
higuera? La higuera para el pueblo de Israel, es simbólica del Reino que
traería el Mesías. Un Reino de plenitud, de bienestar, de salud, de abundancia,
de realización plena, de concordia y fraternidad. El que se cobijaba debajo de
la higuera, estaba clamando por la venida del Reino.
El
Reino es una “Dimensión” de Paz. No requiere soldados, ni jueces, ni tribunales
que la implanten y la mantengan. ¿Quién iba a querer romper ese estado de
beatitud en el que todos se sumergen en Infinita Alegría y Bienestar? En una
realidad donde nadie se adueña, ni se puede adueñar de nada, quien iba a
disputar o a pleitear por algo. Ni siquiera en al aspecto teórico, porque allí,
en el Reino, ya no hay teorías, ya no hay hipótesis, ya no hay que hacer
suposiciones: La Verdad se tiene cara-a-Cara. ¡Palpable! ¡Contundente! Nótese
el cambio de significado de estos dos términos en la “dimensión espiritual”,
¡es gigantesco! “palpable” es rotundo para el sentido del tacto, ¿cómo será la
tactilidad en el plano espiritual? Y “contundente”, -que tiene que ver con un
golpe, que puede causar mucho daño-, que sería como ¡dar de garrotazos a un
fantasma!
Jesús sabía de la honesta espera de Natanael por la llegada del Reino, y Natanael, a su vez, comprendió que estaba hablando con el anhelado Mesías y lo identificó plenamente como Hijo de Dios y Rey de Israel.






No hay comentarios:
Publicar un comentario