1Tim 4; 12-16
Siempre
ha habido, hay y habrá, un muy extenso prejuicio contra los jóvenes. Habría que
examinar el por qué. Cuando llega un joven (en esta carta, la palabra νεότητος [neotetos] “joven” puede referirse a
alguien menor de 40 años) sobreabundan las críticas, la gente le tacha esto, y
también aquello. Malo si se rasura el cabello, y peor si lo lleva un poco
largo. Malo si es alegre y abierto en sus maneras, pero peor si es triste y
taciturno. Todo parece indicarnos que va mal, y que compró varios boletos de
viaje directo al precipicio.
Estas
cosas no se dan sólo contra los jóvenes del grupo parroquial, contra los
monaguillos, y contra cualquier creyente que sea de regular edad, sino que se
extiende a los seminaristas, los diáconos transitorios, y los presbíteros: se
les acusará automáticamente no por sus fallas, sino por su edad. Todo cuanto
haga estará mal, porque “no tiene experiencia”.
Timoteo
era un joven, y Pablo lo previene de no aminorarse por su juventud. De seguro que le darán esta como razón del
menosprecio con el que lo rodearan y con el que procuraran menoscabar su
función.
Nosotros
al leer esta Carta Pastoral, debemos prevenirnos de no desestimar a los que
sirven a la Iglesia blandiendo como excusa, la idea prejuiciosa de que todo
cuanto brota de la edad temprana es desfavorable. Al contrario, podríamos
acoger, convencidos que la “sangre nueva” traerá brillo y dinamismo a nuestras
comunidades.
Lo
cual no quiere decir que se acojan modificaciones que sean producto de la
febrilidad púber. Que no aspiremos a ser una exclusiva caterva de seniles. Sino
que cuando lleguen los jóvenes, nuestras puertas estén de par en par para
reconocer que su presencia entre nosotros forma parte de los regalos que Dios
nos da.
A
renglón seguido la Carta Pastoral incorpora unas recomendaciones que parecen
ser vacuna contra las veleidades en las que -a veces- se incurre por
ingenuidad, o por moda.
Timoteo
ha recibido un “don”, lo ha recibido de manos presbiterales, por medio del
signo de la “imposición de manos”, el mismo que continua vigente para
consagrar, valga decir, hacer sagrado, dedicado a Dios, y ha sido dedicado por
completo al servicio específico que la Iglesia le encarga, en el rol -también
especifico- del encargo recibido. Cada quien es llamado por Dios a un servicio,
a un ministerio específico, y dentro de los límites de ese “envío” ha de
moverse y aportar en la edificación de las comunidades. Sólo para lo que ha
sido llamado, enfatizamos.
El
llamado implica ser τύπος [typos] “modelo”, “dechado”, ejemplo”,
“figura”. Y esto, en cinco renglones que se enuncian en la Carta:
1) La palabra
2) La conducta
3) El amor
4) La fe
5) La pureza.
Luego
le da una recomendación para que se enfoque, alguien que no tiene foco, vive
descentrado, a todo le apuesta, y es blanco fácil de ligerezas. La Carta le
propone tres ejes de enfoque, que bien podríamos llamar los pivotes de su
crecimiento:
La ἀνάγνωσις [anagnosis] “Lectura” (que lo vean
aplicado al estudio, su actividad pública debe ser esa, y no otra)
i) La παρακλήσει [paraclesei] exhortación
ii) La διδασκαλίᾳ [didaskalia] enseñanza
Trabajar
enfocado, dejará traslucir a los demás que vive un proceso de permanente προκοπὴ [prokope] “progreso”, “aprovechamiento”.
Sigue
señalándole un derrotero, a este joven “llamado” -Timoteo, que es famoso como
figura de juventud- y le recomienda aun dos desvelos adicionales, los dos en un
mismo eje: el Cuidado que luego le encarecerá que sea constante:
i) De sí mismo
ii) Y de la enseñanza
¿Será
que estas son las pautas para saltar al rango siguiente de la jerarquía? Ese no
es el propósito. Todo esto tiene un propósito muy claro: “Salvarse a sí mismo y
a los que lo escuchan”.
Sal
111(110), 7-8. 9. 10
Este
salmo es una directriz entregada a los que tienen que pastorear una comunidad,
o sea que está en la misma línea de los que como Timoteo han sido llamados para
apacentar con su gobierno una porción de la Iglesia que peregrina en el mundo.
Dios
interpreta con su orquesta una grandiosa sinfonía, armonizada para el bien del
ser humano: Nosotros tomamos sobrecogidos de amor, las partituras y tratamos de
armonizar la misma perfección que el Magno Compositor nos ha dispensado: Para
Ti es nuestra música Señor.
Y
no queremos interpretar las armonías que nosotros torpemente ensayamos, lo que
queremos es -con la mayor fidelidad posible, tocar tus armonías y hacer resonar
por el mundo entero tu Concierto: el que Tú has ingeniado, con tu Perfectísimo
Ingenio.
Tres rayos de tu Eterna Luz afinan nuestros instrumentos:
1) En nuestra casa,
andamos siempre sumidos en la fidelidad con la rectitud de corazón a la que nos
has llamado
2) No dejamos vagar la
mirada para que esta no caiga en la vileza de las detestables intenciones
3) Aborrecemos a los
que obran mal.
Dos
empeños pongo para allanar el Camino, al Dios mío, a mi Rey:
1) Me afano en hacer
callar al que difama a su hermano
2) No soporto a los de
mirada arrogante ya que esta transparenta el engreimiento del corazón.
En
cambio, hago todo lo contrario:
1) Me fijo atento en
los que perseveran en su lealtad
2) Los invito a vivir
conmigo, para aprender de ellos las buenas costumbres de la fidelidad
3) Recabo como
maestros, para mí y para mi corazón, a los que caminan por tus sendas. De ellos
me rodeo.
«Por
eso hoy he querido, sencillamente contarte mis pensamientos e indicarte la
dirección que me gustaría siguiese mi conducta. Hoy, esta lista, no es un
propósito, sino una oración; es decir, que la lista no es para mí, sino para
ti. Es para que Tú te acuerdes y la vayas aplicando según surja la ocasión. No
son éxitos que yo he de lograr, sino gracias que Tú has de concederme». (Carlos González Vallés s.j.)
Lc
7, 36-50
Recordemos
que los profetas no solo se manifestaban por oráculos, palabras reveladas, sino
que, muchas veces, hacían uso de acciones simbólicas para darnos a entender lo
que Dios quiere decirnos. Aquí aparece una mujer que efectúa una acción de
Gracias, por medio de una acción simbólica. Es una acción simbólica que profetiza
que Jesús será Ungido con Mirra, como se hace con los mortales, pero también
con Incienso como corresponde a Dios.
El alabastro es una variedad de sulfato de calcio, del aljez o de piedra de yeso que se presenta bajo forma compacta, no muy dura, compacta y a veces traslúcida, de apariencia marmórea, que se usa para hacer esculturas o elementos de decoración arquitectónica, con él se pueden hacer copas, o jarrones para guardar perfume.
En
el relato de hoy, aparece una mujer que lleva un ἀλάβαστρον
[alabastron] recipiente confeccionado en alabastro y lleno de perfume. Empieza
toda una liturgia, una serie ritual de acciones de adoración. (A quienes les
gusta condicionar la “santidad” de las personas encargadas del culto, cabe
resaltarles que esta “sacerdotisa” era una ἁμαρτωλός
[hamartolos] “pecadora”.
Hay
aquí, algunas cosas que no están dichas, pero que se implican, por ejemplo:
¿cómo sabía la mujer que Jesús estaba allí?
¿Cómo fue posible que entrara sin que nadie se lo impidiera? Parece ser
la actuación de alguien que está acostumbrada a entrar “como Pedro por su
casa”. Semejante familiaridad, tal nivel de confianza apunta hacía una
“habitual”. Cabe deducir que la tal prostituta que hoy funge de sacerdotisa-profeta
y que ha venido, a ungir a Jesús, frecuentaba la casa del fariseo, lo que
tampoco nos sorprende, dado que Jesús con frecuencia nos advierte que ellos “no
hacen lo que dicen”.
(Aún,
hay otra pregunta que queda flotando: ¿cómo sabían que se trataba de una
“pecadora”?)
¿Qué
pasos comprende el rito?
a) Acercarse
b) Se postra ente Él,
en la zona de sus pies
c) Se deshace en
lágrimas, como una sincera penitente,
d) Lavaba sus pies con
sus lágrimas
e) Se los enjugaba con
su propio cabello
f) Lo cubría de besos
g) Le ungía los pies
con perfume.
Es
un rito de 7 pasos.
A
continuación, Jesús nos va a relatar una משל [maschal] “parábola”,
(distinto de מָשִׁיחַ,
[mashiach] que significa “Mesías”, “Ungido”, Ungido es el que está destinado a
ser Profeta, sacerdote, o Rey, que los judíos esperan les traiga la restauración del pueblo judío con una era de paz y justicia,
y que para nosotros es Jesús); se trata de la parábola
del prestamista y los dos deudores (Lc 7, 41-50). Aquí hay uno de esos casos en
que, nos aceleramos en juzgar -y que, con toda razón de nuestra parte, desde la
perspectiva de nuestra justicia hipócrita, aseveramos que nos asiste la razón)-
lo que nos impide descubrir tres elementos que pertenecen a los signos de
revelación, al lenguaje que Dios nos habla:
1)
Toda la liturgia muestra un amor gigantesco, descomunal,
por parte de la “mujer”, es un total acto de Amor.
2)
Especialmente las lágrimas y el apocamiento con el que ella
realiza la unción son una forma “penitencial” excelsa.
3)
El corazón Misericordioso de Jesús siempre dispuesto a ser
Misericordioso.
En
un caso tal, había que aplicar aquella enseñanza de Jesús, “Bienaventurados los
de corazón limpio, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).
Hay otra gran enseñanza que no podemos dejar marginal: El gran pecador, como recibe amnistía de una “deuda” descomunal, tendrá mucha mayor gratitud que aquel al que no se le ha perdonado más que cinco centavos, este dirá, que no tiene nada que agradecer, siente que nada debe. No entenderá ese perdón como dádiva, sino como insignificancia. Es incapaz de ver que todo Don es Don y que su grandeza proviene de las Generosas Manos que lo otorgan.





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