jueves, 1 de diciembre de 2011

TÍTULOS CRISTOLÓGICOS


“Sobre la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia
Jacques Bénigne Bossuet


En la Sagrada Escritura Jesús es nombrado de diversas maneras, se alude a Él con títulos de realeza: se le llama Mesías que significa “el   Ungido”, Cristo en griego, Kyrios (el Señor), el Rey de los Judíos; se le llama por diversos gentilicios: Galileo, Nazareno, el Hijo de David,; se le designa también Adonai, Emmanuel, el Verbo hecho Carne, el Cordero de Dios, el buen Pastor, el Salvador, el Redentor, el León de Judá; o, haciendo alusión a oficios como “el hijo del Carpintero”, “Pescador de Hombres”, el Pastor, el Maestro; se le llama con títulos joánicos: el Verbo” o la “Palabra”, “Camino, Verdad y Vida”, el Hijo de Dios, o con títulos apocalípticos: “Principio y Fin”, “Alfa y Omega”.

Nos interesa hoy, ocuparnos de un título cristológico que, como nos lo dice el Romano Pontífice, Benedicto XVI, “es el título que Jesús emplea con mayor frecuencia cuando habla de sí mismo. Sólo en el Evangelio de Marcos aparece catorce veces en boca de Jesús. Más aún, en todo el Nuevo Testamento la expresión «Hijo del hombre» la encontramos sólo en boca de Jesús, con la única excepción de la visión de Esteban, a quien antes de morir se le concedió ver el Cielo abierto: «Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre a la derecha de Dios »[1]

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En el domingo 34º del tiempo ordinario (que en 2011 cayó el 20 de noviembre) leímos en la Segunda Lectura la perícopa tomada de la 1ª carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28; en ella se nombra a Jesús con otro título cristológico, equiparándolo con Adán, en su calidad de hombre: Dice que “por Adán nos vino la muerte, por Cristo nos viene la resurrección de los muertos”. Esto ha causado que nos refiramos a Jesús como “Segundo Adán”.

Benedicto XVI nos informa que “«Hijo del hombre» significa en principio, tanto en hebreo como en arameo, simplemente «hombre»; pero la referencia al libro de Daniel 7, 13ss convierte este título en título real puesto que « A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno…Su reino no acabará», en otras versiones leemos «su poder será siempre el mismo, y su reino jamás será destruido». Ahora bien, si vamos un poco más adelante en la profecía de Daniel, en el verso 18, pero también en el verso 27, vemos una extensión de ese reinado que «será entregado al pueblo de Dios altísimo, y será suyo por toda la eternidad» allí donde dice  pueblo de Dios se lee a la letra “santos del altísimo” קַדִּישֵׁ֖י  עֶלְיוֹנִ֑ין que alude a los mártires que han sufrido persecución.

Reino y Doctrina Social de la Iglesia

Que Jesucristo es Rey y que nosotros la Iglesia lo celebremos, es muy coherente. Pese a ello, en nuestro mundo el significado de la realeza ha entrado en declive hasta rayar en lo insignificante. ¿Qué significa para nosotros ese título en un mondo donde los reyes y sus monarquías han pasado a la historia, y donde casi todos los países son gobernados desde parámetros democráticos por representantes elegidos por votación y con poderes y funciones delimitados por Constituciones y donde inclusive el Papa, desde Paulo VI ha dejado de ser coronado con la Tiara, la triple corona que representa al Papa?

Historiando el origen de esta fiesta eclesial nos encontramos a Pío XI que la establece en un contexto de debilitamiento  de un Pontífice que- aún portando la Tiara- ya no tiene ni el poder ni la autoridad que en otro momentos detentó la Iglesia constituyéndola en un poder paritario con los poderes seculares. Hasta las Guerras Napoleónicas, la Iglesia, a través de sus jerarcas y representantes se sentó a la mesa para pactar en el Congreso de Viena y definir los repartos y los equilibrios emanados de la contienda. Ahora, al finalizar la I Guerra Mundial, en 1918, la Iglesia ni siquiera es tenida en cuenta, para la firma del Tratado de Versalles. Benedicto XV ascendió al Solio Pontificio el 3 de septiembre de 1914 y permaneció en el hasta el 22 de enero de 1922. Le sucedió Pío XI (Monseñor Aquille Ratti, Arzobispo de Milán) quien fue elegido Papa el 6 de febrero de 1922), tuvo como telón de fondo el período entre–guerras, que puede verse como un armisticio entre la I y la II, y no una verdadera paz; entre los logros de este Papa figuran el haber establecido o re-establecido relaciones diplomáticas con toda una serie de naciones, entre ellas, varias de las surgidas a partir del reparto geopolítica posterior a la I Guerra Mundial: entre 1922 y 1933. Esto robusteció la imagen internacional de este Papa y aprestigió la Santa Sede. El 11 de febrero de 1929, se firmaron los Pactos Lateranenses que pusieron término a la, así llamada, “cuestión romana” y la zanjaron con la creación del Estado Vaticano estableciendo el concordato con Italia y reconociendo, a la religión católica, como su religión oficial.

En 1925, emitió su primera Encíclica Quas Prima, en la cual instituye la Fiesta de Cristo Rey a celebrarse el Domingo anterior a la fiesta de Todos los Santos. El Reinado Social de Jesucristo fue una idea nuclear en el pensamiento de este Pontífice. Jesús es –desde la visión de Pío XI, el gobernante por excelencia, digamos para ponerlo en términos sencillos, con poderes omnímodos.

Posteriormente se movió la fecha de esta fiesta al trigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario, como cierre del año litúrgico. También cambió su significado, que pasó a resaltar más, el lado escatológico de Jesucristo, se trata de reinado que vendrá con el final de los tiempos. Cristo sigue siendo el eje de la historia, pero pasa a destacarse el enfoque de “el final de los tiempos”

El 15 de mayo de 1931el Papa Pío XI publicó la Quadragesimo Anno, su séptima encíclica, para celebrar el aniversario número 40 de la Rerum Novarum de León XIII. En ella empleo el Sumo Pontífice, por primera vez, la expresión “Doctrina Social de la Iglesia”, comentando –empero- que la preocupación de la Iglesia por los temas socio-políticos no había empezado con la Rerum Novarum, aunque si tuvieron en ella su primera manifestación formal, lo que llevo a esta Encíclica a constituirse en el documento marco eclesial fundante.

En lo sucesivo, los Romanos Pontífices se han pronunciado, uno tras otro sobre el tema, clarificando nuevos aspectos y enriqueciendo las posiciones de la Iglesia a este respecto. Consideramos que el Reinado de Jesús se expresa muy principalmente en esta vertiente documental y convidamos a los católicos para que se empeñen en su estudio. Estas Encíclicas nos guían para saber cómo los fieles podemos, desde nuestra participación en la vida social, intervenir constructivamente en la edificación del Reinado de Jesús que no puede postergarse y que –por el contrario- nos llama cotidianamente a una forma de caridad activa y dinámica.

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Regresemos en el tiempo, el 11 de junio de 1905, su Santidad Pío X en su Encíclica Il firmo proposito sentó los lineamientos para una organización de los laicos para que estos pudieran participar de la vida de la Iglesia aboliendo la exclusión que sobre ellos pesaba limitando la participación al clero. De esta manera se capitalizó una tendencia organizativa que se venía dando con diversas organizaciones laicales que se fueron desarrollando en Europa en la segunda mitad del siglo XIX dando nacimiento a la Acción Católica. Sin embargo, al escribir la historia de la Iglesia, se suele decir que fue Pío XI quien verdaderamente dio vida y recogió los frutos de este modelo organizativo del pueblo de Dios que, compartía con la Iglesia el objetivo de la obra evangelizadora.

Ya hemos mencionado que uno de los éxitos de Pío XI fue la firma de diversos concordatos; ahora tenemos que añadir que una de las condiciones que incluían estos concordatos era dar campo y posibilidad de trabajar  y moverse a las Acciones Católicas en esos países. Podríamos afirmar que el Papa Aquille Ratti no se conformó con instituir la fiesta de Cristo Rey del Universo sino que, alimento el mecanismo por medio del cual los cristianos podríamos participar en la implantación de su Reinado trayéndolo del Cielo a la Escuela, la Familia y a toda la sociedad y sus costumbres, impregnando también la vida pública.

No paro ahí, se crearon movimientos pares a la Acción Católica entre los jóvenes conformando las “Juventudes Obreras Cristianas” que contaron con el aval de Pío XI.

la Acción Católica tiene que descubrir de nuevo la pasión por el anuncio del Evangelio, única salvación posible para un mundo que de otro modo caería en la desesperación. Ciertamente, la Acción Católica ama al mundo, pero con un amor que recibe la inspiración del ejemplo de Cristo. Su modo de servir al mundo y de promover los valores del hombre consiste primariamente en evangelizar, en coherencia lógica con la convicción de que en el Evangelio se encierra el poder más estremecedor, capaz de hacer verdaderamente nuevas todas las cosas”[2]

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Pero, ¿qué es la Doctrina Social de la Iglesia? Es importante, nos parece, repetir una y otra vez que nos sentimos obligados con la humanidad a construir una sociedad donde se respeta la vida y los derechos humanos, donde se dignifique a la persona y donde no se fetichise la democracia ya que esta requiere de los organismos de control popular y de una pléyade de valores que la sustraigan del riesgo de ser mera máscara del explotador o vestimenta camuflada de algún totalitarismo: Véanse estas ideas expresada en la Centesimus annus de Juan Pablo II.

«A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios». Mediante el Bautismo, los laicos son injertados en Cristo y hechos partícipes de su vida y de su misión, según su peculiar identidad[3]

La Caritas in Veritate, aparecida el 29 de junio de 2009, que apreciamos altamente, es el aporte a la Doctrina Social de la Iglesia del actual Pontífice.

Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa.[4]

Ya en su Deus caritas est (del 2005), al tocar la identidad entre Dios y Amor se plantea el deber del discípulo de Jesús de trabajar por una sociedad donde sus designios sean puestos en práctica; y los designios de Jesús son de fraternidad, justicia, paz, servicio y amor; y –como lo venimos ratificando- de opción preferencial por los más débiles y necesitados.

“Quien piensa conformarse a la virtud sobrenatural del amor sin tener en cuenta su correspondiente fundamento natural, que incluye los deberes de la justicia, se engaña a sí mismo: «La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: “Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará” (Lc 17,33) ».Pero la caridad tampoco se puede agotar en la dimensión terrena de las relaciones humanas y sociales, porque toda su eficacia deriva de la referencia a Dios: « En la tarde de esta vida, compareceré delante ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo... ».”[5]

No se cree ni se confiesa de verdad a Cristo más que en donde los discípulos se comprometen en fidelidad del amor. Sólo la obediencia encarnada en la vida de cada día, manifestada en la apertura a los demás y a sus desgracias, atestigua una verdadera relación con Cristo.[6]


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Monseñor Carlo María Martini nos manifiesta sobre  Mt 25, 31-46, que “es una página en la que Mateo acumula los títulos cristológicos: aquí se habla del Hijo del hombre, del Rey, del Pastor, del Señor, del Juez… Aquí no aparece explícitamente el título de Mesías y de Cristo, pero aparece de manera mucho más vigorosa en cuanto este misterioso Rey, Pastor, etc., es el quicio de la historia, a su alrededor maduran todas las decisiones humanas y todo lo que sucede se refiere a Él.”[7]

Benedicto XVI nos explica que:

…en el libro de Daniel… El vidente contempla como se suceden los poderes dominantes del mundo en figura de cuatro grandes fieras que salen del mar, que vienen «de abajo», y que representan así un poder que se basa sobre todo en la violencia, un poder «animal»….. -tras la máxima exaltación del poder del malvado- ocurre algo totalmente diverso. El vidente ve como en lejanía al verdadero Señor del mundo en la figura de un anciano que pone fin a toda la visión: «Vi venir una especie de hombre entre las nubes del cielo… A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno…Su reino no acabará» Dn 7, 13s … El «hijo del hombre» que llega desde arriba es, pues, lo opuesto a las fieras que salen del fondo del mar;…[8]

¿Queremos ponernos bajo el Cetro del Hijo del hombre? Eso –nos dice la Madre Teresa de Calcuta- «requiere que sepamos ver a Jesús en todo ser humano. Nos ha dicho que es Él el hambriento, el desnudo, el sediento. Es Él quien carece de hogar, quien sufre… Todos los que padecen como Él, son Jesús en su terrible y sufriente disfraz. Hambriento de amor, te mira. Sediento de cariño te implora. Desnudo de lealtad pone sus esperanzas en ti. Enfermo y prisionero, espera tu amistad. Carente de hogar, busca abrigo en tu corazón. ¿Le abrirás tu corazón y te brindaras a Él?».


En esta práctica de la caridad para ser súbditos del “Ungido”, de Cristo se “deberá luchar con constancia, conservar día a día la amistad con Dios, no ceder nunca a una tentación, ser fiel a la propia conciencia, vivir cada instante como una donación ininterrumpida.”[9]. Otra vez volvamos a la voz de la Madre Teresa: «Por eso, les ruego a todos y a cada uno de ustedes pobres y ricos, jóvenes y viejos que ofrezcan sus manos para servir a Cristo en los pobres, y que abran sus corazones para amarlo en ellos. Pueden estar lejos o cerca, sufrir de pobreza física o espiritual, estar hambrientos de amor y amistad, pueden ignorar la riqueza del amor de Dios, pueden necesitar de un hogar de amor en tu corazón. Y dado que el amor comienza por casa, quizás este Cristo hambriento, desnudo, enfermo o desamparado, se encuentra en tu propio corazón, en tu familia, en tu comunidad, en el país en que vives, en el mundo todo.»


[1] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET DESDE EL BAUTISMO HASTA LA TRANSFIGURACIÓN. Ed. Planeta Colombiana S.A. 2007 p. 373-374
[2] Paulo VI, 25 de Abril de 1977
[3] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Pontificio Consejo “Justicia y Paz” #451
[4] Benedito XVI. CARITAS IN VERITATE # 78
[5] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Pontificio Consejo “Justicia y Paz” # 583
[6] Zumstein, Jean. MATEO EL TEOLOGO. Ed. Verbo Divino 1999 p. 60.
[7] Martini Crnal. Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo  1996. p. 25
[8] Benedicto XVI JESÚS DE NAZARET DESDE EL BAUTISMO HASTA LA TRANSFIGURACIÓN. Ed. Planeta Colombiana S.A. 2007 pp 378-379
[9] Guerra, Hector l.c. y Ledesma, Juan Pablo l.c. ¡VENID Y VERÉIS! LA EXPERIENCIA DE UN AMOR QUE NO SE ACABA. Ed. Planeta, Barcelona España 2009. p.194

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