sábado, 29 de abril de 2017

SE LES ABRIERON LOS OJOS


Hech 2, 14. 22-33; Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11; Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35

«… el Ministerio del Interior acaba de dar un comunicado donde se afirma que varios maleantes robaron el cuerpo del mencionado delincuente, Jesús, precisamente para poder confundir y engañar a la opinión pública…»
Héctor Muñoz

“Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocen. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, se los entregaron, y ustedes, por mano de paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte…” Este discurso de Pedro, que se nos narra en los hechos de los Apóstoles, y que forma parte de la Primera lectura de este III domingo de Pascua, es una formulación sintética del Kerigma, y contiene la fórmula básica de la identidad de Jesús como era entendida y expresada en los tiempos en que San Lucas redactó el “Evangelio del Espíritu Santo”. Al decir que las ataduras de la muerte habían sido vencidas se está declarando que en lo sucesivo, ya nada será igual. Desde el pecado original hasta la resurrección de Jesús, la muerte detentaba su cetro de poder; a partir de ese momento, Jesús la venció y en Él, somos también beneficiados con tan gran deferencia.

En esta escena presenciamos y testimoniamos –sin lugar a dudas- el importante papel y el rol de liderazgo que tocó a Pedro. Ese liderazgo espiritual está reforzado por el carisma de la comprensión de la Sagrada Escritura que le permite entender que en el Nazareno tienen cabal cumplimiento las profecías que fueron pronunciadas en tiempos remotos, y que siempre se pensaron referidas a los antiguos y San Pedro las comprende y la explica como cumplidas hasta ahora en la Persona del Mesías-Jesús. San Pedro es capaz de cristianizar el Primer Testamento, cumpliendo así el encargo-misión que el propio Jesús le confió.


«El gran reto de la Iglesia de hoy… es… el de la “Nueva Evangelización”… Una evangelización de corazones evangelizados antes por el Evangelio orado; una evangelización que chorree verdad, transparencia y vida; que sea un chorro de alegría, entusiasmo y gozo; una evangelización que toque los corazones, que deslumbre las mentes, que de vigor a las voluntades arrugadas. Una nueva evangelización donde el ser mero “informador” ya no “vale”, sino ser “testificador”… La Nueva Evangelización clama correr la noticia de que Jesús, el amado del Padre, nos ha amado tanto que entregó su vida en la cruz para que nosotros fuéramos regenerados… Jesús, Él que asumió todas las miserias humanas, se hizo pecado, murió como un maldito, subversivo, blasfemos y endemoniado… Decirles que el Resucitado tiene una nueva morada: el corazón de los hombres.»[1]

¿Cuál fue el precio que se pagó por nuestro rescate? Ese es otro punto vital de nuestra fe. No se pagó un precio en oro o plata para redimirnos. Sino la Sangre del Cordero Inmaculado. Ese es el tema en la Carta de San Pedro, que es la Segunda Lectura; en ella se vuelve a insistir que Dios-Padre resucitó a Cristo y, no se conformó con resucitarlo sino que además le dio Gloria.


En el Salmo se hace mención de un magisterio que ejerce Dios para nosotros: “me instruye internamente”, su magisterio se ejerce en todo momento, hasta durante la noche Él se ocupa de enseñarnos, de enriquecernos, de orientarnos. De esa manera, va mostrándonos “el sendero de la vida”. Esa enseñanza es el motivo de la única que es verdadera alegría. Otros frutos nos muestra el Malo, haciéndolos pasar por frutos apetecibles; y, nosotros con frecuencia sucumbimos al engaño. Sólo las sendas del Señor son Camino cierto. Sólo Él nos conduce con Amor y Verdad, sólo ese Amor y esa Verdad son gozo real. Si andamos con Dios, no vacilaremos. El paso vacilante es un paso “de borracho”, no puede caminar recto, sino que va de un lado al otro, sin poder controlar el “rumbo”; podríamos decir que es un caminar con torpeza. La expresión original en hebreo significa algo como “no me torceré”, “permaneceré firme”. Sólo necesitamos vivir en la confianza plena que Él-(YHWH)-está-siempre-a-nuestro-lado.

Al episodio “Camino de Emaús” podríamos intitularlo una Verdadera Experiencia Eucarística! El momento cumbre se alcanza cuando a ellos por fin se les caen las telarañas de los ojos y logran reconocer al Señor. Es el momento de la fracción del Pan. Es el momento en que Él “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”, entonces ¡fue el cuándo! Atraviesan todo un proceso que los lleva del desaliento, «A menudo todos nosotros nos parecemos a los dos de Emaús: estamos encorvados, doblegados, inclinados sobre los acontecimientos cotidianos o sobre las realidades sociales que nos rodean y que a veces nos pesan, nos entristecen, nos preocupan. La misma realidad de Iglesia, si la miramos con ojo demasiado analítico, hipnotizados por este o el otro aspecto, nos puede crear ese sentido de pesadez, de incapacidad para acoger todo el designio de Dios que caracterizaba a los discípulos de Emaús precisamente mientras caminaban teniendo a su lado al Señor Resucitado»[2]. No nos ha abandonado pero ese atafago de cargas y cotidianidades, la pesadez y el bloqueo, nos nublan su Presencia nos incapacitan, nos anulan en la fe.

A ese estado depresivo del ánimo contrapongamos el luminosos y entusiasta estado post-eucarístico: Ahora “«Corren, corren como si les hubieran nacido alas como de águila. Corren, porque les quema la “llama de amor viva” que llevan encendida en su corazón. Corren, corren porque es hora de comunicar la noticia, hora de poner la luz sobre el candelero, hora de comunicar el gozo y lágrimas de alegría. Corren porque les aguarda un camino llenos de caminos que tienen que recorrer por todo el mundo para decir a TODAS LAS GENTES: “¡Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. Si crees en Él, si lo aceptas como el señor y Salvador de tu vida, si crees de corazón que el Padre lo resucitó con la fuerza de su Espíritu, te salvaras tú y los de tu casa!”. Es la hora, al correr, de hacer del Evangelio salvación para todos los pueblos y razas»[3].

En la Eucaristía el Señor dialoga con nosotros, nos habla, nos enseña, nos reprende y corrige nuestra dureza de corazón y nuestra lentitud para entender. Pero además, también nos escucha, nos acoge, nos abraza, y –como si pudiéramos desear más- entra para quedarse con nosotros. Ese es el contenido de la Experiencia Eucarística, que Él escoja nuestro corazón para entrar y quedarse.


La experiencia eucarística «Es el momento de compartir nuestras inquietudes, problemas y proyectos con quien amamos. Es el momento de dejar caer la Palabra de Dios como semilla en el corazón; es el momento de orar, de decirle a Jesús que entre en el corazón y cene conmigo, que participe de esa cena “que recrea y enamora”; es el momento de hacer del día una Eucaristía, una acción de gracias por tantas cosas bellas que hemos vivido.»[4]

¡Sólo hay que invitarlo! ¡Quédate con nosotros!








[1] Mazariegos, Emilio L. EMAÚS: EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN. Ed. San Pablo. Bogotá-Colombia 2003. pp.152-155
[2] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITACIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia. 1995. p. 167
[3] Mazariegos, Emilio L. DE AMOR HERIDO. Ed. San Pablo Bogotá, D.C.-Colombia 3ª ed. 2001 p. 191
[4] Mazariegos, Emilio L. ESTALIDOS DE GOZO Y DE ALEGRÍA Ed. San Pablo Bogotá-Colombia. 2003 p. 66.

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