sábado, 5 de marzo de 2016

HEMOS LLEGADO A SER HIJOS EN EL HIJO


Jos 5, 9a. 10-12; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7; 2Cor 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32

Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles y me faltara el amor, no sería más que un bronce que resuena y una campana que tañe.
1 Cor 13, 1

El que está unido a Cristo es como si hubiera sido καινὴ κτίσις “creado de nuevo”.
2Cor 5, 17

El otro día un sacerdote le preguntó a su feligresía quién prefería ser entre los dos hermanos de la parábola que cuenta Jesús en el Evangelio de este Cuarto Domingo de Cuaresma, (ciclo C): Unos tomaron partido por el hermano mayor y no faltaron los que se pusieron del lado del menor.

Claro que el protagonista es el menor y el antagonista es el mayor. Pero, nos hemos fijado excesivamente en el menor que fue el que pidió su parte de la herencia y, sentimos que no hemos prestado toda la atención necesaria al hermano que se quedó… Puede que el hermano menor represente a todos los pecadores, prostitutas, publicanos y demás; pero el hermano mayor representa con creses  el fariseísmo. En alguna parte hemos leído que los fariseos no eran malos –y eso es cierto- eran “fieles”, “muy fieles”, diríamos que eran “exageradamente fieles” a su manera, de una manera tan reforzada que se pasa. Quizás la muestra más farisaica del hermano mayor es cuando dice. “Hace tantos años que te δουλεύω “sirvo” sin haber παρῆλθον “desobedecido” jamás ni una sola de tus ἐντολήνordenes”…” La relación que expresa esta frase es de “servilismo”; y –definitivamente- Dios no nos ve como siervos, lo cual ya Jesús nos lo ha explicado detalladamente manifestando que nos ve como “amigos”.

Pero si la relación se tergiversa, se enferma, se desvía, se obstruye hasta el bloqueo! ¡Sobreviene la crisis de identidad! En cambio, veamos cómo le respondió su Padre, vayamos al verso 31: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”. Es decir, tenemos que entender verdaderamente quienes somos. Viene al caso relatar una parábola de Anthony de Mello titulada ¿QUIÉN ERES?

«Una mujer estaba agonizando en la sala de un hospital. De pronto, tuvo la sensación de que era llevada al cielo y presentada ante un Tribunal.
“¿Quién eres?”, dijo una Voz.
“Soy la mujer del alcalde”, respondió ella.
“Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada.”
“Soy la madre de cuatro hijos.”
“Te he preguntado quien eres, no cuántos hijos tienes.”
“Soy una maestra.”
“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión.”
Y así sucesivamente. Respondiera lo que respondiera, no parecía poder dar una respuesta satisfactoria a la pregunta “¿Quién eres?”
“Soy cristiana”, respondió ella.
“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión.”
“Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres y necesitados.”
“Te he preguntado quién eres, no lo que hacías.”
Evidentemente, no consiguió pasar el examen, y fue enviada de nuevo a la tierra. Cuando se recuperó de su enfermedad, tomó la determinación de averiguar quién era realmente y su vida cobró otro sentido…»


No sabemos si se debe decir la respuesta correcta, o es mejor dejar que el lector la deduzca, pero nosotros queremos acelerar la reacción y poner por expreso que nuestra verdadera e íntima identidad es la de ser hijos de Dios. No somos ni nuestros títulos, ni nuestras riquezas, ni siquiera nuestras pobrezas sean estas materiales, morales o espirituales… Esto lo queremos ilustrar con otra parábola de Tony. Esta lleva por título EL ABRAZO DE DIOS

«Un hombre santo, orgulloso de serlo, ansiaba con todas sus fuerzas ver a Dios. Un día Dios le habló en un sueño: “¿Quieres verme? En la montaña, lejos de todos y de todo, te abrazaré”.

Al despertar al día siguiente comenzó a pensar qué podría ofrecerle a Dios. Pero ¿qué podía encontrar digno de Dios?

“Ya lo sé”, pensó. “Le llevaré mi hermoso jarrón nuevo. Es valioso y le encantará...
Pero no puedo llevarlo vacío. Debo llenarlo de algo”.

Estuvo pensando mucho en lo que metería en el precioso jarrón. ¿Oro? ¿Plata?

Después de todo, Dios mismo había hecho todas aquellas cosas, por lo que se merecía un presente mucho más valioso.

“Sí”, pensó al final, “le daré a Dios mis oraciones. Esto es lo que esperará de un hombre santo como yo. Mis oraciones, mi limosna, sufrimientos, sacrificios, buenas obras...”.

Estaba contento de haber descubierto justamente lo que Dios esperaría y decidió aumentar sus oraciones y buenas obras, consiguiendo un verdadero récord. Durante las pocas semanas siguientes anotó cada oración y buena obra colocando una piedrecita en su jarrón. Cuando estuviera lleno lo subiría a la montaña y se lo ofrecería a Dios.

Finalmente, con su precioso jarrón hasta los bordes, se puso en camino hacia la montaña. A cada paso se repetía lo que debía decir a Dios: “Mira, Señor, ¿te gusta mi precioso jarrón? Espero que sí y que quedarás encantado con todas las oraciones y buenas obras que he ahorrado durante este tiempo para ofrecértelas. Por favor, abrázame ahora”.

Al llegar a la montaña, oyó una voz que descendía retumbado de las nubes: “¿Quién está ahí abajo? ¿Por qué te escondes de mí? ¿Qué has puesto entre nosotros?”

“Soy yo. Tu santo hombre. Te he traído este precioso jarrón. Mi vida entera está en él. Lo he traído para Ti”.

“Pero no te veo. ¿Por qué has de esconderte detrás de ese enorme jarrón? No nos veremos de ese modo. Deseo abrazarte; por tanto, arrójalo lejos. Quítalo de mi vista”.

No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Romper su precioso jarrón y tirar lejos todas sus piedrecitas? “No, Señor. Mi hermoso jarrón, no. Lo he traído especialmente para Ti. Lo he llenado de mis...”

“Tíralo. Dáselo a otro si quieres, pero líbrate de él. Deseo abrazarte a ti. Te quiero a ti”.»


Estos dos hijos de los que nos habla Jesús en esta fecha adolecen de una enfermedad horrible, ¡tienen problemas de identidad! Y, en un examen atento de esta dolencia nos encontramos que su síntoma básico es que al no saberse hijos, no se pueden reconocer “hermanos”. Por ejemplo, cuando el mayor se refiere a su hermano menor lo llama “…ese hijo tuyo…” (ver el verso 30b). Si se pierde nuestra filiación, también perdemos nuestra fraternidad y ahí el Malo ya gano con su asquerosa semilla de división. Si miramos la parábola del ABRAZO DE DIOS una de las cosas que más resalta es el fetichismo en el que ha caído este ”santo”, ha incurrido en la idolatría a sus piedritas coleccionadas en el “precioso jarrón” así como uno delos hermanos del Evangelio idolatraba la “herencia”, la “riqueza” material del Padre por eso no podía amar al Padre, porque entre él y el Padre se interponía la “parte de la herencia”; y, para el otro hijo, el fetiche es su egoísta-obediencia que no podía tirarla, ni dársela a otro, pero que se interponía entre él y Dios; entre él y el abrazo de Dios. En cambio, entre el Padre y sus hijos no hay barrera, el los ve, límpidamente, con los claros ojos de la ternura paternal-maternal. En ese preciso instante, los recupera, los rehace, los vuelve a crear, como recién bautizados, sus Purísimos Ojos les vuelve el “contador a cero”, como siempre lo hacen los Ojos del Padre, que no acumula rencores, ni guarda registro de las culpas. Él toma su barro y Padre-Alfarero, los vuelve a moldear, para que salgan de Sus Manos sin imperfección alguna. Pasan por Sus Ojos Misericordioso y salen más blancos que la nieve más blanca. (No porque leven un cántaro lleno de hermosas piedritas.) Sino, ¡Simplemente, porque Dios es amor!

Existe el riesgo fatal de que nosotros también nos escondamos detrás de nuestra virtuosa manera de ser y perdamos de vista lo que realmente somos y que en consonancia con ese ser de hijos, nos corresponde disfrutar y alegrarnos. Es el Domingo de Laetare porque, ¿qué otra cosa puede cabernos en el corazón que el regocijo de sabernos hijos del Padre Celestial?

                                                                                        
                 



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