sábado, 13 de enero de 2018

ELI, EL BAUTISTA Y NOSOTROS


1 Sam 3, 3-10; Sal 40(39) 2-10; 1Cor 6, 13 – 15. 17 – 20; Jn 1, 35 – 42

Dios me ha creado para que le preste cierto servicio definido. Me ha encargado algún trabajo que no le ha encargado a nadie más… De alguna manera, soy indispensable a sus Propósitos He sido creado para hacer o para ser algo para lo que nunca nadie ha sido creado.
 Card. John Henry Newman




Podremos entrever la importancia
que tuvo Elí en la vida espiritual de Samuel
que de no ser por aquél, incapaz habría quedado
de distinguir de Quien la Llamada provenía.


Cuando no se conoce al Señor
no distinguimos su Voz, no tampoco podemos
levantar la mirada de la tierra
pues no sabemos volver los ojos a lo Alto
incapaces de entender que hay Alguien arriba que nos ama.

Pues el llamado proviene del Amor.
Pero al amor, en muchas ocasiones, no lo distinguimos.


Elí era Sacerdote y Juez.
Como sacerdote unifica lo de abajo con lo Alto.
Como Juez, imparte la justicia,
da a cada uno lo que le corresponde:
lo que estaba destinado a Samuel –heredar la tarea de Elí-
por eso le da el “discernimiento”
para volver el corazón al Cielo
y hacerse disponible al Llamamiento.

Así lo mismo el Bautista,
Como era Precursor, era Sacerdote y Juez.
Juan y Andrés ni se habrían percatado
si el dedo de San Juan el Bautista no hubiera apuntado en esa dirección
señalando al Cordero.


Se nos proponen este par de ejemplos
para que comprendamos
este “importante” servicio que a todo bautizado se ha encargado:
Ayudar a muchos que están disponibles a servir, y van a lo terreno
pues no distinguen –ya se ha dicho-
que no toda interpelación nos viene de nuestro propio plano,
que hay otros planos y otros niveles donde llevar los ojos
y aguzar los sentidos.
Además, que hay voces, que vienen de la tierra
pero nos hablan de desprendernos d’ella
de desplegar nuestras angelicales alas
-que tenemos, a pesar de no darnos cuenta-
y como Águilas de Patmos,
saber dónde vive, e ir y ver,
y luego pregonar.

Regálanos, Oh Dios, la feliz ocasión
de ser también nosotros precursores
y enseñarles a muchos a decir:
“Habla Señor, que tu siervo escucha”


Tornen de esta manera jubilosos
exclamando “Eurekamen”, es decir,
“lo hemos encontrado”.






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