sábado, 4 de febrero de 2017

DISCÍPULOS MISIONEROS: NUEVA HUMANIDAD



Es el deber de intervenir creativamente en el progreso cualitativo de la historia… Queremos y estamos obligados a construir una nueva historia, una tierra sin males, una sociedad sin víctimas.
Celito Meier

El discípulo que no tiene el sabor de Cristo no vale nada y  no le sirve a ninguno… el que es iluminado, a la vez ilumina a los otros.
Silvano Fausti

Quinto Domingo Ordinario del ciclo A: “Ustedes son la sal de la tierra; Ustedes son la luz del mundo”.  Este par de expresiones son el “corazón” del Evangelio de esta fecha litúrgica. Pero, para nutrirnos convenientemente de él, es preciso referenciarnos de los otros textos bíblicos que la Liturgia de la Palabra nos propone para la Eucaristía de este Domingo: la Primera Lectura es una perícopa del Profeta (en este caso el Tercer Isaías);  el Salmo 112(111); la Segunda Lectura proviene de la Primera Carta a los Corintios; y, el Evangelio, de San Mateo, de donde se retoma el Sermón del Monte –en lectura continuada- justamente donde lo dejamos el Domingo Anterior.


La Primera Lectura trata de cómo ser Sal y Luz: Isaías nos da, por lo menos ocho pautas, ocho Obras de Misericordia. Escuchémoslas (o leámoslas) con suma atención (Is 58, 7. 8b). Estas acciones positivas son las Obras de Misericordia presentadas a la manera isayana, son las premisas para alcanzar la buenaventura, que el Profeta define en 58, 8-9a. 10.

«¿Cómo será luz para el mundo el pequeño grupo de discípulos, gente sencilla, sin pretensiones y sin mucha esperanza para el propio futuro? Con su modo de vivir la espera del Reino: pobres, puros de corazón, operadores de paz, perseguidos. Así los discípulos se convierten en fuente de la nueva moralidad, hacen comprender qué quiere decir hombre moral hoy… ¿Sabemos ser signo de luz aun para los hombres venidos de lejos, para la gente de cultura, de extracción, de mentalidad distinta? ¿Sabemos ser luz irrefragable con la claridad de nuestras obras que proclaman la verdad del Evangelio? He aquí la responsabilidad conferida a cada uno de nosotros, he aquí la misión de la Iglesia hoy. La Iglesia en su humildad, pobreza y mansedumbre, en su predilección para con los hombres y los humildes, en su amor por la paz, es  signo luminoso para el mundo.»[1]

¿Cómo ser antorchas en esta cultura de muerte y miedo? Ser operarios de la paz, ser constructores del Reino, transformarnos en Hombres-Nuevos, para constituir la Nueva Humanidad; vivir ejerciendo el testimonio lo cual supone, o mejor, exige una coherencia, una fidelidad al compromiso, para que cada uno logre ser-prójimo y entonces, hacernos co-corpóreos en el organismo llamado Comunidad; porque el valor no está en el individuo, sino en su incorporación a “la Asamblea de los que buscan a Dios” sin cejar, sin desistir: La misión precisa la fidelidad; la fidelidad en dos formas: la Persistencia y la Unidad fraterna.


Sal y Luz son representativas de los rasgos del fiel discípulo-misionero: Basta ya de pasar al lado de nuestros hermanos de fe con irrevocable indiferencia. Basta de acudir al culto indolentemente y de decorar nuestra incomunicación con apatía. No basta el saludo; el “buenos días” no excede los límites de la fría y deplorable máscara del aislamiento. ¡Ningún ser humano es una isla! Construir Comunidad es vivir con sincera hermandad, y la sororidad con el corazón en la mano, simplemente porque ¡somos hijos del mismo Padre!

Una antigua tradición llevaba a poner sal a la llama de los hornos de tierra porque, según su usanza, apoyaba el encendido y la conservación del fuego. En este caso ser sal es fidelidad en el inicio de la fe y en su conservación. La sal también congregaba el rebaño que se agrupaba para comerla a orillas del Mar Muerto; en ese caso la sal es figura de la unidad, nos congrega, nos ayuda a mantenernos agrupados, fraternos, solidarios.

La oscuridad parece hacernos más proclives al pecado, quizá porque la oscuridad oculta y favorece el anonimato. La luz, por el contrario, parece ahuyentarlo y es quizás por eso que a la Palabra de Dios la analogamos con la luz. Aun hay más, nuestros ancestros que descubrieron el  poder de la luz para ahuyentar a las fieras, gravaron profundamente en su consciencia la idea de seguridad emparentada directamente con ella. Esa es la misma seguridad que podemos llevar y trasmitir cuando testimoniamos la fidelidad de Dios que “no duerme ni reposa”. La Luz es figura del Emmanuel.

La Luz se junta en haces, los corpúsculos moleculares de la sal se congregan para actuar co-operativamente; así nosotros, estamos convocados a co-operar en la construcción del Reino. Pero, ¡cómo nos cuesta! «Una comunidad comienza… se ve la grandeza, la belleza del estar juntos, se aprecian las ventajas de ser comprendidos, de sentirse apoyados en la propia acción personal, social, apostólica, la posibilidad de comunicar… después sigue… la crisis comunitaria… se comienza a ver que en el fondo el estar juntos no es que sea tan bello, tan color de rosa, ni tan fácil como parecía… Se empieza a ver que es muy difícil vivir en comunidad,… cada uno se revela a sí mismo, los propios conflictos, los temores, las agresividades, los choques nerviosos y entonces todo se va volviendo pesado… o la situación estalla o, se estabiliza en homeóstasis, es decir, un cierto ajuste de los conflictos internos de tal manera que la fachada queda intacta y se puede presentar exteriormente como comunidad…. Comprender… cómo mi pecado es el obstáculo real para llevar a cabo relaciones humanas autenticas, y, por tanto, para la creación de una autentica comunidad.»[2]


 El Cardenal Martini nos proponía tres puntos para meditar: «Señor, ¿qué es lo que hay en nosotros que no nos permite formar comunidad, no nos deja reconocerte en las necesidades reales del prójimo, ni establecer relaciones autenticas de amistad?... Si Dios no nos salva no somos capaces de formar comunidad, esto solamente es un don suyo.»[3]

¿Renunciaremos por esto a ser Sal y Luz? Oportunamente la Primera Carta a los Corintios nos recuerda que en la fe las cosas no dependen de ninguna sabiduría humana sino del Espíritu y del poder de Dios. «El mismo Maestro Jesús pidió que no nos quedáramos lamentando en la contemplación del pasado, sino que “lo” precedamos en Galilea, allá abajo, en nuestra comunidad, pues allá es nuestro lugar, donde el Maestro nos quiere ver actuar, pues es allá donde la vida nos llama.»[4]



[1] Martini, Carlo María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. MEDITASCIONES PARA CADA DÍA. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1995 pp. 368-369
[2] Martini, Carlo María. EVANGELIO ECLESIAL DE SAN MATEO. Ed. San Pablo. Santafé de Bogotá-Colombia. 1996. pp. 80-81
[3] Ibid. pp. 82-83
[4] Meier, Celito. LA EDUCACIÓN A LA LUZ DE LA PEDAGOGIA DE JESÚS DE NAZARET. Ed. Paulinas Bogotá-Colombia 2009 p. 104

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