sábado, 26 de noviembre de 2016

VISLUMBRAD YA LAS LUCES DEL NUEVO DÍA



Is 2, 1-5; Sal 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9; Rom 13, 11-14a; Mt 24, 37-44

Está cediendo ya la noche. Pasó la parálisis del susto y el sopor del sueño. Se siente en la hora como un deseo de despertar, o de volver a soñar con la Utopía del Día. Hay una secreta luz encendida, “aunque es de noche” todavía.
José María Vigil.

… para ascender hay que converger, para converger hay que ascender.
Luis Alonso Schökel



En cualquier momento de la historia, siempre hay gente temblorosa, pegada al techo o, escondida en el último rincón del cuarto de San Alejo. Se habla de los niveles de delincuencia en las ciudades, de los topes alcanzados por la violencia, de la corrupción y de la deshonestidad rampante, y de la descomposición de la moral y las sanas costumbres. Los noticieros nos dan su “terapia” de oscuridad y desesperación y contribuyen a elevar las tasas de angustia y ansiedad. Y, no se quedan atrás todos los profesionales de la oscuridad que saben que el miedo es la mejor “medicina” y el nutriente propicio a la desunión y a la desesperanza que conducen al desaliento, la resignación y la renuncia. ¿Es esa verdaderamente nuestra realidad?


A la fecha, ¿de qué se trata? Se trata del Año Nuevo Litúrgico: Entramos en el Adviento de este nuevo año que corresponde al Ciclo A. Adviento es una celebración de la “Venida”, pero nuestra manera de celebrar corresponde a una praxis de preparación, porque no  nos limitamos a mirar hacia atrás para celebrar que se encarnó y nació y puso su “morada” entre nosotros, sino que nos preparamos mirando a su Segunda Venida, cuando vendrá con toda su Gloria y Majestad, a juzgar a los vivos y a los muertos.

Al centrar nuestro pensamiento en la parusía, centramos nuestro pensamiento en un prepararnos para su Llegada, y esa actitud se concatena con un dato revelado: “no sabemos el día ni la hora”, así como les pasó en los tiempos de Noé, la gente estaba distraída y ni se imaginaban; pero llegó en el momento más inopinado. Y, entonces, ¿cómo vamos a estar preparados? Muy sencillo, y casi evidente, la clave es estar siempre preparados.

Cuando oramos podemos confiar en que, (como dice San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, “Maranatha” ¡el Señor viene! Y esa seguridad no nos conduce a vivir en la zozobra, como el que vive al borde de un abismo, pendiendo de un hilo; nosotros lo que hacemos es –vivir alegres y confiados- porque, así se nos manifiesta en la Segunda Lectura, “nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer”.

Sigamos mirando el mensaje de la Carta a los Romanos que leemos en esta celebración, porque contiene unas indicaciones muy precisas para poder dar esa “praxis preparatoria”:

Ante todo nos pide un estado de claridad de conciencia porque empieza llamándonos a Καὶ τοῦτο εἰδότες τὸν καιρόν, ὅτι ὥρα ἤδη ὑμᾶς “Darnos cuenta del momento en que vivimos”, aterrizar en nuestra realidad y no vivir embobados, mirando hacia lo alto. A continuación nos dice: ἐξ ὕπνου ἐγερθῆναι “¡despiértense del sueño!” El estado normal del creyente no es estar adormilado, sino estar plenamente consciente, -como se dice- ¡con los cinco sentidos!

A continuación nos ilustra un poco caracterizando el momento que vivimos: ἡ νὺξ προέκοψεν, ἡ δὲ ἡμέρα ἤγγικεν. La noche ya se acaba, y el día ya va a sobrevenir. Esta es una voz de aliento muy esperanzadora, no se regodea en prever calamidades, ni se refocila en susto y espantos. Por el contrario, anuncia la llegada de la Luz, porque el Señor ya llega, “regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud”, fue lo que dijimos el Domingo anterior al celebrar a Jesucristo Rey del Universo.  De eso es que tenemos que darnos cuenta y despertar del sueño de los que temen cataclismos e invasiones de extraterrestres.

Y es que estar despiertos y permanecer vigilantes no consiste en ponerse un dispositivo para no poder cerrar los ojos, sino en darnos cuenta de sus cercanía, saberlo percibir en todas las pequeñas cosas que son síntoma de su Grandeza y su Victoria. Saberlo detectar y reconocer que Dios está en todas partes, que su Presencia alcanza a todos los rincones de la tierra, en eso consiste estar “despiertos” en verlo en cada nuevo ser humano, en cada hermosos detalle, en cada gesto misericordioso, en cada acto de fraternidad, en cada acto de amor y de perdón. En cada armonía y en el trasfondo de toda disonancia.

Descubrir que su Amor  está aquí, siempre a nuestro lado, y notarlo en todo sabor, en un grato aroma, en cada nota musical. No porque estemos de espaldas a la dura realidad, sino porque Él no cesa de hacérsenos evidente. En eso radica la acción del Consolador, en dejarnos entrever que Dios no está muerto ni es Dios de muertos; que en medio de todo el dolor y la desesperación, allí se erige su Mano Poderosa y que su Mano de Amor siempre nos cobija.


Celebremos, pues, en este Primer Domingo de Adviento, porque en la hora que menos piensen viene el Hijo del Hombre. No viene a dispersarnos en desunión y aislamiento. Viene a congregarnos en la Nueva Jerusalén. Cada vez que pronunciemos la palabra Jerusalén, no nos cansaremos de repetir que significa “Ciudad de Paz” y que no estamos aludiendo a la geografía de Oriente Medio, sino a la generosa Bondad de nuestro Dios que nos regala una Nueva Creación, un lugar paradisiaco, donde el Señor nos lleva a confluir para que seamos uno como el Padre y Jesús son Uno.


«El mensaje de Navidad es de paz. Ni de fuerza, ni de ostentación de poder, sino fuerza de convicción por la invalidez y sencillez. El hombre se amansa frente al indefenso. Frente a un niño necesitado de ayuda se apaciguan los contrarios. Es la indefensión la que desarma, no la violencia ni el poder. Esta Palabra de Dios cae en el mundo como un menaje, como una divina utopía que es exigencia para los hombres. Dios quiere poner en marcha los rios de la historia encauzados por nuevo cauce, y no de golpe o por milagro, sino poniendo convicción en ese centro de gravedad por el que el hombre quiere ser hermano de los hombres y vivir en paz. Quiere desnudad ese centro de gravedad para poder Él mismo tocar ese corazón y poner a los pueblos en marcha en esa dirección. El mensaje de Navidad, y todo el mensaje de Dios-Padre, es mensaje de paz y fraternidad.»[1]




[1] Schökel, Luis Alonso y Gutiérrez, Guillermo MENSAJES DE PROFETAS. MEDITACIONES BÍBLICAS. Ed. Sal Terrae. Santander-España. 1991 pp. 30-31

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