sábado, 2 de julio de 2016

VENGAN Y ESCUCHEN


Is 66,10-14; Gal 6,14-18; Lc 10,1-12,17-20

… si de veras me encuentro contigo, mi vida habrá de cambiar, mis apegos habrán de soltarse y mi tranquilidad se acabará… Sé que en mí es pereza, inercia y cobardía. A fin de cuentas, es falta de confianza en ti, y quizá en mí mismo. Reconozco mi pusilanimidad, y te ruego que no retires tu invitación.
Carlos G. Vallés. S.J.

El Salmo 65 que es el que leemos en la liturgia de este XIV Domingo Ordinario (C), contiene en el verso 5 la expresión לְכ֣וּ וּ֭רְאוּ que traduce “Vengan a ver” es una invitación que casi un desafío. El Padre Carlos Vallés nos explica una implicación fundamental contenida en este reto: «La invitación a la experiencia. La oportunidad de estar presente. El reto de ser testigo… No te contentes con escuchar o leer o estudiar. Te has pasado toda la vida estudiando y leyendo y abstrayendo y discutiendo. Todo eso está muy bien, pero es sólo evidencia de segunda mano»[1]. En el verso 16 también nos reta/invita diciendo. לְכֽוּ־שִׁמְע֣וּ “Vengan y escuchen”, es una provocación que formula el salmista en su “acción de gracias”.


Y es que si hablamos de conversión hay que empezar por ahí: Extender la mano y tocar, estar ahí, presente, con los cinco sentidos. Es la invitación que hizo el propio Jesús a sus primeros “Llamados”, Andrés y Juan: “Jesús les dijo: ‘Vengan y vean’. Fueron y vieron dónde vivía. Eran como las cuatro de la tarde; y se quedaron con Él el resto del día". (Jn 1, 35-39). Nos parece muy cierto, es indispensable quedarse con Él el resto de la jornada, valga decir, el resto de nuestra vida. Es indispensable marchar a su lado, aprender continuamente, ser discípulos atentos y concentrados, no perder ni una sola de sus Palabras, ni uno de sus Gestos Bondadosos, Misericordiosos. Penetrar sus parábolas atesorándolas en nuestro corazón. Conocer a Jesús directamente, no por interpuesta persona. ¡Buena falta nos hará todo ello cuando nos envíe!

¡Se trata de la conversión fundamental!: Ese es el primer cambio profundo, giro de 180 grados respecto de lo que veníamos siendo/haciendo. Es cambiar el modo que nos propone el mundo por el modo que nos propone Dios y ver la vida con los mismísimos Ojos de Jesús. «Jesús educa a los discípulos a mirar los problemas de fondo del hombre…los discípulos que probablemente tenían una experiencia muy limitada de la vida e intereses inmediatos por sus familiares, como toda persona que está sumergida en el trabajo y en la fatiga, son educados para ver que hay mucho sufrimiento, mucha necesidad de compasión, gente que sufre interiormente, que se encuentra desgarrada por contradicciones y necesita una palabra de confortación.»[2]

Tenemos que cambiar de perspectiva para ver claro, para ver y entender, para que teniendo ojos veamos y teniendo oídos oigamos. De otro modo la verdad trascendente se nos hace invisible, allí donde la mano de Dios se revela a nuestros ojos no se descubre y, cuando la Voz de Dios llama, para nosotros se hace inaudible, no será culpa de Dios que de todas maneras estará obrando prodigios y así nos bloqueemos los oídos con cera, Él nos estará llamando, invitando y enviando. Será culpa de nuestra propia cerrazón si no lo percibimos.


En la Segunda Lectura, tomada de la Carta a los Gálatas, se nos orienta hacia donde volcar nuestra atención. Ya no se trata de circuncisión, ni del ajuste farisaico al legalismo estricto, «cuando las instituciones se trasforman en fines, cuando “el sábado es más importante que el hombre” o la circuncisión es más importante que la vida –y hay muchas “circuncisiones” que son absolutizadas-, entonces la religión se trasforma en una forma opresora y sutil, porque oprime al hombre desde dentro, desde su misma conciencia… Cuando el cristianismo es vivido “porque la ley manda…”,  el creyente se trasforma en un esclavo. Entonces el cristianismo pierde su sabor, su sal, su sabiduría, su espíritu… Y Cristo ha venido en vano si pretendemos acercarnos a Dios con las manos atadas.»[3]; ahora hay que enfocar de manera bien diversa: “No permita Dios que yo me gloría en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo,…”; ¡sí!, es hacía el Crucificado que tenemos que mirar (Cfr. Jn 19, 37), tenemos que “contemplar al que ha sido traspasado. «La misión nace de un profundo amor a Jesucristo, de la contemplación del Crucificado. Contemplándolo, vemos en la cruz el gesto supremo del amor de Dios por el hombre. Participamos en la agonía mortal de Jesús, nos sentimos también nosotros como “desgarrados” entre la fidelidad absoluta al Padre y la fidelidad sin arrepentimiento al hombre que rechaza a Jesús y al Padre. Participamos de su “compasión” (cfr. Mt 9, 35) por los hombres que no saben hasta qué punto Dios los ha amado o, aun sabiendo todo esto, no corresponden a tanto amor.»[4] Así que la invitación de “Venir a ver” contiene en sí el requerimiento de transformarnos –como lo dice la Carta a los Gálatas- en καινὴ κτίσις “nueva creatura”. Tenemos que ceder dócilmente y entregarle al Alfarero nuestro barro para que haga de nosotros una “Nueva Creación”. ¿Qué recibimos? La respuesta a este interrogante también viene en Gálatas: el tesoro que tendremos es “la Paz y la Misericordia de Dios”.

Qué haremos, pues, con esa Paz y esa Misericordia recibidas? ¿Acaso, acapararlas? Pues no es eso lo que se implica en la Carta a los Gálatas. Allí se dicen dos cosas:
a)    Lleva impresas en su cuerpo las marcas que ha recibido por Cristo
b)    Que no se le pongan más obstáculos.
Es decir, llegar a ser Nueva Creatura es una capacitación para comunicar y difundir el gran amor que Dios nos tiene en Jesucristo. Esa es la misión, (recordemos que la palabra misión viene del latín mittere enviar), y no se ganan marcas, ni se le oponen obstáculos sino al que actúa y cumple.

El tema del envío es más evidente en la perícopa del Evangelio, según Lucas, allí los 72 (72: Moisés, Aarón y los 70 ancianos) discípulos son ἀπέστειλεν “enviados” (del verbo griego ἀποστέλλω enviar con un encargo, con una “misión”, de este verbo deriva la palabra “apóstol”).

Pero del envío dimana una dialéctica consecuental: acogida/rechazo. No se oculta a Jesús que al enviarnos nos expone; el apostolado implica riesgo, nosotros vamos como “corderos en medio de lobos”, Pablo –por ejemplo- nos dice que no salió indemne; Jesús no nos oculta lo que está en juego. En la perícopa del Evangelio Jesús lo señala, precisamente en el verso (Lc 10,10) dice que si μὴ δέχωνται “no los reciben” no lo oculten sino denuncien el rechazo “sacudiéndose inclusive el polvo que se les haya pegado en el calzado”; no condenándolos, porque lo de condena/salvación se dirimirá ἐν τῇ ἡμέρᾳ  “en el Día del Juicio”. Así al “enviado” no le compete emitir juicios, no es figura de arbitramento, su competencia es el “anuncio” del “Reino”; por eso lo que tiene que hacer es enfatizar que a pesar del rechazo, ὅτι ἤγγικεν ἡ βασιλεία τοῦ Θεοῦ “ el Reino de Dios está cerca” (Lc 10, 11). A cada quien le corresponde una labor específica, ¡la del “enviado” no es definitivamente la de hacer juicios! Para eso está el Enviado, Él sí ha recibido del Padre toda potestad para juzgar.

En el “envío” está inserta otra dialéctica: El que ha sido enviado no se espera que se quede enviado. Se puede entender esta dialéctica-dinámica analógicamente, en términos agrícolas, con aquella de siembra/cosecha. Hay un momento en que el “enviado”, después de cumplir la misión (así sea parcialmente) se reporta y rinde un “informe de gestión”: “regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: ‘Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre’”.

Jesús aprovecha este momento “evaluativo” para volver la atención a lo que hay que “ver”. En este caso, no les va a dar una lección metodológica sino teleológica, les va a plantear el tema de la “meta”. El objetivo no es tanto someter a los demonios (aunque para cumplir la misión se les han dado amplísimos poderes que les permitirán derribar a Σατανᾶν “Satanas” que caerá abatido); sino lograr estar en la lista de los invitados al Cielo τὰ ὀνόματα ὑμῶν ἐνγέγραπται ἐν τοῖς οὐρανοῖς. a disfrutar de la “Gloria”.


«Es impresionante el esfuerzo misionero que hizo la primera generación cristiana. En el período de pocos decenios la predicación evangélica llegó a todo el mundo entonces conocido… De la conciencia misionera nace la vida misionera: el nuevo estilo de vida personal y comunitaria, fruto de la plena pertenencia a Cristo, es la primera y fundamental forma de testimonio misionero… la predicación misionera es rigurosamente cristocéntrica. La Iglesia apostólica no se deja tentar para hablar de sí misma y de sus propios problemas: resuelve sus gravísimos problemas predicando a Jesucristo, su vida entre la gente, su muerte y su resurrección.»[5]



[1] Vallés, Carlos G. S.J. BUSCO TU ROSTRO. ORAR LOS SALMOS. Ed. Sal Terrae Santander–España 8ª ed. 1993 p. 125
[2] Martini, Carlo María. EL EVANGELIZADOR EN SAN LUCAS. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 5ta ed. 1996 pp. 76-77.
[3] Benetti, Santos. PABLO Y SU MENSAJE. Ed. San Pablo satafé de Bogotá-Colombia 1994 pp. 178-179
[4] Martini, Carlos María. POR LOS CAMINOS DEL SEÑOR. Ed. San Pablo Santafé de Bogotá-Colombia 1995 pp. 288-289
[5] Ibid, pp. 292-293

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